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Pink había practicado su sonrisa frente al espejo esa mañana. No porque le costara sonreír —de hecho, era lo que mejor se le daba—, sino porque quería que fuera la sonrisa correcta. La de "hermana menor de la princesa más querida de Auradon, hija de una reina reformada, encantada de conocerte." Esa sonrisa.
Se la había puesto ya tres veces en el pasillo y solo llevaba cinco minutos dentro del castillo-escuela.
—Buenos días —le dijo a un grupo de estudiantes que pasó junto a ella.
Nadie contestó. Un par de ellos ni siquiera giraron la cabeza.
Pink no dejó que la sonrisa se le cayera. Se ajustó la cinta rosa del uniforme y siguió caminando, repitiéndose lo que siempre se repetía: "No es nada personal, solo son los nervios del primer día, a todos les pasa".
A lo mejor era verdad. A lo mejor no.
Encontró a Red al final del pasillo, hablando con Chloe en voz baja, esa voz que usaban cuando no querían que nadie más las oyera. Pink se acercó de todos modos, porque era su hermana, y las hermanas se acercan.
—¡Hola! —dijo, quizás con más entusiasmo del necesario—. ¿Ya vieron los horarios? Tengo una clase contigo, Red, ¿no es genial?
Red tardó un segundo de más en responder. Fue apenas un segundo, el tiempo suficiente para que Pink lo notara y decidiera, como hacía siempre, no notarlo.
—Genial —dijo Red, y sonrió, pero era una sonrisa distinta a la que le dedicaba a Chloe.
Pink asintió con más energía de la necesaria y se despidió con la mano, como si aquello hubiera sido una conversación completamente normal. Se dijo a sí misma que todo estaba bien. Su mamá tenía una reunión con el consejo de Auradon esa mañana y no había podido acompañarla —"la próxima vez, cariño, lo prometo"—, pero estaba bien. Todo estaba bien. Ella se llevaba bien con todo el mundo. Ese era su superpoder.
Fue entonces, doblando la esquina hacia el aula de Historia, que chocó de frente contra un sombrero.
Literalmente. Un sombrero, ligeramente torcido, con un pequeño broche en forma de reloj de bolsillo prendido en la cinta.
—Podrías fijarte por dónde caminas —dijo una voz desde debajo del sombrero.
Pink dio un paso atrás y ahí estaba él: pelo violeta despeinado, saco a juego con el sombrero, y una expresión que decía claramente que el primer día de clases le importaba tan poco...
Tardó un instante en reconocerlo. Y cuando lo hizo, algo en el pecho se le apretó.
—¿Max?
Él la miró de arriba abajo, como si estuviera catalogando algo. El uniforme, la cinta rosa, la sonrisa que —para variar— sí se le había empezado a caer.
—Vaya —dijo, con una media sonrisa que no tenía nada de cálida—. La princesita perfecta. Pensé que tendrían que pavimentarte una alfombra roja solo para que pisaras el mismo suelo que el resto de nosotros.
Pink parpadeó. Buscó en su memoria al niño que se sentaba con ella bajo la mesa del té, jugando a las adivinanzas hasta que los llamaban para la cena. Buscó al niño que le prestó su sombrero cuando ella perdió una apuesta, y que se rió tan fuerte con ella que los dos terminaron llorando de la risa en el suelo del jardín.
No lo encontró en el chico que tenía enfrente.
—Max, soy yo —dijo, y odió lo pequeña que sonó su propia voz—. Pink.
—Sé perfectamente quién eres —contestó él, y ahí sí, algo se endureció detrás de sus ojos—. Eres la hija de la mujer que desterró a mi padre. Eres la razón por la que él ya no está. Y ahora vienes aquí, a la misma escuela, con la misma sonrisita de "todos somos amigos", como si nada de eso hubiera pasado.
—Eso no es justo —dijo Pink, y por primera vez esa mañana, no sonrió—. Yo no tuve nada que ver con eso.
—No. —Max se acomodó el sombrero, un gesto que ella recordaba de memoria, aunque ahora le pareciera ajeno—. Pero tampoco hiciste nada para evitarlo. Ninguno de ustedes lo hizo. Es más fácil ser la princesa de todos cuando nadie te pide que elijas un bando.
Se dio media vuelta antes de que ella pudiera responder, dejándola parada en medio del pasillo con la mochila resbalándose de un hombro y el corazón latiéndole de una forma incómoda, como si hubiera corrido sin haberse movido de sitio.
Pink respiró hondo. Se acomodó la mochila. Y entonces, sin pensarlo demasiado, alzó la voz:
—¡Modales, Hatter!
Max se detuvo. No se giró del todo, solo lo suficiente para que ella viera el perfil de su cara, la sombra del sombrero cubriéndole medio rostro.
—¿Perdón?
—Modales —repitió Pink, cruzándose de brazos—. Tu abuelo, el Sombrerero, era grosero, sí, pero al menos servía té mientras lo era. Tú ni eso.
Por un segundo —solo un segundo, tan breve que Pink no estuvo del todo segura de no haberlo imaginado— algo parecido a una sonrisa real le tembló en la comisura de la boca a Max. Desapareció tan rápido como llegó.
—Bienvenida a Auradon, princesa —dijo, con el título cargado de un veneno que antes no existía entre ellos—. Que disfrutes tu alfombra roja.
Y se fue, dejando a Pink sola en el pasillo, con la sonrisa hecha pedazos y una única certeza incómoda instalándosele en el pecho: Esto no había sido un simple reencuentro.
Esto era una declaración de guerra.
