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Español
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Published:
2026-07-06
Words:
2,336
Chapters:
1/1
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253

El dilema de la Emperatriz

Summary:

La Princesa Serpiente está convencida de su inmenso amor por Luffy. Todo lo demás resulta mucho más complicado.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Las mañanas en la isla de Amazon Lily solían transcurrir con calma. El rumor del mar acariciaba las costas de coral y el viento traía el aroma de flores salvajes. Sin embargo, aquella mañana no se parecía a ninguna otra. La emperatriz pirata, Boa Hancock, se movía como pantera entre las edificaciones del palacio porque algo había interrumpido la quietud de su isla: un visitante inesperado. No cualquier visitante, sino aquel que robó su corazón para siempre, el mismo que hacía arder su pecho con sólo nombrarlo. Su eterno amor, Monkey D. Luffy.

Por eso ahora no permitía que nadie más pusiera un dedo sobre los ingredientes del banquete que preparaba. Las dos hermanas Gorgona, Sandersonia y Marigold, observaban desde la entrada, lo suficientemente lejos como para no entorpecerla, lo bastante cerca para alentarla.

Horneó varios pasteles, preparó toda clase de platos y sólo empleó los mejores ingredientes que guardaba para sí. Nada de alimentos podridos, nada de pescados pequeños. Si no era digno de Luffy, no entraba en su cocina.

Cuando llegó la noche, al fuego de las velas que colocó con esmero para darle un aire romántico, su autodenominada cita con Luffy dio inicio.

—Es demasiada comida —dijo Luffy. Sus manos ya se habían lanzado sobre la mesa, desapareciendo entre montañas de carne y bolas de arroz que acababan en su boca a una velocidad absurda— ¡Está deliciosa!

—Soy una buena cocinera cuando se trata de ti —respondió ella, llevándose las palmas a las mejillas encendidas.

—De eso no hay duda. Insisto en que te llevarías bien con Sanji. ¡Cocina muy bien y juntos serán un buen equipo de cocina!

— ¿Sanji? —El nombre le torció los labios, como si acabara de morder algo amargo. Desde que lo conoció, Luffy lo repetía hasta para respirar, pero sobre todo cuando hablaba de comida. Y desde que ella se había enamorado, esa palabra se convirtió en una espina. Sabía que en su tripulación viajaban dos mujeres, pero ¿una tercera? Eso ya era peligroso— ¿Quién es esa mujer? —Preguntó, mordiendo la manga de su camisa con un sollozo teatral.

—¿Ella…?

-No. —Lo interrumpió. Luffy encogió los hombros y siguió comiendo, ajeno al drama. Hancock siempre lograba hacerle reír con sus ocurrencias—. Así que hay una mujer que intenta apartarme de tus brazos ¿Qué tiene ella que no pueda darte yo? Después de todo, soy la emperatriz. La mujer más hermosa de todos los yeguas.

—Es amable. Su cabello es rubio bonito y me encantan sus ojos azules. También tiene las piernas fuertes —se tocó la cabeza riendo—. Eso lo sé por experiencia. ¡Shishishi!

Boa Hancock sintió la imagen clavarse en la mente como un puñal. Una rubia elegante de cuerpo voluptuoso. La clase de mujer que seducía a los hombres por conveniencia propia. Una pretenciosa. Su mandíbula se tensó. ¿Cómo alguien común, tan insignificante, se atrevía a robarle a su Luffy? Además, seguro que su pelo rubio no era natural. 

La dramática película comenzó a rodar en su cabeza. Luffy, su Luffy, cargaba a la rubia entre sus brazos como si pesara nada. Alto, firme, sonriéndole con esa calidez que a Hancock le desarmaba el alma. Las campanas de la iglesia repicaban al fondo, mientras avecillas tontas trinaban entre las ramas. 

Hancock se vio a sí misma al otro lado de la ventana con sus pómulos hinchados por sus constantes sollozos. La rubia entonces giró el cuello con una lentitud casi cruel, mirándola a ella. Y le sacó la lengua. Una lengua bífida de serpiente. 

—¡Gracias Hancock! Estuvo delicioso.

La Princesa Serpiente no se quedaría de brazos cruzados, conocería a la susodicha y la enfrentaría para batirse en duelo por el amor de Luffy. 

Que se preparara esa intrusa de piernas largas y mirada celeste, porque la mujer más deslumbrante de todos los mares no iba a ceder su lugar sin antes dejar sangre sobre la arena. El amor del futuro Rey de los Piratas entró en juego.

(...)

El día esperado llegó. La capitana de las Kuja madrugó para su rutina de belleza. Se dio un baño lento, mimado con pétalos de flores exquisitas. Sus perfumes naturales, esencias de jazmín, sándalo y un toque de frutas amazónicas, se adhirieron a su piel. No necesitaba más. Su cuerpo ya era una obra de arte sin ningún tipo de retoque.

Se observó en el espejo con orgullo mientras cepillaba su cabello. Esa era ella. Hancock, la mujer más deseada del mundo, no compraba su belleza en tarros ni la disimulaba bajo capas de pintura barata.

Apretó los labios con una media sonrisa. Seguro la tal rubia madrugaría igual, pero para aplicarse kilos de maquillaje para parecer lo que no era. 

Antes de que saliera el sol, apenas el barco de los Sombrero de Paja apareció entre las olas, Hancock saltó sin dudarlo. Cruzó el aire con la gracia de una reina y aterrizó sobre la cubierta con impecable elegancia. Su postura altiva y su inseparable serpiente Salome completaban una presencia imposible de ignorar.

Recorrió el barco con la vista, aunque no encontró ni a Luffy ni al resto de la tripulación. El barco estaba en silencio, hasta que un grito la hizo girarse de inmediato.

—¡Mis ojos han sido bendecidos! ¿Acaso he muerto y he despertado en el paraíso?

Un rubio apareció corriendo desde el interior del barco. Sus ojos brillaban como estrellas y una corriente de corazones imaginarios parecía seguirlo.

—¿Y tú quién demonios eres?

El hombre se detuvo frente a ella y cayó de rodillas con una solemnidad impropia de la situación.

—Yo, su eminencia, soy un humilde caballero que ha tenido la fortuna de comenzar el día contemplando semejante belleza —se inclinó hacia ella y trató de tomar su mano para besarle el dorso—. Permítame agradecer a los cielos por este milagro.

—¿Dónde está Luffy? —Arqueó una ceja, ignorándolo.

—Él está durmiendo ahora, no tardará en despertar. —Abrió los brazos, formando un corazón— ¡Lo que significa que tenemos unos preciosos minutos para conocernos a solas! —Giró sobre sus talones y comenzó a dar pequeños pasos de baile alrededor de ella, incapaz de contener la emoción.

—No tengo nada que hablar contigo. —Ni siquiera le dedicó una mirada. Sus ojos ya recorrían la cubierta en busca de la persona que había ido a encontrar—. Tráeme a la tal Sanji. Nadie más debe saber que estoy aquí. Quiero verla porque tengo un tema importante que discutir. 

Una gaviota graznó al pasar sobre el barco. Sanji ladeó la cabeza.

—¿Sanji?

—Sí, la chica rubia. ¿Acaso tengo que repetirlo?

—Oh, claro que no. —Se acomodó la corbata y adoptó una pose tan orgullosa como la de un noble presentándose ante la realeza—. Soy Sanji. ¿Qué puedo hacer por usted, Mellorine?

Hancock lo observó durante varios segundos, esperando quizá que apareciera la verdadera Sanji detrás de él.

—No trates de encubrir a tu compañera —un corazón rosado tomó forma entre sus manos, haciendo uso de su fruta del diablo—. No pienso repetirlo otra vez.

El ataque fue lanzado. Sanji giró sobre un pie, esquivó el primero, se inclinó hacia atrás para evitar el segundo y terminó dando una vuelta completa sobre sí mismo.

—Oh, no miento. Soy Sanji.

—Imposible —otro ataque cruzó el aire—, de seguro eres su hermano.

—Tengo una hermana, pero no es rubia. —Esquivó un nuevo rayo con un elegante paso lateral—. El único rubio de esta tripulación soy yo. No encontrarás otro.

—Ya me hartaste —la vena de la frente de Hancock palpitó. El corazón entre sus manos desapareció—. Quiero enfrentarme a ella porque se robó el corazón de mi Luffy.

Aquello consiguió algo que ninguno de sus ataques había logrado. Sanji dejó de bailar. El silencio cayó sobre la cubierta. Sacó un cigarrillo del bolsillo, lo acomodó entre sus labios y guardó las manos en los pantalones. Cuando habló, su voz seguía siendo amable, aunque perdió toda la exageración de antes.

—Soy Sanji. No tengo ningún motivo para mentir.

La sombra de un nubarrón pareció cruzar la cara de Hancock. Por primera vez desde que subió al barco, decidió pensar antes de atacar. Repasó los carteles de recompensa de la tripulación de los sombreros de paja. La realidad cayó sobre ella como un balde de agua fría.

La ex shichibukai rechinó las muelas con tanta fuerza que por un momento sólo se oyó el crujido del esmalte. Su primera reacción fue negarlo.

Una sonrisa curvó sus labios. Quizá aquello resultaba más conveniente. Después de todo, ningún hombre resistía el poder de su fruta del diablo. Y ahora que aquel cocinero permanecía inmóvil, tenía la ocasión perfecta para demostrar que merecía a Luffy mucho más que él.

Se lanzó al ataque sin dudar, usando su “Mero Mero Mellow” para convertirlo en piedra. 

Pero no hubo reacción. El cocinero no pestañeó siquiera ante el resplandor que se disipaba a su alrededor. Una fina hebra de humo escapó de sus labios mientras daba una tranquila calada a su cigarrillo.

—Amo a Luffy. —Dijo ella. Su mirada no vaciló—. Lo amo porque fue el primero en ver más allá de mi título, de mi belleza y de mi orgullo. Me trató como a cualquier otra persona... y me salvó cuando más lo necesitaba. Por eso quiero estar a su lado. Por eso he decidido convertirme en su esposa.

—Lo sé. Es difícil no darse cuenta. —Sanji se acomodó una hebra de cabello oro detrás de la oreja. El gesto le recordó a Luffy, que solía hacerlo por él. A veces incluso le colocaba el sombrero de paja sobre la cabeza, insistiendo en que el sol sentía celos de aquel dorado.

—Ya no puedes negarlo. Tú también estás enamorado de Luffy. —Eso molestó a Hancock más de lo que estaba dispuesta a admitir—. No importa ya que no pienso renunciar a él —alzó el mentón con firmeza—. Si lo que sientes es tan serio como dices, entonces tendremos que ver cuál de los dos merece estar a su lado en un combate.

Sanji bajó la vista hacia la brasa de su cigarrillo. El pequeño punto anaranjado parpadeó en la penumbra mientras el humo ascendía en espirales lentas. Un duelo. Contra una mujer. 

—Tengo dos razones para negarme, Boa Hancock. La primera es simple: jamás le pondría una mano encima a una dama. —La ceniza del cigarrillo cayó al suelo con un leve movimiento de sus dedos—. Jamás. Ni siquiera por algo tan importante como esto. Es un principio con el que vivo. Mi padre se encargó de grabármelo demasiado bien. 

Hancock entrecerró los ojos. No era la respuesta que esperaba. Por primera vez desde que lo conoció, el cocinero resultó un poco más difícil de encasillar junto al resto de hombres que habían pasado por su vida.

—Y la segunda razón —continuó Sanji. La comisura de sus labios se curvó apenas—, llegaste tarde.

El sol ya se alzaba por completo sobre el horizonte. La luz de la mañana cayó sobre la cubierta, arrancando destellos al mar y tiñendo de brillos los cabellos de ambos. Una ráfaga de viento los agitó suavemente. Por un instante, la emperatriz no encontró qué responder.

—¿Qué quieres decir?

—El corazón de Luffy no está en juego. —Sanji miró hacia el camarote. Incluso desde allí podía oír sus ronquidos—. No es algo que pueda ganarse en un duelo. —Apoyó una mano sobre el lado izquierdo de su pecho—. Lo tengo yo. Igual que él tiene el mío. Y no hablo sólo en sentido figurado. En Punk Hazard, cuando Trafalgar Law intercambió los cuerpos de la tripulación... bueno... —bajó la cabeza, permitiendo que el flequillo ocultara parte del color que había trepado a sus mejillas— tiempo después, Luffy tuvo una idea que a él le pareció maravillosa y a mí una completa estupidez. Le pidió que intercambiara nuestros corazones. Así que el día de nuestra boda no intercambiamos anillos. Intercambiamos corazones.

Hancock guardó silencio. La respuesta del rubio no tenía el tono habitual de quien presume haber salido victorioso. Por primera vez desde que comenzó aquella conversación, sintió que estaba discutiendo algo que ya se decidió mucho antes de que ella llegara.

—Así que llegué demasiado tarde —murmuró.

—No creo que debas verlo de esa manera. —Sanji guardó la colilla en el cenicero de bolsillo que siempre llevaba consigo—. Tus sentimientos son reales. No hay nada de malo en ellos. Y si mi opinión sirve de algo, estoy seguro de que le importa mucho. Luffy no entrega su confianza con facilidad. La gente que logra entrar en su vida suele quedarse ahí para siempre. Tal vez no sea el lugar que soñabas tener, pero sigues ocupando un lugar importante para él. Y conociéndolo, eso vale más de lo que parece.

Hancock dejó escapar un suspiro.

—Empiezo a entender por qué te elegiste. —Las palabras parecieron sorprenderla incluso a ella—. Aunque sigo pensando que eres exasperante.

Sanji dejó escapar una breve risa.

—Y tú sigues siendo una mujer increíble, Hancock. Para ser sincero, entiendo por qué medio mundo se enamora de ti.

El silencio que siguió ya no resultó incómodo. Sanji la invitó a quedarse a desayunar y Hancock aceptó.

(...)

En la isla de las Kuja.

—Por todos los cielos, muchacha, ¿qué estás haciendo? —Protestó la anciana Gloriosa.

Hancock miró en el espejo y ajustó el cuello de la chaqueta.

—Probándome ropa nueva.

—¿Un traje? Desde cuando una emperatriz usa traje. —La anciana entrecerró los ojos—. Y no pienso preguntar por qué estás intentando fumar.

Boa examinó el cigarrillo entre sus dedos.

—Estoy investigando.

—Eso nunca es una buena señal.

— Necesito entender algo.

— ¿Tiene esto algo que ver con Luffy? —Gloriosa soltó un suspiro cansado.

—Tiene que ver con Sanji.

—¿El cocinero de Luffy?

—Luffy eligió pasar el resto de su vida con él. —Hancock dejó el cigarrillo a un lado—. Debería haber algo que yo no estoy viendo.

—¿Piensas descubrirlo usando trajes y fumando?

—Es un comienzo para encontrar el verdadero amor.

Gloriosa se cubrió el rostro con una mano. Después de tantos años, seguía sin decidir si el amor era una bendición o una enfermedad particularmente persistente.

ALETA.

 

Notes:

Tengo un cariño enorme por Boa Hancock, así que tarde o temprano iba a terminar escribiendo una interacción entre ella y mi rubio bonito.

Lo gracioso es que este OS no es realmente nuevo. Lo encontré perdido entre mis archivos después de muchísimo tiempo y decidí darle una segunda vida. Me alegra haberlo hecho.