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—Pinche Brian. ¡Vete a la mera verga cabrón! —La decisión se dicta, las palabras de Armando cortan el viento en el lugar y dejan desconcertado a Brian—. ¿Crees que es divertido? ¿Te da risa, pinche putito?
Brian lo mira.
—Armando, ¿qué te pasa? —dice intentando reír; la situación era ridícula.
Ayer ambos estaban abrazados en el sofá del alfa, que Brian no entiende la actual situación. Al ser un equipo de 23 uno siempre queda fuera de los departamentos conjuntos y Brian tuvo la suerte de ser el último; tiene una cocina para él, un baño con doble lavabo y, sobre todo, privacidad, una que disfruta compartir en especial con la hormiga.
El entrenamiento fue pesado, pero estar en la selección mexicana es un orgullo y una oportunidad única. Brian lo sabía desde el fichaje, podía ser su primera y última ocasión de participar en la copa del mundo, y como un hombre fanático del fútbol sentía que se iba a hacer pipí de sólo imaginarlo. Pero en toda la preparación hay una persona más que acelera su corazón y muy discretamente lo motiva el doble (si es posible): Armando González.
—¿Cómo no lo vas a saber, Brian? ¡La puta noticia! ¡Es una mamada, esta mierda es una pendejada! Y ahora te haces el cabrón que no sabe nada. ¡Pendejo! —El mexicano va de un lado a otro por la sala. Su característico aroma a uvas frescas se va agriando conforme la desesperación crece, con la mano derecha aprieta el celular y con la izquierda rasca desesperadamente su cuello.
Brian tiene la necesidad de ir a detenerlo, se acerca en dos pasos largos y toma la mano de su compañero con fuerza. El otro alfa tiene la mala costumbre de caer en una espiral de ansiedad que nubla su mente, no es nuevo, pero el gringo no entiende qué puede haber causado esta reacción. Intenta soltar un poco de feromonas para ayudarlo, pero Armando lo rechaza sin más al apartar su mano de un jalón. Entonces mira sus ojos. La hormiga, conocido por tener la mirada más bonita de color café, ahora lo ve con ira, rojo, los ojos demasiado grandes, un margen de lágrimas en la orilla quiere correr por sus pestañas y atravesar el corazón de Brian, sin aliento ni defensa.
El último choque: las feromonas de Armando están llenas de desesperación.
Lo peor de todo es que no puede entender por qué está enojado, qué fue lo que hizo, qué pasó, cómo llegaron a pelear si antes estaban tan bien. Brian siente que su cabeza intenta correr a la misma velocidad que la de Armando, pero falla porque algo se ha interpuesto entre los dos, y el alfa, sin siquiera voltear, decide seguir adelante, dejándolo solo. La incómoda atmósfera lo abruma, el olor del otro lo atraviesa y su propio alfa gime en lo profundo de su pecho, confundido.
—Armando, ¿qué sucede? No entiendo nada.
La hormiga toma su espacio hacia un rincón de la sala respirando demasiado rápido, avienta el celular al sillón y aprieta sus puños. Las feromonas de Brian, naranjas acarameladas, intentan competir por ver quién es el más destrozado de la habitación; Armando siente un pequeño piquete en un costado de su estómago: el remordimiento. Lo ignora apretando los dientes y una primera lágrima frustrada sale de él.
—La pinche publicación, Brian. —Hace uso de su tono de mando, la ira hierve en el centro de su pecho; el otro reacciona, yergue su postura—. La pinche noticia. ¿Eres idiota? Te lo dije hace un segundo.
—Armando, bajale de huevos, no me gusta verte así. —El alto intenta apaciguar a su compañero soltando más feromonas, pero es ignorado, las uvas están prácticamente podridas de resentimiento y no cree que su corazón sea capaz de aguantar—. ¿Qué pasó?
Armando se acerca a él decidido, en un arrebato lo sostiene por la camiseta; las uvas le dan asco.
—¡La puta noticia! ¡La mierda de que dos alfas de la selección mexicana están saliendo!
Brian abre sus ojos, su aroma cambia, hay una ligera pizca de angustia en él combinado con sorpresa. Su alfa quiere golpear al otro por su arrebato e insolencia, pero lo aguanta mordiendo su lengua. Armando no tiene tanto cuidado, siempre había sido más explosivo, más efusivo; si está feliz, brinca y abraza a todo el que se encuentre; si está de mal genio, avienta la puerta sin cuidado e ignora las correcciones con un sutil “chinga a tu madre”. Volátil, un poco inestable, pero hermoso y atrayente.
Gutiérrez apenas puede respirar por el sangoloteo que el otro alfa le provoca, su fuerza no tiene límite una vez se hunde. Armando arremete sin descanso.
—¡Puto Brian, están hablado de nosotros, cabrón! ¡A la mierda la selección! ¡A la mierda el mundial! ¡La prensa va a cortar nuestras cabezas! ¡Nuestras carreras! ¡A la verga cualquier puto sueño de jugar en el extranjero! —Sus ojos brillan, las venas se acumulan alrededor de sus pupilas y las lágrimas resbalan sobre sus pestañas; es hermoso, magnético. De tal manera que Brian exhala, relaja su cuerpo; aunque su alfa interior quiere luchar, el hombre no tiene la intención de moverse, rendido.
—No sabes eso —dice, es apenas un aliento, pero la hormiga lo toma como un reto y lo avienta; el cuerpo del extranjero rebota en la pared, es doloroso. Por fin se vuelve físicamente consciente de la situación.
—Te dije que debías ser más cuidadoso. —El tono es grave, le causa escalofríos al alfa—. Todo este tiempo fuimos tan idiotas, soy un idiota, ¡somos alfas, carajo! Nuestra carrera, este sueño, esta mierda de llegar lejos, de ser el mejor. ¡Chingada madre! Lo puedo perder todo por tu pendejez, Brian.
—Yo no hice nada —dice, aún sin moverse. Mira al otro desde abajo, rendido a sus pies.
—Claro que sí.
—No hablan de mí.
—¿Y tú no eres un alfa, wey? ¿O eres un pinche omega, pendejo?
—Eso no importa, no soy yo.
—Es obvio pen…
—En todo caso, no lo hice solo —dijo firme; su alfa le quita el control, sus propios ojos claros se oscurecen un poco, harto. Armando se sonroja—. No lo hice solo, hormiga. Si esta mierda se sabe es porque estuve con alguien más…
—Cállate.
—Si llegó a las noticias significa que alguien lo vio, alguien quiso joderme a mí y a la persona que estuvo conmigo…
—Que te calles.
—Alguien nos quiere joder a los dos, Arma…
—¡Con una verga, que te calles!
La hormiga da vueltas en sí mismo, su cuerpo se encoge de tal forma que se abraza los hombros y cubre su cabeza; sigue llorando. Su pena destruye, si se puede más, el ánimo y el corazón de Brian.
—No hay forma de que se trate de nosotros —dice en voz bajita, los ojos de Gutiérrez recobran su color natural y gatea al lugar donde está la hormiga. Desprende un poco de su propio aroma, otra vez intenta relajar a su compañero; a su alfa no le gusta tener que someterse a alguien más, pero Brian sabe que a su lobo tampoco le gusta ver al otro en mal estado. Entonces, en contra de su naturaleza, traga la bilis que sube por su garganta, se detiene al lado de la hormiga y espera.
Es consciente que estar tan cerca del otro es peligroso, Armando puede levantarse y empujar a Brian; él dejaría que lo hiciera. No le importa su propio peligro si el alfa de ojos hermosos se encuentra más tranquilo. No le importa si con eso puede tener su tacto otra vez. No le importa si con eso las uvas regresan a su apetitosa y reconfortante fragancia, si tras eso regresa el Armando que anhela.
Pero no sucede nada. Espera un movimiento, otro gemido, una reacción; el alfa solo se hace más chiquito y llora en silencio. Brian respira, la amargura no se va, pero detecta a la ira desaparecer un poquito.
Con cuidado se acerca más, sus rodillas están pegadas al piso, su cuerpo se inclina a su compañero intentando tocarlo. Se muere por tocarlo, por abrazarlo y asegurarle que es sólo prensa amarillista, Vasco no lo eliminará por eso, el equipo no rechazara su compañía, Brian y Armando podrán seguir siendo un dúo, un equipo, un alma. Sin embargo, el alfa levanta la vista. Brian jadea, su pecho salta y su mano queda apenas extendida.
—Somos un error, Brian.
Un pinchazo.
—Nos descubrieron.
Otro toque.
—Nunca debí besarte.
Los ojos de ambos alfas se encuentran y a la mierda la paciencia de Brian, el cuidado o la posible reacción violenta de Armando. El extranjero se lanza de lleno, atrapando a la hormiga en un medio abrazo, su mano izquierda lo tomándolo por la cintura, mientras la derecha lo apega a él. Es incómodo por la altura y la reticente cooperación del otro, pero Brian no se rinde, aprieta, gruñe, se impone al otro alfa arrastrando ambos cuerpos al piso, donde luchan uno con el otro.
Armando quiere alejarse, está destrozado, lleno de ansiedad por su futuro, pero Brian no le deja espacio, no. Ambos forcejean hasta que el puño del delantero llega a la mejilla del alfa, pero aún con eso el gringo no lo suelta, le da la vuelta y ahora es él quien está por encima de Armando, retando su insolencia anterior con su propia voz de mando:
—Detente.
El alfa se sonroja por su autoridad, deja de mover su cuerpo y se entrega a la presión que Brian aplica; lo somete, atrapando sus brazos y piernas. Resulta complicado porque Armando es alto y corpulento, pero Brian le lleva tan solo unos centímetros, que le dan ventaja, que siempre le han dado la ventaja para cargar o besar al chico que tiene debajo.
Sonríe y la hormiga gruñe molesto, pero Brian sólo puede seguir sonriendo. Sabe que no es una amenaza. Dios, es tan idiota. Enamorado, débil, su lobo se regodea hecho bolita y soltando feromonas más felices. Debería estar preocupado, pensar en soluciones, adelantarse a las posibles consecuencias si acaso la noticia se hace más grande, escribir discursos, fingir indiferencia a la prensa, enfrentar a los fanáticos… Pero todo eso parece lejano. No intenta mostrarse indiferente a los miedos de Armando, las uvas siguen sin recuperar el dulce en su aroma, pero sencillamente a Brian no le importa.
—No lo entiendes —dice en un susurro lastimero la hormiga. Sus ojos evitan mirar de frente al otro—. Trabajé años por esto, Brian, soy el pilar de mi familia. El hijo que sigue el destino de su padre yendo más lejos que él, demostrando que soy más que su nombre, que su apellido, esto… —Su voz se rompe. Gutiérrez baja la guardia, suelta algunas feromonas calmantes—. No puedo fallar a mi familia.
—No pasará nada. —Intenta asegurar, su cuerpo afloja hasta que ambos quedan sentados en el suelo sobre la alfombra—. Es yellow press, en América pasa todo el tiempo, no lo van a tomar en serio.
—No lo sabes —replica, otra vez usa la voz de mando; el alfa de Brian se mueve inquieto—. No lo sabes y no lo puedes asegurar. No voy a sacrificar mi mundial. No voy a perder lo que importa. —De un jalón se levanta. Brian lo sigue—. Es mi oportunidad, estamos a nada de la exposición mundial. ¡No voy a perder mi futuro!
—¿Y qué quieres hacer? ¿Gritar? ¿Venir a buscarme como si yo les hubiera avisado a todos? Are you fucking with me? —El ambiente en la habitación se había transformado de nuevo, el alfa de Brian, antes apacible, ha tomado el control de las emociones del humano. Armando lo confronta y los olores los agobian a ambos.
—¿Quién más lo iba a saber sino, wey? ¿El piojo? ¿Tala? ¿O tú, el cabrón que me sigue como perrito faldero?
—No vengas a mamar, Armado.
—¿Qué más quiere que piense? ¡Te vale verga lo que te estoy diciendo!
—¡Porque no es importante! Fuck! It's the fucking yellow press, vale pa’ pura verga, Armando! Será tendencia unos días, luego todos se van a olvidar y no afectará nada, jugaremos en el mundial, nuestro debut será lo mejor y ya, ¡ya está!
—No sabes ni verga cómo es la afición. ¡Botaron a Fuentes por menos! —Sus lágrimas siguen cayendo, el alfa aprieta sus manos—. No arriesgaré mi vida por una estúpida relación.
Es ahí que Gutiérrez siente morir todo instinto de lucha en su cuerpo. La esencia de la hormiga sigue cambiante, pero la suya ha perdido la intención de moverse o responder, no tiene fuerza.
—¿Estúpida relación? —El aire cambia de rumbo, Armando traga despacio—. Te sientes presionado, estás lleno de ansiedad, dices lo primero que piensas, pero ¿de verdad? ¡¿Una estúpida relación, Armando?! You can't tell me that shit!
—¡Nos está perjudicando, date cuenta!
—¡No! Sólo It's the damn yellow press! I already told you, damn it! —Golpea un extremo del sofá y las feromonas golpean de lleno al mexicano; Brian está herido—. ¡No me estás haciendo esto! Armando, esta mierda son rumores sin fundamento para hacernos daño, it doesn’t matter, nobody cares! Get a grip! La selección siempre ha tenido malos comentarios, aficionados locos, extranjeros que se toman el derecho de tell us how to do things, pero no importa ¡Todo es falso! ¡Lo que importa es lo que hacemos en la cancha! Chingada madre.
—Brian, podemos perder todo. Somos un error —repite González, su voz corta el flujo de pensamiento de Brian, que respira entrecortado, y el rubor sube por su cuello, una muestra física de su frustración.
—No me puedes decir eso cuando yo te amo.
Las lágrimas del gringo salen con apuro. No, puede que Brian no alcance a Armando en esta carrera de temores, su cuerpo no es tan veloz como el del chico que ama, pero sus sentimientos son claros y es la única ventaja que tiene.
Se mueve hasta llegar al alfa mayor y se agacha hasta que sus dos rodillas tocan el piso. Toma la mano contraria para descansar su propia mejilla; no se disculpa por la humedad de sus cachetes. Ambos están destrozados, sus esencias se combinan al responder los sentimientos negativos que los atormentan. Pero no duda.
—Tú… Tú no…
Brian lo observa desde abajo, sin poder distinguir del todo el rostro de su amante por la película de agua que le estorba la visión. Probablemente él se ve horrible, siempre ha creído que su llanto no es bonito, no como el de Armando, su Armando, su amor.
—No puedes repetir esas palabras —interrumpe—, me niego a que digas que es un error, un error besarme, un error amarme, un error escogerme a mí, porque yo, Armando, te escogería hoy y siempre, desde la primer vez que te conocí en Chivas hasta ahora, con tu rostro lleno de mocos y llanto. Me duele el alma, me arde el pecho, mi lobo llora, Armando, te llora, te anhela. Siento que me rompes cada extremidad y luego me ayudas a acomodarlas sin cuidado y me duele. Chingada madre, Armando, me duele un chingo amarte, me duele porque te amo, te amo tanto que si pudiera cambio mi género para estar contigo. Porque te amo, te amo, te amo, te amo.
—Es la primera…
—Lo sé. Te lo quería decir ayer, pero nos dormimos antes y al amanecer no estabas a mi lado. No le tome importancia porque podía verte hoy y confesarlo por primera vez. Estaba seguro que, cuando te abrí la puerta, venías para besarme y quizás cocinar juntos y entonces yo te diría lo mucho que te amo mientras quemamos algo y luego terminamos pidiendo comida de tu restaurante favorito, que pagaría yo para hacerte feliz, y te besaría, oh, bonito lo que te besaría. Sería tanto que mañana todos iban a burlarse de ti y tu trompa roja. Porque me encantas. Me encanta tu aroma, me encanta tu cuerpo, me encanta tu forma de ser, me encantan tus preciosos ojos… —Brian derrama lágrimas sin descanso; el lobo de González araña para que el humano consuele a su pareja—. Armando, mi lobo y yo te escogimos. Así que no, no me puedes venir a decir esto, no… No lo acepto. Por favor, Armando…
De manera automática Brian gira su rostro, su boca deja un beso en la palma de Armando, besa otra vez más abajo, justo en la muñeca; finalmente voltea la mano de su amante, reafirmando su devoción con un beso en su palma. Un juramento tácito.
—Estoy desnudo ante ti, Armando. Te amo. Por favor, please don't leave me, sweetheart.
—Brian…
—Soy un patético por ti, cariño, I've fallen so far for you.
El más alto, aún sostenido la mano de la hormiga, reposa su frente en la palma de su mano. No puede ver a su amante, su franqueza pinta de rojo sus orejas. Sólo puede esperar; la última orden no es suya, sino de él.
González lleva su mano libre al centro de su pecho, donde su corazón late rápido, respira entrecortado e intenta no hacer caso al calor en su rostro que empezó a crecer poco después de la muestra de afecto. Cayendo rendido a su lobo, desciende frente al otro alfa tomando su rostro con ambas manos y lo besa. Brian corresponde de inmediato apretando su cintura.
El deseo de los alfas lucha en el intercambio. Siempre ha sido Armando quien lleva el ritmo en los besos, pero la desesperación de que se le escape de las manos hace que Brian se imponga al afianzar su agarre y gruñir al otro alfa. La hormiga se deshace cuando el olor de las naranjas, ahora casi bañadas en miel, lo envuelven como una cálida manta. En algún punto termina con la espalda apoyada en la orilla del sofá, con Brian en medio de sus piernas y él casi sentado en su regazo. Se separan por la necesidad biológica de absorber aire. Un hilo casi invisible de saliva los une y el extranjero sonríe, besándolo una vez más.
—Brian…No puedo… Respirar —dice entre risas González.
—No —Beso—. Me importa —Otro beso más.
Ambos lobos ronronean en adoración, sus fragancias se combinan y el aire cambia. La insoportable angustia da paso a la paz que ambos encuentran en el otro; los besos de Brian bajan hasta el cuello de Armando, entierra su nariz y besa, perfumando a su pareja. Si Armando debe oler a alguien no debe ser más que al mismo Brian. Sin embargo, entre más aspira reconoce una emoción en la hormiga que no le gusta. Con cuidado se sienta en el piso, cargando al otro alfa y gira, hasta que su propia espalda descansa en el sillón.
—Sweetheart?
—Mmm…
—¿Qué pasa? —dice. El otro alfa guarda silencio, Brian desde su privilegiada posición vuelve a hablar—. Cuéntame. Recuerda que soy medio gringo si quieres puedo hacer como que no entiendo.
El extranjero escucha la risita que suelta del atacante y sale de su pequeño escondite, Armando lo mira, su corazón empieza a correr, nunca termina de acostumbrarse a los hermosos ojos del chico, ahora mojados, parecen más grandes con su bellas pestañas delineando los extremos. Mmm, tiene ganas de besarlo. González se ve hermoso.
—No, no pasa nada.
—Armando, aún no me recupero del chingadazo que me diste, con gusto te lo puedo regresar.
—No te pases de abusado, güero. Tú no le sabes a los madrazos.
—Try me. —Sonrió burlón, Armando pone los ojos en blanco y le sonríe.
Toma aliento y Brian espera a la respuesta de su pareja, olfatea, el aire se ha mezclado maravillosamente, pero el aroma a uvas sigue débil. Su lobo necesita saber qué pasa por la linda cabecita de Armando, necesita aliviar todo estrés o duda que tenga el mexicano, mueve su mano izquierda hasta tomar el cachete de la hormiga:
—Dime sweetheart, estoy aquí para ti.
—Tengo miedo —dice. Brian suelta más feromonas, le hace saber que no está solo—. La noticia salió por la mañana, me enteré en el desayuno por el piojo que entre risas le pareció una estúpida acusación: “mira estos pendejos. Esta prensa ya no sabe ni que inventar, sólo le quieren hacer a la mamada”. Sentí que se me atoraron los huevos, Gutierrez. Acevedo me lanzó una mirada, pero me hice el loco, ni modo que se me viera tan alterado, tenía que fingir que todo estaba chingón, pero en cuando nos dejaron libres de la práctica individual revisé mi teléfono y era cierto. Había mínimo cinco periódicos afirmando: “una pareja de alfas: ¿es la inclusión la futura caída de la selección mexicana?”. ¡Puras mierdas!
Brian limpia con sus pulgares las lágrimas del alfa.
—Tomé el auto y conduje hasta acá. No sabía qué hacer, qué pensar, tenía…Tengo muchísimo miedo. Me imaginé nuestras caras en cada titular aunque los que revisé antes de venir, sólo eran noticias pequeñas, sin foto, un montón de párrafos con palabras vacías. Luego me acordé de Fuentes y el nudo en mi garganta no me dejo respirar. Ya había llegado a tu casa y estaba en el estacionamiento, pero tardé al menos unos quince minutos en calmar mis ideas: “eres un error”, “pervertido”, “¿qué te costaba ser normal y escoger un omega?”, “¿por qué no eres tú el maldito omega?”, “afectarás a la selección, a puras penas lograste entrar de panzazo”, “no te volverán a invitar”, “afectará la reputación de Brian”, “le dará asco estar contigo”, “lo vas a dañar”... —Armando lo enfrenta, sus ojos cambian y Gutiérrez tiembla por mostrar su cuello en sumisión—. Y Brian, güero, yo no quiero hacerte daño, yo te amo.
Las uvas explotan en la cara del extranjero, ahora es él quien siente bajar la molesta humedad por sus mejillas emocionado. El aroma de su amante sigue dubitativo, pero percibe el inmenso amor de Armando, por ese dulzón en la fruta que después de conocerlo se ha vuelto su favorita.
—Temo que mi familia no se lo tome bien y que sea expulsado, me da miedo mi futuro porque soy un alfa, esta mierda de mi crianza me ha comido la cabeza hasta dejar gusanos que repiten como debo ser: el alfa perfecto que superé a su padre, convertirme en lo que él no fue. Pero Brian, me aterró pensar que puedo perjudicar tu carrera. Vienes de Chicago con buenas reseñas, güero, es probable que seas el primero de los dos en irte a Europa y no quiero ser el responsable de frenarte, no me lo permitiría.
—Armando…
—Déjame terminar —pide, sus dedos cubren los labios del extranjero—. Yo también te amo, Brian, te amo desde mi ronco pecho. Necesito tocarte a cada segundo, necesito tu aroma y, sólo la virgencita sabe lo mucho que sueño el día en que podamos emparejarnos. Tener tu marca. Pero mis miedos son más grandes, sólo pensé en dejarte.
Su voz se rompe, Brian lo atrae hasta que sus frentes se encuentran, ambos lloran.
—Pero te amo mucho, güerito, te amo. Te juro que no miento.
Gutierréz ríe por el comentario y aprieta las mejillas del mexiano, lo besa mezclando sus lágrimas; la presión en el alfa mayor se relaja y el delicioso aroma a uvas frescas regresa, las naranjas lo acompañan y si tuviera las suficientes ganas de hacer una broma, Brian comentaría que podrían tener su propia tienda de mermeladas. Sin embargo, lo piensa y una sonrisa se le escapa encima de los labios de su alfa.
—¿Te burlas de mí, güero menso?
—Nop. Me di cuenta de que somos muy tontos.
Armando corresponde a su sonrisa, Brian lo besa, una y otra vez. No hay tiempo demasiado rápido, ambos están en el piso, enredados lo más posible, le encanta poder tocar y envolver a su amante con su olor hasta el hartazgo. Tal vez siente que sus piernas se acalambran y el golpe en su mejilla se pondrá morado para mañana, pero todo eso es un cero a la izquierda. Lo importante está frente a él, lo besa y lo ama igual que él. Su lobo se regocija en sí mismo lleno de felicidad.
—Sweetheart…
—Güerito….
—No te puedo asegurar el futuro… No te puedo asegurar que la vida siempre será solo de los dos, porque somos gente que reconocen en la calle y aunque tú has logrado normalizar nuestros abrazos, hay muchos que nos juzgarán, pero Armando, escucha, nunca dudes de mí amor por ti. Es lo único tan seguro en mi vida como la muerte misma. Si nos descubren mejor para mí, todos sabrán lo afortunado que soy de tener al alfa más bonito de toda la Liga MX, ¡y qué te digo la Liga, del Mundial!
González ríe por lo grande, se limpia los últimos restos de agua de su cara y repite la acción en Brian—. Eres un tonto, güero.
—Sin pensar en el pasado o el presente, mi lobo solo te desea a ti, ya te lo dije, si hace falta lo grito en el balcón. Sweetheart, corramos juntos hasta no poder más, ¿te parece? Si tienes dudas otra vez sólo dime, me encantará acompañarte, llorar, luchar, pero la próxima vez que el golpe no sea en mi cara, que vivo de ella.
La hormiga vuelve a reír—. No te robes frases de los Ángeles Azules.
—Son chingones.
—Es apropiación.
—¡Soy mexicano!
—Medio mexicano
—Ahs.
Armando le da un besito en la mejilla—. Gracias y lo siento por el golpe.
—No te preocupes, fingiré que me lo dió el piojo por error para que lo regañen.
—Cruel.
—Nah, es bien divertido ese cabrón.
—¿Crees que nos cuestionen por la noticia? —pregunta Armando, sus manos juegan con el flequillo rizado del extranjero.
—Es probable que no, pero si pasa, ¿quieres decirles?
—Acevedo lo sabe.
—Pues sí, es un omega muy listo, nos enfrentó al mes de empezar a salir.
—No, me refiero a que no nos juzgo.
Brian aprieta su cachete, sonrie—. Si quieres sí, si no quieres no. Yo haré lo que desees.
—Mandilón.
—It’'s a pleasure.
Armando lo mira divertido y se pega más al cuerpo de Brian, pecho con pecho, sus lobos ronronean, se besan, el momento es todo suyo.
—Lo pensaré —dice la hormiga a medio beso, sus brazos pasan detrás del cuello de Brian, su alfa—. ¿Esta bien si decido cuándo?
—Whatever you want, Sweetheart.
Armando rueda los ojos, se besan despacio otra vez. Un cariño y perezoso cuidado escapa en sus movimientos, Brian desliza sus manos por los muslos del alfa y Armado disfruta de enredar su mano en el cabello del otro. Inconscientemente sus pelvis se juntan, el gemido de Gutierréz hace gruñir a su amante.
—Sweetheart…
—Llévame a la cama, güerito.
Brian Gutierréz nunca se levantó tan rápido.
