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Acto I.
El museo no era el tipo de lugares al que visitaba cotidianamente. No era el tipo de visita planeada, con las entradas compradas con antelación. Sino otro tipo, el que ocurre un martes de febrero cuando el metro pasa por tu estación y lo dejas pasar, porque algo en tu pecho se siente diferente ese día y necesitas que tus pies vayan a donde tu mente quiere.
Hwang Hyunjin llegó al Metropolitan Museum of Art, ubicado en Manhattan, a las diez y diecisiete de la mañana, con su bolso y bloc de siempre, con una sensación de haber hecho algo impulsivo. Había tomado el primer tren desde Staten Island y en algún punto del trayecto dejó de pensar en su trabajo, el cual había dejado de lado ese día. En cambio, pensaba en nada. Y pensar en nada, para él, era un milagro.
Al entrar, eligió dirigirse a la sección de arte moderno sin una razón en particular. Caminó despacio, con las manos en los bolsillos y los ojos yendo de un cuadro al otro.
Llevaba tan solo media hora ahí cuando la vio.
Estaba parada frente a una pintura, Rooms by the Sea. Con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda, observando pacíficamente el cuadro. Tenía puesto un abrigo verde oliva demasiado grande para ella y el cabello recogido de una manera que sugería que se había peinado con rapidez. Con sus auriculares alrededor del cuello, observaba con una expresión de notoria seriedad y concentración.
Había algo en la manera en que ella caminaba por el lugar y miraba los cuadros que hacía que Hyunjin sintiera el deseo de guardar ese momento, así que hizo lo único que sabía hacer.
Abrió su bloc de dibujos.
El lápiz empezó a moverse despacio, trazando el contorno del abrigo, la curva del hombro y la manera en como el peso de la chica se cargaba en la pierna derecha. No estaba dibujándola exactamente, dibujaba la forma en la que ella entraba en ese espacio, la silueta que ocupaba dentro del encuadre de la pintura.
Pasaron tres minutos en el que él se encontraba todavía dibujando, luego ella habló.
– Eso es un poco invasivo, ¿sabes?
Hyunjin levantó la vista.
Ella lo estaba mirando. No estaba enojada, más bien sorprendida.
– Lo sé. –dijo él, sin negar nada– Lo siento.
No dijo no te preocupes o está bien. En cambio, se acercó dos pasos y observó el bloc con la misma seriedad con la que había mirado las pinturas.
– No me dibujaste el rostro. –dijo ella.
– Todavía no he llegado a esa parte.
– ¿Siempre empiezas por los hombros?
– Depende de lo que esté mirando. –Hyunjin cerró el bloc a medias, sin llegar a cerrarlo del todo– Hoy empecé por el abrigo.
Ella bajó la vista hacia su propio abrigo, como si lo estuviera viendo por primera vez.
– Era de mi mamá. –dijo, y luego pareció sorprenderse por lo que dijo. – No sé por qué te conté eso.
– Los museos hacen eso. –dijo él– Te hacen decir cosas que normalmente no dirías.
Ambos miraron a los ojos del otro.
Entre ellos, Rooms by the Sea seguía ahí, una habitación vacía con una puerta abierta hacia el océano y la luz de la tarde cayendo sobre el suelo.
– Hwang Hyunjin –dijo extendiéndole la mano.
– Minnie Nicha. –estrechó su mano con la de él, la cual era más fría.
– ¿Vienes mucho aquí? Minnie.
– Primera vez.
El asintió.
– En realidad, había venido una vez por un paseo escolar. Pero no cuenta. Esas visitas nunca cuentan si tienes que asistir junto a veintidós personas que no les interesa aprender sobre arte –añadió.
– ¿Y hoy?
– Quería estar en un lugar tranquilo –dijo ella– Y no quería pagar por estar en silencio.
Hyunjin sonrió.
– El museo es gratis para los habitantes de Nueva York.
– Lo sé —respondió con un tono lo más cercano a diversión– Por eso vine aquí.
Caminaron juntos el resto de la tarde, disfrutaban la cercanía del otro y como sus fluían los temas de conversación. Pasaron por pinturas de Rothko, por dos de Liechtensteins y por una sala entera de expresionismo abstracto.
– ¿Pintas también? –preguntó ella.
– Sí. –respondió después de un momento– Aunque últimamente no tanto.
Ella no preguntó el por qué. Solo asintió con la cabeza.
Llegaron a una ventana alta que daba a Central Park. Febrero había dejado los árboles sin hojas, y el parque tenía esa clase de belleza desnuda que la mayoría de la gente asocia con tristeza pero que a él siempre le había parecido bella.
– ¿Qué música tienes ahí? –preguntó Hyunjin mirando hacía los auriculares todavía colgados en el cuello de Minnie.
Ella miró hacia ellos, como si hubiera olvidado que los llevaba.
– Una creación mía. Estoy trabajando en algo y necesito escucharla cien veces seguidas para asegurarme de que esté perfecta.
– ¿Y te gusta?
Minnie miró por la ventana.
– Todavía no lo sé.
Afuera, el parque permanecía quieto bajo el cielo blanco de invierno. Adentro, el museo se comportaba como siempre, guardar cosas, conservarlas, mantenerlas exactamente como eran el día en que alguien decidió que valían la pena.
Hyunjin abrió el bloc otra vez. Minnie no dijo nada. Él empezó a dibujar la ventana, y los árboles sin hojas, y la silueta de ella contra el vidrio.
Esta vez empezó por la cara.
