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Cristian miró las noticias de Google en su celular, sentado en la cama de la habitación que compartía con Lisandro Martínez, a la espera de que el entrerriano salga de ducharse.
«Semana de la dulzura: un bombón por un beso, ¿que regalarle a tu pareja?»
El cordobés no sabía muy bien como se había originado esa celebración. Estaba seguro que, cuando era niño, aquello no existía. Dio click en el enlace. Allí se nombraba algo sobre el origen de la misma, relacionada al chocolate y el frío durante el mes de julio.
Cristian arrugó la nariz. Estando en el hemisferio norte —más específicamente en Miami— aquello no tenía mucho sentido. Sin embargo, sería un lindo gesto regalarle algo a su compañero.
Recordando lo nacionalista que era el otro central, decidió volver a la página principal del navegador y buscar algún negocio en Miami que vendiera dulces argentinos. No quería comprarle una pavada así nomás, quería que el regalo fuese especial. Y para Lisandro, no había nada más especial que su país. Nada gritaba tanto “hogar” como unís alfajores con dulce de leche, un bonobon y un dos corazones, Romero estaba seguro.
Escucho el ruido de la ducha cerrándose, por lo que deslizó la pestaña de su celular y bloqueo la pantalla. Ya lo tenía decidido, después del partido contra Cabo Verde iba a aprovechar a acostarse temprano para poder madrugar y salir a comprar algunas cosas sin que nadie note su ausencia.
Sonrió para sus adentros y agarró la toalla. Era el plan perfecto.
————
Alargue
Su plan perfecto de irse a dormir temprano estaba arruinado. Y la permanencia de Argentina en el mundial parecía pender de un hilo.
Cristian estaba nervioso. No dudaba del Dibu si llegaban a los penales, pero el arquero del país africano era muy bueno, y un completo desconocido para ellos. ¿Que pasaba si le tocaba patear y el hombre atajaba su penal? ¿Sería un arquero ataja-penales? ¿O no se le daría tan bien?
El defensor no podía evitar que todas esas dudas llenen su mente. Sabía que necesitaba estar concentrado a la hora de jugar, pero si despejaba todas aquellas preguntas, aparecía algo peor: si eran eliminados, ya no iba a poder pasar tanto tiempo con Lisandro.
Se relamió los labios, nervioso. El cuerpo sudado, la camiseta pegada al cuerpo, las piernas cansadas y todo su ser luchando contra el calor y el agotamiento. Corría por impulso, por algo dentro suyo —y de todos los demás jugadores argentinos— que lo empujaba a seguir luchando. Sin embargo, sentía que a cada paso que daba, se iba a caer y darse de frente contra el pasto, tal como le pasó a Paredes.
Lisandro había hecho un gol, pero el equipo de Cabo Verde no iba a rendirse tan facil. Había vuelto a empatar el partido, y toda la felicidad que le había provocado ver a su compañero de habitación acercándolos a la victoria, se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos.
El chico que puso el marcador 2-2 no lo dudo y salió corriendo a buscar a alguien en la tribuna, sin importarle ser sancionado por ello. Corrió y buscó entre la gente hasta encontrar a su pareja y festejó con ella. A Cristian le hubiese gustado poder festejar de ese modo, tan libremente.
Y entonces, cuando ya todo parecía perdido, en un córner, la pelota entró. No supo si fue gracias a él o al desvío del jugador de Cabo Verde, si el gol fue suyo o si contó como gol en contra. No le importo.
Nada le podía importar cuando el marcador cambió a 3-2. Y hasta eso dejo de ser importante cuando Lisandro se acercó a festejar junto a él, tanto en el gol como cuando terminó el partido.
Un disimulado beso en el cuello hizo hormiguear su piel, miró a su novio con asombro, con temor a ser descubiertos, pero Lisandro le guiñó el ojo.
—Estamos en la semana de la dulzura, un gol por un beso, ¿no era así? —indagó el gualeyo, cruzándose de brazos y encarnando una ceja.
Cristian tuvo que contenerse para no besarlo en los labios ahí mismo.
