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“¿Por qué me bloqueaste de todos lados? ¿Por qué…me odias tanto?”
No creíste odiar a la persona con la que más confianza tenías. Aquel hombre que tuvo tu corazón entre sus manos, apretándolo y finalmente lo aplastó.
Después de ese fatídico evento, unos años después enfermó tu madre. De ahí todo decayó hasta ahora, en especial en este fin del mundo que los azota.
Lo odias y te odias por la facilidad en la que brindaste tu vulnerabilidad a él.
Hubo un tiempo donde no era así.
Piensas en la melodía de su guitarra. El sonido de las cuerdas es un susurro que ya no escuchas con claridad. Rompes una galleta, buscando apaciguar tu hambre.
La galleta partida en dos, te hace recordar a la forma de la púa que utilizaba Herme al momento de tocar. Imitas su movimiento, entonces se te va el hambre.
“Que desperdicio de comida”
Piensas, luego te recuestas en el suelo. Sigues sosteniendo la migaja en tu mano, así que cierras los ojos.
Como un bucle absurdo, doloroso y agotador, aquella melodía invade tus pensamientos, arrastrando recuerdos borrosos que prefieres olvidar de una vez, pero permanecen ahí casi igual que una plaga que no puedes erradicar.
Los dedos de Herme se mueven como si fueran un ser aparte de su cuerpo. Está practicando, pero no sabes qué canción está tocando porque no te lo dice, supuestamente es una sorpresa.
Ladeas la cabeza, apoyas tu mano en tu mejilla, dejando reposar tu codo en tu rodilla. Las perlas de sudor caen suavemente sobre su frente y vaya que le está dando vida, quizá un espíritu de más, a la canción.
—¿Sabes bailar?
Preguntaste acercándote a él. Se detiene, lamentas por dentro porque el ambiente ha cambiado de relucir todo su ser a nada, mirándote pensativo, luego habla con nerviosismo.
—No, soy pésimo para bailar.
Emite una risita, entonces retomas la conversación con otra pregunta. Todavía sostiene su guitarra, así que momentáneamente la deja a un costado con cuidado.
—¿No bailaste en tu graduación?
—Sí, nos organizaron una coreografía a todos, pero eso no cuenta como una habilidad para bailar ¿O si? Bailé muy feo incluso con un ensayo.
Te burlas de él, entonces Herme también ríe, pero con esa melodía, igual de única en la forma que sus dedos tocan, tan típica de Herme.
—¿No quieres demostrarte que tan mal bailarín eres?
Las cejas de Herme se elevan debido a la sorpresa que tu repentina propuesta le causó. El color rojizo inunda sus mejillas hasta sus orejas, ves como sus dedos se contraen para apaciguar lo que sea que esté sintiendo por dentro.
—No quiero que te burles más de mí
Herme parece hacer un puchero, luego trata de recuperar su guitarra del suelo, pero le sujetas su mano. Vuelven a mirarse y la tinta rojiza de sus mejillas vuelve a surgir como un vino tinto que deberías probar.
Sacudes ese pensamiento raro, entonces hablas.
—Yo tampoco soy una bailarina extraordinaria. No hay nadie aquí, solo somos tú y yo.
Te levantas, aún sosteniendo su mano, pero esta vez haces más esfuerzo porque tu otra mano está en su muñeca. Entiendes que estás siendo terca, pero tampoco ibas a dejar pasar un momento así, además simplemente este tipo de situaciones parecen suceder cuando estás juntos, pero decidiste no profundizar más porque ninguno de los dos está dispuesto a hablar.
Herme se pega al suelo mientras haces fuerza para levantarlo. Su obstinación le brinda una fuerza que no creías que tenía por su contextura.
—No te andes de rogar. Ven, ya.
—No jales así. No, no, no. ¡Ya me levanto!
Herme se levanta, toca su muñeca, entonces hace un gesto de dolor. Procede a mirarte, pero conoces bien esa expresión exagerada que posee para que le consueles aunque eso no impide que te sientas culpable.
—Te voy a recompensar.
—No soy un perro.
Ríes con fuerza, aquella risa provoca que Herme se avergüence. Se lamenta de haber fingido dolor solo para que le brindes un poco de afecto.
Tu risa decae en su fuerza, pero a la par colocas tu palma en la suya. No sabías que se sentían de esa forma ya que nunca habían estado tan juntas y sientes tu corazón acelerarse.
Herme pronuncia tu nombre. Observa sus manos juntas, así que coloca su mano en tu cintura. Qué vivaz para alguien aparentemente nervioso a tu contacto así de íntimo.
¿Están siendo íntimos?
Retomas el control de tus pensamientos al dejar reposar tu otra mano en su hombro. El fugaz deseo de recorrer su cuello para sentir la textura de la ropa combinada con su piel tostada es diluida por la voz de Herme.
—¿Un vals? No he bailado así hace muchísimo tiempo.
—Yo tampoco. Podemos burlarnos el uno del otro. Anda, hay que movernos.
Palmeas su hombro. Herme asiente con rapidez. Un quiero silencio dominó ese lugar por unos largos segundos porque no sabían cómo iniciar, pero improvisas al moverte hacia atrás.
Herme sonríe, siguiendote el ritmo. Aprieta ligeramente tus dedos entre los suyos; la sensación de sus dedos es embriagadora y, de manera contradictoria, te brinda seguridad.
Herme alza su brazo para darte una vuelta, así que volteas. El giro hace necesario que te sujetes de la mano que te sostiene, por ende siente sus uñas.
¿Qué tan débiles estarán con el esfuerzo rutinario que hace al practicar esa canción?
Su baile es muy torpe. No pasa como en las películas donde uno de los bailarines pisa al otro más bien por más que no sepan qué están haciendo, sus cuerpos se mueven a su ritmo.
Sin melodía de fondo, la única canción que se escucha es la cómoda mezcla de sonidos de sus zapatos chocando con el suelo uniéndose a los latidos de su corazón mientras el dueto son sus risas amortiguadas por los sonidos del ambiente.
Alzas tu brazo para darle un vuelta y Herme te sigue en este juego que no saben cómo acabará. Con dificultad logra Herme darse la vuelta, luego coloca su mano en tu espalda para girar ambos.
Sonríen.
Es el vals más hermoso y armónico donde bailaste. Ambos, con una sola mirada, supieron que era el fin de su corto vals. Se separan al mismo tiempo.
Herme rasca su cabeza y a su vez sonríe. Las sonrisas de esa índole siempre son por y para ti.
—Es mi mejor baile. Solo contigo podría haberlo hecho.
Herme se da cuenta de lo que dijo, así que quiere hablar, pero balbucea al no poder encontrar palabras de manera rápida para justificarse. No quiere volver el ambiente incómodo, le teme a varias cosas, por eso es precavido aunque su prevención opaque los presentimientos de su corazón.
No le tomas importancia porque estás ocupada buscando algo en los bolsillos de tu pantalón. Herme se paraliza al verte en ese estado, vuelve a calmarse, pero esa sensación de una barrera existiendo entre ustedes se acrecienta.
¿Qué tan malo es temer?
Le muestras una púa. Tienes una sonrisa que releva al sol de su majestuosidad, piensa Herme.
—Te dije que te iba a recompensar.
Extiendes la púa. Herme se queda en silencio, entonces le observas con una leve angustia recorrer tu rostro.
Las manos de Herme sostienen tu mano, la cual sostiene la púa, como si de un mineral precioso se tratase. El brillo de sus ojos, tranquilizan tus pensamientos.
—¡Gracias, gracias!
Herme te abraza, lo abrazas de vuelta. Das palmaditas en su espalda casi sientes que su abrazo te arrebatará el preciado aire de los pulmones. Repite tu nombre mil veces con un gracias a su costado.
Acaricias sus cabellos y vuelven a mirarse. Su cabeza está agachada por la diferencia de altura.
—Buen chico.
Pronuncias y a la vez recorres los mechones de su cabello entre las yemas de tus dedos, dejando un hueco entre tus dedos para liberar la oreja de él de la roce de tu piel en la suya de manera directa.
El mundo de Herme se derrumbó en ese instante. Escuchas sus latidos acelerados, fuertes y vibrantes, el cual ocasiona que sientas un ardor en tus mejillas.
Herme se separa con dificultad. Traicionando sus propios sentimientos de quedarse a tu lado. Te ama, lo entendió en su totalidad.
Su mundo eres tú.
Te adora demasiado. Quiere besarte ahora, permanecer agachado para que tus manos no tengan la dificultad de alzarse para acariciarlo.
La emoción se transmite en sus ojos verdes como el bosque. Uno donde te ofreces voluntariamente a entrar en ese laberíntico lugar.
—¿No qué no eras un perro?
Ríes otra vez. Herme trata de explicarse.
No lo viste dejar esa púa en ningún momento.
“Probablemente ya no conserve esa púa”
Abres los ojos. Observas que no ha pasado ni un cuarto de hora.
Le diste una púa por el miedo que sus uñas se destrocen por el roce continúo entre la guitarra y él. Aquella sensación de sus dedos sobre los tuyos permanece viva.
Haces una mueca, vuelves a sentarte y comes la galleta. No tienes hambre, pero ya la abriste.
No piensas desperdiciar comida.
Cada mordisco te recuerda ese día. Su rostro, él; lo que te hizo. Lo amabas tanto y tenía que arruinarlo todo.
Pero luego reflexionas cuando ya no tienes más galletas que comer. No habías dicho nada para proteger lo que tenían, quizá sabías que él también pensaba algo similar, pero si hubieran hablado… ¿Habría cambiado algo?
Ahora es muy tarde para hablar y ya no deseas escucharlo. No hablaste de lo que eran por el miedo a dañar ese vínculo, pero ahora no hablas por el repudio en tu corazón ya que no hay un vínculo que proteger.
Sigues sin saber si todavía conserva la púa.
Limpias las migajas de tu ropa al igual que limpiaste las impurezas de tu vida, aunque no sirvió de mucho porque has perdido todo.
Que tienes que proteger.
A quién vas a proteger.
¿Era necesario?
...
