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Herneval no era tonto. Sabía cuando algo le sucedía a su querida Frankelda, aunque ella se esforzara en disimularlo. La conocía desde hacía tanto tiempo que había aprendido a leer sus silencios casi tan bien como sus palabras, y durante los últimos días había algo en esos silencios que no terminaba de encajar. La notaba distante, lejana, como si una parte de ella se hubiese quedado atrapada en algún pensamiento que no compartía con nadie, ni siquiera con él.
Sí, conversaban. Sí, ella seguía escribiendo, con la pluma deslizándose sobre el papel con la misma dedicación de siempre. Pero había algo en su expresión —en la forma en que sus ojos se perdían hacia la ventana, en las pausas que se alargaban un poco más de lo normal— que le resultaba... diferente. Fuera de lo usual. Y eso lo inquietaba de una manera que no sabía nombrar del todo, una especie de nudo pequeño que se le formaba en algún lugar entre las páginas, cada vez que la veía así.
Repasó una y otra vez sus recuerdos, buscando alguna pista. ¿Había hecho algo que la hubiera molestado? ¿Había ocurrido algún evento, alguna fecha señalada, algo que hubiera pasado desapercibido para él pero que para ella significara mucho? Se esforzó por hilar cada conversación reciente, cada gesto, temiendo encontrar ahí la respuesta y, al mismo tiempo, temiendo no encontrarla.
Pero nada. Por más que buscaba, todo parecía haber transcurrido con total normalidad. Y esa nada era, de alguna forma, peor que cualquier respuesta: significaba que no tenía ni idea de qué le pasaba a la persona que más le importaba. Así que, con el estómago encogido por la incertidumbre, decidió que solo quedaba una opción, por más que le costara: preguntar directamente.
El libro aleteó con nerviosismo hasta posarse justo al lado de la muchacha, quien miraba la ventana con unos ojos perdidos en un horizonte que solo ella podía ver. En cuanto notó su presencia, volteó a verlo con una sonrisa tenue, de esas que a Herneval ya no le bastaban para tranquilizarse del todo.
—¿Sí, Herneval? —preguntó ella. Lo conocía bastante bien; no le costó adivinar que, con esa forma de acercarse, seguramente quería preguntarle algo.
Él, por su parte, se quedó callado un par de segundos. Su mirada cayó al suelo, buscando las palabras entre las líneas invisibles de sus propias páginas, sin saber muy bien cómo formular aquello que llevaba días carcomiéndolo por dentro sin atreverse a decirlo en voz alta.
—Querida... ¿Está todo bien? —preguntó al fin, suavemente, casi como si temiera que la pregunta pudiera romper algo.
Ella parpadeó, un poco confundida. —¿Por qué no habría de estarlo? —alzó una ceja, y a Herneval ese gesto, que en otro momento le hubiera parecido tan suyo, tan familiar, ahora solo lograba hacerlo sentir más perdido.
—¡No lo sé! —admitió finalmente, con una honestidad que le costó soltar. —Actúas extraño, no sé... ¿Estás enojada? ¿O molesta?
Frankelda frunció el ceño y rodó los ojos. —No. Que no esté súper contenta no significa que esté enojada, Herneval. —Se cruzó de brazos, y lo miró con esos ojos acusatorios que solo consiguieron hacerlo sentir todavía más confundido. Si no estaba enojada antes, ahora empezaba a parecerlo, y esa contradicción lo dejó sin saber dónde pisar.
—Además, créeme que si estuviese molesta, lo sabrías. —Su tono no fue cruel, pero tampoco dejaba espacio para más preguntas.
Herneval soltó un suspiro que llevaba conteniendo desde hacía días, un suspiro cargado de todas las palabras que no había sabido decir bien. La vio alejarse de él, sentándose de espaldas en el escritorio al otro lado de la habitación, como si esa distancia física fuera apenas un reflejo de la otra distancia, la que de verdad le dolía y que no sabía cómo cruzar.
Se quedó ahí, flotando en silencio, con esa sensación amarga de haber hecho las cosas mal sin siquiera entender cómo. Tal vez preguntar tan directamente no había sido la mejor idea. O tal vez el problema no era la pregunta, sino que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía la más mínima idea de qué pasaba por la cabeza de la persona que creía conocer mejor que a nadie.
Solo le quedó mirar la ventana, la misma que ella miraba momentos antes, preguntándose si ahí, en ese mismo cristal, estaría la respuesta que tanto necesitaba.
[…]
Frankelda estaba cruzada de brazos. Molesta, frustrada, aunque no supiera muy bien contra quién dirigir esa molestia. Sabía que Herneval no tenía malas intenciones, nunca las tenía, pero... ¿cómo se atrevía a preocuparse tanto por ella? ¿Cómo se atrevía a mirarla así, con esa ternura preocupada, cuando era ella quien debería estar cuidándolo a él después de todo lo que había perdido?
A ver. Que aquello no era nada nuevo. Desde que lo conoció, siempre había estado pendiente de su bienestar, atento a cada detalle, y más aún desde que quedaron atrapados juntos en aquella casa. Él literalmente había sacrificado su vida por ella. Su cuerpo, su forma, la posibilidad misma de volver a caminar bajo el sol... todo eso lo había entregado sin pedir nada a cambio, solo para que ella no tuviera que enfrentar la soledad de aquellas paredes.
¿Cómo no podía amarlo? Era casi imposible no hacerlo. Y sin embargo, últimamente, ese amor —tan grande, tan innegable— era precisamente lo que la dejaba con un nudo en la garganta que no sabía deshacer. Porque estaba tan presente, tan vivo dentro de su pecho, que sentía que en cualquier momento se desbordaría sin previo aviso, sin que ella pudiera contenerlo.
No era suficiente solo amarlo. Quería sentir su presencia. De verdad, a él, no solo su voz entre las páginas ni la calidez de sus palabras.
Claro que también adoraba su presencia siendo un libro. Eso jamás cambiaría, y no había ni un solo día en que se arrepintiera de haberlo elegido a él, en cualquier forma que tomara. Pero no podía negar, por más que lo intentara, que extrañaba y añoraba su tacto. Esa ausencia se había vuelto un peso silencioso que cargaba consigo a todas horas.
Esa necesidad de contacto físico y afecto, proveniente de la persona que más amaba, la consumía poco a poco. Y ya ni siquiera hablaba de aquella intimidad más cercana, más fogosa. Ni siquiera era eso lo que anhelaba. Era algo mucho más simple, y por eso mismo más doloroso de no tener: el simple contacto. Como cuando llegó al plano y sus manos se rozaron por primera vez, torpes y curiosas. Como cuando, al conocerse, tomó sus manos para bailar y cantar junto a ella, girando entre risas. Como cuando, al estar juntos, podía sentir su presencia entera —su plumaje suave bajo los dedos, la respiración profunda de su pecho cuando lo abrazaba con emoción, ese calor que solo un cuerpo puede dar.
Extrañaba todo aquello con una intensidad que a veces la asustaba.
Y era imposible decírselo a Herneval. Ya sabía que su pobre amado no se sentía del todo cómodo siendo un viejo libro, que cargaba sus propias inseguridades sobre lo que había perdido y lo que ya no podía ofrecerle. No quería agregar ni una gota más a ese peso. No quería que la mirara y viera, en lugar de amor, una carga, un recordatorio constante de su propia limitación al ser diferente.
Porque sabía —lo sabía con una certeza que le oprimía el pecho— que si compartía aquello, él se culparía. Se culparía por no poder estar más presente como merecía, en un cuerpo real, de un tecotitas digno, capaz de sostenerla entre sus brazos como ella tanto anhelaba. Y esa culpa, en él, sería insoportable de ver.
Por ello no podía decir palabra alguna. Se tragaba las ganas, las guardaba en algún rincón y seguía adelante, fingiendo que aquel vacío no dolía tanto.
Pero él no era tonto. Y estaba notando cómo, a veces, su cabeza se perdía entre las nubes. Cómo, cuando escribía, se quedaba pensativa a mitad de una frase, con una mirada llena de nostalgia y reflexión que no era muy característica en ella.
Se volteó a verlo por un segundo, y notó al libro observando la misma ventana que minutos antes ella misma contemplaba, como si él también buscara respuestas en el mismo cristal. Sonrió suavemente, con una mezcla de ternura y tristeza que no supo bien cómo nombrar. Incluso siendo así, un mar de páginas y tinta, lo adoraba con la misma intensidad de siempre. Y por eso mismo su sentir le resultaba tan frustrante, tan difícil de perdonarse. Se sentía avara, egoísta, por desear más de alguien que ya le había entregado todo. Ni siquiera fue ella quien estuvo condenada a perder su cuerpo, a quedar atrapada entre páginas y lomo de cuero, y aun así tenía quejas, incomodidades, un vacío que insistía en reclamar espacio.
Pero no podía evitarlo.
Quería sentir sus dedos entrelazados con los suyos, firmes y cálidos. El calor de sus plumas contra su piel. La forma en que la abrazaba con dulzura, rodeando sus brazos alrededor de todo su cuerpo hasta hacerla sentir, por un instante, completamente a salvo.
Pero no podía.
Porque lo más cercano a ello sería pasar sus dedos por aquel lomo frío de aquel viejo libro, sintiendo bajo las yemas el relieve gastado de las letras doradas en lugar de su piel. Y tendría que conformarse con eso, tragándose una vez más las ganas de pedir lo que sabía, con total certeza, que no podía tener.
[…]
Habían pasado un par de horas. Se había quedado dormida, recostada sobre el escritorio, vencida por el peso de todo lo que no se había atrevido a decir. Parpadeó suavemente y estiró sus brazos, intentando recomponerse poco a poco, con esa pesadez que deja el sueño a medias. Miró a distintos lugares de la habitación, buscando a su adorado libro casi por instinto, antes incluso de terminar de despertar del todo.
Después de todo, aquel lugar no era muy grande. No pudo haber ido muy lejos.
Lo encontró en una esquina de la habitación, ya no en la ventana donde solía quedarse. Y de alguna forma, aun sin más que tapas y páginas, se veía todavía más triste que antes. Había algo en la manera en que estaba posado, encogido casi sobre sí mismo, que le apretó el pecho.
Soltó un suspiro. Sabía que no entender qué le ocurría le pesaba a su amado, que la incertidumbre lo carcomía tanto o más que a ella el silencio. Pero ¿debería confiar en decirle lo que realmente estaba sucediendo? Le daba vueltas al asunto una y otra vez, sopesando cada posible reacción. No quería hacerlo sentir mal. No después de todo lo que ya había sacrificado por ella.
Voló hasta donde estaba y se acomodó el vestido, sentándose en el suelo frente a él, tan cerca como podía estarlo sin tocarlo.
—Herneval.
El libro dio un pequeño giro, sorprendido, sus páginas agitándose por la sorpresa. Estaba tan absorto en sus propios pensamientos que no había notado su presencia acercarse.
—Frankelda...
Dijo su nombre casi en un susurro. Después de su última conversación no se sentía del todo seguro de hacer más preguntas, de arriesgarse a otra respuesta cortante. Y ella lo sabía, podía notarlo en la cautela con la que la miraba, así que decidió comenzar con una disculpa que llevaba días debiéndole.
—Lamento haber estado actuando así... Y luego reclamarte cuando preguntaste —admitió, jugando con uno de los rizos de su cabello, los ojos enfocados en el gesto para huir de la mirada de Herneval. Era más fácil confesar mirando un rizo que mirándolo a él.
—Así que admites haber estado distante —lo dijo más como una nota mental que se le escapó de la boca sin pedir permiso, casi sorprendido de su propia audacia.
Frankelda, por su parte, soltó una carcajada breve, de esas que salen para aliviar la tensión más que por verdadera gracia. —Bien, lo admito, sí...
Herneval no podía verse más sorprendido. ¿Acaso Frankelda acababa de admitir que él tenía razón? De cierto modo, sí. Esperaba que volviera a molestarse, que se cruzara de brazos y desviara el tema como solía hacer, pero allí estaba, sentada a su lado, con una mirada que no mostraba enfado alguno. Más bien algo distinto, algo que no lograba nombrar del todo, algo suave y a la vez pesado.
La miró con los ojos bien abiertos, expectante, casi conteniendo el aliento que ya no tenía. Como si en su mirada buscara una explicación que se le escapaba entre los dedos. Frankelda lo notó, esa expectación silenciosa, y supo que lo más prudente —lo más justo— era hacerle entender su sentir, aunque le costara cada palabra.
Desvió la vista. Sabía que él merecía una explicación completa, sin rodeos. Soltó un suspiro largo, de esos que preceden a lo que de verdad cuesta decir.
—Prométeme que no te vas a afligir.
Herneval parpadeó y frunció las cejas, la preocupación instalándose de inmediato en su voz. —¿Es algo que me va a afligir? —preguntó, y Frankelda no pudo evitar pensar que ni siquiera había dicho nada aún y el pobre libro ya se veía entre triste y preocupado, anticipando un dolor que todavía no llegaba.
—No. Bueno... Conociéndote, sí. ¡Pero no es tu culpa! —aclaró rápidamente, casi con desesperación, queriendo que esa parte quedara clara antes que cualquier otra cosa—. Por favor, promételo.
Herneval soltó un suspiro, uno de esos suspiros que en él sonaban a resignación y a cariño al mismo tiempo. —Lo prometo. Adelante.
Ella asintió y soltó un largo suspiro propio, jugando con sus manos, retorciendo entre los dedos la tela de su vestido como si eso pudiera darle valor.
—Sé que llevamos un tiempo atrapados. Y quién sabe cuándo podríamos salir de aquí... —sus ojos estaban fijos en sus manos, jalando las mangas del vestido, evitando su mirada por completo, como si mirarlo mientras hablaba fuera a quitarle las pocas fuerzas que había reunido para decir aquello.
—Pero... Uhm... Últimamente me he sentido, ah... ¿Cómo decirlo? —buscaba las palabras y no parecía poder encontrarlas, cada intento se le deshacía antes de llegar a la boca. Alzó la vista hacia Herneval y lo miró decidida, con esa determinación que solía reservar para momentos mucho menos vulnerables, y dejó que las palabras finalmente salieran, atropelladas pero honestas.
—Me siento... Ugh, necesitada de contacto físico. Somos solo tú y yo, Herneval, y... Sé que es difícil, porque eres un libro... Pero de verdad me gustaría poder sentirte. Como... Como cuando nos conocimos. Anhelo poder sentir un mínimo de calidez —confesó, y en cuanto la última palabra salió de sus labios, un silencio pesado invadió la habitación, uno de esos silencios que parecen ocupar más espacio del que debieran.
Herneval, por su parte, no dijo nada al principio. Su quietud, ese silencio prolongado, la puso todavía más nerviosa. Odiaba esa sensación, la de haber soltado algo tan frágil al aire sin saber cómo aterrizaría.
—Yo... Entiendo, querida... —su tono de voz salió apagado, y en la forma en que sus páginas se aflojaron ligeramente se podía notar cuánto le había afectado escucharla. No había reproche en su voz, pero sí una tristeza profunda, la de alguien que acaba de confirmar un miedo que llevaba tiempo cargando en silencio.
—¿Ves? Por eso no quería decirte... —intentó explicar, frustrada consigo misma, con la sensación amarga de que sus temores se estaban cumpliendo justo frente a ella. Pero el libro solo la observó con atención un instante más y después desvió la mirada, como si no pudiera sostenerla.
—Lo siento, Frankelda... Yo... Ya no puedo cubrir esa necesidad. Lo lamento... —se disculpó, con una voz que se quebraba un poco al final, y ella negó con la cabeza de inmediato, casi con desesperación por corregir el rumbo de aquello.
—¡No, no, no! No es tu culpa, es... Es una situación fuera de tu control... —intentó explicar, buscando sostenerle la mirada, buscando que las palabras llegaran antes de que la culpa terminara de instalarse en él. Pero aunque lo hubiese prometido, podía notar que estaba bastante afligido: aleteaba sin muchas ganas, buscando poco a poco algo de espacio entre ambos, con esa forma tan suya de replegarse cuando algo le dolía demasiado. Claramente quería estar solo, procesar aquello a su manera, y ella no supo si detenerlo o dejarlo ir.
Frankelda simplemente lo vio alejarse un poco e hizo una mueca. Eso había salido perfecto, pensó con ironía amarga. Justo lo que más temía terminó sucediendo: su amado, decaído y dolido, y ella con un sentimiento de culpa que la carcomía por dentro, agravado por el hecho de que, al intentar aliviar su propia carga, había terminado pesando la de él.
Se quedó ahí, sentada en el suelo, viéndolo alejarse hacia su rincón de siempre. Solo esperaba que aquel aire decaído no se instalara demasiado tiempo sobre los hombros —si es que podía llamárseles así— de su querido príncipe. Solo el tiempo lo diría, y eso, para alguien que ya estaba cansada de esperar, era quizás lo más difícil de aceptar.
[…]
Habían pasado varios días, y ahora quien buscaba distanciarse era Herneval. Como si los roles hubiesen cambiado por completo de lugar, en un intercambio que a ella le resultaba doloroso de solo observar. Odiaba aquello. Odiaba ver esa distancia reflejada en él, sabiendo, además, que ahora le tocaba a ella cargar con la incertidumbre que antes le había reprochado sin querer.
Pero a diferencia de él en su momento, ella tenía bien claro el motivo de su situación. No había misterio que resolver, ni eventos que rastrear en su memoria. Solo la certeza incómoda de que ella misma había encendido aquello.
Odiaba que fuera su culpa. Sabía, incluso antes de decir una sola palabra, que aquello iba a pasar, que confesarlo abriría una herida en Herneval que no sabría cómo cerrar del todo. Y aun así lo había hecho. Aunque parte de ella —una parte pequeña, terca, que se negaba a arrepentirse del todo— sabía que no había podido hacer otra cosa. La verdad era que la falta de contacto físico le pesaba de una forma que ya no podía seguir cargando en silencio, y ahora que había puesto las cartas sobre la mesa, algo se le había aclarado en la mente, algo que le costaba admitir incluso a sí misma.
No necesitaba que Herneval volviera a ser el de antes, con sus plumas y sus alas envolviéndola por completo. No era eso. Solo quería sentir su presencia de una forma más tangible, más cercana. Algo tan simple y, al mismo tiempo, tan imposible de pedir sin sentir que exigía demasiado.
Y es que durante esos días se había dado cuenta de algo que la inquietaba más de lo que esperaba: Herneval no tenía ni un poco de iniciativa a la hora de buscar contacto físico. Nada. Ni un aleteo cerca de su mano, ni un acercarse sin motivo aparente solo para estar cerca, como solía hacer antes. Lo cual le parecía extraño, incluso desconcertante, considerando que él siempre había sido quien lo incitaba primero, quien tomaba su mano para bailar sin que ella tuviera que pedirlo, quien buscaba el roce casi con naturalidad. Pero desde que estaban encerrados allí, era ella quien tenía que buscarlo. Era Frankelda quien parecía ser la única con esa necesidad de estar junto a él, de sentirlo, de acortar la distancia una y otra vez sin que él diera el primer paso jamás.
Porque aunque ahora fuese una tapa de cuero y páginas en lugar de plumas y alas, eso no le quitaba el hambre de querer estar junto a él. Si acaso, se lo acrecentaba. Y esa hambre, sin nadie más con quien compartirla, empezaba a sentirse solitaria de una manera nueva, distinta a todo lo que había sentido antes.
Y por primera vez se permitió preguntarse algo que llevaba días evitando, algo que le daba miedo solo de pensarlo: ¿acaso ella era la única con ese deseo? Lo abrazaba, lo tocaba con delicadeza, escribía en él con cariño, posaba los dedos sobre sus páginas con una calma que no sentía en ningún otro momento del día. Y cuando lo tomaba entre las manos, no podía evitar sonreír, como si sostenerlo fuera suficiente para aliviar, aunque fuera un poco, esa sed de cercanía. Pero ¿sentía él lo mismo al ser sostenido? ¿O simplemente lo toleraba, sin más, por no lastimarla?
Si bien Herneval no se quejaba, ni decía nada al respecto, eso empezaba a inquietarla más que cualquier queja. ¿Será que a él no le agradaba tanto como ella pensaba? ¿Tal vez, simplemente, no encontraba la forma de rechazar su contacto sin herirla, y por eso se quedaba quieto, dejándose abrazar sin más, cargando en silencio una incomodidad que no se atrevía a nombrar? La sola idea le apretó el pecho de una forma nueva, distinta a la frustración de antes: esta vez, era algo más parecido al miedo. El miedo de estar aferrándose a alguien que, en el fondo, solo la soportaba por amor, sin realmente desearlo.
Frankelda frunció el ceño y negó con la cabeza, como si el gesto pudiera espantar esa idea antes de que echara raíces. No. Debía haber una explicación distinta. Tenía que haberla.
[…]
—¡Herneval! —lo llamó desde el otro lado de la habitación, tal vez con más fuerza de la necesaria. Pero en su tono se podía notar la decisión, esa firmeza que solo aparecía cuando ya no estaba dispuesta a dar más vueltas al asunto.
El libro se volteó a verla, un poco asustado. ¿Ahora qué había hecho? Sabía que había estado un poco ausente los últimos días, encerrado en sí mismo más de lo habitual... ¿Pero cómo no estarlo? La inseguridad que llevaba tiempo carcomiéndolo por dentro, esa vocecita que insistía en que ya no era suficiente para ella, finalmente había sido confirmada por su propia amada. Escucharlo de su boca había sido distinto a temerlo en silencio; había sido real, innegable, y desde entonces no encontraba la forma de acomodar ese peso.
Y no podía culparla. ¿Quién querría buscar cercanía en un libro? Antes, tal vez, podía atender esa necesidad que ella tenía de cercanía con cierta naturalidad. Pero ahora simplemente lo veía imposible, un puente que ya no sabía cómo cruzar sin sentirse ridículo en el intento.
Parpadeó al verla volar hacia él con una mirada decidida, cada aleteo de su vestido acompañando una determinación que él no lograba descifrar del todo. No pudo evitar sentir que el estómago —si es que aún podía llamarle así a esa sensación— se le encogía de inseguridad. ¿Acaso habría tomado una decisión respecto al tema? Tal vez finalmente se había cansado de su lejanía, tal vez había llegado a alguna conclusión que él no estaba listo para escuchar, tal vez—
Pero antes de que pudiera seguir hundiéndose en aquel espiral de dudas, ella lo tomó entre sus manos y lo obligó a mirarla.
Se quedó sin aliento. Se veía tan segura, tan hermosa, con esa mezcla de determinación y vulnerabilidad que solo ella sabía llevar al mismo tiempo. Llegaba a ser intimidante, y aun así, Herneval no podía apartar la atención de ella; había algo en esa seguridad que lo atraía por completo, de una forma casi hipnótica, como si sus propias inseguridades quedaran en pausa solo para poder contemplarla.
—Necesitamos hablar. Pero primero déjame terminar —carraspeó la garganta y lo miró fijamente, sin titubear—. La última vez no me expliqué del todo bien. Así que lamento haberte hecho sentir así... La verdad es que también necesito saber algo —explicó, dejando que cada palabra saliera con cuidado, como quien camina sobre un terreno que sabe frágil—. Entiendo que tu cuerpo se te fue arrebatado, y agradezco infinitamente que hayas rechazado eso para estar conmigo, para ayudarme. Claro que me gustaría que tuvieses tu cuerpo si fuese posible... Pero esa no es nuestra realidad —aclaró, acariciando suavemente sus páginas, moviendo el dedo pulgar con una ternura que contradecía la firmeza de su voz.
—Para mí es inevitable no extrañarte. Ni siquiera me refiero a tu cuerpo anterior. Nunca intentas estar cerca, siempre soy yo quien busca tu contacto, incluso ahora.
Lo último se sintió como una puñalada para Herneval, quien podía notar el dolor detrás de su voz, ese temblor apenas contenido que ella intentaba disimular con firmeza.
—¿Acaso porque eres un libro ahora ya no buscas eso? Entiendo que no puedas ofrecerme tu mano y caminar junto a mí, pero... ¿ya no quieres sentir mi cercanía? —preguntó, frunciendo el ceño. En sus ojos se notaba la vulnerabilidad de no estar del todo lista para escuchar la respuesta, y la forma en que mordía sus labios pintaba, sin palabras, todo el miedo que cargaba en ese instante.
Temía confirmar su temor. Que Herneval no entendiera, que no sintiera esa misma necesidad de estar cerca, de tocarse, de sentirse presentes el uno para el otro.
El libro quedó prácticamente mudo por varios segundos, aunque no por la razón que ella esperaba. De verdad había malinterpretado todo. Era un completo tonto, pensó, sintiendo cómo cada palabra de ella terminaba de desmoronar la historia que se había construido en su cabeza durante días.
Cuando finalmente logró ordenar las ideas, las palabras salieron atropelladas y torpes, como si llevaran demasiado tiempo esperando su turno.
—Frankelda, yo... No es eso, de verdad —aseguró—. Es solo que yo... Bueno, ya no soy el de antes... Y no creí que querrías a un viejo libro como yo... No es lo mismo.
Soltó un suspiro, uno cargado de todo el peso que había estado cargando en silencio.
—Supongo que no pude evitar privarme de ese deseo. No quería decepcionarte, o que sintieras que esto jamás sería suficiente... Si era yo quien no iniciaba ningún contacto, pues también te ahorraría tener que rechazarme...
La última oración la dijo en voz más bajita, casi un susurro apenas audible, avergonzado de admitir en voz alta el tamaño real de su propio miedo.
Frankelda lo soltó y llevó sus manos a la cintura, visiblemente molesta, aunque bajo esa molestia había también un alivio enorme que todavía no terminaba de asentarse.
—¡Ni siquiera me diste la oportunidad, Herneval! Ya habías decidido que te iba a rechazar, cuando realmente todo lo que quiero es lo contrario. Qué increíble, el príncipe de los sustos, más bien el príncipe de los tontos —refunfuñó, aunque en el fondo no podía evitar sentir una ternura enorme al descubrir que el distanciamiento nunca había sido indiferencia, sino miedo. El mismo miedo que ella conocía tan bien.
—Perdona, querida... —Herneval, con lentitud y todavía algo de inseguridad presente en cada movimiento, se acercó hasta la mejilla de su amada. Fue un gesto pequeño, casi tímido al principio, como si necesitara reunir cada gota de valor que tenía. Pero esa misma lentitud hacía que el gesto pesara más, que se sintiera deliberado, elegido, no accidental.
Acercó sus páginas sobre la piel de Frankelda y las presionó con suavidad contra la redondez de su mejilla, sintiendo por primera vez en mucho tiempo esa calidez que tanto había fingido no necesitar. El papel, gastado y frío al principio, pareció encontrar en la piel de ella algo parecido al calor que alguna vez tuvo en sus plumas, y se permitió quedarse ahí un instante más de lo estrictamente necesario, disfrutando de la cercanía como quien recupera algo que creía perdido para siempre. Después continuó con pequeños besos por su cuello, flotando cerca de su cuerpo, sintiéndola con una atención casi reverente, como si cada roce fuera, a la vez, una disculpa y una promesa.
La escritora, al principio, parpadeó sorprendida por la iniciativa repentina. Pero al sentir aquel beso, un sonrojo subió lentamente por su rostro, y la sonrisa que se dibujó en sus labios fue completamente inevitable. Soltó una risilla; le hacía cosquillas sentir las páginas sobre una piel tan sensible como la de sus mejillas y su cuello, pero más allá de las cosquillas había algo más profundo instalándose en su pecho: la certeza, por fin, de que aquello que tanto había anhelado no era imposible, sino algo que solo esperaba ser buscado.
—Ay, mi amor... —suspiró con un aire soñador, y lo miró con esa expresión que denotaba todo el cariño que le tenía, sin ninguna barrera de por medio.
Herneval la miró con esos ojos enormes, brillantes y tiernos, tal cual cachorrito que sabía que había cometido un error y solo buscaba su perdón. Pero detrás de esa mirada arrepentida había también algo nuevo empezando a asomarse: el alivio de haberse equivocado en sus propios miedos, y con él, una determinación silenciosa de no volver a privarse de aquello que sí podía ofrecerle. Tal vez no podía darle sus manos, ni sus brazos, ni el calor de un abrazo completo como el de antes. Pero podía darle esto: su atención, su cercanía, cada pequeño gesto que estuviera a su alcance, repetido las veces que hicieran falta para compensar el tiempo que había dejado pasar por miedo.
—Bueno... Te perdono... —admitió ella, y no pudo evitar reír al ver a Herneval aleteando y dando círculos en el aire con alegría; se le notaba una energía renovada, como si esas mismas páginas hubiesen recuperado algo de vida.
—¡Excelente! —el libro tenía un entusiasmo nuevo, distinto al decaimiento de los últimos días.
—Pero... Uhm... Debes prometer que harás el esfuerzo, ¿bien? —Herneval voló de arriba hacia abajo, imitando el gesto de quien asiente con firmeza—. ¡Entendido, mi amor! —volvió a acercarse y le dio más besos con sus páginas, arrancándole más risas, cada una más ligera que la anterior, como si con cada beso se disolviera un poco más el peso de los días pasados.
Frankelda no podía quejarse. Aquello era, exactamente, lo que había necesitado todo ese tiempo: no un cuerpo perfecto, ni unas alas que la envolvieran como antes, sino la certeza tranquila de que él también la buscaba, a su manera, con lo que tenía.
Y para ella, en ese momento, eso era más que suficiente.
