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El partido había acabado, habían vencido a la selección mexicana en una ardua batalla de más de noventa minutos. A diferencia de otros, que pese a no demostrarlo les faltaba el aire al respirar y por lo tanto se quedaron quietos, él sentía una incertidumbre que lo obligaba a moverse. Su lobo, inquieto, rondaba por los confines de su mente en un paseo agitado que pocas veces había sentido.
Abrazó a cuánto mexicano se encontró en su camino, pues todos habían peleado con tal fiereza que por muchos angustiantes minutos pensó habían perdido. Pero la selección se tambaleaba en momentos claves, inexpertos frente a la muralla que fué su equipo. Eso no le impedía reconocer a cada uno cómo lo que eran, luchadores.
Y uno en especial había captado su atención desde el primer momento. Un jovencito, prácticamente un niño jugando entre gigantes, poco más que un cachorro. La gente de México lo llamaba el niño maravilla, y cargaba en sus pequeños hombros la esperanza de todo un país. De todos ellos, él fue quién más impacto le causó durante el partido.
Había hecho a jugadores profesionales de años de experiencia quedar cómo tontos al enfrentarse a él. Claro, se había equivocado, pero había visto peores errores ser cometidos por leyendas y gente que le doblaba la edad. El cachorro tendría un futuro brillante con la ayuda adecuada.
Lo quiere para el Real Madrid, se dice, es por eso que va a buscarlo antes de entrar a los túneles. El chico tiene el rostro todo rojo y lloroso, al mirarlo con las pestañas húmedas parece aún más joven. Un tenue aroma le llega, tan sutil que es imposible discernir de que se trata. Le ofrece su camiseta a cambio de la suya junto a un abrazo en el que lo atrae con ternura hacía su pecho dónde su corazón late con fuerza por la cercanía, con la mano acunando su cabeza. No dura más que dos segundos, pero es suficiente.
El camino a los vestidores dispuestos para la selección de Inglaterra los pasa sumido en sus pensamientos, con la camiseta verde en las manos. Se ducha, se cambia, da entrevistas; todo el tiempo con la mirada perdida, incapaz de olvidar esos encantadores ojos llenos de tristeza. Al regresar por sus cosas, lleva la prenda a su rostro e inhala profundamente. Hay un aroma, si, bloqueado por los productos reglamentarios. No huele a los inhibidores de aroma para alfas, que siempre llevan consigo una nota amaderada algo molesta. Huele fresco. Huele a omega.
La camiseta verde está bien guardada en su mochila cuándo corre buscando el autobús que se llevará a los mexicanos. Sus compañeros no lo cuestionan al verlo corriendo. Llega justo antes de que empiecen a subir, así que se apresura aún más para alcanzar al chico. Lo toma por el hombro con delicadeza, para el asombro y sospecha de sus compatriotas; todos tan recelosos de sus queridos omegas. Mora se deja guiar unos pasos lejos del grupo, una vaga ilusión de privacidad.
No sabe lo que está haciendo, lo único que sabe con certeza es que este cachorro le produce el mismo sentimiento que obtiene al jugar. Una sensación de pertenencia y hogar, que le dice que aquí es donde pertenece, una calma que pone quieto a su lobo.
—Me quedan unos días más en México. Si no te importa, podrías mostrarme el lugar.
Los ojos del omega se abren de sorpresa. Si fuera él, estaría igual de sorprendido. Ya lo está, si es sincero consigo mismo. Sabe que está cediendo a los impulsos caprichosos de su lobo que tantas veces ha ignorado, creyó que el tiempo compartido con Erling le había enseñado a mantener los instintos bajo control, cómo hacía el sereno alfa todo el tiempo.
—Eh… es que tengo que ir a la escuela mañana.
Lo mira detenidamente por lo que parecen varios minutos. El cachorro todavía va a la escuela. Ahora que están en un ambiente más tranquilo, huele un sutil aroma a duraznos. Baja la mirada y nota en sus manos una lata de duraznos en almíbar junto a un tenedor. Así que además de todo, le está interrumpiendo la cena.
—Oh… —Jude desvía la mirada, murmurando en voz más baja—, ¿podría ir por ti saliendo?
Regresa la mirada a él, esperanzado. Algo brilla en los ojos del cachorro mientras más atrás, varios se cruzan de brazos, mirando con mala cara al alfa extranjero. Por suerte, nadie intenta interferir en la conversación.
Mora le da una sonrisa tímida. —Si, está bien.
Le regresa la sonrisa, con su alfa eufórico dando saltos en su mente. Baja la mirada de nuevo y señala con un dedo la lata entre las manos del omega. —¿Me regalas uno?
Esperaba que él se negara o le ofreciera la lata. No esperaba verlo tomar uno con el tenedor, asegurándose de que estuviera bien afianzado y extenderlo hacía su rostro. Mantiene los ojos fijos en los suyos, embelesado por el pequeño omega, al inclinarse para tomar la fruta entre sus labios.
El sabor dulzón es justo lo que necesita luego de un partido tan exigente. Una gota de almíbar se le resbala por al boca y la limpia con la lengua. El aroma a duraznos se hace mucho más fuerte. Es el omega el que huele así.
Comparten otra sonrisa, la de Mora es tímida y aún más dulce que los duraznos en sus manos. Intercambian números de celular, todo bajo la atenta mirada de los cada vez más exasperados mexicanos quiénes empiezan a abordar el autobús.
Uno de ellos, un alfa de cabello rizado al que Jude había visto pelear por sus compañeros y llorar amargamente ante la derrota, les gritó desde su posición al lado del autobús.
—¡Ya chamaco, luego lo ves en fotos!
A Mora se le pusieron las mejillas rojas y algunos de sus compatriotas rieron por lo bajo. Alguien había sacado una bocina que empezó a reproducir música, así que otros se colocaron sus audífonos para abordar.
El omega se dió vuelta sin decir palabra y corrió al abrazo del alfa de antes, quien lo estrechó en sus brazos tras revolverle el cabello, apresurandolo a subir al autobús de una buena vez. Jude observó, tranquilo, hasta que no pudo seguirlo viendo ni distinguir las notas dulzonas de su aroma.
Subió al autobús de su selección con el corazón contento entre las charlas de los demas. Abandonó el estadio Mexicano esperanzado y muy confundido sobre cómo exactamente Jordan se rompió el brazo.
