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El tiempo se había pausado. Todo se había congelado completamente y no existía nada más que el corazón de Brian que latía rápidamente en ése momento, el cual podía escuchar y el cual podía sentir retumbando en sus orejas: su cara tornándose caliente y fría a la vez; su cuerpo parando en seco en la cancha y un frío total recorriéndole de puntas a cabeza. El último silbatazo había sonado y el partido contra Inglaterra había terminado. Dos a tres, a favor del equipo rival.
Era un momento de sumo shock para la selección mexicana, pero en estos momentos, Brian lo sentía con mucha más intensidad. Ni siquiera podía escuchar los gritos del estadio desde que el último silbatazo había sonado, ni tampoco se había percatado de cuándo el equipo se abrazaba y lentamente se dirigía a las bancas para después ir a vestidores, quedando él un poco atrás.
Habían dado todo de sí desde el inicio del mundial hasta éste partido, donde su suerte parecía haberse agotado, pese a todos los entrenamientos y sus grandes esfuerzos y ganas grupales que tenían de ganar.
Los ojos de Brian comenzaron a sentir un picor y pequeñas, minúsculas muecas, se hacían presente en su rostro cada tanto; con cada segundo que pasaba la derrota se sentía más real, «no podía estar pasando» — Brian había conseguido un penal a favor, tenían once minutos extra y… no. Ésta vez no. No había sido suficiente. Era definitivo, México había terminado su participación en el mundial aquí, ahora mismo. No más partidos con todos los chicos, no más entrenamientos, no más cotorreo entre todos, no más darle alegría al país. Su esfuerzo no había sido suficiente. Su cuerpo estaba inmóvil debido a la batalla interna que sentía; donde su corazón latía debido al trabajo físico y a la adrenalina, los nervios y ansiedad; y su estómago tenía un nudo interno que se sentía más fuerte cada minuto. Poco a poco, inevitablemente, las lágrimas comenzaron a caer, sus pestañas y mejillas humedeciéndose, llorando silenciosamente.
Se había… acabado.
Sus piernas temblaban: todos ya se estaban retirando, pero él aún no podía moverse.
Del otro lado estaba Armando, quien se había encontrado sentado en la banca durante todo el partido, observando con nervios y ansiedad, que rápidamente notó cuando Brian se quedó parado en seco, mirando a la nada, aún cuando todos comenzaron a abrazarse y caminar fuera del campo. Sus ojos habían estado sobre él durante todo su tiempo en cancha, por lo cual encontrarlo fue muy fácil.
Pese a que Armando también estaba en shock y las lágrimas comenzaban a caer de sus propios ojos ante el resultado del partido y el horrible sentimiento de impotencia al no haber jugado en éste partido, algo en sus instintos se activó y le hizo pararse de inmediato, para después salir trotando hacia el omega sin importarle nada ya. Al alcanzarlo, Armando rápidamente se abalanzó sobre él y envolvió a Brian en sus brazos: pasándole un brazo por la cintura y su otra mano dirigiéndose hacia su suave y mojado cabello, producto de la lluvia durante el calentamiento y por el sudor. Su mano quedó en la nuca del otro, sosteniéndole suavemente y sus dedos enredándose entre los cabellos.
— ¿H-hormiga? — Brian le llamó en voz baja al momento que sintió a Armando abrazándolo, trayéndolo de vuelta al mundo real e interrumpiendo sus pensamientos que se tornaban pesimistas con cada segundo. Lo había reconocido inmediatamente por la forma tan cariñosa y segura en que su cuerpo envolvía al suyo; nadie nunca lo tocaba de la misma forma que Armando lo hacía, además de que no lo permitía.
Pese a que Brian era más alto que Armando (cosa que parecía serle muy graciosa a Brian, quien a veces le echaba carrilla a Armando con cosas similares a: “¿No se supone que los alfas son altos e imponentes? ¿Cómo me vas a morder si muy apenas, en puntitas, me alcanzas, ‘pa?”), en ése momento se veía tan… tan pequeño, cosa que hizo que algo en el corazón del alfa se estrujara al darse cuenta de eso; además de que ahora que estaba en el espacio personal de su novio, podía percibir su aroma— incluso cuando estaban usando parches para ocultarlos (lo cual era mandatorio en cualquier deporte, pues pese a que actualmente omegas, betas y alfas tenían permitido jugar juntos, ésto era meramente precaución y protocolo: los tiempos habían cambiado, pero los instintos no. Como siempre, era mejor prevenir, además de que la FIFA era particularmente estricta con eso).
El suave y dulce pero masculino aroma que pertenecía a Brian normalmente era inexistente durante los partidos gracias a los parches, pero… ahora mismo el aroma que Armando amaba tanto, se encontraba enterrado por un aroma mucho más fuerte que se escapaba de la capa protectora del parche; amargo, un poco picante, el cual se sentía pesado y que Armando podía jurar que podía saborear en su lengua: el aroma que Brian estaba desprendiendo era estrés, tristeza y angustia, decepción: era muy fuerte y amargo; era como masticar un limón y ahogar las papilas gustativas en su jugo; mientras que el picante era un picor en la garganta, que no importa cuántas veces se carraspeé, seguía ahí, presente.
Algo estaba muy mal.
Brian era un hombre más serio y un poco introvertido, quien particularmente nunca olía fuerte y podía ser fácilmente confundido con un alfa bajo control, o incluso un beta— a menos que a mitad de un beso inocente decidieran fajar, que era cuando su aroma se volvía mucho más pronunciado y dulce, con un exquisito toque ardiente, pero nunca había sido así. Nunca había sido tan fuerte y amargo.
— Brian, — Armando lo abrazó más fuerte y lo pegó a su cuerpo, sus pechos presionados uno con el otro. Podía escuchar su respiración estabilizándose ahora que el más alto había dejado de correr. — oh, mi amor. No llores, todo está bien, ¡jugaste muy bien! Mírame, todo está bien, no te preocupes. — dijo suavemente, tratando de estabilizar su voz; poniéndose un poco en puntitas, le dió un beso en la mejilla.
Era sumamente doloroso, ambos estaban tristes y les dolía, pero a Armando le dolía más ver al otro llorar, verlo quedarse inmóvil ante todo el mar de emociones que seguramente experimentaba al mismo tiempo.
Sí, era su primer mundial de fútbol, su primer mundial juntos, era el deporte con el que habían crecido y habían decidido dedicar sus vidas a; pero Brian era su pareja, y si todo salía bien, en un futuro su compañero de vida también. Eran dolores diferentes, y a Armando le dolía más Brian.
— ¡Armando! — Brian saltó ligeramente al sentir el beso y trató de alejarse del abrazo rápidamente, pestañeando varias veces, despejando de sus ojos las lágrimas y mirando frenéticamente hacia las gradas, sin algún objetivo particular. Armando por un momento lo miró extrañado ante su reacción, pero con una voz temblorosa Brian siguió, — No. Nos va a ver tu familia, ‘pérate.
Ah, cierto. Su relación era un secreto para la familia religiosa de Armando: pese a ser alfa y omega, todavía en algunas familias mexicanas existían prejuicios al ser una pareja de hombres. Esa era la razón por la cual Armando le había pedido a Brian ocultar su relación frente a ellos; triste pero comprensivo, el omega lo había aceptado— no era tan fácil para Armando su amor y atracción hacia Brian al principio, pero se había hecho mucho más fácil y mejor según el tiempo avanzó; cuando se conocieron y convivieron en chivas el alfa había tenido que pelear con pensamientos internos un poco homofóbicos que había aprendido en su entorno: deporte y religión sobretodo; una vez los había vencido, se comenzaron a coquetear y a andar. Ése había sido el día más feliz en la vida de ambos.
— Brian, no me importa, ven. — Armando lo intentó tomar del jersey verde al notar que Brian se comenzó a alejar de él: quería abrazarlo con aún más fuerza y llenarlo de besos sin importar que estuviesen aún en el estadio con miles de personas viéndoles presencialmente, ni los millones que los veían por televisión; quería calmar su llanto, pero no logró detenerlo.
Brian no era un omega pequeño y ligero (o al menos, no lo era en México) de hecho, era un poco más alto y robusto que él, lo cual era muy atractivo, de hecho, pero en éste momento no ayudaba. Brian lo terminó arrastrando hacia los demás, donde todo concluyó; se despidieron del equipo rival y espectadores; toda la selección se abrazó y se tomaron fotos grupales, para después separarse brevemente e ir a abrazar y disculparse con sus propias familias antes de ir a vestidores. Armando había querido llevarse a Brian con él para ver a su familia, pero el mexicano-estadounidense se había negado sin levantar la mirada ni decir mucho. Armando no quería ir con su familia, quería estar con Brian, solos, y acurrucarse en su nido, pero la decisión estaba hecha cuando la propia familia de Armando le había gritado y le esperaban a unos cuantos metros. Brian había aprovechado ése momento de distracción para irse solo trotando.
El lobo interno de Armando quería gruñir, quería correr y atraparlo, envolverlo en sus brazos. Abrazarlo, besarlo, marcarlo con su propio aroma, morderlo, acurrucarse con él en su nido, quería ronronear para calmarlo y nunca dejarlo escapar de sus brazos. Verlo irse dolía, dolía mucho, como si una parte de él hubiese sido arrancada y se sentía tan mal, pero su familia estaba ahí y Brian ya se había ido. Su omega lo había abandonado cuando ambos se sentían mal.
— Chingada madre. — Maldijo con todo su ser, sintiéndose enojado y limpiando las pequeñas lágrimas que se habían escapado de sus ojos cafés.
— ¡Armando!
— ¡Hormiga!
— ¡Ya voy! — limpió sus ojos y volteó a ver a su familia, al ubicarlos, trotó hacia ellos para abrazarlos. — Perdón…
— ¡Ni empieces! Estamos orgullosos de ti, llegaste tan lejos, mijo.
— ¡Ándale!
— ¿Por qué tu amigo se fue? El muchacho siempre es bien saludador.
— ¡Hormiga! ¿Nos podemos tomar una foto? Una disculpa por la interrupción…
Armando asintió, abrazó a su familia y se tomó fotos con fanáticos, aceptando dar autógrafos también.
Quería irse pero no podía ser grosero con su familia y fanáticos. No después de todo el apoyo que le habían dado en chivas y en el mundial.
Una vez estando dentro de vestidores, el ambiente se encontraba mucho más tranquilo que afuera— los gritos y música ya no se escuchaban, y ya no habían ojos ni cámaras observándolos por todos lados. Sólo estaban todos los miembros del equipo, titulares y suplentes, en silencio o hablando en voz baja, cambiándose.
Brian estaba sentado en la banca frente a su casillero en silencio, mirando al suelo, pues él había llegado primero a los vestidores: su familia no había podido venir desde Chicago hasta México, así que ya llevaba unos cuantos minutos ahí, pensando y reviviendo cada momento, cada minuto que tuvo en cancha: cada caída, cada falta, cada intento de gol, cada pase y estrategia, pensamientos de qué pudo haber hecho mejor, que había podido cambiar para que el resultado fuese diferente.
Era una forma de auto castigo inconsciente, la perfección queriendo envolverlo y hacerle sentir miserable.
A unos cuantos pasos, Armando entró a vestidores buscando a su novio: en cuanto lo encontró, se fue directamente hacia él; poniéndose en cuclillas frente a él, Armando tomó las manos de Brian entre las suyas, logrando que Brian le mirase.
Sus ojos estaban rojos y sus mejillas húmedas.
— Amor, no me dejes así, — Armando lo regañó suavemente, después, negó con la cabeza y lo miró por varios segundos. Sí, no le había gustado que Brian se haya apartado y lo haya dejado, pero de alguna forma lo entendía. Brian era más reservado que él, tenía momentos donde se soltaba, pero por lo general era una persona más cerrada. Lo entendía. Decidiendo dejarlo a un lado, apretó suavemente las manos Brian entre las suyas, para después llevar una de sus manos frente a su rostro: con total amor, Armando besó los nudillos del omega y después lo miró, sosteniendo contacto visual. — Te amo, Bri; te amo mucho, ¿Sabes? No me importa que mi familia nos vea ya, lo que me importa eres tú. Especialmente ahorita. Estoy orgulloso de ti, habla conmigo, por favor.
Brian miró a esos preciosos ojos cafés, analizando el rostro de Armando primero: desde su frente, sus atractivas cejas pobladas, sus pestañas, sus grandes ojos cafés, su nariz y sus labios carnosos.
Estaba serio, sus ojos estaban un poco rojos también y habían rastros de lágrimas en sus mejillas.
Armando había estado llorando por la eliminación también. No sé veía enojado, para nada, y eso lo aliviaba, pero era su culpa, si tan sólo hubiera anotado un gol…
— La cagué. — Brian suspiró temblorosamente, y mordió su labio inferior para evitar que Armando notara como tembló un poco, señal de que podría volver a llorar. — Perdón, babe. No pude, no sé por qué, pero no… yo no-
— ¡No! Nada de eso. No la cagaste. Jugaste bien y los demás también. Era Inglaterra y tuvimos mala suerte, ¿sí? así pasa. — Armando se inclinó un poco, y aún estando en cuclillas, abrazó a Brian nuevamente. El omega aún estaba desprendiendo ese intenso aroma y pese a que los demás no decían nada, sí los miraban de reojo y hablaban en voz baja.
— ¿Brian es omega?
— No sabía…
— ¿A poco no sabían?
— Chale, sí está agüitado… huele muy fuerte.
— Yo sí sabía.
Brian los escuchó y visiblemente se cohibió. Nadie lo decía en mal plan; Armando, durante su relación, llegó a aprender que Brian era bastante consciente de sus propias feromonas. El ojiazul le había dicho que era algo de personalidad— le incomodaba que lo leyeran fácilmente, como ahora mismo, que simplemente parecía quedarse tieso. Esto ya había pasado antes, pero bajo otras circunstancias, cuando su aroma se tornaba más dulce y lechoso en ciertas ocasiones al principio de su relación. Ahí fue cuando Armando aprendió que lo mejor que podía hacer, era distraer a Brian y cuidar de él. Con movimientos rápidos, se quitó su propio parche del cuello, y con más cuidado, quitó el de Brian. El partido y su participación en la FIFA se habían terminado, prácticamente ya no los podían sancionar por retirarlos— y si había algún hueco donde sí pudiesen, ya no importaba. Esto era mucho más importante.
Armando restregó su rostro en el pecho de Brian varias veces, dejando su propio aroma masculino en su jersey, y después escaló hasta su cuello, donde sin importarle que los demás estuviesen viendo, restregó sus glándulas odoríferas, quedando el aroma de uno con el otro. Marcándolo. Una vez terminando de marcarlo, Armando lamió suavemente el cuello de Brian, recolectando su salado sudor con su lengua para después presionar un beso en la caliente y húmeda piel. Retirar los parches rápidamente hizo que el estéril aire en el vestidor se llenará de los aromas de ambos; el de Brian, aún amargo y picante, con el de Armando, también un un tono amargo que intentó reprimir, forzando sus propias feromonas a mantenerse bajo control: calmadas y reconfortantes, dejando un aroma suave, tranquilo y varonil, con el propósito de calmar a su novio.
— ¿Te ayudo a desvestirte? — Armando murmuró, ahora restregando sus mejillas con las de Brian, internamente sonriendo al sentir unos pequeños piquetes en su piel cuando restregó sus mejillas contra la mandíbula del omega; Brian se había rasurado recientemente y ya casi le tocaba otra vez. Armando dejó un par de besos en la piel. — Ya sólo es bañarse y nos vamos al hotel, podemos hacer un nido después de cenar, o podemos hacerlo y cenar ahí, ¿Mnm?
Brian se sintió relajado cuando notó el aroma de Armando mezclarse con el suyo, además de la sensación cálida del contacto piel a piel.
El beso en sus nudillos, en sus mejillas y mandíbula, la forma suave y el tono amoroso con el que su novio le hablaba se sintió como un alivio instantáneo, como finalmente respirar después de aguantar la respiración hasta que ya no pudiese.
Brian dirigió sus propias manos hacia el rostro de Armando, acunándolo.
— Yo puedo solo, pero grac-
— Brian, por favor.
—... — Brian se quedó en silencio, no queriendo ceder pero sin hablar. Sostuvieron un largo contacto visual hasta que decidió rendirse. Armando era sumamente terco cuando se lo proponía. —Está bien.
Sí, estaba intentando reprimir sus emociones, acababan de perder el mundial y no sólo eran las expectativas e ilusiones del equipo rotas, sino de todo el país. Todos usaban redes sociales regularmente aunque no publicaran tan seguido en sus cuentas oficiales: los mensajes que algunas personas le habían dejado a Brian desde el inicio del mundial… dios, ni siquiera quería pensarlo. No quería pensar en los que deberían de haber ahora mismo, no quería pensar en los que le habían dejado a Armando, ni a los demás. Cerrando sus ojos ante tal pensamiento, Brian se inclinó y presionó su frente con la de Armando; sus dedos acariciaron las mejillas del alfa con movimientos de arriba hacia abajo, sus respiraciones cálidas juntándose y rozando sus pieles.
— Gracias, guapo. — Armando sonrió y le guiñó un ojo juguetonamente, tratando de animar al omega. Las palabras todavía no eran el fuerte entre ambos, pero seguían aprendiendo. No sólo las mujeres eran las únicas que podían decir palabras románticas, no sólo ellas daban apoyo y comfort en momentos así, un hombre también podía darlo a otro hombre, eso era lo que Armando había estado aprendiendo en su relación con Brian. No era perfecto todavía, pero mientras pudiese hacer sentir mejor al otro, no importaba. Sintiéndose más seguro de sí mismo, Armando se atrevió a darle un beso a Brian, cosa que nunca había hecho frente a sus compañeros. El contacto entre suaves y cálidos labios fue breve, pero dulce. La sensación siempre era electrificante y bienvenida: el como sus labios presionaban contra los de su novio no tenía igual. — ¿Puedes pasarme tu pie?
Brian le dio una sonrisa pequeña y se inclinó hacia atrás, posicionando su pie en el regazo de Armando. Aprovechando el espacio entre sus cuerpos, el omega llevó una de sus muñecas a sus ojos y talló levemente, limpiando pequeñas lágrimas que se habían escapado.
Armando sonrió de vuelta y acarició amorosamente la rodilla de su novio, para después bajar su mano hasta su taco, del cual desató las agujetas y retiró el zapato lentamente; después procedió a quitar cada parte del uniforme: retiró las dos calcetas, la espinillera y la cinta deportiva una a una; cada que retiraba una pieza, Armando dibujaba círculos en la piel desnuda de Brian mientras seguía dejando salir feromonas para calmarlo.
Brian lo observó fijamente, sus cejas cayendo y su mirada tornándose vulnerable, sus labios presionados en una línea recta. Armando en sus movimientos era gentil y respetuoso, sus caricias también lo eran; sus feromonas olían como un hogar, su hogar. Sus preciosos ojos lo miraban con suma atención y sus labios le sonrían. Brian lo entendía también. Armando no era una mala persona por su tendencia a querer ocultar su relación, simplemente estaba luchando con creencias que había tenido desde la cuna– y que una a una, había estado sobrepasando al estar con él.
Armando era un amor de persona, divertido, más estriberrido y lleno de amor, todo lo hacía de buena manera y con amor. Y aunque Brian podía manejar sus propias emociones, estar con Armando intentando consolarlo era… muy agradable.
El ojiazul lamió sus labios para hidratarlos levemente, y se inclinó, dándole un beso en la frente a Armando
— Con esto es más que suficiente, gracias, mi vida. — Posó una mano en la mejilla de Armando, y miró a su alrededor, notando que todos ya se habían ido a las duchas, y seguramente estarían regresando pronto. El camión no tardaba en venir por ellos para llevarlos al hotel, ellos tenían que apurarse también. — No me voy a encuerar aquí en el vestidor, pero gracias. De verdad. Puedes sentarte tú tamb-
— No es necesario. — Armando lo interrumpió y se paró inmediatamente, yendo hacia la mochila de Brian para sacar una bolsa con productos de higiene personal, unas sandalias, un cambio de ropa y una toalla. — Es mejor que vayas ya a las regaderas; escuché que Tala, Piojo, Alexis y Julián fueron por botellas de agua, y los demás no deben de tardar en salir de bañarse. Es mejor que vayas de una, todavía me falta quitarme los tacos y revisar algo, ahorita te alcanzo.
— ¿Seguro….? ¿Armando? — Brian frunció el ceño, un poco confundido. Era habitual que siempre se fueran al baño después de entrenamientos, tanto en chivas como desde que habían sido reclutados para la selección. Era raro que Armando le pidiese que se adelantara, no hacía eso desde antes de que anduvieran.
— Ahorita te alcanzo, ¿Sí? Y por favor, no te ocultes de mí, ¿Sabes que nunca te voy a decir nada, verdad? Aquí estoy para ti, amor. — Armando le extendió una mano a su novio, ayudándole a pararse.
Brian lo miró y asintió, aceptando.
Y era verdad, Armando nunca le decía nada malo cuando Brian decidía expresarse. Siempre escuchaba y estaba ahí para él, estaba presente emocionalmente, y dependiendo del momento y contexto, Armando podía hablarle diferente, pero siempre estaba ahí: «¿Qué pues, mi don Silverio?» «Brian, ¿Qué tienes, bebé?»
Lo comprendía y alentaba, «no te preocupes por eso, mi vida, tú vales mucho más eso y eres una persona increíble; siempre te voy a amar, con todo mi corazón. Eres lo mejor que me ha pasado.» «Mándalos a chingar a su madre, ellos son unos pendejos y tú eres la mera verga, bro.»
Armando nunca se burlaba ni lo ignoraba. Brian no tenía ningún motivo para dudar del por qué quería quedarse atrás esta vez.
— Okay, babe. — Brian aceptó la mano y se levantó, aceptó las cosas que Armando le trajo, pero antes de irse, se paró frente al alfa y dobló un poco sus rodillas para estar a la misma altura que Armando, — ¿Nos sentamos juntos en el camión?
— Eso ni se pregunta, por supuesto. — Armando sonrió.
Brian sonrió y lo besó brevemente.
Antes no solían hacerlo mucho los primeros meses que se habían confesado sus sentimientos, Armando solía espantarse cuando Brian se acercaba mucho e intentaba hacer contacto físico— lo cual era gracioso, porque antes de declararse, solían abrazarse después de partidos o recargarse entre sí, cuando sólo eran amigos. Pero cuando se confesaron, era como si cualquier contacto fuera mucho para el alfa, y cuando se fueron acostumbrando y Armando aceptando que le gustaba un hombre– omega, sí, pero hombre, comenzaron a besarse muy seguido.
Sin decir nada más, Brian entonces comenzó a caminar hacia los baños con la intención de bañarse y cambiarse, estar listo para cuándo el camión llegara por ellos.
Cuando Armando vio que la figura de su novio había desaparecido por completo, se asomó discretamente y caminó hacia el bolso deportivo de Brian, de ahí tomó su teléfono, lo desbloqueó y antes de que pudiera activar el modo avión, notó algunas notificaciones con mensajes desagradables de fanáticos. Algunos apoyándolo sí, pero otros siendo groseros y seguían llegando sin parar; las consecuencias de estar en un evento que veían millones de personas. Armando hizo una mueca y limpió la barra de notificaciones, para después poner el teléfono en modo avión y bloquearlo, de esa manera, el telefóno del omega dejaría de sonar y vibrar durante el día hasta que Brian mismo volviera a activar la señal. El plan de Armando era hacer que Brian se olvidara del mundo externo por hoy, de la opinión pública: hoy sólo debían de existir ellos dos, en paz, en su nido.
Dejando el teléfono devuelto en el bolso, Armando se quedó parado por un momento en el vestidor, mirando hacia el techo.
Se había… acabado. El sueño terminaba hoy. No más estar con todos los chicos en entrenamientos y partidos, en campañas publicitarias, salir a recorrer lugares y comer juntos. Todos seguramente se irían de regreso a sus clubes y ciudades. Armando era muy afortunado de que varios eran de chivas así que los seguiría viendo, pero la mayoría se iba, y Armando sabía que Brian se sentía igual. Era normal, natural, así era el fútbol y las amistades, el compañerismo que se formaba– pero vaya que seguía doliendo.
Una lágrima más escapó de sus ojos cafés.
Con todo el equipo y el equipaje dentro del camión de la selección mexicana, ya estaban listos para partir— solamente hacía falta que Armando, Gilberto y Mateo regresaran de comprar snacks para el camino regreso al hotel.
Brian se acomodó cómodamente en el lado de la ventana, mirando hacia fuera. El resto del equipo ya se encontraba cada uno en sus respectivos asientos: algunos usando su celular, otros con audífonos y otros simplemente recostados con los ojos cerrados, descansando finalmente. Los partidos siempre eran agotadores físicamente, y uno que otro era agobiante emocionalmente: la FIFA era los dos; la exigencia física, lidiar con la agresividad de las jugadas en el campo y después el estrés de las entrevistas, la presión y la opinión pública, era todo muy agotador, pero al menos ya podían descansar, aunque no fuera en el momento que originalmente habían querido.
Suspirando, Brian cerró sus ojos. Lo estaba comenzando a aceptar, estaba aceptando la derrota, ya no había ninguna otra opción después de todo, era la realidad ya y mientras más rápido la aceptaste, mejor; podía seguir adelante e ir a lo siguiente. Podía devolver el gesto a Armando, quien lo había calmado al marcarlo con su aroma en vestidores.
También le había dolido haber dejado a Armando atrás en el estadio, pero no pudo evitarlo. La familia del alfa los estaba viendo y al final de cuentas, sólo era un partido y no el fin del mundo, ¿verdad? Brian pensó internamente, pero otra parte dentro de él se regañó así mismo; Brian podría jurar que escuchaba a la voz de Armando en su mente «no te invalidez, siente libremente; es válido tener esas emociones, amor.»
Proteger a Armando era mucho más importante que sus sentimientos al haber perdido el partido.
— Te traje unos doritos y un boing de mango. — Armando apareció del pasillo del camión y tomó asiento al lado de Brian rápidamente, sonriendo, le pasó los snacks. — Estaba pensando que podríamos pedir unos mariscos por rappi cuando lleguemos al hotel, podríamos pedir el aguachile que te guste, ¿Cómo ves?
Brian volteó a mirarlo y lo miró– para Armando parecía que el omega tenía la cara en blanco, pero internamente Brian estaba analizando a Armando. Dios, era tan lindo cuando trataba de consolarlo con todo lo que le gustaba.
— ¿Boing de mango?
— Éstos no los tenías en Chicago, ¿Mnm? Pero aquí sí, y es todo tuyo. Es más, en TikTok vi que los suelen congelar, así como los raspados, y les ponen gomitas y chamoy, si quieres luego vamos por unos cuando regresemos a Guadalajara.
Brian tomó el boing de mango y se rió, negando con la cabeza. Por supuesto Armando diría algo así.
— No me digas que es algo así como las licuachelas…
— Mnmn, parecido pero más light, ¿Por qué? ¿Quieres una licuachela, precioso? Te la invito. — Armando sonrió de oreja a oreja, recordando la cara de incredulidad del mexicano-estadounidense cuando descubrió tales inventos por primera vez.
— Aaaah, este wey.
Armando notó como las pequeñas bromas y las pequeñas acciones habían estado funcionando: el aroma de Brian ya no era tan amargo ni picante, poco a poco se había estado disipando, logrando que el dulce pero varonil aroma que poseía volviera a la normalidad
Con sus manos, Armando abrió la bolsa de Doritos y llevó uno a la boca de Brian, quien felizmente tomó el dorito y se lo comió.
Ambos se compartieron los Doritos y de vez en cuando Brian le pasaba la cajita de jugo a Armando para que tomara un sorbo del boing de mango.
Cuando terminaron los Doritos, Armando le ofreció a Brian de sus bonitas bimbo, quien las aceptó también: algo dulce después de algo salado siempre caía bien, sólo que está vez Brian tomó el paquete y le dio de comer a Armando.
— En cuanto lleguemos al hotel, de verdad que no quiero salir, ¿Te trajiste tu Nintendo switch, babe? — Brian preguntó mientras le acercaba la última donita a Armando, quien mordió hasta la mitad y asintió; Brian se recargó sobre él: su cabeza reposando en los hombros del alfa. Al notar que Armando no se terminó la donita, Brian se comió la otra mitad, y antes de que pudiese lamerse los dedos para quitarse el polvito blanco, Armando le ganó y lo hizo por él: llevándose los dedos de Brian a la boca y lamiendo los restos. — Ora.
— ¿Qué? — Armando besó la cabeza de Brian y le pasó un brazo por los hombros, abrazándolo como podía.
Ambos sonrieron y Brian tomó la mano de Armando entre las suyas, cerró sus ojos y comenzó a jugar con los dedos de su novio.
Todo era muy… calmado, ahora que estaban en el camión rumbo al hotel. Ya no había cámaras ni espectadores, la presión se había ido. Su teléfono estaba extrañamente silencioso e internamente lo agradeció: no quería ni pensar en cómo su instagram estaría lleno de comentarios o en twitter.
Estuvieron en silencio por un par de minutos hasta que Brian decidió romper el silencio y por fin hablar un poco con Armando.
— Me sentí mal porque… no anoté el gol que quería. Siento que no jugué bien, y… que fue mi culpa. Debí haberme atrevido más, creo. — Brian murmuró y enterró su rostro en el cuello del alfa, inhalando profundamente el aroma de su novio. Profundo y rico, Armando olía a una mezcla de canela, a algún tipo de madera y algo que no podía descifrar, pero que sí pudiera describirlo, podría describirlo como sol. Armando olía a sol: el más cálido y brillante, gentil, el cual hacía florecer a todo tipo de flor tan bellamente.
— Brian, no. — Armando dijo suave pero firme, y le dio un ligero apretón a las manos de Brian que le sostenían para comunicar comfort. — Jugaste muy bien y lo hiciste muy inteligentemente también, teníamos una estrategia y la seguiste muy bien, amor. Tus pases fueron muy buenos. No hiciste nada fuera de lugar ni súper arriesgado, jugaste muy responsablemente.
Y Brian lo había hecho, había jugado inteligentemente y había seguido la estrategia que habían aprendido y practicado con Vasco; Brian no había sido acreedor de una tarjeta roja tampoco, una tarjeta amarilla sí, pero nunca roja, y además no había sido a propósito. Cosas que solían pasar.
— Es sólo…. Llegamos tan lejos, y siento que no di el ancho, trato de verlo por el lado positivo: sí, nuestro primer mundial y todavía tenemos años por delante, pero … me hubiera gustado que fuera diferente. No di todo de mí como quería. — Brian cerró sus ojos y se permitió perderse en el aroma de Armando, el cual tenía un efecto tranquilizador en él. Armando estaba en todos lados: una de sus manos sobre su hombro, abrazándolo; otra envuelta en las manos de Brian; su maravilloso aroma asaltando sus fosas nasales, y sus palabras bajando cada pared que Brian había construido, en ningún momento tachándolo de exagerado ni llamándolo necesitado por la forma en que Brian buscaba el contacto físico con él. De hecho, Armando ofrecía comfort en sus pequeñas acciones y palabras, en su compañía, a Brian, quien estaba acostumbrado a lidiar con todo solo, quien usualmente se quedaba quieto y reprimía lo que sentía o pensaba, pero no más. No cuando Armando estaba a su lado amándolo y apoyándolo, dejándolo recargarse en él, trayéndole snacks, emitiendo feromonas tranquilizantes para hacer que su angustia y estrés bajase. No cuando estaba haciéndolo sentir amado, y no criticado y juzgado.
Armando no lo estaba insultando y no lo estaba culpando por el resultado, no… lo estaba llenando de atención y cuidando de él a su manera.
Estaba siendo amado por él.
— Sí, tenemos años por delante y siempre podemos volver a intentarlo. Mi amor, este no es el final del mundo, ¿Sí? Seguiremos en contacto con los chicos y seguiremos entrenando más, volveremos más fuertes y conquistaremos la FIFA, — Armando levantó su mano, trayendo consigo una de las de Brian y la encaminó hacia su boca: estando a escasa distancia, Armando repartió muchos suaves y cálidos besos llenos de amor en la mano de Brian. — Siempre podemos construir un nuevo futuro y siempre será diferente: sólo debemos seguir intentándolo y yo quiero seguir intentándolo a tu lado. Un día traeremos el trofeo a casa, ¡Yo sé que lo haremos!: imagínate, “y el campeón es… México!” Y en la portada de las noticias saldrás tú, “increíble jugador, gran galán y talentoso mediocampista, Brian Gutiérrez sostiene el trofeo de la copa mundial de la FIFA; se reportan casos de alfas y betas desmayados ante tan deslumbrante escena…”
Brian comenzó a reír mientras Armando exageraba con cada palabra que añadía: negó con la cabeza juguetonamente y levantó el rostro, inclinándose lo suficientemente para interrumpir a Armando otro beso.
Brian no lo había notado, pero Armando sí.
El aroma de Brian ya no era amargo ni picante, era su normal dulce aroma. Suave y agradable, fresas con un toque masculino; algo frío pero acogedor, como una lluvia con truenos, algo hipnótico para Armando.
Brian había sido como una lluvia que había entrado a su vida: primero de forma calmada y suave, para progresivamente ir tomando fuerza hasta Armando no podía ignorarlo, no podía ignorar los truenos del amor que habían nacido y tenía que hacer algo para que el omega saliera con él.
El aroma de Brian simplemente no tenía ningún otro igual: fuerte o suave; amargo o dulce, era él y Armando lo amaba y no planeaba dejarlo ir.
— ¿Armando?
— ¿Sí?
— Te amo mucho, y… gracias. De verdad. Gracias, por todo lo que has hecho, por todo lo que has dicho. — Brian le agradeció y volvió a posar su rostro en el cuello de Armando; se acomodó en su asiento y se recargó más sobre el pecho de Armando, lo cual resultaba ser bastante cómodo. Brian cerró sus ojos y se propuso descansar por el resto del trayecto hacia el hotel, disfrutando como el aroma del alfa lo envolvía al igual que su brazo lo hacía.
Protegido, era como Brian se sentía en los brazos de Armando; protegido de las críticas y opiniones de espectadores, jugadores, clubs, prensa, fanáticos; protegido de sus propios pensamientos pesimistas. Protegido de sí mismo.
Estando Armando ahí con él, Brian se sentía libre de cualquier malestar.
