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El estruendo bajaba de las gradas como un alud incesante, un quilombo de bombos y gritos que hacía vibrar hasta los botines, pero en el gramado el mundo de Juan José Cáceres se había reducido a un silencio casi sepulcral, escupió a un costado, secándose el sudor que le escocía los ojos con el dorso de la muñeca. Era el mundial, la clasificación para cuartos de final, y el ambiente estaba hendy.
El sol picaba sobre el campo, levantando un vaho asfixiante del pasto recién regado, pero lo que realmente le quemaba a Juanjo era la presión constante en la nuca. La indicación de la táctica en el vestuario había sido una sola, directa y sin filtros: "No le dejes ni girar, Juanjo. Si él tiene un metro, nos liquida".
Y 'él', por supuesto, era el número 10 de Francia, Kylian Mbappé.
Juanjo flexionó las rodillas, sintiendo el tirón familiar en los isquiotibiales. A sus espaldas, el arquero gritaba algo ininteligible, organizando la línea, frente a él, a escasos cinco metros, caminaba el astro europeo, Kylian tenía esa arrogancia natural de los que saben que dominan el mundo, trotando con una ligereza insultante mientras el resto de los mortales escupían los pulmones. Llevaba la remera azul impecable, apenas transpirada, mientras que la albirroja de Juanjo ya pesaba dos kilos extra por el esfuerzo.
Nde tavy, lo rápido que es este tipo, pensó el paraguayo, chasqueando la lengua. Ya habían tenido dos cruces en los primeros quince minutos. En el primero, Kylian le había tirado un amague que casi lo deja pagando peaje, pero la garra no es un mito; Juanjo se había barrido con el alma, arrancando pelota y un pedazo de pasto limpio.
El árbitro pitó, reanudando el juego.
La pelota rodó por el mediocampo hasta que, como dictaba el destino de esa tarde, un pase filtrado rompió la línea y fue a buscar el botín de Mbappé sobre la banda izquierda.
Juanjo no lo pensó, su cerebro operaba en instintos primarios. Arrancó a correr, los tapones clavándose en la tierra con furia, vio cómo el francés controlaba la pelota con un toque suave, casi aterciopelado, y levantaba la vista. Esos ojos oscuros se clavaron en él por una fracción de segundo, había cálculo en esa mirada.
Kylian intentó la diagonal hacia adentro, apostando por su explosividad. Pero Juanjo le leyó la intención, no iba a permitir que le pintara la cara frente a todo el mundo.
Se interpuso en la trayectoria metiendo el cuerpo, firme, puro músculo y terquedad. El impacto fue seco, como un choque de trenes donde el hombro del paraguayo se incrustó contra el pecho del delantero. Mbappé, desestabilizado por la muralla imprevista, trastabilló. Ambos perdieron el equilibrio, cayendo al pasto en una maraña de piernas, brazos y la pelota escapando hacia el lateral.
Kore, gruñó Juanjo, aterrizando pesadamente de costado.
Se incorporó a medias, apoyando las manos en la hierba, respirando agitado. A su lado, Mbappé también se estaba levantando. El francés murmuró algo entre dientes —probablemente un insulto en su idioma, algo incomprensible pero cargado de veneno— y se giró para encararlo.
Por primera vez en todo el partido, estaban a centímetros de distancia.
Juanjo se puso de pie, irguiéndose en toda su estatura. No retrocedió ni un milímetro, la adrenalina le bombeaba en las sienes, esperaba un empujón, una queja al árbitro, el típico teatro de los delanteros europeos cuando un sudamericano les respira en la nuca. Pero Kylian no hizo nada de eso.
El francés se quedó ahí, el pecho subiendo y bajando rápidamente, analizándolo de arriba a abajo. Había una mezcla de frustración y… ¿curiosidad? en esa mirada intensa. Una gota de sudor resbaló por la mandíbula marcada de Kylian.
—T'es coriace, toi —soltó el delantero, con una voz más grave de lo que Juanjo esperaba, acompañada de una media sonrisa que no llegó a ser burla, sino mas bien como un reconocimiento silencioso.
Juanjo no tenía idea de qué carajos le acababa de decir, pero el tono le encendió algo en el estómago que no tenía nada que ver con el enojo del partido. Tragó saliva, manteniendo la expresión dura.
—Por acá no vas a pasar, socio. Olvidate —le respondió Juanjo, la voz ronca, arrastrando las erres con esa cadencia inconfundible, sin importarle que el otro no hablara español.
Kylian pareció entender la intención, porque la comisura de sus labios se elevó un milímetro más. Se dio media vuelta para trotar hacia su posición, pero antes de alejarse, le dedicó una última mirada por encima del hombro, una mirada que prometía que esto recién estaba empezando.
Juanjo se quedó plantado, acomodándose la cinta de los pantalones. El corazón le latía desbocado y, extrañamente, ya no era solo por el cansancio físico, el aire de repente se sentía mucho más pesado. Añarako, pensó, sacudiendo la cabeza para despabilarse, centrate en el partido, Juan.
Pero sabía que, a partir de ese roce, el juego acababa de cambiar sus reglas.
El reloj del estadio marcaba el minuto sesenta y cinco, y a esas alturas del encuentro, el oxígeno era un lujo y las piernas pesaban como bloques de cemento armado. Juan José sentía una puntada traicionera bajo las costillas, pero no iba a ceder, la albirroja estaba aguantando el cero con el cuchillo entre los dientes, y gran parte de ese milagro defensivo dependía de no dejar que el francés respirara.
El ambiente ya estaba caldeado cuando se marcó el minuto setenta. La defensa albirroja había sido un muro de contención estoico, pero un roce ínfimo en el área, una de esas jugadas que en cámara lenta parecen teatro y en tiempo real dictan sentencias, derrumbó el castillo de naipes.
Penal para Francia.
El estadio estalló en un rugido ensordecedor. Juanjo sintió que la sangre le hervía; la impotencia le quemaba la garganta mientras el árbitro ignoraba los reclamos desesperados, desde el borde del área, Cáceres observó la ejecución, el remate fue letal, un disparo seco que infló la red y quebró el cero en el marcador, la celebración europea fue una daga directa al orgullo.
A partir de ahí, el partido se convirtió en una persecución desesperada, Paraguay adelantó las líneas, dejando espacios que Mbappé intentaba explotar en cada contragolpe. Fue en uno de esos retornos agónicos, en un córner a favor de Francia donde el oxígeno ya no llegaba al cerebro, que ocurrió el quiebre.
Juanjo se pegó a Mbappé como una sombra. Su misión era simple: si el diez saltaba, él saltaba; si el diez corría al primer palo, él le bloqueaba el camino, el contacto físico ya había superado la mera táctica deportiva para convertirse en una disputa personal.
Kylian, harto de tener al defensor paraguayo respirándole en el cuello, frenó en seco dentro del área chica y se giró bruscamente. Estaban tan cerca que las viseras de un kepi imaginario habrían chocado. El francés lo miró de arriba abajo, con esa arrogancia indescifrable, respirando hondo.
De repente, la expresión de Mbappé cambió, la frustración dejó paso a una chispa de picardía maliciosa, una táctica de guerra psicológica diseñada para descolocar al rival. Se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cáceres, y con un español masticado pero inconfundiblemente claro, murmuró cerca de su oído:
—¿Qué pasa? ¿Me querés dar un beso?
Juanjo se quedó tieso. Por una fracción de segundo, el bullicio de la hinchada desapareció. ¿Qué carajos acababa de decir ese tavyron? El cerebro del paraguayo procesó la provocación, el tono bajo y rasposo de la voz del delantero, y la proximidad absurda de sus labios. Una ola de calor le subió por el cuello, una mezcla de indignación y una electricidad extraña que le descolocó por completo.
—Y bueno… —respondió Juanjo, bajando el tono de voz para que solo él lo escuchara, arrastrando las palabras con una calma exasperante—. Ya que estás.
La sorpresa cruzó los ojos de Mbappé como un relámpago. No se esperaba esa respuesta. Por un segundo, el guion del francés se rompió; sus pupilas bajaron instintivamente hacia los labios del paraguayo antes de que pudiera controlarse. El córner se cobró, la pelota voló por encima de ellos, y el momento se rompió, pero la tensión había quedado flotando en el aire, densa y eléctrica.
Kylian simplemente soltó una carcajada seca, retrocediendo un paso justo cuando el centro volaba sobre el área. La distracción casi le cuesta caro a Paraguay, pero el arquero logró despejar con los puños, Juanjo no dijo nada más durante los minutos restantes, pero la frase le martillaba en la cabeza. Más tarde, en la zona mixta, cuando los periodistas le pusieran los micrófonos en la cara, soltaría la anécdota entre risas nerviosas, intentando restarle importancia, fingiendo que solo había sido una artimaña sucia del europeo. Pero ahora mismo, en el fragor de la batalla, el pecho le latía con una intensidad que lo asustaba.
Veinte minutos después, el pitazo final confirmó la eliminación. La albirroja caía por la mínima.
El tránsito hacia los vestuarios cargaba un silencio fúnebre, el túnel subterráneo del estadio parecía un escenario diseñado para acentuar el dramatismo. La luz cenital, cruda y blanca, caía verticalmente sobre el cemento, dejando en primer plano únicamente a quienes se atrevieran a parar ahí.
Juanjo caminaba rezagado, llevaba la camiseta en la mano, el torso desnudo brillando por la transpiración. Estaba kaigue, con los músculos temblando por el desgaste, al girar en la última intersección hacia el vestuario visitante, una figura estaba bloqueando el paso. La iluminación caía estratégicamente sobre el perfil de Kylian, resaltando la línea de su mandíbula, ya no tenía la remera azul puesta. Al escuchar los pasos del paraguayo, el francés levantó la vista y se interpuso deliberadamente en su camino.
—Duro partido —pronunció el europeo. Su tono era una como evaluación silenciosa, un escrutinio visual que recorrió el abdomen tenso de Juanjo hasta clavarse en sus ojos.
El paraguayo frenó su marcha. El pasillo era demasiado estrecho y la humillación de la derrota se mezclaba con la insolencia de lo que había pasado en el campo.
—Permiso —masculló Juanjo, intentando pasar por un costado, pero Mbappé apoyó una mano en la pared de concreto, cerrándole el paso.
—Allá afuera… —empezó Kylian, su español fluyendo más lento, casi saboreando la situación, dió un paso al frente, acorralando sutilmente al defensor contra la pared opuesta—. Cuando te pregunté lo del beso... tu respuesta.
Juanjo sintió que la boca se le secaba, el calor que irradiaba el cuerpo de Mbappé era palpable.
—Fue una joda del momento. Vos empezaste el bardeo, yo te la seguí —se defendió Juanjo, cruzándose de brazos, negándose a desviar la mirada aunque el corazón le latía en la garganta—. No te hagas la película, socio.
Kylian soltó una risa baja, un sonido grave que reverberó en las paredes de cemento. Se acercó un paso más, la diferencia de altura era mínima, pero la presencia del delantero llenaba todo el espacio.
—No me hago películas —susurró Mbappé, inclinándose tal y como lo había hecho en el área chica, pero esta vez no había setenta mil personas mirando. Solo estaban ellos dos, el eco lejano de las duchas y el olor a adrenalina—. Pero me intriga saber si lo de "ya que estás" era una simple broma, o una invitación real, Cáceres.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Juanjo tragó saliva, sintiendo el aire estancado del túnel de repente demasiado caliente. Podía empujarlo, podía mandarlo a la mierda e irse al vestuario. Pero se quedó paralizado, atrapado en la intensidad de esos ojos oscuros que parecían estar a punto de cobrar la apuesta.
