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Fuera de juego

Summary:

Cuando dos jovenes promesas tienen sentimientos por el uno al otro

Notes:

bueno, bueno, había que aprovechar esto del mundial para sacar algo, obvio. Y siendo como soy yo no me podía quedar atrás y escribir de un ship aburrido y decidí irme por la vía que nadie ve jajaja. Esto sera one shot de varias partes, ya que tampoco quiero como que meter mucha información de un cantazo.

Aclaración: Esto es un AU, todo lo que pasa aquí es ficción pura y no refleja la realidad en ningún sentido. Los personajes están basados en personas reales pero las situaciones, interacciones y todo lo demás es inventado. Nada de esto pasó, pasa ni va a pasar. Solo es one shot, léanlo como tal. 🖤

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Interferencia

Chapter Text

 

 

 

 

 

 

 

 


 

El problema con Lucas Bergvall era que no sabía quedarse quieto.

Lamine lo había notado desde la primera vez que compartieron campo en un amistoso sub-21, hace casi dos años. Bergvall era de esos jugadores que no paran nunca, que presionan cuando no toca, que aparecen en espacios que técnicamente no les pertenecen, que te miran desde el otro lado del campo con una intensidad que te pone los nervios de punta aunque no quieras admitirlo.

Y ahora estaban en el mismo hotel. En el mismo pasillo. En el mismo Mundial.

Distinta selección, mismo torneo. España y Suecia habían caído en el mismo grupo casi por broma del universo, y alguien en la organización del Mundial 2026, con un sentido del humor pésimo, había decidido alojar a ambas selecciones en el mismo complejo de Dallas.

Lamine se enteró cuando abrió la puerta de su habitación a las once de la noche para ir a buscar agua y se encontró a Lucas en el pasillo, descalzo, con audífonos colgando del cuello y cara de no haber dormido.

Los dos se detuvieron.

Dos segundos de silencio.

—Yamal —dijo Lucas. No como saludo. Como constatación. Como quien identifica un problema.

—Bergvall —respondió Lamine, en el mismo tono exacto.

Y cada uno siguió su camino.

 

 

⚽️

 

El problema —el problema de verdad— era que no era la primera vez que se veían esa semana. Era la cuarta.

Lunes: en el gimnasio del hotel, los dos en la misma franja horaria que aparentemente nadie más usaba a las seis y media de la mañana. Lamine había llegado primero. Lucas entró, lo vio, y sin decir nada eligió la máquina más alejada posible. Cuarenta minutos en silencio sepulcral, los dos fingiendo que el otro no existía, los dos completamente conscientes de que el otro existía.

Martes: en el área de prensa, cruzándose en los pasillos de entrada. Lucas iba con un par de compañeros suecos que hablaban demasiado fuerte. Lamine iba con Nico. Sus miradas se cruzaron exactamente un segundo —un segundo que duró demasiado— y los dos desviaron los ojos al mismo tiempo.

Miércoles: en la sala de análisis de video que resultó ser compartida entre selecciones por bloques de horario. Lamine estaba saliendo justo cuando Lucas entraba. La puerta estrecha. Los dos parándose. Ninguno cediendo el paso por medio segundo de más.

—Perdona —dijo Lucas, en un español que tenía acento pero era perfectamente claro.

—No pasa nada —dijo Lamine, en un inglés que tenía acento pero era perfectamente deliberado.

Pasaron de lado. Sus hombros casi se rozaron.

Casi.

 

 

⚽️

 

La primera vez que realmente hablaron fue el jueves. Y fue culpa del balón.

Lamine estaba en la zona de entrenamiento libre que el complejo habilitaba para los jugadores en sus horas de descanso. Solo, con un balón, haciendo lo que hacía desde que tenía cinco años: tocar, mover, sentir el cuero bajo los pies como una conversación privada que no necesitaba público.

Estaba en su mundo cuando el balón se fue de trayectoria rara, rebotó en la valla lateral y rodó directo hacia los pies de alguien que llegaba en ese momento.

Lucas lo paró con la suela. Sin mirarlo, con esa facilidad automática de alguien que lleva toda la vida haciendo eso. Luego sí lo miró a él.

Lamine esperó.

Lucas esperó también.

Esto era ridículo.

El sueco controló el balón, lo levantó con la punta del pie, lo elevó con rodilla, lo sostuvo en el aire exactamente tres veces antes de devolverlo con un pase limpio, preciso, directo a los pies de Lamine. Una exhibición pequeña y completamente innecesaria.

Lamine lo recibió, lo controló, y lo devolvió de la misma manera. Un poco más rápido. Un poco más difícil de controlar. Un pase que decía a ver si puedes.

Lucas pudo.

Y así empezaron, sin hablar, sin acordarlo, sin ningún protocolo social que lo justificara. Solo dos jugadores y un balón en un espacio vacío, comunicándose en el único idioma que ninguno de los dos necesitaba traducir.

Duraron doce minutos antes de que Lucas hablara.

—Abres demasiado el cuerpo cuando fintas a la izquierda —dijo, en inglés. Como si lo hubiera estado pensando desde hace rato. Como si estuviera esperando el momento para soltarlo.

Lamine lo miró. Paró el balón bajo su suela.

—Tú compensas el centro con el hombro derecho antes de arrancar —respondió, en el mismo idioma—. Se te ve venir.

Lucas no respondió inmediatamente. Lamine reconoció eso porque él hacía lo mismo: guardarse la respuesta hasta tenerla bien formulada, no gastar palabras en borradores.

—He trabajado eso —dijo Lucas por fin.

—Yo también.

Otro silencio. Pero diferente al de los pasillos. Ese silencio de los pasillos era incomodidad armada. Este era otra cosa. Era el silencio de dos personas que se están evaluando de verdad y no saben qué hacer con lo que encuentran.

—¿Cuánto llevas aquí? —preguntó Lucas, señalando la zona de entrenamiento.

—Cuarenta minutos.

—Yo llevo buscando un sitio para tocar desde las tres.

Lamine miró su teléfono. Eran las cuatro y cuarto.

—Aquí hay sitio —dijo, sin saber exactamente por qué lo dijo.

Lucas lo miró como si evaluara una trampa. Lamine sostuvo la mirada porque era alfa y porque no tenía por qué bajar los ojos ante nadie, y menos ante alguien que jugaba para Suecia.

El sueco entró a la zona.

 

⚽️

 

Una hora después, los dos estaban sudados y todavía sin hablar demasiado, pero el silencio había cambiado de textura tres veces por lo menos. Primero competitivo, cada uno intentando superar al otro en control, velocidad, creatividad. Luego algo más parecido a una conversación real, respondiendo al movimiento del otro, anticipando, contra-argumentando con el cuerpo. Y al final, en los últimos veinte minutos, algo que Lamine no quería nombrar porque nombrarlo complicaba las cosas.

Lucas tenía una manera de moverse que era imposible no seguir con los ojos. No era solo técnica —técnica tenían todos en este nivel. Era algo más difícil de definir, algo en la manera en que ocupaba el espacio, en que el balón parecía una extensión natural de él, en que cada decisión era rápida pero nunca apresurada. Lamine lo había visto en video, analizado para preparar el partido del martes, pero en vivo era diferente.

En vivo era un problema.

—¿Por qué me miras así? —dijo Lucas de repente, sin girarse, controlando el balón de espaldas.

Lamine no reaccionó. Era bueno no reaccionando.

—Analizo a los jugadores que voy a enfrentar —dijo—. Es trabajo.

—Llevamos una hora —dijo Lucas , girándose entonces, con el balón quieto bajo el pie—. El trabajo terminó hace rato.

Lamine no respondió porque no tenía una respuesta que fuera a ganar esa conversación. Y si no podía ganarla, no la jugaba. Norma básica.

Lucas lo miró un segundo más, con esa intensidad que tenía de fábrica, y luego desvió los ojos hacia el balón.

—El martes —dijo.

—El martes —confirmó Lamine.

Y se entendieron perfectamente sin decir nada más. El martes, España contra Suecia, fase de grupos. El martes, los dos en el mismo campo pero en el bando contrario. El martes, toda esta hora de silencio compartido convertida en combustible para lo que tocaba.

 

⚽️

 

El partido del martes fue un desastre limpio.

Dos a dos. Resultado que no satisfacía a nadie y dejaba a ambas selecciones dependiendo de otras cosas para avanzar. Noventa minutos más descuento en los que Lamine y Lucas se cruzaron, chocaron, se rozaron y se miraron más veces de las que cualquier análisis táctico podía justificar.

El primero llegó al minuto dieciséis. Lamine con el balón en la banda, Lucas presionando, demasiado cerca, el aliento casi tangible en el cuello cuando Lamine giró. El contacto fue mínimo. El efecto en su concentración no lo fue tanto.

El segundo al treinta y dos. Un balón dividido que los dos fueron a buscar al mismo tiempo, el choque de hombros que dolió más por la sorpresa que por la fuerza, los dos rebotando, los dos recuperándose sin mirarse, los dos sabiendo que el otro lo estaba mirando igual.

El tercero al minuto setenta. España ganando dos a uno, Suecia empujando, Lucas recibiendo un pase en el área de Lamine, girando, disparando. El portero lo sacó pero la jugada dejó a los dos parados a un metro el uno del otro, jadeando, con ese momento raro de pospartida donde el cuerpo todavía no bajó la adrenalina y el cerebro todavía no encontró el filtro apropiado.

Lucas lo miró.

Lamine lo miró.

El árbitro pitó algo en otro lado del campo y los dos se separaron.

Suecia empató al minuto ochenta y nueve. Lucas no celebró de manera exagerada pero Lamine, desde el otro lado del campo, vio exactamente la cara que puso. Una satisfacción controlada, breve, que era casi más irritante que un festejo completo.

Al pitido final se dieron la mano. Protocolo. Los jugadores de ambos equipos mezclándose en el campo en ese ritual de intercambio de camisetas y respetos formales.

La mano de Lucas en la suya duró exactamente lo que tenía que durar. Firme. Seca a pesar del partido. Lamine no supo cuándo soltó, solo supo que el hueco que dejó se notó más de lo esperado.

—Buen partido —dijo Lucas, en español otra vez.

—Tú también —respondió Lamine, en sueco. Solo una frase, aprendida en los últimos tres días por razones que no iba a examinar.

Lucas lo miró diferente entonces. Sorprendido, pero controlándolo rápido. La comisura de la boca moviéndose apenas, casi sin permiso.

Y se fue. Su espalda alejándose entre la mezcla de camisetas azules y amarillas.

 

⚽️

 

El viernes siguiente —España y Suecia clasificadas ambas, por distintos caminos, a octavos— Lamine fue a la zona de entrenamiento libre a las cuatro de la tarde.

No porque esperara encontrar a nadie.

No por ninguna razón específica.

Se dijo eso tres veces mientras recorría el pasillo.

La zona estaba vacía cuando llegó. Soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y empezó a tocar solo, con su balón, en su conversación privada de siempre.

Ocho minutos después escuchó pasos.

No se giró.

Los pasos se detuvieron detrás de él. Una pausa. Y luego el sonido familiar de un balón propio siendo soltado al suelo.

—El martes saliste por la izquierda tres veces en la primera mitad —dijo la voz de Lucas, a su espalda—. Y las tres te cerramos por ahí.

—La cuarta fui por dentro —respondió Lamine, sin girarse—. Ahí marcamos el primero.

—Lo sé. Lo vi.

Lamine se giró entonces.

Lucas estaba a unos metros, con su propio balón, con esa postura suya de estar siempre ligeramente en guardia, los ojos claros y directos como en el campo.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Lamine. Directo, porque no tenía tiempo para rodeos y porque la respuesta le importaba más de lo que quería admitir.

Lucas tardó. Su versión de tardar, que era tres segundos en vez de uno.

—El mismo motivo que tú —dijo.

Y Lamine no respondió. Porque Lucas tenía razón y las dos palabras que habría que decir a continuación eran demasiado para un viernes por la tarde en una zona de entrenamiento libre de Dallas, con el Mundial todavía en marcha y dos selecciones todavía en lados opuestos del cuadro

Lucas tampoco dijo nada más.

Pero se quedó.

Y Lamine, que llevaba toda la semana fingiendo que esto no era lo que era, que llevaba toda la semana diciéndose que era análisis táctico, trabajo, preparación, reconocimiento de rival, agarró su balón, lo pasó despacio, y esperó.

Lucas lo recibió.

Y volvieron a empezar.

 

⚽️

 

Lo que ninguno de los dos sabía —lo que ninguno de los dos podía saber— era que al fondo del pasillo que daba a la zona de entrenamiento, un miembro del equipo de prensa del torneo acababa de levantar una cámara para capturar imágenes de archivo del complejo.

Y había encontrado algo mucho más interesante que el complejo.

La cámara grabó tres minutos. Dos jugadores. Un balón compartido. Un espacio que se iba haciendo más pequeño sin que ninguno de los dos lo notara o, si lo notaba, hiciera algo por evitarlo.

Tres minutos que al día siguiente estarían en todos lados.

Pero eso todavía no había pasado.

Todavía era solo un viernes por la tarde.

Todavía era solo un balón.

Todavía era solo los dos.