Chapter Text
—Tita, no es necesario nada de esto... —dijo Sucrette algo abochornada; su tía era tan excéntrica e incontrolable que, aunque la conocía de toda la vida, aún no sabía cómo reaccionar ante sus locuras.
—¡Claro que lo es! —aseguró Agatha empujando el carrito de compras— ahora que vas a vivir conmigo, te haré una habitación de ensueño, después de todo, eres mi sobrina favorita.
—Soy tu única sobrina —rió y la rodeó con un brazo sin dejar de caminar—. Gracias, Tita, siempre me consientes mucho...
El día anterior, su padre le había comunicado que había sido promovido en su trabajo y tendrían que mudarse. Sucrette había entrado en pánico; no quería irse, quería estudiar Historia del Arte en Anteros Academy, no quería alejarse de sus amigos y muchísimo menos de Kentin, no ahora que su relación se estaba volviendo más fuerte que nunca.
Ella ya era una adulta, no podían arrastrarla así, por eso pasó toda la noche en vela, angustiada, dando vueltas por su habitación como león enjaulado, trazando planes alternativos.
Su primera opción fue pedirle a tía Agatha quedarse en su casa, al menos en lo que conseguía un trabajo para poder pagarse los dormitorios o un apartamento, sin embargo, también había hecho todo un presupuesto de cómo llevaría su relación a distancia en caso de mudarse inevitablemente; era un viaje de siete horas en tren y podría permitirse hacerlo al menos una vez por mes y si Kentin estaba dispuesto a hacer lo mismo, podrían verse un par de fines de semana cada mes, ¿no era tan malo, verdad?
Pero se había preocupado por nada porque esa mañana, cuando invitó a su tía a desayunar para explicarle la situación, ésta había saltado de la excitación y había dicho que sí, que se quedara con ella, sin dudarlo ni un segundo; le daría la habitación de invitados y ahora la estaba arrastrando por el hipermercado para escoger todo lo necesario para remodelar dicho cuarto.
Todo había salido más que bien, qué bueno que no le había dicho nada a Kentin todavía, habría estresado al pobre chico innecesariamente. Ahora que estaba mucho más tranquila, le llamaría para pedirle verse un poco más tarde para contarle todo.
Aunque ahora que irían a la Universidad y probablemente trabajarían, seguramente el tiempo que podrían estar juntos se vería drásticamente disminuido, por eso, estaba pensando que, tal vez, pronto podrían mudarse juntos, podrían ahorrar los próximos meses y quizá para el próximo año podrían permitírselo... no sabía cómo planteárselo, ¿estaría yendo demasiado rápido? ¿debía esperar a que él tocara el tema...?
—¡Sucrette! —la llamó Tita entre risas.
—¿Eh? ¿Qué?
—Te estoy hablando, estás en las nubes... —la miró con picardía y le picó la mejilla con un dedo— yo conozco esos ojitos; estás pensando en tu chico.
Sucrette no pudo evitar sonreír y sonrojarse, dándole la razón.
—Una vez que estés instalada debes invitarlo a comer; aún no hemos sido presentados y quiero conocer al culpable de tus noches en vela —le guiñó un ojo.
—Claro... —sus mejillas enrojecieron más— yo también quiero que lo conozcas. Sé que lo vas a amar, Tita; Kentin es el chico más dulce y guapo que he conocido.
—¡Muero por conocerlo! ¿Puedo ya llamarlo sobrino o voy muy rápido?
—¡Tita! —se rió sonrojándose más. Le encantaba que su tía estuviera tan entusiasmada con su relación, estaba segura de que ella no le iba a restringir sus salidas con él como lo hacían sus padres.
Era tan feliz, cada día que pasaba se convencía más de que él era el amor de su vida; estaba tan orgullosa de que estuvieran juntos y planeaba poner todo de sí misma para que él nunca dejara de estar enamorado; sabía que Kentin podía hacer cualquier cosa por ella y planeaba agradecérselo siendo la mejor novia del mundo.
Sí, habían tenido una pelea bastante fuerte pocas semanas atrás, con todo el asunto de Evan y eso, pero habían charlado largamente una vez que se habían calmado los ánimos y ahora se sentía incluso más unida a él y podía entenderlo mejor. Además, ahora que él se había abierto y le había contado lo que a nadie le había dicho acerca de lo que vivió en la escuela militar, ella ya estaba considerando contarle su secreto, aunque aún le daba terror hablar de ello y todavía le provocaba pesadillas de vez en cuando.
Ese día se cumplía exactamente una semana de que habían pasado su primera noche juntos, le daba un cosquilleo en el vientre al acordarse y se moría de ganas por volver a tener casa sola; despertar a su lado aquella mañana había sido lo más bonito que le había pasado en la vida; se levantaron tarde, se entregaron de nuevo y fue mucho mejor, se acurrucaron por horas sólo riendo y charlando, pidieron comida a domicilio, vieron más películas, sacaron a Cookie a pasear y se besaron hasta el cansancio. Habría querido quedarse una noche más con él, pero ya se había aprovechado lo suficiente del buen humor de sus padres y no quiso arriesgarse a que la castigaran, por lo que Kentin la regresó a casa al atardecer.
En el portón volvió a besarlo y a abrazarlo con ansias y tristeza por tener que separarse después de tan maravillosa experiencia. Se resignó a entrar, saludó a sus padres quienes leían cada uno un libro en el salón y subió a su cuarto a esperar la cena. Aunque antes de encerrarse, alcanzó a oír a sus papás burlándose de ellos.
"Adolescentes" había resoplado su papá.
"Qué tontitos que son" se había reído su mamá "Se despiden como si fuera el fin del mundo, pero se van a ver mañana"
Gruñó al comprender que los habían estado espiando por la ventana, qué graciosos, ya los imaginaba corriendo a los sillones cuando oyeron la cerradura de la puerta para fingir que llevaban allí leyendo todo el rato. Pero no fue suficiente para desvanecer su buen humor y se tiró en la cama suspirando de amor.
—Sucrette, reacciona, hija —la llamó tía Agatha una vez más—, no me has contestado de qué color quieres pintar el cuarto.
Sucrette agitó los cabellos negando mientras volvía al presente.
—Oh, no, Tita, no tenemos que pintar la habitación, está bien como está.
—¡Claro que no! —abrió los ojos escandalizada— ¡Es blanco! No tiene ninguna personalidad.
Tuvo que ceder y escogió un rosa pálido y unas cenefas marrones. Luego se separaron mientras miraban diversos objetos de decoración.
Ya no podía esperar a verlo, estaba emocionada de contarle que ahora viviendo con Tita se podrían ver siempre y sin restricciones. Tomó su celular y le mandó un mensaje:
"Estoy con mi tía Agatha de compras, vamos a renovar la habitación de invitados ¡Tengo algo importante que contarte! Nos vemos en la tarde"
Sonriendo, guardó su teléfono en el bolsillo.
—¡Ugh! Con razón olía mal —dijo una molesta voz a su lado.
Sucrette puso los ojos en blanco, no necesitó más que oírla para reconocerla. Ya habían terminado el Instituto. ¿Por qué se la tenía que encontrar? ¿es qué esa pesadilla con patas nunca la iba a dejar en paz?
—Esfúmate, Ámber.
—¿Vas a decorar alguna habitación? —le preguntó al ver lo que llevaba en las manos— No te esfuerces, no tienes lo necesario para lograr que algo se vea bien.
—Tampoco es que tu cuarto sea un derroche de buen gusto —contraatacó con voz afilada—. Está sobresaturado y apesta a perfume barato.
Ámber la miró con desprecio, seguramente maldiciendo el haberle permitido entrar aquella vez a su habitación. Sucrette se dio por bien servida al verle la cara de estreñimiento.
—Por cierto —continuó Ámber volviendo a su sonrisa sarcástica—, me da gusto que tú y tu perdedor novio hayan hecho las paces...
Fue el turno de Sucrette para agriar el gesto. Detestaba que Ámber los hubiera oído discutir y peor aún, que la hubiera visto al borde de las lágrimas, parecía que la víbora se lo planeaba recordar por el resto de su vida.
—Qué considerada, querida —resopló con sarcasmo—, gracias.
—Entiendo que te hayas arrastrado para que te perdonara, después de todo, incluso un desabrido perdedor como Kentin es más de lo que mereces —continuó meneando su melena hacia atrás como si se creyera en un anuncio de shampoo —, además no besa nada mal, eso lo reconozco.
¿Otra vez eso? Sucrette se llevó los dedos al tabique de la nariz sin saber cómo explicarle las cosas a una inútil como ella. Ni siquiera era tan buena para joder; ese beso era parte de un pasado que no le molestaba en lo absoluto.
—¿Sabes? —sonrió Sucrette con superioridad— La verdad es que creo que estás celosa.
Ámber abrió al máximo los ojos, ofendida.
—¿Qué sinsentido dices?
—Sí. Celosa —se encogió de hombros—. Te gusta Kentin.
—De todas las estupideces que te he oído decir, ésta es la peor sin duda —respondió arrugando la nariz con asco.
—Te gusta tanto mi novio que no puedes dejar de pensar en la vez que lo besaste, anhelando lo que jamás tendrás —empezó a avanzar para continuar con sus compras y dejarla atrás—. Además, tú serás la única perdedora; nunca tendrás a alguien que te adore sinceramente como Kentin a mí. Nunca nadie verá algo más en ti que belleza física, la que algún día se esfumará y entonces no tendrás nada ni a nadie a tu lado.
—Tienes agallas para hablarme así —murmuró apretando los dientes—, para que lo sepas, puedo tener a quien quiera cuando quiera —Sucrette ya le había dado la espalda y se alejaba—, mientras que tú y Kentin no durarán ni un día más. ¡Te lo prometo, Sucrette! ¡Tú y él ya han terminado, solo que aún no lo sabes! ¡No tienes idea de lo que se te viene encima! ¡Hoy será el día en que te arrepientas de haberte metido conmigo!
Se detuvo y se giró para encararla otra vez.
—¿Me estás amenazando?
Ámber se encogió de hombros con una sonrisa desafiante.
—No sé, dime tú.
—En serio, Ámber, estás mal de la cabeza. Háztelo mirar.
