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En inglés, no existe la palabra «independizarse». No es un verbo como tal. Existe el sustantivo «independencia» (independence), el adjetivo «independiente» (independent) y el adverbio «independientemente» (independently, aunque puede variar según el contexto).
Esa simple cuestión lingüística fue una de las primeras cosas —entre muchas, muchísimas otras— que le llamaron la atención a Lisandro cuando puso un pie en Inglaterra. Y a menudo, cuando la ocasión se prestaba, solía comentarlo entre otros hispanohablantes.
—Tampoco es tan así —opinó Alejandro—, se puede decir “to become independent” —explicó, con un inglés bastante malo y torpe para alguien que vivía en Manchester desde los 15 años.
Lisandro hizo una mueca, en desacuerdo. El frío y el horrible clima nublado del país anglosajón no ayudaban. Apuró la marcha, tratando de contener el poco calor corporal. Necesitaba ese café para calentarse más que nada.
—El hecho de que no sea un verbo en sí y tengas que emplear más de una palabra para tratar de explicar todo lo que la palabra «independizarse» significa, deja bastante que desear —comentó, chasqueando la lengua— Y no creo que sea casualidad que el Imperio Británico no haya estado interesado en que su gente pueda expresar esa idea con facilidad. Crear una palabra para eso sería como tirarse un tiro en el pie.
—Creo que estás exagerando un poco, tío —respondió el nacido en España, deteniéndose frente a la puerta de Starbucks.
El Entrerriano frunció el ceño. Para él, hablar de esas cuestiones era normal. No consideraba que hablar mal de un país colonizador sea malo, sobre todo cuando se trataba de afirmaciones ciertas.
Aunque una parte de él, trataba de entender a Garnacho. Sus ojos marrones lo miraban con intriga, como los de un niño descubriendo el mundo. Un chico nacido en España pero con sangre argentina, criado en un país que buscó justificar sus crímenes bajo la idea de un “día de la hispanidad”. Que se adjudicó el descubrimiento de una tierra donde ya vivía gente, que procuró haber “civilizado” personas que ya tenían costumbres, ciencia y tecnología.
Sabía perfectamente cómo los discursos podían manipular la opinión de las personas, incluso de un pueblo. No por nada existía una creencia de que decir una mentira muchas veces hacía que la gente crea que sea verdad.
A veces sentía que Alejandro era más un niño que un par, sobre todo cuando lo miraba con sus ojos grandes y brillosos. Lisandro no sabía si era confusión, admiración o intriga.
—¿Entras? —preguntó el más joven, con la mano en la barra de la puerta.
O quizás, solo era la mirada de alguien que estaba a la espera de una respuesta. Lisandro asintió y pasó delante de él.
—Busca una mesa, yo pido —se ofreció el mayor, a sabiendas de que el inglés de Alejandro empeoraba con creces cada vez que debía ordenar algo.
Se dirigió al mostrador, leyendo las distintas opciones mientras esperaba que atiendan a las dos personas que estaban delante suyo. Todos los nombres de las bebidas parecían tontos, demasiado rebuscados para pedir un café con leche (con más café que leche, o más leche que café) o un café frío.
Lisandro no entendía a quién podía gustarle este último. Sentía que era una atrocidad. Solo lo había tomado una vez, cuando aún vivía en Argentina. No solo le había resultado un poco saladito, sino que no le había gustado. Para colmo, después lo dejó flojo de vientre. El peor intento de cita del mundo. Ni siquiera recordaba los ojos de la chica (era lo primero que veía en una persona), mucho menos su nombre o lo que hablaron ese día. Pero si podía acordarse con lujo de detalle como le había parecido una fantástica idea pedir lo mismo que la mujer que lo acompañaba, y como había tenido que caminar apurado las últimas cuadras que quedaban hasta su hogar.
Tan atentó estaba en adivinar que bebida era cada uno de esos extraños nombres, que no miró a quien se encontraba detrás del mostrador, siquiera cuando se acercó para hacer su pedido. Por suerte para Lisandro, no necesito bajar la mirada ni girar la perilla invisible en su cerebro (configurada en español por defecto, claramente) a inglés.
—Déjame adivinar, ¿Latte flat white? —se burló el barista, en un acento cordobés que el gualeyo reconoció al instante.
Lisandro sonrió, mirando al más alto.
—Ya sabes que si fuese por mi, pediría un buen café con medialunas.
—Mejor pastelitos —sugirió Cristian.
—¿De Batata?
—¿Que decís culiao? —preguntó el cordobés, fingiendo indignación— Obvio que de membrillo.
—Nada que ver —contestó Lisandro, seguro de su decisión—. Los pastelitos de dulce de batata son los mejores, son superiores… Dios, qué fruta noble la batata.
Cristian encarnó una ceja.
—Vo sabes que es un tubérculo, ¿no?
—Ya sabes a lo que me refiero…
El moreno sonrió, agarrando uno de los vasos de plástico para escribir el nombre del gualeyo con rotulador. Ya sabía cómo quería el café.
—Obviamente, te conozco demasiado bien, chico independiencia.
—¿Eh? —preguntó Lisandro, confundido por esa última palabra.
—Es obvio que estabas hablando de eso con Alejandro —explicó el cordobés, con calma, mientras agarraba otro vaso descartable—. Te vi en la calle, todo el frente del local es de vidrio. Y por como movías las manos, era bastante obvio de lo que se trataba la discusión. Siempre… —Cristian se detuvo unos segundos, buscando la palabra, mordisqueó el marcador, pero inmediatamente lo sacó de su boca, como si recordase que el rotulador no le pertenecía— gesticulas. Eso. Siempre gesticulas mucho cuando hablas de algo que te apasiona. Y últimamente es ese tema.
—Ajá, ¿que tema?
—Lo de que no existe «independizarse» en inglés porque a los ingleses no le convenía que la gente piense que eso era una posibilidad. Por eso no era un verbo —recitó, casi de memoria.
—Y que por eso sigue sin serlo —agregó Lisandro.
El cordobés hizo un gesto de asentimiento.
—Lo que no es raro, son de los pocos países que siguen teniendo colonias —expresó Cristian.
—Inglaterra la concha de tu madre
—Y el museo británico también —añadió el más alto.
—Que de británico tiene poco y nada, ¿ya hablamos de eso, no?
Cristian sonrió. Y ahí, entre charla y charla, mientras tomaban su orden, Lisandro vio los ojos oscuros y risueños de Cristian, un brillo único y totalmente reconocible para el, los cuales emanaban el fuego de la pasión, pero también de la libertad de su tierra.
Lisandro sabía que podía hablar de cualquier tema, cientos de veces con Cristian, con la confianza de que no lo acusaría de ser exagerado. Y aunque esté a miles de kilómetros, en una isla con un clima deprimente y gente fría, la calidez de sus ojos lo hacían sentir como en su hogar.
