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El final de la casa Black

Summary:

La muerte le dio a Sirius Black algo que jamás esperó: una segunda oportunidad. Con once años y los recuerdos intactos de una vida que terminó demasiado pronto, regresa a una familia que siempre creyó irredimible. Pero esta vez no piensa escapar. Convertido en heredero de la Casa Black, Sirius se propone salvar a su hermano, cambiar el destino de quienes ama y demostrar que incluso las familias más rotas pueden renacer cuando alguien decide romper el ciclo del odio. Porque algunas historias merecen una segunda oportunidad... y algunas familias también.

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

Sirius Black siempre había creído que morir dolería más

Había imaginado la muerte muchas veces.

En Azkaban, cuando el frío se metía bajo su piel hasta los huesos y los dementores respiraban demasiado cerca de su celda.

En las noches de luna llena, cuando pensaba en Remus y en James y en Peter, y en todo lo que habían sido antes de que la guerra los rompiera.

En Grimmauld Place, encerrado de nuevo entre las paredes que había jurado no volver a pisar.

Pero no dolía.

No había gritos.

No había sangre.

No estaba Harry llamándolo.

No estaba Bellatrix riéndose.

No estaba el velo.

Solo oscuridad.

Una oscuridad profunda, inmensa, silenciosa.

Sirius no sabía si tenía cuerpo. No sabía si respiraba. No sabía si el tiempo seguía existiendo. Por un momento pensó que quizás ese era su castigo: quedar suspendido en la nada para siempre, sin poder ayudar a nadie, sin poder proteger a Harry, sin poder corregir ninguno de sus errores.

Entonces sintió suelo bajo sus pies.

Abrió los ojos.

Y se encontró en Grimmauld Place.

No en la casa polvorienta, fría y medio podrida que había sido su prisión durante el último año.

No.

Esta era otra.

El recibidor estaba limpio. Las lámparas brillaban con una luz dorada. La madera oscura de las paredes parecía recién pulida. No había telarañas. No había olor a humedad. No había retratos chillando insultos.

Todo estaba quieto.

Demasiado quieto.

Sirius dio un paso.

El sonido de sus botas resonó en el pasillo.

—¿Harry?

Su voz se perdió en la casa.

Nadie respondió.

Sirius tragó saliva.

No sabía por qué lo había llamado. Harry no podía estar allí. Harry estaba vivo. Tenía que estar vivo. Él había caído, no Harry.

Se obligó a caminar.

Pasó junto al perchero de los elfos. Junto al retrato de su madre, cubierto por cortinas de terciopelo negro. Esperó que Walburga empezara a gritar, que lo llamara traidor, basura, deshonra de su sangre.

Nada.

Por primera vez en su vida, Grimmauld Place guardaba silencio.

Eso lo inquietó más que cualquier grito.

Sus pies lo llevaron sin pensarlo hasta el salón.

Hasta el tapiz.

Sirius se detuvo en la entrada.

El árbol genealógico de la Noble y Antiquísima Casa Black cubría la pared con la misma arrogancia de siempre. Hilos dorados. Nombres bordados. Ramas extendidas como si pretendieran reclamar todo el mundo mágico.

Pero algo estaba mal.

Sirius se acercó lentamente.

No había quemaduras.

Ninguna.

Ni una sola marca negra sobre la tela.

Andrómeda seguía allí.

Alphard seguía allí.

Él seguía allí.

Sirius Orion Black.

Su nombre no había sido arrancado.

No había ningún hueco donde debería estar su rostro. Ninguna cicatriz sobre la tela. Ninguna prueba de que su madre lo hubiese borrado de la familia.

Levantó una mano y rozó el bordado con la punta de los dedos.

Durante años había fingido que no le importaba.

Había dicho que era mejor así.

Que los Black podían meterse su árbol, su sangre y su orgullo por donde quisieran.

Pero ver su nombre allí, intacto, le produjo una sensación extraña. No alegría. No nostalgia. Algo más doloroso.

Como mirar una vida que pudo haber sido distinta.

—Es una pena.

Sirius giró en seco.

Una figura estaba de pie junto a la chimenea apagada.

No la había oído entrar.

No estaba seguro de que hubiera entrado.

Vestía de negro, aunque la tela parecía moverse como humo. Su rostro era imposible de fijar. A veces parecía joven. A veces anciano. A veces femenino. A veces masculino. Sus ojos, sin embargo, eran claros.

Demasiado claros.

—¿Quién eres?

La figura no respondió de inmediato. Miraba el tapiz.

—Es una pena —repitió—. El fin de la Casa Black.

Sirius soltó una risa áspera.

—Créeme, no todos llorarán la pérdida.

—¿Tú tampoco?

Sirius abrió la boca.

La cerró.

Miró de nuevo el árbol.

Walburga Black.

Orion Black.

Regulus Arcturus Black.

Bellatrix.

Narcissa.

Andrómeda.

Nombres que había amado. Nombres que había odiado. Nombres que había perdido.

—No sé —admitió al fin.

La figura inclinó apenas la cabeza.

—Una respuesta honesta. Es más de lo que suelen ofrecer los muertos.

Sirius se tensó.

—Entonces sí estoy muerto.

—Cruzaste el velo.

—Eso no responde mi pregunta.

—Sí la responde.

Sirius apretó la mandíbula. Había olvidado cuánto odiaba que le hablaran en acertijos.

—¿Eres la Muerte?

La figura pareció divertirse.

—A veces me llaman así.

—¿Merlín?

—También.

—¿Un delirio?

—Podría serlo.

Sirius bufó.

—Fantástico. Morí para terminar hablando con una metáfora.

—Moriste como viviste, Sirius Black. Corriendo hacia alguien a quien amabas sin pensar en ti mismo.

El comentario le atravesó el pecho con una precisión cruel.

Harry.

La sala pareció oscurecerse por un instante.

—¿Está vivo?

—Sí.

Sirius cerró los ojos.

El alivio fue tan fuerte que casi le dobló las rodillas.

—¿Y Remus?

—Vivo.

Respiró hondo.

—Bien.

La figura lo observó con una atención casi compasiva.

—Siempre pides por otros primero.

—No tuve mucho tiempo para pedir por mí.

—No. Supongo que no.

Hubo silencio.

Sirius volvió a mirar el árbol.

—Dijiste que era el fin de la Casa Black.

—Lo es.

—Narcissa sigue viva.

—Por matrimonio es Malfoy.

—Andrómeda.

—Fue expulsada.

Sirius frunció el ceño.

—No aquí.

—Aquí no.

La figura levantó una mano hacia el tapiz intacto.

—Esto no es lo que fue. Es lo que pudo permanecer.

Sirius sintió un escalofrío.

—Regulus murió.

—Sí.

El nombre de su hermano parecía brillar suavemente entre las ramas.

Sirius lo miró durante mucho tiempo.

Regulus Arcturus Black.

El niño que lo seguía por los pasillos.

El hermano que Sirius había dejado atrás.

El mortífago.

El muchacho que había muerto solo en una cueva, traicionado por el mismo monstruo al que había servido.

Sirius tragó saliva.

—Yo no sabía.

—No.

—Pensé que había sido un cobarde.

—Lo sé.

Aquello dolió más que una acusación.

Sirius apartó la mirada.

—Mi familia era un desastre.

—Tu familia era antigua.

—Eso no la hace buena.

—No. Pero tampoco la hace irredimible.

Sirius soltó una carcajada seca.

—Conocí a los Black. Créeme, algunos nacieron sin redención posible.

—¿Estás seguro?

Pensó en Bellatrix riendo mientras caía hacia atrás.

Pensó en sus ojos brillantes de fanatismo.

Pensó en ella de joven, antes de Voldemort, antes de Azkaban. Bella había sido cruel, sí. Orgullosa. Peligrosa. Pero también había sido brillante. Viva. Hambrienta de algo que nadie le había dado excepto un señor oscuro: propósito.

Sirius odió haber pensado eso.

—Algunos eligieron lo que fueron.

—Todos eligieron desde las posibilidades que tuvieron.

—Eso suena a excusa.

—No. Suena a tragedia.

La figura caminó lentamente frente al tapiz.

—Míralos. Durante siglos los Black fueron poder, política, magia, orgullo. Pero en algún momento confundieron herencia con superioridad. Confundieron tradición con prisión. Confundieron familia con obediencia.

Sirius no respondió.

—Y tú los odiaste por eso.

—Tenía razones.

—Muchas.

La figura se volvió hacia él.

—Pero también escapaste.

Sirius alzó la barbilla.

—Sí.

—Dejaste atrás el apellido.

—Sobreviví.

—Dejaste atrás la casa.

—Me echaron.

—Dejaste atrás a tu hermano.

El silencio cayó como una cuchilla.

Sirius sintió que algo dentro de él se rompía de nuevo.

—No.

La palabra salió ronca.

—Yo era un niño.

—Sí.

—Tenía dieciséis años.

—Sí.

—No podía salvarlo.

—Quizá no.

Sirius se acercó un paso, furioso.

—No tienes derecho.

—No estoy juzgándote.

—Pues suena bastante parecido.

La figura lo miró con calma.

—Te estoy mostrando el peso que siempre fingiste no cargar.

Sirius respiraba con dificultad.

Quiso gritar.

Quiso romper algo.

Quiso decir que Regulus había elegido quedarse, que había elegido a sus padres, que había elegido a Voldemort, que él no podía arrastrarlo fuera de esa casa si su hermano no quería irse.

Pero recordó a Regulus con once años, escondido detrás de una puerta mientras Walburga gritaba.

Recordó a Regulus preguntándole en voz baja si los Gryffindor realmente eran tan horribles.

Recordó haberle dicho que no fuera idiota.

Recordó haberlo amado.

Y luego haberlo dejado.

—Yo no sabía cómo ser su hermano —susurró.

La figura no sonrió.

—No. Nadie te enseñó.

Aquello fue peor.

Porque era cierto.

Sirius se pasó una mano por el rostro.

—¿Para qué me trajiste aquí?

—Para preguntar.

—¿Qué?

La figura señaló su nombre en el árbol.

—Tú eras el heredero.

Sirius se rió sin humor.

—No. Yo era la vergüenza familiar.

—Eras el primogénito de Orion Black. Nieto de Arcturus Black. Heredero directo de una de las casas más antiguas del mundo mágico británico.

—Y nunca lo quise.

—Lo sé.

—No quería ser Lord Black.

—Lo sé.

—No quería esa casa, ni ese dinero, ni esos votos, ni esas malditas tradiciones.

—Lo sé.

Sirius apretó los puños.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

La figura dio un paso hacia él.

—Porque nunca querer el poder no significa que no hubieras podido usarlo bien.

Sirius se quedó inmóvil.

—¿Qué clase de Lord habrías sido, Sirius Black?

La pregunta pareció llenar toda la habitación.

Él quiso responder rápido. Quiso burlarse. Quiso decir que habría incendiado el tapiz, vendido la casa y regalado el oro a cualquiera que no llevara el apellido Black.

Pero las palabras no salieron.

Porque una parte de él, una parte que jamás había admitido, sí había pensado en eso.

En qué habría hecho si la casa hubiera sido suya.

Si el apellido hubiera dejado de ser una cadena y se hubiera convertido en una herramienta.

Miró a Regulus.

A Andrómeda.

A Narcissa.

A Bellatrix.

A todos los niños que habían nacido en esa familia sin posibilidad de ser otra cosa.

—Habría abierto las ventanas —dijo al fin.

La figura no interrumpió.

Sirius tragó saliva.

—Habría quitado los retratos que gritan. Habría quemado las reglas que decían a quién podías amar y a quién debías odiar. Habría sacado a los niños de los salones donde se hablaba de sangre como si fuera una corona.

Su voz fue ganando firmeza.

—Habría cancelado cada matrimonio concertado. Si alguien quería casarse con un Malfoy o un Lestrange, que lo hiciera porque lo eligió, no porque un contrato lo decidió antes de que pudiera escribir su propio nombre.

Pensó en Andrómeda.

—Nadie habría sido borrado por enamorarse.

Pensó en Regulus.

—Nadie habría tenido que demostrar su lealtad destruyéndose a sí mismo.

Pensó en Harry, solo en Privet Drive.

—Ningún niño habría crecido creyendo que el amor era algo que tenía que ganarse.

La figura lo observaba con una intensidad extraña.

Sirius continuó, más bajo:

—Habría querido que ser un Black significara algo distinto.

—¿Qué?

Sirius miró el árbol.

Por primera vez, no vio solo una lista de muertos.

Vio una posibilidad.

—Protección.

La palabra sonó sencilla.

Casi absurda.

Pero era la verdad.

—Habría querido que la familia protegiera. No que encerrara. No que castigara. No que devorara a sus propios hijos cuando no salían como esperaba.

Su garganta ardía.

—Habría querido que Regulus fuera feliz.

La figura cerró los ojos un instante.

—¿Y el mundo?

Sirius soltó una risa triste.

—El mundo puede esperar su turno. Yo habría empezado por mi casa.

Entonces la figura sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, antigua, casi satisfecha.

Sirius frunció el ceño.

—¿Qué?

La figura se acercó.

—Nada.

—No me gusta esa sonrisa.

—No.

—¿Qué hiciste?

La figura puso una mano sobre su hombro.

Sirius se tensó.

El contacto era cálido.

Real.

—No puedo esperar para verlo —dijo suavemente.

El salón empezó a temblar.

No físicamente.

La realidad misma pareció volverse líquida.

Los nombres del tapiz se desdibujaron. Las paredes se alejaron. La luz de las lámparas se estiró como si alguien estuviera tirando de ella.

Sirius intentó apartarse.

—Espera. ¿Ver qué?

La figura no retiró la mano.

—Lo que harás con una casa que todavía puede salvarse.

—No.

El pánico le subió por la garganta.

—No, no, no. Harry está vivo. Remus está vivo. No puedes mandarme a otro lado. Tengo que—

—Ya diste tu vida por ellos.

—¡Harry me necesita!

—Y alguien más te necesitó primero.

Regulus.

El nombre no fue pronunciado.

No hacía falta.

Sirius sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Quién eres? —exigió, aunque su voz sonó lejana—. ¡Dime quién eres!

La figura inclinó la cabeza.

Por un instante, su rostro pareció reflejar todos los rostros del tapiz. Walburga. Orion. Regulus. Andrómeda. Bellatrix. Narcissa. Incluso el suyo.

Después no fue ninguno.

—Soy aquello que queda cuando una familia se niega a morir.

La luz lo devoró todo.

Sirius despertó gritando.

Se incorporó de golpe, con el corazón desbocado y el cuerpo empapado en sudor.

Durante un segundo no entendió dónde estaba.

No había velo.

No había Departamento de Misterios.

No había batalla.

Había cortinas verdes.

Madera oscura.

Un techo demasiado familiar.

El olor a cera, pergamino viejo y magia antigua.

Su habitación.

No la de un adulto atrapado en la casa de su infancia.

Su verdadera habitación.

La que había tenido de niño.

Sirius se quedó paralizado.

Lentamente levantó las manos.

Eran pequeñas.

Delgadas.

Sin las marcas de Azkaban.

Sin cicatrices.

Sin huesos demasiado visibles.

Manos de niño.

El aire se le fue de los pulmones.

Saltó de la cama y casi cayó al suelo porque sus piernas eran más cortas de lo que recordaba. Tropezó con la alfombra, se sostuvo de una silla y llegó hasta el espejo.

El reflejo lo miró con ojos grises demasiado grandes.

Cabello negro revuelto.

Rostro pálido.

Mejillas todavía infantiles.

Once años.

No treinta y seis.

Once.

Sirius llevó una mano temblorosa a su rostro.

El niño del espejo hizo lo mismo.

—No —susurró.

La puerta se abrió de golpe.

Sirius giró tan rápido que chocó contra el tocador.

Walburga Black estaba en el umbral.

Alta.

Impecable.

Viva.

Sus ojos recorrieron la habitación con disgusto antes de fijarse en él.

—¿Qué clase de escándalo es este a primera hora de la mañana?

Sirius no pudo hablar.

Su madre frunció los labios.

—Compórtate. Hoy cumples once años, no cinco.

Once.

Su cumpleaños.

Tres de noviembre.

Sirius sintió que el mundo se inclinaba.

Walburga siguió hablando, ajena al abismo que acababa de abrirse bajo los pies de su hijo.

—Tu abuelo vendrá más tarde. Tu padre espera que no lo avergüences durante la cena. Y Regulus ya está vestido, cosa que aparentemente es demasiado pedir para ti.

Regulus.

El nombre lo golpeó con más fuerza que cualquier maldición.

Sirius dio un paso hacia la puerta.

Walburga alzó una ceja.

—¿Ahora qué haces?

Pero Sirius ya no la escuchaba.

Pasó junto a ella.

Corrió por el pasillo.

Escuchó a su madre llamarlo con furia, pero no se detuvo.

Bajó las escaleras de dos en dos, el corazón golpeándole las costillas, la mente convertida en un caos imposible.

No podía ser real.

No podía.

Pero entonces llegó al comedor pequeño.

Y allí estaba.

Regulus Black, de diez años, sentado con la espalda recta y una taza de té frente a él.

Más pequeño de lo que Sirius recordaba.

Más delgado.

Con el cabello perfectamente peinado y una expresión seria que ningún niño debería haber aprendido tan pronto.

Regulus levantó la mirada.

—Sirius, madre dijo que no debías—

No terminó.

Porque Sirius cruzó la habitación y lo abrazó.

Lo abrazó con tanta fuerza que Regulus soltó un sonido ahogado de sorpresa.

—¿Qué haces? —murmuró el niño, rígido entre sus brazos.

Sirius cerró los ojos.

Regulus estaba vivo.

Respiraba.

Era cálido.

Olía a jabón caro, pergamino y té.

No a lago oscuro.

No a muerte.

—Sirius —insistió Regulus, incómodo—. Me estás aplastando.

Sirius soltó una risa rota.

No lo soltó.

—Lo siento —susurró.

Regulus se quedó quieto.

—¿Por qué?

Sirius abrió los ojos.

Al otro lado de la habitación, sobre la pared, el retrato de un antepasado Black los observaba en silencio.

Esta vez no voy a fallarte, pensó.

No sabía qué fuerza lo había devuelto.

No sabía por qué.

No sabía cuánto podía cambiar.

Pero mientras sostenía a su hermano menor entre los brazos, Sirius comprendió una cosa con una claridad absoluta.

La Casa Black no había terminado.

Todavía no.

Y si la magia, la muerte o lo que fuera que lo había enviado allí quería ver qué clase de Lord Black habría sido...

Entonces Sirius se lo mostraría.

Aunque tuviera que empezar con once años.

Aunque tuviera que enfrentarse a todos.

Aunque tuviera que reconstruir su familia piedra por piedra.

Esta vez, nadie ardería fuera del árbol.

Esta vez, nadie se quedaría atrás.