Chapter Text
El gran jarl Sverige arrojó su cuerno de hidromiel contra los recios maderos del salón del trono. El estrépito de la plata y el asta no apagó el clamor de sus hombres de armas, cuyas gargantas celebraban el festín de la sangre derramada. Había oro tomado del saqueo, escaldos entonando las hazañas del lobo, y abundante carne del jabalí del bosque; sin embargo, el pecho del jarl permanecía tan desolado como las tierras del norte tras el paso de los gigantes de hielo.
"¡Por el brazo de Thor, que rige las tormentas!" bramó Sverige, sintiendo el pesado velo del exceso nublar sus sentidos.
"Mis ojos buscan la gloria eterna, pero mis mañanas solo hallan el peso del hidromiel en la frente. ¿Acaso los hacedores de este mundo no han dispuesto para los hombres más destino que teñir el mar de rojo y vaciar los barriles hasta que la mirada se duplique?"
Buscando el hálito helado de la noche para enfriar la sangre, el jarl cruzó el umbral. Elevó su mirada hacia la bóveda celeste, donde las luces del firmamento narran los misterios del Padre de Todos. Abrió los brazos ante la inmensidad negra y clamó con la fuerza del viento invernal:
"¡Oh, Odín, tú que gobiernas el Trono Sagrado y te alimentas solo de vino, otorga a este siervo de tu lanza un hilo conductor para su destino!"
Fijó sus ojos en el manto de estrellas, intentando descifrar el tejido de las nornas. Con el dedo apuntó hacia la joya más brillante que coronaba la noche y grabó el pensamiento en su propio espíritu:
"Mi senda será como el curso de ese fuego noble. Esa será mi guía. Algún día los cantos me recordarán por una gesta que eclipse el peso de mi hacha de batalla"
Apenas el juramento silencioso hubo sellado sus labios, la estrella elegida pareció desprenderse del tejido del cielo por voluntad del mismísimo soberano de Asgard. El fuego celeste descendió con furia y velocidad, hundiéndose en las entrañas del bosque cercano. Sverige contempló el firmamento una vez más, con el corazón encogido por la duda.
"¿Qué designio me ocultas, portador de la lanza Gungnir?", se dolió en su fuero interno, sintiendo que su esperanza se desvanecía tan rápido como la luz caída. Mas el espanto mutó pronto en la audacia propia de los reyes del mar.
"¡Aguarda! Esto no es deshonra... ¡Es un tributo de los tejedores del destino!" exclamó, liberando el acero de su hacha que brilló con reflejos de luna. "¡O bien una bestia enviada del Helheim para probar mi temple y ser desmembrada! ¡Alabado seas, Gran Odín!"
Se abrió paso entre las ramas y la maleza con la ferocidad del lobo hambriento. Al alcanzar el claro, un viento sobrenatural le golpeó las mejillas, trayendo consigo relámpagos del color del oro viejo. Aquellos rayos no sembraban el trueno ensordecedor de Thor, sino un zumbido agudo y místico que erizaba la piel como el canto de las brujas. Cuando la densa neblina de azufre y humo comenzó a disiparse, los ojos del jarl presenciaron un portento jamás imaginado por los hombres de armas.
No aguardaba allí un dragón de las profundidades, sino un drakkar de metal resplandeciente, pulido como los tesoros que guardan los enanos bajo la tierra. Carecía de velamen, no mostraba maderas para los remos ni la efigie de una serpiente tallada en la proa. De pronto, la sólida coraza de plata se partió siguiendo líneas perfectas y desconocidas, descendiendo hacia el suelo del bosque como una pasarela sagrada forjada por los mismos elfos de luz.
De la claridad cegadora que habitaba el interior del navío emergió un ser de porte magnífico. Su estampa desafiaba el entendimiento de los mortales: reunía los hombros anchos y la imponente presencia de un dios destinado a la guerra, combinados con la gracia sutil, los labios perfectos y las líneas armoniosas de una valquiria elegida para recoger a los caídos. Su cabellera fluía con el fulgor de la luna llena sobre el verde pasto, sus ojos poseían el negro terrible y profundo del fondo marino que sólo han visto los perecidos, y su piel era semejante a un metal de forja extremadamente pálido.
Sverige, subyugado por la visión y convencido de que se hallaba ante una deidad descendida directamente de los salones del Valhalla, contuvo su hacha. Él, cuyo orgullo jamás se había doblegado ante ningún monarca de la tierra, hincó la rodilla con pesadez sobre la hierba. Llevó la mano diestra al pecho con un respeto reverente que jamás habría mostrado en el campo de batalla.
"¡Salve, criatura de los reinos celestes, enviada por los espíritus que gobiernan el norte!" tronó la voz del jarl, esforzándose por dotar a sus palabras de la poesía de los escaldos. "Yo, soberano elegido de estas tierras y siervo de tus deidades, te ofrezco vasallaje. ¿Has descendido para bendecir el filo de mi acero o para reclamar el espíritu de este guerrero que caminaba en la penumbra?"
El viajero de las estrellas parpadeó con extrañeza, contemplando al gigante de barba descuidada que le profería semejantes clamores. Con parsimonia, sacudió las cenizas de sus ropajes, observó la espesura impenetrable del bosque nórdico y, quebrando el silencio con un tono suave pero desprovisto de toda emoción humana, pronunció:
"Missä olen?'"
El Jarl quedó petrificado en su postura de sumisión. Sus ojos pestañearon tres veces seguidas bajo las cejas pobladas. En los rincones de su mente de caudillo, las palabras sagradas no hallaron traducción alguna.
"¿Misa... qué runa es esta? ¿Acaso los habitantes del cielo solo se comunican mediante acertijos mágicos y profecías ocultas? ¿Será un sortilegio de seducción de la diosa Freya? ¡Por los dioses, qué criatura tan henchida de misterio!", pensó el guerrero, con el juicio completamente nublado por el encantamiento del amor y la más absoluta perplejidad.
