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Antes de que el apartamento recuperara el silencio después de la boda de Raúl Rangel, al que todos seguían llamando Tala por simple costumbre, los tres habitantes restantes ya habían llegado a la misma conclusión: necesitaban un nuevo compañero de piso. No porque alguien pudiera ocupar el lugar que había dejado su amigo, eso era imposible, sino porque el alquiler seguía costando lo mismo y ninguno estaba dispuesto a sacrificar la estabilidad económica por culpa del matrimonio ajeno. La misión parecía sencilla sobre el papel: encontrar a alguien responsable, limpio, puntual con los pagos y, si la vida decidía cooperar por una vez, que además encajara con ellos sin convertir la convivencia en una pesadilla.
La brillante idea de hacer entrevistas había salido de Roberto Alvarado, aunque muy pocas veces alguien lo llamaba así. Para Armando González y Carlos Acevedo siempre sería el Piojo, el mismo sujeto que, convencido de que podía detectar a un mal compañero de casa con una conversación de veinte minutos, organizó un calendario de citas como si estuviera reclutando personal para una empresa. Al principio los tres asistían a todas las entrevistas; después, Armando comenzó a inventar cualquier pretexto para desaparecer a la mitad, mientras Carlos prefería escuchar desde la cocina hasta que inevitablemente perdía la paciencia y abandonaba el departamento antes de terminar. Piojo, en cambio, seguía ahí, aferrado a la absurda esperanza de que el siguiente candidato fuera, por fin, el indicado.
Pero el siguiente nunca era el indicado.
Uno de los aspirantes apareció con una carpeta perfectamente organizada y una hoja de cálculo impresa donde llevaba el control de las tareas domésticas. Con absoluta seriedad explicó que el papel higiénico debía dividirse de acuerdo con el consumo individual, que las compras del supermercado requerían comprobantes para evitar discrepancias y que acostumbraba hacer auditorías sorpresa a los platos sucios para identificar al responsable de cada uno. Armando soportó poco más de diez minutos antes de inclinarse hacia Carlos.
—¿Qué se cree este tipo? —murmuró, procurando que el candidato no lo escuchara—. ¿Sheldon Cooper?
Carlos apenas pudo contener la risa y, aprovechando que Piojo seguía haciéndole preguntas con un entusiasmo casi profesional, se levantó del sofá.
—Si al rato empieza a hablarnos de contratos de convivencia, me avisas. Yo mejor voy por unos refrescos.
No regresó hasta que el hombre ya se había ido.
El siguiente parecía convencido de que estaba destinado a convertirse en la próxima gran celebridad de internet. Antes incluso de sentarse preguntó dónde entraba mejor la luz natural, recorrió el departamento grabando videos con el celular y comentó que el balcón tenía muchísimo potencial para crear contenido. Durante veinte minutos habló de algoritmos, colaboraciones y marcas interesadas en trabajar con él, aunque confesó sin el menor rastro de vergüenza que, mientras llegaba el éxito, prácticamente sobrevivía a base de sopa instantánea porque invertir en iluminación era más importante que gastar dinero en comida.
—Entonces, ¿tu plan financiero depende de que un video se haga viral? —preguntó Carlos con una calma sospechosa.
—Más o menos, sí —respondió el muchacho sonriendo—. Hay que creer en los sueños.
Armando intercambió una mirada con Piojo, suspiró profundamente y se puso de pie.
—Bueno... mucha suerte con eso.
Aquella fue la forma más elegante que encontró para terminar la entrevista.
El tercero llegó acompañado por un perro mestizo que se acomodó junto a la puerta moviendo la cola como si también quisiera participar en la conversación. El animal era adorable; el problema apareció cuando el aspirante explicó, con el mismo tono casual con el que alguien comenta el clima, que esa semana ya tenía otros tres perros rescatados viviendo en la casa donde rentaba.
—La señora ya me quiere correr —admitió mientras acariciaba al cachorro—, pero no puedo dejarlos en la calle. Si me aceptan aquí, prometo que no hacen mucho ruido.
Los tres guardaron silencio durante unos segundos.
—¿Cuántos dijiste que eran? —preguntó Armando, convencido de haber escuchado mal.
—Con este, cuatro.
Carlos se masajeó el puente de la nariz, respiró hondo y miró a Piojo con una expresión que no necesitaba traducción alguna.
Después de varias semanas, la lista de candidatos se había convertido en una colección de historias que sonaban demasiado absurdas para ser reales. Habían conocido maniáticos del orden, soñadores profesionales, rescatistas improvisados y unos cuantos personajes que ninguno quería recordar. Lo único que todos compartían era una extraordinaria capacidad para hacer que Tala pareciera todavía más irremplazable.
—Ya no puedo más —declaró Carlos una tarde, dejándose caer en el sofá como si hubiera sobrevivido a una jornada laboral de quince horas—. Si vuelve a entrar otro loco por esa puerta, me largo yo también.
Armando asintió con total convicción.
—Desde este momento renuncio oficialmente al comité de selección. No pienso entrevistar a nadie más.
Piojo levantó la vista desde el contrato de arrendamiento que llevaba varios días revisando.
—Oigan, tampoco exageren...
—No estamos exagerando —lo interrumpió Armando mientras le señalaba el documento—. Tú tuviste la idea de las entrevistas, así que ahora termínalas. Encuentra a alguien normal, haz que firme ese contrato y avísanos cuando todo esté resuelto.
Carlos apoyó la propuesta sin pensarlo dos veces.
—Exacto. Si de verdad existe una persona decente ahí afuera, te toca encontrarla a ti.
Piojo los observó durante unos segundos, comprendiendo que ninguno iba a cambiar de opinión. Resopló con resignación, tomó el contrato y lo dobló cuidadosamente antes de guardarlo en una carpeta.
—Está bien —aceptó al fin—. Yo me encargo.
Ninguno de los tres imaginaba que, precisamente cuando habían decidido dejar aquella misión en manos de Piojo, el candidato menos esperado estaba a punto de aparecer.
Pocos días después, cuando Armando y Carlos ya habían dado por hecho que el tema del nuevo compañero seguiría estancado durante semanas, la puerta del apartamento volvió a abrirse.
—¡Muchachos! —anunció Piojo con un entusiasmo que no se había visto desde que Tala se casó—. Les presento a Brian Gutiérrez.
El joven que entró detrás de él respondió con una sonrisa discreta y un leve asentimiento de cabeza. No parecía nervioso, aunque tampoco irradiaba la confianza exagerada de varios de los candidatos anteriores. Se limitó a permanecer de pie junto a la entrada, sosteniendo una mochila al hombro mientras esperaba que alguien dijera algo.
—Yo le digo Guti —añadió Piojo con toda naturalidad, como si el apodo existiera desde hacía años y no desde, probablemente, un par de horas atrás.
Armando arqueó una ceja.
Era impresionante la facilidad con la que Roberto construía amistades. Bastaba una conversación de camino al departamento para que ya estuviera repartiendo apodos y hablando con la confianza de quien conocía a la otra persona desde la preparatoria.
Armando tenía una lengua afilada y, para sorpresa de nadie, su boca siempre actuaba antes que su cerebro. Sus amigos lo sabían demasiado bien y, justo cuando abrió los labios dispuesto a preguntar si también le había prometido ser padrino de su futura boda, la voz de Carlos se adelantó.
—Mucho gusto, Brian —dijo mientras se acercaba a estrecharle la mano con una sonrisa sincera—. Yo soy Carlos.
Brian correspondió el saludo con educación.
—El gusto es mío.
Mientras ellos intercambiaban unas cuantas palabras, Armando permaneció donde estaba, recorriendo al recién llegado de pies a cabeza con la misma atención con la que un detective inspeccionaría la escena de un crimen.
Lo primero que llamó su atención fue el cabello, cuidadosamente peinado con una raya lateral tan perfecta que parecía haber sido trazada con una regla. Después llegaron los ojos azules que, de no ser por el grueso armazón negro de los lentes, probablemente habrían destacado mucho más.
Nerd, concluyó mentalmente.
Su mirada descendió hasta la ropa. Camisa blanca impecable, chaleco de punto perfectamente acomodado y ni una sola arruga visible.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Ni aunque le pagaran el equivalente a la deuda externa de México se pondría un chaleco tejido.
Finalmente observó los pantalones color caqui, impecablemente planchados —una especie prácticamente extinta entre la gente de su edad— y unos zapatos de vestir que, pese a los pequeños rasguños acumulados por el uso, conservaban un brillo digno de un anuncio de betún.
Definitivamente aquel tipo parecía haber salido de un catálogo de estudiantes ejemplares.
Piojo, que conocía demasiado bien a su amigo, siguió el recorrido de aquella mirada analítica con creciente preocupación. Había visto esa expresión suficientes veces para saber que Armando estaba a segundos de decir algo inconveniente.
—Ellos son Carlos y Armando —intervino rápidamente, señalándolos con la mano—. Te hablé un poco de los dos.
Carlos, sin dejar de sonreír, le dio un discreto codazo a Armando.
—Salúdalo.
Armando soltó un suspiro resignado y finalmente extendió la mano.
—Armando.
—Brian.
Se estrecharon la mano durante apenas un instante. Después, aprovechando que Brian volvía la vista hacia Carlos, Armando se inclinó apenas hacia Piojo.
—Más te vale haber elegido bien —murmuró casi sin mover los labios—. Porque si este resulta otro loco, te juro que el siguiente cuarto libre será el mío.
Piojo soltó una risa nerviosa.
—Confía un poquito.
—Eso intento.
Las presentaciones no duraron mucho más. Carlos regresó a su habitación para continuar ensayando una melodía que llevaba toda la tarde intentando terminar, mientras Armando anunció que tenía entrenamiento en un par de horas y desapareció también por el pasillo sin volver a dirigirle una sola palabra al recién llegado.
Brian observó cómo ambos cerraban las puertas de sus habitaciones.
—Bueno... —comentó con una sonrisa algo incómoda—. Supongo que están ocupados.
Piojo los vio marcharse con las manos en la cintura.
Tantas entrevistas, tantas discusiones y tantos candidatos descartados para que, cuando por fin encontraba a alguien que parecía completamente normal, sus amigos simplemente lo ignoraran.
Negó con la cabeza y volvió a sonreír.
—No les hagas mucho caso. Cuando agarran confianza son bastante distintos. Ven, mejor te enseño el departamento.
La visita comenzó por las áreas comunes. Mientras caminaban de una habitación a otra, Piojo le fue explicando el funcionamiento casi burocrático del apartamento.
—La basura pasa los martes, jueves y sábados muy temprano, así que si la bolsa se queda dentro después de las ocho ya no sale hasta el día siguiente. El recibo del agua normalmente llega durante la primera semana del mes y el de la luz unos días después; entre los cuatro no suele ser tan caro, aunque en verano sube un poco por los ventiladores. La renta la dividimos en partes iguales y, mientras todos paguen a tiempo, jamás hemos tenido problemas.
Brian asentía con atención, como si estuviera memorizando cada detalle.
—Suena bastante organizado.
—Lo es... bueno, casi siempre.
Llegaron al cuarto que, hasta hacía unas semanas, había pertenecido a Tala.
—Este sería el tuyo.
Brian dejó la mochila sobre la cama y recorrió el lugar con una mirada tranquila.
—Está muy bien.
—Ahora viene la parte importante —continuó Piojo apoyándose contra el marco de la puerta—. Te conviene conocer un poco a los habitantes del zoológico.
Brian soltó una risa.
—Empieza.
—Armando... —Piojo hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Digamos que su boca suele correr más rápido que su cerebro. A veces parece que está peleado con el mundo entero, pero en realidad no es mala persona. Juega fútbol en una liga premier; no le va precisamente como para vivir de eso, aunque gana lo suficiente para pagar la renta y darse uno que otro gusto.
Brian asintió lentamente.
—Entendido.
—Carlos es mucho más tranquilo. Tiene una banda de rock y probablemente sea la persona más amable de esta casa, aunque es bastante especial con sus cosas personales.
—¿Especial en qué sentido?
—No uses su shampoo.
Brian parpadeó.
—¿Solo eso?
—Créeme, con eso evitarás el noventa por ciento de los problemas posibles.
Ambos rieron.
—¿Y tú? —preguntó Brian.
—Yo soy bastante sociable. De vez en cuando organizo reuniones con algunos amigos cercanos, nada demasiado grande, solo para pasar el rato.
Brian no pareció darle demasiada importancia.
—No tengo ningún inconveniente con eso.
Piojo sonrió satisfecho.
Desde su punto de vista, aquella respuesta era perfecta.
Lo que Brian todavía no sabía, y que el resto del apartamento habría considerado una omisión bastante conveniente por parte de Roberto, era que sus "reuniones pequeñas" tenían la curiosa costumbre de multiplicar invitados con la misma facilidad con la que una bola de nieve aumenta de tamaño cuesta abajo. Para cuando alguien proponía terminar la noche, el departamento solía estar lleno de desconocidos cantando, riéndose y vaciando el refrigerador como si aquella hubiera sido una fiesta planeada desde hacía meses.
Pero habría tiempo de descubrir ese pequeño detalle más adelante.
