Work Text:
— Benjamín —lo llamó Irene
Él la miró y se acercó hasta su compañero de trabajo para hablarle más de cerca.
— ¿Sí?
— ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que me vuelva a hablar?
— Yo le hablo todos los días
Ella soltó un suspiro combinado con una risita.
— No soy intocable. Tampoco soy de otro mundo.
— Ojalá. Pero sí. Irene, dejémoslo ahí.
— ¿Qué dejemos ahí?
— Usted se va a casar con un ingeniero Zapiola Menéndez Urtubiea y Martinez Beccar Mompara.
— ¿No estará celoso? —dudó ella levantando una ceja.
Benjamín rió.
— No, por Dios. Que sean felices y que coman perdices.
— ¿Algo para objetar?
— No, no, nada.
— ¡Dele, objete!
— Irene... por favor.
Él dudó por un momento y ella vió que detrás suyo estaba el ayudante del investigador criminal.
— ¿Qué mirás? ¿Qué querés? ¡Retirate! Venga. —dijo y lo tomó de un brazo, trayéndolo más hacia la baranda de aquel palacio de justicia.— ¿Adónde nos vemos?
— ¿Para qué?
— Para manifestarme sus objeciones a mi vida, mi novio, mi casamiento y demás constancias que obran en la causa.
Lo dejó pensando unos momentos.
— Podemos tomar un café cuando salgamos.
Ella lo miró con algo de entusiasmo en sus ojos.
— ¿Hora?
Benjamín dudó e Irene no le dejó tiempo para contestar.
— Ocho y media. ¿Lugar?
— Los inmortales.
— La Richmond.
— Perdón. No pensé en algo elegante.
— No, Benjamín. En algo lejos de acá. —dijo e hizo una seña con sus ojos.
Fue entonces que ella se alejó luego de aquella charla.
Antes de salir Benjamín pasó al baño a arreglarse un poco luego de aquel largo día de trabajo. Quería verse presentable ante Irene aunque ella ya lo haya visto ese día. Cuando salió, se la volvió a cruzar. Ella también se había arreglado un poco más de lo que ya estaba, sabiendo que iba a salir con él.
— ¿Ya está?
— Emm, sí, me falta...
— Está bien así, Benjamín. Vayamos al juicio —bromeó y le guiñó un ojo.
Ambos salieron bastante rápido del Palacio de Justicia y casi sin que nadie los viera fueron hasta el auto de Benjamín. Se subieron a éste y empezaron su ruta a la confitería, la cual no se encontraba muy lejos.
En ese viaje corto ambos se mostraron algo tensos, Benjamín estaba casi colorado de la vergüenza o capaz del miedo mientras que Irene iba con una sonrisa victoriosa, logrando dominarlo. En medio del trayecto la mano de la mujer se dirigió hacia la pierna del investigador criminal, estremeciéndolo.
— Irene...
— Usted siga manejando, Benjamín.
Hasta que llegaron no fue que ella lo soltó. Si antes el hombre estaba nervioso, ahora ese sentimiento lo desbordaba por completo.
Estacionó a unas dos cuadras de la cafetería y ambos caminaron hasta ésta. Benjamín tenía la mano de Irene a su lado, casi muy junta a la suya y dudó mil y una veces en tomarla, pero no se atrevía. Ella la balanceaba al caminar por lo que tampoco podía tomarla simplemente.
Cuando llegaron ella pasó primero y escogió una mesa en un rincón, dándoles así algo de privacidad, que era lo que necesitaban. El camarero llegó y él se pidió un cortado, ella un café negro. Al rato se los trajo.
Hablaron sobre las cosas cotidianas en la oficina, como Sandoval casi siempre se emborrachaba, sobre su jefe, cosas muy simples e inocentes. Fue cuando ya casi estaban terminando que Benjamín le hizo la pregunta a su compañera.
— ¿Por qué me insistió tanto en venir, Irene?
— Para que me diga realmente lo que piensa. Necesito saberlo.
— Yo no me voy a interponer en su vida, para nada...
— Quiero que objete. ¡Dígame algo, por dios!
— Irene... Yo sé las ganas que tiene usted de casarse, no hace falta que lo diga. No entiendo por qué está tan empeñada en que le diga si yo siento algo
— Porque sé que hay algo. Lo veo. No sé como sé, pero sé. Como usted con lo de Gómez.
— Es diferente...
— ¡No! Entiendo como me mira. Lo trata de esconder y se le desbordan los sentimientos.
— Bueno, pero ¿para qué quiere que se lo diga? Usted de todas formas se va a casar con...
— No lo sé. —confesó ella sin levantar la mirada.
— ¿Perdón?
— No sé si tengo tantas ganas de... bueno, casarme. O sea, sí pero... No me entiende.
— ¿Puede ser que usted también sienta algo?
— Me pasan muchas cosas al mismo tiempo. No estoy muy segura de lo que quiero. La verdad es que amo a mi futuro marido pero usted...
— ¿Qué quiere decir?
— No voy a dar el primer paso. Quiero saber si el terreno está firme, si la pileta tiene agua, si...
— Lo está. Si eso es lo que necesita, lo está. Siga.
— Yo sé que tal vez no es lo correcto ni lo justo pero...
— Que eso no importe ahora. ¿Qué siente?
— Que quiero besarlo. Eso siento. Quiero que tengamos intimidad. Más que ahora. De por sí esto ya es bastante íntimo para mí pero necesito más, no me alcanzan las palabras para explicárselo acá en esta confitería.
— Podemos ir... a un hotel alojamiento
— Me parece bien.
Se apresuraron en pedir la cuenta e irse. Casi no intercambiaron palabra entre que salieron y subieron devuelta al coche, la tensión que había entre los dos se podía cortar con tijeras de tanta que era. Ya en el auto, ella volvió a llevar su mano a la pierna de él, pero cada vez llegando más hacia su entrepierna. Benjamín la miró y ella sonrió sacando la lengua, en una risa pícara.
No tardaron mucho hasta llegar a uno, entrar en el estacionamiento e ir a la habitación. Era amplia, con una cama que era perfecta para la ocasión y lo más importante, estaban solos. Cuando apenas entraron a la habitación, Irene la cerró con llave.
— Por fin estamos solos... —dijo ella y una vez más sonrió pícara
— ¿Me lo va a decir ahora?
— ¿Qué cosa?
— Lo que siente
— Va a tener que averiguarlo, Benjamín...
Él se acercó a besarla mientras que ella se dejaba agarrar por la cintura. Lo tomó de la nuca y le siguió el beso, cada vez volviéndose más apasionados, hasta que llegaron más cerca de la cama. Empezó por quitarle aquel chaleco rojo que llevaba para luego deshacerse de aquella camisa negra estampada con florecitas para dejar al descubierto su pecho con el corpiño puesto. Por su lado, Benjamín se había sacado rápidamente el saco apenas habían entrado, por lo que solo quedaba su camisa. Irene también fue rápida y la desabrochó, dejando su pecho al descubierto.
El investigador criminal empezó a besarla en el cuello, a lo que ella corrió la cabeza a un costado para dejarse amar, gimiendo algo estremecida. Lo volvió a besar y cayeron en la cama. Benjamín, cuidadoso, le empezó a bajar el cierre de su falda para deshacerse de ella. Cuando quedó completamente desnuda, Benjamín se quedó embobado observando su cuerpo que le parecía tallado por los mismísimos dioses. Estaba completamente enamorado de ella.
— ¿Se va a quedar mirando nomás?
— Para nada, estoy pensando qué hacer con tanta belleza...
— No diga tonterías, Benjamín, vayamos a lo nuestro.
Volvió a abalanzarse a besarla, mientras que ella lo agarraba de la nuca una vez más. Irene lo besaba con pasión, comiéndole la boca como nunca antes pudo. Con esa hambre de tenerlo a él, por fin, en sus labios. Necesitaba más, saciarse de él.
Benjamín se empezó a quitar los pantalones junto a su boxer y luego de esto, se subió sobre la doctora, bajándole lentamente la ropa interior. Irene lo miraba también embobada, sin poder creer que estaban juntos. Siguieron besándose hasta que él se empezó a posicionar para introducirse en ella. Fue ahí cuando tomó el control.
— Irene, ¿qué...?
— Usted siga lo que yo hago... —dijo para luego pasar una mano por su pecho y posicionarse.
Algo emocionada, metió el miembro de Benjamín en su estrecho interior. Bajaba lentamente mientras sentía aquél largo miembro introducirse en su interior. Empezó a subir y bajar sobre este, aumentando la satisfacción en ambos. Su ritmo fue aumentando paulatinamente, pudiendo sacarle más de un gemido a Irene, quién empezó a hacer movimientos circulares mientras seguía montada sobre su compañero. Él la tomó por la cintura, ayudándola a darle más placer.
— Benjamín~ —gimió ella moviéndose frenéticamente, a punto de tener su orgasmo.
La doctora se acercó una vez más hacia la boca de su compañero para besarla, sintiendo como sus lenguas luchaban en el interior. Esa sensación satisfactoria que la hacía sentir completa y saciada.
Estuvieron casi una hora complaciéndose mutuamente, hasta que por fin, Benjamín eyaculó, lo cual llevó a Irene a su orgasmo también. Ella cayó rendida sobre su pecho y se quedó acariciándolo. Ambos se miraron y se dieron cuenta de que la situación en la que se encontraban no era una casualidad. Él nunca podía dejar de mirarla, los ojos de ella también hablaban por sí solos, pidiendo que siguiera. Aquel era el secreto de sus ojos que tanto les costó darse cuenta.
