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Tenía algo muy en claro en mi mente: Íbamos a ganar.
Los gritos del estadio ahogaban mis pensamientos y rugían como los tambores de una banda de guerra. La afición futbolera era una de las más exigentes del mundo, sobre todo en México.
Y claro que yo no iba a decepcionarlos, me había preparado para este momento toda mi vida. Desde que debuté en Xolos no he soñado con otra cosa y este partido sería la puerta que se abriría para cumplir mi más grande sueño: Jugar en el mundial del año que venía. Sobre todo porque éramos uno de los tres países anfitriones.
—¡Qué húbole chamaco! ¿Ya listo? —recibí una palmada en mi hombro de Vega, quien sonreía mientras daba brinquitos. Para soltar los nervios, me imagino.
—Pus claro que sí. Muy listo.
Y mentira no era. Nunca me había aterrado el jugar el deporte que amo y sentía un gran honor de poder estar con figuras emblemáticas del país en un torneo vital. Iba a dar todo de mí y mucho más. La piel se me erizaba en cuanto el himno nacional sonó por las bocinas del estadio en Texas, esa sensación que nunca olvidaré. Mi titularidad en la Copa Oro.
Los momentos más críticos eran ahora, en el segundo tiempo. Aunque habíamos logrado empatar gracias a Raúl quien aprovechó mi asistencia, la situación se veía penosa y no debíamos confiarnos, en situaciones como estas nunca es bueno dar nada por sentado. Corría, corría lo más rápido posible en la cancha buscando la posición del balón otra vez. ¿Cuánto faltaba para el final del partido? De no ser por las indicaciones de los árbitros no lo sabría a ciencia cierta.
En el área rival el centro de Vega junto con la definición de Vázquez lograron la posición perfecta para Edson, quien remató con la cabeza a gol. Ahí estaba, se había logrado invertir el marcador.
Un silbatazo final. Un suspiro colectivo al ser validado ese gol fue seguido por gritos de celebración. Lo habíamos logrado. Las celebraciones fueron a lo grande, todos queríamos posar con la copa para los fotógrafos que buscaban una exclusiva.
—¡Gil! ¡Por aquí! —gritó una reportera corriendo con el camarógrafo muy cerca de ella no queriendo perder nada que se pudiera documentar para TUDN o ESPN. —¿Nos concederías unas palabras?
—¡Claro! —sonreí sacando aire por la boca. —La verdad es que este logro para México es muy importante y la verdad es que fue un honor representar a... a mi país en un evento como este.
—¿No te intimidó un poco el entrar a la cancha?
—La verdad es que no, siempre ha sido mi sueño y ser parte de esto que es algo... mucho más grande que yo jaja es maravilloso.
Las preguntas seguían a las cuales simplemente contestaba y sonreía por protocolo. Ya moría por llegar al hotel y ver a mi familia, descansar un poco y volver a México para empezar a entrenar otra vez. Justo con la ayuda del Piojo y de Edson pude escabullirme de los vestidores sin que nadie más me siguiera. Escaneé el pasillo y salí en búsqueda de un espacio para llamar a mi hermana o a mis papás.
Cuando creía que estaba solo, fue que lo vi aparecer
Era un chico un poco más alto, de cabello castaño y voz cantarina. Parecía más que feliz e irradiaba ese aire positivo que se contagia a dos metros de distancia. Lo primero que hizo fue sonreírme.
—No manches eres tú, la estrella del partido.
—No, no creo. Ese es Edson, quien dio el gol ganador.
—Aparte modesto, ¿Quién lo diría? —extendió su mano en mi dirección. —Soy Kenneth, un gran fan de verdad.
—Un gusto.
Si bien el silencio no era para nada pesado ni abrumador, no era cómodo. Eso lo hizo vacilar un tanto, sin embargo sus expresiones nunca se cayeron. Eran naturalmente dulces. Me pidió un autógrafo, pues ambos teníamos prisa ya de irnos. "De morita para Kenneth Lavill"
—¿Lavill? Nunca había escuchado ese apellido. ¿Es europeo?— su risa resonó por el pasillo vació, yo solo esperaba no hubiera más reporteros al asecho. —¿Qué?
—No, para nada. Es más bien artístico.
—Oh...
—Bueno, fue un gusto conocerte futbolista. Sé que serás grande y esto —señaló la firma en la espalda de su chaqueta de mezclilla. —Valdrá una fortuna más inmensa que de la presidenta. ¡Bye!
—Adiós...
Así tan rápido como llegó, fue lo mismo que tardó en irse del estadio. Al final nunca sabría su nombre real y se quedará en un enigma sin resolver.
O eso creí en ese momento.
