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Enzo se acuerda perfectamente del día en que su temporizador llegó a cero. No solo porque era el día más esperado de su vida, sino porque, a partir de ese momento exacto, empezaron las mentiras. Una red de pequeñas mentiras piadosas que se fueron acumulando durante tres años. Tres años fingiendo que su temporizador había sonado en medio de una joda, que ni siquiera lo había escuchado por el volumen de la música y que su alma gemela probablemente se había perdido entre la multitud.
Para sus amigos, la historia tenía sentido y con eso le alcanzaba. Aunque la realidad había sido completamente distinta.
00:00:00:00:03:35
Son las dos de la mañana.
Enzo está dentro del ascensor, apoyado contra el espejo del fondo, mirando el techo de metal. Tiene las llaves del departamento apretadas en una mano mientras con la otra sostiene a Lisandro para que no se le venga encima. Las paredes de chapa los encierran en un espacio apenas suficiente para los dos. Lo escucha respirar pesado, con la cabeza apoyada sobre su hombro.
Suspira. El zumbido del motor retumba en el cubículo cerrado mientras suben despacio hacia el séptimo piso. A Enzo le duele un poco la cabeza y se siente agotado después de la fiesta.
Pero nada de eso importa cuando le quedan apenas tres minutos y treinta y cinco segundos para conocer a su alma gemela.
Se arremanga el buzo. La luz tenue y verde del temporizador le ilumina el antebrazo, reflejándose en el espejo y en su rostro.
00:00:00:00:02:06
Dos minutos y seis segundos.
El ascensor pasa por el tercer piso.
"Licha, estoy a dos minutos" le dice directo al oído, empujándolo apenas con el hombro para que no termine de caérsele encima. "Reacciona, boludo."
"¿Dos minutos para qué? ¿Para llegar? Buee... no sé si tardaba tanto en subir" murmura Lisandro, arrastrando las palabras con los ojos cerrados. "Mal ahí."
00:00:00:00:01:45
"En el temporizador, te lo dije en el auto. Dale, parate derecho, que no te voy a poder sacar de acá cuando se abra la puerta."
Mientras habla, mantiene la vista clavada en los números rojos del indicador de pisos.
Lisandro no responde. Se deja caer del todo, descargando su peso sobre el morocho. Enzo se acomoda como puede, clavando las piernas para aguantarlo.
El ascensor pasa por el cuarto piso.
"No me jodas, Licha. ¿Posta te dormiste?"
"No, yo… Ya llegamos, ¿no?" balbucea antes de empezar a roncar bajito.
El indicador marca el quinto piso.
Enzo lo agarra firme del brazo y se lo pasa por encima de los hombros, haciendo fuerza con la espalda.
"Pesás un huevo, hijo de puta."
Escucha un quejido sordo de Licha, que ni se inmuta. Como puede, gira dentro del cubículo hasta quedar de frente a la puerta.
00:00:00:00:00:44
Sexto piso.
Para Enzo el tiempo nunca paso tan lento.
"Eu, dale" dice Enzo mientras le da un par de cachetadas suaves en la mejilla para despertarlo.
Pierde un poco el equilibrio y choca de costado contra la botonera por culpa del peso de su amigo. El ascensor recibe un llamado desde otro piso y Enzo vuelve a marcar el siete como puede.
"No te voy a poder arrastrar hasta el departamento si no apoyás los pies."
El ascensor desacelera.
Enzo suspira. Clava la vista en la ranura de la puerta y después baja los ojos hasta las zapatillas de Martínez. Cuenta mentalmente hasta tres y se prepara para el tirón.
Tampoco es que él estuviera mucho mejor. Habían tomado, sí, pero jamás imaginó que le iba a tocar cargar a Lisandro, completamente quebrado, justo la noche más importante de su vida.
00:00:00:00:00:13
El ascensor frena con un golpe seco.
Suena el bip del séptimo piso.
Las puertas corredizas se abren en el segundo exacto en que el temporizador de Enzo empieza a sonar.
"Uh... ¿Necesitás ayuda?"
Levanta la mirada, sobresaltado.
Parado en el palier, esperando el ascensor, hay un chico de pelo castaño y rulos revueltos. Unos ojos enormes y dulces lo miran con sorpresa y cierta timidez. Lleva un jogging gris y una remera blanca, floja, mientras se seca las manos en el pantalón, nervioso al ver que Lisandro se va de cabeza hacia adelante y el morocho del ascensor se quedó completamente embobado.
El pibe reacciona enseguida. Da un paso adelante y ataja a Lisandro antes de que se dé contra el piso, pasándole un brazo por encima de los hombros.
"Gracias" alcanza a decir Enzo.
Entre los dos salen del ascensor y recorren los pocos metros que separan el palier del departamento. Enzo logra meter la llave en la cerradura sin soltar del todo a Lisandro y, como pueden, lo entran hasta el living para dejarlo caer sobre el sillón.
Licha se acomoda de costado, abrazando un almohadón, y murmura algo inentendible.
"Qué bajón."
Enzo se da vuelta para encontrarse con los ojos marrones del otro.
¿Así que este era el nuevo vecino de Lisandro?
Era él. Lo había encontrado. Después de tantos años.
Su alma gemela.
Siente unas ganas terribles de reírse de los nervios. Seguro tiene una cara de boludo tremenda mientras lo mira.
Y encima es el chico más lindo que vio en su vida.
Pará. ¿Qué?
"¿Qué?" reacciona cuando cae en lo que el otro acaba de decir.
"Que encuentres a tu alma gemela así" le dice el castaño, señalando con la cabeza hacia el sillón. "¿Se va a acordar mañana?"
¿Eh?
"¿Licha? No, no, es mi mejor amigo de toda la vida, nada que ver... Vos, vos sos..." Se frena cuando el castaño niega suavemente con la cabeza.
"No. Yo no soy."
Enzo se mira el antebrazo.
Ahí está.
00:00:00:00:00:00
El tiempo llegó a cero.
"Fue por vos, estoy seguro. Se abrieron las puertas, apareciste y sonó. Estaba a nada de llegar" le dice, intentando no sonar tan desesperado como realmente está.
Cosa que no disimula demasiado bien, porque el chico le devuelve una mirada preocupada.
"Mirá " le dice, mostrándole su propio antebrazo. "Es imposible que sea yo" agrega con una voz tan suave que parece estar hablándole a un nene.
03:02:06:08:13:47
Tres años, dos meses, seis días, ocho horas, trece minutos, cuarenta y siete segundos.
Enzo se queda en silencio, clavando los ojos en el temporizador del otro.
Era por él.
No había nadie más, y sabía perfectamente que a su amigo todavía le faltaban como cuatro años para encontrar a la suya.
Sus miradas se cruzan y Enzo no puede creer la mala suerte que tiene. El destino le pone adelante a un pibe así de lindo, pero no es mutuo.
"No sé qué decirte. No sabía que estas cosas podían pasar" le dice su alma gemela.
Enzo no puede evitar sonreírle con una mezcla de ternura y amargura. El castaño lo mira con una culpa tremenda, parado en el marco de la puerta, como si fuera responsabilidad suya que su propio temporizador siga corriendo.
Se quedan en silencio unos segundos.
El living de Lisandro está a oscuras, apenas iluminado por el reflejo de las luces de la calle que entran por el balcón. De fondo, el dueño de casa duerme plácidamente en el sillón, completamente ajeno al drama que el destino le acaba de poner adelante a Enzo.
"Bueno... " Julián rompe el silencio incómodo, señalando el pasillo con el pulgar mientras da un pasito hacia atrás. "Estaba saliendo a comprar al veinticuatro horas de acá a la vuelta. Bajón de madrugada, viste. Cualquier cosa, vivo en el 7B, el departamento de al lado. Si necesitás ayuda con tu amigo o llevarlo al hospital, no sé, tocá el timbre."
Enzo reacciona.
No puede dejar que se vaya así nomás.
El temporizador en su antebrazo está clavado en un cero rotundo, pero su alma gemela está ahí. Real. Respirando enfrente suyo.
"Pará" lo frena, tanteando los bolsillos para buscar el celular. "En realidad yo también ya me voy. Dejé el auto abajo medio mal estacionado para poder bajarlo."
Julián lo mira, ladeando un poco la cabeza con curiosidad.
"¿Te vas? ¿Lo dejás solo?"
"Sí, ya está acostumbrado. Si lo dejo en la cama se ahoga, ahí de costado en el sillón resucita mañana al mediodía" dice Enzo, logrando sacarle una sonrisa tímida al castaño.
Aprovecha el envión, desbloquea la pantalla del celular y se lo extiende.
"Ya sé que tu temporizador dice otra cosa, pero... ¿me pasás tu número? Si no querés, no..."
Julián mira el celular y después a los ojos de Enzo.
Hay un momento de duda. Una milésima de segundo donde parece que va a decir que no porque el destino ya dictaminó las reglas.
Pero la timidez y una probable debilidad para decir que no le terminan ganando.
Con una sonrisa de costado, agarra el teléfono.
"Dale" murmura.
Sus dedos teclean rápido en la pantalla.
"Ahí está. Me llamo Julián."
"Enzo" se presenta el morocho, recuperando el celular y guardándolo como si fuera un tesoro. "Gracias por ayudarme con Licha."
"De nada, Enzo. Suerte entonces. Nos vemos."
Julián le hace un gesto rápido con la mano, se da vuelta y camina otra vez hacia el ascensor.
Enzo lo ve marcar para bajar y esperar unos segundos antes de entrar, hasta que las puertas se cierran.
Cuando se queda solo en el palier, mira la pantalla.
El nuevo contacto está agendado como Julián Vecino de Licha.
Mira su antebrazo inerte en cero y sonríe antes de guardar el celular.
Amor predestinado, piensa. Ja. ¿Dónde?
───────⏱️───────
Pasaron varias semanas en las que Enzo solo veía a Julián de pura casualidad cuando iba a visitar a Lisandro. Con los días, a cada saludo al pasar se le sumaba una sonrisa tímida de parte de su alma gemela. Una pregunta ligera sobre cómo estaba o sobre su día. Algo casual, casi insignificante, pero que parecía ser todo un avance para la imagen que Enzo tenía de él.
Hasta que decidió, por fin, escribirle.
Ese fue el punto de inflexión.
Todo se volvió mucho más complicado, y no porque Julián hiciera algo en sí. Al contrario. El castaño era demasiado para Enzo en todos los sentidos.
Un pibe tan tímido como divertido una vez que agarraba confianza. Y Enzo se había encargado de ganársela.
Al mes siguiente, Julián ya había entrado con una facilidad entre aterradora y sorprendente en su grupo de amigos. Enzo ni siquiera pudo decir en qué momento había pasado. Simplemente estaba ahí. Siendo adoptado por cada uno de sus amigos.
Estaba cuando salían de joda, en los asados, en algún partidito de fútbol a la noche.
Julián. Julián en todas partes.
Julián sonriendo suave y bajito; Julián contando por qué se había mudado; Julián haciéndole un caño y sonriéndole con picardía durante un partido; Julián animándose por primera vez a contar un chiste delante de todos y sacando varias carcajadas.
Mientras tanto, Enzo era testigo de cómo se le ponían las orejas y las mejillas coloradas, delatando esa vergüenza mezclada con las ganas de agradar, de pertenecer.
Estaba rodeado de Julián y no podía pedir nada más.
Para el destino, quizás, no le correspondía pedir más.
Pero era tan codicioso cuando se trataba de su alma gemela. Nunca parecía ser suficiente.
Y mientras intentaba no alimentar esa necesidad de querer cada vez más de Julián, el temporizador del castaño seguía corriendo, esperando a otra persona.
───────⏱️───────
02:07:13:05:09:23
Una tarde de verano, mientras todo el grupo disfrutaba de la piscina en la casa de Paulo, Enzo logró esquivar el 'salto bomba' que Cristian y Lisandro intentaban hacer a metros de él. Se comieron un par de puteadas cuando, al tercer intento, terminaron llevándoselo puesto y hundiéndolo por completo.
"Qué brutos de mierda que son" se quejó mientras se sacudía el pelo y se refregaba el agua de los ojos.
Fue ahí cuando lo escuchó.
Julián estaba sentado al borde de la piscina, hablando con Paulo. Movía las piernas con suavidad, sin salpicar, mientras sonreía entrecerrando apenas los ojos por el sol de la tarde.
Enzo lo recorrió con la mirada durante un instante, perdiéndose en su cuello, sus hombros, los brazos definidos, el pecho, el abdomen marcado. Tan pálido, con una fina capa de protector solar que todavía no terminaba de absorberse.
Julián era perfecto.
La fantasía de tenerlo para él se desarmó en el mismo instante en que escuchó hablar a Paulo.
"Cada vez te falta menos. ¿Estás nervioso?"
Julián negó con la cabeza.
"No. Aparte, dos años... pueden pasar muchas cosas en dos años" respondió.
Y sus ojos se encontraron con los de Enzo.
Una gota resbaló por la frente del morocho, incapaz de apartar la mirada.
"Sí, obvio. No te digo que no tengas algo por ahí mientras esperás, pero yo estaría re nervioso."
"¿A vos cuánto te falta, Paulo?" lo escuchó preguntar, claramente queriendo salir del centro de la conversación.
"Ocho años. Es un montón."
"Sí" murmuró Julián, perdiendo la vista en el agua.
"¿Alguna vez la imaginaste? Digo... ¿Cómo será?" insistió Paulo.
Julián se encogió de hombros. Esta vez respondió sin volver a mirar a Enzo.
"Sí. Pienso mucho en eso."
Enzo se zambulló.
La voz de Julián quedó ahogada bajo el agua, arrastrándolo lejos de todo eso que no quería escuchar.
───────⏱️───────
01:01:04:02:10:45
Había pasado mucho tiempo desde que Julián se había convertido en una parte fundamental de su vida. Los viernes ya eran una especie de ritual entre los tres: Enzo, Julián y Lisandro. No era algo que hubieran planeado ni que alguna vez hubieran dicho en voz alta; simplemente se había dado así. Juntarse en la casa de alguno, pedir algo para comer, mirar una película y hablar de la vida hasta quedarse dormidos en cualquier rincón del departamento.
Esa noche, sin embargo, Lisandro no había podido ir.
La excusa que les dio había sido bastante vaga. Acompañar a Cristian a hacer no sé qué cosa a algún lado. Ni siquiera supo explicarles bien dónde o para qué, y Enzo notó en el acto cómo su amigo esquivaba las preguntas de manera sospechosa.
Más tarde le iba a volver a romper las pelotas.
Porque obviamente había algo ahí. Lo que fuera que pasara con Cristian no lo disimulaban muy bien, y él estaba prácticamente seguro. Lisandro podía intentar hacerse el misterioso todo lo que quisiera, pero lo conocía demasiado bien.
Por el momento, estaban solos.
La película la había elegido Julián. Según él, se la habían recomendado un montón y era buenísima, de esas que había que ver sí o sí porque "todo el mundo la estaba comentando". Enzo intentó prestarle atención al principio, incluso hizo algún que otro comentario como para demostrar que le seguía el hilo a la historia, pero a los cuarenta minutos le dejó de importar lo que pasaba en la pantalla.
Porque Julián se había quedado dormido en su hombro.
Había sido casi tierno verlo pelear para mantenerse despierto. Cómo cada vez hablaba menos, cómo las respuestas se le volvían más cortas y los ojos se le cerraban apenas unos segundos más de la cuenta. Hasta que finalmente dejó de luchar contra el sueño y simplemente se acomodó contra él con una confianza que a Enzo todavía le costaba procesar.
Eran amigos, sí, tenían confianza, pero siempre había sentido que cada movimiento de Julián hacia él era sumamente pensado, quizás para no confundirlo. Y sin embargo, ahí estaban.
La luz de la tele apenas iluminaba el living a oscuras, proyectando sombras suaves en la cara de Julián. Afuera, la ciudad seguía a mil, pero dentro de ese departamento todo parecía paralizado. Las cajas de pizza vacías sobre la mesa, los vasos apoyados cerca del sillón, la película avanzando de fondo sin que a ninguno le importara realmente qué estaba pasando.
Y Julián. Julián con ropa cómoda, despeinado, completamente relajado. Como si estuviera en su propia casa.
Ese pensamiento se le cruzó sin permiso y Enzo tuvo que contener una sonrisa triste. Porque eso era lo que más miedo le daba: que se sintiera tan natural.
Que verlo ahí, ocupando espacio en su departamento, comiendo pizza un viernes a la noche y quedándose dormido apoyado en su hombro, se sintiera exactamente como la vida que siempre había imaginado para cuando encontrara a su alma gemela.
Como si pudieran vivir así. Como si todos los viernes pudieran ser de ellos.
Enzo bajó la mirada y sintió ese nudo conocido en el pecho. Esa mezcla insoportable de felicidad y dolor que le aparecía cada vez que se permitía pensar de más en lo que tenía enfrente.
Escuchar la respiración tranquila de Julián tan cerca de su oído le erizaba la piel del cuello. Sentirlo apoyado contra él, completamente ajeno a la tormenta que Enzo tenía en la cabeza, hacía que quedarse quieto fuera cada vez más difícil.
Irse no era una opción. No se animaba. Como si un mínimo movimiento pudiera romper algo que quizás nunca más iba a tener la oportunidad de construir.
Se quedó perdido en sus facciones, en los rulos desordenados que le caían sobre la frente, en esa expresión relajada que pocas veces le veía, porque siempre estaba con la guardia alta, medio tímido adonde fuera, sintiéndose solo un poco más confiado cuando era Enzo el que respaldaba sus acciones o palabras.
Y ahí apareció la idea ¿Y si se la jugaba?
No era la primera vez que se maquinaba con eso. De hecho, era un pensamiento que siempre terminaba volviendo cuando estaban así, cuando Julián parecía pertenecerle aunque fuera por unos segundos.
¿Qué pasaría si intentaba algo? Lo que fuera.
Si dejaba de pensar en las reglas del destino. Si por una vez ignoraba esa cuenta regresiva corriendo en el brazo de Julián y se permitía creer que quizás había una chance.
Aunque el castaño estuviera esperando a otra persona. Aunque el destino hubiera decidido que su historia terminaba mucho antes de empezar.
¿Había alguna forma de ganarle al tiempo? ¿Podía hacer que Julián lo terminara eligiendo a él?
Enzo tragó saliva y levantó una mano con cuidado, acomodándole uno de los rulos que le tapaban la frente. La piel de Julián era suave, y tuvo que contenerse para no enredar los dedos en su pelo. El gesto fue tan íntimo que se sintió mal por hacerlo, pero Julián reaccionó con total comodidad.
Todavía dormido, se acurruco un poco más, buscando ese contacto como si su cuerpo lo reconociera antes de que lo hiciera su cabeza.
Enzo cerró los ojos un segundo y soltó el aire despacio. Porque eso era lo peor de todo. Que Julián no lo hacía a propósito. No estaba intentando darle falsas esperanzas. Simplemente confiaba en él.
Le recorrió la cara una vez más con la mirada hasta detenerse en sus labios.
Y justo en ese momento, Julián se volvió a mover.
Extendió el brazo sobre su abdomen, abrazándolo de manera inconsciente. En ese mismo instante, una luz tenue de color verde iluminó el rostro de ambos.
El temporizador.
Enzo volvió a la realidad como con un golpe preciso en el pecho que le sacó el aire. Sintió que se le revolvía el estómago.
Ahí estaba. La prueba de que, por más perfecto que pareciera ese momento, no era suyo. No podía parar el tiempo. No podía hacer que su propio temporizador volviera a correr. Y no podía evitar pensar en esa persona que el destino le tenía guardada a su alma gemela. Ese alguien que algún día iba a llegar, le iba a activar el temporizador a Julián y le iba a frenar la cuenta regresiva.
Porque en ese segundo, con Julián dormido en su sillón y abrazándolo sin darse cuenta, todo encajaba. Todo parecía tan correcto, se sentía como si fuera exactamente donde tenía que estar.
Y, sin embargo, no alcanzaba. Nunca lo hacía.
Enzo se levantó antes de que los pensamientos fueran demasiado lejos. Nunca los dejaba llegar tan lejos.
El movimiento hizo que Julián se deslizara por el sillón repentinamente y abriera los ojos de golpe, todavía atrapado entre el sueño y la confusión.
"¿Pasó algo?" preguntó con la voz ronca.
Enzo sintió que se le cerraba la garganta.
"No, nada, Juli. Perdón que te desperté" respondió rápido, obligándose a sonar normal. "Voy a la cocina a buscar más hielo."
La mentira le salió demasiado fácil. Como todas las que había aprendido a decir desde que Julián había llegado a su vida.
Antes de quedarse ahí un segundo más, salió prácticamente corriendo del living, dejando atrás a un Julián completamente confundido y a un temporizador que seguía avanzando, descontando el tiempo hacia alguien que jamás sería él.
───────⏱️───────
00:00:00:03:08:13
Faltaban apenas unas horas.
Después de dos años de ver el temporizador de Julián acercarse lentamente al final, de hacer chistes sobre la cuenta regresiva con el resto del grupo y de escuchar las teorías más ridículas sobre cómo iba a conocer a su alma gemela, finalmente había llegado el día.
Todos estaban más ansiosos que el propio Julián.
La idea de salir había sido de Lisandro. Una previa, una noche cualquiera entre amigos antes de que el destino hiciera lo suyo. Si pasaba esa noche, querían estar ahí para verlo, para cargarlo, para conocer a la famosa alma gemela si aparecía en la joda o, al menos, para tener una historia que contar durante años.
Enzo había dicho que no.
Inventó una excusa simple. Que estaba cansado, que había tenido una semana pesada y que prefería quedarse en el departamento. Nadie insistió demasiado. Después de todo, desde hacía un tiempo él era el primero en bajarse de las salidas.
Si Julián sospechaba algo, decidió no decir nada en el grupo que tenían entre todos.
Así que salieron sin él, y se quedó solo.
El departamento estaba en silencio. Apenas la luz del televisor iluminaba el living mientras él permanecía tirado en el sillón, con un brazo detrás de la cabeza y el celular en la otra mano. Hacía rato que había dejado de prestar atención a lo que hacía. Abría una aplicación, la cerraba a los pocos segundos y pasaba a otra sin leer realmente nada.
Instagram. TikTok. Volvía a Instagram.
Cansado agarró el control de la televisión y entró a una plataforma de streaming con la esperanza de encontrar alguna película que lo obligara a pensar en otra cosa. Recorrió dramas, acción, documentales y terminó, sin saber muy bien cómo, en la sección de terror.
Se quedó mirando las portadas unos segundos. Cualquier monstruo le parecía una mejor compañía que sus propios pensamientos.
Porque, mientras él perdía el tiempo pasando de una pantalla a otra, Julián probablemente estaba viviendo la noche más importante de su vida.
El celular vibró.
Era el grupo de sus amigos. Enzo ni siquiera necesitó leer la notificación para saber de qué se trataba.
Abrió la conversación. Una foto. Después otra notificación. Y otra.
Los mensajes empezaron a llegar uno detrás del otro.
Licha:
ese es juli?
donde esta?
necesito verlo yaaA
Cuti:
es ella? uuuh
Toro:
que paso Dibu?
te tembló la mano?
no se ve una mierda
Dibu:
estoy re lejos hdp
Licha:
voy para allá
Cuti:
che no lo pongan nervioso, dejenlo
Toro:
JA
yendoo
En menos de un minuto el grupo era un caos. Y ninguno tenía la menor idea de lo que esa foto significaba para él.
Enzo la abrió. La foto estaba un poco movida por las luces del lugar, pero alcanzaba para distinguirlos.
Julián aparecía de espaldas, apenas girado hacia una chica que le sonreía mientras hablaban. Tenía el pelo castaño, con ondas suaves en las puntas que le caían sobre los hombros. Llevaba un vestido blanco con pequeños brillos que se perdían entre las luces de la fiesta y la calidad de la cámara.
El alma gemela de Julián era... No sabía cómo definirla.
Simplemente parecían encajar.
Tenía una sonrisa enorme. De esas que nacen solas cuando alguien te interesa de verdad. Una sonrisa luminosa, abierta, sin vergüenza.
Y Enzo pensó que Julián merecía exactamente eso. Alguien que lo mirara y le sonriera así, como si nadie más existiera.
Se quedó observando la foto unos segundos más. La amplió un poco. Y por primera vez agradeció no poder verle la cara a Julián. No estaba seguro de soportar encontrar felicidad en esa imagen.
Cerró la conversación. Miró la televisión. Volvió a abrir el grupo. La foto seguía ahí. La amplió otra vez.
Ahora ya no estaba mirando una foto. Estaba mirando a la persona que el destino había elegido para Julián.
Y cuanto más la observaba, más entendía algo que nunca había querido pensar. Ella tenía sentido.
No por algo en particular. No podía saber de su personalidad por medio de una foto. Simplemente había algo más. Intentó no compararse, no preguntarse qué era lo que el destino había visto en ella que él no tenía para ofrecerle a Julián. Pero una parte de él podía entenderlo. Como si, incluso sin conocerla, fuera fácil imaginarla caminando al lado de Julián, riéndose de sus chistes malísimos, compartiendo un mate una tarde cualquiera o una noche de películas. Ella durmiendo en su hombro, Julián agarrándola por la cintura.
Era una sensación absurda. Injusta. Pero estaba ahí.
No importaban los años compartidos, los viernes de películas, las cenas improvisadas, las vacaciones en grupo o las conversaciones hasta cualquier hora de la madrugada. Nada de eso cambiaba el único hecho que realmente importaba. Su temporizador había llegado a cero, pero el de Julián no.
El destino llevaba años diciéndole que él no era la persona indicada. Y, por primera vez desde que lo había conocido, Enzo sintió que dejaba de pelear contra esa idea.
Quizás era así de simple. Él había estado intentando entrar en una historia que nunca le había pertenecido.
Suspiró y dejó el celular sobre su pecho. La televisión seguía encendida. No tenía idea de qué estaba pasando en la pantalla, pero tampoco importaba.
Porque, mientras él permanecía solo en el living de su departamento, Julián probablemente acababa de encontrar a la persona con la que iba a pasar el resto de su vida.
¿Y no era eso exactamente lo que el destino había prometido desde el principio?
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00:00:00:00:00:00
No podía dormir.
Las tres y siete de la mañana en la pantalla de su celular, el tiempo parecia burlarse de él cada vez que volvía a mirar la hora. Cerraba los ojos unos minutos, convencido de que el sueño finalmente iba a llegar, pero su cabeza no dejaba de girar alrededor del mismo lugar.
Julián. Y esa chica.
¿Cómo se llamaría? ¿Seguirían juntos? ¿Estarían hablando todavía? ¿Riéndose? ¿Descubriendo esas coincidencias absurdas que, según todos, aparecían cuando encontrabas a tu alma gemela?
Giró una vez más sobre la cama y se tapó la cara con el antebrazo.
¿Qué se suponía que iba a decirle cuando lo viera? Porque iba a tener que decirle algo. Eran amigos, después de todo.
¿Lo felicitaba? ¿Le preguntaba cómo había sido? ¿Fingía entusiasmo mientras lo escuchaba contar la mejor noche de su vida? ¿Las cosas iban a ser incómodas a partir de ahora, o solo para él?
Afuera había empezado a llover hacía un par de horas. Las gotas golpeaban contra la ventana con un ritmo constante que, lejos de relajarlo, parecía acompañar cada uno de sus pensamientos.
Volvió a girar. Soltó un suspiro largo.
Había ignorado el celular desde que habían mandado la foto al grupo y no tenía ninguna intención de agarrarlo otra vez.
Se rindió rápidamente ante la idea de ganarle a su insomnio. Apartó las sábanas, se levantó de la cama y caminó descalzo hasta la cocina. Se sirvió un vaso de agua y apoyó una mano sobre la mesada mientras bebía despacio, con la mirada clavada en el piso.
Por unos segundos consiguió dejar la mente en blanco.
Hasta que sonó el timbre.
Frunció el ceño. ¿Quién podía estar tocándole la puerta a esa hora?
Dejó el vaso en la mesada y caminó hasta la entrada. Sacó uno de los pasadores y abrió apenas unos centímetros.
El corazón casi se le salió del pecho.
Julián estaba del otro lado, completamente empapado. Tenía las manos metidas en los bolsillos de un buzo oscuro que chorreaba agua sobre el piso del pasillo. La capucha apenas alcanzaba a cubrirle la cabeza; varios rulos se le pegaban a la frente y algunas gotas seguían resbalándole por la cara. Tiritaba apenas, moviendo una pierna con nerviosismo mientras evitaba mirarlo demasiado a los ojos.
"¿Me dejás pasar?" preguntó en voz baja.
Enzo solo atinó a asentir. Sacó el segundo pasador y abrió la puerta por completo.
Julián entró sin decir una palabra. Se quedó parado en la entrada, sin sacarse siquiera la capucha, mirándolo como si hubiera ensayado ese momento mil veces y, aun así, hubiera olvidado todas las palabras.
"¿Qué hacés acá, Julián?" preguntó Enzo al fin.
El castaño casi se encogió sobre sí mismo. Tan tímido, tan asustado de lo que sea que lo asustara en primer lugar.
"Si querés me voy."
Enzo dejó escapar el aire por la nariz.
"Dale, estás todo mojado. Pará, te busco una toalla. Sacate ese buzo porque-"
"No."
La respuesta lo hizo frenar en seco y levantar la vista.
"Está bien así. Si me pongo a hacer otra cosa no voy a poder."
Enzo frunció el ceño.
"¿Pasó algo?"
"No."
"¿Entonces?"
El silencio se volvió pesado.
"Me estás poniendo nervioso, ¿Sabés la hora que es? Vos..." tragó saliva. "Vos tendrías que estar con tu alma gemela."
"Sí" respondió el castaño tan rápido que Enzo ni siquiera tuvo tiempo de terminar la frase. "Estoy ahora."
Sus ojos marrones se clavaron en los de él.
Enzo dio un paso hacia atrás y negó apenas con la cabeza. Y entonces vio el miedo. No el suyo. el de Julián. Un miedo tan parecido al que él había sentido durante los últimos tres años que, por un instante, dejó de entender qué estaba pasando.
"No…ja ¿Qué decís? Julián, no sabés lo que estás diciendo."
"¿Me estás jodiendo?" respondió el castaño, dejando escapar una risa incrédula. "Le pedí a Cristian que me trajera hasta acá y no encontraba dónde estacionar. Corrí seis cuadras bajo esta lluvia ¿Y me decís que no sé lo que estoy diciendo?"
Enzo abrió la boca, pero no le salió ninguna palabra. No había nada que pudiera decir para entender lo que Julián estaba haciendo ahí.
"Yo..."
"Dejame terminar, por favor" lo interrumpió Julián, casi suplicando. "Porque si no, no te lo voy a poder decir nunca."
Julián respiró hondo, mirando el piso. Las zapatillas empapadas habían dejado un pequeño charco en la entrada. Volvió su mirada a Enzo.
"Pensé mucho en quién iba a ser esa persona, ¿sabés? Todos estos años" su voz tembló apenas. "Y cuando estuvo enfrente mío... te juro que intenté sentir algo."
Se quedó callado unos segundos.
"Cualquier cosa, aunque sea mínima, pero no pude. ¿Sabes por qué? Porque no podía dejar de pensar en vos."
Enzo sintió que el corazón se le aceleraba y empezaba a escucharlo en los oídos.
"Pensaba en cómo estarías. No habías contestado ningún mensaje en el grupo y... no sé. Solo te quería ver."
Julián bajó la cabeza otra vez.
"¿Está mal que no me haya dado cuenta antes? De... no sé, de esto" dice señalando entre ambos.
Enzo negó de inmediato. Ni siquiera necesitaba pensarlo.
"No."
El castaño sonrió apenas. Era una sonrisa triste.
"Esperé tres años este momento y cuando por fin pasó, lo único que quería era venir acá. Y..." el castaño dejó de hablar.
Enzo dio un paso al frente.
"¿Y?"
Julián levantó despacio la cabeza. Las mejillas se le habían teñido de un rosa suave.
Enzo terminó de acortar la distancia entre los dos.
"Decime que viniste porque me elegís a mí" su voz salió ronca, apenas un susurro. "Decime eso y no te dejo ir nunca más Julián."
Julián sostuvo su mirada y asintió.
"Decilo."
El castaño sonrió con una mezcla de alivio y nervios.
"Te elijo a vos."
No llegó a decir nada más. Porque Enzo le agarró la cara entre sus manos y lo besó.
No fue un beso desesperado; fue un beso de tres años contenidos en un solo instante.
Julián respondió enseguida, acercándose todavía más, como si toda la tensión que había existido entre ellos durante ese tiempo desapareciera de golpe. Enzo sintió cómo sus manos temblaban apenas al sostenerlo, como si todavía existiera una parte de él convencida de que todo eso podía desaparecer en cualquier momento. Pero Julián seguía ahí, correspondiéndole, eligiéndolo.
Deslizó una de sus manos hasta perder los dedos entre los rulos húmedos de Julián. Siempre había querido hacerlo. Siempre se había preguntado cómo se sentiría poder tocarlo sin miedo, sin límites, sin recordar constantemente que no le pertenecía. Y ahora Julián estaba ahí, con las mejillas todavía teñidas de rosa, aferrándose a su remera como si tuviera tanto miedo de que todo eso no fuera real al igual que él.
El beso terminó demasiado pronto. O quizás habían sido tres años demasiado largos.
Apoyó la frente contra la de Julián, todavía sin soltarlo. Podía sentir su respiración mezclándose con la suya, rápida, nerviosa. Afuera seguía lloviendo con fuerza, pero el sonido parecía lejano, irrelevante.
Suspiró. No sabía si había manera de ganarle al destino, si se podía ignorar lo que el temporizador había elegido para ambos, pero Julián estaba dispuesto a ignorarlo y Enzo no iba a desaprovechar la oportunidad ni en pedo.
Porque había tantas cosas que quería de Julián, y ahora parecían por fin estar a su alcance.
