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El vestíbulo del Hazbin Hotel era un desastre de cables, focos cegadores y utilería de cartón pintado con colores excesivamente alegres. Charlie Morningstar estaba en el centro de todo, sosteniendo un cartel que decía ¡La Redención es Posible! con una sonrisa tan tensa que amenazaba con darle un calambre facial.
Detrás de la cámara, que estaba suspendida en el aire por tres tentáculos de sombras oscuras, Alastor observaba la escena con una diversión maliciosa.
—¡Más entusiasmo, querida! —indicó el Demonio de la Radio, su voz filtrada por el característico zumbido estático, resonando en las paredes del hotel—. Te ves como si te estuvieran obligando a tragar vidrio molido. ¡Recuerda, estamos vendiendo salvación, no un seguro funerario!
—¡Estoy entusiasmada, Al! —replicó Charlie, dejando caer los hombros y soltando un suspiro que hizo volar un mechón rubio de su rostro—. Es solo que... ¿crees que el filtro sepia y la música de órgano fúnebre de fondo realmente invitan a los pecadores a entrar?
Alastor se materializó a su lado en un parpadeo, apoyándose elegantemente en su bastón-micrófono. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad que solo ellos dos compartían cuando el resto del hotel estaba distraído.
—El sepia otorga autoridad, Charlotte. Le da un toque clásico —murmuró él, bajando el volumen de su estática hasta convertirlo en un ronroneo íntimo que solo ella podía escuchar—. Además, cualquier cosa es mejor que ese jingle horrendo que intentaste componer con el xilófono esta mañana.
Charlie fingio indignación, golpeándole suavemente el pecho con el cartel de cartón.
—¡Oye! A Vaggie le gustó.
—Vaggie te diría que una plaga de langostas es hermosa si tú fueras quien las invocó —respondió él, esbozando una sonrisa genuina que asomó por debajo de su habitual máscara de presentador—. Ahora, desde arriba. ¡Con la energía de una princesa!
Charlie río, negando con la cabeza. A pesar de lo absurdo de la situación, había una calidez innegable en el ambiente. Alastor estaba insoportable, mandón y excéntrico, pero estaba ahí , participando en su sueño, ayudándola a su retorcida manera. Ella se preparó para la siguiente toma, tomando aire para gritar su eslogan...
Pero el aire ya no estaba allí.
Fue un cambio de presión tan violento que los cristales de las ventanas no se rompieron; se desintegraron en polvo. Un pitido ensordecedor reemplazó el sonido de la respiración, de la música de Alastor, del propio Infierno. Las luces del set parpadearon y murieron.
El ambiente se volvió gelido, cargado de una vibración antinatural, como si el mismísimo tejido de la realidad estuviera a punto de rasgarse.
Alastor reaccionó en una fracción de segundo. La sonrisa se borró de sus labios y sus pupilas se dilataron en puros diales de radio estática. Se lanzó hacia Charlie, extendiendo los brazos para conjurar una barrera de sombras absolutas, gritando su nombre.
No llegó a tiempo.
El techo del hotel no fue simplemente destruido; Fue borrado de la existencia por un pilar de luz sagrada, incandescente y letal. El impacto fue un rugido sordo que hizo temblar los cimientos del anillo del Orgullo.
Dolor. Un dolor blanco, cegador y absoluto.
Charlie abrió los ojos, pero solo vio humo, polvo y una luz dorada que le quemaba las retinas. Sentia la garganta llena de ceniza y sangre. Intentó moverse, pero su cuerpo se negó a obedecer.
Estaba aplastada contra el suelo de los escombros del vestíbulo. Por instinto, durante el ataque, sus seis alas se habían desplegado para intentar protegerse a sí misma ya Alastor. Ahora, la imagen era devastadora. Las alas, normalmente imponentes y majestuosas, estaban destrozadas, torcidas en ángulos grotescos y esparcidas a su alrededor como un manto roto. Faltaban plumas, y la blancura inmaculada estaba empapada en sangre.
Había un agujero en su espalda. Lo sentí latir con cada latido errático de su corazón. Un impacto directo de energía pura había atravesado su carne, dejándola inmovilizada, desangrándose sobre las baldosas rotas de su propio hogar.
Una furia caliente, espesa como el magma, comenzó a burbujear en su pecho. Ella era la Princesa del Infierno. La heredera de Lucifer. Se suponía que debía ser invencible en su propio reino, que debía ser el escudo que protegiera a su gente, a sus amigos, a su pareja. Y allí estaba, reducida a una víctima impotente, sintiéndose tan patética como los pecadores a los que intentaba salvar.
Nadie vendrá a salvarte , resonó una voz en su mente, fría y cortante, nacida de la cruda realidad del momento. Levántate. Levántate.
Apretó los dientes hasta que saboreó el cobre en su boca. Clavó los dedos en el concreto pulverizado, intentando arrastrarse, intentando canalizar su fuego demoníaco, pero la energía sagrada en su herida accionaba como un veneno que anulaba su poder.
Entre su visión borrosa, una figura descendió del agujero en el cielo. Flotaba con una gracia silenciosa y aterradora, iluminada por un halo que no traía paz, sino exterminio.
Sera.
La Alta Serafín pisó los escombros del Hazbin Hotel. No vestía su habitual túnica ceremonial impecable; Llevaba una armadura ligera y, en sus manos, empuñaba una alabarda inmensa, forjada en la Primera Luz, cuyo filo vibraba con un poder capaz de borrar un alma de la existencia.
Sera no venía acompañada. Estaba completamente sola. Sus múltiples ojos no mostraban el desdén habitual, sino una mezcla enfermiza de desesperación y convicción fanática.
—No quería que llegara a esto, Morningstar —la voz de Sera resonó, no fuerte, pero con una presión que amenazaba con aplastar el cráneo de Charlie—. Te lo advertí. Te dije que no entendías lo que estabas poniendo en marcha.
Charlie soltó un gruñido ahogado, logrando levantar el rostro unos centímetros del charco de su propia sangre.
—Tú... —escupió la princesa, tosiendo sangre dorada—. Tú hiciste esto...
—El pecador... la serpiente. Apareció en nuestras puertas —Sera apretó el agarre en su alabarda, sus alas tensándose de puro pánico retrospectivo—. Tu absurdo proyecto funcionó. Y casi destruye el Cielo desde adentro. Emily está cuestionando las leyes, los tronos están divididos. El orden perfecto que he mantenido durante eones se está desmoronando por tu culpa.
Sera dio un paso adelante, levantando el arma divina.
—Si el Consejo descubre la verdad completa, habrá una guerra celestial. El Cielo caerá en el caos. No puedo permitirlo. No puedo dejar que el libre albedrío de los condenados infecte la santidad de nuestro hogar. Debo cortar la raíz de la enfermedad yo misma, en secreto, antes de que sea demasiado tarde.
A escasos tres metros de Charlie, un montón de vigas retorcidas y mampostería estalló en una explosión de sombras y estática negra.
Alastor emergió de las ruinas.
Su aspecto era espeluznante. Su abrigo estaba destrozado, la sangre negra manchaba la mitad de su rostro, y uno de sus cuernos de ciervo estaba fracturado por la mitad. Irradiaba un aura de furia tan pura y oscura que el aire a su alrededor se distorsionaba. Sus ojos, completamente negros con escleróticas de diales enloquecidos, se fijaron en Sera.
—¡ALÉJATE DE ELLA! —rugió Alastor.
Fue un sonido que no pertenecía a una transmisión de radio, sino a la bestia primordial que habitaba en su interior. Invocó sus sombras, intentando lanzar una ráfaga de zarcillos mortales para empalar a la Serafín.
Pero Sera ni siquiera lo miró. Giró levemente la muñeca y la base de su alabarda emitió un pulso de luz cegadora.
La magia de Alastor se desintegró al contacto. Las sombras chillaron mientras se evaporaban, quemadas por la pureza del arma divina. La onda expansiva sagrada golpeó al Demonio de la Radio en el pecho, lanzándolo brutalmente contra el suelo, a menos de un metro de donde Charlie yacía herida.
Alastor escupió una bocanada de icor, su cuerpo convulsionando por el choque de la energía celestial contra su alma demoníaca. Sentía que sus huesos se astillaban. Intentó levantarse, apoyando las manos temblorosas en los escombros, pero sus músculos no respondieron. Su magia, la fuente de su arrogancia y su control absoluto, estaba completamente vaciada, neutralizada por el veneno del Cielo.
Sera bajó la mirada hacia él por una fracción de segundo, con total indiferencia.
—Un pecador atado con correa. Ni siquiera mereces mi atención.
Luego, la Serafín volvió a centrarse en Charlie, apuntando la punta brillante de la alabarda directamente al corazón de la princesa.
—Perdóname, Charlie Morningstar. Pero el Cielo debe prevalecer.
En el suelo, Alastor arrastró su cuerpo roto por la grava, ignorando el dolor agónico. Alargó su mano ensangrentada hacia Charlie, sus dedos enguantados temblando violentamente, logrando apenas rozar las plumas destrozadas de una de sus alas.
Sus labios temblaron y cayeron, formando una mueca de pavor absoluto y desgarrador. Sus ojos escarlata se clavaron en el rostro pálido de Charlie. El control se había esfumado. Por primera vez en su eternidad, el temido Demonio de la Radio sintió lo que era el verdadero terror. No por su propia vida, sino por la absoluta, humillante e insufrible impotencia de ver cómo iban a asesinar a su pareja y no tener el poder para impedirlo.
—No... —su voz fue un susurro roto, crudo—. Charlotte...
Charlie lo miró a los ojos, su propia ira demoníaca pugnando por salir, pero el rojo de su mirada se suavizó por un microsegundo al ver el terror en el rostro de él.
Alastor intentó aferrarse a ella, intentó enviarle su última chispa de fuerza, pero la quemadura celestial en su pecho fue demasiado. Sus ojos perdieron el foco, el pánico quedó congelado en sus facciones en una mueca grotesca de desesperación, y su mano cayó pesadamente sobre la sangre de Charlie, inerte.
Se desmayó, hundiéndose en la oscuridad, dejando a la princesa sola frente al filo del Cielo.
El silencio que siguió al colapso de Alastor fue más ensordecedor que la explosión misma. Charlie miró la mano inerte del Demonio de la Radio. El pánico congelado en las facciones de Alastor, su incapacidad absoluta para protegerla en su momento de mayor vulnerabilidad, fue una imagen que se grabó a fuego en la mente de la princesa.
El frío de la piedra rota se filtraba por su piel, mezclándose con el calor asfixiante de su propia sangre.
—Se acabó, Charlie —repitió Sera, su voz descendiendo desde las alturas como una sentencia ineludible. La luz de su alabarda pulsaba, proyectando sombras alargadas y monstruosas sobre las ruinas del vestíbulo.
Con un quejido que le desgarró las cuerdas vocales, Charlie apoyó las palmas de las manos sobre los escombros y la grava filosa. Sus brazos temblaban violentamente, amenazando con ceder bajo su propio peso. Cada milímetro que lograba levantarse enviaba oleadas de agonía pura desde la herida celestial en su espalda, irradiando hacia sus alas rotas, que se arrastraban inútilmente por el suelo como un estandarte pisoteado.
Sera no hizo ademán de atacarla de inmediato. Observó el esfuerzo patético de la heredera del Infierno con una mezcla de lástima y una dureza inflexible.
—¿Qué es lo que defiendes con tanto afán? —preguntó la Alta Serafín, su tono teñido de una indignación genuina—. He visto los registros de este pozo, Morningstar. He visto a quiénes intentas redimir. Asesinos a sueldo. Depredadores. Genocidas que masacraron pueblos enteros. Monstruos que violaron, que torturaron, que se deleitaron en el sufrimiento de los inocentes.
Charlie logró alzar el torso, quedando de rodillas. Su respiración era un silbido rasposo y húmedo. Mantuvo la cabeza gacha, el cabello rubio y apelmazado por el polvo ocultando sus ojos.
—¿Crees que el Cielo es una lavandería cósmica? —continuó Sera, cerrando la distancia a paso lento, el metal de su armadura tintineando ominosamente—. ¿Pretendes que abra las puertas de San Pedro para quienes derramaron sangre inocente, solo porque ahora, tras décadas de castigo, sienten un conveniente remordimiento? ¿Qué hay de las vidas que arrebataron? ¿Qué hay de las almas puras que llegaron a mí rotas y traumatizadas por culpa de los monstruos que tú albergas en este hotel? ¡Un simple 'lo siento' no reconstruye las vidas que ellos destrozaron!
Las palabras de Sera cayeron como yunques. Eran pesadas, afiladas y, lo peor de todo para el corazón empático de Charlie, tenían sentido.
Los brazos de la princesa finalmente cedieron. Cayó de bruces contra el suelo con un golpe sordo, levantando una nube de ceniza. Apretó los puños contra el suelo, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas calientes se mezclaban con el icor dorado y la sangre roja en su rostro.
—Lo sé... —susurró Charlie. La voz le temblaba, ahogada por la frustración y la derrota. Apretó los dientes, sintiendo el sabor salado y metálico en su lengua—. Lo sé. Sé que muchos de ellos son gente de lo peor. Sé que hicieron cosas imperdonables.
Sera se detuvo frente a ella, la punta incandescente de la alabarda a escasos centímetros de la cabeza de Charlie.
—Entonces acepta tu final. Acepta que tu experimento fue un error narcisista. Hasta aquí llegó tu redención. Por el bien de la Creación.
Sera levantó el arma con ambas manos, la energía celestial concentrándose en la hoja, lista para decapitar a la amenaza que ponía en riesgo el orden divino.
—¡PERO SALVARÉ A LOS QUE SÍ TIENEN PERDÓN!
El grito de Charlie fue una cacofonía ensordecedora, una mezcla del rugido de una bestia primordial y el coro distorsionado de ángeles caídos.
Los ojos de Charlie se abrieron de golpe. Eran faros de un rojo incandescente y un amarillo letal. Dos enormes cuernos negros rasgaron la piel de su frente, coronándola como la verdadera heredera del abismo.
Antes de que Sera pudiera asestar el golpe, Charlie se impulsó hacia arriba con una velocidad explosiva, nacida puramente de la adrenalina y la desesperación. No intentó esquivar el arma sagrada. Eso habría sido imposible. En su lugar, levantó ambas manos desnudas y atrapó el filo de la alabarda a centímetros de su propio cuello.
El sonido que siguió fue escalofriante. La carne de las palmas de Charlie comenzó a chisporrotear y hervir instantáneamente al contacto con el metal celestial. El olor a carne quemada inundó el aire, pero la princesa no soltó el arma. Sus dedos se cerraron con una fuerza bruta y demoníaca alrededor de la hoja incandescente.
Sera abrió sus múltiples ojos, atónita ante la resistencia suicida de la chica.
—¡Tienen que tener una oportunidad! —rugió Charlie, obligándose a ponerse de pie mientras obligaba a Sera a retroceder, empujando la alabarda hacia arriba a costa de carbonizar sus propias manos—. ¡Salvaré a los que se suicidaron porque el mundo perfecto que ustedes crearon y vigilan los rompió hasta no dejar nada! ¡A los que nunca tuvieron otra salida para sobrevivir! ¡A los adictos que usaron para llenar sus bolsillos en la Tierra y luego condenaron por caer en la trampa!
Las llamas comenzaron a lamer los antebrazos de Charlie, pero no era fuego sagrado; era el fuego negro y magenta del mismísimo Infierno, subiendo por el asta del arma de Sera.
—¡No voy a dejar que los elimines a todos solo porque tú eres demasiado cobarde para enfrentar tus propios errores! —gritó la princesa.
No hubo salvación divina ni una intervención milagrosa de último minuto. No apareció Lucifer para rescatarla. Charlie estaba sola, sosteniendo el filo de su propia ejecución con las manos carbonizadas hasta los huesos.
Con un último alarido de furia, Charlie canalizó toda la magia que le quedaba, ignorando la herida en su espalda que sangraba a borbotones. El fuego infernal alcanzó las manos de Sera. La Alta Serafín soltó un jadeo de dolor, sorprendida, aflojando su agarre por una milésima de segundo.
Fue todo lo que Charlie necesitó. Arrancó la alabarda de las manos del ángel con una violencia inusitada y, usando el peso de la propia arma, golpeó a Sera en el pecho con el asta opaca.
El impacto arrojó a Sera varios metros hacia atrás, estrellándola contra los restos de la barra de Husk.
El arma divina cayó al suelo con un ruido sordo, su luz parpadeando intermitentemente al entrar en contacto con el suelo del Infierno. Charlie se quedó de pie, balanceándose sobre sus pies, respirando de forma errática. Sus manos eran un desastre de carne quemada y hueso expuesto. Su traje rojo estaba empapado en sangre, y su aura demoníaca fluctuaba como una vela a punto de apagarse en medio de un huracán.
Sera emergió de los escombros de la barra. Su armadura estaba abollada y su dignidad, severamente fracturada. Limpió un hilo de sangre dorada de la comisura de sus labios, sus alas desplegándose en toda su envergadura, brillando con una hostilidad que ya no tenía rastro de piedad fingida.
—Eres igual que tu padre —siseó Sera, levantándose lentamente del suelo, rodeada de un halo de energía pura que comenzó a levitar los escombros a su alrededor—. Arrogante. Testaruda. E irremediablemente defectuosa. Sobreviviste al primer golpe por pura obstinación, niña. Pero no tienes la fuerza para detenerme. Mírate. Te estás desangrando.
Charlie bajó la mirada por un segundo. A sus pies, Alastor seguía inconsciente, un espectáculo de vulnerabilidad que nadie en el Pentagrama había presenciado jamás. Las sombras del Demonio de la Radio, usualmente imponentes y depredadoras, parpadeaban débilmente alrededor de él, intentando inútilmente curar las quemaduras celestiales de su pecho.
La princesa cerró sus manos quemadas en puños, ignorando el crujido de sus huesos rotos. Ya no tenía un arma. No tenía alas para volar ni un ejército que la respaldara. Solo tenía la rabia pura, la terquedad heredada del ángel caído más grande de todos, y la certeza absoluta de que si daba un solo paso atrás, la única persona que se había atrevido a desnudar su alma frente a ella moriría antes del amanecer.
—Entonces inténtalo de nuevo —desafió Charlie, su voz ya no era un grito, sino un murmullo letal, grave y distorsionado que hizo vibrar las cenizas en el aire—. Ven y mátame. Pero te juro, Sera... que te arrancaré las alas antes de caer.
Para Sera, las palabras de Charlie eran la blasfemia definitiva de una criatura que no comprendía su lugar en el cosmos.
Sera alzó ambas manos hacia el cielo destrozado. Un coro de voces sin rostro, agudas y aterradoras en su perfección, comenzó a resonar en el aire. Cientos de esferas de luz blanca se materializaron alrededor de la Serafín, condensándose rápidamente hasta formar lanzas sólidas de energía celestial. Eran dagas de puro juicio, diseñadas para desintegrar la materia demoníaca a nivel molecular.
—El polvo vuelve al polvo, Morningstar —sentenció Sera, bajando los brazos en un movimiento seco y guillotinesco.
La lluvia de luz letal cayó sobre las ruinas del hotel.
Charlie no retrocedió. No buscó cobertura. Plantó sus botas sobre los escombros, posicionándose exactamente sobre el cuerpo inconsciente de Alastor, convirtiéndose en un escudo humano.
No soy un verdugo, pensó Charlie, mientras la primera oleada de luz se acercaba a una velocidad vertiginosa. No soy una conquistadora como mi padre, ni una sádica como él. Pero soy la dueña de este lugar. Y nadie lastima a mis huéspedes.
La princesa soltó un grito que hizo temblar la grava bajo sus pies. Su sangre, dorada y roja, que había estado goteando profusamente de sus heridas, de pronto comenzó a arder al tocar el suelo. El fuego infernal, alimentado por una necesidad desesperada y visceral de proteger, estalló a su alrededor en un géiser de llamas púrpuras y negras.
Las lanzas celestiales impactaron contra el pilar de fuego de Charlie. El choque de las dos magias primordiales produjo una onda de choque sorda que agrietó la realidad misma, enviando relámpagos de energía errática rebotando contra las paredes derruidas.
El dolor era indescriptible. Mantener la barrera le costaba a Charlie cada fibra de su ser; sentía cómo la herida de su espalda amenazaba con partirla por la mitad. Pero entonces, miró sus manos. La carne quemada y los huesos expuestos ya no eran muñones inútiles. La magia infernal se había arremolinado alrededor de ellos, cristalizándose en unas enormes y aterradoras garras de pura energía ígnea. Eran garras de depredador, afiladas como la obsidiana, pulsando con el latido de su propio corazón.
—¡NO... EN... MI... CASA!
Con un movimiento brutal de sus brazos, Charlie desgarró su propia barrera de fuego hacia afuera. La fuerza del impacto desvió las lanzas de luz restantes, enviándolas a estrellarse inofensivamente contra el cielo tóxico.
Sera parpadeó, su máscara de imperturbabilidad resquebrajándose por una fracción de segundo ante el despliegue de poder bruto. Antes de que la Serafín pudiera invocar un segundo ataque, Charlie ya no estaba en su lugar.
La princesa del Infierno cruzó la distancia que las separaba en un estallido de velocidad demoníaca, dejando un rastro de cenizas a su paso. Sus saltos sobre los escombros eran los de una bestia acorralada defendiendo a su cría.
Sera intentó retroceder, levantando una pared defensiva de luz sagrada.
Charlie embistió la pared con el hombro derecho, ignorando el sonido de su propia clavícula al fisurarse. Usó el impulso para levantar su brazo izquierdo y, con la inmensa garra de fuego negro que reemplazaba su mano destruida, lanzó un zarpazo directo al rostro de la Serafín.
El ataque rompió la barrera divina como si fuera cristal barato. Las garras mágicas rasgaron la armadura perfecta de Sera y dejaron tres profundos surcos humeantes en la mejilla y el cuello del ángel.
Un grito de dolor genuino, agudo y poco celestial, escapó de los labios de Sera. La sangre dorada, brillante e inmaculada, brotó de las heridas, manchando su armadura pulcra.
Desequilibrada y en shock por haber sido herida por un ser del abismo, Sera tropezó hacia atrás. Charlie no le dio cuartel. Aunque cada movimiento la acercaba más al colapso físico, la princesa giró sobre sí misma y le propinó una patada en el pecho con tal fuerza que la Serafín salió despedida, estrellándose violentamente contra los restos de la estatua de Lucifer que adornaba la entrada.
Sera tosió, escupiendo icor dorado. Miró a Charlie con los ojos muy abiertos, casi con horror.
Frente a ella, la princesa respiraba con dificultad. El fuego oscuro parpadeaba alrededor de sus manos arruinadas. Estaba cubierta de polvo, sangre propia y ajena, luciendo como la pesadilla encarnada que el Cielo siempre temió que fuera. Pero en sus ojos rojos no había crueldad. No había burla, ni la arrogancia típica de los Overlords que Sera tanto despreciaba. Solo había una determinación férrea, pesada y triste.
—No me creo mejor que tú —dijo Charlie, su voz grave resonando en el silencio tenso del vestíbulo destruido—. No disfruto esto. Todos en este agujero estamos rotos, Sera. Todos estamos manchados.
Charlie dio un paso lento, cojeando ligeramente, pero sin bajar las garras de fuego. Se interpuso nuevamente en la línea de visión entre la Serafín y el cuerpo inerte de Alastor.
—Pero a diferencia de ti, nosotros no ocultamos nuestra basura debajo de una alfombra de luz blanca para fingir que somos perfectos —continuó Charlie, levantando la barbilla, su aura infernal estabilizándose en un manto de pura autoridad real—. Si para proteger a los pecadores que intentan ser mejores, y al demonio que está allí tirado, tengo que convertirme en el monstruo que ustedes siempre dijeron que yo era... que así sea.
Sera se apoyó en los escombros de la estatua para ponerse en pie. Sus alas temblaban, ya no de majestuosidad, sino de una furia nacida de la humillación. Las heridas en su rostro no se cerraban; la magia infernal de Lucifer que fluía por las venas de Charlie actuaba como un ácido sobre la carne celestial.
—Estás firmando tu propia condena, niña —siseó Sera, su voz vibrando con múltiples armónicos disonantes. La luz a su alrededor comenzó a volverse errática, cegadora y destructiva—. Si me matas, todo el ejército del Cielo descenderá sobre este lugar. No quedará ni ceniza de tu preciado hotel.
—Entonces vete —ordenó Charlie. Fue un decreto de la realeza del Infierno—. Vuelve a tu paraíso de cristal. Mientele a Emily. Mientele al Consejo. Diles que tropezaste, diles que los pecadores son demasiado salvajes. Haz lo que mejor sabes hacer y mira hacia otro lado.
Sera apretó los dientes, la luz divina a su alrededor alcanzó un punto de ebullición. La tensión en el aire era tan densa que asfixiaba. Ambas sabían que un choque más probablemente destruiría a ambas: Charlie moriría por sus heridas corporales, y Sera sería destrozada por el fuego infernal a quemarropa.
La Alta Serafín miró el rostro decidido de la princesa, luego la sangre dorada que manchaba sus propios guantes. Su misión había fracasado. El elemento sorpresa se había esfumado y la heredera de Lucifer había despertado un poder que requeriría más que una ejecución clandestina para ser contenido.
Con un gesto cargado de desprecio y frustración, Sera canceló su magia. La luz cegadora se desvaneció abruptamente, dejando el vestíbulo sumido en la penumbra rojiza habitual del Pentagrama.
—Esto no ha terminado, Morningstar —prometió Sera, sus múltiples ojos fijos en Charlie con una promesa gélida—. Has retrasado lo inevitable. Cuando la verdad salga a la luz, ni tu padre podrá protegerte de la purga que se avecina.
Sin esperar respuesta, Sera desplegó sus seis alas majestuosas y se elevó en el aire. Con un estallido sordo que desplazó el humo a su alrededor, se disparó hacia el agujero abierto en el cielo carmesí, desapareciendo en un destello de luz distante.
En el momento exacto en que la presencia angelical abandonó la atmósfera del hotel, la adrenalina que mantenía a Charlie de pie se evaporó por completo.
Las garras de fuego negro parpadearon y se extinguieron, devolviéndole la cruda y dolorosa realidad de sus manos carbonizadas. El aura rojiza que la rodeaba se desmoronó. Sus rodillas chocaron contra el concreto quebrado y su cuerpo entero colapsó hacia adelante.
Apenas tuvo la fuerza para girar y evitar caer sobre sus heridas abiertas. Se arrastró penosamente el último medio metro hasta el cuerpo de Alastor.
El Demonio de la Radio seguía sumido en una inconsciencia profunda, su respiración era superficial y errática. Charlie apoyó su frente manchada de sangre contra el hombro del abrigo rasgado de Alastor. A pesar del dolor agonizante que la consumía, un pequeño sollozo ahogado escapó de sus labios al escuchar el débil y sordo latido en el pecho de él. Estaba vivo.
—Te tengo... —murmuró Charlie, cerrando los ojos mientras el mundo a su alrededor comenzaba a girar en un torbellino de sombras—. Te tengo, Al. Estamos a salvo... por ahora.
La oscuridad finalmente reclamó a la princesa, cayendo desmayada sobre el pecho del Overlord, en medio de las ruinas de su sueño, pero habiendo ganado el derecho a ver otro amanecer en el Infierno.
El primer indicio de consciencia fue el olor. A sábanas limpias, té de manzanilla frío y ese inconfundible aroma a manzanas dulces que impregnaba las almohadas. Estaba en su habitación. En la habitación que compartían.
Alastor intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo fundido. Al lograr separarlos, el mundo a su alrededor era una mancha borrosa de sombras rojizas y luces mortecinas. Con la consciencia, llegó el dolor. Una agonía aplastante y sorda, concentrada directamente en el centro de su pecho. Cada latido se sentía como si tuviera cristales rotos bombeando por sus venas.
Entonces, los recuerdos lo golpearon con la fuerza de un tren descarrilado.
El cielo rasgándose. Charlie.
La imagen mental de la princesa, destrozada, sangrando profusamente en el suelo de los escombros y mirándolo con esos ojos aterrados mientras él era incapaz de mover un solo músculo para salvarla, le arrebató el poco aire que tenía en los pulmones.
Un ruido de estática aguda y ahogada brotó de su garganta. El pánico, una emoción que el Demonio de la Radio había enterrado en vida y en muerte, lo consumió por completo. Tenía que llegar a ella. Con un esfuerzo sobrehumano, ignorando cómo sus costillas crujían en protesta, Alastor intentó impulsarse hacia arriba.
Pero antes de que pudiera siquiera apartar las sábanas, un par de manos enguantadas y otro par de brazos cubiertos de pelaje blanco lo empujaron suavemente, pero con firmeza, contra el colchón.
—Whoa, tranquilo ahí, venadito. No vayas a desarmarte en mi turno —dijo una voz familiar, inusualmente grave.
La visión de Alastor se enfocó lentamente. Angel Dust estaba sentado en el borde de la cama, mirándolo sin su habitual sonrisa lasciva. No llevaba maquillaje y tenía profundas ojeras moradas bajo los ojos.
—Suéltame... —croó Alastor, su voz sonando como papel de lija, desprovista de su filtro de radio—. Ella... ¿dónde está...?
—Te dije que te quedes quieto —ordenó Angel, presionando una de sus manos sobre el hombro sano del Overlord—. La magia curativa que te inyectaron tiene que asimilarse. Estás lleno de quemaduras celestiales, grandísimo idiota. Casi te fríen el alma.
Alastor ignoró el regaño. Sus orejas de ciervo estaban aplastadas contra su cabeza en una muestra de pura angustia, y sus pupilas giraban erráticamente, buscando en la penumbra del cuarto.
—Angel. ¿Dónde está Charlie? —exigió, y por una vez en su existencia, hubo una súplica cruda y desesperada.
Angel Dust apartó la mirada. El actor arácnido tragó saliva, sus ojos clavándose en una mancha imaginaria en la alfombra, y guardó silencio. Fue apenas un segundo, tal vez dos, pero para Alastor, esa pausa fue suficiente para que su corazón se detuviera por completo. El silencio de Angel era una confirmación de su peor pesadilla.
—Respira, jefe —dijo Angel finalmente, notando cómo la poca estática que rodeaba a Alastor comenzaba a morir—. Fue a la cocina a buscar algo decente para comer. Han pasado cuatro días, Alastor. Ella no se movió de esta silla junto a tu cama en todo ese tiempo. Sus malditas alas...
El alivio que inundó el cuerpo del Demonio de la Radio fue tan abrumador que lo debilitó aún más. Sus músculos colapsaron contra el colchón. Cerró los ojos con fuerza, exhalando un suspiro tembloroso que no hizo ningún esfuerzo por ocultar. Estaba viva. Ella estaba viva.
Antes de que pudiera formular otra pregunta, el sonido de voces contenidas se filtró a través de la pesada puerta de roble de la habitación. Alastor aguzó el oído, sus orejas girando hacia el sonido.
Eran susurros, pero lo suficientemente tensos como para cruzar la madera.
—...no puedes seguir haciendo esto, Charlie. Te vas a matar —era la voz de Vaggie, aguda, temblorosa y cargada de una preocupación que rozaba la ira—. Mírate la espalda. Tienes que descansar. Deja que yo la cuide un rato o...
—Estoy bien, Vags, te lo prometo —la interrumpió Charlie. Su tono era suave, pero carecía de esa vibrante energía habitual; sonaba exhausta, frágil—. Solo son unos rasguños. Y ya no duelen casi nada.
—¡No mientas! —replicó Vaggie, su voz quebrándose con un sollozo ahogado—. Agarraste un arma celestial con las manos desnudas... Dios, Charlie, cuando te vi ahí tirada yo... yo pensé que te habíamos perdido.
Hubo un silencio húmedo. A través de la rendija de la puerta entreabierta, Alastor pudo ver la silueta de Charlie inclinándose para abrazar a la polilla demoníaca. Vio a la princesa sonreírle, una de esas sonrisas amables, compasivas, pero profundamente tristes y cargadas de dolor disimulado.
—Todavía me vas a tener que soportar mucho tiempo, ¿sí? Ve a dormir. Yo me encargo ahora —murmuró Charlie, dándole un beso en la frente a su amiga antes de girar el pomo de la puerta.
Cuando Charlie entró a la habitación, Alastor sintió que el aire abandonaba sus pulmones por segunda vez en el día.
No llevaba su habitual traje de gerente. Vestía una camisa blanca holgada de botones que claramente le pertenecía a Alastor, dejada a medio abrochar por necesidad. A través de la abertura del cuello y el pecho, se asomaban capas y capas de vendajes gruesos, teñidos de un leve color amarillento por los ungüentos mágicos que intentaban sanar el inmenso agujero que Sera le había hecho en el torso. Peor aún, sus manos... estaban envueltas en vendas pesadas y abultadas desde las muñecas hasta la punta de los dedos.
Estaba pálida, caminaba con una ligera cojera y carecía del volumen de su cabello rubio, ahora atado en una trenza floja y desordenada. Era la imagen misma del sacrificio.
Angel Dust se aclaró la garganta, sintiendo cómo el ambiente en la habitación pasaba del alivio a una tensión tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. El arácnido se puso de pie, sacudiéndose el polvo inexistente de su traje.
—Bueno, yo ya cumplí mi turno como enfermera sexy y devota —dijo Angel, forzando una de sus típicas sonrisas ladeadas, aunque sus ojos mostraban respeto—. Los dejo solos. No hagan nada que rompa más costillas, o tendré que limpiar el desastre.
Sin esperar respuesta, Angel pasó junto a Charlie, le dio un suave apretón en el hombro libre de vendas y cerró la puerta tras de sí con un clic definitivo.
El silencio en la habitación se volvió ensordecedor. Solo se escuchaba el débil y constante zumbido de la estática rota de Alastor.
Charlie se quedó de pie junto a la puerta por un momento, sus ojos rojos encontrándose con los de él. Suspiró, y una pequeña sonrisa cansada pero genuina afloró en sus labios. Con pasos lentos y cuidadosos, caminó hacia la cama. Se sentó en el borde, a una distancia prudente, apoyando sus manos vendadas sobre su regazo con mucha delicadeza.
El Demonio de la Radio no podía apartar la vista de esas manos. Las mismas manos que lo habían acariciado para calmar sus pesadillas, ahora destrozadas por protegerlo a él y a su miserable hotel. Un nudo de culpa tan denso y oscuro como el brea se instaló en su garganta.
—Bueno... —comenzó Charlie, su voz un murmullo suave en la penumbra del cuarto. Intentó encogerse de hombros, pero hizo una pequeña mueca de dolor al mover el torso—. Pudimos salir de esta también, ¿eh?
Fue el intento ligero de bromear lo que encendió la chispa.
La culpa en el pecho de Alastor mutó instantáneamente. El odio hacia sí mismo, la humillación de haber sido aplastado como un insecto, de haber sido inútil mientras la mujer que amaba era masacrada frente a sus ojos, se transformó en la única emoción que él sabía manejar como escudo: una furia amarga y gélida.
La poca estática que zumbaba a su alrededor se volvió un chirrido agresivo. Sus orejas se pegaron violentamente contra su cráneo. Sus labios se apretaron en una línea fina, y giró el rostro de manera brusca hacia la pared, apartando la mirada de ella.
—No lo hagas —siseó Alastor, su voz rasposa destilando un veneno que no iba dirigido a ella, sino a la situación y a su propio reflejo—. No te atrevas a trivializar esto, Charlotte. No me ofrezcas condescendencia.
Charlie miró el perfil tenso de Alastor, la forma en que sus garras se hundían en las sábanas, y dejó escapar un largo y tembloroso suspiro.
—No estoy trivializando nada, Al. —Charlie movió una mano, deteniéndose a mitad de camino al sentir el tirón de las vendas—. Pero estamos aquí. Respirando. Y Sera... Sera se fue. Se acabó.
El chirrido estático en la habitación subió un decibelio. Alastor no se movió.
—¿Se acabó? —escupió él, con la mirada fija en el papel tapiz como si quisiera prenderle fuego con los ojos—. Te abrieron el pecho, Charlie. Estuviste a milímetros de morir en mi cara.
—¡Y lo habría hecho con gusto! —La voz de Charlie se elevó, quebrando su compostura. La frustración también comenzaba a hacer mella en ella. Se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando en rojo y amarillo—. Siempre son ustedes. Siempre eres tú, o Vaggie, o mi papá, defendiendo este lugar. Protegiéndome. Siempre he sido la princesa ilusa detrás del mostrador mientras ustedes hacen el trabajo sucio. —Apretó los dientes, bajando el tono a un murmullo feroz—. Por una vez, Alastor... por una vez fui yo quien los salvó. Fui yo quien detuvo el golpe. Yo los protegí a ustedes.
La declaración flotó en el aire, pesada y cargada de verdad.
La radio de Alastor emitió un crujido espeluznante, un sonido similar al de un hueso rompiéndose, antes de apagarse por completo. Se giró hacia ella con una violencia que lo hizo jadear de dolor.
—¡NO TE PEDÍ QUE LO HICIERAS!
El grito retumbó en las paredes de la habitación. Era puro y desgarrador pánico reprimido, estallando en forma de ira. Su rostro estaba desfigurado por la rabia, las orejas pegadas hacia atrás, los ojos escarlata muy abiertos y la sonrisa completamente rota.
—¡No te pedí que jugaras al mártir! —Alastor se incorporó, ignorando el fuego en sus costillas, acercando su rostro demacrado al de ella—. ¡Mi existencia, mi reputación, todo mi poder en este pozo se basan en el control! ¡En ser el que mueve los hilos, el que infunde terror, el intocable! ¡Y allí estaba! ¡Tirado en el polvo, aplastado como un gusano patético!
Su pecho subía y bajaba erráticamente.
—¡Estaba asustado, maldita sea!
Charlie se quedó helada. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El Demonio de la Radio, la entidad que sonreía frente al genocidio y trataba a los Overlords como juguetes, acababa de confesar pánico.
Alastor se quedó allí, sosteniéndole la mirada, respirando con dificultad. El brillo asesino en sus ojos comenzó a empañarse, reemplazado por una neblina densa de vulnerabilidad cruda e innegable. Las pupilas de radio temblaron, y su rostro, mostraba una desesperación humana.
—Estaba asustado... —repitió, su voz cayendo en picada hasta convertirse en un susurro roto y ahogado—. Estaba asustado de perderte. Y no pude hacer absolutamente nada para impedirlo.
Se dejó caer hacia atrás contra las almohadas, como si confesar aquellas palabras lo hubiera vaciado de toda su energía vital. Volteó la cara hacia el techo, cerrando los ojos con fuerza. Las sombras bajo sus párpados no lograban ocultar el brillo de las lágrimas contenidas que amenazaban con salir.
—Una vez más —murmuró al techo, con una sonrisa amarga y rota asomando en sus labios—. En mis últimos minutos de lucidez antes de que la magia celestial me noqueara, te vi interponerte. Vi tu sangre. Y sentí el mismo terror inútil de hace casi cien años, sabiendo que estaba perdiendo lo único que me importaba en el mundo, y mis manos atadas no podían salvarla.
Charlie procesó las palabras, el dolor en la voz de Alastor calando hondo en su pecho. Olvidó las vendas. Se acercó más, extendiendo una mano cautelosa hacia el rostro del demonio.
Con dedos vendados y torpes, rozó la mejilla pálida de Alastor, limpiando la pequeña gota de humedad que había escapado de su ojo cerrado.
—Estoy aquí, Al —susurró Charlie, su voz suave, un ancla en medio de su tormenta emocional—. No me perdiste.
Alastor abrió los ojos lentamente, encontrando la mirada cálida de la princesa. Por un largo momento, el único sonido en la habitación fue la respiración acompasada de ambos. El Demonio de la Radio levantó una mano temblorosa, cubriendo la mano vendada de Charlie que descansaba en su mejilla, y asintió levemente, rindiéndose ante el consuelo que ella le ofrecía.
La respiración de Alastor se estabilizó poco a poco, y la tensión férrea que mantenía su cuerpo rígido contra las almohadas comenzó a ceder. La estática en el aire regresó, pero esta vez era un murmullo bajo, casi como un viejo disco de vinilo girando sin aguja.
—¿Sera dijo algo más? —preguntó él de pronto, con la voz ronca, acariciando distraidamente el dorso vendado de la mano de Charlie—. Antes de intentar... bueno, antes de todo el espectáculo.
Charlie suspiró y bajó la mirada hacia las sábanas. La adrenalina de la pelea se había esfumado, dejando solo el agotamiento físico y el peso aplastante de la realidad política en la que estaban inmersos.
—Dijo que Emily está haciendo preguntas —murmuró Charlie. La sola mención del pequeño ángel le provocó un pinchazo de culpa—. Que el cielo está dividido. Los tronos están cuestionando las leyes, cuestionándolo todo. Por eso vino sola, Al. Fue un ataque clandestino.
Alastor frunció el ceño. Sus orejas, que habían estado ligeramente caídas, se enderezaron con atención depredadora.
—Interesante —susurró, y un leve asomo de su sonrisa habitual volvió a sus labios—. Si el Cielo está dividido, entonces Sera ha perdido el control. El Exterminio fue cancelado porque la fachada de superioridad moral se cayó. Y ahora esto... un ataque desesperado, no sancionado, en el corazón del Infierno.
—No sé qué significa todo esto para nosotros —confesó Charlie, frotándose la frente con el dorso de la mano—. Si se enteran de lo que pasó, si se enteran de que sobreviví y... y la lastimé... podrían declarar la guerra abierta.
—O podrían destituirla —la interrumpió Alastor, con un tono calculador. El estratega en él estaba comenzando a despertar de nuevo, superponiéndose a su dolor físico—. Sera acaba de cometer traición a sus propias leyes para silenciarte. Si los demás Serafines se enteran, será su fin. Tenemos un elemento de negociación, Charlotte. O al menos, un tiempo precioso antes de que decidan cuál será su próximo movimiento.
Charlie asintió lentamente. La idea no la reconfortaba demasiado, pero le daba algo a lo que aferrarse. Una pequeña ventaja en un juego que ella nunca había querido jugar.
—Pero por ahora, princesa... —Alastor bajó la mirada hacia las gruesas vendas que cubrían las manos de Charlie. Sus dedos se cerraron con delicadeza alrededor de las muñecas vendadas—. Déjame ver el daño real.
Charlie se tensó y tiró instintivamente de las manos, pero el agarre de Alastor, aunque débil, era firme.
—No... no es un espectáculo bonito, Al —dijo ella, su voz tiñéndose de un nerviosismo repentino. Evitó mirarlo a los ojos—. En serio, mejor las dejamos así hasta que...
—Charlotte —la detuvo él, con un tono suave pero que no admitía réplicas.
Con movimientos precisos y cuidadosos, Alastor comenzó a desenrollar las vendas blancas. La capa exterior estaba manchada de sangre seca, y a medida que retiraba las capas inferiores, el olor a ungüentos y carne sanando invadió el espacio.
La tela cayó sobre las sábanas.
Alastor contuvo la respiración con un jadeo sordo.
Las palmas de Charlie ya no existían como antes. La piel pálida había sido reemplazada por un tejido cicatricial oscuro, grueso y nudoso que se extendía desde la base de los dedos hasta la mitad de los antebrazos. Eran surcos profundos, marcas de quemaduras de tercer grado que parecían relámpagos negros y purpúreos grabados a fuego en su carne.
Charlie encogió los hombros, sintiéndose de repente muy expuesta. Cerró las manos en puños, intentando ocultar las cicatrices, y miró hacia otro lado.
—Van a quedarse así —murmuró, su voz temblando con una mezcla de resignación y frustración—. La magia de Sera anula la sanación infernal. La medicina de papá hizo lo que pudo, pero... el tejido está muerto.
Dejó caer los hombros, la imagen de sí misma desmoronándose ante la cruda realidad física de la batalla.
—Se ven horribles.
Alastor no dijo nada de inmediato. Mantuvo la vista fija en las marcas, sus ojos recorriendo cada línea de piel quemada y carne reconstituida. Lentamente, movió sus propias manos, pasando los pulgares sobre las cicatrices de las palmas de la princesa. Su tacto era increíblemente suave, trazando las líneas con una reverencia que rozaba lo sagrado.
—Horribles... —repitió Alastor, soltando una risita corta, baja y cargada de una extraña ternura—. Qué palabra tan pequeña, tan insignificante para describir esto.
Levantó la vista, encontrando los ojos de Charlie. La sonrisa en el rostro de Alastor ya no era forzada, ni irónica, ni aterradora. Era una sonrisa pequeña, genuina y llena de un profundo respeto.
—Estas... —Alastor presionó un beso suave sobre el dorso cicatrizado de una de las manos de ella, antes de mirarla a los ojos—. Estas, mi querida Charlotte, son marcas de valentía pura e inalterable. Son el recordatorio grabado en tu piel de que la heredera del Infierno sostuvo el filo del Cielo con las manos desnudas y no se doblegó.
El nudo en la garganta de Charlie se aflojó. El calor de los labios de Alastor contra su piel quemada se sintió como el único bálsamo real que había recibido en cuatro días.
—Para cualquier demonio ahí abajo, estas cicatrices infundirán más respeto que toda la magia que llevas en la sangre —continuó Alastor, entrelazando sus dedos con los de ella, ignorando la textura áspera y nudosa—. Y para mí... son absolutamente hermosas. Porque me recuerdan que sigo aquí, contemplando la sonrisa más terca de todo el Pentagrama.
La sonrisa de Charlie floreció con una timidez que desentonaba con su título de princesa infernal. El rubor le devolvió un poco de color a sus mejillas pálidas, y por un efímero instante, la habitación se sintió como antes del ataque: un refugio seguro, envuelto en el aroma a manzanas y té de manzanilla.
Pero la paz fue fugaz.
A medida que el pulgar de Alastor continuaba acariciando las cicatrices oscuras, la realidad de lo cerca que habían estado del abismo se asentó en los hombros de Charlie. El peso de los últimos cuatro días de vigilia ininterrumpida, el terror paralizante de verlo caer bajo el fuego sagrado, la sangre, el humo... todo colisionó de golpe contra su pecho.
La sonrisa comenzó a temblar. El brillo de sus ojos se cristalizó rápidamente, ahogado por una capa gruesa de lágrimas que no pudo contener. Sus labios se apretaron, intentando reprimir el sollozo que ya le desgarraba la garganta, pero fue un esfuerzo inútil.
Una lágrima pesada y caliente resbaló por su mejilla, estrellándose contra la sábana blanca. Luego otra, y otra más, en una cascada silenciosa e imparable. Charlie bajó la cabeza, dejando que sus cabellos rubios cayeran hacia adelante, ocultando su rostro mientras sus hombros comenzaban a sacudirse con espasmos ahogados.
El agarre sobre las manos de Alastor se volvió desesperado. Apretó los dedos del Overlord contra su pecho vendado, justo sobre su corazón acelerado, como si necesitara anclarlo a la realidad física para convencerse de que no era un espejismo.
—Yo también... —su voz se quebró por completo, ahogada en llanto—. Yo también tuve miedo, Al. Tuve tanto miedo...
Tomó una bocanada de aire temblorosa, la tristeza profunda destrozando cualquier fachada de princesa estoica que hubiera intentado mantener frente a Vaggie o Angel.
—Cuando te vi caer y no te movías... pensé que te había perdido —sollozó Charlie, cerrando los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas mojaran el dorso de las manos del demonio—. Pensé que me quedaba sola...
Alastor sintió cómo la humedad empapaba su mano. El llanto siempre había sido una reacción humana que le resultaba repulsiva, un síntoma de debilidad que solía explotar a su favor. Pero el llanto de Charlie era diferente. Cada sollozo que escapaba de los labios de ella era una aguja clavándose en lo que quedaba de su alma.
Ignorando el punzante ardor de sus propias costillas, Alastor liberó una de sus manos del agarre desesperado de la chica. Con una lentitud extrema, levantó el brazo y enredó sus largos dedos en la base del cabello de Charlie. Tiró suavemente, obligándola a levantar el rostro empapado en lágrimas.
Las pupilas de radio de Alastor brillaron con una luz tenue, desprovista de malicia. Con el pulgar libre, limpió con torpeza una lágrima rebelde que resbalaba por la mandíbula de la princesa.
Un suspiro bajo y vibrante, cargado de una afectuosa resignación, escapó de los labios del Demonio de la Radio.
—Mi pequeña llorona sin remedio... —murmuró Alastor.
El apodo no cargaba burla, sino una devoción secreta y profunda. Atrajo el rostro de Charlie hacia adelante con la poca fuerza que le quedaba, apoyando la frente de ella contra la suya.
—Aquí estoy, Charlotte —susurró contra su piel, cerrando los ojos para compartir el mismo espacio oscuro que ella—. No vas a deshacerte de mí tan fácilmente. Tendrás que soportar mi estática por toda la eternidad.
Charlie dejó escapar una risa rota, un sonido a medio camino entre el sollozo y el alivio que le provocó una leve punzada en el torso. Con extremo cuidado de no presionar las costillas magulladas de Alastor, deslizó su rostro hasta esconderlo en el hueco del cuello del demonio.
El Overlord no se quejó de las lágrimas que ahora empapaban su camisa, ni del peso extra sobre su cuerpo malherido. En su lugar, movió su brazo sano con una lentitud calculada y envolvió la espalda vendada de la princesa, anclándola a él en un abrazo firme, posesivo y silencioso.
—Además —añadió Alastor, su voz adquiriendo de pronto un tono conversacional, casi aburrido, como si estuvieran criticando un programa de radio en lugar de sobrevivir a un ataque divino—, sería una verdadera tragedia permitir que el Infierno caiga exclusivamente en manos de tu padre. Alguien debe asegurarse de que la decoración de este hotel no termine siendo acaparada por patitos de hule.
Charlie sonrió contra la tela, el sonido del corazón de Alastor latiendo bajo su oreja convirtiéndose en la melodía más hermosa que había escuchado en su vida.
—Esa camisa ya no sirve —murmuró ella, sintiendo la tela áspera por la sangre seca y las lágrimas.
—Es una pérdida lamentable, ciertamente —coincidió él, apoyando la barbilla sobre la cabeza rubia de la chica, dejando que sus orejas de ciervo se relajaran por completo—. Considera que el costo de la tintorería y el reemplazo de mi abrigo serán descontados de tu próximo salario imaginario, querida.
Era su forma de quererse. Su devoción residía en el zumbido suave de la estática, en el peso de sus cicatrices compartidas y en el humor negro que usaban como escudo. Era la promesa tácita de ser monstruos juntos contra un universo que exigía su destrucción.
Charlie levantó el rostro lentamente. Sus ojos, aún enrojecidos pero ya sin lágrimas, buscaron los de él.
Alastor la miró con esa quietud inusual que solo le reservaba a ella. Sin decir una sola palabra, él acortó el escaso espacio que los separaba.
El beso fue exhausto, lento y profundamente terrenal. Sabía a sal, a cobre, a ceniza y a fatiga. Pero por encima de todo, sabía a victoria. A supervivencia. Charlie correspondió al instante, cerrando los ojos y moviendo sus labios contra los de él con una suavidad reverencial, dejándose sostener por la única certeza que le importaba en ese momento. Alastor suspiró contra su boca, su pulgar acariciando la nuca de la princesa, memorizando la textura de su respiración para convencer a sus propios demonios internos de que la pesadilla había terminado.
Cuando se separaron, fue apenas por un par de milímetros. Las frentes unidas, compartiendo el mismo aire cálido de la habitación.
—Tienes que descansar, Charlotte —susurró Alastor, la estática acunando su voz en una canción de cuna distorsionada. El agotamiento mágico finalmente estaba volviendo a reclamar su consciencia.
—Solo si te quedas callado un rato y duermes tú también —replicó ella en un susurro, acomodándose de nuevo contra él, esta vez cerrando los ojos y dejando que sus músculos destrozados perdieran la tensión de los últimos días.
Alastor esbozó una última sonrisa, pequeña, genuina y cansada en la penumbra.
—No iré a ninguna parte.
Al otro lado de la pesada puerta de roble, el pasillo estaba sumido en una penumbra silenciosa.
Vaggie apartó lentamente la oreja de la madera tallada. La tensión que había mantenido su cuerpo rígido como la cuerda de un arco durante noventa y seis horas pareció evaporarse de golpe al no escuchar más murmullos ni llantos, solo el levísimo y acompasado zumbido de la estática de Alastor.
La polilla demoníaca dejó caer los hombros, apoyó la nuca contra el tapiz de la pared y exhaló un suspiro tan largo y profundo que pareció vaciarle los pulmones. Cerró su único ojo.
—Por fin... —murmuró Vaggie, frotándose el puente de la nariz—. Por fin está descansando. Creí que tendría que sedarla yo misma.
A unos pasos de ella, apoyado elegantemente sobre su bastón de manzana, Lucifer Morningstar asintió. Su habitual sonrisa exagerada no estaba por ninguna parte; en su lugar, había una expresión de agotamiento paternal y una frialdad letal que rara vez dejaba asomar. Su impecable traje blanco no tenía ni una mota de polvo, un contraste agudo con el desastre que había sido el hotel.
—Mi niña es testaruda. Salió a su padre —dijo Lucifer, ajustándose el sombrero de copa con un chasquido de sus dedos enguantados—. El techo del vestíbulo y el ala este ya están reconstruidos. Le añadí un par de escudos mágicos y unas gárgolas que escupen fuego infernal, ya sabes, para darle un toque más... acogedor.
El Rey del Infierno bajó la mirada hacia la puerta cerrada. Sus ojos se oscurecieron, el rojo de sus pupilas brillando con un fuego antiguo y destructivo. La sombra a sus pies se retorció, adquiriendo por un microsegundo una forma monstruosa y de múltiples alas.
—En cuanto a Sera... —el nombre sonó como veneno en la boca de Lucifer. Apretó el puño sobre la manzana de su bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Voy a tener una pequeña charla con los Altos Tribunales. Nadie baja a mi reino a intentar asesinar a mi manzanita y finge que no pasó nada. Se van a ahogar en su propia hipocresía. Yo me encargaré de ella.
Angel Dust, que estaba apoyado contra la pared opuesta con los brazos superiores cruzados y los inferiores jugando distraídamente con un cigarrillo sin encender, soltó un silbido bajo.
—Bien, papá manzanita al rescate. Enséñales cómo se hace —comentó el actor, despegándose de la pared y estirando sus cuatro brazos hasta que sus articulaciones crujieron ruidosamente—. Aunque te sugiero que limpies la sangre de las alfombras celestiales cuando termines, a Charlie no le gusta el desorden.
Vaggie le dirigió una mirada de advertencia, pero no tenía la energía para regañarlo.
—Yo ya cumplí mi cuota de enfermera designada por esta década —continuó Angel, desperezándose con un bostezo dramático—. Mis piernas me están matando de tanto ir y venir con vendas, y juro que si huelo otra vez esa pomada curativa, voy a vomitar.
Se giró sobre sus tacones, enfilando por el pasillo hacia las escaleras que llevaban a la planta baja.
—Voy a buscar a Husk —anunció, agitando una mano en el aire a modo de despedida—. Ese gato gruñón y yo hemos estado cuidando a este par de idiotas suicidas sin pegar un ojo. Me debe al menos tres de las botellas más caras y fuertes que tenga escondidas en esa barra nueva que le construiste, su majestad.
Lucifer parpadeó, sacudiéndose el aura asesina por un momento para mirar al arácnido alejarse, y luego se giró hacia Vaggie con una pequeña sonrisa comprensiva.
—Ve a dormir, Vaggie. Yo haré la primera guardia en el pasillo —ofreció el ángel caído, materializando una silla de terciopelo rojo de la nada y sentándose frente a la puerta de su hija, cruzando las piernas—. Nadie más entrará a este pasillo esta noche.
Vaggie lo miró, y por primera vez en semanas, le dedicó a Lucifer una sonrisa de pura gratitud. Asintió débilmente, arrastrando los pies hacia su propia habitación, dejando al Rey del Infierno custodiando el sueño de la princesa y el demonio que, contra todos los pronósticos, habían logrado sobrevivir a su final.
