Work Text:
Las luces del circo iluminaban el atardecer dorado de la Arena, como bombillas explotando contra el brillo solar, el tramo de luces era seductor, envuelto en el fragante aroma a azúcar de los puestos de comida, las manzanas danzaban sobre cabezas y en las manos de los jóvenes, empalagando sus labios con el beso del caramelo cálido y pegajoso. Sondando las carpas, los ojos drogados en asombro viajaban entre las atracciones con excitación, el mórbido espectáculo de sus teatros ofrecía a los ninjas más adultos un entretenimiento sádico y desinteresado por el bienestar de sus actores, de los gritos del ángel, y los cuchillos sin rasgar la piel del ayudante bajo las luces tenues, y la agitación shinobi por la mortandad que reside en el dolor ajeno. Un disfrute señorial ante los deliciosos actos que el circo ambulante ofrecía al público que conocía el olor a la sangre.
La Arena recibía a sus turistas, aumentaba sus precios, y dejaba que el circo, como las fauces inmensas de una boa, consumiera a los interesados y curiosos que no sean de su pueblo, encandilados por los trajes exóticos y los miles aromas, sus payasos en sus roles de servidumbre, ofrecían su horror al deleite de las naciones bañadas por ellas. La tristeza de sus cuentos embelesaba a los veteranos, y el frio beso del recuerdo les besaba las nucas transpiradas de alcohol.
Gaara observaba desde el ventanal de su oficina, dónde las puntas de las carpas como flechas, disparaban banderines al cielo, en el acto circense de su presencia. La sonrisa suave en su rostro atiborrado por el cansancio crónico se llenaba de deleite con la felicidad de la Aldea, con el entusiasmo en el alma que venía de la guerra, como una calidez inquietante llenaba el corazón de curiosidad y su propio cuerpo de un escalofrío adorador. Con el escalofrío húmedo besándole la nuca tibia por la botella de sake caliente en su despacho, giró en la cuerina de la silla chillando amortiguada por su peso, un denso sonido como dos globos siendo refregados entre sí con poca sensibilidad y un tacto bruto. Dejado bajo la luz cálida de la lámpara de mesa, brillaba enrojecido el ticket rojo que el Pierrot del circo le había entregado, desnudando el amor repentino en sus acciones, cuando Gaara encantado por los brillos de su carpa, le sonrió en confidencialidad, admirándole.
El recuerdo era de una ternura invaluable para Gaara, y veía, como escondido en sus pasos el Pierrot aprendía de su vida, seguido por el amor súbito de sus ojos enamorados. Gaara devolvía ese urgente interés en las horas de trabajo del Pierrot, escuchándolo narrar horrores y entregando folletos, entregando sonrisas que el alma devoraba con hambruna en el pecho de la Arena. Jugaban un juego íntimo a la distancia, de miradas espías, sonrisas refrescantes que envalentonaban el corazón del Pierrot enloquecido, siguiendo, deseando, hundir su rostro en el pecho rojizo de Gaara, en el aroma suave del fugaz rojizo de su cabello. En un carrusel imaginario jugaban a las escondidas, y el hambre y la pasión se torcían en un deseo descarado de rozar las pieles.
Gaara supo de Kankuro y Temari las maravillas macabras del acto del Pierrot, sembrando la fascinación mórbida de Kankuro que enternecía a Gaara, y el epítome moral falsa de Temari, que desde dentro de su piel como atravesando una goma, buscaba deleitarse en su sadismo oculto. Ninguno preguntaba por el destellante ticket rojo bajo la luz cálida en el escritorio de Gaara.
“—Milord me hará feliz si viene a ver mi espectáculo”.
Y el Pierrot le sonrió, como un niño, con amor.
Gaara dejaba pasar el día, dejaba que la noche sobrevenga y sentía, como pasajera, la presencia ajena que inundaba su estudio asfixiándolo. Envuelto en papeles, escuchaba con detenimiento el roce de la seda de las hombreras abultadas en las paredes y los cascabeles tintineando con imprudencia alrededor, colándose por las ventanas las sombras y ojos, invadiendo el estudio la imagen que irrumpía desde una esquina, enmudecido, enamorado. Gaara se dejaba bañar por el beso fantasmal de la obsesión que lo buscaba desesperado, deshacía en él un pensamiento apabullante del goce, de la excitación y el placer de ser un objeto de deseo, de la mutualidad de sus formas de descubrirse. Le cosquilleaba el estómago la imagen del Pierrot, lo macabro de su interioridad excitante, sexual. Le arremetía el temor de verlo, de que su imagen desatase en Gaara el fugaz amor que se impregna en la piel para toda una vida.
Esa noche, con sake en su cuerpo, en la piel con hervor, fue a ver el espectáculo del Pierrot, llamándolo desde las sombras de la carpa hambrienta. Las luces destellaron en su vaguedad y el brillo de los cuchillos arrancaron de Gaara una sonrisa enternecida de verlo, danzando con su sombra, como un jutsu visual, encantando al público en un horror placentero.
La brisa le barrio a Gaara las mejillas a la salida de la carpa. Un cuchilleo en su cabeza se esfumó cuándo el Pierrot decidió acercarse.
—Milord —susurró—, me alegra que haya venido a verme.
—Un espectáculo peculiar —su sonrisa enternecida—. Me agradó.
—Ah, nada me hace más feliz que saber eso.
La sonrisa brillante del Pierrot entró en Gaara con un escalofrío cálido.
—No estoy familiarizado con los entornos del circo.
—¿Milord desea que le enseñe el resto del circo?
—Agradecería tu experiencia —se mordió la lengua, y el “Pierrot” no abandono sus labios con atrevimiento.
Gaara miraba maravillado cómo el Pierrot le sonreía, su máscara cómo piel sonrosándose. Gaara cedió al calor de Pierrot, y con sencillez reposó la frente en el hombro por sobre él. El corazón de Pierrot al oído agudo de Gaara delataba el mismo cosquilleo adolescente que él sentía en el estómago ahora.
