Chapter Text
Nicolás odiaba ser el chico nuevo.
Lo había odiado en la escuela.
Lo había odiado cuando llegó al barrio.
Y estaba bastante seguro de que también iba a odiarlo en el club.
—No pongas esa cara —dijo su mamá mientras estacionaba frente al predio—. Hacé amigos.
—Es fácil decirlo.
—Tenés once años, Nico. Los chicos en este país se hacen amigos jugando a la pelota.
Él resopló.
—Eso en España también decían.
Su mamá soltó una risa.
—¿Y funcionó?
Nicolás no respondió.
Agarró el bolso, cerró la puerta del auto y caminó hacia la cancha con esa mezcla de nervios y orgullo que nunca iba a admitir en voz alta.
Su padre ya estaba hablando con el entrenador.
Él aprovechó para quedarse un poco más atrás.
Observó el entrenamiento.
Todos parecían conocerse.
Se gritaban apodos.
Se empujaban.
Se reían.
Él era el único que estaba parado sin saber dónde ponerse.
—Che.
Nicolás giró la cabeza.
Un chico colorado, bajito, lleno de barro hasta las rodillas, lo miraba con curiosidad.
—¿Vos sos el español?
No era la primera vez que escuchaba esa pregunta.
Tampoco sería la última.
—Sí.
—¿Es verdad que allá dicen vale todo el tiempo?
Nicolás arqueó una ceja.
—Vale.
El otro largó una carcajada tan fuerte que dos chicos más se dieron vuelta para verlo.
—¡Es verdad!
Nicolás no pudo evitar sonreír.
—¿Y vos quién sos?
—Valentín.
Le extendió la mano sin dejar de sonreír.
—Pero todos me dicen Colo.
Nicolás la estrechó.
—Nico.
—Bueno, Nico… una pregunta importante.
—¿Cuál?
—¿Jugás bien o tus viejos te anotaron porque sí?
Nicolás sintió que una sonrisa le tiraba de la comisura.
—Juego bien.
—¿Mucho?
—Bastante.
—Perfecto.
Valentín le pasó un brazo por los hombros con una naturalidad que habría resultado extraña en cualquier otra persona.
En él parecía lo más normal del mundo.
—Entonces jugás conmigo.
—¿Y si no quiero?
—No importa.
—¿Cómo que no importa?
—Porque ya decidí yo.
Nicolás soltó una risa.
La primera desde que había bajado del avión tres meses atrás.
⚽️
El entrenador los hizo jugar para equipos distintos.
Duraron exactamente quince minutos.
—¡Profe! —protestó Valentín después del segundo gol de Nicolás—. ¡Así no vale!
—¿Qué pasa ahora?
—¡El español tiene que jugar conmigo!
—¿Y por qué?
—Porque sí.
—No es un argumento.
—Pero tengo razón.
El entrenador negó con la cabeza entre risas.
Cinco minutos después cambió los equipos.
Nicolás y Valentín empezaron a jugar juntos.
Y algo hizo clic.
No necesitaban hablar.
Valentín picaba al espacio justo cuando Nicolás levantaba la cabeza.
Nicolás aparecía donde Valentín imaginaba que iba a estar.
Como si llevaran años compartiendo la misma cancha.
Al terminar el entrenamiento, el técnico silbó.
—Muy bien. A ducharse.
Los chicos salieron corriendo.
Valentín, en cambio, se quedó esperando a Nicolás.
—¿Mañana venís?
—Supongo.
—Bien.
—¿Por?
—Porque si no venís, me voy a aburrir.
Nicolás lo miró unos segundos.
No estaban acostumbrados a decirle esas cosas.
Al menos no tan rápido.
—Bueno…
—¿Bueno qué?
—Mañana vengo.
Valentín sonrió, satisfecho.
—Listo.
Y salió corriendo hacia los vestuarios.
Nicolás lo vio alejarse mientras negaba con la cabeza.
Era raro.
Hacía menos de dos horas que lo conocía.
Y, sin embargo, por primera vez desde que había dejado España, el mundo no le parecía un lugar tan ajeno.
No podía saber que ese chico iba a convertirse en su mejor amigo.
Que crecerían convencidos de que nada sería capaz de separarlos.
Ni que, unos años después, el mismo destino que los había puesto en la misma cancha encontraría la forma de convertirlos en todo aquello que juraron no ser jamás.
