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Quilombero

Summary:

Julián no termina de decidir si le rompe las pelotas que Enzo sea tan quilombero, o si por el contrario, le calienta.

Chapter 1: Porteño

Chapter Text

Enzo detestaba viajar al interior del país y escuchar como los provincianos le decían "porteño".

A ver, que no se malentienda la situación. Enzo amaba viajar y conocer distintas partes de Argentina, mucho más si viajaba con amigos y podían escabiar tranquilos, ya que en viajes familiares no podía salir de joda todas las noches. Pero ahora estaban en un pueblito recóndito de Córdoba, y ahí era muy fácil darte cuenta quién es cordobés y quién no. Y por supuesto que los cordobeses te iban a descansar por no serlo. Parecía que descansar porteños era su deporte favorito.

Además, era prácticamente imposible que Enzo cerrara el orto, y la verdad era que no tenía todos los patitos en fila. A veces tiraba cualquiera y a los cordobeses del pueblo no les cabía una. Enzo los veía demasiado correctos, gente que hacía caso. Y él no hacía caso.

"Dale, gato, levantate que se va a calentar el señor. ¿No escuchaste que dijo que no quería que nos sentemos en la vereda?" le dijo su amigo, Licha, mientras lo pateaba levemente.

"Re malo ese viejo. ¿Qué le molestaba, no?" le respondió Enzo, pero se levantó de igual forma. 

Desde el invierno que estaban planeando estas vacaciones con sus tres mejores amigos: Licha, Lautaro y el pelotudo de Nicolás. Había una razón para el adjetivo delante del nombre de su amigo.

Los cuatro se habían dividido partes de la organización del viaje para que ninguno se queje de que hacía todo. El pelotudo de Nicolás había sido el encargado de alquilar el lugar donde ellos se iban a quedar durante su estadía en Córdoba, provincia elegida por las tremendas jodas que se armaban. Muchos jóvenes la elegían como destino vacacional y a ellos les copó la idea. El problema surgió cuando, antes de pagar la estadía, a Nicolás no se le ocurrió buscar la dirección de la casa. Así que terminaron en un pueblito a 115 kilómetros de Córdoba Capital. Y esa no era la peor parte.

Ellos habían reservado los boletos de micro para ir a Córdoba Capital, y de repente cuando llegaron se dieron cuenta que estaban a dos horas de Calchín, el lugar donde realmente iban a pasar las vacaciones. A ninguno de los cuatro amigos se le había ocurrido que Nicolás podía ser tan pelotudo.

 

"No servís para nada, Nico" le había dicho Lisandro a su amigo, "con la mejor te lo digo, eh."

 

Entonces, habían tenido que pagar un remís hasta Calchín que por suerte no les había salido tan caro, pero encima ninguno los quería levantar porque tenían valija y eran cuatro chabones. Finalmente, un viejito con una Kangoo blanca había accedido porque tenía espacio para guardar las cosas que traían.

Y ahora estaban en la casita que había alquilado Nicolás. Solos en medio de un pueblito donde si había cien habitantes era una casualidad, según Enzo. El señor que les había alquilado vivía al lado, un hombre muy correcto y que era dueño de muchas gallinas. Enzo se quería morir.

 

"¿Pudiste averiguar si hay algún alquiler de autos acá?" preguntó Enzo.

 

"No hay, amigo. Vamos a tener que ir en remis de nuevo." le respondió Licha, mientras se acomodaba el pelo.

 

⋆。𖦹 ˚ 𓇼 ˚。⋆

 

Después de esperar una hora hasta que un señor acepte llevarlos hasta Córdoba Capital ese viernes por la noche, los cuatro amigos llegaron al boliche, aunque aún era muy temprano para entrar. No pudieron hacer previa porque si el señor remisero los veía muy en pedo no iba a querer llevarlos, lógicamente.

Así que estaban a las nueve de la noche en el medio de una ciudad que ninguno conocía, no se podían poner en pedo por el momento y hacía tremendo calor. Enzo se quería pegar un corchazo.

 

"La puta madre, loco. Que embole." dijo el morocho, mientras miraba a su alrededor en busca de algo entretenido para hacer. Aunque estaba medio encaprichado y no quería hacer nada. ¿Que podían hacer? ¿Ir a tomar un helado? ¡Enzo quería joda!

"Vamos a la peatonal a comprar souvenires" dijo Nico, mientras les sonreía. Nadie le devolvió la sonrisa.

"Te voy a embocar, Nico" le dijo Lisandro, con cara seria.

"Bue, dejalo al pibe, loco. Son un velorio ustedes dos." contestó Lautaro, mientras miraba mal a Enzo y Licha. Y tenía razón, habían quedado medio calientes por el tema del alquiler y no querían lidiar con las boludeces que tiraba Nicolás. Era su amigo, si, pero no podía ser tan boludo.

Enzo era el menor de los cuatro, así que solían permitirle ser más caprichoso que a los demás. Enzo obviamente aprovechó. "¡Y, pero hay que ponernos en pedo, wacho! Para eso vinimos." dijo.

 

Comenzaron a caminar mientras discutían, se insultaban y se empujaban entre los cuatro. Ninguno estaba prestando mucha atención por donde estaban yendo. Estaban los cuatro tan absortos en su pelea medio infantil que no se dieron cuenta que un morocho alto les estaba hablando desde el otro de un alambrado, mientras les hacía señas. Estaba en una canchita de fútbol 5.

"¡Eh, porteño culiado!" escuchó Enzo, y obviamente se hizo cargo. Después se arrepintió, él no era ningún culiado. "¿'Tan pa' un partido? Nos faltan 4." les preguntó el cordobés. Era morocho y alto, con el pelo rapado a los costados y mucha cara de atorrante.

"Ni ropa botines tenemos, amigo." le contestó Licha, el único que pudo hilar un pensamiento.

"¡Les prestamos! Dale, culiado. El que pierde se paga la previa."

Enzo era una persona demasiado competitiva para su propio bien, para cualquier cosa que se proponía. Le gustaba ser el mejor y que los demás lo sepan. Entonces cuando escuchó que si ganaba le pagaban todo el escabio, no tuvo más remedio que aceptar indiscutiblemente.

"Dale, wacho" contestó Enzo. "Vayan preparándose para la patada en el orto" agregó.

El morocho alto, que más tarde se enterarían que se llamaba Cristian, alias Cuti, lanzó una carcajada y los invitó a acercarse. Les prestaron shorts y remeras de fútbol, y Enzo se maldijo al darse cuenta que ahora iba a tener que ir al baile todo transpirado, con olor a chivo y con las pelotitas negras que habían en las canchas de césped sintético metidas hasta en el orto.