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Era un día común y corriente en la región de Kalos. Nuestros héroes seguían su camino hacia el sexto gimnasio de Ash, ubicado en Ciudad Laverre. Tras caminar un buen tramo, el grupo decidió detenerse a descansar un rato.
—Me duelen las piernas... —dijo Clemont, recostándose adolorido sobre la hierba.
De pronto, un pequeño gruñido alertó a todos. El sonido venía de un avergonzado Ash, quien sonreía con nerviosismo ante sus tres compañeros.
—Supongo que ya tienes hambre —dedujo Serena, con una voz tierna y comprensiva hacia su amor secreto. Lamentablemente, Ash era tan despistado que ni cuenta se daba.
Ash se rio.
—No lo puedo negar. Me muero de hambre.
—Haré el almuerzo enseguida, muchachos —Clemont se levantó y, usando su mano Aipom, comenzó a sacar las herramientas necesarias para cocinar.
Cuando llegó la hora de comer, el grupo liberó a todos sus Pokémon para que los acompañaran. La mayoría empezó a pelearse por la comida, como era el caso de Chespin y Pancham. Sin embargo, Braixen era la única que no había probado bocado; se encontraba sin apetito y alejada de los demás.
Frogadier fue el único que notó su comportamiento. La conocía perfectamente y sabía que algo le pasaba, así que dejó de comer para acercarse a ella.
—¿Te ocurre algo, Braixen? Puedo entender que no tengas hambre, pero ¿por qué te alejas del resto? —le preguntó.
—No me pasa nada, Frogadier —respondió ella con voz desanimada, y soltó un pequeño suspiro—. Es solo que no me siento bien, nada más.
—¿Qué tienes? —insistió él, ahora preocupado.
—Es que estoy muy nerviosa. Se acerca la próxima Exhibición Pokémon de Serena y tengo miedo de volver a fallarle —Braixen empezó a llorar al recordar aquel incidente—. Temo que se deshaga de mí por creer que soy una inútil.
Sin decir nada, Frogadier la envolvió en sus brazos.
—Tú lo harás bien. Yo confío en ti —le dedicó una cálida sonrisa que logró detener el llanto de la Pokémon—. He visto cada uno de tus entrenamientos y estoy seguro de que no fallarás.
Braixen se sobresaltó un poco.
—Pero, ¿y si la defraudo? ¿Y si hago que ella vuelva a perder? ¿Y si después deja de quererme?
Frogadier sintió pena al verla llorar de nuevo, así que la acercó a su pecho para que pudiera desahogarse.
—Tú lo harás bien —volvió a alentarla—. Serena nunca haría eso, ella te quiere mucho. Además, todos confiamos en ti. Eso nunca debes olvidarlo, Braixen.
La Pokémon de fuego levantó la cabeza para mirar los ojos de Frogadier. Esa actitud tan protectora y confiable le provocó una pequeña sonrisa.
—Gracias por ayudarme, Frogadier. Eres un gran amigo —respondió ella, más tranquila, mientras se secaba las lágrimas.
—Ven, vamos a comer con los demás —Frogadier le extendió la mano, y ella la aceptó con gusto para regresar junto al grupo.
Esta historia continuará...
