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Las luces de neón del circuito de Las Vegas se reflejaban sobre la pista asfaltada a más de trescientos kilómetros por hora. El ruido de los motores resonaba, de la gente emocionada por la carrera, pero todas las pantallas gigantes enfocaban un solo monoplaza.
—¡Entramos en la última vuelta del Gran Premio de Las Vegas! —resonó la voz del narrador a través de la transmisión oficial, cargada de pura adrenalina—. Max Verstappen está a solo seis vueltas de hacer historia una vez más. Estuvo toda la noche controlando con una precisión su posición, necesita estar adelante de Lando Norris para proclamarse tetracampeón del mundo de Fórmula 1 una vez más.
En el garaje, la tensión era tan densa que casi se podía cortar con las manos. Entre ingenieros con la vista fija en las pantallas atentos y auriculares ajustados esperando indicaciones, la cámara de la transmisión oficial hizo un rápido recorrido por el box hasta enfocar una figura en la zona VIP posterior.
Franco estaba parado junto al monitor principal, envuelto en un buzo holgado de Red Bull, que le quedaba un poco grande. Tenía el cabello castaño y ondulado algo despeinado por los nervios, y sus ojos avellana no despegaban la mirada de la posición del coche con el número 1. De pronto, de forma casi inconsciente, Franco deslizó una mano por debajo del buzo, apoyándola suavemente sobre su abdomen. Era un gesto instintivo, un roce tibio sobre la leve y aún disimulada curvatura de su pancita.
—Y miren ahí... —comentó el segundo narrador con una sonrisa en la voz, al notar el plano en vivo—. Franco Colapinto en el garaje, viviendo cada vuelta con el corazón en la boca. Dos años ya de matrimonio apoyando a Max en cada carrera, y la emoción es absoluta en el equipo.
Franco ni escuchaba a los relatores; solo sentía el latido acelerado en su pecho y las pequeñas mariposas en el estómago. Llevaban dos años casados, construyendo un refugio tranquilo lejos del ruido de la prensa, pero esa noche todo se sentía diferente, más íntimo y especial.
—Dale, amor, una vuelta más... —murmuró Franco en un susurro que se perdió entre el murmullo de los mecánicos, manteniendo la palma de su mano firme contra su vientre.
El RB20 encaró la última curva previa a la recta principal. Los semáforos de meta parpadearon y la bandera a cuadros flameó en el aire nocturno.
—¡Y acá viene! ¡Max Verstappen cruza la línea de meta del Gran Premio de Las Vegas! ¡Cuatro veces campeón del mundo! —gritó el relator mientras los mecánicos saltaban sobre el muro de pits en una explosión de gritos y abrazos—. ¡Una actuación impecable de Max Verstappen!
Por la radio del equipo, la respiración agitada de Max precedió a su grito de desahogo:
—¡Sí! ¡Cruza la línea! Max Verstappen, eres tetracampeón del mundo. Absolutamente increíble. Qué año, qué campaña. Bien hecho, amigo. Disfrútalo.
—Max Verstappen, sos campeón mundial por cuarta vez. Es un logro fenomenal, fenomenal. Podés estar increíblemente orgulloso de vos mismo, de la misma manera que lo estamos nosotros.
—¡Oh, Dios mío, amigo! Qué temporada. Cuatro veces. Gracias, gracias chicos... Fue un poco más difícil que el año pasado, pero salimos adelante y lo dimos todo. Increíble.
El monoplaza frenó en el parque cerrado, levantando una nube de calor bajo los reflectores de la ciudad. Max se quitó el volante, se desabrochó los cinturones y saltó sobre el morro del auto con los brazos en alto, desatando la ovación de la tribuna.
Max se sacó el casco, dejando al descubierto su cabello rubio despeinado y sus ojos azules encendidos por la adrenalina. Se saco el balaclava y, mirando directamente a la cámara principal que lo seguía a pocos metros, hizo un gesto claro con ambas manos: dibujó una forma curva frente a su abdomen y sonrió con una ternura que rara vez mostraba en pista.
El comentarista se quedó en silencio un segundo antes de soltar una risa cómplice:
—Pará, pará... ¿y ese gesto de Verstappen? ¿Nos está dando una noticia en plena celebración del título?.
Max no esperó a responder preguntas. Se abrió paso entre los fotógrafos y la marea de gente, buscando una sola mirada entre la multitud del garaje.
El revuelo en el paddock era total. La cámara no dejaba de seguir a Max mientras se abría paso rápidamente entre mecánicos, fotógrafos e ingenieros.
—¡Qué momento histórico estamos viviendo en Las Vegas! —relató el comentarista con la voz todavía agitada—. A pesar de no haber quedado hoy en el podio tras esa agotadora carrera, la quinta posición le alcanzó limpiamente a Max Verstappen. Al cruzar la meta por delante de Lando Norris y mantener esa ventaja decisiva de puntos en el campeonato, ¡Max se asegura matemáticamente su cuarto título mundial!.
Después de tantas emociones, a Max, en ese momento solo le importaba llegar a cierta persona. Cruzó la marea de gente con la vista clavada en un solo punto: la puerta del garaje.
Franco seguía allí parado, con los brazos abrazando su abdomen levemente abultada y los ojos avellana empañados en lágrimas. La transmisión oficial captó el momento exacto en el que los ojos azules de Max cruzaron mirada con los de su esposo. Toda la tensión del campeonato, de la carrera y de la estrategia pareció evaporarse en un segundo.
Sin dudarlo, Max aceleró el paso, esquivó a dos asistentes y fue directo hacia Franco.
—¡Max! —alcanzó a exclamar Franco con un hilo de voz antes de ser envuelto por completo en los brazos del piloto.
Max lo envolvió en un abrazo firme, escondiendo la cara en el cuello de Franco mientras soltaba un suspiro largo, lleno de alivio y felicidad. Franco enredó los dedos en el cabello rubio y húmedo de Max, apoyando la frente contra la suya cuando finalmente lo miró a los ojos.
—Felicidades, tetracampeón —murmuró Franco con una sonrisa dulce, acariciándole la mejilla mientras le limpiaba una gota de sudor—. Lo hiciste, amor. Valió cada segundo de sufrimiento.
—Es emocionante ganar otra vez, ahora solo quiero estar con vos, mijn liefje —contestó Max con la voz suave, completamente ajeno a las cámaras que los rodeaban a pocos metros—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sentís?.
—Estoy bien, estamos bien —respondió Franco con dulzura, tomando la mano de Max y guiándola con delicadeza por debajo de su buzo hasta apoyarla sobre su abdomen.
Max bajó la mirada hacia su propia mano, sintiendo la tibieza a través de la tela. La dureza del piloto implacable de la Fórmula 1 desapareció por completo; en su lugar, sus ojos azules reflejaron un brillo de pura emoción. Con extremo cuidado, como si tuviera entre las manos el trofeo más frágil y valioso del mundo, acarició la pequeña y suave curva con el pulgar.
—Cuatro títulos... pero este es el mejor premio de mi vida —susurró Max, inclinándose para darle un beso tierno y pausado en los labios, corto pero cargado de todo el amor que podía demostrar.
—Vas a ser un papá increíble —dijo Franco entre risas suaves, acariciándole la nuca mientras los aplausos del equipo los rodeaban por completo.
Max no soltó la cintura de Franco. Lo atrajo hacia su pecho, rodeándolo de forma protectora mientras depositaba un pequeño beso en su sien, sonriendo, disfrutando del momento.
La multitud a su alrededor era un caos de aplausos, flashes y euforia del equipo, pero dentro de esa pequeña burbuja que habían creado, el tiempo parecía ir a otro ritmo.
Max mantuvo la mano firme y cálida sobre la cintura de Franco, protegiéndolo sutilmente del alboroto y de los fotógrafos del equipo. Se inclinó un poco más hacia su oído, hablando en un tono bajo que solo ellos dos podían escuchar por encima del murmullo del garaje.
—¿Te mareaste en algún momento? —preguntó Max, con el ceño apenas fruncido por la preocupación habitual—. La carrera fue larguísima y la clima de este circuito no es el mejor. No quiero que estés pasando frío acá.
Franco soltó una risita suave y negó con la cabeza, apoyando las manos en el pecho de Max, sintiendo el latido acelerado del piloto a través del mono de carreras.
—Estoy perfectamente bien, de verdad. Tuve a tu padre cerca todo el tiempo cuidándome —respondió con una sonrisa dulce—. Aparte, alguien acá adentro no paró de moverse cada vez que tu auto pasaba por el box... Me parece que te sintió cerca.
Los ojos de Max se iluminaron al escuchar eso. Una sonrisa enorme, casi infantil, se dibujó en su rostro mientras volvía a deslizar la mano por debajo del abrigo de Franco para darle un roce tibio a su abdomen.
—¿En serio? —susurró, dejando que la emoción le ganara a la compostura—. No me digas eso que me quiero ir al hotel ya mismo a hablarle.
—Bueno, aguanta un rato más porque tenés que ir al pesaje, dar las notas de prensa y hacer todo el protocolo —le recordó Franco con gracia, acomodándole con delicadeza el cuello desordenado de la remera térmica—. Tenés un campeonato que festejar, tetracampeón.
En ese momento, el encargado de prensa de Red Bull se acercó con cautela, señalando el reloj y pidiéndoles disculpas con la mirada. Las normas de la FIA en el corralito de medios y la sala de conferencias eran estrictas: solo los pilotos y el personal de medios acreditado podían ingresar a esa zona, por lo que Franco debía quedarse en el sector reservado para la familia dentro del hospitality del equipo.
—Max, tenés que ir al pesaje oficial y a la zona de medios ya mismo —avisó el asistente con tono apurado pero respetuoso—. Te están esperando los de la transmisión internacional.
Max suspiró, visiblemente disgustado por tener que separarse de su pareja. Sabía que en cuanto pisara el corralito de prensa le iban a llover las preguntas, no solo sobre la estrategia frente a Norris para asegurar los puntos del campeonato, sino sobre la clara seña de la pancita que le había dedicado a las cámaras al bajarse del coche.
—Tengo que ir a cumplir con esto —dijo Max, volviendo la mirada hacia Franco y tomando su mano para entrelazar los dedos un segundo más—. Volvé al hospitality a esperarme, no te quedes acá afuera con el viento helado. En cuanto termine con las entrevistas voy corriendo a buscarte.
—Andá tranquilo, mi amor —respondió Franco con ternura, inclinándose para darle un beso corto en la mejilla—. Te voy a esperar. Anda a hablar de tu cuarto título.
Max le dio un último apretón de manos antes de soltarlo a regañadientes. Se colocó la gorra del equipo, acomodó su toalla al cuello y avanzó flanqueado por su jefe de prensa hacia la zona de pesaje, dejando a Franco sonriendo en el garaje mientras el equipo no paraba de felicitarlo a él también.
El trayecto hacia la báscula oficial de la FIA estuvo lleno de felicitaciones de otros pilotos, de mecánicos de otros equipos que se cruzaban en su camino, pero la mente de Max estaba a kilómetros de ahí.
Se subió a la balanza con el casco en la mano y el kit de pesaje completo, mirando fijamente la pantalla LED mientras el delegado de la FIA registraba su peso final. Apenas le dieron el visto bueno, Max caminó a paso firme hacia el corralito de prensa, donde decenas de micrófonos y cámaras ya lo apuntaban como el nuevo tetracampeón del mundo.
—¡Max, por acá! ¡Felicidades! —gritó el primer periodista de la transmisión oficial, acercándole el micrófono—. Una carrera estratégicamente correcta para asegurar el campeonato por encima de Norris. Cuarto título mundial consecutivo... pero la imagen de la noche fue tu gesto al bajarte del monoplaza. ¿Qué nos podés contar de eso?.
Max no pudo evitar que una sonrisa inmensa y relajada se le escapara de inmediato, totalmente diferente a su habitual postura fría frente a los medios. Se acomodó la gorra del equipo y miró directamente a la lente.
—Gracias. Fue una carrera dura, sabíamos lo que teníamos que hacer con respecto a los puntos y el ritmo de Lando, pero el auto respondió lo suficientemente bien—empezó diciendo con tono profesional, antes de que sus ojos azules se suavizaran—. Y sobre lo otro... bueno, creo que fue bastante claro. Es un momento increíble para nosotros. Franco y yo vamos a ser padres.
Un murmullo de sorpresa y emoción recorrió instantáneamente la marea de periodistas.
—¡Noticia de último momento! —exclamó el relator para la televisión internacional—. ¡El tetracampeón confirma la llegada de su primer hijo o hija junto a Franco Colapinto!.
—Hemos mantenido todo muy tranquilo y en privado estos meses —continuó Max, ignorando el revuelo de flashes que se desató a su alrededor—. Pero hoy era una noche especial. Saber que él estaba en el garaje esperándome, con nuestro bebé mientras daba esas últimas vueltas... no hay trofeo ni campeonato que se le compare a eso. Ahora solo quiero terminar todo e irme a abrazarlo.
Mientras tanto, en el calor del hospitality de Red Bull, Franco miraba la pantalla de televisión rodeado por los miembros de la familia de Max y su equipo cercano. Al escuchar las palabras de Max y ver cómo su esposo presumía la noticia con tanto orgullo frente al mundo entero, Franco sintió un calorcito dulce recorrerle el pecho. Se llevó suavemente las manos a la cara para disimular la risa tonta y las lágrimas de emoción que le empañaban los ojos.
—Mirá lo enamorado que lo tenés... —le dijo sonriendo Victoria, la hermana de Max, dándole un abrazo amistoso en el hombro mientras le alcanzaba una botella de agua fresca.
—Es un tierno cuando quiere —respondió Franco con una sonrisa radiante, acariciando distraidamente la pequeña curvatura de su pancita bajo la campera—. Ahora nomás hay que lograr que salga rápido de ahí adentro antes de que lo tengan tres horas hablando.
Y como si lo hubiera invocado, en la televisión se vio a Max respondiendo la última pregunta de la FIA a toda prisa, despidiéndose amablemente de los cronistas y saliendo a paso acelerado del área restringida de prensa, directo de regreso al sector privado donde sabía que su familia lo estaba esperando.
Apenas el agente de prensa de Red Bull le indicó que había terminado con las obligaciones de los medios, Max no perdió ni un segundo. Se quitó los auriculares del cuello, saludó rápidamente a dos directivos que intentaron felicitarlo en el pasillo y aceleró el paso por los pasillos interiores del paddock hasta llegar a la zona privada del hospitality.
Empujó la puerta de vidrio del sector reservado. Adentro, la música de celebración sonaba bajita y casi todo el personal estaba abajo festejando, por lo que el salón privado estaba en una calma reparadora.
Franco estaba sentado en uno de los sillones de cuero, con las piernas cruzadas de manera cómoda y una taza de té tibio entre las manos. Al escuchar que la puerta se abría, levantó la mirada y sus ojos avellana se iluminaron al ver a Max.
—¿Te dejaron escapar tan rápido, tetracampeón? —bromeó Franco con una sonrisa dulce, apoyando la taza sobre la mesa ratona.
Max no dijo nada. Simplemente caminó directo hacia él, se despojó del abrigo de carreras que llevaba en la mano y se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, justo frente al sillón de Franco.
—No me podían aguantar más allá adentro —dijo Max con la voz rasposa por el cansancio y la emoción, apoyando los brazos sobre los muslos de Franco y buscando sus labios en un beso profundo, lento y lleno de ternura.
Franco dejó escapar un suspiro suave, enredando los dedos en el pelo rubio de Max y devolviéndole el beso con la misma devoción de siempre. Cuando se separaron apenas unos milímetros, Max apoyó la frente contra la de su esposo, respirando el aroma familiar de su perfume que tanto lo calmaba después de la adrenalina de la pista.
—Te vi en la tele —susurró Franco, rozando sus narices con picardía—. ¿Era necesario que seas tan cursi en frente de todos los periodistas de la F1?.
—Totalmente necesario —respondió Max sin dudarlo, dibujando una sonrisa amplia que arrugó la comisura de sus ojos azules.
Con cuidado extremo, Max deslizó sus manos por la cintura de Franco hasta posicionar ambas palmas cálidas sobre su vientre. Se inclinó un poco más hacia abajo y apoyó la mejilla suavemente sobre la ligera curvatura de la pancita de Franco, cerrando los ojos para disfrutar el momento.
—Hola, chiquito... o chiquita —murmuró Max contra la tela del buzo, con una suavidad que nadie en el circuito creería capaz en el feroz piloto de carreras—. Papá ya terminó de correr por hoy. Ya podemos irnos a descansar.
Franco sintió un nudo en la garganta al ver la escena. Le acarició la nuca a Max, pasando los dedos con paciencia por su cabello.
—Nos portamos bien mientras no estabas —dijo Franco con tono cariñoso—. Pero ahora tu hijo y yo reclamamos comida de verdad y la cama cómoda del hotel, así que vas a tener que esperar para festejar con cerveza hasta las cuatro de la mañana.
Max levantó la cabeza, mirando a Franco con una devoción absoluta mientras le tomaba la mano para besarle los nudillos.
—No hay ninguna fiesta en Las Vegas que me interese más que estar acostado con ustedes dos —aseguró Max, poniéndose de pie con fluidez para tomar a Franco de la mano y ayudarlo a levantarse con sumo cuidado—. Vamos al hotel. Nos cambiamos, pedimos servicio a la habitación y nos dormimos hasta mañana.
—Me parece el mejor plan del mundo —asintió Franco, dándole un último beso suave en la mejilla antes de tomar su abrigo para salir juntos, de la mano y resguardados en su propio mundo, hacia la noche de la ciudad.
El trayecto en el auto desde el circuito hasta el hotel fue un momento de paz. Afuera, Las Vegas seguía brillando con sus neones estridentes y el bullicio de los fanáticos que festejaban el campeonato, pero dentro del vehículo con los vidrios polarizados, solo se escuchaba la respiración pausada de ambos y la música de Franco en el estéreo.
Max no soltó la mano de Franco en ningún momento. Mantenía los dedos entrelazados sobre el asiento central, acariciando el dorso de su mano con el pulgar mientras miraba de reojo cómo Franco apoyaba la cabeza contra el respaldo, cantando aunque estaba visiblemente agotado por la tensión acumulada de todo el día.
Apenas llegaron a la suite del hotel, el silencio los envolvió por completo. Max se quitó las zapatillas y la campera del equipo nada más cruzar la puerta, tirándolo todo sobre una silla.
—Voy a pedir la cena —dijo Max, caminando hacia el teléfono de la habitación mientras se desabotonaba el cuello de la remera—. ¿Qué se te antoja, mijn liefje? Por hoy te dejo pedir lo que vos querás.
Franco, que ya se había sacado el buzo y andaba descalzo por la alfombra mullida, soltó una risita dulce mientras se estiraba un poco.
—Pedí lo que quieras pero que tenga papas fritas, por favor. El bebé hoy exige carbohidratos —respondió Franco con picardía, tocándose la panza con ambas manos.
—Papas fritas serán entonces —sonrió Max, haciendo el pedido al servicio a la habitación en un par de minutos antes de colgar y volverse hacia su esposo.
Franco ya se había cambiado el pantalón por uno de gimnasia holgado y llevaba puesta una de las remeras anchas de Max que le quedaba gigante. Estaba medio sentado en medio de la cama king size, desperezándose con cansancio pero con una serenidad hermosa en el rostro.
Max se acercó despacio sentándose al lado de Franco. Sin decir una sola palabra, rodeó la cintura de su esposo con los brazos desde atrás, pegando su pecho a la espalda de Franco y apoyando la mentón en su hombro.
—No sabés lo bien que se siente estar acá —susurró Max cerca de su oído, dejando un beso tibio en su cuello—. Estuve toda la semana pasada pensando en este momento. Solo en vos, en él bebé y en estar tranquilos.
Franco echó la cabeza hacia atrás, apoyándose completamente contra el torso de Max. Deslizó sus manos sobre los brazos fuertes de su marido, guiando las manos de Max hasta posarlas sobre la ligera curvatura de su vientre.
—Te extrañamos en el box, ¿sabías? —murmuró Franco con ternura, cerrando los ojos para disfrutar del abrazo—. Cada vez que pasabas por la recta principal se me aceleraba el corazón. Pero él bebé estaba súper tranquilo... creo que le gusta el ruido del motor.
Max soltó un suspiro ahogado de pura emoción. Se inclinó sobre la espalda de Franco para besarle la mejilla, sintiendo el aroma dulce de su piel.
—Prometo que el año que viene voy a manejar más tranquilo —prometió Max en tono bajo, casi juguetón—. Ya tengo cuatro títulos, ahora mi prioridad es que ustedes dos estén bien y cuidados.
—Ah, mirá vos... ¿el gran Max Verstappen diciendo que va a andar más despacio? No te lo cree nadie, che —se burló Franco entre risas suaves, girando un poco la cabeza para buscar los labios de su esposo.
Max se rio contra su boca, dándole un beso largo, pausado y profundamente reconfortante. En ese instante, entre la calidez de las sábanas y el murmullo lejano de la ciudad desaparecieron por completo; solo quedaban ellos dos, abrazados, esperando la llegada de la cena y disfrutando el comienzo de la etapa más linda de sus vidas.
Un suave golpe en la puerta anunció la llegada del servicio a la habitación. Max se levantó despacio, cuidando de no destapar del todo a Franco, y fue a recibir el carrito con la cena. Tras dejar una generosa propina al mozo y acomodar la mesa ratona cerca de la cama, volvió al lado de su esposo cargando una bandeja repleta.
—Acá está la orden del pequeño gloton —dijo Max con una sonrisa de lado, dejando sobre la mesa una porción gigante de papas fritas bien crujientes, una hamburguesa completa para él y una pechuga de pollo grillada con verduras salteadas para Franco, además del pedido especial.
Franco se acomodó entre las almohadas y se le iluminaron los ojos al ver la comida.
—Sos el mejor, Maxie —exclamó Franco, agarrando una papa frita apenas la bandeja tocó la superficie—. Tenía un hambre que no te das una idea. Entre los nervios de la carrera y el viaje, que ni te imaginás.
—Comé tranquilo, liefje —respondió Max, sentándose cruzado de piernas sobre la cama, frente a él—. Hoy podés pedir lo que quieras. Mañana si querés nos quedamos todo el día encerrados acá en la suite, pidiendo comida y mirando películas.
—Me parece un gran plan —dijo Franco entre bocados, saboreando la comida mientras miraba a Max con ternura—. Aunque sabés que tu papá y tu mánager van a querer hacer algún festejo en Mónaco en unos días...
—Que festejen ellos —interrumpió Max con firmeza, aunque con tono relajado, masticando su hamburguesa—. Yo ya festejé en el box con el equipo. Ahora mi único compromiso es este. Ya hablé con el equipo y les dije que no cuenten conmigo para nada oficial hasta la semana que viene.
Franco sonrió con dulzura al ver lo decidido que estaba. Le estiró la mano sobre la mesa y Max se la tomó de inmediato, entrelazando los dedos por encima de los platillos.
Cenaron entre charlas tranquilas, risas sobre lo caótica que había sido la transmisión de la televisión y anécdotas de la carrera. Cuando terminaron, Max rodó el carrito hacia un costado de la habitación y apagó casi todas las luces principales, dejando encendida únicamente la lámpara tenue de la mesa de noche, que bañaba la suite con un cálido tono dorado.
Franco ya se había acomodado bajo las sábanas mullidas. Max se sacó la remera y se metió a la cama a su lado, buscando el contacto de su cuerpo de inmediato. Se recostó de costado, pasando un brazo por encima de la cintura de Franco y trayéndolo hacia su pecho hasta que la espalda del argentino quedó pegada contra el torso desnudo de Max.
—¿Tenés frío? —murmuró Max contra su nuca, subiendo un poco el acolchado para cubrirlos a ambos.
—No, así estoy perfecto... bien calentito —susurró Franco, dejando escapar un suspiro de puro confort y descanso. Tomó la mano de Max que rodeaba su cintura y la guió con paciencia hacia su vientre, debajo de la remera ancha.
Max exhaló despacio, acomodando la palma abierta sobre la tibieza de la piel de Franco. En el silencio absoluto de la habitación, lejos del estruendo de los motores y los reflectores de la Fórmula 1, se quedó acariciando suavemente la pequeña curvatura con el pulgar, sintiendo la respiración pausada de su esposo mientras ambos se dejaban llevar por el sueño.
—————
Las últimas dos semanas del año se pasaron volando, pero para Max se sintieron como una eternidad lejos de casa.
Tras la consagración en Las Vegas, el campeonato cerró con el Gran Premio de Catar y el Gran Premio de Abu Dhabi. Tal como habían planeado, Franco no lo acompañó a las últimas dos fechas. Viajar tantas horas en avión con la marea de prensa tras el anuncio del embarazo no era buena idea, así que Franco se volvió directamente al departamento en Mónaco a descansar, rodeado de paz, buena comida y llamadas diarias por FaceTime a cada hora en las que Max le preguntaba qué había comido y cómo se sentía.
En pista, con el título ya asegurado en el bolsillo y la mente puesta en su futura familia, Max corrió liberado de presiones. En Catar tuvo una actuación sólida peleando los primeros puestos, y en el cierre de temporada en Abu Dhabi termino en la sexta posición para despedir el año. Pero apenas cayó la bandera a cuadros en Yas Marina y cumplió con las fotos oficiales del campeonato, Max no se quedó a los festejos de fin de temporada: se subió a su jet privado con destino a Niza y, de ahí, directo a Mónaco.
La música del departamento en el principado fue la mejor bienvenida, lo hacía sentirse en casa.
Max abrió la puerta en silencio, dejando la valija en la entrada. El aroma a café fresco y tostadas inundaba la cocina. Franco estaba sentado cerca del ventanal que daba al mar, vistiendo un buzo gigante celeste y leyendo un libro. Al ver a Max cruzando el pasillo, se le iluminó la cara.
—¡Llegaste! —exclamó Franco, levantándose despacio.
Max no esperó. En tres pasos largos lo alcanzó, rodeándolo con un abrazo apretado y hundiendo el rostro en el cuello de su esposo. Olía a hogar, a crema suave y al perfume que tanto extrañaba.
—Al fin... no me vuelvo a ir a ningún lado por un largo tiempo —murmuró Max con la voz apagada por el cansancio del viaje, dándole besos pausados en la mejilla, los labios y la mandíbula.
—Felicidades por el final de temporada, mi amor —dijo Franco entre risas dulces, acariciándole el cabello rubio—. Vení, sentate que tenés cara de no haber dormido nada en el avión.
—No podía dormir, solo quería llegar —confesó Max. Se dejó guiar hasta el sillón, pero antes de sentarse, se arrodilló frente a Franco y le levantó despacio el buzo.
Franco ya estaba entrando en el cuarto mes de embarazo y la pancita, que en Las Vegas apenas era una leve curva, ahora estaba bastante más formadita y redonda. Max soltó un suspiro ahogado y apoyó ambas palmas tibias sobre la piel expuesta, dejando un beso tierno justo en el centro.
—Creció un montón en dos semanas... —susurró Max con una sonrisa de pura fascinación en los ojos azules.
—Y no sabés lo que tengo para mostrarte —respondió Franco con una sonrisa cómplice, alcanzando un sobre blanco que estaba sobre la mesa ratona—. Ayer tuve el turno con la obstetra acá en Mónaco. Me hice la ecografía del cuarto mes... Ya nos dieron el sobre con el sexo del bebé.
Max levantó la mirada, sorprendido, con el corazón latiéndole a mil por hora.
—¿El sexo? ¿Ya se sabe?
—Ya se sabe —asintió Franco, tomando la mano de Max—. Le pedí a la médica que lo pusiera en el sobre para abrirlo juntos en cuanto llegaras.
Max tomó el sobre con un cuidado, como si tuviera miedo de romperlo, rasgó el papel y sacó la ficha médica.
Franco se inclinó a su lado, pegando la frente a su hombro para leer juntos. En la parte inferior, debajo de los valores médicos de rutina que confirmaban que todo crecía de manera impecable, una línea impresa en negrita destacaba claramente:
Sexo fetal: Femenino (Niña)
Un silencio hermoso inundó la sala. Max se quedó mirando la palabra fija durante varios segundos, hasta que una sonrisa enorme, desbordada de emoción, se le dibujó en la cara.
—Es una nena, mijn liefje... —susurró Max, volviendo a mirar a Franco con los ojos brillando de lágrimas retenidas—. Fran, es una nena.
—Una nena —repitió Franco, con un nudo en la garganta y una sonrisa radiante, abrazando a Max por los hombros mientras el neerlandés se reacomodaba para llenarle la cara de besos.
Max volvió a apoyar la cabeza sobre el vientre de Franco, rodeándole la cintura con los brazos y cerrando los ojos con absoluta paz.
—Nuestra bebé... —murmuró Max contra su piel, soltando una risita suave cargada de alivio y felicidad—. Todavía no me lo puedo creer.
—Ahora se viene la parte difícil de ponernos de acuerdo con el nombre —bromeó Franco entre risas dulces, pasándole los dedos por el pelo rubio.
—Tenemos varios meses por delante para pensarlo bien —sonrió Max, levantando la vista para darle un beso tierno en los labios—. No hay apuro.
Ahora sí, con la temporada terminada, el título de tetracampeón y meses de vacaciones por delante, solo quedaba disfrutar de las mañanas tranquilas en Mónaco, ver crecer la pancita día a día y empezar a buscar nombres para la pequeña que venía en camino.
—————
El quinto mes, trajo consigo el verdadero invierno europeo a Mónaco. Para Max y Franco, sin embargo, fue el mes perfecto para bajar las persianas, encender la calefacción y disfrutar de unas vacaciones sin la presión de las pistas. La pancita de Franco ya era imposible de disimular, redondita y marcada, y con el avance del embarazo su mente parecía ir a mil kilómetros por hora, saltando de un pensamiento a otro con esa energía tan propia de él.
Era una tarde nublada. Max estaba sentado en la isla de la cocina leyendo un libro de paternidad que le había regalado su mamá, cuando Franco entró a la cocina usando un buzo gigante de Max y un pantalón de gimnasia, sosteniendo una taza de té de manzanilla.
—¿Sabías que los bebés en el quinto mes ya pueden escuchar los sonidos de afuera? —soltó Franco de la nada, apoyándose contra la mesada con los ojos avellana bien abiertos por el entusiasmo—. Leí un artículo re interesante. Resulta que las orejitas ya están formadas por dentro, así que si le hablás, el cerebro registra la voz. Por eso te digo que le tenés que hablar más en neerlandés, porque si no me va a salir hablando español argentino y cuando vayamos a visitar a tu familia no van a entender nada... Aunque bueno, el neerlandés es re difícil. Ayer estaba viendo un video de un tipo que explicaba cómo pronunciar la G y me dio una tos tremenda intentándolo. Igual, hablando de pronunciación, ¿viste que los loros en realidad no hablan, sino que imitan frecuencias? A un amigo en Argentina se le escapó un loro una vez y volvió tres días después cantando Muchachos y... ¿por qué me mirás así? — dijo con un puchero.
Max había dejado el libro sobre la mesa y lo miraba con una sonrisa enorme, apoyando la barbilla en la palma de su mano. Los ojos azules de Max brillaban con esa fascinación silenciosa que solo Franco lograba sacarle. Le encantaba cuando su esposo entraba en esos bucles de verborrea donde empezaba hablando de un tema para terminar en otro totalmente diferente.
—Te miro porque me encanta escucharte —respondió Max con la voz suave, estirando el brazo para tomarlo de la mano y traerlo hacia él.
Franco paró un segundo, bajó la mirada a la taza y de repente los ojos se le empañaron en lágrimas.
—¿Por qué sos tan lindo conmigo? —preguntó Franco con el labio inferior temblando, pasando del entusiasmo total a un llanto tierno e incontrolable en cuestión de tres segundos, típico de las hormonas del quinto mes—. Yo acá hablando boludeces sin parar y vos me mirás así...
Max no pudo evitar soltar una risita dulce. Se puso de pie, le quitó la taza de las manos para dejarla en la mesada y lo envolvió en un abrazo apretado, acomodando a Franco entre sus brazos.
—Porque sos lo más lindo del mundo —susurró Max, besándole la sien mientras Franco escondía la cara en su cuello, sollozando despacito de la pura emoción—. Podés hablarme de loros, de orejas de bebé o de lo que querás todo el día. No me canso nunca.
Franco solo le rodeo el cuello con los brazos y sonriendo entre las lágrimas.
Max bajó una de sus manos hasta apoyarla en la pancita de cinco meses, sintiendo el calor a través del buzo.
—Hola, bebé —dijo Max en un murmullo suave, mirando la panza—. Acá está papá... y acá está tu papi hablando sin parar, como siempre.
Franco le dio un golpecito suave en el hombro, riéndose ya sin rastro de llanto, mientras se pegaba más al pecho de Max para quedarse así, abrazados en el calor de la cocina durante toda la tarde.
—————
El sexto mes llegó rápido y con él las alarmas de la Fórmula 1 volvieron a encenderse. Para Max significaba retomar los entrenamientos intensos, las simulaciones y preparar la valija para los tests de pretemporada a finales de mes en Bahréin. Sin embargo, su cabeza estaba dividida: en el embarazo de Franco, su pancita ya estaba grande, redondita y con una bebé que no paraba de moverse, justo cuando los cálculos médicos indicaban que el nacimiento caería a fines de marzo o mediados de abril, en pleno arranque del calendario de carreras.
Era la una de la mañana. En la habitación a oscuras, Max dormía profundamente hasta que sintió un golpecito constante en el hombro.
—Che, Max... psst, amor —murmuró Franco en la penumbra, apoyado de costado con dificultad por el tamaño de la panza.
Max abrió los ojos azules de golpe, pasando del sueño profundo a la alerta total en un segundo.
—¿Qué pasa? ¿Te sentís mal? ¿Es la bebé? —preguntó Max rápido, incorporándose en la cama con el corazón a mil.
—No, no, la bebé está bien. Pero sabés que estuve pensando... —empezó Franco mientras se acomodaba una almohada en la espalda—. Estaba leyendo en un foro que si el embrión recibe glucosa a esta hora se estimula la memoria a largo plazo. Y de la nada me dieron unas ganas terribles de comer alfajores de dulce de leche. De esos que me mandó mi mamá desde Argentina, ¿te acordás? Los que están en el cajón de abajo, ¿quedó dulce de leche en la heladera?.
Max se le quedó mirando unos segundos en la penumbra, parpadeando despacio mientras procesaba entre el desarrollo cerebral de la bebé y el antojo de medianoche.
—¿Me despertaste a la una de la mañana para hablarme de la glucosa y pedirme un alfajor? —preguntó Max con la voz ronca por el sueño, pero con una sonrisa inevitable dibujándose en la cara.
—Y para hablar de nombres —agregó Franco con total naturalidad, acariciándose la pancita—. Estaba pensando en "Sofia". O "Francesca", para que sea como el mio, pero capaz es medio egoísta, ¿no? Aunque si le ponemos un nombre muy holandés me va a costar un huevo pronunciarlo a la mañana cuando la despierte. ¿Vos qué decís?.
Max soltó un suspiro blando y se frotó la cara antes de inclinarse y darle un beso tierno en los labios a su esposo.
—Digo que no le vamos a poner nombres holandeses—rio Max despacio, saliendo de la cama descalzo—. Y digo que te voy a buscar el alfajor y un vaso de leche porque si no, no te vas a dormir más.
—¡Sos el mejor marido! —exclamó Franco entre susurros, estirándose para tirarle un beso en el aire—. Decile a la bebé que la culpa es de ella, que me obliga a comer a esta hora.
Pocos minutos después, Max volvió a la cama con el alfajor en un platito. Se acostó detrás de Franco, abrazándolo por la espalda y apoyando la mano grande y tibia sobre la gran curva de su vientre mientras Franco comía feliz. Sintió una patadita firme contra la palma de su mano.
—Mirá, te agradeció la comida —sonrió Franco, tapando la mano de Max con la suya.
—Ya la estoy mimando demasiado desde adentro —susurró Max contra su cuello, besándole la nuca con dulzura mientras los tres volvían a acomodarse para dormir.
—————
El séptimo mes fue un torbellino. La temporada 2025 arrancó oficialmente con las primeras fechas del calendario: Australia, China y Japón. Max tuvo que subirse a los aviones y encarar el comienzo agitado de la temporada, pero la telemetría del auto no era lo único que revisaba en sus monitores; su celular estaba siempre encendido cerca en cada sesión de boxes, con el tono de llamada al máximo por si llegaba cualquier aviso desde Mónaco.
Por suerte, la pequeña pareció entender la agenda de su papá. Franco ya transitaba el séptimo mes, con una pancita pronunciada, pesada y hermosa. Con la indicación médica de no viajar, Franco pasaba los días en el departamento de Mónaco, custodiado de cerca por su familia y la de Max, enviándole videos diarios a su esposo que le sacaban sonrisas en medio de las ruedas de prensa.
Eran las diez de la noche en Suzuka, Japón, pero en Mónaco recién caía la tarde. Max acababa de llegar a la habitación del hotel tras la clasificación y atendió la llamada por FaceTime al primer segundo.
La pantalla mostró a Franco sentado en el piso del living, rodeado de cajas de cartón, manuales de instrucciones y herramientas pequeñas. Tenía el pelo castaño revuelto y ojos brillosos.
—¡Hola, mi amor! Mirá, ya casi termino —exclamó Franco risueño apenas vio a Max, mostrando triunfal un armazón de cochecito para bebé medio montado—. Estuve como dos horas porque las instrucciones venían en tres idiomas pero ninguno era español ni inglés... — empezó su tierno parloteo.
Max se dejó caer en la cama del hotel, apoyando el teléfono contra la almohada mientras escuchaba el torrente de palabras con una sonrisa cansada pero profundamente enamorada.
—Franco... —lo interrumpió Max con tono dulce y divertido—. ¿Por qué te pusiste a armar el cochecito solo si sabías que la semana que viene vuelvo a casa?.
Franco frenó en seco, parpadeó despacio y miró las cajas desparramadas en el piso. Luego miró a la cámara y se llevó una mano a la pancita de siete meses, que sobresalía bajo su remera.
—Porque la bebé no paraba de patearme y me dio el ataque de querer tener todo listo ya —confesó Franco con un berrinche tierno, haciendo un pucherito—. Me distraje un segundo buscando el destornillador y terminé leyendo sobre la edad de piedra. Y para colmo ahora me dio hambre y me acordé de que no compré las facturas que me gustan...
Max soltó una carcajada suave, sintiendo unas ganas inmensas de atravesar la pantalla para abrazarlo.
—Dejá todo tirado como está. Mañana va a ir mi mamá a ayudarte —le ordenó Max amorosamente—. En dos días termino la carrera en Japón, el de Bahréin, el de Arabia Saudita y después tengo dos semanas enteras de descanso antes de Miami. Te prometo que llego a Mónaco y armo el resto de los muebles.
—Bueno... —asintió Franco, acariciándose la panza—. Le dije a la bebé que te espere a que termines la gira de carreras. Así que no te demores en la pista, ¿escuchaste?
—Voy a hacer lo que pueda para volver rápido a casa —prometió Max con la voz llena de tibieza—. Los amo a los dos.
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A mediados de abril, la temporada de la Fórmula 1 le dio a Max el respiro que tanto esperaba. Tras la exigente carrera en China, el calendario abría una ventana libre de casi dos semanas antes de encarar el viaje hacia el Gran Premio de Miami. Max aterrizó en el helipuerto de Mónaco con la valija lista y la mente completamente desconectada de la pista, concentrado únicamente en lo que pasaba dentro de las cuatro paredes de su casa.
Los últimos días del embarazo transcurrieron en una calma reparadora. Franco ya transitaba la recta final, con esa panza hermosa y grande de nueve meses que volvía cada uno de sus movimientos un proceso lento y cuidadoso. Mónaco los recibió con un clima primaveral perfecto: mañanas templadas, brisa de mar y tardes largas donde no había más agenda que descansar juntos en el sillón, ver series o simplemente hablar de cómo iba a cambiar la rutina en cuanto la bebé decidiera llegar.
Era un martes a última hora de la tarde. La luz dorada del atardecer entraba por el ventanal del living, tiñendo el ambiente de una calidez pacífica. Franco estaba recostado de costado sobre el sillón con las piernas apoyadas en un almohadón alto, usando un buzo gris gigante y pantalones suaves.
Max, que llevaba varios días sin despegarse de su lado, estaba sentado en el piso al borde del sillón, con la espalda apoyada contra el tapizado y la mano descansando sobre la panza de su esposo. Le acariciaba la piel con la yema del pulgar en círculos lentos, sintiendo la firmeza del vientre.
—¿Sigue estando muy pesada? —preguntó Max con la voz pausada, manteniendo la mirada fija en la curvatura bajo sus dedos.
—Un montón... pero ya me acostumbré —respondió Franco con una sonrisa cansada, pasándole los dedos con paciencia por el cabello rubio a Max—. Además, con la paciencia que me tenés estos días, no me puedo quejar de nada. Si supieras lo bien que me hace tenerte acá.
—No me iría a ningún lado aunque me pagaran el doble —murmuró Max, inclinándose para darle un beso tierno en la comisura de los labios—. Toda la semana estuve pensando en lo loco que es que hayamos pasado por todo esto... y ahora estamos acá, a punto de ser tres.
Franco se quedó mirándolo a los ojos, sintiendo un calor dulce apretándole el pecho.
—Vas a ser el mejor papá del mundo, Max Verstappen. De verdad te lo digo.
Max no llegó a responder. En ese preciso instante, Franco soltó un pequeño aire entre los dientes y su mano se apretó de golpe sobre el hombro de su esposo. La pancita se puso dura bajo la palma de Max.
—Opa... —susurró Franco, cerrando los ojos unos segundos mientras respiraba hondo—. Esa fue diferente a las de ayer.
Max se puso de pie en un reflejo casi instantáneo, con los ojos azules reflejando preocupación.
—¿Una contracción? ¿Dolió?.
—Un poco... pero tranqui, la médica dijo que cuando fueran seguidas y más seguidas nos fuéramos al hospital —dijo Franco intentando mantener la calma, aunque una sonrisa nerviosa se le dibujó en la cara—. Me parece que alguien no quiso esperar a que termine la semana de descanso.
—Tranquilo, amor. No corras —pidió Franco entre risas suaves, aunque volviendo a soltar una respiración honda mientras otra contracción apretaba su abdomen.
Max, sin embargo, ya estaba en modo ejecución. Con una calma increíble, tomó el bolso que llevaban semanas dejando listo junto a la entrada, ayudó a Franco a ponerse unas zapatillas cómodas y un abrigo ligero, y bajaron hacia el auto sin perder tiempo.
Al llegar al hospital de Mónaco, la médica que había seguido todo el proceso los recibió de inmediato. Tras una revisión rápida y tranquila en el sector de maternidad, la obstetra les confirmó el panorama con una sonrisa cálida: el trabajo de parto había comenzado de manera natural, pero tal como lo habían planificado con anticipación por seguridad y comodidad, el procedimiento para el nacimiento de la pequeña se realizaría mediante una cesárea programada.
Poco después, Franco ya estaba preparado en el quirófano. La luz era tenue, la música suave sonaba de fondo para mantener un ambiente sereno, y Max no se apartó de su lado ni un solo segundo. Vestido con la ambo hospitalaria azul, Max estaba sentado junto a la cabecera de la camilla, sosteniendo la mano de Franco con firmeza y besando sus nudillos cada vez que lo veía tomar aire.
—¿Cómo te sentís, mijn liefje? —murmuró Max muy cerca de su oído, pasándole la mano con ternura por el pelo ondulado.
—Bien... un poco nervioso, pero con vos acá estoy perfecto —respondió Franco con la voz bajita, apretando los dedos de su esposo mientras sentía el trabajo suave del equipo médico del otro lado del campo quirúrgico.
Fueron apenas unos minutos, pero para ambos el tiempo pareció detenerse. De pronto, el llanto agudo, claro y fuerte de la bebé rompió la calma de la sala.
—¡Acá está! —anunció la médica con alegría—. Una nena hermosa y sana.
A Max se le cortó la respiración. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas al instante cuando vio a las enfermeras limpiar rápidamente a la recién nacida y acercarla hacia ellos envuelta en una mantita suave.
La acomodaron con extremo cuidado sobre el pecho de Franco. Al sentir el contacto piel con piel y el calor del pecho de su papi, los llantos agudos de la bebé se convirtieron en pequeños suspiros tranquilos. Franco soltó un sollozo ahogado de pura emoción, rodeándola con los brazos temblorosos y pegando su frente a la cabecita llena de pelo oscuro.
—Mirala, Max... es perfecta —susurró Franco con la voz quebrada por la felicidad, buscando la mirada de su marido.
Max se inclinó sobre ellos dos, completamente desarmado. Con el pulgar temblando de pura devoción, le acarició la mejilla rosada y suave a su hija. La pequeña abrió apenas sus ojitos oscuros por unos segundos, como si reconociera la voz de su papá.
—Es hermosa... —murmuró Max, dejando un beso tibio en la sien de Franco antes de volver a mirar fijamente a la bebé—. Hola, mi amor... Hola, Lily.
Franco volteo a mirarlo y sonriendo mas grande entre lágrimas al escucharlo pronunciar el nombre por primera vez al verla, sintiendo cómo se le derretía el corazón.
—Lily... —repitió Franco en un susurro dulce, acariciando la mano minúscula de su hija mientras la pequeña atrapaba su dedo pulgar—. Le queda hermoso, amor. Lily Verstappen Colapinto.
Max sonrió, bajando la cabeza para besar primero la frente de su recién nacida y después los labios de Franco en un beso profundo, lleno de gratitud, amor y alivio. Dentro de esa habitación, abrazados y refugiados en su propia burbuja, los tres comenzaban la etapa más linda de sus vidas.
—————
El alta médica llegó dos días después, en una mañana tibia de primavera donde el sol iluminaba el mar Mediterráneo desde temprano.
A acomodar a Lily en la sillita del auto les tomó casi quince minutos. Max revisó cada arnés, cada traba y cada pulgada de ajuste con una precisión obsesiva, mientras Franco lo miraba desde el asiento trasero entre risas suaves, acomodándose una mantita sobre el abdomen para cuidar los puntos de la cesárea.
Cuando la puerta del departamento en Mónaco se cerró detrás de ellos, un silencio caluroso y bienvenido los recibió. El espacio olía al perfume habitual de su casa, mezclado ahora con ese aroma dulzón a bebé y a ropita recién lavada.
—Llegamos, Lily... esta es tu casa —susurró Franco, caminando despacio hasta el sillón del living para sentarse con cuidado, sosteniendo a Lily acurrucada contra su pecho.
Max dejó los bolsos junto a la entrada y corrió a bajar un poco las cortinas para que la luz del mediodía no le diera directo en los ojitos a la bebé. Después volvió rápido al living, descalzo y relajado, dejándose caer en el sillón justo al lado de Franco.
—Dejame llevarla un rato a mí, así descansás los brazos —pidió Max con voz suave, acomodando los brazos para recibirla.
Franco se la entregó con extrema delicadeza. Ver a Max Verstappen —el piloto implacable de la Fórmula 1— sostener a una bebé tan diminuta entre sus brazos grandes y fuertes era una imagen que a Franco le derretía el corazón. Max la miraba con una fascinación absoluta, sosteniéndole la cabecita con una mano mientras con el pulgar de la otra le acariciaba la manito abierta.
—No me puedo creer que esté acá con nosotros —murmuró Max, sin quitarle los ojos de encima a Lily, que dormía plácidamente soltando pequeños suspiros.
—Es perfecta, ¿no? Tiene tus cejas —sonrió Franco, apoyando la cabeza en el hombro de Max y pasando un brazo alrededor de su cintura—. Aunque los ojos todavía no sabemos, pero si saca tus ojos azules me muero de amor.
—Con que saque tus rulos y estoy feliz —respondió Max, inclinándose para darle un beso tierno en la sien a Franco—. ¿Te sentís bien? ¿Te duele la herida?
—Un poquito, pero verte así con ella se me pasa todo —admitió Franco con una sonrisa dulce, cerrando los ojos unos segundos para disfrutar del calor de su familia—. Además, tenés dos semanas enteras para mimarme y hacerme la comida. No te vas a librar tan fácil.
Max dejó escapar una risita baja, cuidadosa de no despertar a la bebé, y se pegó un poco más a él.
—Te voy a hacer lo que quieras —prometió Max en un susurro, acariciándole la nuca a Franco mientras los tres quedaban acurrucados en el sillón—. No me quiero mover de acá en todo el día.
El departamento quedó sumido en una paz absoluta. Únicamente ellos tres, abrazados en el living de su hogar, comenzando a escribir la historia de su pequeña familia.
Con el sol cayendo suavemente sobre la bahía de Mónaco, la penumbra dorada empezó a invadir el departamento. Lily, que había comido hasta quedar completamente satisfecha, soltó un suspiro profundo y cayó en un sueño tranquilo.
Max se puso de pie con lentitud, sosteniendo a la bebé contra su pecho con infinito cuidado mientras Franco caminaba a su lado hacia la habitación que habían preparado para ella. La cuna, blanca y de maderas suaves, los esperaba lista. Con el pulso más firme que nunca, Max la recostó despacio sobre el colchón mullido, acomodándole una mantita liviana hasta la altura del pecho.
Se quedaron un par de minutos en silencio al lado de la cuna, tomados de la mano, simplemente contemplando cómo la pechera del pijama de Lily subía y bajaba al ritmo de su respiración pausada.
—Es hermosa... —susurró Franco apenas con un hilo de voz, apoyando la mejilla en el hombro de Max.
—Sí que lo es —coincidió Max en voz muy baja, dejando un beso en los rulos de su esposo antes de encender el monitor de bebé con la pantalla en tono tenue—. Vamos al cuarto a prepararnos, amor. Necesitás descansar.
Caminaron a paso lento por el pasillo hacia la habitación principal. Mientras Franco entraba al baño para lavarse los dientes y darse una ducha rápida con agua tibia que le aliviará la tensión de los músculos, Max se encargó de preparar la habitación. Ajustó la temperatura del aire acondicionado para que estuviera agradable, encendió la lámpara veladora con una luz cálida y tenue, y estiró las sábanas de la cama king size.
Cuando Franco salió del baño secándose el pelo con una toalla y vistiendo un pantalón holgado y uno de los buzos gigantes de Max, se encontró con su esposo acomodando el monitor de bebé justo al lado de su mesa de noche.
—¿Pusiste el volumen alto? —preguntó Franco con voz mimosa, dejando la toalla sobre un perchero y acercándose a la cama.
—Está al máximo —le aseguró Max, dándose vuelta para recibirlo y tomándolo suavemente de la cintura—. Si hace el más mínimo ruido, lo voy a escuchar yo primero.
Franco sonrió de lado, subiendo las manos por los hombros descalzos de Max —que ya se había sacado la remera para acostarse— y apoyando la frente contra su pecho, sintiendo el latido firme y tranquilo de su corazón.
—Me siento en una nube, te juro —murmuró Franco con dulzura, levantando la vista para mirar los ojos azules de Max—. Tener a nuestra bebé durmiendo al lado y a vos acá... no puedo pedir nada más.
—Yo tampoco —respondió Max con una ternura infinita, acariciándole la espalda por debajo del buzo con la palma de la mano cálida—. Vení, acostémonos un rato para descansar.
Franco asintió feliz, dejándose guiar por Max mientras ambos se metían despacio entre las sábanas frescas, acomodando las almohadas para quedar frente a frente en la intimidad de su cuarto.
En la penumbra dorada de la habitación, el ruido del mundo exterior simplemente no existía. Max se acomodó de costado, trayendo el cuerpo de Franco hacia el suyo con esa firmeza protectora pero sumamente cuidadosa, velando por los puntos de la cesárea y asegurándose de que su esposo estuviera lo más cómodo posible.
Franco soltó un suspiro largo y mimoso al sentir el torso cálido de Max pegado al suyo. Deslizó una mano por el pecho desnudo del piloto, subiendo despacio hasta acariciarle la línea de la mandíbula y enredar los dedos en su pelo rubio.
—Sos insoportablemente lindo, ¿sabías? —murmuró Franco con una sonrisa dulce, buscando los ojos azules de Max en la penumbra.
—Solo con vos —respondió Max en un susurro rasposo.
— Te amo, Maxie— dijo Franco con los ojos brillosos, llenos de amor.
— Te amo, mijn liefje—. Respondió Max inclinándose para atrapar sus labios en un beso que empezó siendo pausado, tierno, lleno del alivio y la devoción de todos los meses que habían pasado. Pero la cercanía, el aroma del perfume de Franco y la intimidad de estar por fin a solas en su cama hicieron que la temperatura entre los dos subiera en cuestión de segundos.
Max profundizó el contacto, rozando su lengua con la de Franco en un beso apasionado y envolvente que le sacó a Franco un gemido bajito contra la boca. Las manos de Max bajaron despacio por la espalda de su esposo, colándose por debajo del buzo gigante para acariciar la piel tibia de su cintura, sacándole un escalofrío delicioso a Franco.
—Max... —susurró Franco entre respiraciones cortas cuando sus labios se separaron apenas un milímetro, con los ojos avellana encendidos y brillando de pura devoción—. Mirá que la médica dijo que todavía tengo que cuidarme un poco...
—Lo sé, mijn liefje... no voy a hacer nada que te pueda lastimar —le prometió Max contra los labios, volviendo a besarlo con un celo dulce y hambriento, acariciándole la cadera con infinita paciencia mientras sus cuerpos se amoldaban perfectamente bajo las sábanas—. Pero te extrañaba tanto... necesitaba tenerte así de cerca.
—Yo también te extrañaba —confesó Franco en un murmullo agitado, entrelazando las piernas con las de Max y pegándose aún más a su calor.
Entre besos cada vez más profundos, caricias lentas que recorrían la piel con devoción y promesas en voz baja, la noche en Mónaco los envolvió por completo, dejando que el amor y la pasión que los unía hicieran el resto en la calidez de su habitación.
