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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-07-23
Words:
1,410
Chapters:
1/1
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4
Kudos:
152
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5
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928

El consuelo de la derrota

Summary:

Después de la final contra España, lo único que podría levantarle el ánimo a Enzo es Julian.

Un beso con Julian.

Notes:

Esto es solamente una boludez que se me ocurrió, así que por eso no es tan profundo ni me explayé más. Ojalá algún día pueda dedicarles un fic posta, me encantaría. En fin, disfruten y que viva Argentina.

Work Text:

El ambiente es el mismo que un velorio. Volviendo todos al hotel, lo único que se escucha son las pisadas de los chicos, nadie habla. Leo va delante de nosotros, como siempre, pero esta vez ni nos mira. Y sabemos perfectamente que no nos mira porque siente que nos falló, a nosotros y al país.

Pero nadie más que nosotros sabemos que no es verdad. Y entre los chicos el ambiente era al revés, todos sentíamos que le fallamos a él.

“Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”.

Y no le pudimos dar la última a Leo.

Se escuchan unas moqueadas, más de uno está lagrimeando, pero honestamente no miro. Tengo la mirada puesta en Enzo, que camina unos metros más adelante que yo. Va con la cabeza gacha y lo conozco tanto que sé que seguramente se re está haciendo la cabeza llenándose de culpa.

Una vez que llegamos al pasillo todos se dividen a sus habitaciones, quedando solo Enzo conmigo. El camino a la habitación es silencioso también.

Entramos y Enzo, sin una palabra, se encierra en el baño. Pasan unos quince, veinte minutos, se da una ducha. El tiempo en silencio me mata y me levanto a golpearle la puerta.

—Amigo, ¿todo bien?

—Sí, sí —responde, pero en su voz se nota que no.

—¿Seguro? ¿Te falta mucho?

—Ahí salgo, tranqui —me tira.

Yo me alejo y vuelvo a la cama, y ahí sale él. Está usando una toalla envuelta en la cadera y con la otra toalla se va secando el pelo. Tampoco me mira, camina hasta su cama y se sienta, dándome la espalda.

Entiendo esto, es un dolor insoportable. No pudimos llevar la copa a Argentina, no pudimos darle el último baile a Leo, no pudimos ni siquiera dar un buen rendimiento, nos cortaron las piernas. Probablemente en Argentina nos están esperando sí, pero para cagarnos a tiros, con el papelón que hicimos nos deben estar odiando a dos manos. Y ni siquiera puedo culparlos.

Pero en este momento solamente me preocupa Enzo.

No ha querido ni hablar con Valu, que lo ha llamado más de una vez, tuve que mandarle un mensaje yo y explicarle cómo está.

Cuando el silencio se vuelve ya insoportable, justo Enzo suelta un chillido involuntario, delatando que está llorando. Ya está, no doy más. Me acerco y me siento al lado, tiene la cara colorada, los ojos llorosos y se muerde el labio de bronca.

—Soy un pelotudo Juli —arranca él —. ¿Cómo me voy a hacer echar así en una final del mundo?, les cagué el partido a todos, soy una verga.

—Nada que ver… si todos sabemos que eso no era amarilla ni a palo.

—Sí, pero en la segunda me pude haber cuidado más —dice triste, pero después arranca con bronca y suelta —. Ese gallego hijo de mil puta ¿Tanto va a volar? ¿Qué tenía un resorte en el orto? —se queja en serio, pero yo hago un esfuerzo inhumano por no reírme.

—No es tu culpa.

—Nah, qué no va a ser —se agarra la cara con las manos—. La puta madre Juli, no quiero ni ver a Leo a la cara, a nadie, los re cagué —dice llorando, y yo me estoy volviendo loco.

Sin pensarlo le separo las manos de la cara y él me mira medio sorprendido, nuestras manos quedan agarradas, más o menos.

—No tenés que pensar así, te aseguro que nadie te culpa de nada, todos acá entendemos cómo se dieron las cosas —digo —, y te aseguro que la gente te re contra ama. Mirá lo que hiciste contra los ingleses, ¿a vos te parece qué van a olvidar alguna vez ese gol? ¿Justamente a ellos? Ni ahí, no hay final que les opaque lo que jugaste en ese partido.

Enzo me mira en silencio y parece calmarse, dejó de llorar. Me tira una sonrisita de esas bien taradas que me encantan, la puta madre, y se ríe un poco.

—¿Vos decís?

—Pero sí amigo, olvidate.

Nos sonreímos un toque y de la nada me acuerdo que tenemos las manos entrelazadas. La verdad, no hago ningún esfuerzo por alejarlas, y él tampoco.

Hay una tensión que no es nueva, porque la tenemos más seguido de lo que nos gustaría admitir, pero ninguno habla de eso nunca. Él no me saca los ojos de encima, en ningún momento, y yo no soy nadie para dejar de mirarlo tampoco.

De la nada Enzo me aparta la mano, y yo pienso “Bueno, ya está”, pero la lleva hacia mi pelo, tocándolo un poco, como jugueteando con los rulos.

—¿Vos? —pregunta —, ¿cómo estás?

Me cuesta hablar, no voy a mentir. Desde cuándo tan mimoso.

—No sé, como todos supongo —respondo, tratando de sonar lo menos nervioso posible —. Me habría encantado tener la copa.

—Sí, sí, olvídate… —me responde, pero parece más una respuesta en automático. Porque ni siquiera me está mirando a los ojos.

¿Cómo mierda reacciono a que me esté mirando la boca? Y encima en simultáneo me toca el cabello.

Pero termino de perder la poca cordura cuando baja su mano hasta mi cuello, na, ya está.

Enzo me mira la boca, los ojos, después la boca, y después los ojos de vuelta. ¿Está buscando permiso de algo?

Yo mantuve el contacto visual todo el tiempo, pero totalmente sin pensarlo, le miro los labios un segundo.

Y eso bastó para que me coma la boca.

No puedo ni describir lo que se siente. Imaginé este escenario más veces de las que puedo recordar, y jamás creí que posta se daría. Enzo me besa con una suavidad, con una dulzura, su pulgar está haciéndome caricias en el cuello, poniéndome la piel de gallina.

En un momento se separa y me mira, yo ni quería abrir los ojos, pero lo hago. Encuentro su mirada y sé que él está esperando que diga o haga algo. Así que ni siquiera lo pienso dos veces cuando le agarro la cara y lo vuelvo a besar. Esta vez Enzo se acerca más, y evidentemente está más cebado, o eso me hace sentir su lengua. Nos besamos más fuerte, más desesperados, yo siento que me estoy prendiendo fuego.

Ni siquiera sé cuánto tiempo pasa hasta que nos separamos, agitados, colorados y re contra confundidos.

Ahora me cae la ficha, y me cae todo lo que está en juego con esto. Voy a decir algo, pero me interrumpe.

—No digás nada —habla Enzo—, no arruinés el momento.

—Pero…

—Ya fue Juli —me dice—, a mí me encantás, y creo que es mutuo —sí —. Disfrutalo hoy, mañana vemos cómo nos cagamos la vida, pero dejame besarte un toque más hoy.

Está la final de mierda, la hinchada probablemente enojada, la decepción de los chicos, lo que van a decir todos los medios, lo que se va a reír la gente de afuera de nosotros, las cargadas, las mentiras, hay tantas cosas negativas para pensar.

Pero qué mierda puedo pensar en eso si estamos acostados en la cama y Enzo no ha parado de comerme la boca de la forma más animal posible. Es una locura, no puedo hacer nada, me siento borracho.

Desde Qatar siento que nos quedamos con ganas de algo más, en ese festejo cruzamos muchas miradas cargadas de algo, pero quedaron ahí. Y esta vez, si hubiéramos ganado, me habría encantado abrazarlo y besarlo ahí frente a todos, qué mierda me importa.

—Que locura lo que me encantás —me suelta en medio del besuqueo, y yo me río —, que pendejo de mierda —se queja, y vuelve a besarme.

Pasamos un rato más así y no voy a mentir, yo probablemente habría seguido, mucho más. Pero el ambiente está atravesado por una tristeza que ninguno puede evitar, exterior a nosotros, así que solamente nos miramos. La expresión de Enzo es una maravilla. Siento que quiere decirme un montón de cosas, pero no dice nada. Estamos acostados de lado los dos, frente a frente, me da un beso suave en la cien y se acomoda. Me acerca a él y me abraza, quedando su mentón sobre mi pelo.

—Sos lo único bueno que me pasó hoy —dice.

Sé que hay un montón de cosas en las que pensar, y no solo relacionadas al fútbol, pero decido hacerle caso y rechazo todo pensamiento negativo.

Hundo la cara en su pecho y lo abrazo fuerte, ahogándome en ese perfume que me vuelve loco.

Mañana veo qué mierda hago.