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Te quiero, te adoro y te vuelvo a querer

Summary:

Yeremy Pino le pide un pico a Unai Simón.
Unai Simón se lo da.
Y Mikel Oyarzabal, su novio desde hace cuatro años, no puede soportarlo.

Notes:

Título de la canción 20 de enero de La Oreja de Van Gogh.
Feliz lectura!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—Estarás contento.

—¿Y por qué no lo iba a estar?

La mirada de Mikel podría matar a veinte personas de golpe. Genial, ya se ha cabreado. Y no hay nada que me dé más miedo que mi novio cabreado. 

Bueno, sí. No saber por qué.

Son las dos de la mañana. Hemos vuelto de la celebración por el mundial hace apenas media hora, los dos todavía borrachos, los dos agotados, los dos aún con el pecho burbujeando de ilusión y los oídos medio taponados por todo el ruido.

A mí no hay nada que me guste más que una fiesta de este tipo, la verdad. Aún me acuerdo de la que liamos después de ganar la Copa del Rey con el Athletic. Ese vídeo en el que se me ve abriendo una botella de cerveza con los dientes me persigue aún hoy, dos años después.

La fiesta de hoy en Madrid no ha estado mal, aunque no la puede igualar. Eso sí, ha tenido momentazos: Pedro como una cuba asesinando una canción de El Barrio, Borja rapeándose casi un disco entero, Ferran y Pedri siendo más empalagosos que nunca… Por no hablar de Cucu bailando él solo en medio del escenario.

Se me escapa una risotada solo de acordarme.

—¿Te estás riendo de mí? —Mikel sube las cejas, las dos, y yo me acojono. 

—No, maitia. Me estaba acordando de Cucu sacando los prohibidos.

—Ya.

Eso es todo lo que dice, y luego resopla y se va para el baño de la habitación de hotel que compartimos. Nos asignaron una a cada uno, claro, pero la que se suponía que tenía que ocupar Mikel está vacía. Eso hemos hecho durante todo el mundial. Y me ha dado la vida, sinceramente. Despertar con él cada mañana ha sido un sueño que nunca habíamos pensado en poder vivir, con él en San Sebastián y yo en Bilbao, en clubs rivales, con todo en contra.

Sabíamos que tenía fecha de caducidad, claro; que tan pronto se acabara el mundial y cada uno volviera a su equipo también volvería la distancia.

Pero no me esperaba que la caducidad fuera a ser ahora, tan pronto, sin haberla visto venir. 

Además, todo estaba bien, ¿no? Estábamos en el autobús haciendo el idiota juntos, con la copa, con nuestros bailecitos, intentando disimular todo lo que no disimulamos el otro día en la semifinal, cuando nos chocamos y yo casi me lo como a besos después, ahí, en medio del estadio y con Mbappé delante y flipando. 

Llevamos cuatro años saliendo así, sin que nadie salvo nuestros amigos más íntimos lo sepan, y nunca hemos discutido. Ni siquiera cuando todos aquellos rumores sobre Pedri y yo explotaron después de la Eurocopa. 

Y ahora, no sé por qué, algo ha cambiado.

Pero, evidentemente, no me voy a quedar con la duda. No me he tirado medio mundial saliendo hasta el centro del campo y haciendo jugadas dignas de un paro cardíaco para ahora achantarme ante un novio enfurruñado. Como que me llamo Unai Simón que esto se arregla antes de las tres.

—Va, maitia, ábreme —le digo a la puerta cerrada del baño. No se oye agua al otro lado, así que no puede estar duchándose. Seguro que está simplemente de pie ahí en medio, pensando qué hacer y cagándose en todo—. ¿No eras tú el que decía que no había que estar en una onda negativa?

Intento hacerle reír, juro que lo intento, pero por lo que sea, cuando habla su voz suena todavía más molesta.

—Paso. Vete a dormir. Ahora saldré.

—Ni de coña me voy a dormir contigo enfadado y sin que me digas por qué.

De repente se hace el silencio. Es un silencio incómodo, así como pegajoso. Lo noto palpitar en mis oídos. O igual es que aún me retumba todo después de la fiesta.

Mikel tarda un rato en contestar. Por un momento creo que igual sí ha dicho algo pero yo me he empanado (qué le voy a hacer, todavía estoy un poco borracho) y no le he oído. 

Pero no, no había dicho nada.

Porque lo que dice un poco después lo oigo perfectamente, porque es inconfundible, porque no puede ser que me lo haya inventado.

—Pregúntale a Yeremy qué me pasa.

Eso dice. Eso me dice mi novio a través de la puerta cerrada del baño de una habitación de hotel después de ganar un puto mundial de fútbol. Eso me dice mi novio, que también está medio borracho aún, y yo por un momento no sé de qué coño me está hablando.

Hasta que me acuerdo de golpe.

Yeremy y yo en el autobús. Mikel por ahí perdido, seguramente hablando con Merino. Grimaldo con la copa en los brazos, cantando (berreando, más bien) lo que fuera que estuviera sonando en ese momento. Zubimendi por ahí pululando. Yo hablando de algo, no sé ni de qué, y Yeremy de repente diciendo «Un pico, dame un pico», y yo flipando porque, claro, ¿por qué me estaba pidiendo un pico?, pero dándoselo igualmente porque… en fin, porque en ese momento no tenía ni media neurona funcionando.

No le había dado más vueltas hasta ahora. Ni siquiera me había acordado. Pero supongo que Mikel lo vio. Supongo que él sí que le ha dado más vueltas.

—Venga ya, maitia —murmuro, bajando la cabeza—. Abre.

No quiero hablar esto con la puerta en medio. Necesito verle. Necesito tocarle. Necesito que me mire y mirarlo yo a él. Me arden las manos como si tuviera tres pares de guantes puestos.

—Por favor —añado, la voz ahora un poco más débil.

El alcohol que me quedaba en la sangre se me está bajando de golpe, acojonado como estoy por ver a mi novio enfadado. Es la primera vez en cuatro años que se mosquea conmigo. ¿Y si la he cagado de verdad?

Estoy a punto de decir algo más, suplicarle otra vez, lo que sea, cuando el pestillo de la puerta hace un clic suave y de repente se abre ante mí. Al otro lado aparece Mikel. Se me había olvidado que ya se había cambiado de ropa y ahora va con el pijama puesto, un pijama adorable de Shin Chan que le compré hace unos meses.

Tiene las mejillas un poco rojas, seguro que por la cantidad de cubatas que se ha bebido hoy. Quizá esta conversación no es buena idea ahora. Quizá deberíamos tenerla mañana, sobrios, cuando estemos en plenas facultades de hablar como siempre hemos hablado. Se nos da bien comunicarnos.

Pero qué coño. No voy a permitir que se vaya a dormir, o a intentar dormir, pensando que de verdad he querido besar a otro tío.

Me acerco un poco, por tantearlo. No quiero abrazarlo de golpe y que me meta una hostia.

Maitia… —lo llamo otra vez, esa palabra que siempre utilizo con él y que esta vez me suena pequeñita, como si no me mereciera usarla—. ¿Por qué no me has dicho nada antes? ¿Por qué has esperado tantas horas?

Me fijo en que le tiembla el labio inferior. Es una imagen que no puedo soportar, verlo así, tan vulnerable, tan triste, tan borracho. El estómago se me hace pequeño.

Así que decido no tantear más.

—Ven aquí —le digo. Me acerco de golpe, envolviéndolo en mis brazos con tanta fuerza como si estuviéramos en medio de un tornado y tuviera que protegerlo con mi cuerpo. Estoy preparado para que se aparte, para que me mande a la mierda, para que se vaya a dormir con sus amigos, pero no lo hace. Lo único que hace es suspirar y hundir la cara en mi camiseta—. ¿Por qué no me has dicho nada antes? —pregunto otra vez, los dedos de una mano ya hundidos en su pelo.

—No quería arruinarte la fiesta.

—¿Y a cambio te parecía mejor arruinártela tú? —contraataco, suspirando. 

Me parece surrealista. Mikel nunca se calla. Nunca echa la vista a un lado. Es la persona más tranquila que conozco, eso es verdad, pero toda esa tranquilidad la construye a base de ser asertivo, comunicativo y más sincero que la hostia. Siempre ha sido así con todo el mundo. Por eso me extraña esta situación.

—No me la he arruinado —me asegura él, su voz un poco ahogada por tener la cara pegada a mi pecho—. He bebido y me lo he pasado bien y te he matado en mi mente unas tres veces por minuto.

Suspiro, incapaz de saber qué contestar. Mikel está más borracho de lo que había previsto. Lo sé por cómo habla, con las consonantes arrastradas y lánguidas, como perezosas. Lo sé, sobre todo, cuando me separo un poco de él para mirarlo a los ojos y descubro que está llorando.

Joder.

Quiero decirle que me lo tenía que haber dicho antes para poder aclarárselo en el momento, pero decido que no va a servir de mucho. No me lo ha dicho, y me lo está diciendo ahora, y eso es lo único que importa. Así que lo que digo en su lugar es:

—Siento mucho haber besado a Yeremy, maitia. Te juro que no significa nada.

Es una disculpa muy torpe, pero es lo primero que tengo que decirle.

Mientras lo hago, paso los pulgares por sus mejillas y le aparto las lágrimas. No sirve de mucho, porque el gesto le hace llorar más y pronto tiene la cara empapada.

—Nunca habías besado a otro —murmura, la voz gangosa por la humedad. 

Sé que ahora mismo el alcohol le impide ser racional. Sé que no puedo tener una conversación como las que tenemos normalmente. Sé que tengo que dejar los razonamientos para mañana y que ahora me tengo que centrar en consolarle. Por eso le abrazo otra vez, llevándomelo fuera del baño y sentándolo sobre la cama, yo a su lado. Está llorando tanto, seguramente liberando de golpe todo lo que lleva horas guardando, que tiene la cara roja y la nariz húmeda.

—Te juro que no significa nada, mi amor —le digo otra vez, mis manos incansables sobre sus mejillas, secándolas. Le aparto el pelo de la frente con cuidado. Está sudando.

—¿Por qué le has besado, entonces? Estaba delante, lo he visto —me acusa en un tono débil e inseguro. Me siento una mierda por haberle hecho estar así—. Zubi me ha mirado con pena cuando lo ha visto.

No puedo evitar fruncir un poco el ceño. Zubimendi estaba a nuestro lado, sí, pero mi percepción de ese momento es que se ha descojonado al ver el pico, igual que yo, igual que el propio Yeremy. 

—No sé, cariño —admito, sin abandonar el trabajo de mis dedos sobre sus mejillas y su pelo. No parece perdonarme, pero sí creo que se está empezando a derretir contra mi cuerpo, derrotado de cansancio y emociones—. Yo creo que sabía que estábamos de coña.

—A mí no me ha parecido de coña, Unai…

Trago saliva y un suspiro. No quiero perder la paciencia, pero es que Mikel es cabezota de cojones. Normalmente me da igual, pero este caso es distinto. En esto tengo que dejarle claro que no quiero nada con Yeremy ni con nadie que no sea él.

Por eso dejo de acariciarlo un segundo y empujo su barbilla hacia arriba con un par de dedos, obligándolo a que me mire. 

—Te juro por mi madre que era de coña, maitia —le digo, muy serio de golpe.

Su cabeza parece quedarse en silencio por un momento. Solo me observa, un par de lágrimas colgando de sus pestañas como dos acróbatas en mitad de la función.

—¿Me lo juras por… por San Mamés? —murmura después de un segundo, la voz pequeñita, como si no fuera él.

Se me escapa una sonrisa. Es tan tierno. Es que es muy tierno.

—Te lo juro por San Mamés y por todo lo que quieras —le aseguro, asintiendo—. Era de coña. Nunca, jamás, querría besar a nadie que no fueras tú.

Mikel parece pensárselo.

—¿Ni siquiera a Alex Turner? —apostilla, y a mí se me escapa una risita. ¿Tan fuerte le parece mi crush con el cantante de los Arctic Monkeys como para mencionarlo ahora?

—Ni siquiera a él —digo, asintiendo otra vez.

Eso parece tranquilizarlo. No puedo evitar pensar en lo absurdo que es todo. Mi novio celoso por primera vez en nuestra historia por un pico tan tonto, y solo relajándose cuando le digo que no querría besar ni a un famoso que no conozco. Pero está borracho, y llevamos muchos días con las emociones a flor de piel (incluso él, Don Cortisol Bajo), y supongo que es normal que ahora todo sea un poco absurdo.

—¿Me perdonas? —le pregunto. Mis dedos recorren su frente con tranquilidad, peinando su pelo hacia atrás para despejarle esos ojos que ahora están entrecerrados y muertos de sueño.

—Invítame mañana a cenar y me lo pienso —es toda su respuesta, aún un poco enfurruñado, y deja caer la cabeza contra mí hasta que su frente se apoya sobre mi hombro. Yo llevo una mano a su nuca, acariciándole despacio.

—Prometido. —Y luego, añado—: Te quiero.

Y, como siempre, Mikel responde:

—Te adoro.

No decimos mucho más a partir de eso. Mikel parece más tranquilo, así que lo acompaño al baño para darnos una ducha rápida, lo ayudo mientras nos lavamos los dientes y luego nos metemos en la cama. Parece que la batería se le ha acabado de golpe, y no me extraña. Ayer estábamos dándole la mano al sinvergüenza de Trump y hoy estamos en Madrid después de pasear con un autobús entre dos millones de personas.

Es normal que incluso Mikel Oyarzabal pierda los nervios a veces.

 

Cuando despierto a la mañana siguiente, me parece que la noche ha sido cortísima, apenas dos segundos. Descubro a Mikel enredado entre las sábanas y mis brazos, la cara pegada a la almohada y los labios medio abiertos. Joder, está tan guapo. No se me ocurre despertarlo por nada del mundo, porque bastante me costó que me perdonara anoche lo del pico como para sumar ahora algo más, así que me escabullo de la cama como puedo y me dirijo al baño.

No tardo ni cinco minutos en mear y lavarme la cara, pero para cuando salgo Mikel está despierto y me mira desde la cama, con los ojos aún medio cerrados y una expresión de clara resaca. De humor parece estar mejor que anoche, eso sí, porque en cuanto me ve aparecer extiende los brazos hacia mí y me obliga a tumbarme a su lado, abrazándome cual koala a su árbol favorito.

Al principio no dice nada, sino que se dedica a besarme el cuello, sus labios recorriendo mi piel con parsimonia, como si quisiera tomarse su tiempo para recordar a qué sabe mi garganta a las once de la mañana. Luego sube poco a poco por mi mejilla y me hace cosquillas con la punta de la nariz, así que me río un poco. Mis manos, en algún momento, se han agarrado a su cintura por debajo de las sábanas.

—¿Lo he soñado o anoche estuve a punto de matarte por besar a Yeremy? —murmura al acercar los labios a mi oreja.

—No lo has soñado, no. —Cierro los ojos, tragándome un gemido cuando Mikel muerde mi lóbulo tan despacio que me parece que me voy a morir—. Y ni siquiera le besé. Fue un pico de medio microsegundo.

Parece sopesarlo, o eso creo, porque de repente está muy callado y sus labios han parado lo que fuera que estuviera haciendo con mi oreja. 

—Iba muy borracho —murmura al final, dándome un beso justo sobre la oreja, donde nace mi pelo—. He visto un vídeo en Twitter mientras estabas en el baño y fue una gilipollez.

—Pues anoche no me quedé soltero de milagro —le digo, un poco molesto por que ahora se lo esté tomando con tanta calma cuando ayer parecía sacado de una telenovela sobre cuernos y traición.

—Lo siento, maitia. —Mikel suspira y se separa poco, muy poco, lo justo para poder mirarme a los ojos y sonreírme con una ternura que me deja completamente bloqueado. Llevo cuatro años viendo esa sonrisa en un millón de situaciones, y sin embargo no me acostumbro. ¿Cómo puede ser tan guapo?—. Iba muy borracho y se me fue la pinza. Te prometo que me da igual que te dieras un pico con Yeremy. Yo me di uno con Raya.

Espera, ¡¿qué?!

—¿Que te diste un pico con David? ¿Cómo? ¿Cuándo? —Me incorporo para sentarme, mirándole con incredulidad y, para qué mentirnos, algo de mosqueo—. ¿Me montaste una bronca de la hostia cuando tú también te habías dado un pico con otra persona?

—¡Perdón! —Me toma de las manos y me sonríe con esa tranquilidad tan suya, entrelazando nuestros dedos—. Supongo que el alcohol me hizo reaccionar así. Yo tampoco lo entiendo.

—Joder, Mikel.

Quiero decir algo más, algo coherente, pero es que no doy crédito.

—Te prometo no volver a beber nunca. Ni medio zurito —me asegura. Y lo hace con una sonrisa que me vuelve a dejar en jaque, porque no puedo seguir enfurruñado mucho rato si me mira así, con la cabeza un poco ladeada y los dedos acariciando los míos y esos ojos fijos en mí—. Venga, Unai. Perdóname. Te lo puedo compensar.

—¿Y cómo me lo vas a compensar? —pregunto, algo incrédulo.

—Pues… prometo no marcarte ningún gol en toda la Liga.

Me nace una carcajada de lo más hondo del pecho.

—¡Serás flipado! Si seguro que te los paro todos igualmente.

—Eh, nada de ondas negativas.

Yo me descojono otra vez y él también y nos enzarzamos en una conversación absurda sobre por qué él es mejor delantero que yo portero, y viceversa, y de repente la mañana se nos termina de escapar de entre los dedos y Zubimendi nos llama un rato después para ir a comer al restaurante del hotel.

Nos montamos en el ascensor los tres juntos, pero nos separamos nada más llegar abajo. Mikel se adelanta para saludar a Nico y Lamine, y yo me quedo rezagado con Martín. Y es ahí, mientras nos paseamos entre las mesas, cuando recuerdo algo de la conversación de anoche y me lo quedo mirando con curiosidad.

—Oye, tú me viste dándome un pico con Yeremy ayer, ¿verdad? 

Martín asiente.

—Sí, ¿por?

—¿Y miraste a Mikel con pena después?

—¿Yo?

No hay demasiada gente en el restaurante ahora mismo. De hecho, los únicos clientes son o bien otros jugadores de nuestra selección o bien gente de nuestro equipo técnico. Aun así, aparto a Martín a una zona un poco más discreta y le explico lo que me contó Mikel anoche cuando más afectado estaba por el alcohol y los celos.

—Así que le dije que seguro que sabías que era de coña —concluyo, suspirando. 

Martín me pone una mano en el hombro y asiente.

—Pues claro que lo sabía, Unai. Si no había más que veros. —Se encoge de hombros y me da una palmadita—. Lo único que hice fue reírme, de hecho. Seguro que iba tan pedo que se imaginó lo demás.

—La madre que lo parió.

Esa es toda mi conclusión, claro. ¿Qué más puedo decir? Anoche descubrí que mi novio puede ser muy dramático bajo los efectos de siete u ocho cubatas y hoy resulta que todo es una tontería para todo el mundo. Pero a mí se me ha quedado como el susto en el cuerpo.

—¿Venís o qué? —nos llama Mikel desde unos metros más allá, mirándonos con impaciencia. La verdad es que yo también tengo un hambre de cojones, y seguro que Martín igual, así que nos acercamos al resto y dejamos la conversación de lado.

Mikel no parece ni acordarse ya, de todos modos, porque se pasa la comida haciendo manitas conmigo por debajo de la mesa, y riéndose, y contando mil anécdotas de ayer. Su humor no parece cambiar ni siquiera cuando aparece Yeremy y se acerca a nosotros, dándome a mí un beso en el pelo y a Mikel un beso en la sien antes de pirarse a comer con los demás. No es nada raro, ha sido así de cariñoso siempre, pero después de todo lo de anoche supongo que aún estoy un poco tenso.

Mikel parece darse cuenta, claro, porque no me quita el ojo de encima y aprovecha la más mínima oportunidad para tirar de mí de vuelta a nuestra habitación. Tenemos que marcharnos para el aeropuerto en un rato, de todos modos, así que deberíamos terminar las maletas. 

Pero mi novio no parece tener intención de terminar la maleta cuando cierra la puerta de la habitación detrás de nosotros y me coge de las manos, entrelazando nuestros dedos.

—¿Qué te pasa, amor? —pregunta, sin rodeos.

—No, nada. —Titubeo un poco, sintiéndome algo tonto de repente—. Supongo que anoche me acojoné y aún me dura un poco. Se me pasará pronto, ya verás.

Mikel me dedica una de esas sonrisas suaves suyas, tan serenas, y se acerca un paso más.

—Te lo puse difícil, ¿verdad? 

—Te prometí que no quiero besar a nadie más y me preguntaste que si ni siquiera a Alex Turner. 

A Mikel se le escapa una risita y yo me desinflo de golpe, la tensión y la incertidumbre y el miedo evaporándose tan pronto como lo veo acercarse otra vez. Sus manos se colocan sobre mi cintura y yo no puedo resistirme cuando tira de mí y me pega a su cuerpo.

—Unai, escúchame —me dice, sus ojos muy abiertos y fijos en los míos—. Te juro que confío en ti. Fue el alcohol y el calor y que estaba ya muy saturado, y lo pagué contigo. Y lo siento muchísimo. Te prometo que sé que era de broma, y que no voy a volver a beber alcohol nunca más en toda mi vida, ni siquiera cuando ganemos el siguiente mundial.

Ahora soy yo al que se le escapa una risita.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —pregunto, y él asiente—. Y sabes que haría cualquier cosa por ti.

—Lo sé, maitia —me asegura. No tarda en volver a esconder la cara contra mi pecho, tal y como hizo anoche mientras lloraba, y yo suspiro—. Yo dejaría que la Real perdiera treinta partidos si eso te hiciera feliz.

Me sale otra risotada. Hay que ver lo dramático que es para alguien con tan pocos niveles de estrés en el cuerpo. 

Nos quedamos un rato así, abrazados en medio de la habitación, las maletas a medio hacer y Madrid bullendo a nuestro alrededor. Mis dedos no dejan de acariciarle el pelo mientras él traza formas sin sentido sobre mi espalda.

—Tenemos que terminar de prepararnos para el avión —le recuerdo al cabo de un momento, rompiendo el silencio tan cómodo en el que nos habíamos envuelto.

Lo que dice Mikel a continuación me pilla desprevenido.

—¿Puedo ir contigo a Murgia cuando aterricemos?

—¿Y eso?

Se supone que tiene que volver a San Sebastián y a Eibar para un montón de actos. Yo también tengo una agenda bastante apretada en los próximos días, tanto en mi pueblo como en Bilbao.

—No quiero alejarme de ti —responde él en un hilillo de voz.

Me separo para mirarlo y me lo encuentro con una sonrisa un poco triste.

Maitia…

—Perdón, es que… me lo he pasado muy bien estas semanas. No me apetece despedirme todavía. —Sus manos me aprietan un poco más contra su cuerpo y yo, que soy un hombre débil, suspiro y me planteo por un momento perder el avión para empotrarlo aquí y ahora—. Además, a ver si te dejo solo y te das más besos con el primer tío guapo que veas en Bilbao. No puedo permitirlo.

Está claro que me está vacilando, y me encanta el Mikel vacilón.

—Estás invitado a Murgia y a donde quieras —le digo—. Mis padres te echan de menos, me lo dijeron ayer.

—Ay, qué monos. Yo a ellos también.

Y así, sin más, queda sellado. Hacemos las maletas y nos reunimos con el resto de los compañeros para subir al autobús rumbo al aeropuerto. Me fijo en que Pedri y Ferran van de la mano, y en que Cucurella no se ha quitado las gafas de sol, y en que Rodri tiene la copa entre los brazos como si fuera un bebé.

Mikel y yo nos sentamos en la parte delantera del autobús, como siempre. Y compartimos auriculares en cuanto arrancamos, como siempre. Y él apoya la cabeza sobre mi hombro, como siempre. Y yo entrelazo nuestros dedos, como siempre.

Madrid se desliza al otro lado de los cristales, serena y medio vacía después de la locura de ayer. En los auriculares suena algo de Fall Out Boy. Mikel levanta la cabeza un poco para sonreírme.

Y a mí se me escapa de golpe, en voz baja, solo para él:

—Te quiero.

Mi novio sonríe de oreja a oreja, incorporándose un poco más para alcanzar a besarme en los labios antes de susurrar:

—Te adoro.

Le aparto un mechón de pelo que le caía sobre la frente y le doy otro beso, y otro más, y luego uno más.

Y de repente, mientras él me mira con las mejillas un poco rojas y los ojos brillantes, la promesa del resto del verano juntos colgando de esa sonrisa, me sale algo más.

—Te vuelvo a querer.

Notes:

Gracias por leer!! Llevaba muchísimo sin escribir algo de lo que estuviera orgullosa, y con esta pequeña historia me lo he pasado en grande. Espero que te haya gustado :)
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