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La hicieron dormir temprano esa noche, dándole un beso de buenas noches y arropándola en las cálidas mantas de dibujos infantiles adorables.
Al día siguiente, sus padres se irían a un largo viaje por carretera y ella se quedaría al cuidado de sus abuelos hasta su regreso, a lo que no hubo objeción alguna, primero, porque la niña adoraba a sus abuelos maternos.
Y segundo, porque a pesar de que tenía casi cinco años, aún no hablaba con fluidez, no había ningún mal diagnóstico y por ello habían dejado que hablara al momento que a ella le apeteciera.
Pero esa noche algo ocurrió. En sueños, abrió los ojos. Todo estaba oscuro y silencioso, pero no sintió miedo.
La misma noche parecía envolverla con una tranquilidad reconfortante.
Cuando de repente, y sin aviso alguno, empezaron a aparecer ante ella trazos de colores, como si ante sus ojos se creara una pintura.
Como si sus sueños estuvieran tomando forma.
Poco a poco todo se volvió nítido, pudo reconocer que estaba dentro del pequeño auto de sus padres, en la parte trasera. Su padre era quien conducía, mientras que su madre iba en el asiento del copiloto, la pequeña trató de llamar su atención, pero parecía que ninguno de ellos la escuchara, o siquiera la vieran.
En un parpadeo, ya no estaba en el auto con sus padres, sino de pie junto a la carretera.
Miró a todos lados tratando de encontrar algo conocido, y entonces lo vio, era el auto rojo de su familia, acercándose a gran velocidad.
Y en un instante fatal, todo terminó.
Un enorme camión embistió el pequeño auto. Todo sucedió demasiado rápido: el vehículo estalló en llamas antes de que pudieran reaccionar. En ese momento, gritó con todas sus fuerzas.
Despertó ante las voces que decían su nombre.
Su madre estaba frente a ella, tomando su rostro entre sus manos, mientras que su padre le acariciaba la espalda, todo con tal de tranquilizarla.
Pero a pesar de sus intentos, nada pudo lograr que al día siguiente estuviera dispuesta a dejar que su mamá y papá se fueran, pero no consiguió nada.
Ellos se fueron de viaje… y jamás regresaron.
Durante años, su mente bloqueó aquel día, como si quisiera protegerla del dolor de recordar que no pudo hacer nada para evitar la tragedia…
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Era un niño muy solitario, que prefería mantenerse al margen de todo y de todos.
Pero jamás lo lograba.
Siempre lograban verlo.
Y cuando lo hacían, era con repudio.
Porque era alguien diferente.
Aquella mañana no parecía distinta a las demás.
Caminó por los pasillos con la mirada baja y las manos aferradas a su mochila. Desde lejos alcanzaba a escuchar los murmullos de siempre, esos que le apretaban el pecho a cada paso.
Pero sin saberlo, entre esos susurros había algunos nuevos, que no hablaban de él, sino de alguien más.
Aun así, decidió no darles importancia. Estaba casi acostumbrado a los malos tratos.
Para su alivio, logró llegar a su casillero sin que nadie lo molestara… al menos por ahora.
Comenzó a guardar sus cosas. Primero la mochila, luego los libros.
—Hola.
La voz lo sacó de sus pensamientos tan abruptamente que uno de los libros se le resbaló y cayó al suelo.
La niña se apresuró a recogerlo y se lo devolvió con evidente pena por la intrusión.
—Perdóname, no te quería asustar —dijo mientras le extendía el libro—. Estoy perdida, soy nueva aquí. ¿Sabes dónde está la dirección?
Le hablaba con naturalidad.
Definitivamente no sabía quién era él.
Porque si lo supiera, no le hablaría así…
o eso creyó.
Norman señaló con timidez la oficina del director, sin apartar la mirada del libro. No sabía por qué, pero no quería levantar la vista.
—¡Gracias! —sonrió la chica, aunque él no lo viera.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella, con genuina curiosidad. El chico parecía tan tímido que resultaba misterioso.
Norman tardó un momento en responder. Su mente se quedó en blanco ante una pregunta tan sencilla.
—N-Norman —dijo al fin, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.
Estaba acostumbrado a que todos supieran su nombre… y a que lo usaran en su contra.
—¡Mucho gusto! —respondió ella con alegría, como si acabara de ganar la lotería—. Yo me llamo Anne.
Extendió la mano hacia él.
—Espero que nos volvamos a ver pronto.
Norman asintió sin levantar la vista. Tomó su mano con nerviosismo.
Anne parecía una buena persona… pero temía que aquello no durara mucho.
—¡Nos vemos, Norman!
Se despidió y se alejó por el pasillo.
Él solo se permitió levantar la mirada cuando ella estuvo lo suficientemente lejos.
Y sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, ese fue el principio de todo.
