Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-07-23
Completed:
2026-07-23
Words:
4,532
Chapters:
2/2
Kudos:
2
Hits:
53

Lo que dices cuando no puedes ocultarlo

Summary:

Cheng Xiaoshi se enferma y, aunque intenta restarle importancia, termina demasiado débil para cuidar de sí mismo. Lu Guang se encarga de él, pero Cheng Xiaoshi, medio dormido y vulnerable, empieza a decir cosas que normalmente ocultaría.

Chapter 1: Treinta y nueve grados

Chapter Text

La primera señal de que algo iba mal fue que perdí contra Lu Guang tres veces seguidas.

No era imposible, por supuesto. Él jugaba bien, aunque jamás habría aceptado que era mejor que yo, y tenía esa irritante capacidad de permanecer completamente tranquilo incluso cuando estaba a punto de perder. Lo extraño fue que, durante la tercera partida, ni siquiera vi venir el movimiento que me dejó sin opciones. Me quedé mirando el tablero sobre la mesa del estudio fotográfico, tratando de comprender en qué momento había cometido el error, mientras Lu Guang recogía una de las piezas con esa expresión suya que no era exactamente arrogancia, pero se acercaba lo suficiente como para resultar ofensiva.

—Otra vez —dije.

Mi voz salió más áspera de lo normal. Tuve que aclararme la garganta y eso provocó una punzada desagradable que se extendió hasta mis oídos.

Lu Guang levantó la vista.

—No.

—¿Tienes miedo de que ahora sí te gane?

—No estás prestando atención.

—Claro que estoy prestando atención.

—Moviste la misma pieza dos veces sin ningún propósito.

—Era una estrategia.

—Era un error.

Le lancé una mirada de indignación que habría sido mucho más efectiva si la habitación no se hubiera inclinado ligeramente hacia la izquierda. Apoyé una mano sobre la mesa, fingiendo que solo quería acercarme al tablero, y esperé a que el mareo pasara. Había empezado a sentirme mal desde la mañana, aunque entonces solo era una molestia en la garganta y algo de cansancio. Nada que justificara quedarme en cama mientras Lu Guang se encargaba solo del estudio, especialmente porque no teníamos clientes suficientes como para permitirnos cerrar por cualquier cosa. Durante la tarde, sin embargo, el dolor había aumentado. Me pesaban los brazos, la cabeza parecía llena de algodón y el aire que salía del ventilador me provocaba escalofríos, aunque hacía suficiente calor como para que Lu Guang llevara las mangas recogidas hasta los antebrazos.

No pensaba mencionarlo. Sabía exactamente qué ocurriría si lo hacía. Lu Guang me ordenaría subir al apartamento, me daría alguna medicina horrible y después me vigilaría como si yo fuera incapaz de sobrevivir una tarde sin supervisión. Qiao Ling probablemente se enteraría antes de una hora y aparecería con una bolsa llena de cosas innecesarias, aprovechando cada oportunidad para recordarme que siempre me enfermaba por no cuidarme.

Podía evitarlo si fingía estar bien.

El problema era que fingir delante de Lu Guang casi nunca funcionaba.

—¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote mal? —preguntó.

—No me siento mal.

—Cheng Xiaoshi.

—Solo estoy cansado. Es diferente.

Se levantó de su silla y rodeó la mesa. Yo retrocedí por reflejo, aunque el movimiento brusco provocó otro mareo y terminé chocando contra el borde del mostrador. Lu Guang se detuvo frente a mí, observándome con el ceño apenas fruncido.

—No te acerques —advertí—. Podría ser contagioso.

—Entonces admites que estás enfermo.

—Dije que podría estarlo. Es una situación hipotética.

Lu Guang levantó una mano y la apoyó sobre mi frente antes de que pudiera apartarme. Sus dedos estaban fríos. El alivio fue inmediato y tan agradable que, por un segundo, olvidé que debía seguir protestando. Cerré los ojos sin querer y me incliné apenas hacia el contacto.

Cuando me di cuenta, volví a enderezarme.

—Estás ardiendo —dijo.

—Tus manos están frías.

—Las tuyas también.

Miré hacia abajo. Tenía los brazos cubiertos de piel de gallina.

—El ventilador está demasiado fuerte.

—El ventilador está apagado.

Giré la cabeza. Efectivamente, las aspas estaban inmóviles.

—Alguien debió apagarlo ahora mismo.

—Fui yo. Hace una hora.

—Eso demuestra que estoy muy concentrado en el trabajo.

—Eso demuestra que tienes fiebre.

Intenté protestar, pero una tos repentina me obligó a doblarme hacia delante. Lu Guang me sostuvo del hombro hasta que pude respirar otra vez. Su mano permaneció allí, firme y cálida a través de mi camiseta.

—Arriba —ordenó.

—Todavía no hemos cerrado.

—Yo cerraré.

—Podría venir un cliente.

—Entonces lo atenderé.

—¿Y si necesita una fotografía?

—Sé usar una cámara.

—No tan bien como yo.

—Sube antes de que te caigas.

Quise responder con algo ingenioso, pero no se me ocurrió nada. Mi cabeza parecía trabajar varios segundos por detrás de todo lo demás, así que terminé obedeciendo más por agotamiento que porque creyera que Lu Guang tenía razón. Crucé la puerta que comunicaba con la escalera y comencé a subir hacia el apartamento, apoyándome en la pared cuando las piernas me pesaron demasiado. El espacio de arriba siempre había sido pequeño, pero aquel día pareció todavía más reducido. La cocina apenas ocupaba un rincón junto a la entrada, con una mesa estrecha y dos sillas que casi nunca podían separarse por completo sin bloquear el paso. Más allá estaba la única habitación, donde guardábamos la mayor parte de nuestras cosas y dormíamos en una litera vieja que crujía cada vez que alguno se movía demasiado. Yo ocupaba la cama inferior. Lu Guang había elegido la superior desde el principio, argumentando que yo era más probable que me cayera si tenía que bajar medio dormido. No había podido discutir porque, objetivamente, tenía razón.

Me dejé caer sobre mi colchón sin cambiarme de ropa. Apenas apoyé la cabeza en la almohada, sentí que todo mi cuerpo se volvía demasiado pesado para moverse. Cerré los ojos y escuché los pasos de Lu Guang bajando de nuevo al estudio. Después llegaron sonidos amortiguados desde la planta baja: la puerta cerrándose, el seguro, algunas cosas moviéndose sobre el mostrador. Nuestra casa nunca estaba completamente separada del negocio. Incluso desde la cama podía reconocer el ruido de los cajones, la vibración de la cortina metálica y el golpe de la silla que Lu Guang siempre acomodaba antes de subir. Había días en los que aquello me resultaba molesto. Esa tarde fue tranquilizador. Cada sonido significaba que seguía allí.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que Lu Guang regresara. Tal vez diez minutos. Tal vez una hora. Cuando abrí los ojos, estaba sentado en el borde de mi cama con un termómetro en una mano y un vaso de agua en la otra.

—Abre la boca —dijo.

—Esa es una forma muy extraña de pedirme un beso.

La frase salió antes de que pudiera pensarla. Lu Guang se quedó completamente quieto.

Yo también.

A pesar de la fiebre, sentí calor en el rostro por una razón distinta.

—Quise decir… —empecé.

—Sé lo que quisiste decir.

—Era una broma.

—Una mala.

—No tienes sentido del humor.

—Abre la boca.

Obedecí porque continuar hablando solo podía empeorar las cosas. Lu Guang colocó el termómetro bajo mi lengua y esperó, observando el reloj. Yo lo miré a él. Era difícil no hacerlo cuando estaba tan cerca. Su cabello caía hacia delante y una pequeña arruga se había formado entre sus cejas. Parecía preocupado, aunque seguramente negaría que aquello fuera preocupación y lo llamaría simple sentido común. Lu Guang siempre encontraba una forma práctica de explicar las cosas que hacía por mí. Cocinar cuando olvidaba comer era evitar desperdicios. Esperarme despierto cuando regresaba tarde era asegurarse de que cerrara la puerta. Permanecer sentado junto a mi cama mientras tenía fiebre probablemente sería evitar que hiciera alguna estupidez.

El termómetro sonó.

Lu Guang lo retiró y miró la pantalla.

—Treinta y nueve.

—Eso no es tanto.

—Es suficiente.

—He tenido más.

—Eso no lo convierte en algo bueno.

Se levantó y fue hasta el pequeño armario donde guardábamos medicinas. Yo seguí sus movimientos con la mirada, sintiendo que el cuarto se desenfocaba alrededor de él. Abrió una caja, revisó la fecha y colocó unas pastillas sobre la mesa.

—Qiao Ling vendrá en un rato —dijo.

—¿Por qué?

—Le pedí que comprara algo de comida.

—Tenemos comida.

Lu Guang miró hacia la cocina.

—Tenemos medio paquete de fideos, dos huevos y una salsa que debiste tirar hace una semana.

—La salsa todavía sirve.

—Cambió de color.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que parece.

Me incorporé con esfuerzo para tomar la medicina. El movimiento hizo que la manta cayera y el aire rozara mi piel húmeda. Empecé a temblar. Lu Guang dejó el vaso sobre la mesa y volvió a cubrirme, acomodando la manta alrededor de mis hombros de una manera tan cuidadosa que tuve que apartar la vista.

—No tienes que hacer todo esto —murmuré.

—Lo sé.

Su respuesta me hizo mirarlo de nuevo.

—Entonces ¿por qué lo haces?

Lu Guang pareció considerar la pregunta. Después tomó el vaso y me lo tendió.

—Porque, si no lo hago, intentarás bajar al estudio y probablemente te desmayarás sobre una cámara.

—Eso sería una tragedia. Las cámaras son caras.

—Tú también.

La frase fue dicha en el mismo tono tranquilo con el que habría comentado el precio de una reparación. Aun así, se instaló dentro de mi pecho y se quedó allí.

Tomé la pastilla sin discutir.

Qiao Ling llegó poco después con dos bolsas llenas de comida, bebidas y suficientes medicamentos como para tratar a un hospital pequeño. La oí desde la cama antes de verla. Entró hablando desde la escalera, regañándome por no haberle dicho nada y preguntándole a Lu Guang cuánto tiempo llevaba con fiebre. Cuando apareció en la puerta de la habitación, llevaba el cabello algo desordenado por el viento y una expresión que mezclaba preocupación con ganas de golpearme.

—¿Por qué siempre esperas hasta estar medio muerto para decir que te sientes mal? —preguntó.

—No estoy medio muerto.

—Tienes una cara horrible.

—Tú también.

—Perfecto. Entonces todavía tienes energía para ser molesto.

Dejó las bolsas junto a la cocina y se acercó para tocarme la frente, aunque Lu Guang ya le había dicho la temperatura dos veces. Después me obligó a beber otra taza de agua, revisó que tuviéramos suficientes mantas y empezó a darle instrucciones a Lu Guang como si él no hubiera sido quien me había cuidado desde el principio.

—Tiene que comer algo antes de tomar la siguiente dosis —dijo—. No lo dejes levantarse solo. Y asegúrate de que no se cubra demasiado si vuelve a subirle la fiebre.

—Estoy enfermo, no inconsciente —protesté.

Ambos me ignoraron.

Qiao Ling se quedó hasta que terminó de preparar una sopa sencilla. Yo comí apenas unas cucharadas antes de que el estómago empezara a rebelarse, pero ella pareció considerar aquello suficiente. Se marchó cuando ya había oscurecido, no sin antes advertirme que regresaría por la mañana y que, si empeoraba, me llevarían al hospital aunque tuvieran que arrastrarme.

Cuando la puerta de abajo se cerró y sus pasos desaparecieron, el apartamento quedó en silencio. Lu Guang lavó los platos en el pequeño fregadero mientras yo permanecía acostado, escuchando el sonido del agua. Estaba agotado, pero no conseguía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, el calor se volvía insoportable. Si apartaba la manta, empezaba a temblar.

Lu Guang entró a la habitación unos minutos después y apagó la luz principal, dejando encendida solo la lámpara pequeña junto a mi cama. Después subió la escalera de la litera hasta su colchón.

—¿Vas a dormir? —pregunté.

—Eso suele hacerse por la noche.

—Es temprano.

—Son casi las once.

—Eso es temprano para nosotros.

—Tú necesitas descansar.

Escuché cómo acomodaba la almohada sobre mi cabeza. La estructura de metal crujió cuando se movió.

—Lu Guang.

—¿Qué?

—¿Estás despierto?

Hubo una pausa.

—Acabo de responderte.

—Solo comprobaba.

Intenté cerrar los ojos. Pasaron quizá cinco minutos antes de que volviera a hablar.

—Lu Guang.

—¿Qué ocurre ahora?

—Tengo frío.

El colchón superior crujió. Un instante después, sus pies aparecieron en la escalera y bajó. Se acercó a mi cama, tocó mi frente y luego mi cuello. Sus dedos volvieron a sentirse demasiado fríos.

—La fiebre no ha bajado todavía —dijo.

—Podrías quedarte aquí hasta que baje.

Las palabras salieron débiles y demasiado honestas.

Lu Guang me miró.

—Estoy en la cama de arriba.

—No es lo mismo.

No habría dicho aquello estando bien. O quizá sí lo habría pensado, pero habría encontrado alguna broma para esconderlo. Con la fiebre, no tenía energía para construir las respuestas correctas. Solo sabía que, cuando Lu Guang subía a la parte superior de la litera, desaparecía de mi campo de visión. Seguía estando a menos de dos metros, pero el espacio vacío a mi lado parecía enorme.

—No voy a irme —dijo.

—Podrías dormirte.

—Esa es la intención.

—Y si me pasa algo, no te darías cuenta.

—La cama cruje cada vez que respiras demasiado fuerte. Me daré cuenta.

—No es cierto.

Lu Guang suspiró. Miró la única silla de la habitación, que estaba cubierta con ropa, y después volvió a mirarme. Finalmente se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el costado de mi cama.

—Duerme —ordenó.

—Desde ahí no puedo verte.

—No necesitas verme.

—Yo creo que sí.

Se quedó inmóvil. Yo extendí una mano por el borde del colchón hasta encontrar su hombro. La apoyé allí sin pensar demasiado. Lu Guang no se apartó.

—¿Mejor? —preguntó.

—Un poco.

Cerré los ojos. Su presencia se convirtió en un punto estable dentro del mareo, algo a lo que podía aferrarme mientras todo lo demás parecía moverse. Sentía el calor de su cuerpo bajo mi palma y el movimiento ligero de su respiración. No sabía por qué aquello me tranquilizaba tanto. O sí lo sabía, pero no quería pensarlo con demasiada claridad.

—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —murmuré.

—No lo soy.

—Sí eres.

—Mañana no opinarás lo mismo cuando te obligue a ir al médico.

—Eso también sería ser bueno conmigo.

—La fiebre está afectando tu juicio.

Sonreí sin abrir los ojos.

—Siempre haces cosas por mí y luego finges que no significan nada.

El hombro bajo mi mano se tensó ligeramente.

—Descansa, Cheng Xiaoshi.

—Cocinas cuando estoy cansado. Me esperas cuando salgo. Recuerdas todas las cosas que yo olvido.

—Alguien tiene que hacerlo.

—No tienes que ser tú.

Lu Guang no respondió.

Tal vez fue el silencio. Tal vez fue el calor que me aflojaba la lengua y hacía que cada pensamiento pareciera más urgente. Las palabras se acumularon en mi garganta antes de que pudiera detenerlas.

—Me alegra que seas tú.

Mi voz se quebró un poco al final. Moví los dedos sobre su hombro, asegurándome de que seguía allí.

—No quiero que sea otra persona.

—Cheng Xiaoshi…

—No quiero que cuides así de nadie más.

En algún lugar de mi mente sabía que estaba diciendo demasiado, pero no podía ordenar las ideas. Imaginé a Lu Guang sentado junto a otra cama, tocando la frente de otra persona, usando aquella voz baja y paciente para convencerla de tomar medicina. La imagen me produjo una tristeza ridícula y desproporcionada.

—Eso sería egoísta —continué—. Lo sé. Tú puedes hacer lo que quieras. Solo que… no me gustaría.

Lu Guang giró la cabeza. Aunque tenía los ojos cerrados, sentí el movimiento bajo mi mano.

—¿Por qué no te gustaría?

La pregunta llegó con demasiada suavidad.

—Porque eres mío.

Abrí los ojos de golpe.

El techo estaba borroso. Tardé varios segundos en recordar qué acababa de decir. Cuando lo hice, quise retirar la mano, pero Lu Guang la sujetó antes de que pudiera escapar.

—No —balbuceé—. No quise decir eso.

—Entonces ¿qué quisiste decir?

—Que eres mi compañero. Mi compañero de trabajo.

—Eso no fue lo que dijiste.

—Tengo treinta y nueve grados.

—Lo sé.

—Podría estar delirando.

—Todavía eres coherente.

—Nunca soy coherente.

—Eso es discutible.

Intenté incorporarme, impulsado por la vergüenza, pero el cuerpo no cooperó. Lu Guang se levantó rápidamente y me obligó a recostarme otra vez, apoyando una mano sobre mi pecho.

—No te muevas.

—Olvida lo que dije.

—Duerme.

—Promete que lo olvidarás.

—No puedo prometer eso.

—Lu Guang.

Su expresión era difícil de leer bajo la luz tenue. No parecía molesto. Tampoco sorprendido, aunque había algo distinto en su mirada, una atención demasiado intensa que me hizo sentir todavía más expuesto.

—No quiero que sea otra persona —repetí, esta vez casi en un susurro—. Cuando me cuidas… cuando estamos aquí arriba y puedo escucharte moverte en la cama de arriba… siento que este lugar es mi casa. Pero no por el estudio ni por las cosas. Es porque estás tú.

El cansancio volvió a caer sobre mí de repente. Mis ojos se cerraron antes de que pudiera resistirme.

—Si te fueras —murmuré—, no sé qué quedaría.

Sentí la mano de Lu Guang apartando el cabello húmedo de mi frente.

—No voy a irme —dijo.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

—Podrías conocer a alguien.

Hubo un silencio breve.

—Ya conozco a alguien.

La respuesta atravesó la fiebre, pero no tuve fuerzas para entenderla.

—Qué mal —dije, con la voz espesa por el sueño—. Entonces llegué tarde.

Lo último que recuerdo fue la presión de sus dedos alrededor de mi mano.