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La fotografía que no debía mirar

Summary:

Antes de aceptar trabajos importantes, Cheng Xiaoshi entra por accidente en una fotografía aparentemente trivial y descubre un momento del pasado de Lu Guang que este nunca quiso compartir.

Chapter 1: El sobre equivocado

Chapter Text

Lu Guang siempre decía que los errores más peligrosos no eran los grandes, porque esos resultaban demasiado evidentes como para ignorarlos. Los verdaderamente problemáticos eran los pequeños: una fecha anotada con un número incorrecto, una fotografía guardada en el sobre equivocado, un segundo de distracción antes de tomar una decisión que ya no podía deshacerse.

Yo pensaba que era una de esas frases que inventaba para justificar por qué revisaba todo tres veces.

Después de aquella tarde, dejé de burlarme.

El día había empezado de una forma completamente normal. Qiao Ling había bajado al estudio con una caja llena de fotografías antiguas que una clienta quería digitalizar y ordenar antes de regalárselas a su madre. No era uno de nuestros trabajos especiales; por una vez, solo teníamos que limpiar las imágenes, escanearlas y separar las que estuvieran demasiado dañadas. Qiao Ling dejó la caja sobre el mostrador, nos recordó que debíamos tratarlas con cuidado y volvió a salir para encargarse de otros asuntos, no sin antes amenazarme con descontar cualquier fotografía que manchara, doblara o perdiera.

—¿Por qué me miró solo a mí cuando dijo eso? —pregunté.

Lu Guang ni siquiera levantó la vista del sobre que estaba revisando.

—Porque te conoce.

—Tú también podrías perder algo.

—No.

—Esa confianza excesiva será tu perdición.

—Y tu falta de cuidado será la nuestra.

Me senté frente a él y empecé a separar las fotografías por fechas. La mayoría mostraba celebraciones familiares, viajes o niños posando delante de edificios que seguramente ya no existían. Era un trabajo sencillo, aunque bastante aburrido. Durante la primera hora intenté hacer comentarios sobre cada imagen para entretenerme, inventando vidas dramáticas para las personas que aparecían en ellas, hasta que Lu Guang me dijo que, si no podía permanecer callado, al menos debía hablar más bajo.

Después de eso, pasé a molestarlo directamente.

Le escondí una fotografía debajo de su libreta, moví de lugar los sobres que ya había organizado y pregunté tres veces si estaba seguro de que una imagen de 2008 no pertenecía a la pila de 2009. Lu Guang soportó todo con una paciencia sospechosa hasta que me golpeó los dedos con el extremo de un bolígrafo.

—Concéntrate.

—Estoy concentrado.

—Llevas cinco minutos sosteniendo la misma fotografía.

La miré. Era una imagen simple de una habitación casi vacía. Había una cama individual junto a la pared, un escritorio despejado y una ventana abierta por la que entraba la luz gris del atardecer. No aparecía ninguna persona. Tampoco tenía la misma textura que las fotografías de la clienta. Era más reciente, con los bordes intactos y el color apenas desvanecido.

—Esta no pertenece a la caja —dije.

Lu Guang alzó la cabeza.

Su reacción fue casi imperceptible. Apenas una pausa antes de extender la mano.

—Dámela.

Por supuesto, aquella respuesta solo consiguió despertar mi curiosidad.

—¿Es tuya?

—Sí.

—¿Qué hace aquí?

—Debió mezclarse con las demás.

Giré la fotografía para buscar alguna fecha o anotación en la parte posterior. Lu Guang se levantó de su silla.

—Cheng Xiaoshi.

—¿Es tu antigua habitación?

—Devuélvela.

—Solo estoy mirando.

—No necesitas hacerlo.

Su tono había cambiado. No sonaba enfadado, pero sí más firme de lo habitual, y eso me hizo detenerme. Lu Guang no solía alterarse por cosas pequeñas. Mucho menos por una fotografía tan poco interesante. Observé de nuevo la habitación vacía, tratando de encontrar aquello que no quería que viera.

No había nada.

—¿Por qué le tomaste una foto a un cuarto vacío? —pregunté.

—No importa.

—Entonces no debería molestarte contármelo.

—Tampoco debería molestarte dejarlo.

Nos miramos por encima del mostrador. Una parte de mí sabía que debía obedecer. No era uno de nuestros juegos ni una discusión insignificante. Lu Guang estaba pidiéndome que respetara un límite, aunque se negara a explicar por qué.

Antes de que pudiera entregársela, la puerta del estudio se abrió de golpe.

Qiao Ling entró con el teléfono pegado al oído, señalándonos impacientemente mientras trataba de mantener una conversación con alguien al otro lado de la línea. Lu Guang se volvió hacia ella por reflejo. Yo también, todavía con la fotografía en la mano.

—La clienta del caso de esta mañana cambió la hora —dijo Qiao Ling después de colgar—. Vendrá dentro de veinte minutos. ¿Ya revisaron la imagen que dejó?

Miré hacia el mostrador. Había un segundo sobre junto a la caja, uno que Lu Guang había preparado antes de comenzar a ordenar las fotografías. Dentro estaba la imagen de una calle concurrida que debíamos investigar: una mujer quería averiguar dónde había perdido un colgante que pertenecía a su madre. No parecía un caso complicado. Solo tenía que entrar, seguir sus movimientos durante unas horas y descubrir en qué momento el objeto había desaparecido.

—Podemos hacerlo ahora —dije.

Lu Guang todavía miraba la fotografía que sostenía.

—Primero guarda eso.

—Sí, sí.

Dejé la imagen sobre el mostrador y tomé el sobre del caso. Qiao Ling empezó a explicar los detalles otra vez, caminando de un lado a otro mientras hablaba, y Lu Guang abrió su libreta para comprobar la hora exacta en que había sido tomada. Yo saqué la fotografía, la coloqué entre nosotros y levanté la mano.

—Doce horas —dijo Lu Guang—. Sigue los movimientos de la clienta y no interfieras.

—Lo sé.

—Cheng Xiaoshi.

—No cambiaré nada.

Chocamos las manos.

El mundo desapareció.

Siempre había un instante de caída, aunque no estuviera cayendo realmente. La sensación de abandonar mi propio cuerpo, de ser arrastrado por la fotografía y abrir los ojos desde el interior de otra persona, nunca terminaba de volverse familiar. Esperé escuchar el ruido de la calle y sentir el peso distinto del cuerpo de la clienta, pero cuando recuperé la visión solo encontré una habitación silenciosa.

La misma cama individual. El mismo escritorio despejado. La misma ventana abierta hacia un cielo gris.

No me moví.

Había aprendido que los primeros segundos eran importantes. El cuerpo en el que entraba no continuaba actuando solo; desde aquel momento, cada respiración demasiado evidente, cada palabra y cada paso dependían de mí. Lu Guang era quien veía el recorrido completo de la fotografía y debía indicarme cómo reproducirlo para que el pasado conservara su curso.

Bajé lentamente la mirada hacia mis manos. Eran más pálidas que las mías, con dedos largos y delgados. En la muñeca izquierda había un reloj que reconocía demasiado bien.

—Lu Guang —dije.

La voz que salió de mi garganta era la suya.

El silencio al otro lado de la conexión duró apenas un instante, pero fue suficiente para que ambos comprendiéramos el error.

—No vuelvas a hablar —ordenó—. Sal de la fotografía.

—¿Estoy dentro de ti?

—Tomaste la imagen equivocada.

Giré la cabeza hacia el escritorio. Había una cámara pequeña sobre la superficie, colocada frente a mí. La fotografía debía de haber sido tomada pocos segundos antes de mi llegada. A partir de allí, cualquier movimiento que hiciera sería mío, no una acción automática del Lu Guang del pasado.

—La fotografía estaba sobre el mostrador —dije.

—Qiao Ling debió mover los sobres cuando entró. Cheng Xiaoshi, aplaude y sal ahora.

Levanté las manos, pero me detuve antes de juntarlas.

Algo en su voz no encajaba. Lu Guang no sonaba simplemente irritado porque hubiera cometido un error. Había una tensión distinta, una urgencia que rara vez le escuchaba.

Miré la habitación vacía.

—¿Qué ocurrió aquí?

—No es asunto tuyo.

—Estoy ocupando tu cuerpo en tu pasado. Creo que ya es un poco asunto mío.

—No lo es. No te muevas y termina la inmersión.

Debí obedecerlo. No tenía derecho a explorar un recuerdo que él no había decidido mostrarme. Sin embargo, antes de que pudiera aplaudir, el teléfono que llevaba en el bolsillo vibró.

Mi mano se movió por reflejo hacia él.

—No lo saques —dijo Lu Guang.

Me detuve con los dedos sobre la tela.

—¿Qué mensaje recibiste?

—No necesitas saberlo.

—Tú sabes exactamente lo que dice.

—Sí.

—Entonces dime qué hiciste.

—Sal de la fotografía.

Saqué el teléfono.

No era el movimiento que el pasado había seguido. Era una decisión mía.

En la pantalla aparecía un mensaje de una oficina universitaria. No necesité abrirlo para leer las primeras palabras de la notificación: aceptación, traslado y confirmación antes de medianoche.

—¿Ibas a marcharte? —pregunté.

Lu Guang guardó silencio.

La emoción que pertenecía a aquel cuerpo comenzó a filtrarse dentro de mí. No era una orden ni una voluntad que dirigiera mis manos. Lu Guang no estaba tratando de caminar ni de responder a través de mí. Era solamente el residuo de lo que había sentido en ese instante: una determinación agotada, una tristeza tan contenida que casi parecía vacío y algo parecido al miedo.

Yo continuaba teniendo el control.

Y precisamente por eso debía decidir si obedecía al Lu Guang del presente o utilizaba su cuerpo para descubrir lo que él quería ocultarme.

—Guarda el teléfono —dijo—. Después toma la maleta que está dentro del armario.

Miré hacia la puerta cerrada del armario.

—¿Eso fue lo que hiciste?

—Sí.

—¿Vas a guiarme por todo el recuerdo?

—Voy a evitar que lo cambies. Haz exactamente lo que te diga.

Guardé el teléfono y abrí el armario. Encontré una maleta pequeña junto a varias cajas. La tomé con mis propias manos, aunque fueran las manos de Lu Guang en aquel momento, y la coloqué sobre la cama.

—Ciérrala —indicó.

—¿Ya estaba preparada?

—Sí.

—Entonces habías tomado la decisión antes de hacer la fotografía.

—Cheng Xiaoshi.

—Solo intento entender.

—No estás aquí para entender. Estás aquí por un error y deberías haber salido inmediatamente.

Cerré la maleta. Al tocarla, la emoción del pasado aumentó: la resistencia silenciosa de alguien que había repetido todos los argumentos posibles hasta convencerse de que marcharse era la opción más razonable.

Nada obligaba a mi cuerpo a moverse. Podía sentarme, abrir las cajas o romper el teléfono si quisiera. Lu Guang únicamente podía hablarme desde el presente y tratar de mantenerme dentro del recorrido original.

—Ahora sal de la habitación —ordenó.

Obedecí.

Lu Guang me guio por los pasillos de la residencia, indicándome cuándo debía detenerme, qué escalera utilizar y hacia dónde girar. No había palabras que reproducir porque él no había hablado con nadie durante el trayecto. Cada paso que daba era consciente. Yo levantaba sus pies, sujetaba la maleta y mantenía la mirada al frente, mientras las emociones que el Lu Guang del pasado había sentido se acumulaban en mi pecho.

—Gira a la derecha —dijo.

—¿Pensabas irte sin despedirte?

—Continúa caminando.

—Eso no es una respuesta.

—No necesitas hablar. Yo no lo hice.

—Entonces no cambiaré nada importante.

—Ya estás arriesgándote al ignorar mis instrucciones.

Llegué a la parada del autobús y coloqué la maleta junto al banco cuando Lu Guang me lo indicó. Después me senté. El teléfono permanecía dentro del bolsillo.

—Quédate quieto —dijo—. Faltan veinte minutos.

—¿Veinte minutos haciendo qué?

—Esperando.

El silencio que había experimentado al llegar volvió a cerrarse alrededor de mí. Ahora comprendía que no pertenecía a la habitación, sino a él. Lu Guang había esperado completamente solo, con una maleta a sus pies y sin decirle a nadie que estaba a punto de abandonar la ciudad.

El teléfono vibró.

Todo mi cuerpo se tensó por decisión propia.

—No lo saques todavía —ordenó Lu Guang.

—¿Soy yo?

No respondió.

La vibración continuó. Era una llamada.

—Lu Guang.

—Déjala terminar.

—¿Eso hiciste?

—Sí.

Apreté las manos sobre mis rodillas para no alcanzar el teléfono. Yo controlaba el cuerpo, pero las emociones de aquel momento atravesaban mi pecho: el impulso de responder, el miedo a escuchar mi voz y la certeza de que, si lo hacía, quizá no sería capaz de marcharse.

La llamada terminó.

—Ahora puedes mirar los mensajes —dijo Lu Guang.

Saqué el teléfono.

Abre, anciano.

Tengo una sorpresa.

Qiao Ling dice que podemos usar el estudio.

Tienes cinco minutos para fingir entusiasmo.

El último mensaje incluía una fotografía mía frente al edificio, sosteniendo las llaves por encima de la cabeza. Qiao Ling aparecía parcialmente en una esquina, levantando dos dedos detrás de mí.

Me quedé mirando la imagen.

No porque el Lu Guang del pasado estuviera obligándome. Él no estaba allí dentro como una conciencia separada. Era yo quien sujetaba el teléfono y decidía cuánto tiempo observarlo. Sin embargo, podía sentir la forma en que aquella imagen lo había afectado: la calidez repentina, el deseo doloroso de creer que existía un lugar al que podía regresar y el miedo de permitir que ese deseo decidiera por él.

—¿Cuánto tiempo la miraste? —pregunté.

—Eso no importa.

—Para seguir exactamente el pasado, sí.

Lu Guang guardó silencio durante unos segundos.

—Hasta que apareció el autobús.

Continué mirando.

Cuando el autobús apareció al final de la calle, Lu Guang me indicó que guardara el teléfono y me pusiera de pie. Lo hice. Tomé la maleta y esperé junto a la acera.

—Cuando abra las puertas, da dos pasos hacia delante —dijo.

—¿Subiste?

—Haz lo que te digo.

El autobús se detuvo. Las puertas se abrieron.

Di el primer paso.

El miedo de Lu Guang me atravesó con tanta intensidad que casi perdí el equilibrio. No era miedo a la ciudad desconocida ni al trabajo que lo esperaba. Era miedo a permanecer, a depender de aquel estudio, de Qiao Ling y de mí. Miedo a construir un hogar alrededor de personas que podían abandonarlo.

Di el segundo paso.

Quedé frente a la puerta abierta.

—Ahora detente —dijo Lu Guang.

—¿Qué hiciste después?

—Dejé la maleta en el suelo.

Aflojé los dedos. La maleta quedó junto a mis pies.

—Y retrocedí.

Obedecí.

Las puertas se cerraron frente a mí. El autobús se alejó sin que yo subiera.

No había sido el cuerpo de Lu Guang tomando la decisión otra vez. Él ya la había tomado años atrás. Ahora era yo quien reproducía aquel movimiento siguiendo sus instrucciones, mientras sentía el eco de todo lo que había significado para él.

—Recoge la maleta —dijo.

Lo hice.

—Regresa al campus.

—Regresaste conmigo.

—Regresé al estudio.

—El estudio todavía no existía para nosotros.

—Cheng Xiaoshi.

—Te quedaste por la fotografía.

—No saques conclusiones.

—Puedo sentir lo que sentías.

—Sentir una emoción no significa comprenderla.

—Tenías miedo de subir al autobús, pero te daba todavía más miedo regresar.

Lu Guang no respondió.

Continué caminando porque ya conocía la dirección y porque él no me ordenó detenerme. Cada paso de regreso era mío, guiado por el recorrido que Lu Guang recordaba. El cuerpo no se movía solo. Nadie hablaba a través de mí. Yo estaba reconstruyendo su decisión, movimiento por movimiento, bajo sus indicaciones.

—No me pediste que me quedara —dijo Lu Guang finalmente.

—No sabía que estabas pensando irte.

—Exacto.

—Pero querías que lo hiciera.

La conexión quedó en silencio.

—Sal de la fotografía —ordenó.

—Lu Guang…

—Ya viste suficiente. Aplaude.

Esta vez obedecí.

Junté las manos y abandoné el recuerdo.

No porque hubiera dejado de querer respuestas, sino porque su voz se quebró apenas al pronunciar la última palabra.

Cuando regresé al estudio, el impacto me hizo caer contra el respaldo de la silla. Respiré con dificultad, intentando acostumbrarme otra vez a mi propio cuerpo. Lu Guang estaba delante de mí.

Qiao Ling había salido para recibir a la clienta. Estábamos solos.

La fotografía de la habitación permanecía entre nosotros.

—Fue un accidente —dije.

—Lo sé.

—No sabía que era esa imagen.

—También lo sé.

Lu Guang tomó la fotografía y la guardó dentro de su libreta. Sus movimientos parecían controlados, pero había demasiada fuerza en la manera en que cerró la cubierta.

—No debiste quedarte —dijo.

—Tú tampoco ibas a hacerlo.

Su mirada se alzó hacia mí.

Supe inmediatamente que había dicho algo cruel. No porque fuera falso, sino porque había utilizado lo que acababa de ver para herirlo.

—Lu Guang…

—Tenemos que atender a la clienta.

—Espera.

Se levantó de la silla.

—El caso puede esperar.

—No.

—Yo necesito hablar.

—Tú querías respuestas. Ya las obtuviste.

—No obtuve nada.

—Viste algo que no debías ver. Eso no te da derecho a exigirme más.

Subió las escaleras hacia el apartamento antes de que pudiera detenerlo.

La puerta se cerró arriba.

Por primera vez desde que vivíamos juntos, el estudio se sintió como un lugar en el que me había quedado completamente solo.