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La lista de reproducción de la selección se había distorsionado.
Era el turno del folklore argentino.
Diferentes clásicos comenzaron a sonar de fondo, y fue como si a Lisandro lo hubieran transportado a esas noches de peña que solía disfrutar en su tierra natal. De pronto, ya no se encontraba compartiendo una sobremesa después de un asado con amigos; en su lugar, se veía a sí mismo rodeado de castañetas, sonrisas y repiqueteos de un bombo hermosamente ejecutado, combinado con el olor a comidas típicas, como las empanadas fritas de carne que su familia siempre pedía, el aroma frutal del vino rebajado con gaseosa flotando entre los alaridos y los pies levantando tierra del camino que en ese instante se rendía frente a la intensidad de la tradición argentina.
Con semejante recuerdo, ¿cómo haces para no emocionarte? Al entrerriano se le aguaron los ojitos y las mejillas se le pusieron coloradas en seguida. Sin darse cuenta, ya se encontraba entonando las estrofas con pasión, dramatizando los gestos sumándose al cántico de quienes compartían la misma emoción por las melodías cargadas de patria e historia.
Hasta que una canción en especial resonó en el altoparlante. Le robó el aire, literalmente. Apenas reconoció la tonada, se le dibujó una enorme sonrisa en la cara, emocionado de pies a cabeza. Su compañero más cercano, de acento particular y ojos tan oscuros como la noche que dormía sobre sus cabezas, se dio cuenta al toque de que algo se había prendido en el interior del Licha.
Lisandro, tan vívido y apasionado con las cosas que ama, como siempre, no tardó en querer expresarlo al mundo con fervor, preparándose para dar un espectáculo al que Cristian no prometía sobrevivir. Pero, al parecer, alguien más capturó su idea antes de que siquiera alcanzara a dar un paso al frente.
—¡Uhh boludo, no te la puedo creer!—exclamó su amigo Nahuel, haciéndose un hueco entre el barullo espectacular con sus palabras que sonaron más fuerte de lo habitual—. ¡Subile a ese temón! ¡Licha, vení acá!
Nahuel se levantó del sillón playero y se dirigió a una esquina de un falso escenario que acababa de armarse para entretener a sus amigos. Lisandro, cómo no, se unió sin ninguna queja de por medio. Entonces, Cristian experimentó una terrible soledad. Sí, así de dramático, porque cuando sus dedos se achicaron al reconocer la frescura de la noche de verano enfriando su tacto, no tardó ni un minuto en comenzar a extrañar la espalda calentita del entrerriano.
—Dale boludo, me estás jodiendo que vos sabes bailar zamba —lo descansó Lisandro, aunque igualmente se acomodó en la otra esquina con una risa ligera escapando de sus labios. Para qué negarlo; estaba intrigado.
—Me parece que el que no sabe sos vos —lo retó Nahuel, lanzándole uno de los repasadores que había al costado de la mesa, llenos de migas de pan—. No achiqués ahora, chinita hermosa.
Las cargadas de sus compañeros estallaron antes de que Lisandro tuviera tiempo de quejarse por su comentario, obviamente protestando por quedarse con el papel de la mujer. Cristian, quien lo miraba con una emoción genuina palpitándole en el pecho, no permitió que su feroz expectativa se viera reflejada en la sonrisa de boludo que se le salía sin querer bajo una supuesta gracia causada por las guarangadas de sus amigos.
Se hubiera imaginado de todo, menos que Lisandro supiera bailar folklore.
En cuanto la famosísima voz del Chaqueño Palavecino se escuchó en el inconfundible compás de La Taleñita, ambos bailarines comenzaron a bailar con una complicidad que nadie anticipó. Molina se acoplaba al ritmo de la música, luchando por recordar en su ceño fruncido la coreografía de una zamba clásica mientras que Lisandro, sereno y entre risas contagiosas, se ponía de lo más contento al notar que su memoria muscular le correspondía a través de una cautivadora exactitud, agitando el pañuelo con una soltura espectacular como si lo hubiera hecho toda la vida.
Lisandro no era el único entusiasmado. Cristian descubrió que su corazón se ponía como loco con cada paso que el gualeyo interpretaba y no entendía cómo es que Nahuel podía permanecer tan serio cuando tenía a semejante hombre haciéndole morisquetas con revoloteos de pestañas y todo incluido.
—¡Ahí iba un arresto boludo! —. Licha corrigió el error de Nahuel, encontrándose solitario en el centro de la figura, con un pañuelo extendido sin ningún compañero al que conectarse.
—¡Ponele voluntad amigo! —. Enzo, con la mandíbula adolorida de tanto reírse, alcanzó a bardearlo al percibir el descontento del entrerriano—. ¡Lo invitaste a bailar vos encima, pedazo de fantasma!
—¡Bué, pará un poco gil! ¡Vení vos si tan fácil es! —. Molina, dejándose picar un poco por los insultos del otro, casi consiguió quebrar el espectáculo cuando regresaba a su base para dar la media vuelta final.
Con un Lisandro guardándose el pañuelo para sí, Nahuel soltó un bufido escandaloso, y todos los presentes volvieron a reírse de su desafortunado desenlace en medio de los merecidos aplausos de celebración.
—Pará un poco, ¿qué significa eso? Cristian estaba confundido. Estaba seguro de no haberle quitado los ojos de encima a Licha en ningún momento y aún así ese gesto se le hacía tan desconocido.
—Significa que lo rechazó —contó Leandro mientras negaba con la cabeza acompañando la sonrisa de sus labios—. Ese gaucho estuvo bastante flojo me parece.
—Uyy, perdón, no sabía que tenía de compañeros a los que hacen el canal rural —chistó Nahuel, con la voz cargada de ironía—. Manga de giles...
—Eu, cálmate. Igual, el único que te puede decir algo es el Licha —aseguró Julián, sumándose a la conversación—. Total, me la juego a que es el único que de verdad sabe del tema.
—A ustedes les faltó ir a las peñas cuando eran chicos, gurises —confirmó Lisandro, jugando distraídamente con la textura áspera del trapo en la mano.
Antes de que Cristian pudiera decir algo, el repasador arrojado por Molina le cayó en toda la cara obligándolo a quedarse con las palabras en la boca. Fingiendo inocencia, Nahuel se dejó caer a su lado en la otra reposadera y le golpeó el hombro con una fuerza amistosa animándolo a que se levantara. Cristian lo miró enfurruñado exigiendo una respuesta coherente para que no terminaran a las piñas en ese preciso instante.
Bajo el murmullo de las conversaciones ajenas, apaciguadas por la música que continuaba vibrando de fondo en la reunión, Nahuel se inclinó discretamente hacia su oído y le contestó.
—Dejá de poner esa cara de boludo mal que tenés y andá a bailar un rato —le dijo en un tono de voz bajito, guiñándole un ojo para que el cordobés captara su intención. Después, se despegó lo suficiente de él y se encargó de hablar lo más fuerte que podía—. Dale que te presto a mi chinita por un rato.
—¡Callate pelotudo! —protestó Lisandro, un poco fastidiado por el apodo que insistía en ponerle.
Cristian ni siquiera alcanzó a negarse que ya se encontraba en el foco de la atención acompañando a un intrigado Lisandro. Se acomodó con cierta incomodidad en el lugar donde antes estaba Nahuel mientras Rodri salía corriendo a buscar el celular para volver a reproducir la zamba para los dos.
—Acordate que es un baile de cortejo man —. Nahuel estaba decidido a hacerle la noche imposible al parecer—. Dale con todo que a mí ya me rechazó.
—¿Te podes callar la boca un rato? —. Esta vez, Licha saltó en su defensa. Mientras los demás cuchicheaban, Cristian se encontró con sus ojos caramelo mirándolo atentamente—. No le hagas caso. Vos estuviste mirando me parece... Te va a salir re bien. Seguime nomás.
Entonces sonrió. Pero no era una sonrisa cordial ni una avergonzada. No, todo lo contrario. Esos finos labios ensanchados en una línea de seducción arrastraron al cordobés hacia el borde de un precipicio. Cuti pasó saliva con dificultad, saboreando el peligro mortal que significaba caer ante los encantos de Lisandro. Bueno, en realidad no iba a caer; él estaba convencido de que iba a lanzarse de cabeza por ese abismo de perdición en cuanto el entrerriano volviera a dedicarle una mirada de las suyas.
—¡Primera! —cantó Enzo, sumándose a la pantomima.
Primero marcó Licha. Naturalmente, todo le salía hermoso. Mientras se encontraban intercambiando lugares en la vuelta entera, Romero lo veía extender el supuesto pañuelo con ambas manos para luego acercarlo a su rostro por debajo de la altura de sus ojos, escondiendo su expresión en el suspenso de aquel lenguaje tan particular. Su mirada pretendía ser tímida, pero en el brillo de aquellos orbes había algo más que vergüenza: el interés sobresalía por encima de todo.
Entonces Cristian comprendió que Lisandro iba en serio. Y aunque jugaba a hacer de la chinita, tal y como decían los pesados de sus amigos, el Cuti sintió que su compañero de baile le tiraba los palos como si fuera un auténtico gaucho sinvergüenza. Al darse cuenta, la respiración se le descontroló y un hormigueo le recorrió el cuerpo ansiosamente.
¿Con que en esas estaban? Bueno, Cristian iba a darle lo que quería.
Con algunos tropezones de por medio, Romero entendió que no le salía el paso de zamba ni de casualidad. Y aunque sus compañeros silbaban de fondo, soltando aullidos con comentarios cargados de insinuaciones sobre la danza, Cristian descubrió que no le resultaba para nada difícil hacer oídos sordos a todo lo demás cuando tenía a Lisandro tan cerquita de él, sintiéndose como si solo existieran ellos dos en ese preciso momento. Aún sin saber qué carajo hacía con el pañuelo, el cordobés se encontró entrelazándose con el de Lisandro mientras giraban de aquí para allá en el arresto, y ese atrevimiento le valió una sorpresa fugaz manifestándose en el rostro del gualeyo.
Mientras Licha regresaba a su base, la sonrisa en sus labios se había vuelto más quedada, como si no se hubiera esperado que su pareja le correspondería a su invitación de cortejo. Frente a esto, el pecho de Romero se llenó de euforia, encontrando la chispa de coquetería y soltura que la zamba precisaba para saberse bailar.
—¡Epa! ¡Qué atrevido por favor! —gritó Julián, fingiendo estar escandalizado.
—¡Dale hermano, qué pedazo de tibio que sos! —animó Lautaro igual de entretenido—. ¡Mandale mecha que se te escapa!
Cuando la primera vuelta llegaba a su final, los corazones de todos los presentes retumbaban en expectativa. ¿Cómo respondería Lisandro a las insinuaciones del cordobés?
Los gritos estallaron en cuanto Cristian miró para abajo y se encontró con los ojitos brillantes de Lisandro tratando de endulzarle el alma, esforzándose por sostener una sonrisita que temblaba con cada suspiro que su respiración acelerada le obligaba a exhalar. Los cachetes colorados y su calor corporal tocándolo de cerca. De refilón, el pañuelo de Lisandro lo sorprendió a la altura de los ojos. En otras palabras, le había dado el esperado sí.
Cristian, en ese juego de conquista, acababa de conseguir el derecho a ganarse su corazón.
Para la segunda vuelta, Cristian ya se mostraba confianzudo en cada movimiento. Ahora sí, el gaucho perseguía a su pareja con el ánimo restaurado. Adivinando que el contacto visual era una pieza clave en ese tipo de danzas, Cuti se negó a despegarle la mirada por si se le ocurría aflojar en ese momento. Esto ponía cada vez más y más nervioso al entrerriano, a quien le resultaba imposible no sucumbir frente al magnetismo que implicaba ser el destinatario de la atención de tremendo morocho carilindo.
Aunque Lisandro hubiera querido ser quien jugara con Cristian hasta el punto del nerviosismo, la verdad era que se le había dado vuelta la tortilla sin querer. Debería haberlo imaginado, en realidad, porque la energía apasionada de su amigo era una cualidad tan suya que se filtraba incluso en aspectos tan triviales como lo era el hecho de jugar a interpretar una zamba.
Ahora no podía ni quería parar.
Con las estrofas finales entonadas en aquella fresquita noche de verano, la pareja se acercó para cerrar con broche de oro semejante actuación. Tan solo hizo falta una simple mirada para que ambos supieran al instante lo que tenían que hacer. Cristian extendió los brazos para recibir a Lisandro. Apenas el entrerriano aceptó su invitación, el cordobés lo rodeó con el pañuelo por sobre los hombros, cerrando la distancia entre sus cuerpos en un delicado gesto de ternura. Entonces, Lisandro colocó su mano con el pañuelo en el pecho de Cristian, y los aplausos resonaron como si en lugar de haber bailado zamba se hubieran comprometido en ese preciso lugar.
—Bue, ya está hermano —Nahuel intervino para romper la tensión del momento—. No pueden ser tan trolos ustedes dos.
—Callate tarado—. Licha se apartó con rapidez de su compañero y le lanzó el repasador a Molina tal y como él había hecho con Cristian minutos atrás—. Mejor andá a preparar otro fernet.
Cuti se acercó a la mesa para dejar el repasador mientras el ánimo de la reunión se tornaba ameno luego del espectáculo. Luchando por recuperar la calma, Cristian se dio cuenta con una ansiedad creciente de que el brillo en los ojos de Lisandro se le había quedado grabado a fuego en la memoria.
Peor aún; la imagen de sus labios empapados y tentadores hacía ruido en su cabeza como una alarma imposible de ignorar.
Lo que Cuti no sabía es que alguien más experimentaba sensaciones similares a las suyas, escondiéndose en el bullicio de sus amigos para evitar pensar en cómo le ardían las mejillas y se le apretaba el pecho cada vez que Cristian le regalaba el privilegio de ser su centro de atención por un rato.
/.../
La noche ya se consideraba entrada para cuando Lisandro pudo volver a tener un momento a solas con Cristian. Algunos de sus amigos ya se habían retirado a sus hogares con la idea de descansar. Otros, por el contrario, optaron por permanecer un rato más en la casa prestada para ayudar al anfitrión a poner las cosas en su lugar.
De a poquito todo se fue acomodando; Licha y Cuti se habían quedado un rato más en el patio, alejados del tumulto que luchaba en el interior de la casa para lavar los platos y acomodar las sillas de plástico en una clásica fila de apilamiento blanca.
El silencio de la noche los envolvía en una dulce invitación a la intimidad. Cristian no pensaba dejar pasar la oportunidad de tirarle onda a Licha. Capaz en una de esas se le daba. Lo que habían experimentado hace rato no podía ser únicamente producto de su imaginación.
Por eso, aunque sentía el corazón en la garganta, se animó a encararlo de la manera más clásica posible.
—¿Tenés frío Li? —preguntó Cuti, intrigado por la actitud taciturna del gualeyo.
Licha, que estaba recostado en uno de los troncos de madera que sostenían la estructura del quincho, lo miró fijo por unos instantes antes de dirigir la mirada hacia el costado.
—Un poco —contestó con la voz bajita—. Pero no pasa nada, en un rato ya nos vamos con Juli.
Cristian asintió, teniendo que quedarse con las ganas de proponerle acompañarlo a su casa con tal de pasar un rato más con él. Bueno, tenía que intentar con otra cosa.
— ¿Extrañas ir a las peñas con tu familia? —dijo de golpe, quizás tan de repente, que la sorpresa de Licha fue genuina en cuanto procesó el significado de sus palabras.
Pero Lisandro se rió suavemente. Incapaz de incomodarlo, le siguió la corriente, cayendo poco a poco en la atmósfera que estaban creando entre los dos.
—La verdad que sí. Hace un montón que no los veo —reflexionó sintiéndose emotivo—. Aunque ahora sería imposible, imaginate... Pero bueno, tengo hermosos recuerdos de aquella época. Elijo quedarme con eso.
—Olvidate, eso es lo más importante —concordó Cristian. Entonces, se pasó una mano por el pelo distraídamente y confesó—. Igual vos sabes... Siempre que comiences a extrañar esa costumbre de tu casa, yo puedo bailar con vos las veces que hagan falta.
El corazón de Cristian se aceleró. No podía creer lo que acababa de decir. Para colmo, otra vez estaba percibiendo ese brillo seductor en los ojos del entrerriano. Por puro instinto, o quizás por convicción, dio un paso más al frente, entrando poco a poco en el espacio personal del otro.
—Ah, ¿sí? Mirá vos... —divagó Licha, alzando la mirada para recibirlo con curiosidad—. Nunca pensé que te iba a gustar la zamba.
—No sé si me gusta la zamba —aclaró Cuti, acercándose más y más al rostro de Lisandro—. Pero sí sé que me gustas vos.
El gualeyo no se esperaba una confesión tan directa. La cara se le puso roja en seguida y el corazón le latió con fuerza en el pecho. El cordobés estaba tan cerca que podía sentir su cálido aliento cayendo sobre sus labios. No sabía en qué momento había extendido la mano sobre la columna, aprovechando el manejo de la cercanía para inclinarse y dejarlo sin salida alguna entre la madera y su cuerpo vibrante de emoción. Lisandro se encontraba estirando el cuello para alcanzar ese par de ojos tan oscuros, visionando un futuro en donde él sería el único afortunado de verse reflejado en ellos cada vez que estuviera a punto de besarlo.
Con las manos temblando a los costados del cuerpo, supo que tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde. Y aunque Lisandro se moría de los nervios con cada parte de su cuerpo cediendo a los temblores de una necesidad creciente, al final se animó a unir sus labios con los del hermoso cordobés que lo volvía loco desde hace ya bastante tiempo.
Fue un toque suave, cariñoso y sutil, como si ambos estuvieran buscando un consentimiento más explícito en un primer acercamiento digno de amantes primerizos. Como todo su cuerpo gritó que sí, Lisandro profundizó el beso rodeando el cuello de Cuti con ambos brazos, aferrándose a la calidez de su contacto con un hambre voraz que no sabía que tenía. Cristian no se quedó atrás; sus manos viajaron a la cintura de Lisandro y lo sostuvo contra la estructura con fuerza, mordisqueando y chupando sus labios un par de veces antes de introducir su lengua en el calor de la boca ajena. Licha gimió bajito, estirando sin querer la punta de sus pies para alcanzar con más profundidad la boca de Cristian, anhelando emborracharse con el aroma y el sabor de sus besos. Cristian se lo concedió todo, bebiendo cada jadeo que se le escapaba entre los apretones, disfrutando del ligero temblor en el cuerpo de Lisandro cuando sus manos se dirigieron hacia su espalda baja por debajo de la remera, entrando en contacto directo con la piel que comenzaba a hervir bajo el toque del cordobés.
Cuando Lisandro empezaba a quedarse sin aire, Cristian sintió un cosquilleo en la cabeza producto de unos dedos impacientes que se aferraron con fuerza a su cabello y tiraron para llamar su atención. Entonces, se apartó unos centímetros de su rostro para mirarlo fijamente a los ojos y comprobar con orgullo el estado en el que estaba.
Colorado, agitado y con los labios ya hinchados por la intensidad de sus besos.
—Faaa Licha... Por lo menos dejame hacerte todo el discurso antes de comerme la boca —protestó débilmente el cordobés, sonriendo con aires de suficiencia antes de robarle un pico.
— ¿Qué decís bobo? —murmuró Licha, mirándolo con los ojos entrecerrados pero juzgadores—. Si sos vos el que me está dejando sin poder respirar.
Cuti no pudo evitar reírse por eso. Se inclinó una vez más, dispuesto a convencer a Licha para que dejara de considerarlo un amigo y, en su lugar, comenzara a sentirse con la libertad de abrazarse a su cuello todas las veces que quisiera sin importar las circunstancias. Entonces, despacito y sin apuro se acurrucó en donde su pulso repiqueteaba vigorosamente dejándole una seguidilla de besos recorriendo cada espacio de su mandíbula, pasando por la mejilla y el pómulo hasta llegar a su sien. Cristian experimentó la plenitud descubriendo que Lisandro cabía perfectamente en sus brazos, mientras que el gualeyo se derretía con sus toques anhelando en silencio la continuación del acto.
—Y yo quiero que sea así siempre —confesó Cristian, dejando caer su cálido aliento en la oreja del más bajito—. ¿Me dejás?
Lisandro se quedó callado por unos segundos que a Cuti le parecieron eternos. Pero las dudas que habían amenazado con enredarse en su estómago se disiparon en el instante justo en que Licha estampó sus labios nuevamente, permitiendo que la necesidad de su cuerpo hablara por él en lugar de las palabras. Se dieron un beso con todas las ganas que llevaban reprimidas desde el momento en que se encontraron seduciéndose en una zamba de evidentes intenciones románticas.
Cristian no quería, pero al final iba a tener que agradecerle a Nahuel por haberlo obligado a bailar con Licha.
Desde la puerta de la cocina que daba a la galería donde esos dos se comían la boca, Julián había aparecido para buscar a Lisandro y así emprender viaje hacia su hogar. Pero en cuanto se percató de la situación en la que se encontraban sus amigos del plantel, supo que le quedaba como mínimo una hora más de espera en aquel recóndito lugar.
Rápidamente regresó hacia el comedor donde Enzo mezclaba unas cartas de la baraja de toda la vida y Nahuel ponía la yerba en un mate de calabaza con una naturalizada precisión. Lautaro, desde la cocina, estaba poniendo el agua que ya había hervido en el termo de aluminio que habían encontrado.
— ¿Y? —preguntó Nahuel, dejando el paquete de yerba a un lado para empezar a cebar el primer mate de la ronda.
—Y... —balbuceo Julián—. Pinta para rato la cosa.
—Yo te dije gordo —suspiró Enzo, dejando las cartas en el medio para que el recién llegado cortara el mazo por la mitad—. Mejor sentate que vamos a jugar al truco un rato. Nahue ya arrancó los mates.
