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Memorias

Summary:

Fiddleford lentamente ha comenzado a recuperar sus memorias, pero hay un problema: todo lo relacionado a Ford es neblina en su mente.
Los errores del pasado explotan en la forma de una sonrisa amable para Ford, quien ha depositado todas sus esperanzas en el pequeño maletín que, quizás, lo resuelva todo. O lo arruine aún más.

Chapter Text

Ford levantó la mano, pero no tocó el timbre de inmediato. ¿Era buena idea? Apretó el asa del maletín con un poco de fuerza. No estaba convencido aún, solo sabía que, al menos, debía intentarlo, porque, de cierta forma, se lo debía. Cerró los ojos y suspiró. Accionó el botón y del aparato una voz aguda, aunque más calmada que antes, respondió.

 

- ¿Puedo ayudarte?

 

El hombre tragó saliva. Movió sus dedos y respiró profundo. Se acercó al aparato para hablar.

 

- Soy Stanford.

 

No hubo respuesta inmediata. 

 

- ¿Quién?

 

Cerró los ojos lentamente y suspiró. Lo sabía, su familia le había advertido que así sería, pero experimentarlo de primera mano era otra cosa. Dolía.

 

- Stanford Pines. De la Cabaña del Misterio.

- ¡Ah! ¿Familiar de los niños Pines? ¡Pasa, pasa!

 

La puerta se abrió de forma automática, un gigantesco portón antiguo de metal con musgo y óxido en todas partes. Ford entró y el portón se cerró a sus espaldas. Delante suyo había un camino exageradamente largo, lleno de arbustos y árboles que en algún momento hacían una vista hermosa, ahora formaban un bosque desordenado y tupido. Pero, lo más llamativo era la tremenda mansión que se elevaba al final del camino. Ford volvió a respirar con fuerza, tenía razones para estar nervioso, pero sacudió el sentimiento y lentamente caminó hacia el nuevo hogar de su amigo.

Al cabo de unos minutos, llegó hasta la entrada principal y tocó la puerta. Casi al instante esta se abrió y vio al frente una imagen que lo dejó helado.

Parecía haber vuelto a su altura normal, su pelo canoso estaba creciendo de nuevo, se había comprado unos lentes nuevos y, lo más increíble, se había afeitado la barba. No era exactamente lo mismo, pero, de repente, Ford viajó 30 años al pasado. Cuando no era conocido en el pueblo, cuando su hermano era su vergüenza, cuando demasiados errores todavía no se habían cometido. Era Fiddleford quien estaba al frente suyo, ese Fiddleford. 

 

- Bienvenido, Stanford Pines, a mi humilde morada.

 

Ford pestañeó un par de veces para volver en sí. Sonrió, todavía perplejo.

 

- Muy humilde.

- Bueno, cuando se tienen los recursos.... Pero, eso es lo de menos, entra, por favor. Siéntete como en casa.

 

El científico asintió y se dejó guiar por Fiddleford. Ni siquiera miró la ornamentación, un poco lúgubre y completamente oscura, del lugar, su mirada estaba clavada en McGucket, o no tanto en él, sino que en los recuerdos que le suscitaba ese rostro demacrado pero sonriente. Llegaron a lo que parecía un salón, donde todo estaba lleno de polvo excepto unos sillones rústicos al lado de una chimenea prendida.

 

- ¿Qué te sirvo? ¿Té, café, leche, cerveza? Hay un poco de todo por aquí.

- No, nada, gracias. Realmente, Fiddleford, vine por-

- ¿Nada? Es una pena, hace tiempo que nadie me acompaña en una buena taza de café. Grano arábica, de Panamá... 

 

Ford suspiró.

 

- Si insistes...

- Perfecto. Acomódate y yo-

- Fiddleford. Quisiera antes hablar contigo un poco. Por favor.

 

El más bajo de los dos abrió los ojos. El sujeto al frente suyo lucía preocupado. Y cansado, muy cansado. De repente se dio cuenta de que él mismo estaba algo cansado también. Asintió y se sentaron, uno al frente del otro, el fuego crepitando de fondo y la oscuridad de la mansión detrás. Ford dejó el maletín a su lado e intentó esconderlo con su abrigo. Miró a Fiddleford y volvió a sentir aquel nudo en la garganta.

 

- Has cambiado tanto... y nada, al mismo tiempo.

- ¿Disculpa?

- Ah, perdón. Es que... no sé cómo decirlo. Después de todo, tú y yo fuimos compañeros en la universidad. Incluso trabajamos juntos por un tiempo. ¿No recuerdas nada de eso?

 

Fiddleford miró al techo y luego al hombre. Su rostro estaba entre la esperanza y la amargura, y se notaba tan, tan expectante. Ese hombre realmente lucía desesperado, de una manera tranquila pero triste, por una señal. Se rascó el cuello, un poco incómodo.

 

- Recuerdo la universidad, pero... Lo lamento. No te recuerdo.

- Ya veo...

 

Se hizo el silencio en la mansión ya de por sí callada. El fuego consumía lentamente la leña y afuera las nubes tapaban el tenue sol de la mañana. McGucket lo observó, y vaya que se veía triste ese sujeto. ¿Por qué? Bueno, lo entendía, pero al mismo tiempo no lo entendía. No era más que un desconocido, una persona que algún momento fue un alguien, pero ahora era un nadie. Se sentía culpable, no mentiría respecto a ello.

 

- Lo lamento.

- No... No es tu culpa.- 

 

El hombre se encorvó un poco. El maletín, pensó, pero... ¿Era el momento?

 

- Quizás no te recuerde, Stanford, pero, si me ayudas, tal vez algo pueda rascar de esta cabeza mía. No te prometo mucho, pero así he recordado lo que recuerdo ahora. ¿No tendrás una foto o algo de ti joven?

- No. Creo que quemé todo.- se tapó el rostro.

- Ah. ¿Y por qué hiciste tal cosa?

 

El hombre lo miró por entremedio de sus dedos.

 

- ¿Estás feliz de tu pasado?

- No...

- Pues somos dos.

 

Fiddleford sonrió, esa sonrisa de cómplices en el dolor.

 

- Bueno, si no tienes fotos, tal vez puedas contarme cómo fue que nos conocimos. Quizás algo pueda recordar.

 

El maletín, volvió a resonar en su mente. Pero Fiddleford recordaba menos de lo que esperaba. ¿Y si le provocaba más daño en este estado que bienestar? Una base sólida de recuerdos era mejor que nada, así que... Ford lo miró a los ojos. Mantenía ese tono tan amable a pesar de los años. Quizás eso era lo que más extrañaba de él, esa habilidad de intentar solucionar las cosas,  a diferencia de él que los obstáculos tan fácilmente lo abrumaban. 

 

- Bueno. Creo que fue hace unos 40 años atrás...

 

Estaba nervioso, muy nervioso. Recuerdo que me sudaban las manos y tenía el estómago completamente apretado. Pero, estaba feliz, muy feliz. Era la primera vez que estaba tan lejos de casa, aunque eso no era tan extraño como la sensación de vivir en un nuevo lugar. Lo único que sabía es que el dormitorio lo compartiría con alguien más, un joven sureño, era lo que había alcanzado a escuchar. Cambiar la voz seria de papá, el sarcasmo de mamá y... por un acento sureño, era raro. Pero, así es la vida. Respiré profundo, revise que el número fuera el adecuado por sexta vez, y toqué la puerta.

La abrió un tipo alto, de pelo rubio, lentes y una nariz bastante grande. Tenía una sonrisa muy cálida, también.

 

- ¿Supongo que tú eres al que estaba esperando?

- Y yo supongo que eres con quién compartiré habitación.

 

Me extendió la mano y nos saludamos.

 

- Fiddleford McGucket.- alcé una ceja.

- ¿Ese nombre es real?

- ¿Eh?- lo era.

- Nada, disculpa. Stanford Pines.

 

Nos entendimos rápidamente. Ambos éramos raros, nerds y ávidos consumidores de Calabozos, Calabozos y más Calabozos. Él tenía una fijación con la tecnología. Tenía lo que en unos diez años más se vendería como computador portátil, construido 100% por él mismo, y bastante funcional. Hablaba fuerte, tocaba el banjo y algunas veces lo vi escupirle a un jarro que tenía al lado de su cama, pero, fuera de eso, era un sujeto extremadamente agradable. Había algo en él que hacía que un rarito inadaptado como yo quisiera conversar, y lo mejor es que siempre tuve la impresión de que el sentimiento era recíproco. Él me hablaba de ARPANET, y yo de los modelos estándares de partículas, ninguno entendía al otro, pero, vaya que nos divertíamos. 

 

Fiddleford se rio suavemente mientras escuchaba a Ford.

 

- Cómo ha pasado el tiempo... ARPANET, y ahora tenemos redes celulares móviles... 

- ¿Los teléfonos?

- Eso. Todo lo que dices, puedo verlo. Lo recuerdo, excepto...

- A mí.

- Sí... No sé por qué, pero... Es como si hubiera niebla en mis recuerdos. Hay algo, como una silueta, pero... No... Lo siento.

 

Ford se inclinó y le dio unos suaves toques en el hombro.

 

- No, en serio, no te disculpes. Has pasado por mucho, es normal que tu mente aún no esté del todo preparada para recordar. 

 

McGucket lo miró a los ojos, y Ford de repente se dio cuenta de la intensidad de su mirada. 

 

- Fuimos compañeros de la universidad y trabajamos juntos... ¿Esa fue nuestra única relación?

 

Ford tragó saliva. Certero, como siempre, ¿por qué todo se mantenía igual en él, excepto su memoria? Lo soltó y se alejó.

 

- También fuimos amigos, muy buenos amigos, por muchos años...

- Ya veo. Entonces, ¿por qué no te presentaste así?

 

El científico miró hacia el suelo.

 

- Eso es porque... pasaron algunas cosas entre nosotros que... y yo, no estoy listo aún para... esa conversación... 

 

El otro hombre arrugó una ceja. Muchas preguntas se le hicieron en la mente, pero solo dijo una.

 

- ¿Dejamos de ser amigos?

 

Ford agachó por completo su cabeza, ocultando así sus ojos de los cruelmente inocentes de Fiddleford. El maletín ya no era prioridad, sino que su propia culpa. Y eso que creía haber hecho las paces con su pasado.

 

- Lo siento... Creo que me apresuré en venir...

 

Tomó sus cosas e hizo el ademán de levantarse, sin embargo, Fiddleford lo tomó del brazo, cosa que sorprendió a Ford. El más alto estaba extremadamente serio, pero no de rabia, sino de una silenciosa comprensión.

 

- Pero, ¿te arrepientes de ello, Ford?

- No hay día que no...

- Entonces, pídeme disculpas, y asunto arreglado.

 

Desvió la mirada y negó con la cabeza.

 

- Podría rogar por tu perdón ahora, Fiddle... pero, sin tus memorias, no sería real. Y yo estaría huyendo... otra vez.

 

Fiddleford lo soltó, pero no del todo, su mano seguía firme en su camisa, y lo escrudiñaba con una expresión compleja en el rostro. 

 

- ¿Qué fue lo que hiciste...?

- Te hice más daño del que nadie en toda tu vida lo hizo, mi amigo.