Chapter Text
– Uh, qué materia de mierda es esta… –
Dijo Valentín, tirando la lapicera sobre el escritorio mientras miraba el pizarrón lleno de ecuaciones. Era malísimo para estas cosas, para qué intentarlo. Ya sabía que la materia estaba más que perdida, así que solo se dignó a chusmear a sus compañeros de aula. Su mirada se centró en un rubio. Era nuevo, de un intercambio de España o algo así había dicho el día que llegó a clase. Ya había pasado una semana de eso y todavía no le había dirigido la palabra.
Sintió un aroma sutil en el aire, una mezcla extraña pero fresca que resaltaba. No podía decir de quién venía, pero definitivamente nunca lo había sentido antes. Valentín frunció el ceño y miró a su amigo al lado.
– Thia, ¿hablaste con el chavalín ese? Siempre anda re solo.
Almada negó con la cabeza sin levantar la vista, apretando los botones de la calculadora mientras la pantalla mostraba "ERROR", Valentín se río.
– Bueno, amigo, ya fue, venite a diciembre conmigo.
Un "chicos" resonó por parte de la profesora, llamando la atención de toda la clase.
– Les voy a dar un trabajo práctico para que hagan en grupos de cinco. Intenten incluir a su compañero nuevo, ¿estamos?
El bullicio comenzó al instante. Se escuchaba cómo todos se organizaban a los gritos. El colorado volvió a levantar la mirada hacia el chico nuevo. Tuvo un segundo de duda, como Omega no le gustaba mucho hablar con Alfas, por eso todos sus amigos eran omegas y betas, pero bueno, a veces hay que hacer sacrificios. Suspiro, se levantó de la silla y se acercó a su banco.
– Che, español, ¿quieres venir conmigo y los pibes? Somos cuatro y nos falta uno.
El europeo levantó la vista. Al tenerlo cerca a Valentín le llegó de lleno el olor a manzanilla, un aroma extraño para un Alfa. Nico lo miró por unos segundos y le sonrio, asintiendo. Mierda, qué sonrisa, pensó el petiso, sintiendo un leve cosquilleo en la nuca mientras caminaban hacia su mesa.
– ¡Hola, soy Thiago! Ellos son Giuliano y Gio. –Señaló a sus compañeros del banco de adelante–. Nos llaman "la banda del banco", larga historia de por qué nos llamamos así –se presentó Almada con una sonrisa abierta–. Un gusto, ¿vos sos Nico, no?
– Así es, Nicolás Paz, un placer –respondió con tono educado, sentándose al lado del colorado, quien le acercó una silla cerca de sus bancos.
– Ah, y el burro que seguro no se presentó cuando te habló es Valentín, aunque todos le decimos Colo.
– Ah sí, hola, soy Valen –alcanzó a acotar, un poco atontado por las feromonas del nuevo. ¿Este pibe no sabe retener sus feromonas?, pensó, aunque se cuestionó por qué le estaba llamando tanto la atención.
Simeone, sin dudarlo, lo interrumpió preguntando cualquier cosa menos del trabajo práctico.
– Y Nico, ¿vos jugás al fútbol? Tenemos un partido este sábado con los pibes de sexto A. El B siempre pierde porque obviamente como tenemos más Omegas y Betas, estos Alfas nunca quieren darnos una mano.
Giuliano rodó los ojos criticando a sus compañeros de aula y le pasó un mate al español. Nico miró el recipiente algo extrañado, le dio un sorbo y sin poner ninguna cara rara, asintió en aprobación antes de seguir tomando.
– En realidad, en España estaba en un equipo, así que sí, juego al fútbol. Si me necesitáis, contactad conmigo.
– Miralo vos al rubio, resultaste ser un capo. Te hubiéramos hablado antes si sabíamos que eras tan copado –contestó Lo Celso entre risas.
Al rato sonó el timbre y se levantaron de los bancos para ir al patio. Se sentaron directamente en el piso sin que les importara ensuciar el uniforme, buscando la orilla de sol.
– Colo, ¿tu papá todavía está enojado por la previa en tu casa? Sé que Enzo te agarró con Agustín. Se le saltó la vena, ¿no? –se burló Lo Celso, soltando una carcajada fuerte.
A Valentín se le empezó a colorear la cara al recordar ese mal momento con su viejo.
– ¿Por qué me hacés acordar de eso? Después de eso me sentó en la pieza y me dio toda una charla de por qué no me tengo que meter con Alfas y no sé qué. Que me van a preñar, que me tengo que cuidar, qué sé yo. ¡Fue horrible, Dios! Si él y mi vieja me tuvieron re pibes, ¡Tan boludo no soy!
– Mm, vos decís... –lo provocó Giuliano con una sonrisa de lado.
– ¡Cerrá el orto, Giuliano! Que vos te cogiste a López en mi baño. ¡No te lo perdono más! Hijo de puta...
– ¿Pero por qué a López? –cuestionó Thiago mientras terminaba de tomar el mate.
La charla siguió tranquila mientras Nico los miraba a todos medio confundidos, supongo que no se esperaba este tipo de temas tan rápido en su primer grupo de amigos.
Lo Celso lo notó. Aunque lo que también notó fue la mirada disimulada del colorado sobre el rubio. Se le levantó una ceja, sonriendo con malicia.
– Y vos, Nico, ¿estás de novio?
– No... Tenía una novia Omega en España, pero bueno, mis padres se mudaron a Argentina y tuve que terminar –explicó Nico de forma tranquila.
– Uh, mal ahí, pero no te pongas triste que acá hay altos Omegas. ¡Como Barco! Mirá la cinturita que carga este trolo –soltó Gio tirándolo al frente.
El nombre frunció el ceño. Primero por lo atrevido de su amigo y segundo porque sabía perfectamente lo que intentaba hacer.
– ¿Por qué no lo jodés a Almada un rato, Giovanni? Qué rompe pelotas que sos...
– Ay, se enojó el caniche toy pelirrojo –se burló.
Valentín le levantó el dedo del medio terminando la pelea. El resto del día en el colegio siguió normal, Nico se había adaptado re bien al grupo, así que decidieron adoptar formalmente al introvertido del curso.
Ya de regreso a su casa, Valentín abrió la puerta con sus llaves. Cada vez que las veía se ponía triste por haber perdido su llavero de Boca, aunque sospechaba fuertemente que su papá se lo había quemado, pero prefería descartar esa opción para no armar quilombo.
– ¡Valen!
Julián dejó la computadora sobre la mesa al escuchar a su hijo entrar. Le sonrió con dulzura y le hizo una seña para que se acercara a saludarlo.
– ¿Cómo te fue en el colegio? Ahí te dejé los fideos hechos. Tengo que terminar una cosa del trabajo y después hablamos bien, ¿dale?
Julián siguió escribiendo concentrado en su pantalla mientras el otro omega fue directo a servirse una porción gigante de fideos con muchísima salsa.
Amaba la salsa de su vieja, que siempre venía con pedacitos de salchicha en vez de carne para complacer su paladar de nene.
– Hoy conocí a un pibe nuevo en el colegio... Es de intercambio, bastante copado –comentó Valentín casual mientras prendía la tele y ponía El increíble mundo de Gumball–. Aunque su olor es re curioso. Es un Alfa, pero tiene un aroma suave.
– ¿Suave? Mirá vos... ¿Y? ¿Está lindo? ¿Te gustó? –preguntó Julián sin levantar la vista de la computadora, con un tono pícaro.
Valentín casi se atraganta con el primer bocado. Empezó a toser mal, mirando a su mamá con la cara tan colorada como el pelo.
– ¡¿Por qué me preguntás eso?!
– Y no sé... Yo no andaba oliendo a mis compañeros de colegio. La única vez que lo hice, me terminé casando con él y ahora es tu papá, viste –remató Julián soltando una risita.
– No, no me gusta, ¿qué decís?... Pero bueno, cambiando de tema, creo que me llevo matemáticas.
Y ahí fue cuando la charla dejó de ser tan linda que digamos.
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– Ah, ¿por esto los llaman "la banda del banco"?
– Sí, el profe de gimnasia nunca nos pone a jugar. Para mí el marido, o sea el prece Aimar, lo hace dormir en el sillón. Si no, no se explica qué la tiene con nosotros –renegó el Colorado, cruzándose de brazos mientras veía a sus compañeros del A y B correr tras la pelota.
– A Lo Celso ya Simeone a veces los pone, pero a mí ni de joda –estaba diciendo, cuando fue interrumpido por la voz del profesor Scaloni gritando desde el lateral de la cancha.
– ¡Barco! ¿Estás para correr?
A Valentín se le iluminaron los ojos. Asintió feliz, amagando a entrar a la cancha y se acercó volando al profesor.
– Bueno, corré a preceptoría y pedile a Pablo el cuaderno de asistencias, que me olvidé de tomarla. Andá con paz, así de paso va conociendo el recorrido.
A Valentín se le transformó la cara. Su cara de orto lo decía todo. Se dio vuelta, miró a Nico y le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera. Cuando estaban lo suficientemente lejos, habló:
– Es un choto, loco. Para mí me odia por colorado, te juro que no lo entiendo, aparte soy bueno.
Entre sus quejas, se le fue la mirada a su compañero de al lado. Nico levantó su botella de agua para darle un trago largo, Valentín se le quedó mirando fijamente los labios mientras bebía. Embobado no se dio cuenta, pero parecía que sus feromonas lo delataron en el momento, porque Nico bajó la botella y le devolvió la mirada al instante.
– ¿Qué pasa? –preguntó Nico, parpadeando confundido.
– ¡Nada! Caminá, Gallego, sos re lento, Dios –disimuló apurando el paso para que no se le notara el rubor.
Llegaron a preceptoría y Pablo los recibió con una sonrisa desde su escritorio, tomando un sorbo de café.
– Scaloni pide el cuaderno de gimnasia de sexto, dijo que se lo olvidó –explicó Nico con tono tranquilo.
– ¿Otra vez? Dónde tendrá la cabeza ese hombre –suspiro Pablo negando con la cabeza, aunque con una mueca de cariño. Se levantó para buscar el cuaderno en el mueble del fondo.
Valentín aprovechó el segundo para chusmear la oficina. Arriba del escritorio había un cuadro con una foto de Scaloni y Aimar en lo que parecía ser su casamiento. Demasiado cursis para su gusto, pensó poniendo cara de asco.
– Acá tienen, chicos. Después de pasar por el salón cuando tengan hora libre, avísenle al resto.
– Dale, gracias, Pablo –se despidió Nico y salió por el pasillo volviendo hacia las canchas, pero el Colo se frenó.
– Che... ¿te queres escapar? Total no nos va a meter a jugar ni en pedo. Le digo a Thiaguito que le lleve el cuaderno.
Antes de que Nico pudiera protestar, Valentín sacó un lápiz del bolsillo del pantalón del uniforme y le clavó un presente con una cruz al lado de los nombres de los dos. Después de agarró el celular, le mandó un mensaje rápido a Almada y dejó el cuaderno en un banco del pasillo.
– Listo. Vení, vamos a sentarnos en el patio de atrás. No va nadie ahí, solo los de primero y están en una convivencia.
Sin darle tiempo a reaccionar, agarró a Nico de la mano y lo arrastró por el pasillo hacia el fondo del colegio.
– Pará, ¿qué haces? Nos va a retar Scaloni si se entera –dijo marcando su acento, aunque ni intentó soltarse del agarre. Tenía la mano de Valentín ajustada a la suya, tibia y firme. La verdad es que el tirón le gustó más de lo que jamás iba a admitir en voz alta.
– Dale, Gallego, no seas cagón. Scaloni no se va a dar ni cuenta, está ocupado gritándole a los chicos en el partido –se justificó, arrastrándolo por el pasillo.
El patio de atrás era enorme, a lo lejos se escuchaban los gritos del profesor de gimnasia y el silbato, pero ahí todo se sentía distinto, más tranquilo.
Solo había un par de pibes de tercero que parecían tener hora libre, escuchando música, totalmente ajenos a ellos. Valentín se tiró al pasto estirando las piernas. Nico se quedó parado un segundo, acomodándose el uniforme, mirándolo con una mezcla de resignación.
– Eres un desastre, Colo. Nos van a matar a los dos –se quejó Nico, aunque terminó sentándose al lado suyo, cruzando las piernas.
– Ah, pero bien que no te volviste a la clase de gimnasia. Te encanta el quilombo a vos también, no te hagas –le tiró con una sonrisa.
Se quedaron en silencio un rato. El ruido del celular de Valentín interrumpió el momento, era el mensaje de Thiago confirmando que ya le había alcanzado las listas a Scaloni y que se la había jugado diciendo que Valentín y Nico se habían quedado ayudando a Pablo en preceptoría a hacer no sé qué. Un genio total.
– Viste, resuelto. Thiago es un tipazo –soltó Valentín guardándose el teléfono en el bolsillo del pantalón del uniforme.
Nico negó con la cabeza, riéndose despacio. Esa risa hizo que Valentín sintiera algo en su estómago y por alguna razón estaban demasiado cerca. El olor del aire fresco de la tarde se mezclaba con las feromonas de Nico, se sentía bien.
Se le volvió a ir la mirada a los labios de Nico, pero esta vez no disimuló tan rápido.
– ¿Qué me miras tanto? Es raro –preguntó Nico de golpe, bajando la voz. El tono ya no era de chiste, tenía esa seriedad que a Valentín le hacía dar un vuelco. Estaba actuando demasiado extraño.
– Nada... Bueno, sí. Admito que sos re lindo cuando te ponés serio, qué querés que te diga –se le escapó a Valentín. No sabía ni él de dónde sacó esa valentía. Lo dijo así, de una, ya fue, ¿no?
Nico quedó congelado. Un rubor rapidísimo le pintó los cachetes. Parpadeó confundido, nunca hubiera esperado eso. Buscó en la cara del Colorado alguna señal de que fuera una broma, pero la mirada de Valentín estaba fija en él. Sus feromonas lo delataron al toque, el ambiente se impregnó de ese aroma dulce y suave que a Valentín le estaba comenzando a gustar.
– Qué boludo que eres, Colo... –murmuró Nico mirando el piso, mezclando los modismos españoles con las puteadas que le venía pegando el grupo, mientras una sonrisa se le escapaba por la comisura de la boca. Esa reacción era buena, ¿no?
– ¿Qué? Sí es verdad, Gallego. No me podes decir que no –insistió Barco, acortando un poco más la distancia de manera disimulada entre los dos, sintiendo cómo nacía una nueva tensión entre ellos que no iban a poder ignorar.
