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El buen cantar de Oyarzabal

Summary:

AU Histórico | Castilla, siglo XIII

Don Mikel Oyarzabal, uno de los caballeros más leales del reino, es desterrado tras ser acusado de un crimen que jamás cometió. Despojado de su honor, parte hacia las tierras de los moros con un pequeño grupo de compañeros dispuestos a recuperar su nombre: el fiel Unai Simón, el sabio Merino y el intrépido Ferrán Torres.

Entre conquistas, asedios y milagros, Valencia cae ante sus estandartes. Pero la verdadera batalla no se libra con espadas.

Una visión del arcángel San Gabriel, un matrimonio construido sobre mentiras, una conspiración que alcanza a las Cortes de Castilla y un amor que jamás debería pronunciarse obligarán a Oyarzabal a elegir entre el deber y los deseos que guarda en silencio.

Notes:

Holaaaaaa! Si bien me conocen, soy Veil o Sol (como escritora) — publique varios wips en Twitter y en Discord en el grupo de Oyarzabal nation <3

No es la primera vez que escribo jugadores de fútbol besándose, pero si publicando en español. Si este fanfic es un hit como otros míos, lo traduzco en inglés! (porque habitualmente los publico que inglés dhdjwkwk)

De todos modos, espero que esta gran gesta que escribir (y pase dos noches sin dormir por la epicidad que genera mi mente y por el delelu entre los orzabalistas) os guste mucho! 🩷✨️

Dios, me duelen tantos los dedos... (๑•̀ㅂ•́)و✧

Chapter 1: · Primera Parte ·

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Primer Cantar

El Cantar del destierro


Dicen los juglares que, más allá de las tierras de Castilla, allí donde los robledales besan las montañas y el viento trae consigo olor a hierro y a incienso, florecía una de las casas más ilustres de aquellos reinos.

Corrían los días del reinado de Alfonso VIII de Castilla y de Alfonso IX de León. Los pendones cristianos avanzaban hacia el sur, conquistando fortalezas y asegurando el fértil valle del Tajo. Cada victoria traía honra... y también envidias.

En aquella noble casa había nacido don Mikel Oyarzabal, caballero de sangre hidalga y corazón sin mancilla. Ningún hombre podía negar su valor en el combate ni su fidelidad a la corona. En las campañas de Extremadura había cabalgado el primero y regresado el último, reuniendo para su señor las parias que los reyes de las taifas entregaban en tributo para comprar la paz de sus dominios.

Mas la fortuna, mudable como el viento, volvió contra él su rostro.

Lenguas venenosas susurraron ante la corte que don Mikel había escondido parte de aquellas riquezas. Oro del rey, decían. Plata del rey. Tributo robado a la corona.

Y sin prueba alguna, el rumor comenzó a vestir ropas de verdad.

Ante el gran salón, donde pendían los estandartes de Castilla y ardían antorchas sobre muros de piedra, el joven caballero cayó de rodillas.

Sus manos, endurecidas por la espada, temblaban más que en cualquier batalla.

—¡Por Dios Todopoderoso y por vuestra altísima majestad! ¡Jamás robé las parias! Cada maravedí fue contado con lealtad y entregado como mandaba vuestro mandato. Antes perdería la vida que mi honor.

Su voz resonó entre los nobles. Algunos desviaron la mirada. Otros sonrieron con disimulado desprecio. Pocos parecían creer en la inocencia del caballero.

Tras él permanecía inmóvil don Unai Simón, su hombre de mayor confianza, compañero de armas desde la juventud y escudo en incontables campañas. No llevaba palabra alguna en los labios, pero su sola presencia hablaba por él. Erguido como una torre sobre la muralla, la mano descansaba junto al pomo de su espada y sus ojos no abandonaban la espalda de Mikel.

Si el mundo entero decidía volverle el rostro, Unai no daría un solo paso atrás.

Porque donde cabalgaba don Mikel, allí cabalgaba también él. Y si el honor del uno era puesto en duda, el del otro quedaba igualmente ligado por juramento.

Don Unai Simón no provenía de linaje ilustre ni heredó castillos de sus mayores. Era hijo de honrados mercaderes del Reino de Navarra, hombres de caminos largos y bolsas repletas de paños, sal y vino. Decían quienes lo conocían que ningún odre permanecía lleno cuando él se sentaba a la mesa, pues era amigo del buen beber; mas también afirmaban que, llegado el combate, jamás el vino enturbió su juicio ni aflojó el brazo con que blandía la espada.

Su amistad con don Mikel nació muchos inviernos atrás, cuando ambos eran apenas mozos.

Fue en el patio de armas de una fortaleza castellana donde el destino cruzó sus caminos. El hambre había caído sobre aquellas tierras y el joven Unai, empujado por la necesidad, había osado sustraer algunos sacos de trigo de los almacenes del señor feudal. Don Mikel lo sorprendió antes de que pudiera huir.

Más, en lugar de entregarlo a los guardias, quiso escuchar su historia.

Desde aquel día, el noble encontró en el navarro un compañero leal, y el mercader halló en el caballero a un hermano más firme que la propia sangre.

En la sala del trono, el rey guardó silencio antes de hablar.

—Si vuestra palabra es cierta, don Mikel, habréis de traer pruebas. Mi confianza aún os acompaña, más mis ojos no alcanzan a ver la verdad.

Los grandes señores inclinaron la cabeza.

También los prelados ocupaban sus escaños junto al monarca. El arzobispo, acariciando lentamente la cruz que pendía de su pecho, murmuró con gravedad:

—Quizá el Señor haya cubierto nuestros ojos con un velo hasta que la verdad sea revelada.

Don Mikel alzó el rostro.

—Os traeré esas pruebas, señor. Lo juro por Dios y por el honor de mi casa.

Los magnates, ricos hombres y consejeros se retiraron para deliberar. Largo fue el consejo, y pesado el juicio que pronunciaron al regresar.

—Escuchad la voluntad de esta corte. Si don Mikel Oyarzabal demuestra su inocencia con pruebas ciertas, conservará su espada, sus tierras y el honor de servir a la corona. Mas si fracasa en su empresa, perderá castillos, heredades, riquezas y todo privilegio de caballero.

Un pesado silencio cayó sobre el salón.

Entonces el rey se puso en pie.

—No partiréis solo. Os concedo licencia para escoger hasta tres hombres que cabalguen a vuestro lado.

Don Mikel no necesitó meditar la respuesta.

Sabía desde el primer instante quiénes compartirían aquel camino incierto.

El primero fue don Unai Simón, su más fiel compañero de armas.

El segundo, don Mikel Merino, doctor médico formado en los estudios de Salamanca, tan sabio con las hierbas como valiente bajo el acero.

Y el tercero, don Ferrán Torres, joven caballero de las tierras cercanas al condado de Aragón, cuya lanza había decidido más de una batalla.

Los cuatro juraron partir al alba. Ignoraban todavía el nombre del hombre que había sembrado tan infame mentira. Mas don Mikel ya había hecho voto en silencio.

Quien mancilló su honor respondería por ello ante Dios... o ante el filo de su espada.

[⚔️]

Así partieron los cuatro caballeros, dejando atrás las murallas de Castilla para buscar la verdad que habría de devolver el honor a la casa de Oyarzabal.

Don Mikel cabalgaba en cabeza. A su diestra marchaba, como siempre, don Unai Simón; detrás seguían don Mikel Merino y don Ferrán Torres, guardando la retaguardia entre el polvo de los caminos.

Durante largas leguas reinó el silencio. Fue el navarro quien acabó por quebrarlo.

Sonrió con esa ligereza que ni las desgracias lograban arrebatarle y golpeó suavemente el hombro de su señor.

—No deis cobijo a pensamientos oscuros, mi señor. El diablo gusta de nublar los ojos de los hombres honrados.

Don Mikel volvió apenas el rostro.

—Unai...

Una sola palabra bastó. Y Merino, que cabalgaba unos pasos atrás, dejó escapar una sonrisa apenas visible.

Porque bien sabía qué sería de don Mikel sin aquel hombre que nunca abandonaba su costado. Muchos creían que el caballero deseaba limpiar su nombre para recuperar sus tierras y sus riquezas.

No era toda la verdad.

También debía cumplir una antigua promesa.

Hacía algunos meses, don Unai había entregado su corazón a una joven panadera del Reino de Navarra, doncella de sonrisa limpia y manos siempre cubiertas de harina. Don Mikel, alegre por la dicha de su compañero, juró costear el banquete y la boda cuando regresaran victoriosos.

Tal era la palabra que había dado. Mas sólo Dios conocía el peso que escondía en el pecho.

Porque, desde muchos años atrás, el señor de la casa Oyarzabal guardaba un sentimiento que jamás había confesado a alma alguna. Un amor silencioso, nacido entre campañas, inviernos y campos de batalla; un amor que ningún sacerdote absolvería y que él enterraba cada día bajo el hierro de la armadura y el deber de un caballero.

Ni una sola vez permitió que aquel pecado cruzara sus labios. Le bastaba con cabalgar junto a Unai. Le bastaba con verlo regresar con vida tras cada combate.

Don Mikel Merino y don Ferrán Torres conocían aquella verdad desde hacía tiempo.

La descubrieron durante la campaña de Sevilla, cuando los ejércitos de Córdoba aún resistían con fiereza. En medio de la refriega, una lanza enemiga abrió una profunda herida en el costado de don Unai, y durante muchas noches la vida del navarro pendió de un hilo.

Mientras los demás dormían, don Mikel permanecía de rodillas junto a su lecho. Con la cruz de Cristo entre las manos y los ojos vencidos por el llanto, rogaba hasta el amanecer para que el Señor no reclamase aquella alma.

Jamás pidió victoria. Jamás pidió riquezas. Sólo suplicó que Unai viviera. Aquella escena fue contemplada, en silencio, por Merino y Ferrán. Ninguno pronunció palabra. No era necesario. Hay secretos que ningún hombre se atreve a decir, porque toda la tierra los conoce ya.

Y aquel era uno de ellos.

El sol se ocultó tras los montes de Castilla, y el cielo vistió un manto de púrpura antes de rendirse por completo a la noche. El viento descendía frío desde las sierras, haciendo crujir las ramas de los viejos robles, mientras los cuatro caballeros buscaban refugio tras una jornada de largo camino.

A lo lejos brillaban las luces de una posada levantada junto al camino real. Del interior escapaban el olor del pan recién cocido, el humo de la leña y el rumor de las conversaciones de mercaderes, peregrinos y hombres de armas.

Don Ferrán Torres adelantó su caballo. Con paso seguro llegó hasta la puerta, donde el posadero limpiaba unas jarras de barro.

Nada más verlo, el hombre palideció.

Reconocía aquellos rostros.

¿Quién no conocía a don Mikel Oyarzabal, caballero de Castilla? ¿Quién no había oído hablar del navarro Unai Simón o de los hechos de armas de Merino y Ferrán?

El posadero tragó saliva.

—No hay lugar para vos ni para vuestros hombres.

Ferrán arqueó una ceja. Miró hacia las ventanas iluminadas. No todas las habitaciones estaban ocupadas. Tampoco el establo rebosaba de caballos.

—Buen hombre, podemos pagar cuanto pidáis.

El anciano negó con la cabeza sin atreverse a sostenerle la mirada.

—No hay lugar.

Mientras Ferrán insistía con palabras corteses, don Mikel Merino descendió lentamente de su montura. No era guerrero de dejarse engañar por apariencias. Sus ojos recorrieron el edificio con calma. Las puertas permanecían entreabiertas. Las cortinas se agitaban apenas.

Y, sin embargo… Cada vez que algún viajero se acercaba a una ventana, alguien tiraba de él para esconderlo.

Las conversaciones morían de repente. Las miradas huían. Había miedo. Mucho miedo.

Merino comprendió entonces lo que sucedía.

No era falta de camas. Era una orden.

Una orden nacida en la propia corte.

El rey había decretado que ningún hombre ofreciera techo, pan ni fuego a don Mikel Oyarzabal mientras emprendiera el camino para demostrar su inocencia. Desde Burgos hasta las últimas fortalezas antes de la frontera, cualquiera que desobedeciera arriesgaba sus bienes y el favor de la corona.

No era un simple viaje. Era un destierro disfrazado de justicia.

Merino suspiró con gravedad.

No dijo nada. A veces, las palabras pesan más que el silencio.

Mientras tanto, un poco apartados del camino, ajenos por un instante a la dureza de aquella noche, don Mikel y don Unai permanecían junto a sus caballos.

La oscuridad parecía más liviana cuando conversaban.

Unai soltó una carcajada que rompió el silencio del bosque.

—¿Os acordáis de aquella expedición a las tierras francas?

Don Mikel esbozó una sonrisa.

—¿Cuál de todas?

—Aquella en la que cruzamos media Europa creyendo que íbamos a rescatar a una noble familia.

—Era una familia.

—De patos.

Don Mikel bajó la cabeza, incapaz de contener la risa.

—Aquellos pobres animales estaban atrapados entre los juncos.

—Mi señor... eran el alimento de unos campesinos.

—Toda criatura de Dios merece auxilio.

—Y aquellos campesinos merecían cenar.

La risa de Unai resonó entre los árboles. Clara. Tan limpia. Tan libre como el agua de un arroyo.

Don Mikel lo observó sin decir palabra. Pensó que ninguna victoria en batalla había sonado jamás tan hermosa. El caballero dejó escapar un lento suspiro.

Después, su expresión volvió a endurecerse. Sus ojos buscaron el horizonte, donde la noche ocultaba al hombre que había sembrado aquella infamia.

—Quien haya levantado tan vil acusación... responderá por ella.

Su voz ya no era la de un amigo. Era la de un caballero despojado de su honra.

—Juro ante Dios que descubriré la verdad.

Hizo una breve pausa. Luego añadió, con un tono mucho más sereno:

—Y cumpliré mi promesa. Costearé vuestras nupcias en Navarra, aunque para ello deba vender hasta mi última espada.

Unai volvió el rostro hacia él. Sonrió con la sencillez de quien jamás había pedido riquezas.

—Nunca dudé de vos, mi señor.

Aquella sonrisa… Era la misma que había iluminado innumerables campamentos, calmado los días más amargos y arrancado esperanza donde sólo quedaban cenizas. Don Mikel la contempló unos instantes más de los que un hombre prudente habría permitido.

Después apartó la mirada hacia la oscuridad del camino.

Había jurado recuperar su honor. Pero, en el rincón más profundo de su corazón, sabía que no era la corona lo que más temía perder.

Era el derecho de seguir cabalgando al lado de Unai Simón.

Don Mikel Merino regresó con el semblante más sombrío que las nubes de una tormenta. A su lado caminaba don Ferrán Torres, cuyos labios permanecían sellados como si el silencio pesara más que cualquier armadura.

Al verlos acercarse, don Mikel Oyarzabal comprendió que ninguna buena nueva cabalgaba con ellos. Don Unai también dejó de sonreír.

Los cuatro quedaron reunidos bajo el cielo ya cubierto de estrellas.

Fue Merino quien habló.

—Mi señor... parece que Su Majestad ha tendido una red sobre nuestro camino.

Don Mikel sostuvo su mirada.

—Hablad sin temor.

Merino inclinó la cabeza.

—No ha sido el posadero quien me lo ha revelado. Ha sido su hijo, un muchacho que aún no conoce el arte de ocultar la verdad. El rey ha hecho pregonar por estas tierras que ningún hombre de Castilla nos dé aposento, pan ni abrigo. Quien desobedezca perderá el favor de la corona.

El silencio cayó sobre ellos como una losa.

Don Mikel cerró lentamente los ojos. No hubo ira en su rostro.

Sólo un profundo suspiro, nacido del peso de la injusticia.

Don Unai, en cambio, apretó los puños.

—¡Maldita sea...!

La frase murió antes de completarse. 

Bastó una mirada de don Mikel para contener el resto. El navarro desvió la vista y dejó escapar el aire entre los dientes.

—Así pues... volveremos a dormir bajo las estrellas, como en los viejos tiempos.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de don Mikel.

—Como en los viejos tiempos.

No era propio de un caballero de su linaje tomar una posada por la fuerza, aun cuando la ley estuviera torcida contra él. El honor de un noble no se defendía con abusos, sino con paciencia y firmeza.

Así pues, condujo a sus compañeros hasta un prado cercano, a las afueras del camino. Allí levantaron un humilde campamento, donde el cielo serviría de techo y la tierra de lecho.

Ninguno pronunció queja. Habían conocido noches mucho más duras. Don Ferrán desenvainó lentamente su espada y la clavó en el suelo.

—Tomaré la primera guardia.

Don Mikel se acercó a él y apoyó ambas manos sobre sus hombros con sincero agradecimiento.

—Dios premie vuestra lealtad, Ferrán.

El aragonés inclinó la cabeza sin apartar la vista de la oscuridad que rodeaba el campamento. Entonces habló don Unai.

—Cuando Ferrán termine, velaré yo hasta que despunte el alba.

Don Mikel negó suavemente con la cabeza.

—No permaneceremos mucho tiempo en Castilla. Al amanecer cabalgaremos hacia Levante. Pondremos rumbo a Valencia, donde comienzan las tierras que aún no obedecen a la cruz. Allí hallaremos nuevas campañas y hombres dispuestos a escuchar la verdad de nuestra causa.

Sus tres compañeros asintieron al unísono. Si Castilla les cerraba las puertas, buscarían fortuna allí donde aún resonaban los tambores de la guerra. Mientras los caballeros acordaban el camino del día siguiente, don Mikel Merino ya había encendido el fuego.

Con la destreza de un médico y la paciencia de un monje, preparó la escasa cena que aún conservaban: carne de ave asada lentamente sobre las brasas, acompañada de frutos secos y manzanas silvestres recogidas durante la jornada.

El aroma comenzó a extenderse por el campamento. Por una breve hora, el destierro pareció menos amargo.

Porque mientras compartieran el mismo fuego, el mismo pan y la misma esperanza, ninguno de aquellos cuatro hombres cabalgaría jamás en soledad.

[⚔️]

Cuando la cena hubo terminado y las últimas brasas comenzaron a teñirse de un rojo apagado, el campamento quedó envuelto en el silencio de la noche. Sólo el crepitar del fuego y el canto lejano de los grillos acompañaban a los cuatro caballeros.

Don Mikel Oyarzabal permanecía despierto.

Sentado sobre un tronco caído, contemplaba las llamas como si en ellas pudiera descubrir el rostro del hombre que había sembrado aquella traición.

¿Quién había sido?

Su memoria emprendió un largo viaje.

Recordó los campos de Extremadura, donde el polvo se mezclaba con la sangre de cristianos y musulmanes. Recordó los muros conquistados, los juramentos compartidos alrededor de incontables hogueras, los caballeros que habían luchado a su lado y aquellos a quienes había tendido la mano cuando todo parecía perdido.

Ningún rostro encajaba con semejante vileza. Había servido al rey con fidelidad. Había protegido a los débiles. Había repartido el botín conforme dictaban las leyes del reino. Y, sin embargo, alguien había decidido arrancarle la honra.

Alzó entonces la vista hacia el firmamento.

Miles de estrellas cubrían el cielo como si fueran las lámparas del mismo Reino de los Cielos. Don Mikel unió las manos y, en voz tan baja que sólo Dios pudo escucharla, elevó una plegaria.

—Señor, que conocéis la verdad antes de que los hombres la pronuncien, iluminad mi camino. No permitáis que la mentira venza sobre el honor, ni que la injusticia reine donde Vos sembrasteis justicia.

El viento respondió moviendo suavemente las ramas de los árboles.

Nada más. Pensó entonces en los suyos.

Su anciano padre permanecía acogido bajo el techo de la familia de don Unai, en una modesta posada del Reino de Navarra, donde había hallado descanso gracias a la generosidad de aquellos mercaderes. Su madre, mujer de profunda fe, vivía retirada entre los muros del monasterio de Santa Inés, acompañada de la hermana menor de don Mikel, dedicada también a la oración y al servicio de Dios.

Esperaba que ninguno de ellos hubiese oído todavía las infames acusaciones. No deseaba que cargaran con una vergüenza que no les pertenecía.

Al amanecer partirían hacia Valencia.

El camino sería largo y peligroso. Más allá aguardaban tierras donde aún ondeaban los estandartes de los emires y resonaba la llamada del almuédano. Allí la frontera cambiaba con cada campaña, y la espada decidía lo que ningún pergamino podía asegurar.

Quizá entre aquellas fortalezas hallaría las pruebas que Castilla le negaba. Quizá también la ocasión de restaurar su nombre.

Finalmente se tendió sobre el manto que hacía de lecho.

Cerró los ojos. Más el sueño tardaba en acudir.

Fue entonces cuando un sonido rompió el silencio del campamento.

Un ronquido. Después otro.

Don Mikel giró apenas la cabeza.

Don Unai Simón dormía profundamente, ajeno a toda preocupación, dejando escapar un resoplido tan sonoro que habría espantado a más de un zorro de los bosques.

El caballero no pudo contener una leve sonrisa. Hasta sus ronquidos le parecían entrañables.

«Dios mío...», pensó para sus adentros.

Hacía ya muchos años que conocía la verdad de su propio corazón. La había descubierto entre campañas, caminos y victorias compartidas. Sabía que amaba a aquel hombre con una fuerza que ningún combate había logrado doblegar. Y precisamente por eso jamás permitiría que semejantes palabras abandonaran sus labios.

Algunas batallas podían ganarse con la espada. Aquella tendría que librarla en el más absoluto silencio.

[⚔️]

Con las primeras luces del alba, cuando el rocío aún cubría la hierba y los gallos anunciaban el nacimiento de un nuevo día, los cuatro caballeros ensillaron sus monturas.

Ninguno volvió la vista hacia Castilla. No porque dejaran de amarla, sino porque sabían que el honor no se recuperaba mirando atrás.

Don Mikel Oyarzabal ajustó la espada al cinto y contempló el camino que se abría ante ellos. Más allá aguardaban fortalezas, campañas y tierras donde la cruz y la media luna aún disputaban cada colina, cada río y cada ciudad.

Su destino se encontraba lejos. Muy lejos.

Con una breve oración, espoleó a su caballo.

Los cuatro abandonaron las tierras castellanas envueltos por el polvo del camino. Y los juglares dirían después que aquel día comenzó la verdadera empresa de don Mikel Oyarzabal.

[⚔️]

No tardó la guerra en reclamar nuevamente sus espadas.

En la frontera se alzaba Castejón, fortaleza orgullosa que vigilaba el paso de comerciantes y ejércitos. Sus muros parecían desafiar al mismo cielo, mas ninguna piedra resiste para siempre la voluntad de hombres decididos.

Durante varios días estudiaron las entradas, observaron las rondas y aguardan el instante oportuno.

Fue don Unai quien halló un sendero oculto entre los barrancos. Fue don Ferrán quien encabezó la carga. Fue don Mikel Merino quien mantuvo con vida a los heridos mientras el acero cantaba. Y fue don Mikel Oyarzabal quien, espada en mano, atravesó la puerta principal cuando ésta cedió bajo el empuje de los suyos.

Antes del anochecer, el pendón cristiano ondeaba sobre la torre mayor.

Los habitantes de Castejón esperaban saqueos y represalias. No las encontraron.

Don Mikel prohibió que se derramara sangre inocente.

Ordenó proteger a mujeres, ancianos y niños.

Mandó pagar el pan que sus hombres consumían y castigó con dureza a quien intentó aprovecharse del desorden de la victoria. Muchos comenzaron entonces a murmurar:

—He aquí un caballero justo.

Y aquella fama viajó más deprisa que cualquier caballo.

[⚔️]

Desde Castejón continuaron hasta Alcocer. La fortaleza era más fuerte, las murallas más gruesas y la resistencia mucho más feroz.

Durante semanas soportaron hambre, calor y flechas. Las provisiones escaseaban. Las armaduras comenzaban a pesar como molinos de piedra.

Mas ninguno abandonó su puesto.

Cuando por fin cayó Alcocer, los cuatro caballeros abrazaron a sus hombres antes de celebrar la victoria. No habían vencido únicamente por la fuerza.

Habían vencido porque ninguno dejó solo al compañero que luchaba a su lado.

[⚔️]

Fue entonces cuando el nombre de don Mikel empezó a resonar por toda la frontera.

Caballeros sin señor. Escuderos. Campesinos. Mercaderes. Muchos acudían para servir bajo su estandarte.

Entre ellos apareció un muchacho de apenas quince inviernos. Era pequeño de estatura, de ojos vivos y lengua más rápida que cualquier espada.

Se llamaba Pablo Gavi.

Con una determinación impropia de su edad, hincó una rodilla ante don Mikel.

—Permitidme luchar con vos.

Los cuatro caballeros intercambiaron miradas.

Don Mikel descendió de su caballo. Observó al joven durante unos instantes antes de colocarle una mano sobre el hombro.

—Todavía no.

La decepción cruzó el rostro del muchacho.

Pero el caballero continuó hablando.

—El acero no sólo exige valentía. También exige tiempo. Creced, aprended y fortaleced vuestro brazo. Cuando llegue el día de recibir las espuelas de caballero, si vuestro corazón sigue siendo tan firme como ahora, os recibiré entre los míos.

Los ojos de Pablo brillaron como si acabara de recibir el mayor de los tesoros.

—Lo juro, mi señor.

Don Unai soltó una carcajada.

—Preparad provisiones para el futuro. Ese rapaz hablará tanto como pelea.

El muchacho protestó de inmediato. Las risas estallaron alrededor del campamento. Don Mikel contempló aquella escena con una paz que hacía mucho no sentía.

Y, sin darse cuenta, volvió a mirar a Unai. Siempre terminaba mirándolo a él.

El navarro reía con la cabeza echada hacia atrás, despreocupado, como si la guerra jamás pudiera alcanzarlo.

«Amigo.»

La palabra atravesó el pecho de don Mikel.

Qué sencilla parecía. Y qué difícil resultaba pronunciarla sin sentir que ocultaba algo mucho más profundo. Apartó la vista antes de que nadie pudiera advertirlo. Aquellos pensamientos pertenecían únicamente a Dios... y a su conciencia.

[⚔️]

Mientras tanto, don Ferrán Torres y don Mikel Merino estrechaban cada vez más su amistad.

El uno encontraba en el otro un hermano de armas. Ferrán enseñaba al médico el arte de combatir con espada y lanza. Merino respondía enseñándole a distinguir las hierbas capaces de cerrar heridas o aliviar la fiebre.

Más de una noche discutían durante horas sobre cuál de las dos ciencias salvaba más vidas: la espada o la medicina.

Nunca alcanzaron un acuerdo. Siempre terminaban riendo. 

[⚔️]

La mayor prueba llegó en la batalla de Tévar.

Allí salió a su encuentro el orgulloso conde don Zubendimi, hombre de alta alcurnia y corazón rebosante de soberbia. Al ver el reducido ejército de don Mikel, lanzó una carcajada.

—¿Ésos son los hombres que desafían a Castilla? Parecen malcalzados y muertos de hambre.

La batalla respondió por ellos. Cuando el sol comenzó a ocultarse, el conde había perdido su caballo, su espada y su libertad.

Fue conducido ante don Mikel con las manos atadas.

Humillado por haber caído prisionero de aquellos hombres a quienes había despreciado, rechazó el pan y el agua durante dos jornadas enteras.

—Antes moriré de hambre que aceptar alimento de unos desdichados.

Los soldados esperaban burlas. Esperaban castigos. Don Mikel hizo lo contrario. Mandó que le sirvieran la misma comida que él compartía con sus caballeros y ordenó que nadie insultara al prisionero.

Al tercer día se acercó personalmente.

—Ningún hombre recupera el honor dejando morir su cuerpo. Comed. Cuando Dios lo disponga, volveréis libre con los vuestros.

El conde alzó lentamente la mirada. Jamás había esperado semejante misericordia.

Aceptó el pan. Y con él abandonó también su orgullo. Desde aquel día dejó de llamar «malcalzados» a los hombres de don Mikel.

Los llamó caballeros justos de Su Señor.

[⚔️]

Con cada ciudad conquistada y cada victoria alcanzada, aumentaban el oro, los caballos y las riquezas del ejército. Sin embargo, don Mikel jamás olvidó quién era.

Aunque el rey lo hubiese desterrado y ninguna obligación lo ligara ya a la corona, separaba siempre la parte correspondiente al quinto real y la enviaba a Castilla con escolta segura.

Muchos de sus hombres no comprendían aquel gesto.

—Mi señor, ese oro ya os pertenece.

Don Mikel negó con serenidad.

—Mientras Dios me conceda aliento, jamás dejaré de servir al reino que juré defender. Si mi honra ha de ser restaurada, no será por la fuerza de mis victorias, sino porque incluso en el destierro permanecí fiel a mi palabra.

Y así continuó cabalgando. No como un hombre que buscaba riquezas.

Sino como un caballero decidido a recuperar aquello que ningún tesoro podía comprar: su honor.

[⚔️]

Sólo restaba una jornada de camino para que las murallas de Valencia aparecieran ante sus ojos. 

El campamento hervía de vida.

Los soldados afilaban espadas, remendaban cotas de malla y alimentaban a los caballos para la marcha del alba. De una hoguera cercana llegaban risas, vino y canciones de victoria, pues los hombres celebraban las conquistas alcanzadas durante aquellas semanas.

Mas el héroe de aquellas gestas no se hallaba entre ellos.

Don Mikel Oyarzabal permanecía solo en su tienda.

Sobre una mesa de madera descansaban pergaminos, cartas náuticas y viejos mapas trazados por mercaderes y monjes viajeros. Una vela iluminaba el litoral levantino mientras el caballero recorría con el dedo los caminos que descendían hasta el gran puerto de Valencia.

Aquel lugar no era una ciudad cualquiera. Era la puerta del Mediterráneo.

Desde sus muelles partían naves hacia Génova, Pisa, Venecia y otras tierras que sólo los peregrinos y comerciantes más audaces conocían. Si lograba conquistarla, el mundo se abriría mucho más allá de Castilla.

La lona de la tienda se apartó de improviso.

—¡Mi señor!

Don Unai Simón apareció con una sonrisa tan amplia como el horizonte.

—Todo el campamento festeja vuestras victorias... y vos seguís encerrado entre pergaminos. Decidme, ¿qué clase de comedia es ésta?

Don Mikel levantó la vista. No pudo contener una risa sincera.

Aquella voz conseguía disipar las preocupaciones con la misma facilidad con la que el viento apartaba las nubes.

—Perdonadme, Unai. Los mapas me han robado el tiempo.

Se levantó y señaló la costa dibujada sobre el pergamino.

—Mirad. Valencia no es solamente una fortaleza. Es un puerto inmenso. Desde aquí parten embarcaciones hacia los grandes reinos del mar. Venecia, Génova... ciudades cuya riqueza parece nacida de las propias olas.

Unai observó el mapa durante unos instantes. Luego alzó los hombros con absoluta naturalidad.

—Pues vayamos.

Don Mikel parpadeó.

—¿Cómo decís?

—Conquistemos Valencia... y después embarquemos hacia Venecia.

Lo dijo como quien propone recorrer el mercado de una villa cercana.

—Vos delante... y yo a vuestro lado.

Aquellas últimas palabras atravesaron el pecho de don Mikel con la fuerza de una lanza.

«A vuestro lado.» Sintió cómo el corazón golpeaba contra las costillas con la violencia de un caballo desbocado antes de la carga. Temió que aquel estruendo pudiera escucharse en toda la tienda.

Bajó la mirada hacia el mapa para ocultar el temblor que le recorría el rostro. ¿Cuántas veces había imaginado un camino semejante? No ya la conquista de ciudades ni la gloria de nuevas campañas.  Sino simplemente eso.

Viajar con Unai.

Atravesar mares desconocidos.

Compartir el mismo fuego cada noche y despertar bajo el mismo cielo, sin que existieran acusaciones, guerras ni coronas que los separasen.

Era un sueño tan hermoso como imposible. Porque algún día, cuando todo terminara, Unai regresaría a Navarra. Allí lo aguardaba una joven panadera y una boda que él mismo había prometido costear.

Y don Mikel… Don Mikel sólo ocuparía el lugar que siempre había tenido. El de un buen amigo. Respiró hondo. Encerró aquellos pensamientos en el rincón más profundo de su alma, donde sólo Dios podía alcanzarlos.

Después levantó de nuevo la cabeza y sonrió.

—Muy bien.

Su voz recuperó la firmeza del caballero.

—Primero conquistaremos Valencia. Y si el Señor tiene a bien devolverme el honor y absolver mi nombre, entonces pondremos rumbo hacia Venecia.

Los ojos de Unai brillaron como los de un muchacho al que acababan de prometerle la mayor de las aventuras.

—¡Sabía que aceptaríais!

En ese mismo instante, la lona volvió a abrirse. Don Ferrán Torres asomó primero la cabeza. Tras él apareció don Mikel Merino, con una jarra de vino en una mano y un pan recién horneado en la otra.

Ambos contemplaron la escena durante un instante. Después Ferrán soltó una sonora carcajada.

—¡Ea, mi señor! ¡Todo el ejército os espera! ¿Pensáis conquistar Valencia sólo con mapas y promesas?

Merino alzó la jarra a modo de brindis.

—Las estrategias pueden aguardar una noche. Los hombres desean celebrar junto a quien les ha devuelto la esperanza.

Don Mikel intercambió una mirada con Unai.

Éste sonreía. Siempre sonreía.

Y, por un instante tan breve como el vuelo de un halcón, don Mikel deseó que aquel camino no terminase nunca. Porque mientras el destino siguiera llevándolos hombro con hombro, aún podía fingir que el mayor anhelo de su corazón no era un pecado... sino una promesa que jamás se atrevería a pronunciar.

[⚔️]

Notes:

Si llegaste hasta aqui, muchas gracias por leer EL PRIMER CANTO, os di una buena repasada de literatura, eh?

Inspirada del Cantar del Mío Cid, decidí escribir unaizabal con el clásico castellano. Aviso históricamente que no existía el Reino de Asturias, fue siglos más tarde! Bien hice una investigación histórica y por Selectividad dbfjekwkw😌😌😌

Nos vemos muy pronto, estrelladas! Que este delelu, digo, gesta continúe! <3

No olviden de visitarme en twt; @sol_ontheveil, quiero ver vuestras capturas de pantalla, reacciones, comentarios y kudos! Muah! 🫵🏻✨️