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Intimidad en la soledad

Summary:

Garry quiere adentrarse en la soledad de Anatoly, pero fracasa.

El problema es que no quiere rendirse.

Notes:

Este autor no sabe casi nada sobre ajedrez, pero de repente quiso hacer un fanfic sobre ajedrez sin importarle pasar vergüenza por efectivamente no saber nada de ajedrez.

Es un poco raro publicar esto porque no hay muchos fanfics de estos dos en AO3, por ende, mi fic será encontrado con más facilidad. 🥲

Lo siento si no es algo muy bien escrito; ya he leído fics que hay aquí de ellos y son muy hermosos.

Decidí escribir algo sobre ellos porque realmente su dinámica me pareció divertida, ngl, realmente la gente no está viendo esta mina de oro sin explotar y ojalá haya más fics pronto.

De antemano pido perdón si hay errores en lo que respecta a la comprensión del ajedrez.

Si les gusta este fic, escribiré más capitulos (?

Yo sé que Garry me mataría por esto, pero me hace muy feliz saber que las cosas en AO3 se quedan en AO3… ¿verdad?

Chapter Text

Cuando sus oponentes firmaban tablas debido a sus movimientos interminables, Garry siempre aparecía para arruinar la poca paz mental que a él le quedaba. Es una batalla ideológica para ver quién es el mejor, pero él se siente apartado —como lo ha sido gran parte de su vida— y totalmente hastiado de sus obligaciones, como el ajedrecista perfecto de la URSS.

Más victorias se acumulaban, pero nunca es suficiente; en realidad, casi nada lo es cuando se trata de enfrentar a estadounidenses. Entonces, Garry apareció, arruinó el juego, su propio juego de precisión puesto contra el movimiento caótico de una joven mente brillante que jugaba a todo o nada.

Él lo odiaba, lo detestaba de verdad. Le ponía los pelos de punta pensar en tan solo perder contra él; era casi algo prohibido imaginar y materializar aquello por lo humillante del asunto. Pero la realidad estaba ahí, siendo demasiado real como para sentirla atravesar su notable cansancio mental.

Le gustaba esquivarlo en cada oportunidad que le fuera posible. Sin embargo, Garry permaneció allí infalible, como la estática de la radio de fondo mientras escuchaba relatar el clima de su ciudad natal, o del ruido blanco que se presentaba en su mente cada vez que le ponían un plato de comida enfrente.

A la FIDE y al equipo no les importaban sus dramas con la comida, y eso estaba bien, dentro de lo que cabe. Prefería eso a tener que estar mucho más involucrado con los asuntos burocráticos que pesaban en su nombre. Una mente brillante de la Unión Soviética, eso era todo.

—Si comieras tres porciones, te dejaría ganar una partida. ㅡ Garry sentado frente a él, tirándole un plato de comida, no era un escenario que se presentaba ni en sus peores sueños, pero allí estaban. ㅡ

—¿Solo una? De verdad eres un niño mimado. —Era una pesadilla, una en la que vivió por casi tres años seguidos. ㅡ

Garry se había tomado muchas libertades con él desde entonces, comportándose como un gato callejero juguetón que no para de molestar hasta ser echado a la calle. Tres años seguidos de humillación que mancharon su nombre.

—¿Podrías hacer un esfuerzo? Por favor. —El rostro de ese campeón de 23 años era estúpido; a decir verdad, no estaba seguro de si clasificar esto como denigrante o algo peor. Su mirada se desvió de inmediato a una de las ventanas exteriores del hotel, pensando en que al menos había un poco de paz en el caos. ㅡ

Estaban en Londres, y se sintió como un baldazo de agua fría observar cómo todos aquí parecían ㅡsalvajesㅡ, extraños, a comparación de la rigidez que dictaba su vida.

Siempre era raro interactuar con la gente cuando viajaba, incluso cuando ya llevaba casi dos décadas haciéndolo; lo más seguro era volver a su hogar y olvidarse de todo en menos de una semana. Los viajes eran muy tediosos; sin importarle ser uno de los pocos privilegiados en la URSS en poder hacerlo libremente, su familia le decía siempre que era alguien afortunado.

Supuso que solo era cuestión de tiempo que pudiera olvidarse de esto, pero había algo más importante en este viaje. El campeonato mundial estaba a punto de disputarse y él solo deseaba dos cosas: recuperar el título que le fue arrebatado por Garry e irse a casa lo más rápido posible.

—¿¡Niño mimado!? Solo quiero que comas. ㅡ El más joven frunció el ceño, provocando que Anatoly lo mirase con molestia por haber interrumpido sus pensamientos. ㅡ

—Te dije que no es necesario, ya comí lo suficiente antes de bajar aquí. —Una mentira. —Y eso es lo que eres en realidad, un niño mimado. ㅡ

Si no fuera porque ya había examinado su juego hasta trasnocharse y, por consiguiente, analizar todas sus expresiones faciales, creería que Garry estaba a punto de golpearlo. Pero solo eso, a punto.

Pasar tres años consecutivos estudiando a la misma persona tenía sus ventajas, tanto fuera como dentro del ajedrez. Le gustaba ser condescendiente a propósito con personas como Kasparov. Básicamente, era un niño molesto con el mundo y luchando por una verdad más allá de todos que solo el mismo Garry conocía.

—Si quieres morirte, bien por ti, pareces un saco de huesos. —Espetó el joven, orillando el plato de comida bruscamente a un lado y levantándose de la mesa. Anatoly lo observó, como quien observaba a un niño hacer un berrinche frente a su madre. ㅡ

Su mirada se dirigió nuevamente a aquel ventanal que daba vista a la ciudad, sin siquiera mirar un momento en dirección a Kasparov o el plato de comida casi deshecho por el enojo del joven. Deseaba volver a algo más simple, como aquellos tiempos en los que no tenía a un niño encima de él obligándolo a comer.

Se supone que un niño de 23 años no debería incitar a un adulto de 35 años a comer, pero Garry siempre fue así, muy extraño. Cuando la mirada de Kasparov se fijó en su rostro por primera vez ese día en 1984, algo pareció cambiar en él.
Era la promesa, el niño brillante y disruptivo que con una jugada agresiva iba directo a ganar. Él llevaba en el trono el suficiente tiempo como para no querer subestimar del todo el talento de aquel joven. Después de todo, él mismo sufrió de primera mano la humillación pública de ser el novato cuando los estadounidenses lo llamaron “Campeón de Papel” al no poder enfrentarse a Bobby Fischer por culpa de sus tantas exigencias bobas.

Aquello lo llevó a dejar de comer —fue algo lento, progresivo—, para luego notar los cambios aparecer de a poco; recuerda que sus mejillas eran un poco más regordetas a los 15 años cuando se convirtió en maestro. Ahora, al mirarse al espejo, solo puede ver dos huesos sosteniendo unos músculos hundidos luchando por no hacerse más pequeños.

A su equipo no le importó en aquel entonces cuando estaba en sus veinte —y a él mucho menos—, por lo que siguió ignorando activamente la comida, salteando algunas cenas; olvidando almuerzos con una frecuencia ya sospechosa, hasta olvidarse de comer por un día entero.

Cuando Garry lo vio del otro lado de la mesa tratando de soportar la presión y la carga de todo un país sobre sus hombros, ya habían transcurrido una cantidad de días considerables desde que el campeonato había empezado a disputarse, y él se había negado a comer un plato de comida desde entonces. Las fichas del tablero le impedían comer; estaba completamente centrado en el juego.

Entonces ese niño se atrevió sin siquiera inmutarse a preguntarle por qué no había comido algo en todos esos días. Cuando lo observo de vuelta, el semblante de aquel niño retador y agresivo había desaparecido por un momento, siendo reemplazado por una genuina preocupación.

Y él lo odiaba.