Chapter Text
La noche anterior había olido a humedad, a calle vacía y a pienso de gato.
Jena había salido sola, como casi siempre prefería hacer las cosas. No le gustaba depender de nadie. Ni hablar demasiado. Ni sonreírle a extraños por obligación. Sus gatos se habían quedado sin comida, y aunque refunfuñó al mirar la hora, terminó poniéndose una sudadera ancha y saliendo a la calle.
La ciudad estaba rara. Demasiado silenciosa.
—Será rápido —murmuró para sí, metiéndose las manos en los bolsillos.
Pensaba en volver, en abrir una lata para los gatos, en sentarse en su sofá y seguir viendo One Piece hasta dormirse. Pensaba en lo injusto que era que siempre le tocara a ella arreglarlo todo. Pensaba en Buggy, curiosamente, porque esa tarde había visto clips viejos del anime y otra vez había sentido esa mezcla de risa y fastidio.
*Lo tratan como basura demasiadas veces*, pensó. *Y tenía potencial de sobra.*
Entonces ocurrió.
Un ruido imposible.
Unos faros.
Un camión surgido de la nada.
No había tiempo para gritar.
El golpe fue brutal.
Después, negro.
Negro total.
Y luego… agua.
Agua en la garganta. En la nariz. En los pulmones.
Jena se sacudió violentamente, tosiendo con una desesperación animal. Sentía las costillas arder, la cabeza estallar, la garganta desgarrada. Su cuerpo quería vomitar el mar entero.
Oyó voces.
Lejanas al principio. Luego más claras.
—¡Oye, Buggy! ¿Estás bien?
Esa voz…
Jena abrió los ojos de golpe.
Sobre ella, recortado contra un cielo diurno y limpio, estaba un chico pelirrojo, pecoso, con expresión preocupada.
Shanks.
Por un segundo su cerebro se negó a procesarlo.
El balanceo bajo su espalda no era suelo. Era madera. Cubierta. El aire tenía olor a sal. El viento le pegaba en la cara. Y alrededor… botas, piernas, sombras inclinándose.
Jena tragó aire con dificultad y alzó la vista un poco más.
Velas. Cuerdas. Mar abierto.
Y rostros.
Rostros demasiado conocidos.
No.
No.
No.
Levantó las manos por puro instinto.
Se quedó helada.
Esas manos no eran suyas.
Eran más pequeñas. Más delgadas. Infantiles todavía. Y mojadas.
Su corazón dio un vuelco violento.
*Buggy.*
Sintió un frío peor que el agua recorrerle la espalda.
*No puede ser.*
Su mano subió sola a su cara. Rozó una nariz redonda, firme, real.
La nariz roja.
No maquillaje.
Real.
Jena se incorporó de golpe, aún tosiendo, con el pecho doliéndole.
*Me atropellaron. Me morí. Y ahora estoy en One Piece.*
Su mente, fanática y desquiciadamente lúcida, encajó las piezas con la rapidez de quien había visto esa escena demasiadas veces.
*Shanks me sacó del agua… o sacó a Buggy del agua. Ya me tragué la Bara Bara no Mi. Estamos en el Oro Jackson. Esto es canon. Justo después del accidente.*
Cruel.
Cruel era poco.
Jena amaba One Piece. Lo había visto, releído, debatido en foros, diseccionado en grupos de Facebook a horas absurdas. Había defendido a Buggy de gente que solo lo veía como alivio cómico. Había escrito párrafos enteros explicando por qué la **Bara Bara no Mi** podía ser una fruta monstruosamente útil si se explotaba bien.
Y ahora estaba dentro de él.
Dentro de Buggy.
Su personaje favorito.
Su pobre payaso condenado a ser maltratado por medio mundo.
Oyó una carcajada grande, clara, viva.
—¡Gyahahaha! ¡Vaya susto nos diste, Buggy! —dijo Gol D. Roger, con las manos en la cintura, sonriendo como si incluso una casi tragedia fuese parte de una gran aventura.
A un lado, **Silvers Rayleigh** observaba con su media sonrisa tranquila, pero sus ojos eran agudos. Más allá, **Scopper Gaban** tenía los brazos cruzados y la expresión de alguien que acababa de confirmar que los niños de a bordo seguían atrayendo problemas con precisión sobrenatural.
Shanks seguía agachado frente a ella.
—Te caíste de repente —dijo—. ¿Puedes respirar bien?
Jena lo miró fijo.
*Ese es Shanks. Por supuesto que es Shanks.*
Y también supo, al instante, por qué la llamaba Buggy.
Porque ella ya no estaba en su mundo.
Porque su alma, su conciencia, lo que fuera que ahora ocupaba ese cuerpo… estaba donde debía estar Buggy.
Shanks ladeó la cabeza.
—¿Buggy?
Jena se obligó a respirar con calma.
No era Buggy.
No iba a actuar como el Buggy original.
Y desde luego no iba a decirle a nadie la verdad.
Ni muerta.
—Sí… estoy bien —dijo al fin, con la voz más seria de lo que seguramente esperaban oír.
Shanks pestañeó.
Roger alzó una ceja.
Gaban soltó un resoplido.
Rayleigh no dijo nada, pero la observó un segundo más de lo normal.
Jena bajó la vista a su ropa empapada con genuino disgusto. La ropa juvenil de Buggy le desagradó de inmediato. Ya antes, en su mundo, muchas veces había pensado que aquel chico podía verse mucho mejor. Más color, más intención, más presencia. Más dramatismo. Algo más glam, más ochentero, más teatral.
*Necesito botas. Con tacón. Y felpa. Rosas, si es posible.*
La idea apareció con una claridad tan absurda que casi la ancló a la realidad.
*Y un overol corto… camiseta de manga larga… medias rayadas blancas y rojas hasta los muslos… y un sombrero de capitán. De la Marina, incluso. Solo por estética.*
Sí.
Muchísimo mejor.
Si iba a vivir en ese cuerpo, por lo menos no iba a vestir fatal.
Después de todo, sabía coser. Sabía diseñar. Había dibujado ropa durante años. Eso, al menos, podía conservarlo.
—Tu cara da miedo —comentó Shanks con una risa nerviosa—. Oye, no hace falta que me mires así. Ya te saqué del agua, ¿no?
Normalmente, Buggy habría estallado ahí mismo.
Lo habría culpado. Le habría gritado por haberlo asustado, por el mapa, por la fruta, por cualquier cosa al alcance. Habría convertido el enojo en una escena.
Jena no.
Seguía furiosa, sí. Pero no por lo mismo.
Furiosa con el universo. Con el camión. Con la muerte. Con el destino. Con el absurdo de despertar en el cuerpo de un chico de anime y tener que improvisar una vida entera a partir de ese segundo.
Cruzó los brazos y se inclinó apenas hacia delante, mirándolo fijamente.
Shanks parpadeó otra vez.
—…¿Qué? —preguntó.
Jena lo estudió.
*Así que tú eres el favorito del capitán. El destinado a la grandeza. El niño brillante. El que todos miran.*
Y, sorprendentemente, eso no le dolía en absoluto.
El Buggy original había cargado celos, resentimiento, sensación de ser siempre el segundo.
A Jena, en cambio, aquello le pareció un alivio casi físico.
*Perfecto. Míralo a él. Espera cosas de él. Déjame a mí en paz.*
No quería ser el centro de nada.
No quería perseguir a Luffy en el futuro.
No quería convertirse en Shichibukai y sentarse en esas reuniones odiosas.
No quería acabar humillada bajo Crocodile o Mihawk.
No quería vivir la versión del canon en la que Buggy sobrevivía a base de suerte, espectáculo y desgracias.
*Eso sí lo voy a cambiar*, pensó con una quietud helada.
Roger se acuclilló frente a ella con una sonrisa enorme.
—Bueno, muchacho, casi te vas al fondo del mar en cuanto subimos una fruta rara a bordo. Eso tiene estilo.
—Capitán —dijo Rayleigh con tono seco—, no anime a los niños a convertir accidentes en costumbre.
—¡Pero si sobrevivió! —rió Roger.
Gaban miró a Jena de arriba abajo.
—Buggy, si te sientes mareado, dilo ahora. Más tarde te pondrás terco y será peor.
Jena lo miró a él también.
Scopper Gaban. Firme, directo. Muy de cubierta, muy de hacer.
Todos estaban ahí de verdad.
No en una pantalla.
No dibujados.
Reales.
El mar sonaba real. La madera crujía real. El sol calentando la piel mojada era real.
Y, de repente, le golpeó un pensamiento mucho más íntimo.
*Mis gatos.*
Su estómago se encogió.
Vio en su mente a los animales esperándola, maullando junto a la puerta, confundidos.
Luego intentó agarrarse a algo razonable.
*Estarán bien. El casero los recogerá. O los vecinos oirán. Alguien hará algo.*
Tuvo que repetírselo dos veces para no quebrarse ahí mismo.
No iba a llorar delante de los Piratas de Roger.
Ni delante de Shanks.
Ni dentro del cuerpo de Buggy.
Roger la observó con más atención esta vez.
—Hm.
Jena alzó la vista.
Por un segundo, los ojos del futuro Rey de los Piratas perdieron un poco de ligereza. Había intuición ahí. Una de esas intuiciones absurdas que tenían los grandes personajes de One Piece; esa forma de notar cuando alguien no estaba bien aunque no supieran por qué.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Roger, más suave—. Te ves… distinto.
El corazón de Jena dio un latigazo.
Rayleigh habló sin apartar los ojos de ella.
—Está demasiado callado.
—¡Sí! —dijo Shanks enseguida—. Eso mismo pensé.
Gaban gruñó.
—Casi se ahoga. Denle diez minutos antes de declarar que se lo comió una maldición.
*Maldición. Si supieras.*
Jena se obligó a encogerse apenas de hombros.
—Solo me duele la cabeza.
La respuesta era simple. Creíble. Útil.
Rayleigh fue el primero en asentir.
—Es normal.
Shanks soltó aire por la nariz, como si eso le quitara un peso.
—Te dije que ibas a estar bien.
Jena lo siguió mirando con una expresión que no era precisamente amable.
Shanks sonrió, pero ya algo confundido.
—De verdad estás raro.
*Acostúmbrate*, pensó ella.
Su mente, pese al caos, ya estaba funcionando en varias direcciones a la vez. Como siempre. Como cuando la ansiedad le disparaba posibilidades sin descanso.
**Bara Bara no Mi.**
Ahora era suya.
Todavía nadie sabía qué fruta era, ni qué hacía. Eso coincidía con el momento del canon.
Y Jena, a diferencia del Buggy original en ese instante, tenía una ventaja monstruosa: conocimiento.
Conocía el mundo.
Conocía la historia.
Conocía los peligros.
Y había pasado horas, días, años enteros fantaseando con usos más efectivos para esa fruta.
*Separar partes del cuerpo es solo el principio.*
Si podía dividirse, ¿hasta qué nivel podía hacerlo?
¿Control fino? ¿Velocidad? ¿Sensación compartida? ¿Rango? ¿Podría volver fragmentos invisibles entre sombras? ¿Mandar un ojo a espiar? ¿Atacar con manos flotantes en ángulos muertos? Sí, eso ya era obvio.
Pero también…
*¿Y si reduzco las piezas cada vez más?*
¿Tamaño de dedos? ¿Uñas? ¿Piel? ¿Partículas? ¿Molecular?
Su respiración se frenó apenas.
*Si llegara a dividirme a nivel molecular… podría atravesar barreras. Hacer pasar partes entre rendijas microscópicas. Evadir golpes de formas imposibles.*
Y luego la idea más oscura, la que tantas veces había comentado medio en serio y medio no en debates absurdos:
*Si mis manos pudieran separarse en fragmentos minúsculos y reunirse dentro de un cuerpo ajeno…*
No terminó la imagen. O sí la terminó, pero se la guardó.
A Jena le gustaba el gore. Eso nunca había sido exactamente un secreto consigo misma.
Y odiaba a los abusivos.
A los injustos.
A los que aplastaban al débil porque podían.
En su mundo, esas fantasías se quedaban en fantasías.
Aquí…
Aquí tal vez no.
—Buggy.
La voz de Rayleigh la sacó de su espiral.
—¿Puedes ponerte de pie?
Jena asintió.
Se levantó despacio.
El mareo fue inmediato. También la extrañeza física. Ese cuerpo era más bajo, más ligero, distinto en centro de gravedad. Pero no cayó. Se mantuvo erguida.
Shanks sonrió aliviado.
—¡Ves! Ya estás bien.
Jena miró la cubierta, luego el mar, luego sus propias manos otra vez.
El mundo seguía ahí.
No despertaba.
No era un sueño.
Roger se incorporó.
—Bien, entonces asunto resuelto. —Se giró hacia los demás con energía inagotable—. ¡Vamos! ¡Todavía tenemos mar por delante!
—Capitán, “asunto resuelto” no significa que debamos ignorar que el chico tragó una fruta del diablo por accidente —dijo Rayleigh.
Roger soltó una carcajada.
—¡Entonces será más divertido ver qué pasa!
Gaban negó con la cabeza.
—Un día de estos voy a fingir que no los conozco.
Shanks dio un paso al lado de Jena.
—Oye, Buggy…
Ella giró la cara apenas.
—¿Qué?
El pelirrojo se rascó la mejilla.
—Perdón.
Jena parpadeó.
—¿Por qué?
—Por lo del mapa… y porque te asustaste… y bueno, lo de caerte al mar…
Ahí estaba. El Shanks de siempre: genuino, simple, sincero. Tan fácil de querer que daba rabia.
Jena lo sostuvo con la mirada varios segundos.
Podía fingir rencor como el Buggy original. Sería lo lógico.
Pero ella no quería jugar exactamente ese papel.
—No importa —dijo al fin.
Shanks abrió los ojos con sorpresa.
—…¿No importa?
—No.
—¿No me vas a gritar?
Jena frunció el ceño.
—¿Quieres que lo haga?
—¡No!
Roger volvió a reír desde unos metros más allá.
—¡Rayleigh! ¡Escuchaste eso! ¡Buggy maduró después de casi morir!
—O se golpeó la cabeza más fuerte de lo que creemos —respondió Rayleigh con absoluta calma.
Incluso Gaban dejó escapar una sonrisa breve por la nariz.
Jena sintió una irritación automática.
*No soy un chiste.*
Pero luego se obligó a tragársela. No era el momento de ponerse a la defensiva por todo. Si sobrevivía, tendría que aprender cuándo morder y cuándo observar.
Y, por ahora, observar era mejor.
Mucho mejor.
Porque necesitaba entender algo urgente:
**qué tan pronto se manifestaría el poder.**
Miró su mano.
Abrió y cerró los dedos.
Nada.
De momento, al menos, no había efecto visible.
Shanks siguió ahí, curioso.
—De verdad estás raro —repitió, más bajito.
Jena soltó un suspiro por la nariz.
—Casi me ahogo.
Shanks aceptó eso con una mueca.
—Sí… bueno… supongo que eso cambia el humor de cualquiera.
*No sabes cuánto.*
Gaban se acercó con un cubo y una toalla, y prácticamente se la dejó encima sin ceremonia.
—Sécate. No ensucies más la cubierta con agua salada.
Jena lo miró.
—Gracias.
Gaban se quedó quieto medio segundo.
—Ahora sí estás actuando extraño —dijo.
Shanks empezó a reírse.
Roger también.
Hasta Rayleigh sonrió un poco.
Jena apretó la toalla entre las manos con cara de pocos amigos.
*Perfecto. Ya soy oficialmente sospechosa por tener modales básicos.*
Se secó en silencio mientras las conversaciones alrededor retomaban su flujo natural. Marineros moviéndose, velas tensándose, el capitán riendo, el barco respirando como un ser vivo.
Sin embargo, aunque el ambiente parecía volver a la normalidad, Jena notó varias miradas furtivas.
Rayleigh la vigilaba de reojo.
Gaban también.
Shanks, más abiertamente, seguía pendiente de ella.
No porque sospecharan una posesión imposible.
Sino porque **Buggy había cambiado**.
Y eso, en una tripulación donde todos se conocían bien, no pasaba desapercibido.
Jena alzó la vista hacia el cielo.
Azul inmenso. Nítido.
*Estoy aquí.*
La idea daba vértigo.
*Estoy dentro del mundo que veía desde mi sofá. Dentro del cuerpo de un personaje que siempre quise proteger un poco. Y encima justo en el momento en que obtiene una fruta con potencial ridículo.*
Sus dedos se tensaron.
No iba a desperdiciarlo.
No iba a vivir como el Buggy original si podía evitarlo.
Sí, usaría el carisma del payaso cuando conviniera. Sí, aprovecharía la subestimación de los demás. Sí, dejaría que miraran a Shanks mientras ella aprendía en silencio.
Pero también entrenaría.
Investigaría.
Probaría límites.
No para convertirse en heroína ni en reina del mar.
Sino para no terminar jamás aplastada por los monstruos que el futuro traería.
No Crocodile.
No Mihawk.
No nadie.
Si alguien intentaba usarla, reírse de ella o convertirla en peón…
Bueno.
Jena apretó la toalla un poco más.
*Ya veríamos quién reventaba primero.*
Shanks volvió a asomarse a su campo de visión.
—Eh, Buggy.
Ella lo miró con evidente paciencia limitada.
—¿Qué?
—Cuando te sientas mejor… ¿quieres comer algo?
La pregunta la descolocó un instante.
Simple. Humana. Infantil, incluso.
Y de pronto notó el hueco feroz en el estómago, el cansancio, el temblor posadrenalina en las piernas.
—Sí —admitió.
Shanks sonrió de oreja a oreja.
—¡Genial! Vamos, antes de que los adultos se acaben lo bueno.
—Te escuché —dijo Rayleigh.
—¡Era una broma!
—No, no lo era —gruñó Gaban.
Roger soltó otra carcajada atronadora.
Jena observó a todos ellos por un momento.
La tripulación del Oro Jackson.
La leyenda viva.
Y ella, una costurera retraída, nerviosa, amante de los gatos y enemiga visceral de las injusticias, estaba allí en medio, dentro del cuerpo de Buggy.
Era absurdo.
Terrible.
Y, pese a todo, una parte de ella —la parte fanática, la que siempre miraba el mundo con una mezcla de rabia y fascinación— sintió un latido extraño.
No alegría.
No todavía.
Pero sí… posibilidad.
Shanks echó a andar y luego se volvió.
—¿Vienes o no?
Jena lo siguió con el ceño apenas fruncido.
—No me des órdenes.
Shanks sonrió como si eso le resultara familiar, reconfortante incluso.
—Sí, definitivamente sigues siendo Buggy.
Jena no respondió.
Pero mientras caminaba por la cubierta, con la ropa aún húmeda pegándosele al cuerpo y el mar extendiéndose hasta el horizonte, pensó en aguja, hilo, telas robadas o intercambiadas en algún puerto. En botas rosas imposibles. En rayas blancas y rojas. En un sombrero ridículo y perfecto.
Y pensó, también, en manos separándose en el aire como cuchillas vivas.
En ojos flotando por pasillos cerrados.
En atravesar muros.
En escapar de cualquier celda.
En dividir el cuerpo hasta hacer del golpe enemigo una broma.
En perfeccionar la fruta hasta volverla una pesadilla para cualquiera que la subestimara.
*Buggy*, pensó mientras se rozaba la nariz roja con gesto ausente.
*Si tu alma sigue en alguna parte… no voy a dejar que te usen igual. Eso te lo prometo.*
El viento del Grand Line le azotó el rostro.
Y por primera vez desde que despertó, Jena aceptó la verdad completa.
Estaba en el cuerpo de Buggy.
En el Oro Jackson.
Y el canon acababa de empezar a romperse.
