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El silencio del vestuario era sepulcral. Julián se sacó la medalla de plata de un tirón. Con un nudo en la garganta, miró a sus compañeros. Varios estaban abrazándose, compartiendo palabras de aliento entre susurros. Él también abrazó a algunos, dándoles palmadas en la espalda. La persona que más quería abrazar ya no estaba ahí. No le sorprendía en absoluto.
Enzo había sido expulsado, y no quería ni siquiera imaginarse lo devastado que debía sentirse en ese momento. Hasta él estaba recreando en su cabeza situaciones del partido que le gustaría cambiar, visualizando en su mente diversos escenarios que podrían haberles dado la esperanza de salir campeones otra vez. Si se quedaba en el partido hasta el final, o si la pelota le hubiera llegado en algún momento, si Lautaro hubiese entrado antes, o si Enzo no hubiera ligado esa primera amarilla sólo por quejarse. La situación le pareció tan injusta, que quería llorar de frustración.
Fue hasta las duchas, cruzándose con el menor en el camino. Amagó a pararlo, a decirle algo, pero ¿qué podía hacer? Enzo, cabizbajo, salió del lugar sin decir ni una palabra. Julián no tenía que ser adivino para darse cuenta de que había estado llorando.
El camino del estadio al hotel, y del hotel al aeropuerto pasó en una especie de trance. Julián ni siquiera estaba del todo orientado, sin prestar atención a su alrededor. Se dejó llevar por el resto, moviéndose en automático, contestando en monosílabos cuando alguien le hacía una pregunta. Ni siquiera se molestó en usar el celular, aparte de enviarle un mensaje corto a su familia para comunicarles que se iba directo para Europa, y que los iba a encontrar allá. Aún así, no les dijo un pequeño detalle: a último momento, decidió cambiar su vuelo, prefiriendo acompañar a Enzo a Inglaterra. No podía dejarlo solo. Cuando el menor lo vio acercándose a él para hacer el check-in en la misma fila, lo miró extrañado. Julián se encogió de hombros, sin darle explicaciones. El otro no le preguntó nada. El mayor se preguntó si también sentía una opresión en el pecho, y que si se animaba a pronunciar palabra alguna, no iba a poder detener las lágrimas. Hacer una escena en el aeropuerto no era una opción.
Viajar en primera clase cuando el avión iba casi vacío tenía sus beneficios, como elegir a último momento en dónde sentarte, por ejemplo. Los dos guardaron su valija de mano en el compartimiento superior. Enzo le hizo un gesto con la mano a Julián para que se sentara al lado de la ventana. Después de todos esos años, era un hábito de los tantos que tenían, y el morocho nunca se olvidaba de ese detalle, sin importar el vehículo de transporte. Julián negó, dándole espacio para que él tomara asiento primero. Por segunda vez, Enzo lo miró extrañado, aunque no dijo nada.El silencio también era un lenguaje compartido entre los dos.
El castaño tomó asiento, poniéndose el cinturón al mismo tiempo que su acompañante. Al despegar el avión, Enzo suspiró, llevándose la diestra hacia los párpados. Julián lo miró con discreción, colocando las manos en sus rodillas. Las piernas de los dos estaban a tan sólo milímetros de distancia. El contrario había hecho lo mismo con las manos, aunque ni siquiera lo estaba mirando. Como le había pasado tantas otras veces, quería leerle la mente, sólo para saber qué decirle en ese momento tan desolador. Tal vez, sólo era necesario abrazarlo, tomarle la mano. Inclusive en ese instante, Julián estaba pensando en sus propios deseos, sintiéndose un egoísta de mierda.
Desde hacía bastante tiempo, el mayor sabía que lo que sentía era más que amor platónico. Sin planearlo, ni esperarlo, se había enamorado. En ese entonces, había hecho una promesa, jurando que nunca diría nada, que guardaría el secreto hasta morir. Entonces, si bien el contacto físico era primordial para Enzo, desde que se había dado cuenta de sus sentimientos, era él quien lo buscaba siempre. Últimamente, al pasar tanto tiempo alejados el uno del otro, esto se había convertido en un problema. Quería que lo cargara en sus brazos en cada oportunidad que podía obtener, quería que lo mirara por más tiempo del necesario, quería que toda su atención fuera suya. Enzo nunca le decía que no. Era muy difícil vivir así, y a pesar de eso, no cambiaría absolutamente nada. Se sentía lo suficientemente afortunado por el sólo hecho de tenerlo en su vida, y por la dicha que le ofrecía su compañía. No necesitaba nada más.
Con el corazón en la palma de la mano, Julián extendió sus dedos, rozando con una timidez imperceptible el meñique de Enzo. Se animó a hacerlo aunque el apoyabrazos era sumamente molesto. Si antes había intentado ser discreto, ahora le resultaba físicamente imposible dejar de observarlo. Estaba cruzando un límite, una barrera que había impuesto hace años y que ahora, en tan sólo un roce de su piel, está derribando. Nunca, pero nunca, buscaba el contacto físico cuando estaban a solas. Sin embargo, estaba convencido de que valía la pena. Todo lo que implicara consolar a su mejor amigo, a la persona que amaba desde hace años, valía la pena.
Enzo continuó con la mirada perdida en la vista que tenía desde la ventana del avión, y no reaccionó de ninguna manera en particular. Julián volvió a tocarlo, como si quisiera darle a entender que aquel toque había sido completamente intencional. No obstante, al no obtener respuesta, comenzó a retraer su mano. El contrario actuó finalmente, agarrando la mano de Julián, apretándola por un par de segundos. Entrelazó sus dedos con los de él, acariciando el dorso de mencionada zona con la yema de su pulgar. Las facciones del castaño ardieron por la vergüenza, y a pesar de sentir tanto dolor, no pudo evitar que se le escapara una sonrisa tímida. En ese mismo instante, Enzo giró el rostro y lo miró. Con lágrimas en los ojos, acercó la mano de Julián hacia sus labios, acariciándolo con su boca, hasta plantar un beso ahí.
El corazón de Julián latió errático en su pecho, notando como las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos también. No era una persona sensible, pero estaba emocionalmente agotado. Además, si había alguien que podía ver su parte más vulnerable, era el chico que estaba frente a él.
“Gracias, Juli. No hace falta que digas nada”, murmuró el morocho. Tal vez, el que podía leerle la mente era él. Julián negó con la cabeza, con convicción. Con ese movimiento, las primeras lágrimas cayeron sobre sus mejillas.
“¿Cómo que no hace falta? No te das una idea de cuánto te quiero y de cuánto significás para mí”, confesó con un hilo de voz, limpiándose con brusquedad las lágrimas con la mano que tenía libre.
“Yo sé, obvio que lo sé. Pero que estés acá es suficiente para mí”, musitó el otro, suspirando profundamente.
“No voy a obligarte a que me cuentes cómo te sentís, porque no hace falta. Pero estoy acá, como dijiste. No cargues con toda esa mierda solo, dejame cargar con tu dolor”, el mayor añadió, soltando un sollozo sin querer. Desvió la mirada por un momento, mordiéndose los labios y miró hacia arriba como si le pidiera ayuda a Dios para no cagarla. No era el momento.
Enzo le soltó la mano, con la simple intención de levantar el apoyabrazos que separaba los cuerpos de ambos. Giró el torso hacia el lado de Julián, envolviendo su hombro para acercarlo hacia su anatomía. El adverso se aferró a la espalda del menor, ocultando el rostro en la curvatura de su cuello, buscando confort en su cercanía.
“No podés ser tan dulce, no podés hacerte querer cada vez más. ¿Qué me hiciste?”, preguntó Enzo, más para sí mismo que para el chico que estaba en sus brazos.
A Julián lo invadieron cientos de emociones a la vez. Se preguntó si el otro podía sentir los latidos de su corazón, y sí también podía percibir la calidez de su rostro, ardiendo por la timidez. Con una confesión en la punta de la lengua y el corazón a punto de estallarle de amor, tragó saliva y alzó el rostro, aún con vestigios de las lágrimas en sus mejillas. Abrió la boca para intentar decirle algo; sin embargo, sus planes fueron interrumpidos al percibir la mano de Enzo sobre su mejilla. Por mero acto reflejo, dejó caer el rostro en la dirección en la que él lo estaba sujetando, recibiendo aquella muestra de cariño como si fuera lo más preciado del mundo.
“Decime que me aleje”, le pidió el menor, aunque su lenguaje corporal demostraba todo lo contrario. Se relamió los labios, desviando por una fracción de segundo la mirada hacia la boca de Julián. Este abrió los ojos de manera amplia, claramente sorprendido. Se preguntó si estaba soñando: era demasiado bueno como para ser real. Le sonrió otra vez, dando un salto de fe al acercarse un poco más, rozando el extremo de su nariz con la contraria.
“Jamás”, respondió en voz baja, dejándose llevar.
Enzo lo besó. Fue un beso corto, dulce, de esos que te roban el aliento por lo mucho que lo necesitabas. Julián se acercó una, y otra, y otra vez, dándole pequeños besos. Si lo que estaba viviendo era un sueño, no quería despertarse nunca.
Por primera vez desde que habían jugado el partido de esa tarde, Enzo sonrió, y la felicidad alcanzó sus ojos.
“Te quiero”, dijeron los dos casi al mismo tiempo, soltando una corta risa.
Era más que obvio que, mientras pudieran tenerse el uno al otro, todo iba a estar bien.
