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¡Chicos, he encogido a Unai!

Summary:

Oyarzabal solo estaba confundido. Esa noche soñó que sería divertido que Unai fuese pequeño, como una edición de bolsillo. Pero no se esperaba que, al despertar esa mañana, el Unai edición bolsillo se convirtiese en realidad, sorprendiendo a todo el equipo de la selección.

Notes:

Me he decidido por escribir algo divertido y original (Bueno, original, original..... ya veréis) ¡Espero que os guste mucho y que dejéis muchos comentarios y kudos! Os adoro a todos <3

Work Text:

¿Quién diría que esa noche soñaría con un Unai tan pequeño como la palma de su mano? Seguramente sería por esa película que vio junto a Zubimendi, algo de “Cariño, He Encogido A Los Niños” o algo así. Una película bastante vieja (para los más jóvenes de la selección, como Cubarsí y Lamine, que no conocen “Heidi” ni “La Banda Del Patio”) con la que su compañero de habitación de hotel estaba obsesionado y que vieron entre risas y unos cuantos bols de palomitas.

Seguramente sería por eso, sí. Y daba gracias de corazón a que su mente hubiese enrevesado ambas cosas y saliese aquella obra de arte. Porque así lo era, un tío de casi dos metros de altura al que podía llevar sentado en la palma de tu mano que se cabreaba si lo mantenías en el aire agarrándolo de la chaqueta. Llegó a darle en su sueño un cereal, de esos que son como pequeñas ruedas de colores, y para el “pequeño” Unai era como un donut con glaseado. Incluso cuando en el sueño se puso a dibujar, cosa que hacía muy raramente en la vida real (solo mandalas antes de un partido), las virutas de lápiz que quedaban en la mesa cuando sacaba punta se convertían en una corona que decoraba la diminuta cabeza del chico, haciéndole sonreír y proclamarse rey de la caja de colores.

Aquello le resultaba tan gracioso que mientras dormía, sus labios se curvaban en una sonrisa y se reía por lo bajo, volviendo de nuevo a su sueño y a babear la almohada mientras repetía “Unai de bolsillo” varias veces. Y en esas seguía, perdido entre coronas de viruta y donuts de cereal, cuando una voz demasiado real para pertenecer a su sueño se coló entre las sábanas y le sacó de golpe de aquel reino diminuto.

-Oye, Mikel. Despierta de una vez.

Los ojos de Mikel se abrieron después de mucho esfuerzo mientras parpadeaba un par de veces, intentando acostumbrarse a la luz natural que entraba por la ventana. Estas tenían las cortinas corridas ya que Zubimendi las había colocado para que su perezoso compañero se despertase. Se quejó ante tal acción del chico que se atrevió a despertarle tan temprano, porque de reojo vio que en su reloj de mesita ponía que apenas eran las nueve de la mañana.

-Cinco minutos más, Zubi...

-No tío. Venga, arriba. - El castaño se cruzó de brazos esperando a que su compañero le hiciese caso. Pero no fue así. Incluso Mikel se volvió a tapar con las sábanas que había apartado el mayor. - ¡Oyar, tío!

Martín resopló mientras volvía a mirar el reloj.

-Bueno, está bien. Te dejaré dormir más...- Comenzó a decir dejaba atrás a un Mikel convertido en una bola de sábanas. - Pero Yéremi me acaba de llamar diciendo que Unai no ha acudido al entreno y que no responde al móvil.

De pronto, aquel bulto de sábanas salió disparado hacia arriba, cayendo malamente en algún rincón de la habitación. Mikel saltó de la cama y miró a Martín con ojos impregnados en preocupación ¿Cómo que no había ido al entreno? Siempre era el primero en acudir. ¿Y no respondía al móvil? ¿Había escuchado bien o aún seguía soñando?

- ¿Cómo?

-Pues eso, pero seguramente sea porque se ha quedado dormido. A lo mejor quería unos minutos más como tú.

-Vamos, Unai no hace eso ni aunque le pagues una buena cantidad de dinero.- De un momento a otro Mikel ya se había vestido y cogía su móvil a la vez que marcaba el número de Unai.- Joder, no contesta.

-No te preocupes. - Dijo Martín intentando quitarle importancia a aquello a la vez que se acercaba al pequeño frigo de la habitación para coger leche y seguir con la preparación de su café mañanero. - Esta tarde seguramente aparezca por aquí con unos cafés como de costumbre.

Mikel negó con la cabeza y salía corriendo de la habitación y despidiéndose de Martín rápidamente.

- ¡Saluda a Unai de mi parte y dile que estas cosas no las hacen los niños buenos!

Le bastó unos pocos minutos llegar a la zona en la que se alojaba Unai. Subió las escaleras de dos en dos, ya que el ascensor le retrasaría varios preciosos segundos. Alcanzó la puerta número 179 y llamó varias veces, esperando que de la puerta asomasen esos ojos color café que tanto le alegraban el día, pero no fue así.

Aún recordaba las palabras que había dicho Martín de que podría ser que el chico estuviese durmiendo y no le hubiese pasado nada grave. Pero no tenía la conciencia tranquila así que sacando su tarjeta de la habitación de Unai (se la pidió con la excusa de si había algún que otro problema, poder entrar sin tener que llamar al míster) abrió la cerradura de la habitación y entró en ella.

Estaba extrañamente tranquilo, con las persianas aún bajadas sin que entrase ni una pizca de luz solar. Aún no se ha levantado. A lo mejor se le ha pasado el programar la alarma por alguna estupidez.

-Oye Unai, ¿te piensas levantar de alguna vez? - Llegó a las ventanas y empezó a subir las persianas, haciendo que los cálidos rayos de luz entrasen en la estancia e hiciese un ambiente más acogedor. Miró a la cama doble que presidía la habitación, aún oculta en la oscuridad por las segundas ventanas que aún seguían cerradas, todo un manojo de mantas y cojines, todo revuelto. Suspiró porque aún no notaba ningún movimiento que advirtiese que el chico hubiese despertado.

-Te pesa bastante el culo... Joder tío... ¡Venga, despiert---! -Cuando fue a echar mano a las sábanas de la cama, se dio cuenta de que allí no había nadie. Repito. NADIE. ¿Dónde cojones se había metido Unai…?

- ¡Maitia!

La voz de Unai sonó como si estuviese más lejos de donde debería de escucharse. Era como si fuese más suave y proviniese de debajo de él. Pero eso era imposible. Terminó de alzar las persianas y correr las cortinas para poder ver mejor y cuando sus ojos se ajustaron, parpadeó un par de veces.

- ¡Aquí! Mikel, ¡aquí debajo!

- ¿Te has caído cuan largo eres y te has hecho dañ...? -Cuando llevó su mirada al suelo, vio algo que no podía creerse. ¿Qué pasaba? ¿En serio aún estaba soñando? Porque ahí, bajo a sus pies, estaba viendo a un Unai tamaño bolsillo, agitando sus pequeñas manos delante de su cara en su dirección, como si controlase el tráfico aéreo del aeropuerto. Era gracioso y no pudo contener una pequeña carcajada que murió al taparse la boca.

- ¿Te ríes? ¿Te estás riendo? - Se cruzó de brazos y comenzó a dar golpes con su diminuto pie en el suelo. - ¡Yo no me río! ¿¡Qué narices me ha pasado!?

-Espera un momento... -Mikel se agachó poniéndose de puntillas. Alargó el brazo y llevó su mano al diminuto cuerpo del chico, agarrándolo con sumo cuidado y haciendo que este se sentara en la palma de su mano. Sí, era diminuto. Y se sentía más real que cuando lo cogía en sus sueños porque notaba su calor corporal, aunque fuese algo mínimo. ¿Aquello era de verdad...?

- ¿Qué haces? ¡Mikel, bájame de aquí!

Volvió a contener la risa al ver cómo Unai hacía un adorable puchero mientras golpeaba la palma de su mano con sus pequeños puños, obligándole a bajarle de ahí mientras gritaba.

Parecía que su sueño raramente se había vuelto realidad, y ahora tocaba averiguar qué demonios hacer con él antes de que a Unai le entrase el pánico, cosa que en su tamaño actual amenazaba con ocurrir mucho más rápido de lo normal.

No perdió el tiempo. Se guardó al pequeño Unai en el bolsillo de la sudadera, ignorando las quejas ahogadas que salían de la tela, y volvió corriendo a su habitación, decidido a que Zubimendi fuese el segundo testigo de aquella locura antes de que su cabeza comenzase a darle demasiadas vueltas al asunto él solo.

Martín escuchó que la puerta de la habitación que compartían juntos se comenzó a abrir, escuchándose solamente un par de pasos que identificó como los de Mikel. Martín asomó la cabeza pudo ver las espaldas de Mikel. Se tiró un buen rato cerrando la puerta y desatándose los zapatos para luego dejarlos tranquilamente al lado de la alfombra, sin ninguna prisa. Más bien porque no quería soltar la bomba que llevaba dentro de uno de sus bolsillos.

-Oyar, ¿Qué haces? - El nombrado no dijo nada, solamente dejó su móvil en una pequeña mesita que había al lado de la entrada. - Menuda parsimonia que llevas encima... ¿Qué tal Unai?
- ¿Puedes... sentarte? Tengo que contarte una cosa.

El rostro de Martín se mantuvo sonriente, con sus ojitos dibujando dos medias lunas, pero al ver el rostro serio de su compañero sus facciones cambiaron a unas más duras y serias. Aquello no era ninguna broma y seguramente lo que quería decirle el contrario sería serio. Dejó su taza de café en la mesa al lado de la tele y se dirigió al acogedor sofá que había delante de la cama, sentándose solamente él ya que Mikel no paraba de dar vueltas a la habitación seguido por la mirada de Martín.

- ¿Estás bien? ¿Qué es lo que pasa? - Mikel seguía caminando a pasos desordenados por la estancia, preocupando aún más a Martín. - Tío, oye.

-Mira- Comenzó a decir el castaño, moviendo con demasiada velocidad sus manos, haciendo que Martín se preocupase aún más si era posible. - Lo que te voy a decir... En un principio no te lo vas a creer. Me trataras como tonto ¡Pero...! - Calló a su amigo que iba a decir algo levantándole la mano, dejándole así con la boca abierta- Pero... En serio Zubi, no te lo vas a cre---

- ¡Déjate de rollos y sácame de aquí! - Sonó una voz amortiguada interrumpiendo el discurso de Mikel, como si estuviese dentro de una cueva, dejando a uno de los chicos confundido y el otro se llevó las manos a la cara, desesperado.

-Tío, te dije que mantuvieses la boca cerrada...- Susurró para sí mismo, haciendo que Martín se confundiese cada vez más.

-Oyar, ¿Q-Qué ha sido eso? - De pronto uno de los bolsillos de Mikel comenzó a moverse como si un pequeño animal se encontrase dentro, como si fuese un pequeño insecto que se había colado y no supiese escapar. Mientras Martín intentaba unir cables de su cabeza e intentaba buscarle una explicación a todo eso, unas manos se agarraron al borde del bolsillo y una cabellera castaña se asomó por la tela, mostrando unos ojitos muy pequeños seguida de una barba que conoció al instante. - ¿Unai...?

-Hay un-una explicación- Comenzó a decir Mikel atropelladamente, sintiendo de pronto la boca seca como si llevase siglos sin beber ni gota de agua. - Bueno, no la hay porque ni yo lo entiendo...

-Mikel por favor sácame de aquí, me estoy agobiando. - Y como si fuese lo más normal del mundo, el nombrado llevó ambas manos al bolsillo donde se encontraba aquél pequeño Unai y lo tomó entre ellas con sumo cuidado. Alzó las manos hasta llevarlas a su hombro y allí lo dejo, sentado mientras se arreglaba el pelo con sus diminutas manos. El haber estado ahí dentro durante unos cuantos minutos había hecho que su pelo se desordenara y se llenara de pelusas. ¿Quién iba a decir que el bolsillo de Mikel estuviese tan sucio? - A la próxima limpia más a fondo tus bolsillos. Dan asco.

-No te pongas delicad--- ¡Ah! ¡Deja mi oreja! - Las pequeñas manos de Unai se habían dirigido rápidamente a la oreja de este, pegándole un pellizco en su piel. No fue doloroso, pero sí que le molestó, como si fuese una molesta picadura de mosquito.

- ¿Qué es todo esto? - Martín se llevó una mano a sus ojos, frotándose estos con el dedo índice y pulgar intentando despertarse del sueño tan raro que estaba teniendo, pero no, no era un sueño. Parecía jodidamente real. Pero no podía creerse aquello. - Vamos, mi cabeza me está jodiendo. No volveré a soñar con que el míster se convierte en tortuga.

- ¡No, no! Zubi, no es ningún sueño. Es verdad. Cuéntale, Unai.

Unai carraspeó y pidió a Mikel que lo pusiese encima de la mesita de café que adornaba la habitación, justo en frente de Zubi. Este, inconscientemente, se echó unos centímetros para atrás asustado por todo aquello. Si se fijaba bien, Unai parecía como uno de esos muñecos que se les regalan a los niños pequeños para que los vistan a su antojo, de esos que tienen un montón de ropa de quita y pon. ¿Tendría también los guantes de portero de su tamaño…?

Joder, aquello era demasiado extraño.

-Zubi, yo... yo no sé qué ha pasado. En serio. Cuando desperté, mi cama parecía más grande de lo normal. Hasta las sábanas parecían gigantescas. Me tapaban demasiado. Y como tengo la costumbre de dormir a oscuras... no sabía que pasaba. - El pequeño Unai caminaba por el cristal de la mesa, gesticulando mucho con las manos y con cara de preocupación.- Hasta que intenté bajar de mi cama y me caí. ¡Me caí como si eso fuese una zanja! Y mira que mi cama no es tan alta...

Uno de los tantos vasos que dejaban siempre olvidados en la mesa sirvió para el pequeño Unai de apoyo, colocando su baja espalda en él y mirando al contrario a los ojos. Este no paraba de mirar los pocos centímetros en los que había quedado su compañero de arriba a bajo, aun intentando asimilar todo aquello, pero terminó riéndose a carcajadas y golpeando un cojín del sofá con la mano.

-No es gracioso...- El pequeño hizo un pequeño puchero mientras cruzaba los brazos por delante de su pecho.

Mikel, a su vez, se acercó al sofá a sentarse junto a Martín y vio cómo Unai alzaba sus brazos en su dirección, abriendo y cerrando sus manos como si un niño pidiese que le tomaran. Aceptando su petición, juntó sus manos y las acercó a Unai haciendo que este se subiese a ellas y se agarrase de sus dedos para no caerse. Cuando estuvo sobre el sofá, Unai saltó de su transporte y se sentó en los muslos de Mikel, jugueteando con uno de los cordones de los pantalones de deporte del chico.

-Zubi, tenemos que avisar a los demás. - Dijo Mikel con voz seria, observando lo pequeño que se veía Unai en comparación con los cordones de su pantalón.

Aquello estaba mal.

Bastante mal.

No hicieron falta más de dos llamadas y un audio de WhatsApp bastante confuso para que el resto del equipo apareciese en su puerta en tiempo récord, con Cubarsí aún con el pijama puesto y Cucurella quejándose de que le habían sacado de la ducha a medias.

-Entonces...

-Unai es...

- ¿Pequeño?

Cubarsí, Pedri, Ferran y Cucurella se habían reunido todos en la habitación de Zubimendi y Mike, observando a un Unai pequeño estar sentado en el mando de la televisión, jugueteando con sus dedos mientras observaba a sus compañeros de equipo. Había pasado como media hora después de que Martín supiese la situación en la que se encontraba Unai que, aun teniendo en sus manos al diminuto portero de la selección, seguía sin creer. Era como un mal sueño, decía. Que seguramente esa noche se iría a dormir y eso no habría sucedido nunca. Pero el pinchazo que sintió momentos después de soltar sus palabras a causa de las uñas de Unai clavadas en la palma de su mano, le decían que aquello era muy real.

Unai miraba a sus amigos con detenimiento, observando sus rostros de no entender nada y de preocupación. Sentía su corazón ir demasiado rápido y su cabeza funcionaba a la misma velocidad pensando en lo que aquello conllevaría si fuese permanente.

Su vida no volvería a ser normal.

Ni su carrera profesional, ni cosas tan básicas como ir a comprar o ir al cine con su gente, jugar a videojuegos con ellos... Hacer cosas que antes pensaba que eran nimiedades, ahora se veían lejanas e imposibles de hacer. Sorbió por la nariz y miró hacia el techo para aguantar las lágrimas que de pronto se agolparon en sus ojos sin previo aviso. Aquello le sobrepasaba, no sabía qué hacer ni cómo arreglar eso. Bueno, si existiese una manera de hacerlo...

- ¿Para siempre? - La voz de Cucurella preguntando aquello fue la gota que colmó el vaso en el pequeño Unai, haciendo que rompiese a llorar como una magdalena y llevándose las manos a sus ojos intentando ocultar su rostro.

- ¡No hay solución! ¡Voy a quedarme pequeño para siempre! - La voz de Unai sonaba rota, llena de tristeza. - A ver cómo le explicas tú esto a un doctor... Porque como se enteren de esto, seguramente me traten como algo raro para estudiar.

-Unai, tranquilo... Seguro que hay una solución. - Pau se levantó del sofá en el que estaba sentado y se arrodilló frente a la mesa de café, quedando cara a cara con el chico y llevando su dedo índice hacia él. Unai lo miró con los ojos cristalizados por las lágrimas y alargó su mano hasta alcanzar su dedo, rodeándolo con su pequeña mano. - Tú no te preocupes, arreglaremos esto.

-Pero si se enteran... Si se entera el míster…

-No se va a enterar nadie. - Saltó de pronto Ferran, levantándose incluso del sofá que compartía con Martín. - De aquí no va a salir esto, ¿Verdad? - Todos los chicos asintieron, siendo observados por el pequeño de todos cuyos ojos amenazaban con llorar de nuevo. - Unai, no tienes que preocuparte por eso. Somos tus compañeros y vamos a ayudarte.

Mikel vio a su pequeño amigo con tierna mirada, sintiendo muy dentro de su pecho unas ganas terribles de abrazarle. Y eso hizo. Se agachó al igual que Pau y, con una tierna sonrisa, invitó a Unai a que se acercase. Este, sin pensárselo dos veces, acudió al rostro del mayor y extendió sus brazos sobre las mejillas del contrario, apoyando su cabeza en uno de sus mofletes. La escena fue tan tierna y tan extraña a la vez, debido al tamaño de su amigo, que los chicos que presenciaban ese momento sonrieron al unísono.

-Ya habéis escuchado a Ferran- Comenzó a decir Martín, juntando sus manos después de dar una palmada. - Esto no tiene que salir de aquí. Encontraremos la solución a esto pronto...
- ¡Pero después de comer algo juntos! - La voz de Pau sonó demasiado fuerte, levantándose al instante del suelo y asustando a los presentes.

- ¡A vaciar el frigo de Oyar y Zubi! - Pedri se levantó al igual que el menor del grupo y ambos se dirigieron apresuradamente al pequeño frigo de la habitación, seguidos de un Martín que gritaba que había muy poco en ella y que tuviesen cuidado con el tupper de macarrones que tenía de su madre.

Los demás se levantaron también, dejando a Mikel sentado en el sofá y Unai sobre sus piernas. Su pequeño rostro estaba serio. Muy serio. La típica sonrisa de Unai que no se iba ni a la de tres, llevaba demasiado tiempo si ver. Aquello le preocupó a Oyarzabal.

-Maitia...

-Mikel... Estoy bien, es solo que... -Unai enmudeció mientras se pasaba el borde de la manga de su sudadera por sus mejillas, limpiando el resto de lágrimas que quedaba en ellas. - No sé. ¿Cómo ha pasado esto?

Mikel sintió demasiada pena por él. Lo veía tan pequeño, tan débil, tan frágil... Todo lo contrario a cuando veía a Unai en la portería, defendiendo aquello como si le fuese la vida en ello. Ese casi metro de tío que no había balón que se le resistiese. Que lo que quería en esos momentos era abrazarle y decir que todo iría bien. Que todo aquello era un mal sueño y que no era real, como el que había tenido él anoche...

¡Eso era!

-Joder, ¡cómo no me había dado cuenta antes!

- ¿Qué?

-Unai, creo que yo fui el que te hizo pequeño.

De pronto, el pequeño Unai se levantó de golpe de las piernas de Mikel y lo miró con el ceño fruncido, intentando asimilar la nueva información que había llegado a sus oídos. Cuando pudo reaccionar por fin, alzó los brazos hacia el abdomen de Mikel y comenzó a pegarle con sus puños cerrados, consiguiendo solamente pequeñas cosquillas.

- ¡Serás desgraciado! ¡Pues devuélveme a mi forma normal!

- ¡No sé cómo hacer eso! Y para de pegarme, por favor. No consigues nada...- Al contrario, comenzó a repartir puñetazos a más velocidad. - ¡Maitia, te juro que no lo hice queriendo!

- ¡Estaría bonito que hubiese sido así! - Suspiró pesadamente al ver que no conseguía nada y se rindió, dejándose caer de espaldas a Mikel y sentándose en sus muslos.

-Venga, escúchame un momento antes de matarme a golpes de dedo meñique. - Mikel levantó las manos en señal de paz, aunque el gesto perdía toda solemnidad con un Unai del tamaño de un mando a distancia mirándole con los brazos cruzados. - Si yo te soñé pequeño y al despertar te hiciste pequeño de verdad, pues a lo mejor la solución es todo lo contrario. Sueño que vuelves a ser normal, y listo.

-Eso es lo más ridículo que he escuchado en mi vida, y eso que llevo toda la mañana viviendo dentro de un bolsillo sucio.

- ¿Tienes una idea mejor?

Unai se quedó callado, porque la verdad era que no la tenía, y aquello le fastidiaba más que la propia idea de Mikel.

Martín escondía el tupper de macarrones con tomate detrás de su espalda mientras Pau y Pedri se comían unas galletas príncipe que habían encontrado escondidas en la mochila que había apartada, así que decidieron unirse antes de que no quedase nada que llevarse a la boca. El resto de la tarde transcurrió entre teorías cada vez más disparatadas —Cucurella proponía meterle en el microondas treinta segundos "por si acaso", cosa que le valió una colleja de Martín— y capturas de pantalla de artículos sobre encogimientos que ninguno de ellos entendía del todo pero que compartían igualmente en el grupo de WhatsApp con caras de científico loco.

Al final, decidieron que lo más sensato —dentro de lo insensato de la situación— era intentar recrear exactamente la noche anterior: la misma película, las mismas palomitas, y a Mikel durmiéndose pensando en Unai de tamaño normal con todas sus fuerzas, como si aquello fuese un conjuro y no la excusa más absurda que se le había ocurrido en la vida.

-A ver si lo he entendido bien. - Dijo Ferran, sentado en el suelo con un bol de palomitas en el regazo. - El plan es que Mikel se duerma pensando mucho en que Unai es grande otra vez.

-Básicamente sí.

-Eso no es un plan, Mikel. Eso es desear que Argentina se digne a tirar una vez a puerta.

- ¿Tienes tú algo mejor, listo?

Ferran no dijo nada, cosa que Mikel tomó como una pequeña victoria personal.

Colocaron a Unai en un cojín pequeño al lado de la almohada de Mikel, como quien deja a un hámster en su jaula antes de apagar la luz, y todos se despidieron entre risas mal disimuladas y promesas de volver a la mañana siguiente por si el conjuro casero funcionaba. Martín fue el último en salir de la habitación, quien decidió esa noche pasarla en la habitación de Unai, no sin antes asomar la cabeza una vez más.

-Como mañana Unai siga siendo así de pequeño, te juro que te compro una jaula de hámster y santas pascuas.

- ¡Zubi! - Reprochó Unai, alzando un puño amenazador (pero muy poco amenazador) al aire en dirección al contrario.

-Es broma, es broma... o no.

La puerta se cerró dejando a los dos chicos a solas, con la luz de la mesilla encendida y el silencio instalándose poco a poco en la habitación. Unai, acurrucado en su cojín, miraba a Mikel con una expresión entre resignada y esperanzada, como quien ya no cree del todo en algo, pero prefiere seguir intentándolo por si acaso.

-Oye, Mikel...

- ¿Mm?

-Como esto no funcione, te vas a pasar el resto de tu vida llevándome en el bolsillo a todas partes. Que lo sepas. Y tú se lo explicarás al míster.

-Lo sé, lo sé. Duérmete ya, anda.

-No puedo dormir con las luces así, todo se ve gigante y da mal rollo.

Mikel no pudo evitar reírse, aunque intentó disimularlo tapándose la boca con la sábana. Alargó el brazo hacia la pequeña lamparita que iluminaba el cuarto y la apagó. Cerró los ojos pensando con todas sus fuerzas en su amigo del tamaño normal, en su risa demasiado escandalosa, en sus manos ocupando algo más que la palma de la suya, repitiéndose en su cabeza casi como un mantra que aquello se solucionaría, que mañana todo volvería a su sitio...

...y así, entre pensamientos de Unai tamaño normal y el sonido lejano del aire acondicionado que hacía un ruido blanco perfecto para descansar, Mikel se quedó dormido.

No soñó con nada. Ni con coronas de viruta de lápiz, ni con cereales en forma de donut, ni con absolutamente nada que tuviese pinta de conjuro. Soñó, para su desgracia, que suspendía un examen de los cuales llevaba años sin hacer, de esos de analizar sintácticamente una maldita frasecita que te ponían en el instituto.

A la mañana siguiente, abrió los ojos con el mismo sobresalto de un hombre que espera un milagro y se encuentra con la cruda realidad, y ahí seguía, en su cojín, un Unai diminuto profundamente dormido con medio cuerpo tapado por una servilleta que alguien —seguramente Martín, en un ataque de ternura nocturna— le había dejado a modo de manta.

El conjuro casero no había funcionado. Como era de esperar.

-Genial. - Susurró Mikel para sí mismo, dejándose caer de espaldas contra la almohada. - Genial, genial, genial.

El pequeño resoplido que soltó Unai al moverse entre sueños fue el timing perfecto en el que la puerta de la habitación se abriese de golpe, revelando a un Martín ya vestido y con una taza de café en la mano, con la mirada puesta directamente en el cojín.

- ¿Y bien?

-Sigue pequeño.

-Vale, pues nada, plan B.- Martín se apoyó en el marco de la puerta con una tranquilidad sospechosa, la misma que ponía siempre justo antes de proponer alguna idea terrible.- He estado pensando toda la noche, porque evidentemente no me fiaba nada de tu numerito de anoche, y creo que sé lo que pasó.

- ¿Ah, ¿sí? Ilumíname.

-La película. La que vimos juntos.

- ¿Qué pasa con ella?

-Que la vimos en el sofá, comiendo palomitas, con las luces apagadas y sin que tú te hubieses lavado los dientes, porque eres un guarro. El conjuro, si es que a esto se le puede llamar así, creo que puede ser que necesite que sueñes exactamente lo mismo que soñaste la primera vez. No con Unai despierto al lado roncando de forma diminuta.

Un gruñido pequeño y ofendido salió del cojín, recordándoles a ambos que Unai seguía ahí y que, pequeño o no, escuchaba perfectamente todo lo que se decía de él.

-Entonces, ¿qué propones? ¿Que vea la peli otra vez y me duerma solo, sin Unai al lado?

-Exacto. Y por si las moscas, cenamos cereales de esos antes de dormir. Los mismos que en el sueño. Que la ciencia no está muy desarrollada en esto de la magia de bolsillo, pero por probar que no quede. -Martín se dirigió hacia un armario que había al lado del pequeño frigo de la habitación. - Estos putos niños me han saqueado todo lo dulce que tenía. Tengo que ir a por más…

Unai, ya despierto del todo y visiblemente indignado por que estuviesen decidiendo su destino como si fuese un experimento de laboratorio, se puso en pie sobre el cojín con las manos en las caderas.

-Perdonad que interrumpa la reunión científica, pero ¿alguien se ha planteado que a lo mejor todo esto es una tontería como una casa y que en realidad lo que hace falta es ir a un hospital de verdad?

-Unai, tío, ¿cómo le explicas tú a un médico que te has encogido porque tu amigo tuvo un sueño raro después de ver una peli de los noventa? - Martín lo miró con una ceja alzada, completamente serio. - Como mínimo te ingresan. Como mucho te disecan.

- ¡No ayudas nada!

Al final, y tras una votación grupal por videollamada en la que participaron los siete —con Cucurella insistiendo de nuevo en la opción del microondas y siendo silenciado por unanimidad—, se decidió que aquella noche repetirían la función completa: la misma película, las mismas palomitas, los mismos cereales, y Unai durmiendo bien lejos de Mikel, concretamente en la habitación de Pedri que quedaba al lado de la suya, para no contaminar el experimento.

La velada transcurrió entre risas, un Ferrán que se quedó dormido a los veinte minutos de película y roncaba más fuerte que el volumen de la tele, y un Unai que, resignado ya a su suerte, se dejó acomodar en una caja de zapatos forrada con una toalla que Pau insistió en llamar "Hotel Cuba de cinco estrellas" mientras se tronchaba de risa.

Mikel se durmió aquella noche con el estómago lleno de cereales, la cabeza llena de dudas y, esta vez sí, con el sueño exacto que necesitaba: Unai de tamaño normal, riéndose de alguna tontería suya, con las manos ocupando algo más que la palma de la suya.

A la mañana siguiente, un grito ahogado despertó a casi todo el pasillo.

Martín entró en la habitación de Pau como una exhalación, con el pelo aplastado a un lado de la cabeza y cara de no haber dormido nada, para encontrarse a Mikel de pie en medio de la habitación, señalando la caja de zapatos con un dedo tembloroso.

Dentro, (bueno, más bien fuera) hecho un ovillo demasiado grande para el envoltorio que le habían preparado, con los pies asomando por un lateral y una toalla diminuta que ya no le tapaba absolutamente nada, estaba Unai. Del tamaño normal. Completamente normal. Tan normal que se golpeó la cabeza contra la mesita en la que le habían colocado, soltando una maldición perfectamente audible y sin ningún eco de cueva.

- ¡Funcionó! - Gritó Mikel, saltando hacia su lado y estrechándole en un abrazo que hizo crujir varias costillas ajenas. - ¡Unai, funcionó, eres tú, eres grande, bueno, normal, ya me entiendes!

- ¡Suéltame, que me estás matando otra vez, pero ahora del abrazo! - Unai, aún medio dormido y con la toalla resbalándole de forma peligrosa, intentó zafarse sin mucho éxito.- ¿Qué hora es? ¿Cuánto llevo así? ¿He dormido en una caja de zapatos?

-Una caja de zapatos no, Hotel Pau de cinco estrellas, para que lo sepas. - Puntualizó Pau desde la puerta, con el móvil ya grabando el reencuentro para el grupo.

El resto llegó corriendo al escuchar el escándalo, y lo que se encontraron fue una escena digna de resumen absurdo: Martín llorando de la risa apoyado en el marco de la puerta, Mikel negándose a soltar a Unai del abrazo mortífero que le estaba dando, y Unai, ya completamente despierto y consciente de su situación, tapándose como podía mientras gritaba que necesitaba ropa urgentemente porque no pensaba quedarse ni un segundo más envuelto en una toalla de mano.

-A ver, que quede claro para la próxima. - Dijo Cucurella, cruzándose de brazos con la seriedad de quien acaba de resolver un caso policial. - La fórmula mágica es: película noventera, palomitas, cereales redondos y Mikel soñando fortísimo. Apuntadlo en algún lado, porque como esto se repita, quiero el protocolo bien claro.

-No se va a repetir. - Sentenció Unai, ya con unos pantalones de pijama que Martin le había llegado a alcanzar- Como Mikel vuelva a soñar conmigo de cualquier tamaño que no sea el mío, juro que le encojo yo a él y lo dejo de llavero de un manotazo.

-Eso sería tierno. - Comentó Mikel con una sonrisa que no se le borraba de la cara desde hacía diez minutos.

-Cállate.

Martin fue el primero en darse cuenta de que aquello empezaba a parecer más una escena de reencuentro de telenovela que una crisis resuelta con éxito, así que dio un par de palmadas y empezó a empujar a los demás fuera de la habitación con la excusa de que había que preparar un desayuno de celebración como Dios manda.

-Venga, fuera todos. Dejadles un momento. - Dijo, guiñándole un ojo a Mikel antes de cerrar la puerta tras de sí, ignorando las protestas de Pau que insistía en que aún no había terminado de grabar.

De pronto la habitación se quedó en silencio, con Unai todavía sentado sobre la cama con los pantalones prestados de Chan arremangados varias vueltas para no tropezarse, y Mikel de pie frente a él, sin saber muy bien qué hacer con las manos ahora que ya no tenía un cuerpo diminuto que sujetar entre ellas.

-Oye, Mikel...

- ¿Qué pasa?

Unai bajó la mirada un momento, jugueteando con el borde de la manga demasiado larga de la sudadera prestada, buscando las palabras. Después de un día entero cabiendo en un bolsillo y de una noche entera dentro de una caja de zapatos, todo lo que le había parecido ridículo horas antes ahora pesaba de otra manera.

-Gracias. - Dijo por fin, alzando la vista hacia él. - En serio. Podrías haberte reído de mí un rato y ya está, o haberme dejado tirado esperando a que se me pasara solo. Pero no lo hiciste. Ni un segundo me dejaste solo con esto.

-Maitia, eras del tamaño de mi mano. No pensaba dejarte solo ni aunque me lo hubieses pedido.

-Aun así. - Insistió, con una sonrisa pequeña asomando en su rostro. - Gracias por no rendirte conmigo. Por buscar la solución más absurda del mundo con tal de que volviese a la normalidad.

Mikel se acercó un paso, acortando la distancia que aún los separaba, y llevó una mano al rostro de Unai con la misma suavidad con la que lo había sostenido el día anterior cuando apenas ocupaba su palma.

-Nunca me habría rendido contigo. Ni pequeño, ni grande, ni de ningún tamaño.

Unai no dijo nada más. Simplemente cerró los ojos cuando sintió que Mikel se inclinaba hacia él y dejó que sus labios se encontraran en un beso tierno y pausado, de esos que no necesitan de grandes palabras porque ya lo dicen todo por sí solos. Fue breve, pero cargado de todo el alivio y el cariño que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar en voz alta durante las últimas veinticuatro horas.

Al separarse, Unai apoyó la frente contra la de Mikel, con una risa floja escapándosele del pecho.

-Sigo pensando que la solución fue de lo más ridícula que existe.

-Pero funcionó.

-Funcionó. - Concedió, sonriendo de verdad esta vez. - Aunque como se te ocurra volver a soñar conmigo de tamaño bolsillo, esta vez el beso te lo vas a tener que ganar de otra forma.

-Trato hecho.

Fuera, en el pasillo, un grupo entero fingía muy mal no estar escuchando absolutamente nada detrás de la puerta, con Pau ya con el móvil listo para la próxima grabación y Martín sujetando a Cucurella del cuello de la camiseta para impedir que entrase a "comprobar si de verdad ya había vuelto a la normalidad".

Y así, entre un beso que llevaba más tiempo del que ninguno de los dos quería admitir esperando a suceder, y una caja de zapatos que Pau se empeñó en guardar como recuerdo "por si algún día hace falta otra vez", la vida volvió a la normalidad. O a lo más parecido a la normalidad que podía tener un grupo de amigos capaz de convertir el desayuno en un ritual mágico y una noche de peli en la solución a un problema que ningún médico del mundo habría sabido diagnosticar.

Eso sí, desde entonces, Mikel tuvo terminantemente prohibido ver películas de encogimientos antes de dormir. Por si las moscas.