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Un lobo aullaba a media noche. Él sabía que había lobos cerca, el pueblo estaba conectado a un bosque por lo que era bastante usual, sin embargo aquella noche se escuchaba demasiado cerca incluso atravesaba levemente la música electrónica del bar.
Se podría decir que aquel fue el día en que comenzó todo, o más bien, en dónde se retomó la historia.
Su rostro dolía, como ligeras cortadas por estar en contacto con el aire fresco de aquella madrugada de agosto. Había decidido salir a tomar aire, su cabeza dolía a causa del olor a alcohol y otras sustancias mezcladas en el bar. Aun así sacó un cigarrillo y lo llevó a sus labios, estaba encendiéndolo cuando sintió una penetrante mirada en su dirección, no era una persona, ahí a unos escasos metros de estaba un lobo. La sorpresa hizo que casi se le cayera el cigarrillo de los labios.
Había visto lobos antes, por supuesto ¿Quién en este pueblo no lo había hecho? y ¿Cómo iba a ser él el menos indicado cuando su familia se había dedicado a cazarlos? En todo caso nunca le llamó la atención ir tras ellos, de hecho no le gustaban y aquella vez fue la primera vez que vio a un lobo así de cerca.
Miró a la bestia, ambos se miraron sosteniendo la mirada por eternos segundos. Tenían una estatura bastante similar, incluso considerando que el lobo estaba sentado, había un contrate divertido en ambos; el chico vestido de su uniforme de mesero completamente negro y el animal con su pelaje rojizo. Él mesero se rindió, fue el primero en apartar la mirada, aquellos hermosos y terroríficos ojos color ámbar lo ponían de nervios.
Como si lo supiera, el animal movió la cola y las patas delanteras como si esperara a que el chico hiciera algo, no lo dejó de mirar. Y, como si estuviera hipnotizado por aquellos ojos, caminó hacia él, reaccionó cuando estaba cerca, no se alejó estaba curioso de hasta qué punto podría llegar, pero el lobo no hizo nada incluso cuando estaban a unos escasos 20 centímetros.
“Si vas a comerme es tu oportunidad. Nadie va a culparte, ni siquiera buscaran mi cuerpo, no lloraran por mi… bueno quizá una persona, o cuando mucho dos, lo dudo, pero no pasará de tres de eso si estoy seguro.”
Había apartado el cigarrillo de su boca solo para susurrarle al animal.
Un veloz recuerdo llegó a su memoria: lágrimas, sangre, nieve y el hocico ensangrentado de un feroz lobo. Habían pasado 10 años de aquello y aunque no podía recordarlo con exactitud sentía nauseas cada que aquellas crueles imágenes aparecían en su cabeza.
Se dejó caer de rodillas al pasto y comenzó a llorar, justo frente al animal; si en aquel momento hubiese traído un arma probablemente lo hubiera matado. Y si eso hubiese pasado ¿Qué sería de él en el presente? ¿La soledad lo habría consumido? ¿Se habría librado de todos aquellos futuros peligros? No había forma en que pudiera existir en un mundo sin aquel lobo.
“No me agradan los de tu especie“, dijo con la voz rota mientras se ponía de pie nuevamente.
Él solo ladeo la cabeza en respuesta, como si no entendiera el peso de sus palabras. El chico pensó en lo estúpido que me veía hablando con un lobo, que se estaba dando en bandeja plata de cena a una manada, que aquello podría hacer que las bestias bajaran y atacaran a más personas ¿hacia cuanto que no lo hacían? Porque la última vez… las imágenes volvieron a su cabeza y casi vomitó. Aventó el cigarrillo al suelo y lo pisó para apagarlo.
“Soy un cobarde, alimentaría insectos con mi propio cuerpo antes que matarlos. Nunca podría matar a uno como tú”.
Como era de esperarse el lobo no respondió.
A lo lejos un aullido se escuchó, el animal reaccionó moviendo las orejas y alzando la cabeza, apartando al fin la mirada del joven mesero, para luego aullar en respuesta. Se paró en sus cuatro patas y le dedicó una última mirada como si se tratase de una cortés despedida.
El lobo se marchó y el mesero volvió al trabajo.
