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ANTOJOS

Summary:

Con su omega atravesando un primer embarazo complicado, Dazai tiene la misión de satisfacer cada uno de sus antojos.

Chapter 1: Melón

Chapter Text

Si hace siete años le hubieran dicho a Dazai Osamu que a sus veintidós años estaría en un supermercado, a las cinco de la mañana, con una canasta en la mano frente al pasillo de frutas y verduras, luchando contra el sueño y a punto de caerse de cara al suelo mientras buscaba fruta, el joven alfa de quince años habría hecho una mueca de absoluto asco y se habría preguntado por qué seguía vivo.

Y si además le hubieran dicho que la razón de levantarse a esa hora era un omega, Dazai habría ido directo a beber detergente.

Pero si le decían que ese omega es Nakahara Chuuya…

Entonces el chico se habría puesto a saltar de felicidad.



Sí. En esa situación se encontraba Dazai un lunes por la mañana.

Buscando un melón porque a su pareja, el cuál está embarazado, le apeteció desayunar ensalada de frutas.

Aún así, no hay que malinterpretarlo: Dazai adora a Chuuya.

Si su omega le decía “ve y trae eso”, él iba.

Bueno, primero se quejaría, capaz iba a dramatizar un poco, tendrían una discusión y probablemente terminarían aplicando la ley del hielo… pero al final lo haría. Porque, en el fondo, era exactamente donde quería estar.

No se arrepentía de haber dejado la mafia junto a Chuuya. No cambiaría nada de la historia que construyeron hasta ese punto.

Si tuviera la posibilidad de vivir mil millones de universos paralelos, él se encargaría de que Chuuya siempre estuviera con él.

Tal vez… solo tal vez…

Le habría gustado reconsiderar mejor la idea de preñar a Chuuya conociendo el impacto que eso tendría en su billetera.

Porque, a pesar de lo que muchos creerían, no tenía tanto dinero guardado de su epoca como mafioso.

Y al ver el precio de la fruta, hizo una mueca.

1,500 yenes. Por un melón pequeño.

¿En serio?

¿Qué era eso, lo han bendecido los dioses? ¿Volaba? ¿Cantaba? ¿Se comía solo?

Dazai dejó el melón en su canasta y se frotó los ojos.

No era que fuera excesivamente caro, pero a esa hora, con su nivel de energía y su contexto actual, no tenía el humor para gastar dinero en una fruta que quizá ni siquiera sería del agrado del omega.

Porque ese era otro problema.

¿Le gustaría a su omega?

Con los cambios hormonales del embarazo, los antojos de Chuuya se volvieron muy específicos.

No podía caminar por la calle sin que cualquier cosa roja le recordara a una manzana, lo que inevitablemente terminaba en una necesidad inmediata de comerla.

Los colores, las formas, incluso las texturas… todo podía convertirse en comida en su cabeza. Y si no conseguía lo que quería en ese instante, el resto del día se volvía irritable.

Dazai aprendió por experiencia que eso significaba terminar haciendo todas las tareas domésticas él solo.

Y sinceramente, no quería volver a lavar un plato que Chuuya, más tarde, iba a ensuciar solo para torturarlo.

Así que más le valía al maldito melón ser lo suficientemente bueno.










Pagó el melón.
Salió de la tienda.
Caminó hasta la estación.

Tomó el tren que podía dejarlo más cerca de casa y llegó a pie hasta el complejo de apartamentos. Un edificio exclusivo para los detectives de la agencia y para la vaca de Kenji, que a veces pastaba en el jardín.

Cuando paso la llave por la cerradura de su apartamento eran casi las siete de la mañana.

Tardó más de lo previsto; su supermercado de confianza aún no abría a la hora que él despertó, así que fue a otro más lejos. Y cuando llegó a ese lugar, el estado de la fruta no le convencía. Así que salió, fue a otro, y luego a otro.



—Estoy en casa… —dijo al pasar por el umbral, arrastrando las palabras y los pies. Dejando sus zapatos y abrigo en la puerta.

El apartamento se veía igual que cuando se fue.




Dazai liberó al melón en la mesa de la cocina, el cual rodó fuera de su bolsa de plastico buscando caerse de la superficie.

Aunque la luz estaba encendida, Chuuya no se encontraba ahí.

Cruzó el pasillo que conectaba con el cuarto de baño y la habitación en busca del omega.

Y lo encontró acurrucado entre mantas sobre un futón. Profundamente dormido.

Dazai cerró la puerta corrediza.







Volvió a la cocina cuidando que sus pasos no causarán el crujido de la madera, mirando al melón como si lo hubiera traicionado.



—“Quiero un melón. Quiero un melón…” —imitó con voz chillona a Chuuya, exagerando el tono que utilizó para pedirle comida—. “Quiero un melón para desayunar. Ve y compra uno.”

Se apoyó contra la barra de la cocina y cruzó los brazos después de llenar el hervidor eléctrico para prepararse café.

Por mucho que quisiera volver a dormir, ambos tenían que ir a trabajar en dos horas.

Kunikida no les perdonaría llegar tarde ni faltar. Ya se habían tomado días libres el jueves y viernes de la semana pasada solo porque Chuuya sintió una repentina necesidad de anidar.

Y él de anudarlo dentro del nido.




Dazai, a diferencia de muchos alfas que presumían lo contrario, nunca se había considerado esclavo de sus instintos. Ni siquiera en la adolescencia sintió esa desesperación exagerada que otros describían cada vez que llegaba la temporada de monta, el auge o el rut, como solían llamarlo coloquialmente.


Puede que hubiera pasado por un par de situaciones vergonzosas, como cuando empezó a sufrir de erecciones involuntarias después de conocer a Chuuya.

Casi se le cae la cara de vergüenza la vez en la que Mori tuvo que pedirle a Chuuya que usara parches inhibidores para evitar que sus feromonas se esparcieran por toda la oficina alegando que tenía un olfato sensible.

Pero el omega no fue ingenuo y culpó al instante a Dazai por la forma en la que siempre arrugaba su nariz al acercarse. Creyendo que era solo un método de imponer control sobre él.

A pesar de haber provocado y empujado muchas interacciones entre el par de pubertos, Mori se aseguró de evitar accidentes mayores.

Después de todo, él también era un omega. Y aunque juraba que Dazai y Chuuya terminarían involucrándose de forma romántica algún día, prefería tenerlos trabajando para sus objetivos antes que convertidos en padres adolescentes.

Que Mori descubriera lo mucho que Chuuya afectaba a Dazai era el equivalente a ser atrapado por un padre en plena adolescencia.

Con la diferencia de que Mori no era su padre.

Y tampoco lo vió excitado como un perro en celo. Lo encontró perfumando a Chuuya dentro de su propio despacho.

Dazai abrazaba a Chuuya por la espalda, escondiendo el rostro enrojecido contra el hombro del cobrizo. El omega permanecía sentado sobre sus piernas mientras jugaba con la Game Boy del alfa.

Mori, por supuesto, los separó de inmediato.

Los mandó a ambos a bañarse con agua fría y, además, pidió a un equipo de limpieza que desinfectara su oficina. Prefería no imaginar qué clase de cosas habían hecho esos dos adolescentes en su despacho.





Sí, Dazai no tenía un libido especialmente alto.

Pero el que tenía fue suficiente para preñar a Chuuya.

Si Mori los viera, probablemente se retorcería del coraje al saber que su antiguo dúo prefirió ser pareja y padres primerizos antes que regresar a la mafia.

Dazai desconectó el hervidor apenas el agua hirvió. Vació café instantáneo en una taza y la llenó con cuidado para no derramar encima y quemarse. Añadió dos cucharadas generosas de azúcar y revolvió hasta que el líquido pasó de un tono marrón claro a un negro intenso.

Dejó la taza a un lado y abrió uno de los cajones de la cocina para sacar un cuchillo.

Tomó el melón y, sobre una tabla para picar, lo partió por la mitad.












Un rayo de sol interrumpió su descanso, perturbando su delicada vista con luz y dejando un ligero calor sobre la punta de su nariz.

Para Chuuya dormir boca abajo y esconder el rostro bajo una almohada dejo de ser una posibilidad desde que cumplió cinco meses de embarazo.

El omega frunció el ceño con molestia. Sus pestañas rojizas se separaron lentamente cuando se frotó uno de los ojos, todavía adormilado.

—Dazai… —llamó en voz baja al notar que su alfa no se encontraba durmiendo con él.

Con algo de esfuerzo, se incorporó sobre el futón. Una mano fue directo a su vientre, mientras la otra intentaba peinar su cabello revuelto.

—¿Dazai? —volvió a decir, esta vez un poco más fuerte.


La puerta corrediza se abrió al instante y la cabeza castaña del alfa apareció del otro lado.

—Hey… buenos días… —saludó Dazai con una sonrisa cansada.

Chuuya bostezó.

—Buenos días… ¿te levantaste temprano? —preguntó, extendiendo la mano para que lo ayudara a ponerse de pie.




No era que estuviera completamente incapacitado; todavía faltaba para que comenzara oficialmente su licencia por embarazo. Pero dormir en un futón se había vuelto incómodo.

Cuatro años usándolo no habían sido suficientes para acostumbrarse y dejar atrás los lujos de la mafia.

Dormir en camas blandas, que se hundían como nubes, volvían caprichosa a cualquier columna.

Incluso durante sus días como pandillero y niño de la calle tuvo cartones más cómodos que dormir sobre el suelo.


Dazai ayudó a Chuuya a ponerse de pie.

—Me mandaste a comprar melón… tú me obligaste a levantarme temprano —se quejó, todavía incrédulo de que Chuuya hubiera olvidado tan rápido el escándalo que armó al despertarlo solo para reclamarle que no había comprado fruta la noche anterior.

Chuuya se quedó mirando el suelo por unos segundos.

—¿De verdad fuiste? Creí que había soñado lo del antojo a melón…

Dazai soltó una mirada agotada antes de agacharse para levantar el futón. Pasándole las mantas a Chuuya para que comenzara a doblarlas.

—¡Sí! ¡Y cuando regresé ya te habías vuelto a dormir! —protestó Dazai.

Apenas terminó de hablar, recibió una patada en la pantorrilla que lo hizo doblarse sobre sí mismo, aunque sin llegar a caer.

—¡Oye!

—Deja de quejarte como si lo hiciera para molestarte. Te dije que fueras anoche y tú te negaste —respondió Chuuya abriendo el armario empotrado para guardar las almohadas—. Además, de verdad soñé que estaba comiendo melón…

—Pues ya tienes fruta picada en la cocina… ve a desayunar porque ya es tarde para el trabajo—murmuró Dazai.

Se acercó por detrás y lo abrazó por la cintura, deslizando las manos hasta el vientre abultado del omega antes de apoyar el mentón sobre su hombro.

Chuuya soltó un suspiro de satisfacción cuando Dazai levantó un poco su camisa y apoyó la mano sobre la piel de su abdomen.


—¿No está más grande hoy? —preguntó el alfa, apartándose apenas para girarlo y observarlo de arriba hacia abajo—. ¿Seguro que no estás a punto de parir?

Llevaba puesta una camisa vieja de Osamu, con una manga rota y manchas de detergente que habían desteñido la tela con el tiempo. También usaba unos pantalones cortos y holgados que también le pertenecían a su pareja.

El alfa sonrió antes de besarle la mejilla, ganándose de inmediato un manotazo.

—¿Qué dices? Sigo igual que ayer… anda, vamos a comer porque me muero de hambre. —dijo Chuuya saliendo de la habitación, levantándose un poco la camisa para mirarse el vientre.

Dazai tenía razón.

Sí parecía más grande.

Y eso le provocó una pequeña sonrisa que prefería que su alfa no notara.







¿Cómo explicarlo?

Cuando todavía vivía con las Ovejas, todos los niños dormían apretados unos contra otros, compartiendo escondites, mantas y comida. La privacidad no existía, así que Chuuya escuchaba las conversaciones de muchos aunque no lo quisiera.

Comentarios lanzados al aire.

—“Si eres omega, tienes que tener cuidado.”
—“No te quedes a solas con los alfas adultos.”
—“Nunca vayas solo.”


Pero él no entendía del todo qué significaba eso.

Sabía que su cuerpo era distinto al de Shirase. También al de Yuan, Akira y los demás chicos.

Y aun así, cuando preguntó qué significaba ser un omega, la respuesta que recibió no habló de biología, ni de crecimiento, ni de nada parecido.

Le hablaron de tener miedo.

Del peligro.

De perder la libertad.


«¿Por qué es tan malo?» preguntó Chuuya cuando recién se enteró de su casta.

Y uno de los chicos mayores —que probablemente tampoco tenía más de dieciséis años— respondió sin pensar demasiado:

«Porque los omegas son los que tienen bebés. Y si eso pasa, el bebé nacería con las ovejas y tendríamos otra boca que alimentar

Chuuya se quedó estupefacto.

Porque para un niño que sobrevivía apenas con lo justo, depender de alguien que carecía de recursos era aterrador. Pero tener que cuidar de otro sonaba todavía peor.

Su cuerpo, su fuerza y su habilidad para pelear eran lo único que realmente le pertenecía.

Y lo más triste era que nadie notó cuánto le afectó descubrir que era un niño omega sin una familia.

Después de eso empezó a reaccionar extraño cada vez que escuchaba hablar de segundos géneros. Se irritaba cuando lo llamaban omega o cuando hacían comentarios sobre cómo tendría que pasar durante su primer celo.

No era odio hacia sí mismo.

Pero, en su cabeza de niño:

Omega significaba vulnerabilidad.
Y ser vulnerable significaba ser abandonado… o utilizado.

Y Chuuya no podía permitirse ninguna de las dos cosas.

Tenía que proteger a las Ovejas.
Tenía que ser fuerte por ellos.

Por eso, si pudiera volver atrás y hablar consigo mismo, probablemente solo diría una cosa:

«Eres solo un niño…no pienses eso»




Luego llegó la etapa en la que Kouyou se hizo cargo de él.

Fue ella quien insistió en que estudiara, quien corrigió muchas de las ideas ignorantes que adquirió con las Ovejas.

Y Chuuya estuvo bien con eso.

Por un tiempo.

Hasta que conoció a las Banderas, sus primeros amigos y a quienes podía llamar una genuina comunidad, solo para que al final alguien se los arrebatara.

Y después vino la tortura.

El recuerdo del laboratorio.

La verdad sobre su origen.

Sentir que experimentaron con su cuerpo.



Todo eso terminó deformando otra vez la forma en que veía su propia existencia. Porque si había nacido únicamente para ser un contenedor, entonces quizá jamás podría considerarse completamente humano.

Y, en el fondo, Chuuya llegó a pensar que su cuerpo quedó roto para siempre.

Que su vientre se marchitó antes incluso de tener la oportunidad de decidir qué quería hacer con él.








Capaz por eso al escuchar a su alfa elogiar su barriga casi todos los días hacía que Chuuya se sintiera orgulloso de sí mismo.

A veces incluso le entraban las ganas de lanzarse a los brazos de Dazai, llenarle el rostro de besos y decirle: “¡¿Verdad que sí?! ¡Nuestro bebé está creciendo!”









Al llegar a la cocina, Dazai le entregó a Chuuya un tazón repleto de melón picado, cubierto con miel y unas gotas de jugo de limón amarillo por encima.




—¿Tienes trabajo de campo hoy? —preguntó Chuuya sentándose en uno de los taburetes de la cocina.

Abrió el pequeño poemario que descansaba junto a su taza. Era un libro de tapas azul oscuro que Dazai le regaló el día de su cumpleaños. Desde entonces, había adquirido la costumbre de leer una página cada mañana antes de empezar el día.

Sentado frente a él, Dazai respondió con un asentimiento... y la boca completamente llena.

Chuuya arrugó la nariz de inmediato.

—Traga primero.

El alfa obedeció. Después de pasar el bocado, volvió a asentir.

—Fukuzawa me pidió que vigile a Atsushi-kun, con el asalto reciente de Black Lizard ha estado tenso. Así que, si le asignan un caso...

—...tendrás que acompañarlo —completó Chuuya, bajando la vista hacia las páginas del libro.

Había intentado sonar indiferente.

No lo consiguió.

Dazai conocía demasiado bien esa expresión. Chuuya nunca había sido una persona capaz de quedarse quieta.

No era como Kunikida, que parecía respirar únicamente para cumplir horarios y tachar tareas de su libreta. Tampoco necesitaba estar ocupado por una cuestión de disciplina.

Simplemente...

Le gustaba trabajar.

Le gustaba la adrenalina de las investigaciones, recorrer Yokohama siguiendo pistas, enfrentarse a criminales y regresar a la agencia con la satisfacción de haber resuelto un caso complicado.

Y, para empeorar las cosas, Fukuzawa confiaba enormemente en él.

Mientras la mayoría de los detectives recibía sus misiones a través de Kunikida, Chuuya era una excepción.

Cuando el presidente tenía un asunto delicado, solía llamarlo a su despacho.

Aquellas órdenes nunca pasaban por nadie más.

Esa confianza le recordaba inevitablemente a la Port Mafia. Allí también vivía rodeado de responsabilidades.

Escuadrones enteros esperaban sus instrucciones antes de actuar. Era el primero en entrar a una operación y el último en retirarse. Cada jornada estaba llena de informes, reuniones y misiones que exigían su presencia.

Era agotador.

Pero también era la vida a la que se había acostumbrado.

El embarazo cambió eso.

Por recomendación de Yosano, exigencia de su doctor y decisión de Fukuzawa, Chuuya quedó apartado de cualquier misión que implicara riesgo físico.

Nadie discutió la orden.

Ni siquiera él.

Aunque no significaba que le gustara.

Ahora sus días transcurrían entre montones de documentos, ayudando a Naomi y Haruno con el papeleo cuando la oficina se saturaba, colaborando con Kunikida para reorganizar archivos o aprovechando cualquier momento libre para conversar con Yosano en la enfermería.

Era un trabajo tranquilo.

Útil.

Importante, incluso.

Pero, para alguien acostumbrado a vivir en el centro de la acción...

Se sentía desesperadamente monótono.

Dazai apoyó un codo sobre la mesa.

—Solo será un caso, Chibi.

—Lo sé.

—Y volveré temprano.

—También lo sé.

Chuuya pasó la página del poemario sin llegar a leer una sola línea.

Suspiró con una sonrisa resignada.

—Solo... extraño trabajar.

La confesión salió tan bajita que casi se perdió entre el sonido de los cubiertos.

Dazai no respondió enseguida.

Se levantó de su asiento, rodeó la pequeña barra y, sin decir una palabra, pasó una mano por el cabello anaranjado de Chuuya antes de inclinarse para apoyar sus labios sobre la frente de su omega.

—¿Qué te parece si, mientras estoy con Atsushi, te voy enviando la información del caso y me ayudas desde la agencia?

Chuuya levantó la vista del poemario y terminó de cerrar el libro con cuidado antes de dejarlo sobre la mesa.

Lo observó unos segundos con una sonrisa que ya anticipaba la respuesta.

—¿Me vas a usar para buscar y corroborar direcciones, verdad?

Dazai sonrió sin el menor rastro de culpa.

—Entre otras cosas.

—Ajá.

—Es lo máximo que puedo ofrecerte. Se supone que no deberías saber nada sobre que la Port Mafia anda rondando por ahí. Ya sabes... por el estrés y todo eso.

Chuuya soltó una risa nasal.

—Y tú contándomelo mientras desayunamos...

—Bueno...

Dazai se encogió ligeramente de hombros.

—Es distinto.

—¿Distinto cómo?

—Porque me estás ayudando.

—Eso no cambia absolutamente nada.

—Sí cambia.

—No cambia.

Los dos se quedaron mirándose durante un instante, hasta que Dazai terminó por suspirar con derrota.

—Está bien... no cambia.

El silencio volvió a instalarse entre ambos durante unos segundos.

Entonces Dazai habló otra vez, esta vez con un tono completamente serio.

—...Además, te ibas a enterar de cualquier forma.

Chuuya arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Te vi el otro día usando la computadora de Kunikida.

El omega parpadeó.

—¿Qué?

—Estabas leyendo los reportes de los casos archivados.

Chuuya desvió la mirada, carraspeando con disimulo.

—Solo estaba... revisando.

—Ajá.

—Me aburría.

—Ajá.

—Y Kunikida no estaba.

—Ajá.

Chuuya terminó resoplando.

—Entrometido.













Al terminar de desayunar, ambos comenzaron a vestirse por separado.

Mientras Dazai se dirigía a la habitación para cambiarse de ropa, Chuuya permaneció unos minutos más en la cocina, terminando su taza de café antes de levantarse con calma.




Primero la camisa.

Después el pantalón.

Y, finalmente, varios minutos frente al espejo, observando su reflejo desde distintos ángulos.

Cinco meses.

No tenía una barriga grande, pero ya no desaparecía aunque intentara meter el abdomen o mantener una buena postura.

Sus camisas siempre habían sido entalladas, hechas a la medida para marcar la cintura en lugar de ocultarla. Antes le gustaba cómo se veían; ahora solo conseguían abrazar con demasiada claridad el pequeño abultamiento de su vientre.

Intentó fingir durante un tiempo que nada cambiaba.

Pero el primero en rendirse fue su chaleco.
Dejo de cerrarle con comodidad.

Desde entonces, optaba por llevar la camisa por fuera del pantalón y cubrirla con su abrigo. Siempre y cuando no se lo quitara, la mayoría de la gente apenas notaría su embarazo.

Aun así...

Él sí lo hacía.

Se acomodó el cuello de la camisa por pura costumbre y terminó colocándose su sombrero.

Cuando salió de la habitación, Dazai ya lo estaba esperando junto a la puerta.

Lo recorrió con la mirada de arriba abajo.

Sonrió.

—Te ves bien.

Chuuya resopló.

No era la primera vez que se lo decía esa mañana.

Ni la segunda.

Ni la tercera.


—Es la quinta vez que lo dices.

—Porque es la quinta vez que te ves bien.

Chuuya rodó los ojos acomodando las mangas de su ropa.

—Qué insistente eres, ¿Estás seguro que no estás enamorado de mí, Dazai?

—Es que no entiendo por qué sigues revisándote tanto.

El omega desvió la mirada hacia el espejo del recibidor.

Permaneció unos segundos en silencio.

Después cruzó los brazos.

—Lo sé...

No hizo falta que dijera nada más.

Dazai entendió inmediatamente lo que pasaba por su cabeza.

—Ya no puedo ocultarlo tan bien, ¿verdad?

Dazai suspiró con suavidad.

Se acercó hasta quedar frente a él y le acaricio la mejilla.

—Lo que ya no puedes ocultar es que vas a ser papá, es normal que tengas una barriga grande.

Chuuya hizo una pequeña mueca.

—Me llamaste gordo.

Dazai soltó una risa.

—¿Nunca me vas a aceptar un cumplido?

—Cuando nazca nuestro bebé y me dejes colocarle el apellido Nakahara, ese día capaz te acepte un cumplido.

Antes de que la conversación pudiera seguir, Dazai abrió la puerta del y caminó un poco hasta llegar a la acera. Levantó una mano para detener el taxi que acababa de parar frente al edificio.

Con Chuuya, caminar hasta la estación ya no era una opción.

Prefería reservarle las fuerzas para el resto del día, aunque eso significara llamar a un taxi y gastar un poco más en el trayecto.















Cuando llegaron a la agencia, todo sucedió demasiado rápido.

Apenas cruzaron la puerta, Atsushi apareció casi corriendo.

—¡Dazai-san! ¡Ranpo-san ya encontró al sospechoso, tenemos que salir ahora mismo!

Como si hubiera estado esperando esa frase, Ranpo salió ajustándose la gorra y, sin pedir permiso, tomó a Dazai de un brazo.

—Muévete. Si seguimos perdiendo tiempo, cuando lleguemos ya habrá escapado.

—¡Eh, apenas voy llegando! —se quejó Dazai mientras era arrastrado entre ambos detectives—. ¡Chuuya, sálvame!

El omega sólo alcanzó a levantar una mano en despedida antes de que Kunikida apareciera detrás de él.

Una mano firme se apoyó sobre sus hombros.

—Tú, siéntate.

Sin poder protestar, ya estaba acomodado frente a un escritorio.

Kunikida dejó caer una larga hilera de carpetas, cartas y documentos sobre la mesa.

El golpe del papel hizo que Chuuya frunciera el ceño.

—...¿Qué es eso?

Miró con horror la montaña que sería su trabajo durante el resto del día.

Trabajar en la agencia mientras todo el edificio olía a café ya era bastante difícil.

Desde que quedó embarazado, lo tenían racionado a media taza diaria, así que pasarse horas revisando expedientes rodeado de ese aroma le parecía una forma cruel de tortura.

Kunikida señaló la pila con el índice.

—La mitad son solicitudes nuevas para resolver casos. La otra mitad corresponde a investigaciones que ya están en proceso, pero alguien de esta agencia...

Hizo una pausa deliberada.

—...mezcló absolutamente todo en los archivadores.

Remarcó las últimas palabras con un tono tan pesado que hasta Chuuya sintió lástima por el responsable.

—Así que habrá que separarlo manualmente.

Chuuya dejó escapar un largo suspiro.

—Entendido.

Tomó aproximadamente un cuarto de los documentos y se levantó de su silla.

No pensaba pasar horas sentado en su escritorio.

Terminó acomodándose en el sofá de la oficina, donde podía estirar un poco las piernas y cambiar de postura cuando el peso de su embarazo empezara a molestarle.

Mientras ordenaba el primer montón, notó dos notas adhesivas de distintos colores pegadas en la carpeta superior.

Alzó una ceja.

La primera decía, con una letra grande y torpe:

"Lo lamento. :("

La segunda no tenía ninguna explicación.

Solo el dibujo chueco de una vaca de enormes ojos redondos, cuatro patas de distinto tamaño y una sonrisa tan extraña que parecía más un perro que una res.

—¿Y quién fue el genio que mezcló todo esto?

Kunikida ya se había dado media vuelta para volver a su propio escritorio.

Solo giró la cabeza por encima del hombro, acomodándose los lentes antes de responder casi en un murmullo.

—...Kenji.

Hubo un breve silencio.

Chuuya bajó lentamente la vista hacia los expedientes.

Después volvió a mirar a Kunikida.

—¿Kenji?

—Sí.

Otro silencio.

—...Ah.

Eso explicaba la vaca.

Kenji admiraba a Chuuya.

Desde que el muchacho llegó a la Agencia, además de Kunikida, había sido Chuuya quien más tiempo dedicó a ayudarlo a acostumbrarse a la vida en la ciudad, enseñándole desde cómo usar el transporte público hasta qué lugares evitar cuando andaba solo.

Y Chuuya tenía especial debilidad por los miembros más jóvenes de la agencia.

Si cometían un error, claro que los reprendía.

Pero casi siempre el sermón terminaba con una palmada en la cabeza y un resignado:

—Bueno... todavía eres un niño.

Así que, por más desastre que hubiera provocado Kenji...

Chuuya simplemente suspiró, tomó el primer expediente y empezó a leer.

—...Voy a fingir que nunca pregunté.













—Por cierto... ¿qué desayunaste hoy? —preguntó Yosano.


La alfa salió de la enfermería y se unió a ellos apenas escuchó la voz de Chuuya riéndose con Kunikida. Sin hacer demasiado ruido, se instaló a su lado en el sofá y comenzó a ayudarle con el trabajo, acercándole las carpetas que él iba necesitando y señalando, de vez en cuando, alguna anotación que había pasado por alto.

Chuuya sonrió antes de responder.

—Un melón...

Yosano también sonrió.

—¿Un melón? ¿Fueron de compras ayer? Los escuché decir que no tenían nada en el refrigerador.

El omega negó con la cabeza.

—No. Dazai salió muy temprano a comprarlo. Cuando desperté ya lo tenía cortado en la mesa.

La doctora dejó escapar una pequeña risa.

—Ese hombre haría fila desde las cuatro de la mañana si se te antojara cualquier cosa.

—Probablemente.

—¿Y solo comiste melón?

La sonrisa de Chuuya se fue apagando poco a poco.

—Bueno...un café también.

Yosano levantó la vista del expediente.

—Chuuya.

El omega suspiró, sabiendo que ya lo había descubierto.

—Si como más... empiezo a vomitar.

La alfa frunció ligeramente el ceño.

—¿Otra vez?

—Sí.

Bajó la mirada hacia los documentos.

—De hecho, el melón me dio náuseas apenas probé los primeros pedazos.

Yosano dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Y aun así te lo terminaste?

—No.

Chuuya negó lentamente.

—Solo fingí haber comido más de lo que en realidad comí.

La doctora ya imaginaba la respuesta, pero aun así preguntó:

—¿Por qué?

El omega soltó una risa cansada.

—Porque Dazai salió al amanecer solo para conseguirlo...

Guardó silencio unos segundos.

—Se veía tan contento cuando me dijo que lo consiguió... no quise decirle que me estaba dando náuseas.

La alfa apoyó una mano sobre su hombro.

—Entiendo que no quieras entristecerlo. Pero Dazai preferiría mil veces comprarte otra cosa que enterarse dentro de una semana de que llevas varios días comiendo menos de la cuenta.

Chuuya guardó silencio.

Sabía que tenía razón.

—Además —continuó Yosano con una sonrisa más suave—, los antojos cambian constantemente durante el embarazo. Lo que hoy te provoca náuseas, la próxima semana puede convertirse en tu comida favorita... y al revés.

El omega dejó escapar un suspiro resignado.

—No quiero decirle.

—Y él no quiere que pases hambre.

Chuuya terminó apoyando la barbilla sobre una mano.

—...Supongo.