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—No, no, no, ¡la puta madre!
Lágrimas llenas de miedo caían por las mejillas de Pablo, al mismo tiempo en que sus piernas le fallaban e iba cayendo lentamente al suelo, con su espalda apoyada en la puerta.
Una sensación de desesperación comenzó a apoderarse de él, desde las puntas de los pies hasta los rizos de su cabello. Sus manos temblaban sin control mientras sostenía la prueba de embarazo positiva, esas dos rayas que le indicaban qué su vida iba a cambiar por completo.
No solo la suya. También la de Lionel.
Bueno, tampoco era un embarazo adolescente ni un amor prohibido: Lionel y él llevaban casados quince años, en una relación bastante hermosa a su parecer. Eran muy sanos, salvo algunas discusiones, pero nada que la comunicación no pudiera reparar.
Confiaban a ciegas en el otro, no había secretos entre ellos. Además, el lazo que había creado la marca de unión era tan intenso que podían sentir sus emociones, así que no había manera de que no pudiera darse cuenta si el otro estaba mal.
Era todo lo que ambos habían soñado desde que se vieron aquella vez en el mundial de Malasia, en los entrenamientos de preparación. Desde el primer momento en el que se saludaron con un apretón de manos e intercambiaron sonrisas tímidas, supieron que el destino había hecho una jugada maestra al unirlos.
Y aunque su relación fue un poco (demasiado) polémica al inicio, y aún más cuando los medios de prensa sacaron a la luz que Aimar era un omega, nada los detuvo. Y en ese instante, estaban dirigiendo a la selección Argentina juntos, un sueño inesperado y hecho realidad para ambos.
Pero…un hijo definitivamente no estaba en sus planes.
Desde que se casaron, el tema de los hijos nunca fue una prioridad: ambos seguían en el fútbol profesional, cada uno con su equipo, ganando títulos y dando lo mejor de ellos. Pablo realmente era una promesa en el fútbol, era simplemente increíble, y un embarazo en ese instante podía frenarlo por completo y quizás, ningún club lo iba a contratar después de su recuperación. Por eso, aunque lo discutieron, habían decidido que no era el momento.
Cuando Pablo se retiró, hablaron sobre el tema, pero seguían buscando el rumbo de sus vidas juntos y prefirieron esperar. Quizás en el futuro, lo volverían a considerar.
¡Pero tampoco pensaban que iba a ser a los 40 años de Pablo!
Dios, estaba aterrado. ¡¿Cómo carajos le iba a decir a Lionel?!
Conocía muy bien a su marido, no se iba a enojar, sino que iba a hacer todo lo contrario: probablemente iba a besarlo, abrazarlo, darle cariño y amor y acariciar su vientre, en donde estaba creciendo su cachorro. Pero de igual manera, no era algo planeado, eso cambiaba sus planes por completo.
¿Qué iban a hacer?
Sería un escándalo. Sentado en el piso frío del baño del hotel en donde se hospedaban en Qatar, Pablo comenzó a imaginarse los titulares de los medios de prensa, las burlas, los memes qué harían.
Quería desaparecer, pero claro que no podía: quedaban dos días para el partido contra Croacia, la semifinal de un mundial en que el equipo era increíble. Podían ganar, y no podía arruinar todo.
Y no podía decirle a Lionel. En ese momento no, pero necesitaba decirle a alguien, desahogarse, algo.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó apoyándose del lavabo, con lentitud y cuidado de no caerse. Dejó la prueba a un lado y abrió el tubo para agarrar agua con ambas manos y pasársela por la cara, intentando de alguna manera arreglar su aspecto desordenado y miserable.
Hasta que escuchó dos toques en la puerta del baño. Era Lionel.
—Pablito, mi amor, ¿estás bien?
Las náuseas lo golpearon como un camión y tuvo que respirar hondo antes de tomar fuerzas, botar la prueba en el basurero y abrir la puerta, encontrándose con un Lionel que tenía el ceño fruncido y lo miraba preocupado.
—¿Pasa algo? Te siento angustiado, mi vida. ¿Querés que hablemos?
Las fuertes manos de Lionel llegaron a su cintura, transmitiendole la seguridad qué necesitaba en ese instante. Pablo se olvidó de sus preocupaciones por un momento y abrazó a su esposo con ambos brazos, suspirando de placer cuando el olor a café de Lionel llegó a él.
El alfa dejó besos tiernos en los rizos desordenados de Pablo, haciendo su mayor intento de alegrar su corazón al menos un poquito. Aimar lo abrazo incluso con más fuerza, deseando más de su atención, de sus caricias, sus besos y…
Pablo se alejó de repente.
—Yo…estoy bien, amor. Voy a visitar a Lio, no me esperes despierto.
Habló y caminó tan rápido que Lionel ni tuvo tiempo de reaccionar agarrando su brazo o algo por el estilo, tan solo se quedó de pie y volvió a moverse cuando escuchó el fuerte golpe de la puerta cerrándose. Miró a su alrededor, solo estaba él en la habitación.
Pablo estaba actuando raro. Y el miedo estaba comenzando a crecer en Lionel también.
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Pablo corrió hasta la habitación de Messi y tocó la puerta de manera insistente, lleno de desesperación.
—¡Lio! Soy Pablo.
No pasaron ni diez segundos cuando Messi abrió la puerta, mostrándole una tímida sonrisa y oliendo a jabón del hotel. Aunque se asustó un poco al ver la expresión del mayor.
—¿Pasa algo?
—¿Puedo hablar con vos?
—Claro, pasá—Pablo le mostró una media sonrisa y fue directo a sentarse en el borde de la cama perfectamente tendida—Recién voy a pedir la cena, ¿querés algo?
El solo pensamiento de comer algo fue suficiente para causarle náuseas de nuevo. No podía comer nada, al menos no esa noche.
—No, gracias.
—Bueno. ¿De que querés hablar? Pensé que estabas con Lionel.
—Si, pero…—Se pasó ambas manos por el rostro, visiblemente frustrado. Ni siquiera sabía que decir—Mirá, pero esto no puede salir de acá, ¿de acuerdo?
—Claro.
—Yo…estoy embarazado.
—¿Cómo?
Messi muchas veces no solía ser de expresiones, pero Pablo realmente pudo notar la sorpresa en su rostro.
—¿Vos estás seguro?
El menor se sentó a su lado y puso una mano en su espalda, acariciando suavemente, para intentar apoyarlo de alguna manera. Pablo no pudo contener el llanto de nuevo, siempre había sido sensible y la última semana aún más.
—Si, me sentía mal, me hice la prueba y… salió positiva, Lionel. No sé que hacer.
—¿Él lo sabe?
—No, claro que no. Por eso vine a verte a vos, no quiero decirle. Esto no estaba en nuestros planes, no se como va a reaccionar y en dos días es el partido contra Croacia y…
—No te preocupés por el partido, Pablo. Mañana tenemos entrenamiento y todo va bien—Aimar asintió, el otro tenía razón—Ahora debes preocuparte por vos y el bebé. En el primer trimestre los síntomas son más intensos.
Pablo era consciente de eso. La mayoría de la selección ya tenían a sus hijos, sus amigos también, y había escuchado cada historia que no sabía si preocuparse y asustarse.
—Para vos…¿fue difícil?
Lionel iba a responder, pero fue interrumpido por dos golpes en la puerta.
—¿Tenés visitas? Si querés podemos hablar otro día, solo necesitaba decírselo a alguien.
—No, quedate. Él incluso podría ayudarnos.
Messi se levantó y abrió la puerta, recibiendo a su esposo con una gran sonrisa. El otro dejó un tierno besos en sus labios a modo de saludo, como ya era usual.
—¡Pero mirá quién está acá!
Kun dejó las bolsas con comida en el suelo y le dio un abrazo amistoso al mayor. Aimar se sintió tranquilo al ver que era Sergio la persona que podría ayudarle también. Al final, él y Messi ya tenían tres hijos, tenían más experiencia en eso.
Se acercaba la madrugada cuando los tres estaban sentados en la cama, mientras conversaban de varios temas, en especial del último partido de la selección contra Países es Bajos. Sergio había traído comida extra y le ofreció a Pablo, pero este se negó, aun no se sentía mejor. De inmediato, el ex jugador le lanzó una mirada fugaz a su marido, intentando sacarle la información del chisme.
—¿Te sentís bien, Pablo? ¿Seguro que no querés? Esta comida esta mortal, te lo juro.
—Gracias, Sergio, pero es que…la verdad no me siento bien.
—¿De qué me perdí?
—Estoy embarazado, no se que hacer, y mucho menos sé como decirle a Lio.
—¿Qué? ¡Pero vos me estas cargando!
Kun miro a Messi, esperando una confirmación de si había escuchado bien, quizás el no dormir bien le estaba afectando. El omega asintió.
—Pero…Pablo, ¿desde hace cuanto lo sabés? ¿Fuiste al doctor?
—No, no…me di cuenta hoy, por eso vine a hablar con Lio. No podía quedarme en la habitación, sino Lionel iba a empezar a sospechar algo y…no sé, no puedo decirle ahora.
—¿Por qué?
—No estaba en nuestros planes, estamos en el mundial y tengo cuarenta años. Hemos estado muy estresados, en especial él, y no quiero añadir más estrés a su vida.
—Te entiendo, Pablo. Pero si se lo decís no va a que reaccionar mal, aunque sea inesperado.
—Sergio tiene razón. Y también el apoyo del alfa es importante, quizás quieras decirle pronto o también él se dará cuenta porque el olor cambia y normalmente nos sentimos más apegados.
—Es cierto. En el primer embarazo de Lio recuerdo que no se me quitaba de encima. Siempre ha sido cariñoso, pero me di cuenta de su embarazo porque lo era más de lo normal.
Pablo los estaba escuchando con atención, atento a cada detalle. El estaba de acuerdo con ellos, sabía que su esposo tarde o temprano se daría cuenta ya fuera porque le dijo o por sus actitudes, ¿pero decirle en medio del mundial?
¿Y si por el estrés reaccionaba mal? ¿Y si lo desconcentraba? ¿Y si lo molestaba? ¿Y si…?
Su celular vibró. Lo sacó para ver el mensaje, era Lionel.
“Todo bien, mi amor? Te sentís bien?”
Tantos años de matrimonio y algunas veces se le olvidaba lo intensa qué era su conexión. Era algo tan íntimo que le fascinaba, pero en momentos como ese que necesitaba fingir que todo estaba bien, no era algo bueno.
Le respondió que todo estaba bien y añadió un emoji de corazón, para que su alfa no estuviera tan preocupado y volvió a la conversación con la pareja.
—Tienen razón. Solo…tengo que pensarlo, ni sé cómo decirle.
—No tienes que hacerlo hoy si no querés. Cuando vos te das cuenta, es difícil digerirlo al inicio—Recordó la primera vez que se dio cuenta de su embarazo, justo antes de la final del mundial del 2014—pero recordá que tenes todo nuestro apoyo. Si necesitás algo sabes que podes venir a buscarnos.
Sergio le sonrió, apoyando las palabras de su marido. El mayor les devolvió el gesto, pero desvío la mirada rápidamente al sentir como las lágrimas estaban a punto de caer. Sintió una calidez en el pecho que lo emocionó y le hizo sentir que todo iba a estar bien. Quizás si iba a estarlo.
Pocos minutos después se despidió de la pareja y se fue a su habitación, entrando con extremo cuidado de no hacer ningún ruido, pero al entrar se encontró con un Lionel muy despierto mientras analizaba un partido de su próximo rival.
Pablo sabía que no iba a dormir sin él aunque le había dicho que no lo esperara despierto. Conocía tan bien a Scaloni.
—Lio…
—¿Cómo te fue, mi vida? ¿Lio está bien?
El alfa apagó la tablet, la dejó a un lado y le regaló una hermosa sonrisa a Pablo, una de esas que siempre le hacían derretirse de amor por él, como siempre.
—Estuvo bien, hablamos de todo un poco y luego llegó Sergio.
Habló mientras se cambiaba de ropa y se ponía la pijama, una azul que su esposo le había regalado en su cumpleaños. Se subió a la cama y se acurrucó al lado del alfa, quien lo acomodó, rodeando los hombros de su omega con un brazo y acercándolo. Aimar suspiró, sintiendo como la tranquilidad y el sueño comenzaba a invadirlo lentamente, como si estar en los brazos de Lionel y oler su delicioso aroma fuera suficiente para sentirse seguro.
De hecho, así era.
—¿A qué hora es el entrenamiento?—Preguntó medio dormido, lo que hizo reír al mayor.
—Tenés que dormís bien, amor. Te dejo dormir unos minutitos más para que descansés bien, no te preocupés por la hora.
Pablo apenas pudo emitir un sonido de queja, ya más dormido que despierto. Por lo que apenas escuchó a lo lejos, en su sueño, las palabras que Lionel le susurró antes de dormirse.
—Te amo, Pablito.
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Pablo despertó al escuchar la estruendosa alarma qué Scaloni había configurado en su celular. Dios, cuanto odiaba ese maldito sonido. Entendía porque siempre se despertaba tan rápido, si lo primero que quería hacer era mandar a volar ese celular para dejar de escuchar ese ruido de una vez por todas.
Miró a su alrededor y Lionel no estaba junto a él, y tampoco se escuchaba el ruido de la ducha. Estaba solo.
Fue un golpe bajo. Como si, de repente, todos lo hubiesen abandonado. O quizás solo se había acostumbrado a despertar siempre con su alfa a su lado.
No pudo evitar las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos, y no sabía cómo parar. Se sentía extraño, ¿por que de repente le afectaba no despertar con Lionel? Quizás solo estaba ocupado con los muchachos, o hablando con Ayala. No había de qué preocuparse.
Pero sentir el conflicto de no saber por que se sentía así, si era algo tan sin importancia, le hizo sentir peor.
Fue interrumpido con la puerta abriéndose, recibiendo a un Lionel bastante sonriente y con una bandeja llena de dos desayunos para compartir. Aunque la sonrisa del alfa desapareció cuando confirmó sus sospechas de que Pablo se estaba sintiendo mal, pero no pensó que estaría llorando.
Dejó la bandeja en una mesa y se acercó rápidamente a su omega, tomando su rostro entre sus manos y limpiando sus lágrimas con ambos pulgares.
—Pablito, amor, ¿qué pasó? ¿Te sentís mal? ¿Qué te duele? ¿Quieres que llame al doctor y…?
—¡No!
Scaloni quedó en silencio, sorprendido por la reacción del omega. Pablo se dio cuenta de lo sospechoso que había sido.
—No, mi vida, estoy bien. Solo que estoy un poco estresado por el partido de mañana y…
—Pablito, todo va a estar bien. Tenemos un grupo increíble, los entrenamientos han estado bien. Somos un equipo todos.
El omega le sonrió y escuchar las palabras de Lionel le hicieron sentir mejor, por lo que el olor amargo en la habitación del hotel fue reemplazado por su delicioso olor. El alfa dejó un suave beso en sus labios y se devolvió para llevar la bandeja de desayuno cama, feliz de poder compartir un desayuno a solas con su marido.
Mala idea.
Pablo iba a comer, de verdad que tenía muchísima hambre porque no cenó la noche anterior, pero él solo hecho de oler la comida fue suficiente para causarle náuseas.
Tuvo que salir corriendo al baño a vomitar.
Esta vez fue Scaloni quien se preocupó demasiado, y el ambiente de la habitación volvió a ponerse pesado debido a su humor. Fue al baño y se encontró con su esposo aroddillado frente al retrete, temblando ligeramente.
—Pablito,mi amor…—Se arrodilló y le acarició la espalda con cariño, le que le hizo suspirar al otro—Ya es la tercera vez que pasa esto, ¿seguro que no quieres ir al doctor? Quizás es una intoxicación.
Jamás. Ir al doctor era lo peor que podría hacer.
Pablo negó lentamente con la cabeza, con los ojos cerrados y haciendo su mayor esfuerzo para no volver a sentir náuseas, lo que parecía imposible en realidad.
Respiró hondo y se levantó con la ayuda de su esposo, quien lo sujetó con firmeza y le ayudó a acostarse en la cama. El alfa dejó un beso en su frente y fue a buscar su maletín de emergencia, donde tenía los medicamentos que ambos podrían necesitar. Pablo solo lo miró, sin moverse, sentía que ninguna extremidad le reaccionaba. Se sentía tan débil.
No pensó que un embarazo podía causarle todo eso. Si, había vivido junto a Messi tres embarazos, y también el embarazo de Julián, pero eran como dos polos opuestos. Al parecer los síntomas cambiaban dependiendo del omega. Él era muy especial.
—Esto quizá te ayude, mi vida—Le entregó un medicamento para las náuseas y el vómito. Quizás era era su salvación ese día.
Si embargo, una preocupación lejana se instaló en su corazón: ¿y si tomaba algún medicamento que tuviera un efecto negativo en el bebé? ¿Cómo podría saber que podía tomar o no?
Prefería sentirse mal a dañar su cachorro. No podía.
—Tranquilo, Lio. Ya me siento mejor.
Lionel claramente no creyó en sus palabras, pero ante la terquedad de Aimar, no podía hacer absolutamente nada.
—Es mejor si te quedás aquí descansando. Yo puedo encargarme de los muchachos en el entrenamiento.
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De nuevo, Pablo era demasiado terco.
A pesar de la insistencia de su marido, fue al entrenamiento, tal y como estaba planeado. Pero el ceño fruncido y la expresión de seriedad de Scaloni dejaba ver lo preocupado que estaba por esa decisión.
Sergio se sentó al lado de Pablo, quien estaba descansando un poco mientras los jugadores estaban al mando de Lionel.
—Che, ¿pasó algo con Lionel?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
—¿Qué? No, todo está muy bien, ¿por qué preguntás?
—No sé, lo veo…muy preocupado.
—Ah mirá que las náuseas matutinas me pegan fuerte y no quiero ir al doctor
—Bueno, es normal que se preocupe. Sería peor si no fuera así con vos.
Tenía toda la razón: había escuchado que muchos de sus amigos y conocidos habían tenido malas experiencias en el amor, en especial con los alfas (algunos muy idiotas), pero él no podía quejarse de absolutamente nada; se había ganado el premio mayor. Tuvo la gran suerte de conocer a su destinado a temprana edad y tuvo el privilegio de poder seguir envejeciendo con él, viendo como ambos maduraban y se tomaban la vida más en serio. Claro que discutían, y a veces era por los motivos más estúpidos. Hubo días en los que llegada la noche aún no habían arreglado sus diferencias, pero a pesar de eso, dormían en la misma cama, se abrazaban y prometen arreglar todo después de pensar mejor las cosas.
De verdad que era afortunado. Y todos los dias se lo demostraba a su alfa.
Y si se trataba de preocuparse por él, Lionel había ganado todos los títulos posibles. Con un solo síntoma de resfriado, ahí estaba con medicina, cobijas y flores. Cuando se acercaba su celo, se aseguraba de que nadie lo molestara y lo cuidaba y lo tocaba como si un toque en falso pudiera quebrarlo por completo. Simplemente, era increíble.
Por eso Pablo sabía que solo era cuestión de poco tiempo para que Lionel supiera de su embarazo. Era imposible no saberlo.
—Lo sé. Lio siempre ha sido así. Sé que debo escucharlo, deberia ir al doctor, pero sabés que si voy, se dará cuenta.
Agüero reflexionó sobre eso, mientras miraba a su esposo entrenar, dando lo mejor de él.
—Claro, tener miedo es entendible. Tomate tu tiempo para pensar, pero te aseguro que él no se va a enojar. Se va a sorprender, ¿pero molestarse o empeorar su humor? No creo.
Debía pensar en algo. Pero no queria decirselo antes de terminar el mundial.
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La hora del almuerzo llegó, y con ella, también las náuseas de Pablo.
Todos excepto él fueron a hacer fila para el almuerzo. Lionel fue el primero en notarlo, pero no mencionó nada sobre el asunto.
Hasta que el omega vio cómo su esposo había tenido dos platos con comida, uno para cada uno. Lionel dejó el plato frente a Pablo y dejó un beso en su cabello.
El omega le mostró una media sonrisa y luego miró fijamente el plato, tragando con dificultad. No. No podía. Si comía todo eso iba a sentirse peor.
Todo a su alrededor se hizo demasiado para él: el bullicio de los jugadores, de la mesa en la que estaba, el sonido de los cubiertos, las náuseas, el no poder comer…
Aimar se levantó y salió del lugar, llevándose el plato de comida. En medio del bullicio y la concentración en las conversaciones, parecía que nadie se había dado cuenta, pero claro que su marido lo había hecho.
Él también se levantó y siguió a Pablo, en silencio, para que no se diera cuenta. Quería hablar con él, pero al ver a Pablo sentado en una esquina, intentando comer algo del plato que le había traído, le hizo caer en cuenta que quizás no quería estar con él y quería su espacio a solas.
Pero eso sumado a que la noche anterior tampoco quería estar con él, le hizo pensar a Lionel qué quizás ya no estaba a gusto con su compañía. Se devolvió al comedor, con los ánimos por el suelo, pero intentó no pensar en eso el resto de la jornada.
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El sonido de la horrible alarma de Lionel comenzó a sonar, despertando primero al omega. Algunas veces odiaba el sueño profundo de su marido, teniendo que aguantarse la alarma y despertarlo él mismo porque ni la alarma funcionaba.
Despertó bien abrazado por el alfa, quien aún dormía profundamente, respirando con una calma que poco dejaba ver últimamente con tanto estrés por el mundial. Pablo aprovechó la posición y se escondió en el cuello del otro, oliendo aquel aroma que tanto le fascinaba y que calmaba todo dentro de él.
—Buen día, mi amor.
La voz rasposa y de recién despierto de Lionel llegó a los oídos de Pablo, haciendole sonreir. El alfa lo apretó más, disfrutando de la cercanía, y dejó besos en el cabello desordenado del omega.
Hasta que se dio cuenta de algo.
—Olés diferente…
Pablo se tensó y abrió los ojos, despierto por completo. Lo primero que llegó a su mente fue intentar zafarse del agarre de Lionel, pero no tuvo buen resultado.
—Pablo, no lo dije en mal plan. Olés muy bien, mi amor, solo que más dulce. Me gusta mucho.
Aimar se relajó y esta vez fue Lionel el que se dirigió a su cuello, inhalando el aroma que desprendía su glándula olfativa y suspirando de placer en el proceso. Pablo adoraba esos momentos, y no significaba que no eran así antes, porque ellos siempre habían sido así de apegados, pero en todo el mundial esos momentos donde solo eran ellos dos solos, compartiendo su amor e intimidad (no necesariamente sexual) se fueron haciendo cada vez menos mientras avanzaba el campeonato.
Hasta que el omega recordó que el cambio de olor era una fuerte señal de su embarazo. Lionel ya se había dado cuenta, si comenzaba a conectar las, los cambios de humor, y lo demás, se daría cuenta.
—Hay que alistarnos, amor. Hoy es el partido.
—Mmmm…
Lionel no tenía intenciones de levantarse, al parecer.
—Dale, Lio.
De mala gana, Lionel se separó del cuello de su marido y dejó varios piquitos en sus labios, de esos a los que Pablo no podía resistirse.
—Bañate vos primero—Le dijo Lionel, entre besos.
Pablo no respondió, tan solo le sonrió y, antes de irse de la cama, le dijo un ‘‘te amo’’ acompañado de un último beso, dejando a Lionel embobado como un adolescente viviendo su primer amor.
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Pablo no estaba bien. Pero no quería admitirlo en ese instante, no era el lugar ni el momento correcto.
El partido ya había empezado. Lionel y él estaban sentados a la par, mirando cada jugada con muchísima atención y el omega, en especial, estaba buscando puntos de quiebre del otro equipo para utilizarlo a su favor en la charla del medio tiempo.
El primer gol cayó de penal. El segundo, cayó poco después. Y aunque no era un resultado fijo, ciertamente la ventaja era mucho mayor.
La pausa de medio tiempo llegó y todos fueron al vestuario. Del cuerpo técnico, Lionel se apresuró para llegar lo más rápido posible y aprovechar todo el tiempo disponible, junto a Samuel. El alfa estaba tan metido en el partido y en su propia mente llena de jugadas, ideas, tácticas y opiniones que no se había dado cuenta de que Pablo se había quedado atrás, caminando con lentitud y apoyándose a la pared.
Se sentía débil.
Sus piernas flaqueaban, las ganas de vomitar no dejaba de atormentarlo y la palidez de su rostro gritaba a los cuatro vientos que algo no andaba bien. Respiró profundo, intentando concentrarse en él, sentir las extremidades de su cuerpo, el entorno en el que se encontraba. ¡No podía sucederle eso, no en ese momento!
—Che, Pablo, ¿te sentís bien?
Emiliano se acercó a él, bastante preocupado. El omega le intentó sonreír para calmarlo un poco.
—Estoy…estoy bien, no te preocupés. Ve a los vestidores qué Lio ya está allá con los demás.
Emiliano hizo lo que le dijo, pero no muy convencido del estado de Aimar.
No sabía que le estaba sucediendo y estaba comenzando a preocuparse él también.
A como pudo, volvió a su lugar respectivo, en donde se sentó y con manos temblorosas abrió la botella y tomó agua, a ver si así solucionaba algo.
Poco antes de iniciar el segundo tiempo, Lionel se sentó a su lado, agarró su mano y dejó un beso en ella, dejándolo bastante sorprendido porque no era usual que ellos mostraran su afecto en partidos como esos.
—Te sentís mal, ¿verdad?
Le susurró, para que los demás no pudieran oírlo. Lionel sabía bien que a Pablo no le gustaba que los demás se dieran cuenta de cuando estaba mal.
—Te ves pálido, amor. Y Emiliano me llegó a decir qué te vio raro.
—No es nada. Dejá de preocuparte por mi, ¿si? Estoy bien, mi vida.
—Parece que no me conocés vos—Dejó escapar una risa y besó la mejilla del omega—Siempre me voy a preocupar. Pero te voy a creer solo un poco por hoy.
Esas palabras y el beso le hicieron sentir un poco mejor, hasta le sonrió a su esposo, pero el malestar físico le superaba por mucho. E iba a empeorar.
Llegó otro gol en el segundo tiempo. Lionel y Pablo al fin podían respirar en paz, ya con su pase a la final asegurada.
Pero después de eso, pasó lo peor.
Pablo ya no podía. No sabía a dónde o qué hacer, pero necesitaba irse de ahí. Aprovechando que Lionel estaba de pie reclamando algo junto con los demás, se levantó con intenciones de ir al baño y encerrarse ahí hasta que se termine el partido, sin importar si se daban cuenta de su ausencia o no.
—Che, ¿qué le pasa a Pablo?—Habló Julián, que recién se incorporaba con el resto del equipo debido a un cambio que hizo Lionel.
—No lo sé, pero se ve mal.
—Voy a ir con él.
Paredes lo siguió, al inicio en silencio solo para ver a dónde iba, pero se vio obligado a acercarse cuando vio al omega tambalearse mientras caminaba.
—¿Pablo? ¿Qué pasa?
Pablo apenas lo escuchó como una voz lejana, mientras su visión se llenaba de manchas negras. Pocos segundos después cayó al suelo, inconsciente.
—¡Pablo!
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El partido iba por el minuto 85, en la recta final. Aunque no bajaba la guardia por completo, Scaloni estaba más tranquilo, sabiendo que esos tres goles probablemente no los iba a remontar Croacia en cinco minutos.
—¡Lionel!
—¿Qué pasa?
Se acercó uno de los voluntarios, bastante agitado por correr.
—Pablo Aimar se desmayó, se acaba de ir en ambulancia al hospital con Leandro Paredes.
Lionel sintió como se le bajaba la presión, el azúcar, todo.
—¿Qué?
—¿Qué pasa, Gringo?
—Pablo se desmayó. No, no, yo me tengo que ir de acá pero ya.
Comenzó a desesperarse y estaba dispuesto a literalmente irse en ese preciso momento, pero Walter se lo impidió, agarrándole del brazo.
—¿Vos estás loco? Esperate que ya va a terminar el partido, ¿querés que se haga un quilombo o que te sancionen?
Claro que no quería, pero su esposo, su omega, estaba mal y él no estaba ahí para apoyarlo.
Pasó los últimos minutos sentado, moviendo la rodilla con ansiedad y mirando el campo de juego, sin hablar, sin opinar, sin presionar. Julián se sentó a su lado, en el espacio libre que había dejado Pablo.
—La puta madre…—Soltó cuando vio que se iban a agregar seis minutos. No podía estarle sucediendo eso justo en ese momento.
—Che Scalo, ¿todo bien? Es mucho, pero ya tenemos ganado el partido.
—No es eso.
Con solo ver su reacción, Julián pudo darse cuenta de que no era algo relacionado con el partido, sino con su omega. Así que no volvió a tocar el tema.
Los minutos se le hicieron eternos, pero cuando sonó el pitazo final, Lionel salió corriendo con solo su celular en mano, sin importarle la celebración de los jugadores ni los periodistas qué lo estaban buscando para entrevistarlo.
Sabía muy bien cual era su trabajo. Pero su prioridad era y siempre iba a ser el amor de su vida.
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—¿Cómo te sientes, Pablo?
Pablo suspiró, acostado en la camilla de hospital, sabiendo el problema que se le iba a venir encima.
—Mejor.
—Bien. Los exámenes de sangre indican un embarazo, ¿ya eras consciente de eso?
—Si…
—Estás de cuatro semanas ¿Has estado comiendo y durmiendo bien?
Pablo negó con la cabeza, la verdad bastante avergonzado por no cuidarse de la manera correcta.
—Si es por los malestares te puedo recetar medicinas para ayudarte con eso. Debes intentar comer y dormir bien, y tomar vitaminas también. Las primeras semanas son importantes por riesgo de aborto espontáneo, y debes tener más cuidado considerando tu edad.
Ah, cierto. Ese pequeño y ligero detalle.
Pablo tenía muchísimo miedo, no solo de la reacción de Lionel, sino también de arruinar todo.
—¿El que vino contigo es el papá?
—No, solo me acompañó. Mi esposo probablemente esté de camino. Pero…por favor no le digás nada, de verdad. No quiero que sepa aún.
El beta asintió con una sonrisa, acostumbrado a guardar secretos siempre.
—De acuerdo. Volveré más tarde.
El omega quedó solo, pero no por mucho tiempo: Lionel entró a la habitación, con la respiración agitada, pero feliz de ver que Aimar estaba despierto y que estaba bien.
—Amor, ¿estás bien?—Él alfa se inclinó para dejar un tierno beso en su cabello.
—Si, Lio. Solo es por no comer bien.
—Pablo, es muy peligroso, y…
—Me van a dar medicamentos para sentirme mejor. Estaré bien, mi vida—Eso medio tranquilizó al alfa, aunque no convencido del todo—¿Como terminó el partido?
—Pablo, te desmayaste, estás en el hospital, ¿y me preguntás que cómo terminó el partido?
Lionel lo miró serio, pero Aimar no le dio importancia y solo se limitó a sonreír. Debía intentar cambiar el tema de conversación para cultivar con éxito su mentira.
Finalmente, Scaloni se rindió al ver la sonrisa de su omega. No podía ser duro con él, pero si estaba bastante preocupado.
—Ganamos tres a cero. Estamos en la final.
Al final, en ese momento eso era una de las prioridades de Pablo, además de su bebé claro: mantener a Lionel así, calmado, con la mente en frío. Aunque debía admitir que por andar sin decir nada no había tomado nada para las náuseas y no había podido comer.
—Perdoname Lio. Por haberte asustado a vos y a los demás.
—Tranquilo, amor. Solo tenés que comer bien, ¿si? Te amo muchísimo, vos sabés eso, y no quiero que te pase algo malo.
Pablo sonrió y agarró la mano de Lionel para besarla, algo que siempre le había gustado hacer.
—Yo te amo más.
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La final contra Francia llegó.
Pablo se había hecho una promesa a él mismo la noche anterior mientras veía a Lionel dormir profundamente abrazado a él: si ganaban el mundial, le iba a decir de su embarazo en ese mismo lugar, en algún momento. Sino, se lo diría en Argentina, después de pasar unas vacaciones juntos y recargando energías.
Se sentía mejor, ya tomando las vitaminas y los medicamentos que le recetó el doctor en el hospital. Estaba comiendo más y se le veía con más fuerza y ánimos, lo que influía en Lionel y por ende en el resto del grupo. La pareja se sentía como padres de todos los jugadores, tenían una relación muy estrecha.
La charla motivadora antes de jugar terminó con las palabras de Messi, luego todos salieron con los ánimos por el cielo y mentalidad de ganador, decididos a dejar alma, vida y corazón en el partido y ganar cueste lo que cueste.
Pablo se quedó un rato más en el vestuario, solo, envuelto en un abrazo de nostalgia increíble. Habían luchado tanto para llegar allá, junto a Lionel y un equipo maravilloso, que saber que aquella aventura ya iba a llegar a su final le estaba afectando, incluso haciéndole derramar algunas lágrimas. En parte por la nostalgia y en parte por el miedo de la final, pero no podía hacer nada, las hormonas del embarazo lo ponían más sensible de lo normal.
—¿Qué hacés acá, mi vida?—Lionel lo abrazó por detrás, rodeando su cintura y apoyando su mentón en uno de los hombros del omega.
—Nada, nada, ya iba a ir con ustedes—Se dio la vuelta, quedando de frente a su esposo. Lionel aprovechó qué aún quedaba un poquito de tiempo mientras los jugadores comenzaban a calentar para el partido y unió sus labios, besándolo con tanto amor y como tanto le gustaba que el omega sintió que las piernas le cedían.
Scaloni lo agarró de la cintura, con firmeza pero sin lastimarlo. En su intento por alejarse, Pablo se lo impidió, dejando besos en su mentón, cuello, y de vez en cuando en sus labios.
Vaya que andaba amoroso. Normalmente se reservaba ese comportamiento para cuando estaban solos en casa, pero también se les veía así en los entrenamientos y cuando iban de paseo. Aunque definitivamente eran más de quedarse en casa.
—Qué pase lo que tenga que pasar. Este grupo es increíble. Se que podemos lograrlo.
Scaloni agarró su mano, aquella que tenía su anillo de bodas, y dejó varios besos, haciendo sonreír al omega.
—Después de esto nos vamos vos y yo a comer unas milanesas con puré, he tenido un antojo terrible estos días.
Eso activó las alarmas de emergencia en Pablo.
Él no había tenido muchos antojos últimamente, pero si había escuchado al alfa decirle que era lo que quería comer varias veces. Eso le preocupaba, ya que en algún momento iba a conectar cables con todo lo que había sucedido los últimos días (aunque la excusa para su olor fue decir que se acercaba su celo), tan solo esperaba que no lo hiciera en medio del partido.
—Vamos, Lio. Si no van a pensar que nos escapamos.
—Ya quisiera yo escaparme con vos, como la primera vez que te escapaste de la casa de tus viejos para…
—Qué vamos, dije.
Pablo soltó una risa, recordando avergonzado ese suceso en el que casi los atraparon. Entrelazó su mano con la de Lionel y ambos caminaron por el pasillo hasta llegar a la cancha, sin soltarse en ningún momento, hasta que tuvieron que sentarse y repasar las jugadas en la libreta que compartían (aunque era más de Pablo y algunas veces se peleaban por ella).
Y el partido…bueno, fue de infarto.
Lionel de verdad estaba concentrado, pero algunas veces miraba de reojo a su enamorado para asegurarse de que este se sintiera bien, teniendo en cuenta lo que sucedió en el partido contra Croacia. Todo iba de maravilla, llevaban dos goles, no algo definitivo, pero asegurando ventaja.
Hasta que Francia remontó con dos goles en menos de cinco minutos y la pareja comenzó a estresarse un poco al ver que se iban a tiempos extra.
Pablo podía sentir toda la tensión y el estrés a través del lazo, Lionel no la estaba pasando bien aunque era un experto en demostrar todo lo contrario. Antes de iniciar los tiempos extra, cuando los dos estaban sentados en las bancas, acaricio con suavidad su espalda y le besó la mejilla, ganándose una burla lejana de Emiliano. Tampoco era como que podía quejarse si el pasaba pegado a Tagliafico, pero cada quien.
Y, de nuevo, los tiempos extras también fueron tortura.
Con cada segundo que pasaba, Pablo sentía que las náuseas le iba a dar una mala pasada. Sabía que debía cuidarse, manejar sus emociones y en general controlarse, ya que había leído (mientras Lionel dormía) qué el bebé sentía lo que él sentía, y aunque su cachorro era muy pequeño aún, el quería cuidarlo a toda costa de cualquier cosa mala a lo que pudiera exponerse.
Hasta que un gol cayó para ellos. Y estuvieron tan cerca de ganar en tiempos extra hasta que casi al final, Francia metió otro gol.
Penales. Y Pablo iba a vomitar.
Se levantó y se quedó de pie al lado de Lionel, quien no dudó en agarrar su mano para tener algo a lo que aferrarse ambos en ese momento. Scaloni no lo dijo, y no sabía la razón, pero incluso hasta él tenía náuseas.
Hasta que después de tanto suspenso, Montiel metió el último penal, el que los consagró campeones del mundo.
La primera reacción de Pablo no fue otra que lanzarse sobre Lionel, quien intentó atraparlo entre risas, pero terminaron los dos cayendo al suelo. De fondo escuchaban todo los gritos y la euforia del estadio, los jugadores, y el cuerpo técnico, mientras ambos se abrazaban en el suelo y por fin dejaban escapar todas las lágrimas acumuladas qué se habían guardado durante más de 120 minutos.
—¡Ganamos, mi amor, ganamos!
El omega se separó un poco y le sonrió antes de darle un beso lleno de emoción, sellando el momento no solo en el que ganó su selección, sino el momento en el que ganaron ellos, después de tantos años de trabajo en equipo, noches sin dormir, preparación, tácticas, todo.
Hasta que Samuel se lanzó sobre ellos, queriendo ser parte del momento también. Y luego se unió Ayala, todos aplastando a Lionel.
Pero al final, todo valió la pena. Todo.
Y ninguno podía pedir más que eso.
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Después de la premiación y de alzar todos el trofeo, la celebración fue trasladada al vestuario de los argentinos, donde cantaban, gritaban y transmitían en directo en su Instagram para que los fanáticos también pudieran ser parte.
Lionel y Pablo estuvieron con ellos un rato, quizás no tan animados como los jóvenes, pero disfrutando del buen rato. Sin embargo, algo estaba atormentando la mente del omega: eran campeones del mundo, debía celebrarlo, pero había hecho una promesa y debía cumplirla.
Tenía que decirle a Lionel de su embarazo. En ese momento, no había de otra.
Pablo salió del vestuario, ya sofocado con todo el ambiente. Se sentó en una banca que había al frente, mientras pensaba en como decirle a su alfa. Dios, estaba aterrado.
Pero parecía que no debía pensarlo mucho, ya que Lionel salió del vestuario, sonriéndole lleno de alegría. Pablo le hizo espacio a su lado.
—¿Qué pasa, mi vida? Pensé que querías estar más tiempo con los muchachos.
El omega dejó caer su cabeza en el hombro del alfa, con un suspiro.
—Nada, nada. Solo…estoy un poco cansado.
—Pablito, no quería discutir sobre esto para no preocuparte a vos, pero…—Lo alejó de su cuerpo y se acomodó para que su omega lo viera a los ojos, al mismo tiempo que agarraba ambas manos y dejaba caricias en ella.
Pablo comenzó a temblar.
—En los últimos días has estado raro. No sé, se que te has sentido mal porque yo puedo sentirlo, pero vos no me decís nada. Quiero saber si pasa algo, algo que quieras hablar, si querés hacer algo para aumentar la confianza, o decime si he hecho algo que te ha hecho alejarte un poco así. Si era por el mundial claro que lo entiendo, lindo, pero ahora que ya salimos campeones, aún te siento muy preocupado.
—Yo…no hay nada que cambiar, amor. De verdad que no. Pero hay algo que no sabía cómo decirte, no encontraba el momento y tengo miedo…
—¿Miedo? ¿De que?—Sintió cómo le dolía el corazón al ver los ojos llorosos del omega—Pablo, hemos sido un equipo por muchísimos años, desde mucho antes de casarnos. Estamos juntos en todo y siempre lo estaremos: si algo pasó lo vamos a resolver, pero juntos.
Pablo tragó con dificultad y se aclaró la garganta antes de confesar lo que le había costado tanto guardar.
—Estoy embarazado, Lio.
El estruendoso ruido de la celebración del vestuario pasó a segundo plano. Y Pablo no escuchó ni una sola palabra por cinco segundos, lo que fue suficiente para hacerlo estallar en llanto.
—Decime algo, Lionel, por favor—Susurró, y sintió como el agarre del alfa sobre sus manos se hacía más fuerte.
Hasta que pocos segundos después, por fin salió del shock inicial.
—¿Cómo…? ¿Cuándo?
Su voz salió apenas como un hilo, que Pablo pudo escuchar
—Hace como una semana, compré la prueba sin que vos supieras. Cuando fui al hospital les dije que no te dijeran nada porque tenía miedo de que esto fuera una preocupación para vos antes de la final y…perdoname, amor, en serio, yo…
—Pará—Lo frenó, no enojado, ni molesto—Pará, amor, tengo que…tengo que procesar todo esto.
Se levantó y Pablo, en las novelas de su imaginación, juró qué se iba a ir y lo iba a dejar ahí, lo cual era básicamente imposible, pero de verdad tenía miedo por su reacción. El alfa dio un par de pasos por el pasillo, pasándose una mano por la nuca y su cabello corto, intentando calmar la emoción que comenzaba a crecer como fuego dentro de él.
—Nosotros…pensé que era un tema ya de hace años, que era algo que ya habíamos dejado de lado y que nunca iba a pasar, mi amor.
No lo dijo de mala manera, sino asombrado.
—Lo sé—Susurró—Por eso no sabía como decírtelo y…
—No es eso, mi vida—Se arrodilló frente al omega y sostuvo su rostro con ambas manos, secando las lágrimas que seguían cayendo—Es que no sé que decir, no me salen las palabras, de verdad. Vos y yo…vamos a tener un hijo.
Ahí fue donde se quebró por completo, el momento en el que se dio cuenta de que un sueño de ambos, que había quedado enterrado, había florecido de nuevo. Abrazó a su esposo, apoyando su cabeza contra el pecho del omega y dejando que sus lágrimas mojaran la camisa del otro. A Pablo no le importaba, demasiado metido en el momento como para darse cuenta de ello.
—Pablito, mi amor, debiste decirme, ¿como pudiste cargar con esto vos solo?
—No podía. No quería ser una carga para vos y menos en un momento tan importante del mundial.
—Mi amor—Se separó un poco para ver al omega a los ojos—No sos ni serás nunca una carga. Sos lo más hermoso que tengo en la vida, ahora vos y nuestro cachorro.
Aimar por fin se sintió en paz, al haberse quitado el mayor peso que cargaba sobre sus hombros. Le sonrió a su alfa mientras acariciaba su cabello corto, los dos aún inmersos y sin prestar atención al desastre que hacían los jugadores en el vestidor.
—Voy a cuidarte mucho más, mi vida. Los voy a cuidar a los dos. Los amo muchísimo.
Para enfatizar su punto, Lionel dejó un beso sobre el vientre por ahora plano del omega, mientras se imaginaba lo hermoso que sería verlo crecer, comprar ropa nueva, vivir toda la nueva etapa juntos…
Claro, fue bastante inesperado. Pero fue el comienzo de una de las etapas más hermosas y un poco complicada de ambos
