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The Sweet Escape

Summary:

Donde Armando es el periodista deportivo más temido de la Liga MX, y resulta que su alfa destinado juega en el equipo que más disfruta criticar.

O…

Donde Brian es un alfa sumiso que se enamora del periodista que destroza a su equipo cada semana.

Notes:

es mi primer one shot, pero espero q les guste mucho!! :33

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Armando González Alba era probablemente uno de los omegas más dominantes y orgullosos que el mundo del deporte alguna vez había conocido. Con tan solo 23 años, el reportero y columnista de ESPN internacional había construido una carrera impecable en el periodismo deportivo. No había una sola entrevista, columna o investigación que lo dejara mal parado entre la prensa; y es que, ser parte de la comunicación en un mundo donde te pueden comer vivo tan solo por difundir información errónea, lo había llevado a arraigarse a su mejor fuerte: la crítica de análisis. Armando jamás escribía sin haber investigado cada pequeño detalle del tema o del jugador que le hubieran asignado. Llevaba una agenda completamente ocupada, volando entre semana solo para cubrir la liga estadounidense y la mexicana, desvelándose en vuelos internacionales solo para terminar los cinco artículos que él mismo se había comprometido a tener listos. No le gustaban las cosas a medias, jamás había sido así, mucho menos con su trabajo. Escribía con una precisión casi quirúrgica, dando justo en el punto que sabía iba a causar revuelo a las horas de publicar su famosa columna. Una por cada día de la semana, de lunes a viernes, analizando cada jugada, cada decisión tomada por el director técnico y su equipo, cada rebote y despeje al área como si él mismo hubiera estado dentro de la cancha.
Armando González no perdonaba ni una sola crítica, no tenía favoritismos ni tendencias a inclinarse por un equipo; si un club había dado lo mejor de sí, incluidos sus jugadores, su mayor cumplido era decir que para eso trabajaban, que el rendimiento en la cancha debía ser así siempre si es que querían competir por el título. Eso era lo que hacía al omega ser tan popular entre un medio que te atacaba hasta por tu casta, porque aunque en muchas ocasiones le llegaban a decir que su precisión al analizar era resultado de la falta de un “buen alfa que lo tuviera controlado y satisfecho”, Armando sabía responder solo con palabras. Bastaba un buen artículo para que las redes y hasta los analistas más longevos coincidieran con su opinión, olvidando por completo su casta, dejándoles en claro que lo que sabía era gracias a un mérito propio, y que, si algún día tenía un alfa, un lazo sería la menor de sus preocupaciones.

La tarde que Armando conoció a Brian Gutiérrez fue gracias a una cobertura exclusiva que el club de Guadalajara le había brindado a ESPN. Hace tan solo una semana, el omega había publicado una columna que dejó al descubierto las carentes decisiones del director técnico del Club América. Decisiones que, sin haberlo pensado, fueron los errores que llevarían al club de Coapa a perder su cuarto partido consecutivo en la Liga MX, dejándolo apenas en el penúltimo lugar de la tabla. Nadie quería mencionar en la rueda de prensa lo que había sucedido, lo que Armando le había advertido, y que, si tan solo se hubiera molestado en leer, le habría ayudado a sumar otros tres puntos.
Fue por esa misma razón que Gabriel Milito había llamado a medios y al jefe directo del omega para tener una reunión con él. ESPN no era una cadena que se negara a tratos, la cosa era que Armando jamás accedería a escribir una columna por semana enfocada directamente al club como si de la nada se hubiera interesado en el rendimiento de los rojiblancos. Ese era el acuerdo, Chivas pagaba una cantidad generosa a cambio de un análisis detallado que les brindara material para sus próximos partidos, era simple, algo que se podía mantener a perfil bajo; sin embargo, el omega se negó apenas escuchó las palabras salir del alfa que dirigía al equipo. Armando amaba su trabajo, le gustaban los sistemas, le gustaba ver a un montón de alfas colapsar solo por una columna que tomaba diez minutos leer. Amaba la adrenalina de escribir a mitad del vuelo, de desvelarse con una cantidad inhumana de café solo para leer su trabajo al día siguiente y alzar la comisura de sus labios con orgullo evidente. Y lo más importante, disfrutaba tener control con algo tan simple como las palabras sobre la casta más alta, sobre aquellos que le decían calificativos despectivos, era la cosa más placentera del mundo. Jamás vendería su criterio, y eso lo había dejado claro el segundo en que salió azotando la puerta de las instalaciones del Club Deportivo Guadalajara.

El omega se dirigía con pasos rápidos hacia la sala de prensa, con las mejillas rojas del coraje, las orejas calientes por la vergüenza y la impotencia de lo que le acababan de proponer. Los supresores que llevaba en el cuello ocultos detrás de la camisa pulcra que siempre solía usar, resultaban algo inservibles para ocultar el olor amargo a vainilla y romero fresco que siempre llevaba, ahora era una mezcla completamente desagradable para cualquiera que pudiera oler aunque fuera la más mínima esencia. Aunque no necesitara cubrirse para controlar su olor, prefería siempre mantenerse oculto, como si de verdad le molestara su propia naturaleza. El olor que desprendió en la sala era penetrante, tan fuerte que incluso uno de sus compañeros de medios arrugó la nariz a penas se colocó a su lado.

Armando llevaba intentando calmarse al rededor de 20 minutos, dando vueltas sobre su propio eje mientras sostenía el teléfono en la mano y le reclamaba a su jefe por haberlo metido en semejante situación. A su lado, Mateo, el camarógrafo y su mejor amigo, también omega, lo miraba con una sonrisa preocupada y divertida a la vez.

— Cabrón, ya. Te vas a acabar la suela de los zapatos. — Dijo Mateo por lo bajo, apenas y alzando la voz para que los demás no lo escucharan.

— No sabes cómo me emputa, Teo. Luis ya sabía del trato y ni siquiera se molestó en avisarme de que venía. Y luego el pendejo de Milito ofreciéndome más dinero por fuera, como si lo necesitara. — Replicó el omega con las mejillas encendidas, casi desquitándose con el teclado de su teléfono.

— Bueno, al menos no te obligaron. Pudo ser peor. — Mateo trataba de hacer que los humos de Armando bajaran, que tan solo por un segundo su aroma retomara su usual camuflaje detrás de sus supresores de olor.

— Supongo que sí… pero igual, qué poca madre. — Apenas pudo terminar de contestar cuando tres jugadores ingresaron a la sala de prensa.

Los reflectores se encendieron de inmediato, flashes de cámaras disparando en todas las direcciones para capturar a los tres jugadores que el club había elegido para la rueda de prensa. Brian Gutiérrez, Roberto “El Piojo” Alvarado y Luis Romo figuraban como los elegidos para declarar ante el bullicio de periodistas y medios hambrientos por notas que les dejaran algo de lo que hablar. Dos alfas y un beta con un semblante serio, a excepción de Alvarado, quien parecía estar a punto de estallar en carcajadas al ver a la prensa haciendo rostros tan exagerados. La primera pregunta llegó después de la declaración del capitán, un alfa que, a pesar de imponer con su carácter, fue sumamente criticado tras su bajo rendimiento en los últimos partidos. Un alfa que, al ver que la peor pesadilla de cualquier club se encontraba con los ojos casi inyectados en enojo, tuvo que carraspear para evitar flaquear ante las preguntas de los medios. El silencio se rompió cuando llegó el turno de Armando, quien siempre se presentaba como si medio país no lo conociera ya.

— Romo, por aquí. Te habla Armando González, de parte de ESPN. Son ya tres partidos consecutivos donde el equipo pierde la ventaja en momentos clave. Como capitán, ¿qué responsabilidad asumes personalmente en esa racha?—. La voz del omega resonó con un eje tan gélido que el alfa tuvo que detenerse un momento antes de responder.

— Como dije antes… creo que al final del día es una responsabilidad compartida, pero como capitán soy el primero en dar la cara cuando los resultados no llegan. No voy a señalar a un compañero ni al cuerpo técnico porque esto lo ganamos y lo perdemos todos. Entiendo perfectamente la crítica. Tres partidos dejando escapar ventajas no es casualidad, es algo que tenemos que corregir cuanto antes, empezando por mí —. Contestó Romo, tratando de mantener el contacto visual con el omega, pero fallando miserablemente en el intento.

Armando suspiró un poco, como si quisiera calcular la forma ideal de llegar a lo que realmente quería escuchar. — Hablas de una responsabilidad compartida, pero mi pregunta era personal. ¿Qué has dejado de hacer tú como capitán para que el equipo repita exactamente los mismos errores? —.

La pregunta dejó a todos un poco desconcertados. Mateo lo veía con los labios fruncidos, apenas conteniéndose las ganas de reír por la forma en que le imponía al capitán. Romo titubeó un poco, rascándose la parte trasera del cuello de forma incómoda antes de volver a responder; aunque se estuviera ahogando, no podía demostrar que el poco liderazgo que le quedaba estaba siendo casi destruido por un omega que ni siquiera era parte del equipo como para exigirle algo.

— No creo que sea tan sencillo como decir que solo el capitán falló. Si revisas los partidos completos vas a encontrar errores individuales, decisiones arbitrales y situaciones técnicas. Yo asumo mi parte, al cien, pero no voy a cargar con una responsabilidad que pertenece a todo un equipo, a la familia que somos —.

Armando asintió con un movimiento antes de sacar una pequeña libreta que llevaba justo debajo del brazo, tan preciso que solo le dejó saber a los demás lo que estaba por venir: nada bueno. Era la última pregunta permitida, siempre tres por medio, y aunque supiera que probablemente no obtendría la respuesta que quería, cualquier cosa sería suficiente para destronar al club.

— En el minuto 78 contra Tigres, en el 81 frente a Monterrey y en el 84 contra Toluca, las cámaras lo muestran hablando con el árbitro mientras el equipo intentaba reorganizarse tras perder el balón. ¿Son esas las decisiones arbitrales o los errores individuales que mencionas? ¿Y crees que esas prioridades reflejan el liderazgo que necesita hoy el equipo? —.

Nada, no hubo nada después de eso. La esencia de madera tan fresca que normalmente caracterizaba al mediocampista se volvió pesada, asfixiante para cualquier omega que estuviera cerca, y aun así, Armando ni siquiera dudó en mantener el contacto visual como si lo estuviera desafiando.
El omega no necesitaba seguir con la pregunta, sabía que había conseguido lo que quería, si no fuera por el alfa de ojos claros que contestó antes que Romo.

— Hola, Armando. Brian Gutiérrez, mediocentro ofensivo. Creo, y con todo el debido respeto, que la pregunta está algo mal planteada. —Dijo el mexicanoestadounidense con un poco de nervios, las mejillas un tanto sonrojadas por mantener el contacto visual con Armando.

Algo dentro del pecho de Armando se tensó de golpe. Su omega, que normalmente era rígido y lo obligaba a estar alerta, reaccionó con una violencia que lo obligó a contener el aire por un instante. Era una sensación absurda, casi ofensiva; como si una parte de sí insistiera en escuchar al alfa frente a él antes que a cualquier otra persona en la habitación. Juró, por tan solo un momento, ser el único en la habitación que percibió el cambio casi imperceptible en el aroma del alfa. Cedros cálidos, limpios, con una nota desconocida que parecía empujar con suavidad la nube de su enojo. El aroma que lo aturdió por tan solo unos segundos se rompió en el instante en que Brian volvió a hablar.

— Creo que si partes de la premisa de que un capitán puede corregir por sí solo un problema estructural… la problemática se vuelve completamente incomprensible. Sería irresponsable decir que todo depende del capi cuando todo el club sabe que ya llevamos tres partidos así. Sé que le preguntaste individualmente, pero también sé que eres uno de los reporteros más insistentes en el medio, entonces sí, tanto el capitán como el cuerpo técnico necesitan mejorar. Y eso nos incluye como jugadores —.

Brian no pudo evitar la pequeña sonrisa que se le formó en los labios cuando vio a Armando asentir con la misma seguridad de siempre, agradeciéndole apenas con el mismo tono de pocos amigos que hizo al mediocentro temblar un poco bajo la mesa donde se encontraban. El alfa no quería problemas con Armando, para nada, solo quería darle lo que él sabía que necesitaba: una respuesta lo suficientemente planeada para atacarlos con un análisis tan crudo que los pondría en el limbo. Y aunque habían miles de personas que seguramente ya detestaban al omega por ser tan preciso y saber demasiado para su propio bien, había alguien que siempre leía sus columnas con una sonrisa, que siempre quería ser el primero en las ruedas de prensa solo para verlo, y ese era Brian. Porque, aunque Armando no tuviera la menor idea de lo que acababa de provocar, Brian sí la tenía. Había pasado meses leyendo cada uno de sus reportajes, de sus notas, aprendiéndose la precisión de sus análisis y la forma en que desarmaba equipos enteros con apenas unas cuantas páginas. Lo que el omega todavía desconocía era que, desde el instante en que cruzaron miradas, el alfa había reconocido el aroma que llevaba años esperando encontrar.

Después del encuentro en las instalaciones de prensa en el Club de Guadalajara, Armando llegó a casa con la misma tensión en el pecho que sintió la primera vez que escuchó a Brian contestarle directamente. Algo en él renegaba de la manera en que lo escuchó, la forma en que solo asintió ante la respuesta en lugar de rematar con algo aún más cortante. A pesar de ello, el omega solo pudo asentir, y de cierta forma, lo hizo experimentar algo nuevo en su naturaleza. Peleaba con lo que había sentido, trataba de enterrarlo en lo más hondo de su ser, y aún así, su lobo, que llevaba dormido por tanto tiempo, le estaba arañando el pecho para regresar a buscar ese olor.
La respuesta del omega no fue lo que su lobo le pedía. En cambio, se sentó con irritabilidad en su sillón, con la computadora abierta y la tablet a un lado de su regazo. Tenía tablas de los últimos partidos, estadísticas, videos, y estaba a punto de escribir no solo una columna, sino un resumen detallado de cada falla posible que pudo haber observado en el equipo rojiblanco. Armando llevaba años viendo deporte, sabía cómo funcionaba, sabía incluso las cosas más sucias y tratos de los que nadie se enteraba; por eso mismo estaba a punto de acabar con un club y con su técnico, de la forma que solo él sabía hacerlo, analizando y criticando de forma tan limpia que nadie le podía reprochar algo.

El artículo se extendió por todos los medios al día siguiente. Eran las 7:00 a.m. en punto y el omega tapatío ya tenía a media liga mexicana discutiendo y leyendo el artículo para sacarle provecho a las debilidades del club que en algún momento les tocaría enfrentar. La cosa era que, por primera vez en su carrera de periodista, había decidido cambiar su estrategia de análisis. No era un reportaje usual, no era un resumen de la jornada ni lo que había de esperar de cada club, era un artículo personal, uno que desmantelaba, decisión por decisión, la estructura futbolística sobre la que Guadalajara llevaba meses intentando sostenerse. Armando se caracterizaba por los análisis breves, casi quirúrgicos; bastaba una sola página para señalar el problema con una precisión que incomodaba incluso a quienes llevaban décadas dentro del fútbol. El título del artículo debió ser la primera advertencia para Gabriel Milito y su equipo. Con el titular “Chivas y su eterna gloria en la semifinal”, el omega había dejado a más de uno sentado y sin palabras. Después de seis páginas, su artículo concluía con algo que terminó por declarar una silenciosa guerra entre el periodista y la directiva: “La diferencia entre un mal equipo y un equipo mal dirigido es que el primero no sabe qué hacer. El segundo sí, pero insiste en hacerlo mal. Guadalajara no atraviesa una crisis de jugadores; atraviesa una crisis de decisiones. La diferencia parece mínima hasta que los puntos dejan de aparecer y las semifinales se convierten en el único recuerdo al que puede aferrarse una institución que lleva demasiado tiempo confundiendo nostalgia con proyecto deportivo”.

Del otro lado de Guadalajara, Brian Gutiérrez apenas llegaba a las instalaciones del club, sosteniendo un termo de café en las manos mientras bostezaba por el cansancio del entrenamiento del día anterior. Era de los primeros en llegar, y aun así, apenas dejó su mochila sobre su locker, escuchó pasos apresurados a su espalda. Piojo llegó corriendo con unas hojas impresas en la mano. El artículo de su destinado ya tenía varias anotaciones cuando Piojo se lo entregó.

— Wey, ahora sí nos chingo bien y bonito. Milito está que se lo lleva la fregada, los agentes no saben qué hacer porque ni siquiera critico de forma irresponsable, y en redes nos están comiendo vivos. — La voz del beta dejaba al descubierto la fatiga por haber estado buscando a Brian entre los pasillos, un poco alterado por todo el asunto.

Brian escaneaba las hojas con cuidado, apenas alzando las cejas cuando llegaba a una oración que le hacía querer sonreír por el descaro del omega al analizarla.

— No es lo que suele publicar, pero estoy seguro de que no fue por el partido —. Dijo el alfa casi con certeza y una pizca de curiosidad, sentándose en la banca debajo de su locker para leer con más cuidado.

Piojo alzó los hombros de forma confundida, observando la reacción de Brian, casi como si quisiera entender por qué se veía tan tranquilo. — Haya sido lo que haya sido, seguro se la agarra contra nosotros por al menos otras tres semanas —.

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Cinco meses después, Armando y Brian ya no eran dos completos desconocidos. Después del artículo que desató una guerra silenciosa con la directiva rojiblanca, el omega había estado asistiendo con más frecuencia al club, y aunque tenía compañeros que lo podían cubrir, Armando insistía con fervor en ser él quien acudiera a las conferencias de prensa. Brian lo había notado, y si antes se había caracterizado por mantener un perfil bajo en las entrevistas, ahora era el jugador designado para ir siempre que alguien más no quisiera. La diferencia era que ninguno estaba dispuesto a admitir las verdaderas razones. El alfa iba solo para ver a su destinado, aceptaba cada conferencia únicamente por la posibilidad de verlo unos minutos más; de respirar, aunque fuera por tan solo unos segundos, el aroma que lograba escapar del parche inhibidor que el omega llevaba siempre sobre la piel. Y Armando… Armando seguía convenciéndose de que todo era una cuestión de profesionalismo. Se repetía que nadie conocía mejor a Chivas que él, que ningún compañero cubriría las conferencias con el mismo rigor. Se lo repetía cada vez que aceptaba otra asignación. Solo que había un pequeño inconveniente; cada vez que cruzaba la puerta de aquella sala de prensa, su lobo despertaba antes que él, siendo siempre el primero en reconocer las feromonas del alfa. Tan fuertes, que parecían llamarlo solo a él.

La primera vez que Brian se acercó a Armando fue con la excusa de preguntarle sobre un libro de posesión que había mencionado en su último artículo. Algo completamente incomprensible considerando que el alfa pudo haber buscado el libro por internet sin necesidad de preguntarle al omega; sin embargo, Brian necesitaba calmar la ansiedad de su pecho, del lobo que le gritaba que se acercara al cuello de Armando y lo restregara con su olor. Tenerlo así de cerca, aún por tan solo unos minutos, le calmaba la necesidad de saber más de él.

La segunda vez que coincidieron, Armando percibió algo extraño en la forma en que el alfa lo analizaba de arriba hacia abajo. Parecía un cachorrito necesitado de atención, de alargar la interacción lo más posible por alguna extraña razón. La cosa era que el omega ya comenzaba a sospechar que probablemente no era el único en sentir ese tirón en el pecho, uno que ninguno de los dos quería explicar.

Para la tercera vez que se vieron, Brian decidió arriesgarse a romper la tensión un poco más. Había notado, desde que comenzó la ronda de preguntas, que el omega tenía los ojos ligeramente hinchados y contenía los estornudos al menos cada cinco minutos. Se veía claramente enfermo, y aunque sentía que probablemente acercarse se vería como algo inapropiado, su lobo le estaba exigiendo ir y cuidar de Armando, de hacer que se relajara aunque fuera unos segundos. Era por eso mismo que se retiró de la conferencia un poco antes, pidiendo disculpas a los medios y parte del cuerpo técnico. Había ido a buscar un termo del club solo para llenarlo con un té que él mismo había preparado. Endulzándolo con miel natural y asegurándose de que estuviera en la temperatura adecuada para el omega. Cuando regresó a la sala de prensa, Armando apenas y estaba guardando sus cosas. Mateo se había adelantado para guardar su equipo, haciendo que tanto el menor como el de ojos claros se encontraran solos en la habitación. Brian se acercó a paso lento, casi dudando de sus movimientos y sin estar completamente seguro de lo que estaba a punto de hacer. Armando cerró su mochila después de guardar su laptop, rompiendo el silencio sin siquiera voltear a ver al alfa.

— ¿Si sabes que es difícil ignorar tu olor aún si traigo la nariz completamente congestionada? — La voz de Armando sonaba diferente, resultado del severo resfriado que llevaba encima. Su tono era un poco más débil, casi chillón, y Brian sintió un impulso absurdo de pedirle que regresara a casa a descansar. Uno que sabía no podía concederse conociendo la naturaleza dominante del omega.

— Perdón. Yo… es que te veías muy mal hace rato y pensé que tal vez algo caliente te caería bien. Mi mamá siempre decía eso cuando me enfermaba —. El alfa ya no parecía tan dudoso al hablar, y esta vez, se acercó con pasos decididos hacia el omega, extendiendo el termo entre sus manos para que lo tomara. — Es de manzanilla —.

Armando dudó un solo segundo antes de tomar el termo con precaución, inmediatamente relajándose en cuanto el calor del vaso le rodeó las manos. Estaba casi a la temperatura perfecta, y aunque hubiera preferido convencerse de que el estar relajado venía solo del té, sabía muy bien que Brian había estado liberando una carga de feromonas que lo mantenía casi en un estado de trance.

— Gracias. No tenías por qué molestarte —. El tono del omega regresó a su habitual eje, casi serio, pero la sonrisa que se le formó en la curvatura de los labios delató por completo cómo lo había hecho sentir ese pequeño gesto que Brian tuvo con él.

— No me hubiera quedado tranquilo si me iba solo así —. Respondió Brian con una pequeña sonrisa, cálida como todo en él cuando hablaba con Armando.

El omega frunció un poco el ceño antes de responderle, algo desconcertado por cómo se había referido a la situación. Como si necesitara cuidar de la salud del omega a como diera lugar. — No es como que me fuera a morir por un resfriado —. Contestó a mitad de un estornudo.

La respuesta de Brian se sintió casi como un balde de agua fría sobre el calor del momento y el vapor que envolvía la nariz de Armando por el té. — Ya sé… pero creo que ya sabes que no me puedo quedar quieto si sé cómo te sientes —.
 El omega no necesitaba adivinar a qué se refería. Sabía perfectamente lo que estaba pasando, lo sabía porque lo llevaba sintiendo cada día de esos últimos meses. No había una sola semana que su lobo no le rogara pararse de la cama a buscar al alfa, un solo momento donde al haber entrado a esa sala, su instinto le rogara quitarse el parche que llevaba solo para acercarse a Brian y marcarlo con su aroma para que nadie se le acercara. No quiso decirle nada después de eso, simplemente asintió con un ligero sonrojo, uno que quiso ocultar tras el calor del termo que ahora sostenía con las dos manos.

Las semanas que transcurrieron no fueron muy diferentes a las anteriores. Armando y Brian se saludaban más seguido, siempre de forma cortés y un poco a escondidas de la prensa. Aunque los demás lo veían como algo meramente formal, ambos sabían que había algo detrás de solo el saludo, un tirón que los llamaba a estar juntos cada vez más y más.

El punto de quiebre sucedió un viernes, después de las declaraciones de Milito antes de la jornada seis y el encuentro próximo con el equipo de Puebla. Brian llevaba toda la mañana incómodo, algo en él simplemente no se podía mantener en paz. En el entrenamiento, su corazón latía con una intensidad fastidiosa, haciendo que se desconcentrara en las interescuadras y lo mandaran a dar vueltas por un rato debido a su rendimiento. Sabía que algo no estaba en su lugar, que probablemente todo era consecuencia de los meses que llevaba suprimiendo su celo solo porque no quería perderse los partidos y tampoco las declaraciones donde podía ver al omega de ojos bonitos. Llevaba demasiado tiempo tomando supresores, unos que incluso lo descompensaron en el último partido. Aún así, no era lo único que lo estaba poniendo así, era algo más, algo que le removía desde lo más profundo y hacía que su lobo, usualmente alegre ante la idea de ver a su destinado, estuviera como león enjaulado.

La respuesta a su intuición llegó cuando estaba a punto de salir de las instalaciones del club. El alfa caminaba con su mochila de entrenamiento colgando del hombro cuando escuchó una discusión acalorada en el área del estacionamiento público. Trató de ignorar los murmullos por un momento, hasta que escuchó el estruendo de algo azotándose en el suelo. Cuando llegó al lugar proveniente de tanto escándalo, se encontró a Armando con las mejillas rojas de irritación, gritándole a un alfa que había visto antes en la zona de medios. Lo que le llamó la atención y provocó que cualquier posible nervio en su cuerpo se alertara fue la forma en que Mateo estaba casi llorando al lado del coche del omega, con su equipo de audio y video en el suelo, y con marcas en las muñecas. No hacía falta observar a fondo para darse cuenta de que el alfa con el que Armando se estaba peleando había tratado de acercarse demasiado a Mateo. Brian trató de acercarse con cautela, pidiéndole ayuda a Jordan Carrillo, quien acababa de llegar curioso al lugar para ver qué estaba pasando. Carrillo compartía casta con Mateo, y prefirió decirle que fuera él quien se acercara para no alterarlo más con el olor denso de alfa.

Cuando Carrillo caminó con Mateo hacia su coche y se aseguró de ponerlo a salvo en el asiento del copiloto, compartió una mirada con Brian que dejaba en claro que era mejor llevárselo antes de que pasara cualquier otra cosa. Brian seguía un poco sorprendido por la forma en que Armando continuó intercambiando palabras con el alfa, intimidándolo con su estatura y dejándole claro que lo que menos tenía era miedo. Las cosas escalaron un poco cuando observó al omega imitar la voz de mando, liberando cargas agresivas de feromonas que hicieron que el lobo de Brian quisiera arrodillarse ante su destinado y pedirle perdón por algo que ni siquiera hizo. El alfa con el que Armando discutía se volvió completamente manso por un segundo, destellando temor en sus ojos cuando vio cómo el dominante le exigía con solo una mirada que se fuera antes de que hiciera otra cosa.

Armando respiraba a paso apresurado, tratando de relajarse a sí mismo y de suprimir el olor tan amargo que sabía estaba inundando el estacionamiento. Podía sentir la presencia de Brian, su olor preocupado lo delato en cuanto pisó la escena. Sin embargo, y a pesar de la posible advertencia que podría ser ver a un omega dominante con la agresividad a tope, Brian se acercó.

— Armando… ya está todo bien. Carrillo se llevó a Mateo, y yo —. La voz del alfa se vio interrumpida de golpe cuando el omega lo cortó con un tono tan gélido que le erizó hasta el vello más escaso en su piel.

— No te acerques. No te quiero ver ahorita, ni a ti ni a los de tu especie. — El tono de Armando seguía manteniendo ese eje de mando, uno que hizo que el lobo de Brian se encogiera con miedo y se callara de inmediato. Brian jamás había sido un alfa que se caracterizara por ser dominante, ni siquiera por querer tomar el liderazgo con sus compañeros. Fue por eso que cuando el omega le habló en ese tono, su primer instinto fue agachar la cabeza y dar un paso hacia atrás, dejando a Armando solo en el estacionamiento.

El alfa corrió hacia los vestidores, casi hiperventilando porque su omega, su destinado, le acababa de hablar como si fuera el culpable de todas sus desgracias. Lo único que su lobo supo hacer fue encogerse y empezar a sofocarse en un estado de desesperación y ansiedad. Quería ir con Armando, buscarlo y calmarlo con su olor, pero lo acababa de rechazar con una voz que lo dejó temblando y confundido. La incertidumbre del momento mezclada con el fuerte sentimiento de rechazo que su lobo sintió, provocó que el cuerpo del alfa comenzara a sudar y aumentar su temperatura. De la nada, la sudadera que llevaba con el logo del escudo rojiblanco se sintió sofocante. La jaló de un tirón, con una fuerza descomunal, provocando que quedara en el suelo casi rota de las costuras de una manga. Su pecho comenzó a subir y bajar rápidamente, produciendo jadeos involuntarios en bocanadas solo para buscar eso que tanto le faltaba, algo que solo el omega de ojos bonitos le podía dar. Brian trató de calmarse, realmente lo intentó, pero nada sirvió, su temperatura corporal solo aumentó aún más, y su lobo rogaba por atención, por cariño, por saber que su destinado no lo estaba rechazando en realidad.

Armando caminaba con pasos rápidos y decididos después de haberse calmado por completo. Quería disculparse con Brian por hablarle así, pero sobre todo, quería encontrarlo porque sabía que algo estaba terriblemente mal con el alfa. Cuando lo visualizó sentado en el suelo de los vestidores, con la espalda pegada a la banca y respirando con dificultad, su misma naturaleza le hizo doblegarse por completo y correr hacia el alfa, sentándose a su lado para tomarlo por ambas mejillas y hacer que lo viera.

— Brian. Brian, hey, escúchame. Perdón, perdóname. De verdad, no quería hablarte así, estaba enojado y yo… — La voz de Armando se cortó en el momento en que el alfa gruñó de forma gutural, rompiendo el contacto de sus manos solo para ver al omega con las pupilas completamente dilatadas. Ya no había rastro de aquel azul con verde en sus ojos, solo el colapso de meses y meses de contenerse, de reprimir su propio instinto de acercarse más. En el momento en que Armando se dio cuenta del estado del alfa, su propio lobo le arañó el pecho con una insistencia tan grande que no pudo contenerse más. De un tirón, el omega se retiró el parche inhibidor que llevaba bajo su camisa, liberando el aroma dulce pero completamente penetrante que siempre cargaba. Su cuerpo comenzó a reaccionar inmediatamente, liberando descargas de feromonas como si estuviera produciendo cantidades inmensas solo para calmar al alfa que estaba al lado suyo. En un intento desesperado de que Brian se calmara, el omega terminó sobre su regazo, dejando que escondiera su nariz sobre el cuello del más bajito, dejándole acceso libre a la glándula que ya palpitaba con insistencia. Aún si Brian sabía que era muy pronto para siquiera marcarlo, no pudo evitar el recorrido que hizo su lengua sobre la piel de Armado, probando y dejando una pequeña marca sobre la misma.
Armando dejó salir un gemido involuntario, cerrando los ojos por el placer que le recorrió el cuerpo. Se dejó hacer completamente por Brian, dejándolo que marcara su piel si quería, que lo marcara con su olor de forma insistente y lo tomara por las caderas solo para tenerlo cerca.

— Armando… yo, por favor, no, no me dejes marcarte. No, no quiero lastimarte — Brian habló por fin, con un tono más calmado, pero aún cargado de todo el deseo y el lazo que los unía desde nacimiento. La delicada forma en que el alfa le habló, aún estando en el comienzo de su celo, lo terminó por romper completamente.

— Alfa… solo dime qué hacer. Necesito que estés bien — El omega habló con una voz tan melosa que los ojos de Brian regresaron a su estado habitual en segundos, calmando, al menos por ahora, el celo y la temperatura que amenazaban con acabarlo.

El alfa se quedó callado por un momento, respirando solo el aroma del omega en su regazo, disfrutando de tenerlo así después de meses de negarse la cercanía. — Solo… quédate aquí, no te vayas, no me… rechaces más —. Brian estaba casi suplicándole por que lo aceptara, por que no hiciera a su lobo a un lado como lo había hecho momentos atrás.

Y casi como si sus pensamientos y la inquietud de su lobo fueran escuchadas por el omega, Armando hizo algo que dejó a Brian sin pensamientos por un largo momento. Sin titubear, tomó el rostro del alfa con delicadeza, haciendo que sus ojos se encontraran. Un café casi mieloso contrastaba con un verde azulado que se volvió su perdición, y sin hacerlo esperar más, unió sus labios en un beso que se sintió como el paraíso mismo. Brian no reaccionó por un momento, solo se quedó rígido, casi como estatua, y antes de que Armando se pudiera separar, lo jaló por la parte trasera de la nuca solo para corresponderle el beso y hacerlo aún más profundo. Sus labios chocaban con insistencia, pero también con una ternura tan profunda que el resultado fue la mezcla de sus aromas en una nueva esencia, un aroma tan embriagador que dejó a ambos completamente aturdidos.

Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos habló. El único sonido que llenaba el vestidor eran sus respiraciones todavía irregulares. Brian seguía sosteniéndolo por la cintura, como si todavía no terminara de creer que Armando seguía ahí, que no había desaparecido apenas abrió los ojos. Armando soltó una risa bajita.

— Creo que llevamos meses complicándonos la vida por absolutamente nada —. Dijo el omega con una voz completamente suave, moviendo la punta de su nariz de forma suave contra la del alfa. — Y también perdón por lo de hace rato. Estaba… enojado —. La voz del omega cambió con un poco de vergüenza.

Brian se volvió a acercar solo para callarlo con un beso corto mientras sonreía sobre sus labios. — Sí me di cuenta… pero está bien, solo… no me vuelvas a rechazar así. Me rompió por completo pensar que mi destinado me estaba rechazando para siempre. — El alfa solo una risa nasal, muy bajita, justo antes de volver a besar al omega, a su omega.

Armando se comenzó a reír cuando sintió al alfa besar su cara con besitos pequeños pero juguetones, dejando uno en su frente, luego en ambas mejillas, uno sobre su nariz y al final uno justo sobre sus labios, suave y absolutamente tierno. — Entonces… ¿supongo que ahora te puedo invitar a salir? —. Replicó Brian con una carcajada, alzando sus cejas solo un poco de forma divertida.

— ¿Me vas a pedir que deje de escribir de Milito? —. La voz de Armando sonaba un poco quebrada, tratando de contener la risa de lo que había pasado. Hace tan solo unos minutos le estaba gritando a Brian y ahora estaba a punto de comenzar a cortejarlo. El alfa se rió un poco antes de negar y besarlo de nuevo.

— No, jamás. La verdad es que te tengo que confesar que leía tus columnas mucho antes de verte ese día. Quería ver por qué causabas tanto alboroto —. El omega comenzó a trazar pequeñas caricias sobre el pelo de Brian, delineando los rizos quebradizos que se le formaban justo por las puntas más largas.

— ¿Y que tal? ¿Valió la pena? — Preguntó el omega, sonriendo cuando noto como el alfa se relajaba bajo su toque.

— No sabes cuanto —. Armando no necesito contestar nada más, sabía lo mucho que ambos llevaban sin dejarse sentir lo que los unía. En su lugar, volvió a sellar sus labios con los de Brian, fundiéndose en otro beso que los dejo queriendo más.

Y justo ahí, entre el aroma tibio de la vainilla mezclándose con el romero y el olor a cuero del alfa, el silencio por fin dejó de sentirse incómodo. Armando comprendió algo en ese momento, algo que ningún reconocimiento dentro del periodismo le había enseñado. Había pasado años creyendo que la mayor prueba de fortaleza era no necesitar a nadie, que su casta y su resilencia a ser dominante era su verdadero carácter, y Brian acababa de demostrarle lo contrario. El alfa jamás intentó cambiarlo. Nunca quiso suavizar sus críticas ni le pidió ser amable, aun sabiendo que cada semana arrastraba analíticamente a media liga. Brian supo acercarse justo como Armando alguna vez pudo haberse permitido imaginar si es que algún día encontraba alguien, y por primera vez en mucho tiempo, Armando dejó de sentir la necesidad de ganar la última discusión o tener siempre la razón en cada palabra.

Notes:

gracias por leer, y gracias a mi mas íntima otoke, you know who you are, por apoyarme en este delirio del yaoi futbolístico<33