Chapter Text
WHATSAPP: EL GRUPO DE LA PENSIÓN NO APAGUEN EL LILIANA O RECURSO ❄️🔥 (Paredes paga la luz laputadequetepario)
03:48 AM
Dibu: Che, no es joda, me estoy muriendo en serio. Me acabo de acordar que hace un año fui llorando a la guardia del Durand retorciéndome de dolor pensando que era una apendicitis fulminante y la médica, después de hacerme tocar el piso y tirarme una eco, me miró fijo y me dijo ''Negrito, ¿hace cuánto no cagas VOS?''
Dibu: Siento los mismos síntomas. Se me trabó un sorrentino de verdura a mitad de camino y no baja ni con un cacho de soda. Fue el tuco vencido que dejó el pelado de Paredes en la heladera. Si amanezco frío sepan que los quise a casi todos (menos al pelado)
Nahuel: Dibu, estás somatizando el pánico a la entrega de Semiología. Tenés el chakra raíz rebloqueado. Ya te dejé un platito con palo santo humeando abajo de tu puerta para limpiar la vibración del colon. No lo pises cuando salgas
Ota: Nahuel, la concha de tu hermana, apagá esa porquería que va a saltar la alarma de humo. Y Dibu, pedazo de trolo, estoy arriba de la Partner en la Panamericana volviendo de tirar cumbia en San Martín y me haces vibrar el celular pensando que se prendía fuego Yerbal. Rescatate un poco, te la comés doblada por un pedo cruzado
07:15 AM
Enzo: JFDAJGHDSDG noooo amigo me re meo
Enzo: me despierto re fisura, leo "negrito hace cuanto no cagas vos" y no doy mas chau me re fui
Enzo: le muestro a Juli y me dice que sos un cara de verga jajjajaja te querian hacer la VTV del orto en la guardia publica amigo recatate
Paredes: JAJAJAJAJAJA SOS UN DESCANSO DIBU. ¿Fuiste a la guardia a que te metan el ecógrafo en el ombligo porque no podías hacer la caca? Sos un enfermo
Licha: Tenés veinticuatro años, Martínez. Estudiás Comunicación Social y no te comes una fruta ni aun que te apunten con un fierro
Licha: Y vos, Leandro, apagá el caloventor del pasillo que llegó la boleta de Edesur y vino NOVENTA LUCAS. Pará un poco, hermano, te instalaste hace seis meses de okupa, no figuras en el contrato y comés de arriba
Paredes: ¡¡¡ME CAGO DE FRÍO, LISANDRO!!! No me linchen, guacho. Les juro por mi mamá que apenas me acreditan lo del Progresar garpo mi parte de la luz, pongo para la mercadería, arreglo la canilla que pierde y compro dos paquetes de Playadito
Licha: Nah, bueno. Con todo lo que prometes que vas a hacer cuando cobres el Progresar ya parecés político en reelección prometiendo para que lo voten. Sos un chamuyero, Paredes
Cuti: Un chino dijo: Lin Chen Lo
Cuti: Dejen de llorar por la boleta, giladas, que me estoy preparando para ir a cursar al ISEF y el pasillo es una heladera. Me voy a tomar un mate con lavandina a ver si me despierto de una vez
Licha: Te vas a tomar un mate con aire, Cuti, porque el imbécil de Dibu nos uso HOY A LA MADRUGADA todo el bidón de cinco litros de lavandina concentrada que le compró a un trucho en el 132
Dibu:¡¡¡ME VINO UNA ARCADA DEL DOLOR Y VOMITÉ AL LADO DE LA BICI FIJA, LICHA!!! ¿¡Querías que la pensión oliera a bilis y a tuco podrido toda la mañana!? Tiré el bidón de una para tapar la baranda y desinfectar el ambiente. Quise colaborar con la higiene del hogar
Licha: ¡VOMITASTE DOS GOTAS Y TIRASTE CINCO LITROS DE CLORO PURO! Le desteñiste tres pares de medias a Otamendi que estaban colgadas en el manubrio de la bicicleta y dejaste el parquet del pasillo con una mancha blanca gigante que parece la provincia de La Pampa
Enzo: NOOOOOOO JAJAJAJAJAJAJAJA AMIGO VOMITÓ Y TIRÓ CINCO LITROS DE LAVANDINA? Enzo: sos un peligro publico dibu, te duele la panza y haces un atentado quimico en el pasillo jjsjdjsd
Enzo: ota te va a re matar por las medias jajjajaja
Ota: ¿¿¿¿¿¿CÓMO QUE ME DESTEÑISTE LAS MEDIAS Y DEJASTE UNA MANCHA EN EL PASILLO, DIBU??????
Ota: Eran las únicas medias negras limpias que tenía para ir a hacer los fletes hoy, pedazo de animal. Llego en diez minutos. Si llego a oler lavandina o vomito, te ato a la bicicleta fija y te tiro por el tragaluz
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El departamento de la calle Yerbal era un segundo piso por escalera, viejo, de techos altísimos y pisos de pinotea que crujían aunque pasara un gato. A las ocho de la mañana olía a yerba lavada, a pan lactal quemado en la tostadora de alambre y al espiral para los mosquitos que Paredes había dejado prendido arriba de una tapa de dulce de leche.
Sin embargo, el pasillo principal parecía un sauna de baja categoría. Allí estaba el caloventor Liliana, un plástico rojo oxidado que derretía la zapatilla eléctrica y tiraba un aire caliente con olor a cable quemado -que ya le estaba derritiendo suavemente la suela a unas zapatillas de Paredes apoyadas al lado- y una estela densa, dulce y casi asfixiante de palo santo. Gracias a esa chimenea ambulante, la pensión vivía en una esquizofrenia térmica, adentro caminaban todos en bolas o en calzoncillos, pero si abrías la puerta para ir al baño se te congelaban hasta los pensamientos.
Nahuel Molina caminaba en ojotas con medias de toalla, pasando un platito de postre rajado donde descansaba un carbón encendido. Soltaba nubes de humo blanco sobre los marcos de las puertas, haciendo sonar una campanita de bronce enana que había comprado en la feria de Parque Centenario.
—Nahuel, la reconcha de tu hermana, nos vas a dejar negros los pulmones —se quejó Licha desde la cocina, blandiendo una factura de papel con la mano llena de harina—. ¡Noventa lucas de luz, Nahuel! ¡Noventa lucas porque Paredes no puede ponerse un pantalón para repasar Administración!
Paredes asomó la cabeza desde la tercera pieza. Venía en calzoncillos grises y una camiseta de Boca que le quedaba cortísima, tiritando de frío mientras arrastraba los pies.
—¡Hace tres grados bajo cero, Lisandro! —protestó Paredes, pegándose al caloventor para recibir el calor directo en los muslos—. Cuando me acrediten lo del Progresar pongo mi parte, te lo juro por mi mamá.
—Cuando te acrediten el Progresar colaboramos todos para la boleta, pero vos te me buscás un alquiler, Leandro —retrucó Licha, volviendo a la mesada para picar un zapallo anco con una furia casi patriótica—. Te cambiamos la combinación de la puerta abajo y que te vaya a albergar la facultad.
En la mesa ratona del living, desparramado en el sillón de tres cuerpos con un repasador húmedo en la frente, el Dibu parecía un héroe caído en desgracia. Nahuel se le acercó por el costado, le pasó el platito a dos centímetros del ombligo y empezó a tararear un mantra en voz baja.
—Sintonicemos con el malestar, Dibu. Dejá que fluya la energía estancada en el colon...
—Nahuel, sacame esa madera prendida de la cara que me va a saltar una chispa y voy a terminar internado en el del Quemado —rezongó el Dibu sin abrir los ojos—. Si Julián sigue vivo adentro de esa pieza, decile que me consiga una manzana verde antes de que palme.
Al fondo del departamento, ajenos al griterío del pasillo y al humo místico, Enzo y Julián formaban una masa compacta bajo un acolchado pesado con estampado de tigre.
Enzo estaba completamente desparramado encima de Julián. Tenía la cabeza metida en el hueco entre el hombro y el cuello de su novio, con una mano metida por adentro de la remera de Julián para buscar el calor de la piel de la panza. Tenía los pelos despeinados y aplastados contra la almohada y los ojos pegados de sueño.
—Ju... —murmuró Enzo, raspándole la mandíbula con los labios en un beso perezoso—. Mirá lo que es el día afuera, pa... no te vayas todavía. Quedate acá a hacerme mimos un rato más.
Julián largó una carcajada suave que le retumbó en todo el tórax. Le pasó los dedos con paciencia infinita por la nuca, acariciándole el pelo mientras intentaba sostener con la otra mano la fotocopia de edafología.
—Enzo, soltame un poco que si no me tomo el 135 en la esquina de Acoyte no llego al práctico —le dijo Julián, agachando la cabeza para darle un beso dulce en la punta de la nariz, apretándole la cintura por encima del acolchado—. Aparte, tenés que repasar Comercialización. Si aprobás el parcial de la semana que viene es porque te pinté los resúmenes con tres colores distintos de resaltador, vago.
—Aprobé porque sos el mejor novio de la Capital Federal —se rio Enzo, dándole un lenguetazo rápido en el cuello antes de acomodarse más fuerte contra su pecho—. Dale, cinco minutos más y te prometo que te armo el bolso. Pero no te me hagas el duro, dejate querer un poco.
—Sos un vago de mierda, Fernández —sonrió Julián, rindiéndose. Dejó la hoja de los tipos de suelo sobre la mesa de luz y se giró para taparle bien la espalda a Enzo, llenándole la cara de besos cortos mientras Enzo soltaba un suspirito satisfecho.
En la cocina, el aceite chillaba en la olla gigante donde Licha estaba dorando cebolla y zapallo para dejar la sopa asentándose antes de irse a cursar. La puerta del baño se abrió con un chasquido y apareció el Cuti.
El cordobés venía abrigado hasta las orejas con un buzo canguro gris gigante que olía a suavizante, un pantalón de joggin ancho y una toalla apoyada en los hombros con el pelo mojado goteándole sobre la frente. Traía ese vapor calentito de la ducha recién tomada que chocaba lindo contra el frío de la cocina.
El Cuti caminó directo hacia la mesada. Se le ubicó a Licha por atrás, apoyando las manos a los costados de la tabla de picar, encerrándolo por completo sin tocarlo pero dejando sentir toda la temperatura que salía de su cuerpo.
—Buen día, Carnicero —le dijo el Cuti con la tonada cordobesa bien arrastrada, agachándose tanto que Licha sintió el aliento tibio al lado de la oreja—. ¿Qué pasa que estás cocinando con esa cara de perro malo tan temprano? ¿Te levantaste pensando en la justicia social o me estabas extrañando a mí?
Licha congeló el movimiento de la cuchilla sobre la tabla de picar. No se movió un milímetro, pero el calor que emanaba el pecho del cordobés pegado a su espalda le hizo reaccionar el cuerpo al instante: se le pusieron las puntas de las orejas rojas como la boleta de Edesur. Giró la cabeza muy despacio y le clavó los ojos negros.
—Romero, te doy tres segundos para correr tus cien kilos de masa muscular de mi cocina antes de que te atraviese el muslo con la cuchilla de picar carne —amenazó Licha con la voz lo más firme posible, aunque el corazón le retumbaba en la garganta.
El Cuti soltó una risita baja, gruesa, de esas tan sobradoras que a Licha le aflojaban las rodillas. Estiró el brazo por encima del hombro de Licha, manoteó un pedazo de zanahoria cruda de la tabla y se lo mandó a la boca con total soltura, masticando lento a dos centímetros de su oreja.
—Qué feo carácter tenés, Martínez... Te hacés el guapo bardeando libertarios en X, salís a meter pechera en las marchas de la UBA, pero se te pega un cordobés dos segundos en la mesada y se te salta la térmica. Estás más rojo que el caloventor de Paredes, culiao.
—Se me salta la térmica porque sos un insoportable y estás consumiendo todo el oxígeno del ambiente, pedazo de trolo —retrucó Licha, dándole un empujón seco con el codo en las costillas para abrirse espacio—. Andá a armar el bolso para el ISEF o andá a bardear a Paredes, dale. Tengo que terminar la sopa para los pibes.
—Ah, mirá cómo te pusiste de nervioso... —lo descansó el Cuti, guiñándole un ojo mientras le daba un golpecito suave con la cadera antes de correrse—. Te hace falta un poco de calor humano, entrerriano, estás muy tenso. Te agarré regalado.
Licha apretó el mango de la cuchilla, puteando para adentro en entrerriano puro, aunque la sonrisa boba se le escapó sola antes de volver a revolver el sofrito.
En la mesa del comedor, Lautaro estaba sentado con su saco de vestir colgado del respaldo de la silla. Traía una camisa impecable y cebaba un mate en su Lumilagro verde —el de la ampolla suelta que hacía un clac-clac rítmico cada vez que lo inclinaba—.
Su celular vibró sobre la mesa. Vio el nombre en la pantalla y, por un segundo, el pecho se le apretó con un nudo amargo. Era el Tucu.
Tucu: "Lauta, che, ¿andás con el auto cerca de Recoleta? Me quedé corto con la SUBE y no pasa el colectivo. Si andás al pedo tirame el centro y me llevás hasta Palermo, te debo una."
Lautaro se quedó mirando el mensaje unos segundos en silencio. Apretó la mandíbula. Le dolió, no iba a mentirse a sí mismo; en el fondo todavía le quedaba esa chispa tonta de esperanza cada vez que veía el nombre del tucumano en la pantalla, esperando un "¿cómo estás?" o un "¿nos vemos hoy?". Pero ver que solo se acordaba de él cuando necesitaba un remis gratis le tocaba el orgullo en lo más profundo.
Se tragó la amargura con un trago amargo de mate, masticó la bronca para mantener intacta la dignidad y deslizó el dedo por la pantalla.
—Miren lo que mandó este fantasma —dijo Lautaro con la voz extrañamente tranquila, mostrándole el celular a Paredes.
Paredes leyó el texto y largó una risita.
—¿El tucumano de nuevo? No aprende más.
—Se piensa que porque tengo un Golcito modelo 2008 le voy a hacer de remisero gratis —dijo Lautaro, forzando una sonrisa canchera para esconder la puntada en el pecho. Tocó el botón de bloquear sin dudarlo un segundo—. Listo. Se acabó. Que vuelva caminando.
—¡DIGNIDAD NACIONAL, CARAJO! —festejó el Dibu desde el sillón, mientras Nahuel le tiraba otra humareda de palo santo encima.
Casi al instante, el teléfono de Lautaro volvió a sonar. Una notificación nueva alumbró la pantalla.
Rodrigo De Paul:
Che, Toro, vi que el profe subió la guía de fallos nueva de Penal... ¿Te venís para mi depto a repasar? Tengo la estufa prendida, un fernet 70/30 y dos paquetes de Don Satur salados así no te fumás la materia solo 😉
Lautaro leyó el mensaje. La calidez de la invitación y la perspectiva de huir de ese sauna a gas con olor a lavandina y palo santo le acomodaron el aire en el pecho. Sonrió, esta vez de verdad, y tecleó rápido antes de agarrar el saco:
Lautaro: De una, guardame fernet que voy para allá. Si el fernet es trucho me vuelvo a la pensión.
—Me voy a lo de De Paul a repasar Penal —anunció Lautaro con aire de superación, acomodándose el cuello de la camisa frente al espejo rajado del recibidor.
Dibu levantó de golpe la cabeza del sillón, con el repasador haciéndole de vincha, y Paredes soltó un chiflido ruidoso desde la mesa.
—¡Mirá el jurista cómo se peina! —lo descansó Paredes, señalándolo con el mate—. ¿A repasar la guía de fallos vas, Lauta? ¡A vos te van a repasar, negro culo sucio! Te vas a hacer el estudioso y terminás a los besos en el sillón de De Paul.
—¡Olvidate! —sumó el Dibu tentado de la risa—. Decí la verdad, Toro, vas para que te atiendan. ¿Qué materia ni qué materia? ¡Te van a peinar para adentro con el fernet!
Lautaro se agarró los libros de la UBA, los metió bajo el brazo y metió una sonrisa sobradora, con la dignidad intacta.
—Cierren el orto, envidiosos —dijo encogiéndose de hombros con total soltura—. Me voy a un departamento con estufa de verdad, fernet Branca y silencio. Quédense acá respirando el cloro de Dibu y el palo santo de Nahuel. Nos vemos a la noche.
Desde el pasillo se escuchó el portazo de la entrada y unos pasos pesados. Entraba Otamendi quien se cruzo con Lautaro cuando se iba.
—¡Bajen las armas, giles, que traje desayuno! —anunció Ota, tirando las llaves sobre la mesa y soltando la bolsa de papel del Coto que emanaba un olor glorioso a criollitos calientes—. Vengo de hacer un flete temprano y le arreglé el enchufe del aire a un viejo que me pagó con esto.
Venía masticando bronca directo desde la Panamericana porque ya había leído todo el quilombo en el grupo de WhatsApp. Caminó directo al living, pero se frenó en seco justo al lado del futón desvencijado que estaba tirado en una esquina —ese armatoste viejo con un resorte oxidado que se le clavaba en las costillas cada vez que se quedaba a dormir y del que se jactaba siempre diciendo que ''esa porquería de colchón me curtió la columna para ser el tipo duro que soy hoy''.
Miró el piso. La mancha blanca gigantesca con la forma de la provincia de La Pampa brillaba sobre la madera oscura del parquet. Y justo al lado, colgadas del manubrio de la bici fija que usaban de perchero, sus tres pares de medias que solían ser negras y ahora parecían desteñidas por un experimento químico.
—¿Dónde está el terrorista sanitario? —retumbó la voz de Ota, clavándole la mirada al Dibu, que seguía desparramado cuan largo era en el sillón de tres cuerpos con el repasador húmedo pegado a la frente—. Martínez... Te leí en el grupo y pensé que estabas exagerando, pero entro y me encuentro con que convertiste el pasillo en Chernóbil. ¡Eran las únicas tres medias sin agujeros que me quedaban para ir a trabajar, pedazo de trolo!
El Dibu, tirado de espaldas y agarrándose la panza con ambas manos como si estuviera en terapia intensiva, levantó los brazos apenas unos centímetros en señal de paz.
—¡Te juro por mi vida que me vino una arcada y vomité al lado del futón, Ota! —se justificó el Dibu con voz agonizante desde el sillón—. ¿Querías volver de trabajar y pisar un charco de tuco podrido de Paredes? ¡Tiré la lavandina para salvarte la dignidad!
—¡Le tiró cinco litros puros, Ota! —metió cizaña Licha desde la cocina, asomando la cabeza con una cuchara de madera en la mano—. ¡Si tiraba un fósforo explotaba el departamento!
—El color blanco limpia la densidad kármica del piso, Ota, no te enojes con el universo... —intervino Nahuel, acercándole el platito echando humo.
—Nahuel, como me acerques esa porquería de palo santo te voy a hacer tragar el carbón prendido —lo cortó Ota en seco, señalándolo con un criollito—. Y vos, Dibu, agradecé que estás medio muerto en ese sillón porque si no te ato a la Partner y te paseo por la General Paz.
Ota le pegó un mordisco enorme al criollito, agarró la pava, la llenó en la pileta y miró hacia el pasillo del fondo.
—Esta pensión es un manicomio de caídos del catre —murmuró con la boca llena—. Preparen el mate. Y decile al vago de Enzo que se rescate. Julián ya se fue a cursar a Agronomía hace media hora y Cuti también ya arrancó para el ISEF. El único que sigue tirado haciéndose el boludo es Fernández. Si no piensa ir a la facultad, que se ponga una campera y salga a tirar currículums por Acoyte y Rivadavia. Acá en esta casa el que no estudia, labura.
—¡Eso, carajo! —saltó Paredes con una solemnidad trucha desde el suelo, levantando el mate—. ¡Así se saca el país adelante! Laburando, no rascándose los huevos.
—¡Pará un poco, Paredes, no seas tan caradura! —le saltó Licha desde la cocina, tentado de la risa y apuntándolo con la cuchara de madera—. Hablás de sacar el país adelante y todavía le debés tres saquitos de té a Nahuel y vivís manguereando fideos. ¿Qué te hacés el ilustre de La Matanza, Leandro? Prometés la revolución productiva pero no pusiste un peso para la boleta.
—¡Totalmente! —se sumó el Dibu desde el sillón, soltando una carcajada—. Sos un caradura hermoso, Paredes. Te comés el tuco ajeno y nos venís a bajar línea con la cultura del trabajo.
—¡Y escuchalo al patriarca de Tigre también! —continuó Licha entre risas, señalando ahora a Ota con la cuchara—. Otamendi no figura en el contrato de alquiler, duerme en un futón roñoso que le clava un resorte en el riñón y nos viene a marcar la cancha como si fuera el dueño del edificio.
—¡Es el padre de todos, boludo! —se rio el Dibu, arrancándose por fin el repasador húmedo de la cara entre risas—. ¡Postulate para intendente del Delta, Ota!
