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Ese jodido vecino.
El puto vecino tenía hasta la polla a Mikel. A las ocho de la mañana se levantaba y empezaba a tocar la batería, la puta batería. Por la mañana, por la tarde, y por la noche. Si el Guipúzcuano llega a saber que independizarse le llevaría a estar meses buscando piso para luego encontrarlo (carísimo, por cierto) y aguantar a un vecino tocapelotas se hubiera quedado en su casa tan tranquilo. Pero ahora no había solución.
Solo llevaba un par de semanas en este piso y llegó a pensar que era puntual, o eso quería creer, porque si no sería capaz de arrancarse sus propios oídos o mejor aún, meterle las putas baquetas a ese tío por el culo.
Mikel la primera semana se presentó a los pocos vecinos que tenía, parecían agradables y tranquilos. Los de abajo eran una pareja de jubilados muy adorables quienes le regalaron un par de sandías de la huerta de alguno de sus hijos, o algo así le dijeron. La de arriba, que era una chica de no más de treinta y cinco años que le avisó amablemente de que si tenía algún problema podía contar con ella. Faltaba el de al lado, el percusionista, pero podía asegurar que no se presentaría por lo menos por ahora. Sería verle la cara y pegarle un puñetazo.
«Pum, tshhh, BOOM»
Despertó exaltado, con la mano en su corazón y quitándose las sábanas de una vez por el susto. Se había echado una siesta para irse a trabajar esa tarde bien despejado, pero el puto gilipollas del vecino como siempre, con esa puta batería. "Me cago en mis muertos... Estoy apunto del homicidio, como yo entre a esa puta casa." Murmuró mientras su gato dio unos pasos hasta él para subirse encima de su regazo, ronroneandole. Se le dibujó una pequeña sonrisa, lo agradeció para calmar su corazón que ahora mismo sufría de un susto recién despierto, además eso era una onda muy negativa para ir al trabajo.
Mikel tenía un trabajo que compaginaba con sus estudios. Un rato por la tarde en una cafetería para ganarse algo de pasta y poder vivir independientemente. Después del infarto, no tardó en marchar hasta la cafetería. Allí dentro no podía pensar en mucho, era una céntrica así que siempre tenía bastante trabajo cuando empezaba su turno, pero pasaban las horas y eso se iba vaciando y se convertía en algo más tranquilo. Estaba limpiando los vasos, con el local algo vacío y todo atendido hasta que entró un cliente nuevo, rápidamente dejó lo limpio que tenía entre sus manos y se acercó a la mesa donde se había sentado.
"Buenas tardes, ¿que te sirvo?" Preguntó alzando por primera vez la mirada al cliente, fijándose en él. Era un hombre con barba, parecía alto y grande, también tenía una bonita sonrisa cuando se la regaló a Mikel. Iba con un atuendo algo rockero por así decirlo. Camiseta de algún grupo que no conocía, una chaqueta de cuero abierta y muchas chapas enganchadas a ésta.
"¿A ti qué te gusta?" Pregunto rápido y directo, confundiendo muchísimo a Mikel.
"Eh... ¿de lo que hacemos aquí?" Se arrepintió al momento de preguntar eso. 'Que pregunta más estúpida Mikel, qué va a ser si no', pensó.
Aquel hombre soltó una carcajada, avergonzando por completo al Guipúzcuano. Se notaba rojo de cojones. Se sentía gilipollas. "Sí, pero bueno, que si quieres decirme también lo que te gusta en una persona me viene bien, así me lo apunto..." Contestó tranquilo, guiñándole el ojo.
Abrió mucho los ojos, los que rápidamente apartó de aquel hombre. ¿Estaba ligando con él? Bueno, coño, claramente estaba ligando con él. No sabía muy bien qué responder, y no porque no le pareciese atractivo si no porque no quería parecer torpe. "Los latte machiatto de vainilla están buenos, y los altos también." Intentó parecer lo más tranquilo posible, aunque por dentro sentía que le estaba bailando una jota el corazón.
El de barba se relamió rápidamente el labio superior con una sonrisa triunfante, asintiendo varias veces. "Suerte la mía entonces, y ponme el machiatto."
Mikel ya no sabía dónde cojones meterse, fue acabar ese hombre la frase y salir pitando a hacer ese café. ¿Qué debía de hacer? ¿Darle el número? ¿Ignorar al rockerillo de ahí, ponerle el café y fingir demencia? No, esa no era buena opción. No por nada, si no porque le había atraído bastante. Lo poco que se podía resistir a un chulito. Suspiró. En cuanto acabó de hacer el café cogió una servilleta y escribió su número de teléfono dejando ésta debajo del vaso pero visible. Fue a llevarlo y lo dejó sobre la mesa, mirándole de reojo. "Que aproveche." Y rápidamente se fue de ahí, no por gusto (aunque también, porque le estaba poniendo muy nervioso), si no porque había entrado una pareja a la cafetería y debía de atenderlos. Aunque eso no evitó escuchar al hombre decir "Ojalá" mientras le miraba de reojo. Ese macarra...
Seguramente no se hubiera ido aquel hombre si hubiese visto que Mikel tenía algo de tiempo, pero de un momento a otro empezaron a llegar muchos clientes que tenía que atender así que estuvo ocupado hasta el cierre. Simplemente tendría que esperar a que le mandase un mensaje a partir de ahora. Confiaba en ello. Limpió el local, se quitó la ropa de trabajo y marchó a su casa. No paraba de pensar en aquel hombre... su mente estaba totalmente ida, sus pensamientos eran incoherentes y se sentía torpe. Tanto que fue abrir la puerta de su casa y de quedarse tanto tiempo abierta con él empanado que su gato se escapó. Ahí le volvieron todas las neuronas.
"¡Eh! ¡Cucu!" El gato no fue a las escaleras del piso para escaparse ni nada por el estilo, si no que se acercó a la puerta del vecino de al lado para rascar la puerta como un absoluto loco. Mikel sintió que se ponía pálido. "¡Con el percusionista no!" Y cuando quiso dar pasos rápidos para cogerlo, la puerta se había abierto y el gato había sido agarrado rápidamente por unas grandes manos. Mikel alzó la mirada, encontrándose con lo último que pensaba que se encontraría. El de la cafetería. Ahora sí que estaba pálido de cojones.
"¡Eres tu el loco de la puta batería!" Alzó la voz, mirándole estupefacto por la coincidencia con su gato en las manos.
"Tengo nombre, y me llamo Unai, por cierto" Habló impasible, como si nada de esto le sorprendiera ni un mínimo. "Y tu eres el que ronca como un cerdo." Ahora sonaba más divertido, y se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
"No me toques los cojones, eso no es verdad." El rostro del más bajo se puso rojo como un tomate, pensando en la posibilidad de que a él se le podía escuchar roncar desde la otra casa. Miró a su gato, pensando en que no se movía ni un pelo. "Mira, tu te compras una puta batería eléctrica y yo unas pinzas de la nariz."
Le dio a su gato colocándoselo entre los brazos y se colocó automáticamente sobre el cerco de la puerta, cruzándose de brazos. "Olvídate de las pinzas, yo quiero una cita a cambio." Usó un tono de voz algo más profundo y coqueto, sonriendo.
Mikel aparte de avergonzarse, sonrió también haciendo que su cuerpo dejase de estar tenso de un momento a otro. "Trato hecho."
