Chapter Text
El tic-tac del reloj era, con diferencia, lo más emocionante que estaba ocurriendo en el salón.
—...y fue gracias a la Restauración Hishi que este país inició un proceso de modernización sin precedentes...
La voz del profesor avanzaba con la misma energía que un caracol cuesta arriba. Sus palabras se estrellaban contra un muro de bostezos, miradas perdidas y alumnos que ya habían renunciado a fingir interés. En un rincón, un grupo intercambiaba susurros sobre un chisme que parecía mucho más trascendental que cualquier acontecimiento histórico. Más de uno maldecía en silencio el eterno castigo que significaba la última hora de clases.
Y luego estaba el recién transferido chico problemático: Roronoa Zoro.
En la última fila, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, llevaba casi media hora dormida. Respiraba con una tranquilidad envidiable, completamente ajeno al mundo. Ni el chirrido de la tiza recorriendo el tablero, ni las explicaciones del profesor, ni el murmullo incesante del salón, ni el calor sofocante de la tarde lograban perturbar su descanso. Parecía que, si el edificio se derrumbaba, el tipo seguiría durmiendo unos cinco minutos más.
El dulce y glorioso sonido de las esperadas campanas anunció el final de la jornada. Las conversaciones llenaron el salón casi al instante. Sillas arrastrándose, mochilas cerrándose de golpe y el profesor grabando una tarea que nadie iba a hacer durante el fin de semana.
—¿Lo despertamos? —preguntó un chico flacucho de gafas enormes, señalando la última fila.
Su amigo apenas echó un vistazo y negó con la cabeza, con una expresión de absoluto terror.
—Uff... ni loco, amigo.
—¿Eh?
—La semana pasada uno intentó despertarlo... y casi termina atravesando la ventana.
—¿¡Qué!?
Zoro soltó un leve gruñido entre sueños, y ambos dieron un paso atrás al mismo tiempo.
—... ¿Ves? Te dije que daba miedo.
Sin volver a discutirlo, reconocieron sus cosas desbandándose y salieron del salón antes de que la gran bestia de pelo verde desquitara su furia.
°*• ❀ •*°
El olor a sangre impregnaba el aire.
—¡Levántate!
Un grito ensordecedor, y luego otro, tan cerca, tan fuerte que le estaba taladrando la cabeza.
—Debes ser fuerte, chico...
Zoro quiso responder, pero no pudo; De pronto, el suelo desapareció bajo sus pies.
—Todavía... —la voz empezó a desvanecerse— ...todavía te queda un sueño por cumplir.
Roronoa Zoro abrió un ojo... luego el otro. El techo del salón se incorporó lentamente a su campo de visión. Permaneció inmóvil durante varios segundos, respirando a un ritmo cansino mientras el eco de aquel recuerdo terminaba de disiparse.
—Tch... Otra vez.
Soltó un largo suspiro y se incorporó despacio, frotándose el rostro con la palma de la mano. El cuello protestaba con un dolor sordo; la espalda, también.
—Mierda.
Barrio el lugar con la mirada. El aula estaba completamente vacía. La luz anaranjada del atardecer se filtraba por las ventanas abiertas, estirando las sombras de los pupitres sobre el suelo de madera. Afuera, las aspas de los molinos giraban perezosas bajo la brisa, envueltas en el canto incesante y monocorde de las cigarras. El día agonizaba.
Se había quedado dormido durante la última parte de las clases. Con un bostezo profundo, se puso de pie y estiró la espalda hasta arrancarle un crujido satisfactorio.
—Mucho mejor.
La mochila continuaba allí, a la sombra del pupitre, salvada del ajeno desinterés. Se la cargó al hombro y dejó atrás el aula.
El edificio respiraba una desolación absoluta. Habían desaparecido las pisadas ruidosas, los reclamos a grito abierto al final de la jornada y el bullicio incansable de los entrenamientos al caer la tarde. Solo quedaba el viento, adueñándose despacio del espacio. Zoro recorrió la penumbra del corredor y soltó un suspiro áspero. La calma seguía pareciéndole una lengua extranjera. Todo era demasiado manso, demasiado quieto, demasiado... común.
—Qué pueblo más raro.
°*• ❀ •*°
El camino hasta la casa de su tía abuela atravesaba prácticamente todo el valle. Era un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera gastada, campos infinitos de un verde deslumbrante y casas dispersas donde los vecinos aún se sentaban en los porches a dejar pasar la tarde. Un pescador remendaba tranquilamente una roja; dos niños perseguían a una gallina que, claramente, demostraba ser más astuta que ambos.
Nadie parecía tener prisa, y Zoro empezaba a odiar precisamente eso. No comprendía cómo podía vivir así, sumidos en un silencio tan espeso, como si para ellos el mundo jamás hubiera sido una mierda.
Baja la mirada. La puntera de su zapatilla tropezó con una piedra y la pateó con más rabia de la necesaria. Su padre había creído que mandarlo allí arreglaría las cosas.
—Idiota —masculló—. Como si un cambio de mapa pudiera borrar los recuerdos.
Aprete la mandibula. No, hoy tampoco iba a cien en eso.
El estómago le rugió con un gruñido profundo y violento. Hacía horas que no se llevaba nada a la boca; o tal vez no lo hacía desde la noche anterior, ya ni se molestaba en llevar la cuenta.
Fue entonces cuando la voz irrumpió en su cabeza, clara y mordaz:
—Cabeza de musgo... Si vas a seguir buscando pelea, al menos come algo antes de desmayarte.
—Tsk.
El idiota del cejudo siempre encontró la manera de colarse en su mente justo cuando menos ganas tenía de aguantarlo. Aquel cocinero de la tiendita 7-Eleven también huía de una familia controladora; dos bastardos marcados por padres deplorables.
Entoces, el viento, ese viejo caprichoso, decidió cambiar su rumbo. Ahora soplaba con una melodía embriagadora: traía consigo el aroma dorado del pan recién horneado, la caricia tibia de la sopa y el perfume salvaje de la carne asándose.
Su estómago no tardó en responder. Lanzó un rugido que parecía el verdadero de un monstruo marino emergiendo de las profundidades.
—Genial... —gruñó Zoro, presionando su abdomen con una mano como si así pudiera llamar a la bestia.
Y en ese preciso instante... el universo parecía contener la respiración. Todos los perros del camino enderezaron las orejas al unísono. Uno comenzó a ladrar frenéticamente; Otro salió disparado como alma que lleva el Diablo. Los niños que perseguían a la gallina, rompieron el silencio con gritos de guerra:
—¡Oh, ahí viene!
—¡Jujuju, otra vez, otra vez!
Una mujer recolectaba la ropa del tendedero con una parsimonia que bordeaba lo misterioso, y un anciano ni siquiera se dignó a bajar el periódico para ver qué pasaba. Era como si aquello fuera un fenómeno natural, inevitable, una marea que subía todos los días.
Zoro frunció el ceño, una sombra cubriendo sus ojos.
—¿Qué demonios...?
Fue entonces cuando el grito desgarró el aire.
—¡¡¡APÁRTENSE DEL CAMINOOOOO!!!
Apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Solo alcanzó a vislumbrar una bicicleta descendiendo la pendiente, ignorando las leyes de la física y tratando a la gravedad como si fuera un simple chiste.
El idiota que la pilotaba iba riéndose. ¿Riéndose?
—¡¿Acaso tienes DESEOS DE MORIR?!
Pero ya era tarde para preguntas. Impulsado por el puro instinto, Zoro se lanzó de lado como si esquivara un ataque a traición. La bicicleta pasó a milímetros de su camisa, dejándole un rastro de viento y caos a su paso.
Zoro aterrizó de lleno en un charco de barro.
¡CHLAAAP!
Un chapoteo sordo. Un silencio sepulcral, eterno. Y luego, una carcajada estridente y contagiosa que el viento arrastró con alegría cuesta abajo.
—¡¡PERDÓÓÓN!! —se perdió el grito a lo lejos.
Pero al cruzar a su lado, la ráfaga de viento no fue aire: fue una embestida.
Le atravesó los sentidos un aroma dulce, cálido y salvaje: a tierra viva bajo un sol abrasador, y hierba fresca. Fue un zarpazo primario... Un tirón atroz y visceral le atenazó las entrañas, disparándole un chispazo eléctrico por la espina dorsal que le heló la sangre. Algo salvaje y hambriento despertó en su interior, arañándole el pecho para salir.
El corazón le dio un martillazo rabioso y la piel se le erizó en una quemadura sorda, invisible pero... sofocante. No era hambre de comida; Era una voracidad oscura, una pulsión territorial que le exigía perseguir y atrapar al dueño de ese rastro.
Apretó los puños hundiendo las uñas en el fango, respirando hondo, pesadamente, sintiendo cómo ese olor se le clavaba en la garganta como un veneno caliente.
¿Qué carajos le estaba pasando?
Zoro alzó la cabeza despacio, saliendo del fango como un depredador desorientado. Chorreando lodo, con una rama enredada en el pelo y la mirada inyectada en furia, intentó sofocar el temblor de su propio cuerpo.
—...Lo voy a matar —masculló con la voz rasposa, la piel todavía ardiendo por el impacto— Lo juro... A ese imbécil lo voy a rebanar.
