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Ya estaban un poco agotados de los viajes, pero dentro suyo tenían la felicidad que, pasito a pasito, estaban avanzando. Además, se hacía todo más llevadero porque lo que no faltaba en aquel grupo eran chistes y risas.
Lionel recostado en el sillón del micro veía a los chicos escuchar música, hablar, los escuchaba cargarse y no pudo evitar dibujar una expresión de satisfacción en su rostro, sus chicos, sus dirigidos eran su orgullo. Pablo lo codeó:
- Che, ¿estás viendo lo mismo que yo? - Lionel levantó las cejas para luego girar la cabeza y mirarlo:
- ¿Qué estás viendo vos? - Pablo se acomodó en su asiento:
- Que pase lo que pase, estos chicos me hacen muy feliz- Lionel largó una carcajada chiquita, sólo para que lo escuche el de rulos sentado a su lado junto a la ventanilla:
- Parecemos dos padres que ven como sus hijos se egresan- Pablo al oírlo esbozó un tierno gesto achinando los ojos, con el rostro iluminado. Algo que Lionel no había notado antes, o si, pero esta vez lo habían dejado pasmado, la manera en que su amigo parecía una chispita de luz. Sacudió la cabeza y volvió a mirar al frente, acomodándose o tratando de sacarse esa sensación que le había dado lo que acababa de notar.
En el medio de ese mareo de confusión, el colectivo frenó, habían llegado a destino. El de rulos lo miró confundido porque ni siquiera atinó a levantarse:
- Che, Lio, llegamos. Vamos- Lionel sacudió la cabeza para ubicarse en tiempo y espacio. Recordó que siempre bajaban en el mismo orden y él era el primero en descender, cábalas eran cábalas.
- Perdón- dijo poniéndose de pie: - me tildé, debe ser el sueño- se excusó y comenzó a caminar hacia la salida del bus.
Comenzaron a descender, primero el cuerpo técnico y luego los jugadores. La puerta del portaequipaje se abrió y el copiloto del chofer comenzó a bajar los bolsos y las valijas, pero parecía no dar abasto y el calor de Miami al parecer le estaba jugando una mala pasada. Pablo que siempre estaba atento a esos detalles no dudó en ponerse a la par del hombre a bajar los bultos del colectivo.
- Vaya señor Aimar, debe estar cansado- le dijo el hombre en un español un poco chapurreado:
- No, no. Si yo puedo, no se preocupe- le contestó, si había algo en la esencia del cordobés era su simpleza y su ser campechano, algo que reconocía todo el mundo. El copiloto levantó los hombros asumiendo que sería imposible convencerlo de que se quedara tranquilo.
El de rulos estaba muy ensimismado y concentrado ayudando a sacar las valijas que estaban cada vez más lejos de su alcance en el porta equipaje del colectivo. La mochila enorme en su espalda le resultaba incómoda para moverse. Se la quitó y la dejó a un costado para meterse dentro del cubículo. Entraba cómodo y podía moverse a sus anchas. Estaba tan metido en su ayuda que no prestó atención a la cantidad de equipaje que quedaba.
Fuera Luis Martín tomó la mochila de Pablo que había quedado en el piso junto al colectivo y se la puso, pensando que había quedado allí tirada. Nadie había notado que el cordobés se había escabullido dentro de aquel escaparate.
"¿Están todos? " Escuchó a sus espaldas el de rulos. No alcanzó a escuchar la respuesta, pero si oyó como la puerta se cerraba tras de sí.
Se quedó inmóvil un momento, no quería ver que había sucedido. "Quizás sea una broma" Pensó "o escuché mal" Lentamente y con temor se movió para ver si efectivamente había quedado atrapado allí. Suspiró, el colectivo comenzó a andar y se asustó un poco, pero el recorrido fue poco, al parecer lo habían estacionado.
Se sentó apoyando la espalda contra la pared del cubículo frente a la puerta, mirándola fijamente esperando que se abriera o alguien hablara del otro lado llamándolo, pero no pasaba. Suspiró hondamente, arrolló las piernas hasta que las rodillas tocaron su pecho, cruzó los brazos delante y quedo mirando al frente como queriendo abrir la puerta con telequinesis. En el fondo luchaba por no desesperarse, era bastante bueno en mantener la templanza en momentos complicados, pero jamás había imaginado estar en esta situación.
Mientras fuera de allí cuando todo era barullo, registrándose en el hotel, nadie notaba la ausencia de Pablo. Lionel se puso a observar sobre el tumulto de jugadores y cuerpo técnico, el cordobés era uno de los más bajos, así que no sobresaldría en seguida. Pero había algo que a Scaloni no le cuadraba, una voz que no escuchaba.
Le vio la espalda a Luifa y reconoció la enorme mochila que siempre solía llevar Pablo a todas partes. ¿Por qué la tenía él? Frunció el ceño y le tocó el hombro al preparador físico:
- Che. Luifa, ¿Qué haces con la mochila de Pablo, te la dio él? – le preguntó, Luifa se tocó la mochila y puso una cara llena de confusión:
- No sabía que era de él, la vi tirada y la levante- dijo el preparador físico con su típica y relajada forma de ser. El pujatense empezó otra vez a mirar para todos lados y no encontró entre el tumulto de jugadores a Pablo. Pensó que quizás había ido al baño, pero… ¿Por qué dejaría la mochila tirada? Pablo no era así, era bastante ordenado y metódico.
- Qué raro – dijo pasándose la mano por la barbilla: - no lo veo entre la gente- le comentó a Luifa que estaba en la suya como maestro de jardín ordenando a sus alumnos. ¿Cómo nadie notaba que Pablo no estaba? Algo extraño se apoderó de él y sacudió a su amigo: - Luifa, Pablo no está- el otro lo miró confundido:
- Bueno Lionel, ya va a aparecer, acá tengo su mochila y su teléfono, es obvio que no se fue muy lejos- le restó importancia el otro, pero algo a Lionel lo estaba intranquilizando.
Caminó hasta encontrarse con Walter y Fabian, que estaban hablando con el rostro adusto y preocupado, pensó que ellos también habían notado la ausencia del cordobés, pero al escucharlos se dio cuenta que estaban hablando sobre el entrenamiento del día siguiente y que haría mucho calor, y que había que cambiar el horario.
El dt le tocó el hombro a Fabian quien se dio vuelta sin cambiar su expresión, pero al ver a su amigo con angustia en la mirada, se preocupó, era raro verlo así a Lionel.
. ¿Qué pasó? – le preguntó el Ratón esperando que el pujatense le dijera que alguno de los jugadores estaba enfermo, o descompuesto, o lesionado:
- ¿Lo viste a Pablo? – le preguntó Lionel, Fabian y Walter sonrieron:
- Pero si, Gringo, si bajó del colectivo atrás tuyo, ¿Por, que necesitas? – le dijo El Muro con aquel tono sencillo que lo caracterizaba:
- No lo encuentro. Pensé que estaba en el baño, pero Luifa anda con su mochila que dice que la vio tirada- los otros dos se miraron.
Fabian empezó a pedir a los jugadores y resto del staff que guardaran silencio, primero con tranquilidad, pero nadie parecía escucharlo, hasta que en un momento alzo la voz: “Silencio, escúchenme” cuando todos se dieron vuelta a mirarlo con los ojos enormes y sorprendidos, porque era raro que Ayala gritara. Ahora más tranquilo, carraspeó: “Dale Gringo habla” Lionel levantó las manos:
- Chicos, ¿alguien vio a Pablo? – todos se miraron: - encontramos su mochila, pero no a él- agregó, Luifa la levantó en el aire para que todos la vean:
Todos negaron y empezaron a hablar entre ellos. El cuerpo técnico decidió que era momento de organizar una búsqueda.
Mientras en el cubículo Pablo comenzaba a sentir el calor que se había acumulado durante el día en aquel lugar, comenzó a sudar tanto que tuvo que quitarse la remera. Miró el reloj, habían pasado solo veinte minutos desde que se había dado cuenta que lo encerraron, ya no parecía una broma. Definitivamente se habían olvidado de él.
El silencio del pequeño espacio hacía aún más lento y desesperante el paso del tiempo. Ya su calma se iba perdiendo, aunque trataba infructuosamente mantenerla. Empezó a apoderarse de él el miedo.
Volvió a mirar su reloj, pero esta vez, no para ver cuanto había pasado, si no para ver sus pulsaciones, todavía estaban normales. Aunque su mente comenzó a imaginar los peores escenarios. Sacudió la cabeza:
- Basta Pablo, ya te van a encontrar- se dijo a sí mismo como un reto. Cerró los ojos y trató de pensar en cosas que lo calmaran, en su Rio Cuarto, su familia, el futbol, y de repente se cruzó algo inesperado, Lionel con su típico puchero mirando un cuadernillo. Abrió los ojos enormes y volvió a sacudir la cabeza. ¿Lionel lo calmaba? La persona más ansiosa y nerviosa que había conocido ¿lo calmaba? ¿desde cuándo?
Intentó pensar en el partido que tendrían próximamente, mientras sentía como el sudor brotaba de su cuerpo, ya se había sacado la remera y sentía que los pies le quemaban, así que se quitó las zapatillas y las medias “Si no me encuentran rápido voy a terminar desnudo acá dentro” pensó.
“Bueno, me parece que tenemos que reforzar la delantera, yo pondría a Lautaro y Julián junto con Messi, para que lo liberen un poco” se hacía un dibujo mental de la cancha, las posiciones y las posibles jugadas que hubiera hecho el si fuera jugador. Suspiró y le atacó un poco la nostalgia, como extrañaba correr detrás de una pelota.
Trataba de resistir su tentación a mirar el reloj, sabía que si lo hacía perdería la calma que había logrado, pero no pudo, apenas habían pasado 5 minutos de la última vez que se había fijado. Era insoportable lo lento que pasaba el tiempo en ese silencio y estando encerrado ahí dentro. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared de metal detrás de él “Por favor dios, ojalá Lionel me encuentre rápido” volvió a abrir los ojos enormes.
¿Por qué Lionel? Podría ser cualquiera, ¿Por qué tenía tanta seguridad no solo de que Lionel sería el único que notaria su ausencia si no también que sería el único capaz de encontrarlo? Quizás por los años de amistad. “sí, es por eso, porque me conoce muy bien, es mi mejor amigo, es por eso” se autoconvenció y volvió a dibujar en su mente la imagen de la cancha para distraerse: para dejar de pensar que estaba encerrado, y en Lionel.
Dentro del hotel, desde los jugadores, hasta los encargados revisaban cada rincón, el "Pablo " Sonaba en los pasillos.
- Dale payasito, aparece- dijo Cuti en un cordobés cantado, Lisandro que iba con él meneo la cabeza entre divertido y resignado:
- ¿Cuántas veces dijo el profe que no le digan así, boludo? - Cuti se río divertido, claramente había sido una broma.
Más allá de los chistes, no podían negar que era realmente extraño que el de rulos no apareciera. Aunque a ninguno de ellos los estaba apoderando tanto la desesperación como lo estaba atacando a Lionel que caminaba y revisaba y volvía a repasarlos por las dudas
Ya no sabían cuántas veces habían recorrido el hotel desde el lobby hasta el techo. Los, chistes, las caras y los ánimos habían cambiado. Habían pasado 45 minutos y no había señales de Pablo. Incluso en la búsqueda habían colaborado otros huéspedes del hotel.
Ya la policía que custodiaba al hotel había enviado una alerta y los patrulleros estaban por movilizarse para buscarlo por las calles de Miami.
Lionel estaba parado junto a la puerta trasera que daba al estacionamiento, viendo de lejos la, situación, se había apartado porque no quería hablar con nadie, sabía que la voz no le saldría y rompería en llanto. No quería que lo vieran así, primero para no preocuparlos más y segundo, porque le daba vergüenza que lo afectará tanto el no encontrar a su amigo
Cuando salió al estacionamiento dio una gran bocanada de aire, aun sentía una angustia que le apretaba el pecho. Se colocó las manos en los bolsillos y comenzó a caminar, mientras buscaba quizás una pista de que Pablo pudiera estar allí.
La luz de los tubos fluorescentes del techo era demasiado brillante, le hacían doler la cabeza, ¿era la luz o el estrés que estaba atravesando? En su mente solo se repetía una frase “aparece Pablo por favor”
Había recorrido todo el estacionamiento y no había ni señales del cordobés. Caminó hacia el colectivo de la selección. Lleno de enojo, frustración e impotencia. Ya no le importaba ni el Mundial, ni el partido, estaba desesperado por volver a ver la sonrisa de su amigo. Cuando se le apareció en la mente las ganas de llorar lo desbordaron, se apoyó en el ómnibus con su espalda y de la bronca contenida, golpeó la puerta del portaequipaje.
Dentro Pablo adormilado se incorporó, el sonido se sintió como si estuviera dentro de una campana, quedó mirando al frente tratando de ubicarse y de entender si lo que había escuchado era real o no. Gateó hacia la puerta frente a él, la única forma de comprobarlo, era contestar el golpe, así lo hizo, junto con un grito:
- ¿Hola hay alguien ahí? – la voz del otro lado se oyó apagada pero clara, Lionel se sobresaltó, se dio vuelta:
- Pablo, Pablo – gritó del otro lado. Volvió a sentir tres golpes en la puerta. En la desesperación intentó él mismo abrirla, pero fue inútil, necesitaba ayuda:
- ¿Lionel sos vos? – alcanzó a oír la voz cansada del cordobés del otro lado:
- Si, sí. Soy yo Pablo, ya vengo, voy a buscar ayuda- le dijo, no alcanzó a escuchar lo último que dijo Pablo:
- Yo sabía que vos me ibas a encontrar Gringo- dijo aun arrodillado en el cubículo. apoyó su cabeza en la puerta, desahogando la angustia y relajándose con alivio.
Mientras, Lionel llegaba casi sin aire al lobby del hotel, vio todos con los rostros llenos de preocupación. Estaban sumidos en un silencio sepulcral: “lo encontré, lo encontré, esta adentro del portaequipaje del colectivo” tardaron un poco en entender lo que les decía Lionel. ¿Qué hacía pablo ahí? pensaban
- Necesito ayuda para abrirlo- ni les dio tiempo a pensar, como una ráfaga desapareció frente a sus ojos para volver al colectivo.
Que eternos se hacían los segundos, los minutos, Lionel no separaba las manos de la puerta del portaequipaje mientras le hablaba a Pablo e intentaba calmarlo. Lionel escuchó que se acercaban, estaban todos. En la mente del pujatense sonaba un tic tac que lo desesperaba. Apenas el chofer del colectivo dijo “listo” no dio tempo para que nadie reaccionara, mientras todos miraban su frenesí por abrir el portaequipaje, y se miraban entre ellos, pocas veces habían visto al dt así.
La puerta se abrió, y frente a ellos Pablo estaba todo transpirado, sin la remera, sin zapatillas, despeinado y con el rostro pálido y cansado. Bajó con la ayuda de Fabian y Lionel, quien lo abrazó una vez que estuvo fuera del compartimento: “Pensé que me moría si no te encontraba” le susurro al oído con la voz entrecortada y agitado. Cuando se dio cuenta de lo que dijo se separó del cordobés que lo miraba confundido: “Perdón” balbuceó frente a todos y como solía hacer cada vez que ganaban un partido sobre la hora, se fue escabulléndose entre los jugadores hacia adentro del hotel.
En la cena, Pablo miraba de reojo a Lionel que extrañamente no se quiso sentar junto a él como siempre lo hacía. Parecía un chico avergonzado y que quería huir. El de rulos quería acercarse y decirle que el abrazo era lo que había estado esperando todo el tiempo que había estado encerrado, que de todos los seres del planeta que podrían haberlo encontrado, siempre quiso que fuera él. Solo al pensarlo se puso colorado y bajó la mirada. Pero se sintió tan hermoso ese momento, esas palabras al oído. Apretó el tenedor, ¿Por qué quería que volviera a pasar? Era su amigo, ¿desde cuándo quería que su amigo lo abrazara todo el tiempo?
Al terminar la jornada apenas se dijeron un “Buenas noches” y se fueron a sus habitaciones, con más preguntas que respuestas y la completa seguridad que después de todo lo que había sucedido sería imposible conciliar el sueño.
Lionel no podía dejar de dar vueltas en la cama. Cada vez que cerraba los ojos se le aparecía la cara de Pablo, escuchaba su voz. En un momento se resignó y quedó mirando el techo de la habitación. No entendía que era lo que le pasaba, ni por qué.
¿Qué hubiese pasado si llegaban tarde? ¿toda la situación había sido como para que se pusiera así de mal? En el fondo se sentía un poco estúpido y exagerado, y si había algo que no podía sacar de su cabeza era la expresión de asombro y vergüenza de Pablo frente a su reacción al encontrarlo.
No quería salir de su habitación la mañana siguiente, y menos que menos cruzarse con Pablo, no podría mirarlo a los ojos después de lo que había pasado.
Se escucharon tres golpecitos tímidos en la puerta apenas audibles. Pero Lionel estaba tan despierto que los oyó. Tomó la camiseta y se la puso para ir a abrir. Del otro lado Pablo estaba mirando el piso y con las manos cruzadas.
- ¿Qué haces acá? Tenes que descansar - le dijo casi como un reto el pujatense. Pablo levantó la vista, nunca había visto aquella mirada de disculpas en el de rulos:
- Es que no me puedo dormir... Y tampoco puedo quedarme en mi habitación- Lionel chistó y lo tomó del hombro haciéndolo pasar
- Yo también estoy nervioso por el partido- mintió descaradamente, cuando se sentaron en la cama uno junto al otro, el más bajo lo miró:
- No, no es por el partido- le dijo sin mirarlo.
-¿No es el partido? - Pablo negó, no podía levantar la mirada, sólo se miraba las manos, que movía nervioso, e incluso le temblaban. Lionel en un acto reflejo, para intentar calmarlo puso su mano sobre las de el cordobés, que por un momento sintió como se le cortaba la respiración:
- TTranquilo, ya pasó, esta todo bien- Pablo cerró los ojos apretándolos, él no podía pensar hacía horas. Sólo pensaba en la cara del pujatense cuando lo encontró.
Y aunque Lionel quisiera desviar la conversación le pasaba lo mismo que a su amigo, no podía pensar en otra cosa que la desesperación que sintió cuando no lo encontraba y el alivio que tuvo cuando lo vio.
- No puedo pensar en el partido... - levantó la vista y clavó su mirada en el contrario con una profundidad que hizo que a Lionel le recorriera un escalofrío: - pensé que no me ibas a encontrar- se le quebró la voz: - que no te iba a ver más- Se generó un silencio. La habitación en penumbras de repente se volvió fría, un imperceptible temblor recorrió el cuerpo de ambos.
Se miraban a los ojos como pidiéndose permiso. Lionel sin ser muy consciente de sus movimientos, como si la mirada de Pablo lo llamara, levantó la mano y con cuidado, miedo y titubeando, le acomodó un rulo que caía sobre la frente del cordobés. De repente una atracción se adueñó de ambos y la distancia entre sus labios se fue achicando:
- Somos amigos, Lionel- le susurró Pablo, el pujatense se frenó y quedó allí a medio camino de besarlo. El choque de realidad lo había dejado petrificado.
- Tenes razón, perdón- le dijo volviendo o tratando de volver a la realidad. Quedaron los dos mirando sus manos.
Pablo lo miró de reojo, era su amigo, no quería perderlo, pero al mismo tiempo tenía una urgencia por estar con el que nunca había sentido antes. Pensó que lo que había sucedido en el cubículo lo había confundido y que pronto iba a pasar. Pero su cuerpo estaba desesperado sintiendo la cercanía del otro.
- Capaz que todo lo que pasó nos confundió- Lionel jugaba con sus dedos nervioso, Pablo asintió.
- Sí, debe ser eso- hizo una pausa: - nos confundimos- dijo con firmeza como auto convenciendo se, aunque los dos estaban fingiendo. Lionel intentó un bostezo, y el de rulos lo miro de reojo y sonrió:
- ¿Que? - pregunto curioso:
- Yo también tengo sueño- le dijo con cierto dejo de que sabía lo que el otro estaba haciendo. Se puso de pie y fue hasta la puerta de la habitación seguido por el más alto. Se detuvieron antes de abrir, Pablo tomó el picaporte y lo miró un momento, Lionel le tomó el rostro y se miraron fijamente:
- Hasta... Hasta mañana- tartamudeó Pablo y como un chico se acercó al rostro de Lionel y le dio un beso en los labios, pequeño húmedo, cálido. Como si hubiera depositado en la boca del pujatense un pimpollo. Fue rápido, como escondido y tímido. Abrió la puerta: - quería saber que tan confundido estaba- le dijo a Lionel que todavía no salía de su asombro:
- ¿Y? - preguntó ansioso por la respuesta:
- Me parece que es la confusión más linda que tuve en mi vida- le respondió Pablo sonriendo y con los cachetes colorados: - hasta mañana Gringo- le dijo yéndose caminando de espaldas hacia su habitación:
- Hasta mañana Pablo, que descanses- le dijo aun con expresión de sorpresa en su rostro.
Lionel se quedó en la puerta, tocándose los labios, una vez que Pablo cerró la puerta, el dt sin quitarse los dedos de los labios como queriendo quedarse con esa sensación que le había dejado el beso del cordobés, sonrió y meneó la cabeza: “Es hermoso” pensó, se detuvo, y luego de un instante volvió a sonreír y a meterse en su habitación.
