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Un nuevo amanecer teñía el cielo guaraní de tonos naranjas y rosados, indicando el comienzo de otro largo día para Gustavo. Los rayos de sol que se colaban por su ventana le dieron de lleno en la cara haciendo que frunciera el ceño por la repentina claridad y con un suspiro de resignación, se levantó de la cama hasta acabar sentado mientras su mirada sin poder evitarlo se dirigió a su derecha, ese lugar vacío en la cama matrimonial que hizo que sus días empezaran con un nudo en la garganta y una opresión en el pecho desde hace casi dos años, cuando lo tenía todo, hasta que el destino decidió jugarle la peor de sus cartas y perdió a su esposa. Años de una vida compartida, de planes, de sueños que quedaron a mitad de camino por un accidente que puso su mundo de cabezas en un parpadeo.
Todavía tiene el recuerdo vívido de aquella llamada fría e impersonal del policía, que con una calma ensayada que solo alteró más a Gustavo le informó que su esposa fue víctima de un accidente fatal, todavía recuerda el escalofrío que recorrió su cuerpo por el shock de la noticia; el dolor que traspasó la barrera emocional y se convirtió en físico, la opresión punzante en el pecho, como si le hubiesen clavado un hierro caliente en el corazón, como todo después de ese momento había pasado como un borrón oscuro, su mente adormecida por el dolor más grande que había experimentado jamás.
El sonido de unos pasitos corriendo por el pasillo, seguidos de unos golpecitos repetidos en la puerta le obligó a tragarse ese recuerdo más amargo que un té de Jaguareté Ka'a y poner una sonrisa en su rostro antes de que la puerta sea abierta de par en par dejando ver al motorcito de su vida corriendo inmediatamente hacia él subiendo a la cama con la dificultad propia de un infante de casi cuatro años.
— ¡Papi! ¡papi! ¡papi! — Gritó saludándolo con esa típica e inocente emoción infantil, ganando la lucha con la altura de la cama para treparse hasta lanzarse a los brazos de su papá, dejando un tierno beso en su mejilla como su reglamentario “beso de los buenos días”.
Gustavo no pudo hacer nada más que sonreír, totalmente rendido ante la ternura que le provocaba su hija y la agarró por debajo de las axilas para levantarla por encima de su cabeza provocando una retahíla de risas y gritos de diversión en la niña, antes de levantarse por fin de la cama con la nena en brazos y dándole su respectivo beso en la mejilla antes de escuchar el reclamo que le llegaría si no lo hiciera.
— Buenos días, princesita de papá, ¿dormiste bien? ¿vas a tomar tu teté? — Le preguntó obteniendo un asentimiento efusivo con la cabecita como respuesta mientras caminaba hasta la cocina con la nena aún aferrada a su cuello contándole emocionada el sueño que había tenido esa mañana. El mayor asentía y gesticulaba exageradamente como respuesta ante cada disparate infantil que soltaba la pequeña como parte de su relato, haciendo que la niña siguiera hablando emocionada sin parar todo el trayecto hasta la barra de desayuno donde le tenía su sillita alta donde esperaba tranquilita que su papi le preparara “su teté” y con los cuatro años a la vuelta de la esquina, ella estaba decidida a dejar de usar vasitos entrenadores y usar una taza de nena grande como la de su papá, pero claro que la suya estampada de sus princesas favoritas.
En la casa Gómez el “teté” de ley era cocido, como cualquier paraguayo que se respete, pero para Thais esa palabra significaba cualquier cosa que tomase como desayuno o merienda y esa mañana le tocaba a la chocolatada, que siempre tomaba sola, pero Gustavo siempre le sumaba un bowl de frutas para que comiera después y que su desayuno sea un poco más completo. Apenas terminó dejó todo al alcance de la nena mirando con diversión y un amor desbordante como agarraba la taza con total concentración decidida a no derramar nada. Su hija realmente era el motor de su vida, fue lo único que le permitió ser fuerte y tratar todos los días de sobrellevar el dolor de la pérdida, si seguía de pie a pesar de lo difícil que era todo sin su esposa, era por su hija, su Thais, su princesita, el regalo más grande que le había dejado el fruto del amor que siempre caracterizó su matrimonio. Gustavo salió de su ensoñación al escuchar el tono de llamada en su teléfono y frunció un poco el ceño extrañado de que alguien le llamase tan temprano, hasta que vio “Sosa” en el identificador de llamadas y soltó un suspiro, inclinándose para dejar un beso en la frente de su hija antes de agarrar el teléfono y contestar la llamada alejándose hacia la sala, pero sin perder de vista a la nena todavía sentada desayunando.
— Mba'éichapa, mba'éichapa. – Escuchó automáticamente el tono animado de su amigo al que consideraba prácticamente un hermano menor al otro lado de la línea apenas pegó el aparato a su oído. – Ya pensaste piko lo que te dije la vez pasada Gustavo, estoy yendo al entrenamiento ahora, casi todos los días ko me preguntan si hay novedad de vos acá en el club, tu rol como capitán en la selección y tu campaña en la última temporada demasiado valoraron y te re quieren acá.
— Ramón. – Le cortó Gustavo casi riéndose por lo rápido que estaba hablando hasta que el peso de sus palabras le devolvió la seriedad a su semblante. Jugó distraídamente con la argolla en su dedo anular izquierdo, que nunca se había quitado y volvió a suspirar antes de hablar, claro que había pensado, muchísimo, iba a ser un buen salto en su carrera, ya había estado en conversaciones con el club, era un buen trato, le convenía, pero había una parte de él que se quería negar a abandonar ese lugar. – Pensé mucho ya, mañana tengo una reunión con los dirigentes para definir, pero no sé… Thais.
— Thais ko va a ser feliz donde sea que esté si está contigo, el idioma, kape, vos ko sabes más portugués que yo, que pio lo que tanto y mi sobrina va a aprender nomás también si ella es re vale. – Habló intentando convencer a Gustavo echando a perder cualquier excusa que el mayor le pudiera poner, le conocía muy bien, sabía lo duro que había sido y seguía siendo para él este último año y medio. – Sabés que necesitás un cambio de aires, capaz te haga bien, pensána bien otra vez hoy y hablamos más tarde, te dejo katu ya que che ja`ota el profe si llego tarde, chau hermano, decile a mi sobrina que su tío Ramón le manda saludos.
El pitido del final de la llamada sonó en su oído antes de siquiera tener tiempo de refutarle cualquier cosa, pero no podía enojarse con Sosa, dentro suyo sabía que tenía razón, pero el peso de los recuerdos y la melancolía que le ataban a ese lugar le hacían dudar. Gómez suspiró por quién sabe cuántas veces esa mañana y agarró de vuelta el teléfono llamándole a la única persona que le podía ayudar a salir de dudas, su mamá. Con la vista aún fija en su hija pegó el teléfono a su oído sin que pase demasiado tiempo hasta escuchar la voz de su mamá.
— Che memby buen día, ¿Cómo está mi nieta? – Saludó su mamá devolviendo la sonrisa a su rostro porque por supuesto que iba a preguntar primerito por Thais.
— Bien che sy, los dos estamos bien. – Respondió Gustavo haciendo énfasis en el “los dos” con un tono ligeramente bromista y después de unos minutos de conversación básica para ponerse al día, sacó a colación el tema que realmente le había hecho llamarle. – Mamá… te acordás que te conté de Palmeiras, el club de Brasil que me quiere fichar, mañana tengo que decidirme, tengo miedo de que no sea lo mejor para T…
— Ayna mi hijo, mentile a quien no te parió. – Le cortó, dejando a su hijo con la palabra en la boca. – ¿Por Thais dudas? ¿O no querés alejarte de tu casa? No le estás abandonando a mi nuera por salir un tiempo de esa casa, hijo, te hace falta cambiar de aires, a ella no le hubiese gustado verte así.
Gustavo tragó saliva porque sabía que era verdad, pero que fuera verdad no hacía nada más fácil.
— No sé qué voy a hacer con la nena yo solo allá mamá. – Soltó finalmente con una razón realmente válida para dudar. – Durante las prácticas va a estar en su jardín, ya va a cumplir la edad para empezar, pero en los partidos, cuando me toque viajar a otros estados por la competencia, no pienso dejarle en manos de cualquier niñera, ni loco. – Sentenció.
— ¿Y qué problema hay mi hijo? Como si fuera que no hago ya eso acá, mi nieta es mi adoración, puedo hacer lo mismo allá y en donde sea. – Afirmó con voz serena.
— ¿En serio me decís che sy? ¿Te irías a vivir allá con nosotros? ¿Y papá? – Quiso confirmar Gómez sorprendido.
— Hijo, adonde necesites nosotros nos vamos, siempre fue así y esta vez no es diferente, claro que viajaríamos con ustedes, a donde sea y el tiempo que sea. – La voz maternal con la que dijo eso hizo que se formara un pequeño nudo en la garganta de Gustavo y le instaló una sonrisa sincera en la cara.
— Gracias mamá, en serio. – Soltó con una emoción palpable en su voz, cerró con fuerza los ojos, evitando lagrimear y carraspeó para aliviar el nudo en su garganta antes de volver a responderle y agradecerle, hasta que la señora tuvo que callarlo y recordarle que era un cambio que podía ser positivo para él.
Y por primera vez desde que había recibido la propuesta, pudo empezar a ver la oportunidad con otros ojos, como un futuro posible y fijando la vista nuevamente en su hija, que lo veía sonriente desde su silla de desayuno, había tomado su decisión.
