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El frío de los azulejos del baño parecía ser lo único que lo mantenía anclado a la realidad mientras otra ola de náuseas le retorcía el estómago. Julián se agarró con fuerza al borde del inodoro, dejando salir un gemido ahogado antes de que una nueva arcada lo obligara a doblarse por completo.
Sentía el cuerpo pesado, cubierto por una fina capa de sudor frío y con los músculos de la garganta adoloridos. Cuando finalmente el estómago se le vació por completo y las arcadas cesaron, se quedó un momento allí, arrodillado sobre el suelo, respirando con dificultad y apoyando la frente contra la tapa de madera.
«Qué infierno».
En medio del malestar, un pensamiento cruzó por su mente y le sacó un suspiro de alivio: menos mal que Enzo no estaba en casa. Enzo había tenido que salir temprano hacia las instalaciones del club para resolver unas reuniones de última hora y algunos compromisos con la directiva. Si su alfa hubiera estado presente, habría entrado en pánico inmediato al escucharlo vomitar. Lo conocería demasiado bien: lo habría llevado en brazos a la cama, habría inundado la habitación con feromonas protectoras de alfa hasta sofocarlo de mimos y no lo habría dejado levantarse ni para ir al entrenamiento. Julián agradecía profundamente el amor de Enzo, pero en ese momento solo necesitaba un par de minutos para recomponerse en soledad sin preocupar a nadie.
Con esfuerzo, apoyó las manos en el lavabo y se puso de pie. Se miró en el espejo y frunció el ceño. Tenía el rostro pálido, ojeras marcadas y los labios descoloridos. Achacó el cansancio a la exigente racha de partidos y a los viajes continuos con el equipo.
Abrió el grifo, se enjuagó la boca varias veces para quitarse el sabor amargo y se lavó los dientes con minuciosidad. El frescor de la pasta dental le devolvió algo de aliento. Se lavó la cara con agua helada, se secó con una toalla limpia y salió del baño arrastrando los pies hacia la habitación.
Se dejó caer en el borde de la cama y tomó su teléfono móvil del velador. Necesitaba organizarse la semana. Abrió la aplicación del calendario para revisar sus compromisos: los horarios de los entrenamientos matutinos, las sesiones de fisioterapia, las reuniones tácticas con el cuerpo técnico y el viaje del próximo fin de semana.
Mientras desplazaba el dedo por la pantalla organizando los bloques de colores de sus actividades, sus ojos se desviaron involuntariamente hacia la esquina superior, donde las marcas pequeñas indicaban el seguimiento de su ciclo biológico como omega.
Julián se detuvo. Un extraño hormigueo comenzó a subirle por la nuca. Tocó la pantalla para cambiar a la vista mensual y retrocedió unas semanas. Luego retrocedió un mes más.
«No puede ser».
Empezó a contar los días en voz baja, sintiendo cómo el aire se le atascaba en el pecho. Su último celo tendría que haber llegado a mediados del mes pasado. No solo no se había presentado, sino que la fecha estimada para el siguiente ciclo también había pasado hacía días sin la menor señal de fiebre, feromonas intensas o los cambios característicos en su cuerpo.
Llevaba más de un mes de retraso.
El teléfono pareció volverse de plomo en sus manos. Julián unió los puntos en su mente con una rapidez aterradora: el cansancio fuera de lo normal, el rechazo repentino a ciertos olores en el club, los mareos ligeros que había estado ignorando y, ahora, este vómito violento por la mañana.
Un frío helado le recorrió la espina dorsal. La posibilidad cayó sobre él con el peso de una montaña: estaba embarazada.
Su instinto reaccionó al instante con una mezcla confusa de protección y pánico absoluto. Su respiración se volvió acelerada y el corazón le golpeó con fuerza contra el pecho. Miró hacia la puerta del dormitorio, escuchando el silencio del departamento vacio, deseando al mismo tiempo que Enzo cruzara esa puerta para sostenerlo y sintiendo un terror enorme por lo que significaría esa noticia para ambos.
—No, no... tiene que haber un error —murmuró para sí mismo, negando repetidamente con la cabeza mientras bloqueaba la pantalla del teléfono.
Apretó los parparos con fuerza e intentó buscar una explicación lógica para tranquilizarse. La exigencia física de las últimas semanas había sido descomunal: partidos decisivos de alta intensidad, viajes constantes, insomnio y la presión mediática acumulada sobre sus hombros. En atletas de alto rendimiento, los desajustes hormonales por estrés extremo o desgaste muscular no eran del todo raros. Tenía que ser eso. Su cuerpo simplemente estaba exhausto y por eso su ciclo omega se había trastocado. Era la única respuesta sensata.
Sin embargo, el nudo en su estómago no desaparecía. La duda y la incertidumbre empezaron a carcomerlo por dentro, y supo que no podría estar tranquilo ni un segundo más hasta tener una certeza real. Necesitaba saberlo antes de que Enzo regresara.
Decidido a salir de dudas, se puso de pie rápidamente. Se dirigió al armario y sacó la ropa más neutra y discreta que encontró: un pantalón deportivo oscuro y una sudadera holgada con capucha. Se puso una gorra calada hasta los ojos y se subió la capucha para cubrir los costados de su rostro. Se colocó una mascarilla quirúrgica para ocultar sus facciones y evitar ser reconocido por algún fanático o periodista en la calle.
Salió de la casa evitando hacer ruido y subió a su coche. Eligió conducir hacia un barrio más alejado de su zona habitual para reducir al mínimo las probabilidades de cruzarse con alguien conocido o ser fotografiado.
Al llegar a una pequeña farmacia de una calle poco concurrida, aparcó a media cuadra. Antes de bajarse, ajustó su capucha en el espejo retrovisor e inspiró hondo. Caminó con paso rápido y con la mirada clavada en el suelo hasta cruzar la puerta de cristal.
El sonido del timbre de la farmacia lo hizo sobresaltar ligeramente. Mantuvo la cabeza baja y caminó entre los pasillos hasta dar con el estante indicado. Con las manos temblorosas y el pulso acelerado, tomó dos pruebas de embarazo de marcas distintas sin detenerse a examinarlas mucho. Fue directo a la caja registradora, evitando el contacto visual con la farmacéutica y pagando rápidamente en efectivo para no dejar registro alguno. Guardó los empaques en el bolsillo de la sudadera y salió a toda prisa hacia el coche, con el corazón martilleándole en el pecho mientras regresaba a casa.
Al llegar, estacionó el vehículo en el garaje y cerró el portón con cuidado extra de no hacer ruido. Atravesó el recibidor en silencio, despojándose de la mascarilla con un tirón impaciente y arrojándola sobre la mesa de la entrada junto a las llaves. Subió directo al baño principal, atrancando el pestillo de la puerta tras de sí.
Apoyó la espalda contra la madera y cerró los ojos un instante. Las manos le temblaban tanto que apenas pudo rasgar los envoltorios de cartón de las pruebas. Con torpeza, sacó los folletos informativos, los desplegó sobre la encimera del lavabo y leyó detenidamente las instrucciones de uso de ambas marcas, asegurándose de no cometer ningún error por las prisas.
«Una línea: negativo. Dos líneas: positivo». La simplicidad del texto escrito en letras negras le pareció casi cruel. Se miró al espejo, pálido y con la respiración entrecortada.
—Vamos, Julián... respira hondo —se susurró a sí mismo, buscando firmeza en su propia voz—. Puedes hacerlo. Solo es una prueba. No pasa nada.
Siguió minuciosamente cada uno de los pasos indicados en los folletos. Con pulso vacilante, colocó los dos test en posición horizontal sobre una toalla limpia en el borde del lavabo, volteados boca abajo para evitar la tentación de mirar el resultado antes de tiempo. Inmediatamente, tomó su teléfono móvil, abrió la aplicación de temporizador y configuró la cuenta regresiva en 10 minutos. Pulsó el botón de inicio.
Los números en la pantalla comenzaron a descontar segundos.
Julián bajó la tapa del inodoro y se sentó sobre ella. Apoyó los codos en las rodillas y sostuvo el teléfono con ambas manos. Sus dedos temblaban visiblemente sobre la carcasa y su pierna derecha empezó a moverse de arriba abajo en un espasmo incontrolable de puro nerviosismo.
El silencio del baño resultaba ensordecedor. Cada segundo en el cronómetro parecía extenderse como una eternidad tortuosa.
El tiempo no avanzaba. Con cada golpe de su corazón, el pánico amenazaba con paralizarlo. Se descubrió aguzando el oído hacia el piso de abajo a cada instante, aterrorizado ante la sola idea de escuchar el eco de una puerta abrirse o el motor del coche de Enzo ingresando a la entrada. Si Enzo regresaba antes de que sonara la alarma, lo encontraría encerrado en el baño, hecho un manojo de nervios y con dos pruebas de embarazo sobre el lavabo. No sabría cómo explicárselo sin romper en llanto.
«Por favor, diez minutos nada más. Solo necesito diez minutos a solas».
Con la mirada fija en el segundero que disminuía lentamente en la pantalla iluminada, Julián apretada los dientes mientras sentía cómo el frío del miedo le calaba hasta los huesos.
Un zumbido agudo perforó el aire cuando la alarma comenzó a vibrar escandalosamente sobre sus palmas. Julián dio un respingo, sobresaltado, y apagó la pantalla torpemente para acallar el sonido antes de que resonara por toda la casa.
El silencio volvió a caer sobre la estancia, volviéndose denso y pesado.
Por un segundo, se quedó inmóvil, sentado sobre la tapa del inodoro, escuchando únicamente el latido desbocado que percutía en sus oídos. Se puso de pie con lentitud. Las piernas le temblaban tanto que temió que no fueran a sostenerlo. Trató de tragar saliva, pero tenía la garganta tan seca que le dolió.
Dio dos pasos vacilantes hacia la encimera. Se detuvo justo frente al lavabo, cerró los ojos e inspiró hondo, llenando sus pulmones con aire helado para intentar dominar el temblor de sus manos. Extendió los dedos y, uno por uno, volteó con cuidado los dos tubos de plástico blanco.
Su mirada cayó sobre las ventanas de lectura. En ambos test, la respuesta era inmediata, nítida e incontestable: dos marcas de un color rosado intenso destacaban con firmeza sobre el fondo blanco. Sin lugar a dudas. Sin margen de error.
Positivo.
Julián sintió cómo el mundo entero se detenía a su alrededor. El aire pareció escaparse de sus pulmones en un golpe brusco.
Estaba embarazado.
El terror primario lo paralizó por completo. La realidad impactó contra él como una ola gigantesca: su carrera, los partidos, la selección, el qué dirán la prensa y el club, la responsabilidad de traer una vida al mundo en medio del torbellino que era su rutina deportiva... El miedo era voraz y frío, devorándole cualquier rastro de pensamiento lógico.
Sin darse cuenta, Julián deslizó lentamente una mano temblorosa hacia abajo, deslizándola bajo la sudadera holgada hasta posar la palma sobre su vientre completamente plano. El contraste entre el terror frenético de su cabeza y la calidez repentina que sintió al tocarse el abdomen lo dejó sin aliento. Un nudo doloroso y dulce a la vez se le formó en el pecho.
Allí, bajo su piel, estaba germinando el fruto de su amor con Enzo. Una pequeña chispa biológica de ambos. Junto al pánico paralizante, comenzó a brotar una sensación desconocida, un asombro reverente y una ola inmensa de ternura de la que no pudo defenderse. Sentía miedo, sí, un terror aplastante, pero debajo de esa capa de zozobra, su propia naturaleza omega abrazaba esa presencia con un afecto instintivo y profundo que lo hizo estremecer por completo.
Se quedó allí parado, con la vista fija en las dos líneas rojas del lavabo y la mano aferrada a su vientre, esperando el momento inevitable en que tuviera que mirar a Enzo a los ojos. Un pesado chasquido resonó en el piso inferior, seguido por el sonido inconfundible de la puerta principal al abrirse.
—¡Juli! ¿Amor, estás acá? —la voz cálida de Enzo retumbó desde la entrada, llena de la energía habitual que traía al volver a casa.
Julián dio un brinco, como si lo hubieran sorprendido en una falta. El pánico volvió a encenderse en sus venas, pero esta vez venía acompañado de una certeza absoluta: no podía guardarse esto. Tenía que decírselo ahora mismo. Guardó los dos test de plástico en el bolsillo delantero de su sudadera, cerró la mano sobre ellos para sentir su contorno sólido y tragó saliva.
—¡Sí, ya voy! —respondió, intentando que su voz no sonara tan estrangulada como sentía la garganta.
Giró la llave del pestillo, abrió la puerta del baño y bajó las escaleras con paso firme a pesar del temblor residual en sus rodillas. Enzo estaba al pie de la escalera, despojándose de su chaqueta. Al ver aparecer a Julián, se le iluminó el rostro con una sonrisa radiante. No tardó ni un segundo en acortar la distancia entre los dos, rodeando la cintura de Julián con sus brazos fuertes para atraerlo contra su pecho y depositarle un beso dulce y presuroso en los labios. El aroma característico de Enzo, suave y reconfortante como su alfa, rodeó a Julián de inmediato, provocando que sus hombros cedieran apenas un poco de la tensión acumulada.
—Hola, mi vida —murmuró Enzo separándose apenas unos centímetros, todavía sonriendo mientras le acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja—. No sabés, el entrenamiento estuvo fatal, pero por suerte nos liberaron antes de la tarde...
Enzo hablaba con entusiasmo, haciendo ademanes con las manos mientras caminaban hacia el salón. Julián lo escuchaba en silencio, pero su mente estaba en otra parte. Sentía el peso firme de las pruebas de embarazo presionando contra sus costillas desde el bolsillo de la sudadera.
—Enzo... —lo interrupción Julián con voz suave, deteniendo sus pasos en medio del salón.
Enzo se frenó al instante y se giró para mirarlo. Al fijarse detenidamente en el rostro de Julián —la palidez inusual, las cejas apretadas y las manos apretadas en los bolsillos—, la sonrisa del alfa se desvaneció, reemplazada por una mirada de súbita preocupación.
—¿Qué pasó, Juli? —preguntó Enzo, dando un paso hacia él y buscando sus ojos—. Estás re pálido. ¿Te sentís mal? Me estás asustando, che...
—No, no... no es nada malo —se apresuró a decir Julián, agitando una mano en el aire mientras intentaba ordenar sus pensamientos—. O sea... no sé, depende de cómo lo veas o cómo lo tomemos...
—¿Cómo que depende? ¿Ocurrió algo en el club? ¿Te llamaron del cuerpo técnico? —Enzo frunció el ceño, confundido.
—No, no tiene nada que ver con el club —Julián empezó a caminar un par de pasos en círculo, hablando rápido y sin parar, dejando salir todo el nerviosismo que llevaba retenido—. Es que... últimamente estuve pensando en lo exigentes que fueron estas semanas, ¿viste? Todo el tema de los viajes, el cansancio, los entrenamientos... Y bueno, hoy me levanté con un malestar bastante feo, estuve descompuesto y me pareció raro, así que me puse a revisar las fechas en el teléfono porque sentía que algo no cuadraba con mi cuerpo y resulta que...
Enzo lo contemplaba con los ojos bien abiertos, pasándose una mano por la nuca mientras intentaba seguir el hilo atropellado de las palabras de su pareja.
—A ver, Juli, pará un poco —lo interrupción Enzo con gentileza, pero firmeza, dando un paso al frente para tomarlo suavemente por los hombros y obligarlo a mirarlo a los ojos—. Me estás dando mil vueltas y me va a dar un infarto. Respirá y decime directo qué pasa, por favor.
Julián se quedó helado bajo el toque de Enzo. Miró esos ojos oscuros que lo observaban con devoción y genuina inquietud. Inspiró hondo, apretó los puños dentro de la sudadera y dejó salir las palabras de un solo tirón, antes de que el valor se le escapara:
—Estoy embarazado.
El silencio que siguió cayó sobre el salón como un muro infranqueable.
Enzo se quedó completamente congelado. Sus manos continuaban apoyadas sobre los hombros de Julián, pero la expresión de su rostro pareció petrificarse. Sus ojos no parpadearon y sus labios quedaron entreabiertos, como si la capacidad de procesar el aire o las palabras se le hubiera extinguido de repente. No hizo un solo movimiento, ni un pestañeo, ni un gesto. El pánico de Julián, que apenas se había mantenido bajo control, terminó de estallar ante esa parálisis absoluta.
—Enzo... por favor, decime algo... te lo pido por favor —rogó Julián en un hilo de voz, sintiendo cómo se le oprimía el pecho con violencia. La falta de respuesta de su alfa alimentó sus peores fantasías: creyó ver en esa inmovilidad enfado, arrepentimiento o una decepción profunda—. Te juro que yo jamás planeé que nos pasara algo así ahora... ¡Apenas tenemos veintiún años, Enzo! No sé cómo sucedió, te prometo que no fue a propósito...
Las lágrimas que venía reteniendo desde la mañana desbordaron sus ojos en un torrente incontrolable. Las mejillas se le mojaron de golpe y los sollozos comenzaron a sacudirle los hombros con fuerza. Se cubrió el rostro con las manos, sintiéndose diminuto, indefenso y culpable por haber alterado sus vidas de semejante manera.
—Perdoname... perdoname, por favor —murmuró entre llantos ahogados, con el corazón destrozado al creer que lo había arruinado todo.
Pero antes de que pudiera pronunciar otra palabra de disculpa, Enzo reaccionó.
Fue como si despertara de un trance violento. El alfa dio un paso al frente y envolvió a Julián entre sus brazos con una fuerza arrolladora, pegando el cuerpo del omega firmemente contra su pecho. La brusquedad del movimiento hizo que Julián soltara un pequeño ahogo, pero de inmediato sintió cómo Enzo lo apretaba contra sí, temblando no de rabia, sino de una conmoción inmensa.
Sin perder un segundo, Enzo comenzó a llenarle el rostro de besos desesperados y tiernos. Le besó la frente, las mejillas húmedas de lágrimas, los párpados cerrados, la punta de la nariz y cada rincón de la cara, limpiándole las lágrimas a besos mientras una ráfaga intensa, cálida y envolvente de feromonas de alfa —llenas de protección, devoción y una alegría salvaje— inundaba el salón.
—¡¿Perdonarte?! ¡¿Qué decís, mi amor?! —exclamó Enzo con la voz quebrada y áspera por la emoción, rodeándole la cintura con firmeza para levantarlo ligeramente del suelo y apretarlo aún más contra él—. ¡Un hijo, Juli! ¡Un hijo tuyo y mío!
Enzo reía y sollozaba al mismo tiempo, incapaz de contener la sobrecarga de felicidad que le henchía el pecho. Apoyó su frente contra la de Julián, mirándolo fijamente a los ojos con una luz brillante y rebosante de orgullo.
—¡Vamos a ser papás, mi vida! ¡Un hijo nuestro! —repetía una y otra vez como un mantra sagrado, sosteniéndolo como si Julián y la pequeña vida en su interior fueran el tesoro más sagrado de todo el universo.
Julián dejó escapar un aliento tembloroso entre sollozos, enterrando el rostro en el cuello de Enzo para embriagarse con su aroma tranquilizador.
—Tuve tanto miedo, Enzo... —susurró Julián, sorbiendo por la nariz mientras aferraba los dedos a la espalda de la camiseta de Enzo—. Tuve un miedo terrible de que te enojaras. Pensé en todo lo que va a pasar ahora, en nuestras carreras... Yo voy a tener que pausar todo, parar los entrenamientos, dejar de jugar los partidos por un tiempo... Y me daba pánico ser una carga para vos, no quiero arruinar tus planes ni ser un peso.
Al escuchar esas palabras, Enzo se separó lo justo para tomar el rostro de Julián entre sus manos. Su mirada se volvió infinitamente dulce, pero con una convicción tan pura que hizo callar todas las dudas de Julián al instante.
—Escuchame bien, Julián —le dijo Enzo con voz suave pero rotunda, acariciándole los pómulos húmedos con los pulgares—. Vos nunca, pero nunca en esta vida vas a ser una carga para mí. ¿Me oíste? Jamás. Sos mi pareja, el amor de mi vida, y ahora el papá de mi hijo. Te amo con el alma entera.
Julián parpadeó, sintiendo cómo una nueva ola de calidez le inundaba el pecho.
—Voy a estar a tu lado en cada paso, en cada día de esto —continuó Enzo, sonriéndole con devoción absoluta—. Y con el club no te preocupes para nada. Vamos a hablar con ellos, se lo explicaremos y lo van a tener que entender. Y si no lo entienden... ¡que se vayan bien al carajo! Vos y nuestro bebé son mi única prioridad en este mundo. Nada más importa.
Una risa suave y sincera se le escapó a Julián entre lágrimas al escuchar la vehemencia de Enzo, contagiándose al fin de la paz de su alfa. El peso aplastante que había estado cargando sobre sus hombros desde la mañana pareció disolverse por completo. Enzo volvió a inclinar la cabeza hasta apoyar suavemente su frente contra la de Julián, entrelazando sus dedos con los de él.
—Vamos a estar bien, Juli —murmuró Enzo con dulzura, contemplándolo con una mirada llena de promesas—. Te lo prometo. Vamos a estar muy bien los tres.
Julián asintió despacio, dibujando una sonrisa amplia y llena de alivio en sus labios. Apretó la mano de Enzo sobre la suya y, por primera vez en todo el día, sintió una certeza cálida y firme en el corazón: realmente todo iba a estar bien.
