Chapter Text
Pablo Martín Páez Gavira tenía nueve años cuando alguien dijo por primera vez que acabaría siendo un alfa.
No fue un médico. Ni un especialista. Fue un entrenador cualquiera, viendo cómo un niño diminuto se lanzaba sin miedo contra otros tres mucho más grandes.
—Tiene instinto —comentó, riéndose—. Ese chaval va a ser un alfa de los de verdad.
Todos rieron, su padre también. Y Pablo, que todavía no entendía demasiado de castas, sonrió orgulloso. Porque ser alfa significaba poder hacerlo todo.
Ser alfa era jugar al fútbol. Ser alfa era llegar al Barça. Ser alfa era cumplir el sueño que llevaba persiguiendo desde que apenas sabía andar.
Los años pasaron deprisa. Entró en La Masía siendo un niño, los entrenadores estaban encantados con él. No era el más alto, ni el más fuerte, pero parecía incapaz de rendirse. Corría más Presionaba más. Se levantaba siempre después de cada entrada. Tenía ese carácter imposible de enseñar.
Y godos seguían diciendo lo mismo.
—Va para alfa.—
Algunos opinaban que quizá acabaría siendo beta. No sería raro, sus padres lo eran y, por probabilidad, él también podría serlo. Los betas también competían, también llegaban al fútbol profesional, simplemente no tenían las ventajas físicas de un alfa. No importaba, seguía siendo suficiente.
Nadie imaginó una tercera posibilidad, ni siquiera Pablo.
A los quince años empezaron pequeños cambios. Tan pequeños que nadie les dio importancia. Su olfato se volvió mucho más fino, empezó a notar los olores mucho más fuertes y alguna gente parecía no percibirlos: El césped mojado y recién cortado, el cuero nuevo de los balones, lo que pensaba que era la colonia de cada compañero. Todo era demasiado intenso.
También comenzaron los mareos, y un cansancio extraño. Su madre insistía en llevarlo al médico, pero él siempre se negaba y decía que no era para tanto.
—Será el crecimiento.— Eso respondía. Y Pablo seguía entrenando.
Un día, durante una comida familiar, su hermana comentó:
—Cada vez estás más sensible.—
Pablo puso los ojos en blanco.
—No estoy sensible.
—Has llorado viendo un anuncio.
—¡Porque salía un perro abandonado!—
Las risas llenaron la mesa. Su padre le revolvió el pelo.
—Las hormonas adolescentes.—
Ya está. No le dieron más importancia.
A principios de los dieciséis comenzaron los dolores. Primero eran leves. Después cada vez más intensos. Le dolía la espalda, las piernas, la cabeza... Dormía fatal, apenas tenía apetito.
Su rendimiento seguía siendo bueno, pero algo estaba cambiando.
Los médicos seguían sin encontrar explicación. Hasta que una noche llegó la respuesta.
Despertó sobresaltado, empapado en sudor. Le costaba respirar, todo le quemaba. Sentía el corazón desbocado. El aire era insoportablemente pesado. Había un olor extraño en su habitación, uno dulzón.
Quiso levantarse, las piernas le fallaron y notó como un líquido corría entre sus piernas.
Terminó de rodillas sobre el suelo. Le dolía todo.
Su madre fue la primera en oír el golpe. Entró corriendo y tardó menos de dos segundos en comprenderlo. El aroma, el calor, las feromonas. Se quedó completamente inmóvil.
—...Pablo...—
Él la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué me pasa?—
Su madre empezó a temblar. No respondió, simplemente salió corriendo.
Cuando volvió poco después, su padre venía detrás, pálido, como si hubiera visto un fantasma.
El médico llegó veinte minutos después, no hizo falta casi ni explorar, le atendió rápidamente, el diagnóstico era evidente: Primer celo. Manifestación tardía. Omega.
La palabra cayó sobre la habitación como una sentencia. Pablo sintió que el mundo entero se rompía.
—No...—
El médico lo observó con compasión.
—Lo siento.—
Pasó dos días enteros encerrado en casa.
Sin móvil, sin hablar con nadie, sin querer comer.
Miraba fijamente el techo. Todo había terminado. No habría Barça. No habría selección. No habría Champions. No habría nada.
Los omegas no jugaban, no podían.
La ley no lo prohibía directamente, pero las federaciones sí. "Por seguridad", "Por diferencias biológicas", "Para protegerlos"...
Siempre había una excusa distinta. El resultado era el mismo: Apenas equipos deportivos omegas. Apenas financiación para que estos pudieran existir. Apenas seguidores de estos que pudieran ayudar a que la situación mejorara.
Para el mundo estos no existían.
Su padre entró en la habitación al tercer día. Se sentó junto a él, y durante varios minutos ninguno habló.
Su padre fue el primero en hablar:
—Podemos buscar otra cosa.—
Pablo no respondió.
—Hay universidades. Puedes entrenar niños, ser entrenador no está tan mal. También está la opción de ser fisioterapeuta...—
Seguía sin responder.
Hasta que, de repente, habló, con la voz completamente rota.
—Papá...
—¿Sí?
—Prefiero morirme.—
Aquellas palabras congelaron la habitación.
Su padre sintió un nudo terrible en la garganta, porque sabía que no era una exageración.
Para Pablo... El fútbol nunca había sido un hobby, era toda su vida.
Aquella noche hablaron los tres durante horas. Lloraron, discutieron, intentaron encontrar soluciones imposibles.
Hasta que Pablo dijo algo que ninguno esperaba.
—Nadie tiene por qué saberlo.—
Su madre negó inmediatamente.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque los registros médicos...
—No tienen por qué llegar al club.—
Su padre levantó la vista. Pablo continuó.
—Si el médico guarda silencio... Si vosotros guardáis silencio... Yo puedo seguir siendo beta para el resto de la gente.—
Hubo un silencio enorme.
Era una locura. Una auténtica locura.
—Los celos... —susurró su madre.
—Los ocultaré.
—¿Y las feromonas?
—Inhibidores.
—¿Y las revisiones?
—Encontraremos una forma.—
Su padre cerró los ojos. Era peligroso, muy peligroso. Pero también conocía a su hijo, si le arrebataban el fútbol... Le arrebatarían las ganas de vivir.
Dos semanas después, el médico volvió a sentarse frente a ellos. Había rechazado la propuesta tres veces. A la cuarta... Suspiró profundamente.
—Esto puede destruir mi carrera.
—Lo sabemos.
—Y la suya.—
Pablo asintió.
—Lo sé.—
El médico lo miró durante largo rato. Aquel chico tenía dieciséis años. Y ya estaba dispuesto a cargar con un secreto capaz de arruinarlo todo.
Finalmente abrió su maletín. Sacó un documento y lo rompió lentamente. Después escribió en su portátil otro, donde en el apartado de "Sexo secundario registrado"puso: Beta.
—Espero no arrepentirme nunca de esto.—
Pablo tragó saliva. No respondió, porque acababa de empezar una mentira que tendría que sostener todos los días de su vida.
Y sabía que bastaría un solo descuido para perder absolutamente todo.
