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Las vacaciones en China no estaban siendo, ni de lejos, lo que Pedri había imaginado.
No recordaba con exactitud en qué momento se había torcido todo. Había bebido demasiado aquella noche y, cada vez que intentaba reconstruirla, solo le quedaban flashes inconexos: la celebración del Mundial, música demasiado alta, gente riéndose... y Ferrán confesándole, casi de pasada, que todavía no sabía si iba a renovar con el Barça.
Después de eso, todo era rojo.
Una discusión. Voces cada vez más altas. Palabras de las que ninguno de los dos podía sentirse orgulloso. Alcohol. Y el putísimo Marcos Llorente metiéndose en medio como si supiera algo de ellos. No entendía lo que Ferrán veía en ese tipo conspiranoico y negacionista.
Pedri presionó la mandíbula agarrándolo.
Lo odiaba.
Odiaba que Ferran hubiera pasado casi todo el Mundial lejos del resto de los jugadores del Barça, como si estuviera preparándose para marcharse antes incluso de haber tomado una decisión. Como si, en el fondo, ya estuviera despidiéndose de ellos.
Del club.
De él.
Y cada nuevo rumor no hacía más que empeorarlo. El PSG. El Atlético de Madrid... Cualquier escudo que no fuera el del Barça se le clavaba en el pecho como una amenaza.
—¡Joder!
El puñetazo contra la almohada apenas amortiguó el grito que escapó de su garganta.
Después, silencio.
Un silencio tan absoluto que la habitación del hotel parecía hacerse más pequeña a cada segundo, como si las paredes se cerraran sobre él.
Quizás debería haberle pedido a Alejandra que se quedara unos días más en su habitación antes de mudarse a la otra con sus padres. Al fin y al cabo, aquel viaje iba a ser el último que harían juntos como pareja. Llevaban meses sosteniendo una relación que ya no existía, finciendo de cara a los demás que todo seguía igual, cuando la realidad era que ambos habían terminado perdiéndose en direcciones distintas.
Él, concretamente, se había perdido en Ferrán.
Ni siquiera había tenido tiempo de contárselo. Explicale que lo de Alejandra se había cumplido mucho antes de que pronunciaran la palabra "ruptura". Que ya no había nada que salvar entre ellos. Que, mientras intentaba convencer al mundo de que seguía enamorado de su novia, llevaba demasiado tiempo queriendo a otra persona.
A Ferrán.
Y probablemente esa fuera la parte más patética de toda aquella historia.
Estar enamorado de su mejor amigo y no tener el valor de decírselo, conformarse con los abrazos que Ferrán regalaba con tanta facilidad, con los codazos, las manos sobre los hombros, las risas compartidas en los entrenamientos... y atesorar cada uno de esos gestos como si fueran algo único, aun sabiendo que Ferran era igual de cariñoso con media plantilla.
Nunca se había avergonzado de los unidos que estaban. Al contrario.
Le encantaba.
Lo único que deseaba —lo único que jamás se atrevería a reconocer en voz alta— era que hubiera algo que perteneciera solo a los dos.
Pero eso era imposible.
En el fútbol siempre había una cámara. Un fotógrafo. Un periodista dispuesto a convertir cualquier mirada en un titular que lo arruinará todo.
Suspiró.
Miró la hora en su reloj, sincronizado con el huso horario chino y español, y arrugó la nariz. En España eran las cinco de la mañana, una hora claramente incompatible para la comunicación desde China. Aquello debería haber bastado para detenerlo.
No lo hizo.
Antes incluso de ser consciente de lo que estaba haciendo, su dedo ya se había deslizado hasta la lista de favoritos. Ferrán seguía ocupando el primer lugar, porque era así de simple, para Pedri, Ferrán siempre era lo primero. Primer pensamiento, esté donde esté. El primero en el que piensa al despertar y el único que recuerda al dormir. El primero en sus sueños. El primero del que realmente se había enamorado.
Pulsó el botón de llamada.
Un tono.
Dos.
Tres.
Claro que no va a contestar...
Aún así, no colgó. Se quedó observando la pantalla de reojo, esperando a que los segundos se agotaran y la llamada muriera por sí sola. Hasta que la interfaz cambió.
—¿Pedri?
La voz llegó al otro lado de la línea, grave, ronca y todavía adormilada.
El corazón le dio un vuelco.
De repente le faltó el aire. Las manos empezaron a sudarle y el estómago se le encogió como si acabara de tirarse al vacío. No había contemplado la posibilidad de que Ferrán contestara. Había llamado movido por la desesperación, convencido de que saltaría el buzón de voz.
Pero Ferrán había contestado.
Y ahora su cabeza estaba completamente en blanco.
—¿Pedri? —insistió Ferran, esta vez con un deje de preocupación—. Oye... ¿estás bien? Me estás asustando.
Pedri abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—¿Pedri?
—¿Eh…? —consiguió articular al fin, como si acabaría de despertar de un sueño—. Ah... sí. Hola Ferri.
—¿Qué pasa? —preguntó Ferrán con la voz todavía rota por el sueño. Se escucha el roce de unas sábanas y un bostezo ahogado—. ¿Ha pasado algo?
Pedri cierra los ojos.
Ahí estaba otra vez.
La misma voz que llevaba dos semanas intentando olvidar.
Qué ridículo.
Había cruzado medio planeta convencido de que la distancia serviría de algo, de que China sería suficiente para dejar de darle vueltas a la cabeza. Y, sin embargo, bastó con escuchar su nombre pronunciado por esa voz para que toda la coraza que llevaba construyendo desde la discusión se desmoronara como si nunca hubiera existido.
Lo echaba de menos.
Lo echaba tanto de menos que le dolía .
Y eso era precisamente lo que no podía decir.
—No.
La palabra salió tan baja que casi no la reconoció como suya.
—¿Seguro? —insistió Ferrán.
Qué injusto era.
Incluso medio dormido seguía siendo capaz de notar cuándo algo iba mal. Seguía preocupándose por él. Seguía sonando exactamente igual que siempre. Era una de las cosas que más le gustaban de él: era atento, amable y protector. Casi le parecía irreal que alguien pudiera ser así de puro con todo el mundo.
Entonces, si parecía que todo seguía igual, ¿por qué parecía tan fácil para Ferrán imaginar una vida en otro club?
¿Por qué él era el único al que aquello le estaba rompiendo por dentro?
Tragó saliva.
Tenía tantas cosas que decir que ninguna conseguía salir.
No te vayas.
Quédate.
No me importa el dinero.
No me importa el PSG.
Solo no quiero perderte.
Pero ninguna de esas frases cruzó sus labios.
Porque decir cualquiera de ellas implicaba reconocer algo que llevaba demasiado tiempo escondiendo, que aquello nunca había sido solo una amistad para él. No sabía si podría soportar soltar sus sentimientos de esa manera, saltando a una balsa de la cual no vía el fondo ni si estaba llena de agua o si acabaría estrellándose contra el cemento.
—Entonces... ¿por qué me llamas?
Pedri permaneció en silencio.
La respiración de Ferrán llegaba amortiguada por el teléfono. Sonaba cansado, todavía adormilado. Tan normal que le hizo daño, casi no parecía que llevara semanas de fiesta por Ibiza sin tocar una gota de agua pura desde que terminaron la concentración del Mundial.
Había pasado dos semanas intentando convencerse de que podía seguir enfadado con él para siempre. Y, sin embargo, bastó con escuchar su voz para darse cuenta de que todo aquello era mentira.
Lo echaba de menos.
Muchísimo.
Demasiado.
—No lo sé… —La respuesta salió en un susurro.
Ferran sospecha al otro lado de la línea.
—Pedri.
No había reproche en su voz, solo preocupación. Eso le dolía más por algún motivo.
—¿Ha pasado algo?
Pedri negó con la cabeza por pura inercia antes de darse cuenta de que Ferrán no podía verlo, pero no dudaba que su compañero lo conocía tanto que hasta podría saber lo que estaba haciendo al otro lado de la línea.
—No.
—¿Seguro?
Otra vez esa pregunta.
Otra vez esa forma que tenía Ferrán de notar cuando algo iba mal, incluso a miles de kilómetros de distancia.
Sintió un nudo en la garganta.
—Estoy bien.
—No te creo.
Pedri soltó una risa seca.
—Ya.
Silencio.
Uno largo.
Ferrán no insistió. Nunca lo hacía. Siempre esperaba a que fuera Pedri quien hablara cuando estuviera preparado. Era un lenguaje que tenían que les había funcionado bien: esperar hasta que estuvieran listos.
Y precisamente por eso acabó haciéndolo.
—Alejandra y yo lo hemos dejado —soltó.
Esta vez fue Ferrán quien tardó en responder. Era extraño, solía siempre tener la respuesta a todo, no solía quedarse sin palabras.
—¿Qué?
—Hace unas semanas.
—¿Hace unas semanas?
Pedri cerró los ojos como si eso lo fuera a proteger de la conversación.
—Sí.
—¿Y no me has dicho nada?
Aquella pregunta llevaba una mezcla de incredulidad y decepción que le atravesó el pecho. Porque tenía razón. Siempre era el primero en enterarse de todo. Siempre, o al menos, hasta ahora. Podía entender la traición que salía dentro de la voz de Ferrán porque él también la sentiría si fuera a la inversa, pero no podía deshacer el pasado ni lo que había hecho; No podía preocuparme.
—No sabía cómo decírtelo.
—Pedri... estamos hablando de que has roto con tu novia y me estoy entrando semanas después.
—Ya lo sé.
—¿Por qué?
Porque estoy enamorado de ti, las palabras le quemaron la lengua.
Estuvieron a punto de salir y de tirar todo por la borda.
Durante un segundo creyó que lo harían.
Pero el miedo fue más rápido.
—Porque había otras cosas —dijo lo primero que se le ocurrió que tuvo cierto sentido y no fuera mentira.
—¿Qué cosas?
Pedri respiró hondo.
Sabía que, si seguía por ese camino, terminaría diciendo demasiado. Y no estaba preparado para eso, todavía, quizás nunca. Así que hizo lo único que llevaba dos semanas haciendo, lo que al parecer era lo único que sabía hacer en este punto: Huir.
—¿Tú ya has decidido lo del PSG?
El silencio al otro lado fue inmediato.
Pesado.
Ferran soltó el aire despacio.
—¿Así que era eso?
—¿Qué?
—Que me llamabas para preguntarme por eso.
Pedri frunció el fruncido.
—No.
—¿No?
—Bueno... sí. No sé.
—Pedri.
La voz de Ferrán había perdido parte de la calidez.
—¿De verdad me has despertado a las cinco de la mañana para hablar del PSG?
Pedri sintió cómo el pecho se le comprimía.
Porque no.
No había llamado por el PSG.
Había llamado porque llevaba dos semanas sin escuchar su voz. Porque necesitaba saber que Ferran seguía ahí. Porque quería decirle que había roto con Alejandra y que, por primera vez en mucho tiempo, ya no había nada entre él y otra persona.
Porque, quizás, una parte ridícula de él esperaba que eso significara algo.
Pero era incapaz de pronunciar una sola de esas cosas.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando el miedo le ganaba.
Se escondió detrás del fútbol.
—Solo contéstame.
—¿Qué quieres que conteste?
—¿Te vas?
Al otro lado de la línea solo se escucha una respiración profunda.
Pedri esperó.
No sabía exactamente qué esperaba. Quizás un "no", dicho sin dudar. Un "estás loco". Cualquier cosa que deshiciera el nudo que llevaba días creciendo en su pecho.
Pero no llegó.
—No lo sé.
Aquellas tres palabras le atravesaron el estómago y lo hicieron tener náuseas de arrepentimiento.
No era un "sí".
Lo sabía.
Pero tampoco era un "no".
Era suficiente para imaginar a Ferran vistiendo otra camiseta. Entrenando en otra ciudad. Riéndose con otros compañeros. Construyendo una vida en la que él ya no tendría sitio. En la cual solo se verían en vacaciones o concentraciones de la selección, o ni eso, se acabarían distanciando y su cercania se convertiría en un recuerdo lejano de lo que fueron. Solo quedaría nostalgia y recuerdos.
Se obligó a respirar despacio.
Se estaba adelantando.
Siempre hacía eso.
Cogía una posibilidad y la convertía en una certeza hasta acabar convenciéndose de que ya había ocurrido. Y normalmente siempre era el peor escenario posible. Sabía que no era sano ni lógico, era algo que igual debería conseguir trabajar en terapia, pero no conseguía detenerlo. Llevaba dos semanas alimentándose de rumores, periodistas y vídeos de gente que juraba tener información privilegiada. Cada vez que abría el móvil encontraba una versión distinta, y todas terminaban igual: Ferrán fuera del Barça, lejos de él. Ya no sabía distinguir qué era verdad y qué solo existía en su cabeza.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
Su voz sonó mucho más tensa de lo que pretendía.
—Que todavía no ha tomado una decisión.
Pedri tragó saliva.
Aquello no ayudaba.
Al contrario. Simplemente era peor: confirmaba que la posibilidad existía.
—¿Y no pensabas decírmelo? —Salió como un reproche.
—Iba a hacerlo.
Pedri bajó la mirada.
"Iba."
No era la palabra.
Era todo lo que significaba para él.
Ferrán había tenido tiempo para pensarlo. Para hablar con su representante. Para valorar ofertas. Para darle vueltas durante días. Y él no había sabido nada.
Siempre había pensado que, cuando algo importante pasaba en la vida de Ferran, él sería una de las primeras personas en enterarse. No por obligación, si no porque así había sido siempre.
Horas hablando por videollamada después de un entrenamiento cuando ya los dos se encontraban en su casa, pero no podía evitar extrañarse inmediatamente después.
Mensajes absurdos a cualquier hora.
Fotos de cualquier tontería.
Memes.
Audios interminables.
¿En qué momento había dejado de ser esa persona? ¿O nunca lo había sido tanto como él creía? La idea le hizo un nudo en el pecho.
—¿Cuándo?
—Cuando lo tuviera claro.
Pedri apoyó la frente contra el cristal de la ventana, al cual no sabía exactamente cómo había llegado, con el teléfono pegado a su oreja.
Estaba frío.
Muchísimo.
Intentó convencerse de que Ferran tenía derecho a decidir su futuro sin rendirle cuentas a nadie.
Y era cierto, lo tenía, claro que lo tenía. ¿Cómo no iba a tenerlo? Sería injusto decir lo contrario. No eran pareja. Ni familia. No eran nada, nada que justificara aquel dolor que lo estaba comiendo por dentro como un parásito que se extendía.
Entonces, ¿por qué sintió que le estaban arrancando algo?
Porque nunca había sido el fichaje.
Era Ferrán.
Siempre había sido Ferrán.
Y esa era precisamente la parte que no podía decir.
—Qué detalle...
La ironía se escapó antes de que pudiera contenerla.
Al otro lado del teléfono, Ferrán suspir.
—No empieces.
Pedri cierra los ojos.
Ahí estaba.
Ese tono.
No era enfado.
Era cansancio.
Y, por alguna razón, aquello le dolió incluso más.
Porque sonaba como si llevara días preparándose para aquella conversación, como si ya supiera que terminarían discutiendo. Como si, en el fondo, ya hubiera empezado a despedirse. Eso lo ponía todavía de peor humor, debería haber hablado con él antes sobre eso, ¿cómo se atreve ahora a removerle la vida de esta manera?
—¿Que no empiece? —soltó una risa sin humor—. Llevas semanas raro.
—No estoy raro.
—Claro que lo estás.
Ferrán guardó silencio unos segundos antes de responder.
—He tenido muchas cosas en la cabeza.
—Ya, claro.
Pedri notó cómo su pecho volvía a comprimirse en angustia.
Quería preguntarle si alguna de esas cosas lo incluía a él, si todavía seguía siendo importante. Quería preguntarle si, cuando imaginaba su futuro, todavía había un sitio reservado para él, pero las palabras se quedaban atrapadas en la garganta.
Siempre.
Desde hacía años.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando tenía miedo.
Transformarlo en enfado.
—Pues lo has llevado de puta madre. Porque yo me he enterado de que mi mejor amigo puede irse del Barça por Twitter, porque no me digas que esa confesión medio borracho cuenta porque no es así.
Silencio.
Uno largo.
Tan largo que Pedri llegó a preguntarse si Ferrán había colgado.
—Pedri...
La forma en que pronunció su nombre hizo que se le encogiera el corazón.
No había enfado.
Solo decepción.
—¿De verdad piensas que iba a tomar una decisión así sin hablar contigo antes?
Pedri quiso responder que no. Que, precisamente por eso, estaba tan dolido, porque esperaba ser una de esas personas con las que Ferrán hablara, pero su orgullo habló antes.
—Pues lo parece.
Ferrán tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo, su voz sonaba mucho más despierta que antes, como si un golpe de agua fría lo hubiera espabilado.
—¿Y qué querías que hiciera?
Pedri frunció el ceño.
—¿Cómo que qué quería que hicieras?
—No hay… no he tomado una decisión.
—Pero estabas pensando en irte.
—Estoy pensando en todas las opciones que tenía.
Pedri soltó una risa amarga.
—Pues muy bien.
—No tergiverses lo que estoy diciendo...
—No hace falta —lo cortó—, ya te encargas tu solito de dejarlo claro, ¿verdad?
Pedri empezó a caminar por la habitación del hotel descalzo de un lado a otro. Siempre hacía lo mismo cuando estaba nervioso. Necesitaba moverse para no sentir que el pecho iba a estallarle, necesitaba sentir cosas para no abrumarse en la conversación. Cada paso hacía crujir levemente la moqueta, y ya no era capaz de quedarse quieto.
—Llevas semanas distante.
—No es verdad.
—¿Ah, no?
Las imágenes empezaron a desfilar por su cabeza sin pedir permiso: Ferran riéndose con Llorente durante una comida de la selección, una entrevista en la que apareció abrazado a Rodri, las fotos de Instagram, los vídeos de TikTok., los malditos titulares. Dios , esos titulares que le habían trastocado completamente la cabeza y quitado la paciencia.
Todo aquello que llevaba días viendo una y otra vez hasta convencerse de que significaba algo.
Quizás no significaba nada. Quizás solo eran compañeros de selección disfrutando de un Mundial, pero cuando uno tiene miedo, cualquier detalle parece una prueba irrefutable.
—No has parado de estar con los del Atlético de Madrid.
Al otro lado hubo un silencio, vaya, esto ya empezaba a ser un hábito.
—¿Perdón?
—Que parecía que ya ni querías estar con nosotros.
—Pedri...
—Es verdad.
—No.
La respuesta de Ferrán fue firme.
—He estado con todo el mundo, como siempre hago.
—¿Con nosotros? No, no lo hiciste. No como siempre. —su voz tembló.
Nada más decirlo, Pedri sintió un pinchazo en el pecho. Había vuelto a hacerlo inconscientemente.
Nosotros .
Otra vez habló como si el problema fuera el grupo, como si estuviera defendiendo al vestuario. Cuando la realidad era mucho más egoísta y pecaminosa de lo que podría admitir.
No era "nosotros".
Era él.
Él echando de menos a Ferran en cada concentración y entrenamiento del equipo.
Él buscándolo con la mirada y encontrando la respuesta en un brillo extremadamente tierno en los ojos del otro.
Él sintiendo un vacío absurdo cuando lo veía riéndose con otros.
Pero eso no podía decirlo, nunca, porque si lo decía todo se iría a la mierda.
Jamás.
—¿Quienes son "nosotros"? —preguntó Ferrán en voz baja.
Pedri notó cómo el corazón le daba un vuelco. La pregunta lo dejó completamente inmóvil.
Podía mentir.
Decir "el Barça".
Decir "los de siempre".
Decir cualquier cosa.
Pero, por un instante, tuvo la tentación de decir la verdad.
Tú y yo.
Solo esas tres palabras, le bastaban tres palabras para cambiar su vida. Y le aterraba más que cualquier posible fichaje.
Bajó la cabeza.
—El equipo.
La media verdad le supo amarga en los labios. No podía mentir del todo, nunca era capaz de hacerlo, pero siempre se las arreglaba para decir algo que aunque no fuera la verdad completa tampoco era mentira.
Ferrán no respondió seguidamente.
Pedri imaginó que estaría frotándose la cara con la mano, como hacía siempre que intentaba ordenar sus ideas.
—Creo que esta conversación no va realmente del Barça.
Aquella frase hizo que todo dentro de Pedri se tensara.
Porque Ferrán tenía razón.
Y si seguía tirando de ese hilo... Todo iba a salir a la luz.
Pedri sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.
No.
No podía ir por ahí.
No estaba preparado.
No después de tantos años siendo cuidadoso y atesorando lo que tenían.
—Claro que va del Barça —dijo como si fuera obvio.
—No te creo.
La respuesta fue tan tranquila que le dolió más que un grito.
Ferran nunca levantó la voz cuando hablaban de cosas serias. ¿Con otras personas? Lo había visto encenderse, molestarse, incluso gritar y soltar algún insulto cruel, ¿pero con él?
Nunca.
Y por eso Pedri siempre terminaba quizás sintiéndose el malo de la película continuamente.
—Pues créete lo que te dé la gana.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Cerrarte a mí.
Pedri soltó una risa vacía.
—¿Ahora resulta que soy yo el que se cierra?
En cuanto terminó la frase, quiso tragársela.
Porque era injusta.
Ferran había contestado una llamada a las cinco de la mañana sin una sola queja. Había intentado entender qué le pasaba desde el primer minuto. No le había reprochado que lo despertara, ni que lo dejara hablando solo durante varios silencios interminables.
Y aun así, ahí estaba él.
Buscando cualquier excusa para seguir enfadado, porque si no, dejar de estarlo significaba quedarse completamente indefenso y con sus sentimientos a la vista.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Pedri volvió a caminar.
Notaba el teléfono resbalándole entre los dedos por el sudor.
Se pasó una mano por el pelo.
Respiró hondo.
No servía de nada.
Seguía sintiendo esa presión horrible en el pecho. Cada palabra de Ferrán pareciera que abriera una grieta más en el muro que llevaba años construyendo.
—Solo... —murmuró Ferrán—. Solo quería entender lo que te pasó.
Esa maldita frase era justo lo que llevaba semanas necesitando escuchar.
Si hubiera sido otra persona, quizás habría aprovechado la oportunidad.
Quizás habría dicho la verdad.
Que había roto con Alejandra porque llevaba demasiado tiempo enamorado de alguien más.
Que llevaba días sin dormir imaginando a Ferrán marchándose, alejándose del equipo, de él.
Que le daba igual el PSG.
Que le importaba Ferrán.
Que lo amaba con todo su corazón.
Solo Ferrán. Porque siempre había sido él. Nunca hubo una posibilidad real de que fuera nadie más.
Pero no era capaz, porque si lo decía en voz alta, no había marchado atrás.
Y si Ferrán no sentía lo mismo… Lo perdería igual. Y había pocas cosas que le dieran pánico a Pedri, y esa era la primera de la lista.
Así que eligió el camino que menos miedo le daba, aunque también fuera el que más daño hacía.
—¿Quieres saber qué me pasa?
—Sí.
—Que te estás yendo.
—Pedri...
—Que ya has tomado una decisión y eres incapaz de admitirlo.
—No es verdad.
—¡Pues demuéstralo!
El grito resonó en la habitación y por un momento pareció que todo tembló.
Pedri quedó inmóvil. No recordaba la última vez que le había gritado a Ferrán. No solían llegar a este punto porque no se lo permitían, porque al final
Al otro lado de la línea volvió a instalarse el silencio.
Pero esta vez era distinto.
Pesaba.
Dolía .
Y, por primera vez desde que había contestado la llamada, Ferran sonó cansado de verdad.
—¿Cómo quieres que te demuestre algo que ni siquiera sé?
Pedri abrió la boca.
No se encontró respuesta.
Porque Ferrán tenía razón.
No podía demostrar una decisión que aún no había tomado.
Y, aún así, Pedri necesitaba una certeza.
Cualquiera.
Un "me voy a quedar". Un "no pienso irme". Un "deja de darle vueltas".
Algo.
Lo que fuera.
El miedo se estaba comiendo todo lo demás y necesitaba anclarse a algo, aunque fuera un simple clavo ardiendo de mentiras piadosas.
—¿Qué quieres que haga, Pedri?
La pregunta llegó casi en un susurro.
No sonaba enfadado. Sonaba simplemente agotado.
—Dímelo, porque de verdad que no lo sé.
Pedri se quedó callado.
—Si te digo que todavía no he decidido nada, está mal. Si espero tener una decisión para contártelo, también está mal. ¿Qué es lo que debo hacer para que te sientas bien? Dímelo y lo haré.
Pedri apretó la mandíbula.
No tenía una respuesta.
Porque la respuesta nunca había sido esa.
La respuesta era "quédate".
Pero no podía pedirle algo así.
No tenía derecho.
—Podrías haber confiado en mí.
La frase salió tan baja que casi se perdió entre el tenue ruido de la ciudad que se colaba por los cristales.
Ferran tardó unos segundos en contestar.
—¿De verdad piensas que no confió en ti?
Pedri no respondió.
Porque no lo sabía.
Hacía dos semanas habría contestado que sí sin pensarlo pero ahora ya no estaba seguro de nada.
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Silencio.
Otra vez.
Pedri cerró los ojos. Podía sentir el corazón golpeándole las costillas, tan fuerte que casi le dolía.
Había una respuesta.
Una muy sencilla.
Porque tengo miedo de perderte.
La tenia en la punta de la lengua.
Solo necesitaba mover los labios.
Pero las palabras se quedaron atrapadas en el limbo de sus pensamientos, en el rincón de los más prohibidos.
Como siempre.
—Olvídalo.
Ferrán salió escapar del aire lentamente.
—No puedo olvidarlo, Pedri.
Su voz sonó más seria que en toda la conversación.
—Llevas veinte minutos diciéndome que me he alejado de ti, que no confio en ti y que parece que ya me he ido... y sigo sin entender por qué esto te está haciendo tanto daño.
Pedri sintió que el estómago se le revolvía.
Porque él sí lo entendía.
Demasiado bien.
Y precisamente por eso no podía explicarlo.
—No pasa nada.
—No me mientas.
Aquellas tres palabras hicieron que se le humedecieran los ojos.
Porque Ferrán siempre lo conoció demasiado bien.
Siempre.
Incluso ahora.
Incluso a miles de kilómetros.
Ese simple pensamiento lo hacía sonreír aunque tuviera lágrimas en los ojos, aunque estuviera destrozado, ver que el chico lo conocía tan bien siempre le reconfortaba su frágil corazón.
Y, aún así, era incapaz de verlo.
Era incapaz de darse cuenta de que la respuesta llevaba años delante de sus narices.
Pedri soltó una risa rota.
—Claro que pasa algo —admitió por fin.
—Pues dímelo.
"Dímelo."
Qué fácil sonaba.
Como si bastara con decirlo.
Como si no llevara años convenciéndose de que era mejor callar.
Como si no pudiera perderlo todo en una sola frase.
Se pasó una mano por los ojos.
Notó los dedos húmedos.
Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando.
Respiró hondo una vez.
Dos.
Tres.
No sirvió de nada.
—No puedo.
La confesión salió rota.
Tan baja que casi esperaba que Ferrán no la hubiera oído, pero la oyó.
—¿Por qué no?
Pedri apoyó la frente contra el cristal.
Estaba helado.
Le habría gustado que el frío le despejara la cabeza, que le quitara el miedo, que le permitiera decir lo que llevaba años escondiendo, po ocurrió.
Lo único que consiguió fue volver a sentir aquella rabia absurda consigo mismo.
Porque era un cobarde.
Porque Ferrán estaba dando todas las oportunidades para hablar.
Y él seguía escondiéndose.
Hasta que decidió dejar de esconderse, pero no de la forma correcta.
Levantó la cabeza y preguntó, con una voz que ya no sonaba triste, sino dura:
—¿Es por el dinero?
El silencio fue tan largo que Pedri llegó a separar el teléfono de la oreja para comprobar que la llamada seguía en curso.
Seguía ahí.
Solo que Ferrán no hablaba.
Y, de algún modo, aquel silencio le dio más miedo que cualquier respuesta.
—¿De verdad piensas eso de mí?
La voz de Ferran era apenas un hilo.
No sonaba enfadado.
Sonaba herido.
Pedri tragó saliva.
No.
Claro que no lo pensaba.
¿O sí?
Llevaba dos semanas alimentando una versión de Ferran que no existía.
Una construida a base de rumores, titulares y conversaciones que jamás habían tenido.
Había convertido sus propios miedos en certezas.
Y ahora ya no sabía distinguir una cosa de la otra.
—No lo sé...
Las palabras salieron solas.
Porque era la verdad.
Ya no sabía nada.
No sabía si Ferrán se iba a quedar.
No sabía si iba a marcharse.
No sabía si seguía siendo la persona a la que llamaría cuando todo se viniera abajo.
No sabía si aquella amistad seguía siendo la misma o si el único que seguía aferrándose a ella era él.
No sabía nada.
Ferrán dejó escapar una risa amarga.
Una de esas que nacían para esconder el dolor.
—Pues yo sí sé una cosa.
Pedri cierra los ojos.
—Llevas toda la llamada hablándome como si ya hubiera firmado un contrato.
No respondió.
Porque era verdad.
—¿Tú sabes lo que ha sido este último año para mí?
Pedri sintió un pinchazo en el pecho.
Claro que lo sabía.
O, al menos, creía saberlo.
Recordaba cada partido en el que el estadio había silbado a Ferran.
Cada titular llamándolo fracaso.
Cada meme.
Cada comentario decía que el Barça había tirado el dinero.
Recordaba incluso las veces que había entrado en Twitter dispuesto a defenderlo y había terminado cerrando la aplicación de la rabia que le daba leer según qué cosas.
Pero nunca le había preguntado cómo estaba de verdad.
Nunca.
Porque Ferrán al final siempre sonreía.
Y Pedri había querido creer que con eso bastaba.
—¿Te crees que no me he preguntado mil veces si seguía teniendo sitio en el Barça?
Pedri presionó el teléfono con tanta fuerza que le dolieron los dedos.
Quería decirle que él jamás había dudado. Que, incluso cuando fallaba ocasiones clarísimas, seguía esperando que el siguiente partido fuera el suyo.
Que cada gol de Ferran lo celebraba casi más que los propios.
Pero no lo interrumpió.
No esta vez.
—Cuando todo me salía mal...
Ferran hizo una pausa.
Pedri se imaginaba que estaba sentado en la cama, frotándose la cara con una mano, igual que hacía siempre cuando estaba agotada.
Aquella imagen le partió el alma.
Porque no podía verla.
Solo podía imaginarla.
Y eso la hacía todavía más dolorosa.
—Cuando todo me salía mal... nadie estaba ahí.
Pedri notó cómo se le cerraba el estómago.
No.
Eso no era verdad.
Él estaba ahí.
Siempre había estado.
Aunque fuera desde el silencio.
Aunque nunca había sabido cómo ayudar.
Aunque se hubiera limitado a sentarse a su lado cuando Ferrán no tenía ganas de hablar.
Él había estado.
Siempre.
—Cuando fallaba un gol era un inútil.
Silencio.
—Cuando no marcaba había que venderme.
Otra pausa.
—Cuando jugaba era porque tenía enchufe.
Pedri sintió que las lágrimas empezaban a nublarle la vista.
Cada frase era un recuerdo.
Cada frase le devolvía imágenes de un Ferrán intentando sonreír delante de las cámaras y apagándose en cuanto desaparecían los periodistas.
¿Por qué nunca le había preguntado si estaba bien?
¿Por qué se había conformado con pensar que era fuerte?
—Y ahora...
Ferrán soltó una risa sin humor.
—Ahora marco en un Mundial, y justamente el gol más importante de todos.
Pedri cierra los ojos.
Aquel gol.
Recordaba haber saltado como un loco en el campo al ver en primer plano como Ferrán marcaba justo delante de él.
Recordaba gritar su nombre corriendo tras él mientras veía como todos los suplentes lo rodeaban como si fuera un héroe.
Recordaba sentir más alivio que euforia.
Porque, por fin, el mundo iba a dejar de destruirlo.
O eso había creído.
—Ahora todo el mundo habla bien de mí, o bueno, al menos mejor que antes.
Otra risa.
Más amarga.
Más cansada.
Pedri desearía que nunca tener que escuchar la voz del delantero salir así.
—Ahora resulta que todos me quieren.
La siguiente frase cayó despacio.
Como si a Ferrán le costara incluso pronunciarla.
—Pero nadie me quería cuando no era nadie, cuando era el que fallaba a puerta vacía.
El mundo pareció detenerse.
Pedri dejó de oír el tráfico.
Dejó de notar el aire acondicionado.
Dejó incluso de sentir el frío del cristal contra la frente.
Solo existía aquella frase.
"Nadie me quería cuando no era nadie."
Y le dolió. Le dolió porque sabía que Ferrán se lo creía de verdad. Llevaba tanto tiempo escuchándolo que había terminado convenciéndose de que era cierto.
Y era mentira.
La mentira más grande de todas.
Pedri recordó el primer entrenamiento juntos.
Las bromas.
Las concentraciones.
Los abrazos después de perder.
Los abrazos después de ganar.
Las noches en las que Ferran se quedó despierto hablando con él hasta las tantas.
Las veces que había salido en su defensa cuando todo el mundo parecía disfrutar hundiéndolo.
Recordó mirarlo y pensar que no entendía cómo podía haber gente incapaz de ver la persona que había detrás del futbolista.
Él la había visto.
Muchísimo antes de aquel Mundial.
Muchísimo antes de los goles.
Muchísimo antes de que todo el mundo volviera a aplaudirle, él siempre lo vio. Para él, Ferrán era un sol. Cada vez que entraba en el campo seco todo el césped, irradiaba luz, te hacía sentir cálido con su sola presencia. Cada vez que entraba al terreno de juego a su lado, Pedri sentía que nunca podría perder ese partido porque Ferrán estaba ahí.
Y, antes de que pudiera pensarlo dos veces, habló, porque algo en su cabeza no podía permitir que Ferrán siguiera pensando eso de sí mismo.
—Yo sí.
Silencio.
—¿Qué?
Pedri notó cómo el corazón empezaba a latir tan fuerte que parecía querer romperle el pecho.
Mierda. La había cagado, tenía que haberse quedado callado, pero ya era tarde para echarse atrás, ¿no?
—Yo sí te quería.
Las palabras salieron temblando.
Sinceras.
Demasiado sinceras.
—Antes del Mundial.
Respiró hondo.
—Antes de los goles.
Otra pausa.
Sentia el estomago completamente encogido.
Quería decir "como amigo".Quería corregirse, no humillarse por teléfono a kilómetros de distancia, mientras lucía lo más patético del mundo. Agregar cualquier cosa que arregle aquella frase, pero no pudo, porque habría sido mentira y él podría haber huido de la persona que amaba, pero nunca podría mentirle.
—Antes de que todo el mundo cambiara de opinión... yo ya te quería —continuó, con la voz completamente rota.
El silencio al otro lado era absoluto.
Tan absoluto que Pedri dejó de respirar.
Acababa de decir la verdad. No completamente, no con todas las letras, no con todas las explicaciones, pero sí la suficiente como para que ya nada volviera a ser exactamente igual, la que llevaba años escondiendo.
—...¿Me querías?
La voz de Ferran sonó confundida.
Muy bajita.
Como si estuviera intentando entender exactamente qué había querido decir.
Pedri sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La había caído.
—Pedri...
Otra pausa.
—¿Me querías? —escuchó como enfatizar las palabras de una manera muy concreta, y en ese momento lo comprendió todo.
Aquella palabra.
En tiempo pasado.
Le hizo un nudo en el estómago.
Porque no.
No era en pasado.
Nunca había sido —ni sería— en pasado. Era tan absurdo la posibilidad que le daba ganas de reírse.
Lo seguía queriendo, cada día lo quería más.
Más que nunca y estaba seguro que más que nadie.
Precisamente por eso estaba destrozándose de aquella manera.
Abrí la boca para corregirse.
—No... yo...
Las palabras se atropellaban unas con otras. Las mil voces de su cabeza empezaron a hablar por encima de sus pensamientos. ¿La habitación siempre había sido tan pequeña?
Su cabeza iba demasiado rápido.
Di "como amigo".
Di que te referías a creer en él.
Di cualquier cosa.
Pero ninguna mentira conseguía salir.
Porque, por primera vez en años, la verdad ya se había escapado.
Ferran habló otra vez.
Con muchísimo cuidado.
Como si temiera romper algo.
—¿Ya no me quieres?
Aquella pregunta terminó de destruirlo por completo.
El pecho le doría.
Le costaba respirar.
Las manos le temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono.
¿Cómo podía responder a eso?
Si decía que sí… Todo cambiaría.
Si decía que no... Sería la mentira más grande de su vida. y él nunca podría mencionar a Ferrán. No merecía eso.
Notó las lágrimas resbalando por sus mejillas.
Cerró los ojos con fuerza.
Y, contra todos los pronósticos, la respuesta salió sola.
Lista.
Casi inaudible.
—Claro que te quiero, tonto...
El silencio fue inmediato.
Pedri sintió cómo el mundo entero se detenía y él mismo entraba en absoluto pánico.
Acababa de decirlo.
No exactamente.
No con todas las letras.
Pero lo había dicho.
Y entonces el miedo lo toca de lleno.
¿Qué acababa de hacer?
¿Y si Ferran lo había entendido?
¿Y si a partir de ese momento todo cambiaba?
¿Y si acababa de perder a la única persona que más quería en el mundo?
No.
No.
No.
NO.
Respiró una vez.
Otra.
No entraba aire. ¿Por qué no había aire? ¿Estaba en el espacio? ¿Debajo del agua?
Necesitaba salir de ahí.
Necesitaba escapar antes de escuchar la respuesta.
Antes de que Ferrán dijera algo que no pudiera soportar.
Con dedos temblorosos apartó el teléfono de la oreja.
—Pedri...
Su nombre sonó desesperado, pero ya no lo podía escuchar bien, no quería escuchar lo que tuviera que decir, no podía destrozarse más esa noche.
—Pedri, espera.
Pero él ya había pulsado el botón rojo.
La pantalla se apagó.
Y el silencio de la habitación cayó sobre él como una losa.
Durante unos segundos quedó inmóvil.
Mirando el teléfono.
Esperando que aquello no hubiera ocurrido.
Esperando despertar.
Pero no era un sueño.
Acababa de colgarle a Ferrán Torres después de decirle que lo quería.
Y, por primera vez desde que se conoció, no tenía ni idea de qué iba a pasar entre ellos.
Los siguientes días transcurrieron con una lentitud desesperante.
Cuando más tarde intenté recordarlos, Pedri fue incapaz de diferenciarlos entre sí. Todos parecían haberse mezclado en una única sucesión de horas vacías, de noches en las que apenas dormía y mañanas en las que despertaba con la absurda esperanza de descubrir que todo había sido una pesadilla.
Nunca lo era.
Lo primero que hacía al abrir los ojos era buscar el teléfono.
Ni siquiera era una decisión consciente. Antes de que su cabeza terminara de despertar, su mano ya estaba tanteando la mesilla de noche hasta encontrar.
La pantalla permanecía siempre igual.
Ninguna llamada perdida.
Ningún mensaje de Ferran.
Durante los dos primeros días aquello le aceleraba el corazón. Cada notificación que iluminaba la pantalla le hacía incorporarse de golpe en la cama, sintiendo un vuelco en el estómago que desaparecía tan deprisa como había llegado al descubrir que era cualquier otra persona.
Gavi enviando un vídeo ridículo al grupo de la selección.
Un mensaje de Fermín preguntando si seguía vivo.
Alejandra grabándole que intentara disfrutar del viaje.
Incluso promociones del propio hotel.
Todo el mundo parecía acordarse de él.
Todo el mundo menos la única persona cuya respuesta llevaba esperando desde aquella llamada.
Al tercer día dejó de ilusionarse.
O eso intenta convencerse.
El teléfono dejó de ser una promesa para convertirse en un recordatorio constante de que había cruzado una línea de la que ya no sabía volver.
Había perdido la cuenta de las veces que abría el chat de Ferrán.
Se quedaron varios minutos mirando la última conversación. Aquella llamada sin duración escrita debajo porque había terminado demasiado rápido. El vacío posterior. Ningún mensaje.
Entonces empezaba a escribir.
"Perdón."
Lo borraba.
"No quería decir eso."
Mentira.
Claro que quería decirlo.
Lo que no quería era haberlo dicho así.
¿Podemos hablar?
También desaparecía.
Las palabras nunca parecieron suficientes.
O tal vez eran demasiado.
Terminaba bloqueando el móvil y dejándolo otra vez sobre la cama, como si la culpa pudiera quedarse atrapada dentro de la pantalla.
Dormir tampoco ayudaba.
En realidad era incluso peor.
Porque, mientras estaba despierto, todavía podía engañarse creyendo que era capaz de pensar en otra cosa. Basta con salir a la calle, mezclarse entre la gente o entrar en cualquier templo para mantener la cabeza ocupada durante unos minutos.
Pero, en cuanto apagaba la luz de la habitación, la conversación volvió a empezar.
Siempre igual.
Con la misma precisión.
La voz todavía dormida de Ferran respondiendo al teléfono.
Los silencios.
Los suspiros.
El momento en que dejó de sonar preocupado para empezar a sonar herido.
Y, una y otra vez, aquellas dos frases.
¿Me querías?
¿Ya no me quieres?
Pedri se revolvía entre las sábanas intentando dejar de escucharlas.
No podía.
Cuanto más luchaba por olvidarlas, más claras sonaban en su cabeza.
Había intentado convencerse de que Ferran las había interpretado como una simple amistad. Que cualquier persona habría entendido aquel "te quería" como un "siempre creí en ti".
Pero entonces recordaba el silencio.
Recordaba el cuidado con el que Ferran había pronunciado cada palabra después de aquello.
Y volvía a sentir el mismo miedo.
¿Y si lo había entendido?
¿Y si había visto por fin algo que llevaba años escondiendo?
La idea le helaba la sangre.
Porque, si era así...
Ya no existía ninguna forma de volver atrás.
Salir del hotel tampoco servía de mucho.
Alejandra había insistido durante los primeros días en que aprovechara el viaje, y Pedri había aceptado más por no preocuparse que por verdadero interés.
Había recorrido Shanghái casi por inercia.
Había paseado por calles llenas de luces imposibles.
Había visitado jardines donde el tiempo parecía detenerse.
Había cruzado templos abarrotados de turistas que levantaban el móvil para inmortalizar cada rincón.
Él también hacía fotos.
Decenas de ellas.
Pero, al volver por la noche y repasarlas, era incapaz de recordar qué había sentido al hacerlas.
Todo le parecía bonito.
Todo le parecía lejano.
Como si estuviera observando la vida de otra persona.
En un viaje normal, todas esas fotos hubieran acabado en el historial de su chat con Ferrán contándole todo su día.
Que pena que este no fuera un viaje normal, ¿verdad?
Y al final Alejandra regresó a España.
Se despidieron con un abrazo largo y sincero, el primero que compartían en mucho tiempo sin necesidad de fingir que todavía quedaba algo entre ellos.
Ella le acarició el brazo antes de marcharse.
—Llámalo.
Pedri levantó la vista, más confundido que impresionado.
—Se te nota demasiado.
No hizo falta preguntar a quién se refería.
Solo conseguí sonreír con tristeza.
Porque, si hubiera sido tan fácil, ya lo habría hecho.
Cuando la puerta del ascensor se cerró detrás de ella, el silencio del hotel adquirió una dimensión completamente distinta.
Ya no tenía a nadie que insistiera en sacarlo a pasear.
Ni quien llamara a la puerta para preguntarle si había desayunado.
Ni quien le recordara que el mundo seguía existiendo fuera de aquella habitación.
Solo quedó él.
Y sus pensamientos.
Descubrió muy pronto que eran una compañía horrible.
La mañana del sexto día despertó antes de que sonara la alarma.
Había llovido durante toda la noche.
El cielo gris desdibujaba los edificios al otro lado de la ventana y las gotas resbalaban lentamente por el cristal, convirtiendo el paisaje en una mancha de luces borrosas.
Se preparó un café yo sostuvo entre las manos durante casi media hora. Cuando quiso dar el primer sorbo, ya estaba completamente frío.
Ni siquiera recordaba haberlo preparado.
Llevaba demasiado tiempo mirando la misma conversación de WhatsApp. El último mensaje seguía siendo suyo.
Una llamada.
Nada más.
Apoyó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Tenía que dejar de esperar.
Si Ferrán hubiera querido hablar con él ya lo habría hecho.
Aquella idea le atravesó el pecho con una violencia inesperada, se sintió como un cuchillo atravesando todo su corazón de manera lenta y dolorosa.
Quizás lo había entendido todo.
Quizás estaba incómodo.
Quizás necesitaba tiempo.
O, simplemente… Quizás ya no quería tenerlo en su vida.
Tres golpes secos resonaron al otro lado de la puerta.
Pedri ni siquiera levantó la cabeza.
Pensó que sería el servicio de habitaciones.
Volvieron a llamar.
Esta vez con algo más de insistencia.
Dejó la taza sobre la mesa y caminó despacio hasta la entrada, arrastrando los pies sobre la moqueta.
Giró el pomo sin molestarse en mirar por la mirada.
Y el mundo dejó de girar.
Ferrán estaba allí.
Llevaba una gorra negra calada hasta casi cubrir los ojos, unas gafas de sol y una sudadera gris demasiado gruesa para el calor húmedo de Shanghái. Una mochila colgaba de uno de sus hombros y varias gotas de lluvia seguían resbalando por la visera de la gorra.
Parecía agotado.
No el cansancio de alguien que había dormido poco.
El de alguien que llevaba días arrastrando el peso de algo demasiado grande.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Pedri ni siquiera era consciente de que había dejado la puerta a medio abrir.
Su cerebro se negaba a aceptar lo que estaba viendo.
Había imaginado tantas veces aquel momento durante los últimos días que casi estaba convencido de que seguía soñando.
Solo reaccionó cuando Ferran se quitó lentamente las gafas de sol.
Sus ojos estaban casi tan cansados como los suyos.
Y, por primera vez desde aquella llamada, Pedri entendió que ninguno de los dos había sufrido solo.
—Hola, Pedri.
Su voz seguía siendo la misma.
Afable.
Cálida.
Con ese deje ronco que aparecía siempre cuando llevaba demasiadas horas sin dormir.
Ferran tragó saliva, bajó la vista durante un instante y dejó escapar una sonrisa tan pequeña que apenas llegó a existir.
—¿Puedo pasar?
Y, de repente, después de seis días sintiendo que había perdido a la persona más importante de su vida...
La tenía delante.
Pedri tardó varios segundos en reaccionar.
No porque no quisiera contestar.
Simplemente, su cerebro parecía incapaz de procesar la imagen que tenía delante.
Se quedó inmóvil, con una mano todavía apoyada sobre el pomo de la puerta y la otra colgando a un lado del cuerpo, observándolo como si, en cualquier momento, la figura de Ferran fuera a deshacerse delante de sus ojos igual que un espejismo.
No tenía ningún sentido.
Ferrán debía de estar en España.
Disfrutando de sus vacaciones.
Hablando con su representante.
Con Hansi.
Con quien fuera que decidiría el futuro de su carrera.
No allí.
No delante de la puerta de un hotel perdido al otro lado del mundo.
Durante los últimos seis días había imaginado aquella escena tantas veces que había dejado de contar las ocasiones.
A veces ocurría mientras intentaba dormir.
Otras, en mitad de una calle abarrotada, cuando veía a dos amigos riéndose y su cabeza decidió regalarle una versión imposible de Ferran apareciendo por sorpresa.
Siempre terminaba igual.
Parpadeaba.
La ilusión desaparecía.
Y volvía a quedarse solo.
Por eso no conseguía moverse.
Porque tenía miedo.
Miedo de descubrir que aquello no estaba pasando realmente.
Miedo de despertar.
Miedo de que, al pestañear, la puerta estuviera vacía otra vez.
Fue Ferrán quien rompió el silencio.
—¿Pedri?
La voz sonó exactamente igual que siempre.
Con aquella ronquera suave que aparecía cuando llevaba demasiadas horas despierto.
Tan real que le hizo estremecerse.
Pedri tragó saliva.
Notó la garganta completamente seca.
Intentó responder, pero el aire pareció quedarse atascado en la mitad del pecho.
Era ridículo.
Llevaban años viéndose prácticamente todos los días.
Había compartido más concentraciones, más entrenamientos y más viajes con Ferran de los que era capaz de recordar.
Entonces... ¿Por qué ahora sentía que tenía delante a un desconocido?
No.
No era un desconocido.
Era mucho peor.
Era la misma persona de siempre.
Solo que ahora Ferrán sabía algo que llevaba años escondiéndole.
Y eso hacía que todo pareciera distinto.
Los abrazos.
Las bromas.
Las miradas.
Todos aquellos recuerdos que hasta hacía una semana seguían siendo refugios seguros se habían convertido de arrepentido en un terreno lleno de preguntas.
¿Los reinterpretaría ahora?
¿Pensaría que todos aquellos gestos tenían significado algo diferente?
¿Le daría asco?
La idea le golpeó con tanta fuerza que tuvo que apretar los dedos alrededor del pomo para mantenerse firme.
Sintió una punzada en el estómago.
No.
No podía pensar en eso ahora.
—Ah... sí.
Su propia voz le sonó extraña.
Ronca.
Muchísimo más baja de lo habitual.
Se apartó torpemente hacia un lado, dejando espacio para que Ferran pudiera entrar.
—Perdón.
Ferran pasó despacio junto a él.
Durante apenas un instante, sus hombros quedaron tan cerca que Pedri sintió el impulso absurdo de dar un paso hacia él.
Abrazarlo.
Esconder la cara en su cuello como había hecho cientos de veces después de un partido.
Decirle que lo sentía.
Que llevaba una semana sintiendo que le faltaba el aire.
Que no había sabido vivir ni un solo día pensando que quizás acababa de perderlo para siempre.
No hizo nada.
Se quedó completamente tranquilo.
Porque ya no sabía si seguía teniendo derecho.
La colonia de Ferrán lo envolvió apenas unos segundos mientras pasaba a su lado.
Pedri cerró los ojos sin darse cuenta.
Aquel olor le resultaba insoportablemente familiar.
Le recordaron madrugones para coger aviones con la selección.
Autobuses después de los partidos.
Vestuarios.
Celebraciones.
Entrenamientos de verano bajo un calor insoportable.
Era increíble que algo tan simple pudiera hacerle doler el pecho de aquella manera.
Cerró la puerta despacio.
El clic de la cerradura resonó en la habitación con una claridad incómoda.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Pedri permanecía junto a la entrada, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
Las escondió dentro de los bolsillos del pantalón por pura necesidad.
Temía que, si las dejaba libres, terminarían temblando delante de Ferran.
Y no quería darle una razón más para preocuparse.
Lo observó de reojo.
Ferrán se había quedado de pie en mitad de la habitación, recorriendo el espacio con la mirada.
La cama seguía completamente deshecha.
La taza de café descansaba sobre la mesa, intacta, ya fría desde hacía horas.
Había ropa doblada a medias sobre una silla, una guía turística abierta por una página cualquiera y el teléfono móvil boca abajo, exactamente donde lo había dejado unos minutos antes.
Todo parecía hablar de él.
Del cansancio.
Del desorden.
De aquellos seis días en los que había sobrevivido más que vivido.
Sintió una vergüenza absurda.
Como si Ferran pudiera leer en aquella habitación todo lo que él había sido incapaz de decir por teléfono.
Como si bastara mirar aquel desastre para entender que llevaba casi una semana deshaciéndose poco a poco.
—Así que... este era tu escondite en el que te refugias.
La voz de Ferrán lo sacó de sus pensamientos.
Intentó sonreír al decirlo.
Pero la sonrisa murió antes incluso de terminar de aparecer.
Pedri quiso responder algo.
Cualquier cosa.
Una broma.
Un comentario sobre el viaje.
Preguntarle cuando habia llegado.
Cómo demonios lo había encontrado.
En lugar de eso, solo conseguí mirarlo.
Porque seguía sin entender por qué estaba allí.
Había cruzado medio planeta.
Más de doce horas de vuelo y no sé cuántas de escala.
Miles de kilómetros.
Solo para verlo.
Siendo sinceros, cuanto más lo pensaba más miedo le daba la respuesta.
Porque nadie hacía algo así por una conversación sin importancia.
Nadie recordaría medio mundo para hablar con alguien al que quisiera dejar atrás.
El corazón se volvió a golpearle con fuerza contra las costillas.
Tan fuerte que por un instante estuvo convencido de que Ferrán podía escucharlo.
Entonces el mayor respiró hondo.
Se pasó una mano por la nuca, exactamente igual que hacía siempre que estaba nervioso.
Y habló.
—Llevo seis días intentando imaginar cómo iba a empezar esta conversación.
Pedri sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones.
Seis días.
Él también.
Había pasado seis días reviviendo aquella llamada una y otra vez.
Pensando en todas las respuestas que debería haber dado.
En todas las veces que había estado a punto de llamarlo para pedir perdón.
En todas las ocasiones en las que el miedo había terminado ganando.
Y descubrir que Ferran había estado haciendo exactamente lo mismo...
Le rompió el corazón de una forma completamente distinta.
Ferrán respiró hondo y desvió la vista hacia la ventana durante unos segundos, como si necesitara reunir el valor suficiente para empezar. Cuando volví a mirarlo, tenía los labios apretados y una expresión que Pedri no supo interpretar. No parecía enfadado. Tampoco triste. Era algo más cansado que todo eso.
—No he venido para hablar de lo que dijiste al final de la llamada.
Pedri sintió un vuelco en el estómago.
Durante toda la semana había esperado precisamente ese momento. Había imaginado decenas de respuestas posibles: rechazo, incomodidad, una disculpa educada antes de marcharse para siempre. Que Ferran evitara el tema por completo lo dejó completamente descolocado.
Bajó la mirada hacia el suelo antes de que él pudiera darse cuenta del miedo que acababa de reflexionar en la cara.
—He venido porque creo que te debo una explicación. Una de verdad.
Ferran se pasó una mano por la nuca, un gesto que Pedri conoció demasiado bien. Siempre lo hacía cuando estaba nervioso. Antes de una entrevista. Antes de admitir que algo le preocupaba. Antes de decir algo que llevaba demasiado tiempo guardándose.
—Todo esto del PSG, del Atlético... de renovar o no renovar... no empezó hace dos semanas. Llevo meses dandole vueltas.
Hizo una pausa breve, buscando las palabras con cuidado.
—Y no porque estuviera deseando irme. Ojalá hubiera sido tan simple.
Pedri permanecía completamente inmóvil. Sentía el corazón golpeándole tan fuerte que apenas era capaz de concentrarse en otra cosa. Había esperado esa explicación durante días y, ahora que por fin estaba llegando, descubría que una parte de él seguía teniendo miedo de escucharla.
—Hubo una época en la que llegué a pensar que quizás ya no tenía sitio en el Barça. —Ferran sonriendo sin humor, negando levemente con la cabeza—. Después de escuchar durante tanto tiempo que eres un fracaso, que cuesta demasiado dinero, que no vales para este equipo... llega un momento en el que dejas de discutir con la gente y empiezas a discutir contigo mismo.
Pedri sintió que algo se le encogía en el pecho.
No era la primera vez que oía a Ferrán hablar de las críticas.
Pero sí era la primera vez que lo escuchaba admitir hasta qué punto habían conseguido romperlo por dentro.
—Me preguntaba si, a lo mejor, todos tenían razón. Si quizás el problema era yo. Si necesitaba empezar de cero en otro sitio.
Ferrán dejó escapar una risa cansada y volvió a levantar la vista.
—Así que escuché ofertas. No porque quisiera marcharme, porque necesitaba saber si todavía había alguien que pensara que podía aportar algo.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Pedri sintió una punzada de culpa tan intensa que tuvo que bajar la cabeza durante un instante.
Había pasado días enfadado con él por plantearse salir.
Ni una sola vez se había parado a pensar que, quizás, Ferrán no estaba buscando un contrato mejor.
Quizás solo estaba buscando un lugar donde dejaran de hacerle sentir que sobraba.
—Intenté imaginármelo muchas veces —continuó Ferrán, casi hablando para sí mismo—. Otro estadio. Otro vestuario. Otra ciudad. Otra camiseta.
Se encogió ligeramente de los hombros.
—Y, al principio, podía.
Pedri levantó la cabeza.
Había algo en el tono de Ferrán que le impedía apartar la vista de él.
—Pero nunca conseguía llegar muy lejos. Siempre pasaba lo mismo, ¿sabes? —Encogió los hombros—. Había un momento en el que dejaba de pensar en el fútbol... Y empezaba a pensar en la gente.
Sonrió con una mezcla de ternura y resignación.
—Pensaba: "Vale..., entonces, me voy. ¿Y ahora qué?"
Hizo una pausa.
—¿Con quién desayuno después de entrenar?
Otra.
—¿Quién entra en mi habitación sin llamar porque le da pereza escribir un WhatsApp?
La sonrisa de Pedri apareció sin que él pudiera evitarlo.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Ferrán también la vio y sonrió un poco más.
—¿Quién me manda audios de cuatro minutos para contarme algo que podría resumir en veinte segundos?
Pedri bajó la cabeza, incapaz de contener aquella sonrisa temblorosa que llevaba días sin aparecer.
Podía escuchar perfectamente el tono burlón de Ferrán, lo había oído cientos de veces. Y, por primera vez desde la llamada, todo aquello le resultó familiar, como si durante unos segundos hubieran vuelto a ser ellos.
—Era una tontería —continuó Ferran, negando con la cabeza—. Porque estaba intentando imaginarme jugando en otro equipo... y siempre acababa pensando en ti.
El corazón de Pedri dejó de latir durante un instante.
No metafóricamente.
De verdad sentía que el pecho se le quedaba vacío.
Ferran no pareció darse cuenta.
—Y no importaba las veces que lo intentara, siempre terminaba igual. —Seguía hablando con una naturalidad casi injusta como si no hubiera regalado a Pedri uno de sus mayores deseos— Podía imaginarme cambiando de ciudad, de entrenador, de compañeros... pero nunca conseguía imaginarme una vida en la que tú no estuvieras.
Pedri sintió que tenía que apartar la vista.
Aquellas palabras estaban haciendo demasiadas cosas dentro de él. Había pasado seis días enteros convencidos de que Ferran estaba aprendiendo a vivir sin él, y ahora descubriría que el propio Ferran había sido incapaz de imaginar ese mismo futuro.
—No sé si lo que he decidido será lo mejor —admitió finalmente, con una honestidad que casi dolía—. Ojalá pudiera decirte que lo tengo claro, pero te mentiría. Todavía tengo miedo. Todavía hay días en los que pienso que quizás lo mejor sea empezar de cero.
Respiró hondo antes de dar un pequeño paso hacia Pedri. No era un paso suficiente para invadir su espacio, solo lo justo para que la distancia entre ambos dejará de sentirse tan enorme.
—Pero sí hay una cosa que tenía clara.
Esperaba que Pedri volviera a levantar la cabeza.
—No podía tomar una decisión así sin hablar contigo. Porque, aunque acabaría dejando el Barça nunca querría que pensaras que también te estaba dejando a ti.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Pedri era incapaz de apartar la vista de él.
Había imaginado aquella conversación cientos de veces desde que colgó el teléfono. En todas ellas Ferrán aparecía enfadado, dolido o incómodo. A veces incluso lo imaginaba despidiéndose con una educación distante, como si ya no supiera cómo tratarlo después de aquella llamada.
Nunca había imaginado esto.
Nunca había imaginado a Ferran plantado delante de él, confesándole con aquella tranquilidad desarmante que, cada vez que pensaba en marcharse, acababa pensando en él.
Sintió un nudo tan fuerte en la garganta que tuvo que tragar saliva varias veces antes de atreverse a hablar.
—Yo...
La voz le salió completamente rota.
Bajó la cabeza.
Le daba vergüenza mirarlo.
Porque cuanto más hablaba Ferrán, más consciente era de lo injusto que había sido con él.
Llevaba días culpándolo por algo que ni siquiera había ocurrido.
Había dejado que el miedo hablara por él.
Y, de paso, había ignorado por completo el miedo de Ferrán.
—Lo siento.
La frase apenas fue un susurro.
El delantero frunció levemente el ceño, sin comprender la disculpa.
—¿Por qué?
Pedri soltó una risa amarga.
—Porque ni una sola vez pensé que tú también podías estar pasándolo mal.
Se pasó una mano por la cara, intentando esconder el temblor de sus dedos.
—Estaba tan obsesionado con... —se detuvo antes de terminar la frase.
Con perderte.
No.
No podía decir eso, todavía no.
Respiró hondo.
—...con que te fueras —decidió decir un poco atropelladamente—, que no me paré a pensar por qué estabas dudando.
Levantó por fin la vista.
Los ojos le escocían.
—Solo veía titulares. Rumores. Fotos tuyas con gente de otros equipos. Cada vez que abría Twitter había alguien diciendo que ya lo tenías hecho.
Sonrió con tristeza.
—Y cuanto más lo leía... más me convenciía de que era verdad.
Ferrán consiguió espacio con la cabeza.
—Twitter es un sitio de mierda.
Aquello consiguió arrancarle a Pedri una risa muy pequeña.
Duró apenas un segundo.
Pero fue la primera risa de verdad en muchos días.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Esta vez no resultó incómodo.
Era un silencio cansado.
El de dos personas que llevaban demasiado tiempo hablándose a los medios.
Ferran lo observó durante unos instantes.
Con calma.
Como si estuviera intentando decidir si debía seguir tirando de un hilo que ambos sabían que seguía ahí.
Al final habló.
Muy despacio.
—Hay otra cosa.
Pedri notó cómo volvía a tensarse.
Ferrán también pareció darse cuenta.
Porque suena con cierta torpeza antes de continuar.
—Lo que me dijiste al final de la llamada.
Ahí estaba.
Sintió que el estómago se le caía a los pies.
Todo el aire que acababa de recuperar desapareció otra vez.
Instintivamente dio un paso hacia atrás.
Muy pequeño.
Casi imperceptible.
Pero Ferran lo vio.
Y no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo llevaba Pedri reaccionando así cada vez que tenía miedo.
—No voy a pedirte explicaciones si no quieres dármelas.
La voz del mayor se volvió increíblemente suave y Pedri se preguntaba cómo podía alguien tener la voz más bonita del mundo.
—No he venido para obligarte a decir nada.
Hizo una pausa.
—Pero tampoco puedo hacer como si no hubiera pasado.
Pedri cierra los ojos.
Claro.
Era imposible.
Él mismo llevaba seis días sin pensar en otra cosa. ¿Cómo iba a hacerlo Ferrán?
—Cuando me dijiste... —Ferrán dudó unos segundos, escogiendo las palabras con muchísimo cuidado— que tú sí me querías antes de todo...
Pedri sintió que el corazón empezaba a latirle tan fuerte que le dolía.
—...y después me dijiste que todavía me querías...
El silencio volvió a caer entre los dos.
Ferrán tragó saliva.
No parecía incómodo.
Parecía... confundido y ¿nervioso? De verdad confundido y nervioso.
—No he dejado de darle vueltas desde entonces.
Pedri sintió un vuelco en el estómago.
Había esperado ese momento desde que colgó el teléfono.
Y, ahora que por fin estaba ocurriendo, lo único que quería era salir corriendo.
No porque no quisiera responder.
Porque sabía que cualquier respuesta iba a cambiar algo entre ellos.
Para siempre.
Ferrán respiró despacio.
—Intentó convencerme de que te referías a otra cosa.
Pedri levantó la vista sin darse cuenta.
—De verdad lo he intentado.
Esbozó una sonrisa cansada.
—Pensé que igual hablabas de amistad. De que tú siempre habías confiado en mí cuando la gente me criticaba.
Se encogió ligeramente de los hombros.
—Pero entonces recordaba cómo colgaste.
Aquellas palabras hicieron que el pecho de Pedri se comprimiera.
No había pensado en eso.
En que Ferrán también habría revivido aquella llamada una y otra vez.
En que también habría buscado explicaciones.
—Y cuanto más lo pensaba... menos sentido tenía.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
Ninguna era incómoda.
Era frágil.
Como si cualquiera de los dos pudiera romperlo con una sola palabra.
Ferrán dio otro paso.
Muy pequeño.
Lo justo para acortar un poco la distancia.
—Solo necesito que me digas una cosa.
Esperó unos segundos.
—¿Fue real? ¿O lo imaginé?
Pedri sintió que se le secaba la boca.
No preguntó qué parte.
No hacía falta.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Bajó la cabeza.
Observó el dibujo de la moqueta del hotel como si pudiera encontrar allí una respuesta distinta.
Su mente empezó a correr desesperadamente.
"Dile que no."
"Dile que lo malinterpretó."
"Dile que estabas nervioso."
Era tan fácil.
Solo tenía que decir una mentira más.
Llevaba años haciendo.
Cada vez que alguien bromeaba con ellos.
Cada vez que le preguntaban por qué siempre acababa al lado de Ferran.
Cada vez que notaba que lo miraba durante unos segundos más de la cuenta.
Siempre encontré una excusa.
Siempre.
¿Por qué ahora no podía?
Porque estaba cansado.
No del miedo.
Del esfuerzo.
Del esfuerzo constante de vigilar cada gesto, cada palabra, cada mirada.
Del esfuerzo de convencerse a sí mismo de que aquel algún día desaparecería.
Y no había desaparecido.
Había ido a peor.
Muchísimo peor.
Desde el Mundial.
Desde aquel gol.
Desde aquella celebración en la que Ferran había corrido a abrazarlo sin pensarlo dos veces y Pedri había tenido que fingir que para él significaba lo mismo que para el resto.
No significaba lo mismo.
Nunca lo había significado.
Notó que los ojos empezaban a escocerle.
Le daba una vergüenza terrible.
No quería llorar delante de él.
No otra vez.
—Pedri...
La voz de Ferrán sonó increíblemente suave.
No había prisa en ella.
Ni reproche.
Solo preocupación.
Y eso terminó de romper algo dentro de él.
Se pasó una mano por la cara con brusquedad.
Como si pudiera esconderse detrás de ese gesto.
Cuando volvió a hablar, casi ni reconoció su propia voz.
—Lo intenté.
Ferran frunció levemente el ceño.
—¿Qué?
Pedri soltó una risa completamente rota.
Negó despacio con la cabeza.
—Intenté que dejara de pasar.
Las palabras empezaban a salir solas.
Sin orden.
Sin el filtro que llevaba años imponiéndose.
—Pensé que era una tontería. Que se me acabaría pasando. Que... yo qué sé... encontraría a otra persona o dejaría de verte así.
Se quedó callado un instante.
Respiró hondo.
No estaba siendo capaz de mirarlo.
—Por eso seguí con Alejandra tanto tiempo.
La confesión cayó entre los dos con un peso inesperado.
Pedri cierra los ojos.
Aquello nunca había pensado decirlo en voz alta.
—Porque era lo que tocaba. Porque era lo normal. Porque contigo... nunca iba a pasar nada.
Notó que la garganta volvía a intentar cerrarse, quizás para protegerlo e intentar que dejara de arruinar todo.
—Y cuanto más intentaba convencerme de eso...
Se le quebró la voz.
—...más te quería.
El silencio que siguió fue tan profundo que Pedri tuvo miedo de levantar la cabeza.
No sabía qué iba a encontrar cuando lo hiciera.
Rechazo.
Lástima.
Confusión.
Cualquier cosa.
Apretó los puños dentro de los bolsillos.
Esperó.
Y, por primera vez desde que Ferran había llamado a la puerta de aquella habitación, no intentó esconderse.
Ferrán no respondió inmediatamente.
Se quedó observándolo durante unos segundos, con una expresión extrañamente serena. Había cansancio en su cara, sí, pero también algo más. Como si durante toda la semana hubiera ensayado aquella conversación una y otra vez y, aun así, ahora que por fin tenía a Pedri delante, seguiría sin saber muy bien por dónde empezar.
Al final dejó escapar una risa baja y empresarial con la cabeza.
—¿Sabes la de veces que he repasado esa llamada estos días? Primero pensé que estabas borracho. Luego me convencí de que simplemente te habías asustado porque creías que me iba a ir del Barça. Después intenté creer que cuando dijiste que me querías hablabas de otra cosa, de que siempre habías confiado en mí cuando nadie más lo hacía, o de que siempre habías estado de mi lado. Te prometo que hice todo lo posible por convencerme de eso.
Esbozó una sonrisa cansada.
—Pero no podía. Porque cada vez que volvía a pensar en la conversación me acordaba de cómo sonabas. De lo nervioso que estabas, de cómo te quedaste completamente en silencio cuando te pregunté si ya no me querías. Y luego... colgaste. Si de verdad hubieras querido decir otra cosa, no habrías reaccionado así.
Pedri sintió un nudo en el estómago.
Toda aquella semana había estado convencido de que Ferran habría olvidado la conversación en cuanto terminó la llamada. Sin embargo, allí estaba, descubriendo que el otro había hecho exactamente lo mismo que él: darle vueltas una y otra vez, reconstruyendo cada palabra, cada silencio, cada respiración.
Ferrán volvió a hablar antes de que pudiera responder.
—Los primeros días fueron horribles. Era incapaz de pensar en otra cosa. Me despertaba repasando la llamada y me acostaba repasándola otra vez. Había momentos en los que conseguía convencerme de que lo había entendido mal... pero me duraba cinco minutos. Siempre volvía a la misma pregunta.
Guardó silencio un instante.
—¿Y si no lo había entendido mal?
La habitación quedó completamente en silencio.
Pedri notó que el corazón volvía a acelerarse.
No sabía si quería escuchar lo que venía después.
No sabía si podría soportarlo.
—Y fue entonces cuando me di cuenta de por qué me empeñaba tanto en buscar otra explicación. Al principio pensé que era porque me daba miedo que fuera verdad... pero no era eso.
Ferrán soltó una risa muy baja.
—Lo que me daba miedo era la reacción que había tenido yo.
Levantó la vista y la clavó en la de Pedri.
—Porque una persona normal habría pensado: "Ojalá lo haya entendido mal". Yo no.
Sonrió con una mezcla de vergüenza y resignación.
—Lo único que podía pensar era: "Ojalá no lo haya imaginado".
Pedri dejó de respirar.
—Y cuanto más intentaba convencerme de que aquello no significaba lo que parecía, más evidente se volvía una cosa. Si me estaba agarrando con tanta fuerza a esa posibilidad... era por algo.
Se pasó una mano por la nuca.
—Llevaba años diciéndome que esto era un problema mío. Que daba igual lo que yo sintiera porque tú estabas con Alejandra, porque nunca me había dado un motivo para pensar que pudiera ser correspondido y porque, sinceramente, tampoco quería ponerte en esa situación. Prefería seguir siendo tu amigo antes que arriesgarme a perderte por decir una estupidez.
Hizo una pausa muy breve.
—Así que aprendí a convivir con ello. No era la vida que habría elegido, pero era la que había. Y me había hecho a la idea de que se iba a quedar así para siempre.
Bajó la vista unos segundos y soltó una risa incrédula.
—Y entonces vas tú, me llamas a las cinco de la mañana desde China, me dices que me quieres, me dejas completamente descolocado... y encima me cuelgas.
Negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Seguir como si no hubiera pasado nada? No podía. No sabía cómo hacerlo. Lo único que hacía era preguntarme si llevaba años completamente equivocado.
Ferrán respiró hondo de nuevo.
—Porque si lo que me habías dicho era verdad... entonces la vida que llevaba años dándome por imposible... de repente dejaba de serlo.
Pedri quedó completamente inmóvil.
Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar. Miraba a Ferran como si acabara de hablar en un idioma que conocía perfectamente y, aun así, su cerebro se negara a aceptar el significado de las palabras.
Llevaba años imaginando una confesión así.
Años.
Había construido conversaciones enteras en su cabeza mientras intentaba dormirse, había inventado respuestas del otro chico, finales felices, rechazos educados, silencios incómodos... Los había vivido todos tantas veces que, cuando la realidad por fin decidió parecerse a uno de ellos, fue incapaz de reconocerla.
Sentía el pecho tan ligero que casi daba miedo.
Era una sensación completamente distinta a cualquier alegría que hubiera experimentado antes. No era euforia, o al menos no solo eso. Era la extraña impresión de que alguien acababa de quitarle un peso que llevaba tanto tiempo sobre los hombros que había olvidado que existía.
Ferrán .
Ferrán lo quería.
No como él siempre había intentado convencerse de que lo hacía. No con ese cariño inmenso que siempre había demostrado por sus amigos. No con esos abrazos interminables que habían sido, durante años, el premio y el castigo de Pedri al mismo tiempo.
Lo quería.
De verdad.
La idea era tan absurda que casi le daban ganas de reír.
Negó despacio con la cabeza, todavía mirándolo, y una sonrisa completamente incrédula terminó escapándosele entre las lágrimas.
—No me mires así —murmuró, incapaz de contener una risa nerviosa que se mezcló con un sollozo.
Ferrán arqueó ligeramente una ceja.
—¿Así cómo?
Pedri volvió a negar con la cabeza, llevándose una mano a la cara. Sentía que, si seguía sosteniéndole la mirada un segundo más, iba a echarse a llorar otra vez.
—Como si esto fuera... normal.
La sonrisa de Ferran se hizo un poco más amplia.
—¿Normal?
—Sí. —Se rió por lo bajo, todavía sin creérselo—. Acabas de decirme que llevas años enamorado de mí y tienes la misma cara que cuando me preguntas qué quiero para cenar después de entrenar.
Ferrán soltó una carcajada suave, de esas que le arrugaban ligeramente los ojos.
—¿Y qué cara se supone que debería poner?
—¡No lo sé!
Pedri volvió a reírse, completamente sobrepasado.
Se pasó las dos manos por el pelo en un gesto desesperado, caminó un par de pasos sin rumbo por la habitación y terminó apoyándose un instante sobre la cómoda, intentando ordenar una cabeza que llevaba varios minutos funcionando demasiado deprisa.
No podía dejar de sonreír.
Y eso era casi peor.
Porque cuanto más sonreía, más consciente era de lo ridícula que debía de ser la escena.
Había pasado una semana convencido de que acababa de perder a la persona más importante de su vida.
Y ahora estaba intentando no ponerse a saltar por una habitación de hotel en Shanghái.
Respiró hondo varias veces antes de girarse otra vez hacia Ferran.
Cuando volvió a encontrar sus ojos, la sonrisa se le fue apagando poco a poco.
Porque entonces cayó en la cuenta de algo.
Ferran seguía exactamente donde estaba.
No se había movido.
Lo observaba con esa mezcla de paciencia y ternura que siempre había reservado para él, como si no quisiera precipitar absolutamente nada.
Y aquello le enterneció todavía más.
Porque era muy propio de Ferrán.
Siempre había sido así.
Nunca lo empujaba.
Nunca lo presionaba.
Si Pedri necesitaba tiempo para hablar, esperaba.
Si necesitaba un abrazo, era Ferrán quien lo encontró primero.
Si tenía un mal día, bastaba con que apareciera por detrás, le pasara un brazo por los hombros o le revolviera el pelo para que todo pareciera un poco menos difícil.
Era tan natural en él cuidar de la gente que Pedri había pasado años convenciéndose de que no podía significar nada.
De que aquellos abrazos no eran especiales.
De que las manos en su nuca, los besos distraídos en la cabeza, las bromas dichas demasiado cerca de su oído... todo eso formaba parte de la personalidad de Ferrán.
Nunca se había permitido pensar otra cosa.
Y ahora resultaba que sí, que mientras él intentaba conformarse con las migajas de un cariño que creía exclusivamente amistoso, Ferrán llevaba años reprimiendo exactamente las mismas ganas de acercarse un poco más.
Notó que el corazón volvió a acelerarse.
Ya no era incredulidad.
Era otra cosa.
Una necesidad casi infantil de comprobar que aquello era real.
De acercarse.
De tocarlo.
De asegurarse de que Ferrán no iba a desaparecer en cuanto pestañeara.
Sin darse cuenta dio un paso hacia él.
Fue un movimiento pequeño, completamente inconsciente.
Pero Ferran lo vio.
No dijo nada.
No hizo ningún comentario.
Simplemente permaneció donde estaba, con una expresión tan suave que a Pedri le dio la sensación de que llevaba toda la vida esperándolo.
Aquello terminó de desarmarlo.
—Ferri... —susurró con una voz que apenas reconoció como suya.
No sabía qué iba a decir después.
Ni siquiera sabía si quería decir algo.
Por primera vez desde que Ferran había cruzado la puerta de aquella habitación, las palabras parecían haberse quedado cortas.
Y, por primera vez también, le dio la impresión de que quizás no las necesitaban tanto.
Porque la distancia entre los dos era ya tan pequeña que, si cualquiera de ellos hubiera dado un solo paso más, volverían a encontrarse exactamente donde siempre habían pertenecido: entre los brazos del otro.
Ferrán sintió que el pecho se le aflojaba al escucharlo pronunciar su nombre de aquella manera.
Había oído a Pedri llamarlo "Ferri" cientos de veces. Después de los entrenamientos, en las concentraciones, riéndose por cualquier tontería. Pero nunca así.
Nunca como si aquella única palabra llevara años intentando salir.
Sonrió con una ternura que ni siquiera intentó esconder.
—Ven aquí.
Lo dijo tan bajito que casi se confundió con un suspiro.
No abrió los brazos inmediatamente.
No hizo ningún movimiento brusco.
Simplemente dio un paso hacia él, despacio, como si todavía quisiera darle la oportunidad de arrepentirse.
Pedri no retrocedió.
Al contrario.
Sintió que las piernas se movían solas.
Era absurdo. Después de todo lo que acababan de decirse, seguía poniéndose nervioso por acercarse a Ferrán. Notaba el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que estaba convencido de que el otro podía escucharlo. Le temblaban las manos. Incluso tuvo el impulso ridículo de disculparse por estar llorando otra vez.
Pero, cuando quedó frente a él, toda esa ansiedad se transformó en otra cosa.
Ferrán estaba muy cerca.
Tan cerca que podía distinguir las pequeñas pecas desperdigadas sobre su nariz, el ligero cansancio bajo sus ojos, la barba que empezaba a asomar después del viaje. Olía igual que siempre. A esa colonia que llevaba años asociando, sin darse cuenta, a la tranquilidad.
Y de repente comprendió por qué llevaba tantos días sintiéndose perdido.
Porque ese era su sitio.
No al Barcelona.
No a una seleccion nacional.
No las calles abarrotadas por las que había paseado intentando distraerse.
Su sitio siempre había sido ese.
A menos de un palmo de Ferrán.
El otro levantó una mano con mucha calma.
Se detuvo un instante antes de tocarlo, buscando sus ojos como si quisiera pedir permiso sin utilizar palabras.
Pedri respondió inclinando apenas la cabeza.
Fue un gesto tan pequeño que cualquier otra persona probablemente ni siquiera lo habría visto.
Ferran sí.
Los dedos rozaron primero su brazo, subieron despacio hasta el hombro y terminaron apoyándose con una delicadeza que contrastaba con el caos que Pedri sentía por dentro.
Aquel contacto bastó para que se le escapara el aire de los pulmones. Cuántas veces lo había tocado así. Cuántas veces le había pasado un brazo por encima de los hombros, le había despeinado o le había sujetado la cara entre las manos mientras se reía de él. Y, sin embargo, nunca había sentido aquel simple roce de aquella manera, porque era la primera vez que sabía lo que significaba.
Ferrán dejó escapar una sonrisa al notar cómo Pedri cerraba los ojos apenas un segundo.
—¿Sabes una cosa? —murmuró.
Pedri negó muy despacio.
—Llevo años abrazándote con miedo.
Aquello hizo que volviera a abrir los ojos.
Ferran soltó una risa baja, casi avergonzada.
—Siempre tuve la sensación de que, si un día me quedaba un segundo más de la cuenta... se iba a notar todo.
Pedri sintió una mezcla extrañísima de felicidad y tristeza.
Había exactamente pensado lo mismo tantas veces...
Cuántas veces había deseado que Ferran no lo soltara todavía.
Cuantas veces había contado mentalmente los segundos de un abrazo antes de obligarse a separarse para que no resultara raro.
Y resulta que el otro estaba haciendo exactamente el mismo esfuerzo.
No pude evitar sonreír entre lágrimas.
—Somos bastante idiotas, ¿eh?
Ferrán dejó escapar una carcajada suave.
—Bastante.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Ya no hacía falta.
Pedri bajó la vista un instante, fijándose en los pocos centímetros que todavía los separaban.
Le parecieron una distancia absurda.
Toda una vida escondiéndose para acabar detenidos justo ahí.
Respiró hondo.
Y esta vez fue él quien terminó de romper la distancia.
Se inclinó espacio hasta apoyar la frente contra el hombro de Ferran.
No fue un abrazo impulsivo.
Fue casi un derrumbe.
Como si, de repente, el cuerpo hubiera decidido dejar de sostener el peso de todos aquellos años.
Notó cómo Ferran soltaba el aire al mismo tiempo que lo rodeaba con los brazos.
Sin fuerza.
Sin prisas.
Solo sujetándolo entre sus brazos.
Como llevaba soñando hacer desde hacía demasiado tiempo.
Pedri se dejó caer contra él con un suspiro tembloroso, escondiendo la cara en el hueco de su cuello como si el cuerpo hubiera decidido por fin descansar después de años sosteniendo un peso imposible.
Ferrán lo abrazó despacio.
Sin apretarlo de golpe, como si quisiera darle tiempo para acostumbrarse a aquella nueva realidad.
Una de sus manos subió lentamente por su espalda, acariciándola con calma, mientras la otra terminaba perdiéndose entre el pelo de la nuca de Pedri. Era un gesto que había hecho cientos de veces, pero nunca había sentido tanta libertad al hacerlo.
Ahora ya no tenía que fingir que aquel cariño terminaba donde empezaba la amistad.
Notó cómo Pedri temblaba ligeramente entre sus brazos y sonriendo para sí.
—Mírate... —murmuró con una ternura infinita.
Pedri soltó una risa ahogada sin levantar la cabeza.
—No pienso hacerlo.
—Pues deberías.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me estoy muriendo de la vergüenza.
Aquello hizo reír a Ferrán.
Una risa suave, de las que solo aparecían cuando estaba completamente relajado.
Con muchísimo cuidado apoyó dos dedos bajo la barbilla de Pedri y esperó.
No tiró de él.
No lo obligó.
Simplemente aguardó hasta que, poco a poco, Pedri levantó la cabeza.
Tenía los ojos todavía húmedos, las mejillas completamente rojas y el pelo hecho un desastre después de haber estado escondido contra su cuello.
Ferran sintió un vuelco tan fuerte en el pecho que no pudo evitar sonreír.
—Eres muy bonito.
Pedri se quedó en blanco.
Tardó unos segundos en procesar aquellas palabras.
—¿Qué...?
—Que eres muy bonito —dijo con la misma naturalidad con la que habría dicho que hacía buen tiempo, como si fuera un hecho objetivo, como si no hubiera nada más que añadir.
Pedri sintió que el calor le subía hasta las orejas.
—No me digas esas cosas...
—¿Por qué?
—Porque...
Se tapó media cara con la mano, completamente avergonzado.
—Porque me da vergüenza.
Ferrán dejó escapar otra carcajada.
—Pues acostúmbrate.
Pedri lo miró por entre los dedos.
—¿Perdón?
—Llevo años sin poder decirte ni la mitad de las cosas que quería decirte. Ahora no pienso desperdiciar la oportunidad.
Aquello consiguió que Pedri escondiera la cara otra vez.
—Ferri...
—¿Qué?
—Cállate un rato.
—No.
—Por favor.
—Tampoco.
La sonrisa de Ferran era tan luminosa que resultaba imposible enfadarse con él.
Pedri terminó riéndose también.
Negó varias veces con la cabeza antes de levantar la vista otra vez.
—Eres idiota.
—Un poco.
Se quedaron mirándose.
Sin prisas.
Sin la urgencia de hacía unos minutos.
Solo disfrutando de poder hacerlo sin miedo.
Fue Ferran quien rompió primero la distancia.
No buscó su boca directamente.
Acercó una mano a su mejilla y la acarició despacio con el pulgar, contemplándolo como si todavía le costara creer que Pedri seguía allí.
—¿Puedo? —La pregunta apenas fue un susurro.
Pedri sintió que el corazón volvía a acelerarse.
Asintió tan deprisa que hizo reír otra vez a Ferran.
—Eso no ha sonado muy convincente.
—Sí, joder.
La respuesta salió tan rápida que ambos terminaron soltando una carcajada.
—Sí puedes.
Muchísimo.
Ferrán sonó con una dulzura casi insoportable antes de inclinarse los pocos centímetros que todavía los separaban.
El beso fue lento. Ridículamente lento. Daba la sensación de que los dos temían que el hechizo al que había
Los labios apenas se rozaron al principio.
Una caricia.
Una comprobacion de que aquello era real.
Pedri cerró los ojos inmediatamente.
Notó un cosquilleo recorrerle todo el cuerpo, desde el pecho hasta la punta de los dedos, y, sin darse cuenta, terminó agarrándose con fuerza a la sudadera de Ferrán.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, seguían con la frente apoyada el uno contra el otro.
Los dos sonreían.
—Pues besas igual de bien que abrazas —murmuró Ferran.
Pedri soltó una risa completamente incrédula.
—¿Eso era un piropo?
—Era una observación.
—Eres imposible.
—Y tú eres precioso cuando te sonrojas, cariño.
Pedri dejó escapar un gemido de pura vergüenza.
—Ferri...
—¿Qué?
—No puedes decirme "eres precioso" y llamarme "cariño" cinco minutos después de confesarte.
—¿Por qué no?
—¡Porque me da algo!
Ferrán volvió a reír y dejó un beso pequeño en la punta de su nariz.
—Pues tendré que dosificarlo.
Pedri negó con la cabeza, incapaz de borrar la sonrisa.
Lo observará durante unos segundos.
Después miró alrededor de la habitación del hotel, como si acabaría de recordar dónde estaban.
Y volvió a mirarlo a él.
—Eres un romántico de mierda, ¿lo sabes?
Ferrán arqueó una ceja.
—¿Yo?
—Has cruzado medio planeta para venir a verme porque te dejé con la palabra en la boca. No me vengas ahora con que no eres un romántico.
Ferrán bajó la mirada con una sonrisa tímida, algo poco habitual en él.
—Bueno...
—No, no. No te escondas ahora.
Pedri le dio un pequeño golpe en el pecho con la palma de la mano.
—Has venido hasta China. Hasta China, Ferri —enfatizó, como si no hubiera quedado claro el punto— solo para hablar conmigo.
Ferrán levantó otra vez los ojos hacia él.
La sonrisa seguía ahí.
Más pequeña.
Más sincera.
—No.
Negó despacio.
—He venido porque la idea de perderte me daba mucho más miedo que hacer doce horas de vuelo o tener una conversación incómoda.
Y, antes de que Pedri pudiera responder, volvió a besarle.
Esta vez con mucha menos incertidumbre que la primera. Con la tranquilidad de quien, después de tantos años imaginando aquel momento, por fin podía dejar de imaginar y empezar simplemente a vivirlo.
Ferrán apoyó la frente contra la suya y sonriendo con esa calma que solo aparecía cuando miraba a Pedri.
—Ah, por cierto.
Pedri arqueó una ceja.
—¿Qué?
—No me voy del Barça.
Pedri tardó unos segundos en reaccionar, temiendo haber escuchado mal.
—¿Cómo que no te vas?
—He hablado con mi agente entre escalas. Aproveché las horas muertas para terminar de arreglarlo todo. Quedaban un par de detalles que no me convencían, pero ya está.
Pedri abrió mucho los ojos.
—Espera, espera... ¿Has venido hasta China y además te has puesto a negociar la renovación en un aeropuerto?
Ferrán se encogió de hombros con una naturalidad insultante.
—Bueno…, es que había wifi.
Pedri soltó una carcajada tan fuerte que terminó escondiendo otra vez la cara contra su pecho.
—De verdad que estás fatal.
—Un poco.
—No —rió de nuevo—, bastante.
Ferran le besó el pelo con toda la tranquilidad del mundo, porque ahora les sobraba el tiempo.
—Pero ha salido bien.
Pedri levantó la cabeza despacio.
Todavía le costaba creer que pudiera hacerlo, que pudiera mirarlo sabiendo que Ferrán era suyo. Suyo . Que pudiera quedarse tan cerca sin tener que recordarse constantemente que no debía ilusionarse.
—Entonces... ¿te quedas?
—Me quedo.
—¿De verdad?
Ferrán sonrió con ternura.
—¿Cuántas veces necesitas que te lo diga?
Pedri bajó la vista con una pequeña sonrisa.
—Unas cuántas.
—Pues te lo diré todas las veces que haga falta.
Le apartó con cuidado un mechón de pelo de la frente.
—Me quedo en el Barça.
Le dio un beso corto en la sien.
—Me quedo contigo.
Otro beso, esta vez en la mejilla.
—Y pienso seguir dándote la lata durante muchos años.
Pedri notó cómo el calor volvía a subirle por el cuello.
—Ferri...
—¿Qué?
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Eso de... decir las cosas así.
Ferran fingio pensar unos segundos.
—¿Románticamente?
Pedri soltó un resoplo.
—Sí.
—Pues vas listo.
Le acarició la mejilla con el pulgar mientras sonreía de esa forma tan descaradamente enamorada que hizo que a Pedri le fallaran las piernas otra vez.
—Llevo años sin poder decirte que eres el chico más bonito que he visto en mi vida.
Pedri cerró los ojos de golpe.
—No lo soy.
—Sí.
—Ferri, por favor.
—Llevo años aguantándome las ganas de besarte cada vez que venías a apoyarte en mi hombro en el autobús.
Pedri empezó a negar con la cabeza, completamente roja.
—Para...
—Llevo años pensando que tienes la sonrisa más bonita del mundo.
—Ferrán...
—Y que eres increíblemente guapo cuando te enfadas conmigo.
Pedri soltó un gemido de pura vergüenza y terminó escondiendo otra vez la cara en su cuello.
—No pienso mirarte en una semana.
Ferrán no pudo contener la risa y lo abrazó un poco más fuerte y dejó otro beso entre su pelo.
—Mentiroso.
—Lo digo en serio.
—No vas a aguantar ni cinco minutos.
Pedri murmuró algo ininteligible contra su cuello.
—¿Qué?
—Que eres un romántico de mierda.
—¿Eso es un insulto?
—Sí.
—No ha sonado muy convincente.
Pedri levantó la cabeza lo justo para fulminarlo con la mirada, o al menos intentarlo. La sonrisa que se le escapaba arruinaba por completo cualquier intento de parecer enfadado.
—Has cruzado medio planeta para venir a buscarme. Has negociado una renovación entre escalas. Y ahora me dices estás todas estas... estas cursiladas.
Negó con la cabeza, completamente derrotado.
—Eres el protagonista de una comedia romántica.
Ferrán soltó una carcajada.
—No.
Lo miró con una dulzura que hizo que a Pedri le volviera a dar un vuelco el corazón.
—Soy un tío que llevaba demasiado tiempo enamorado de ti.
Le acarició la nariz con la suya antes de añadir, casi en un susurro:
—Y que acaba de descubrir que puede decírtelo todas las veces que quiera.
Pedri sintió que iba a retirarse allí mismo.
—No vuelvas a decir algo así.
—¿Por qué?
—Porque me da muchísima vergüenza.
—Pues acostúmbrate.
Le robó otro beso.
—Tengo años de piropos acumulados.
Pedri abrió mucho los ojos.
—¿Años?
—Muchos.
—¿Piensas decirlos todos? —Ferrán hablabla llamativamente con una seguridad casi insultante.
—Uno cada día.
Pedri dejó escapar una risa incrédula, apoyando otra vez la frente contra la suya.
—Madre mía...
—¿Qué pasa?
—Que después de todo este drama... —Sonrió de esa forma torpe y completamente enamorada que solo Ferran conseguía sacar—...me ha salido un novio aún más cursi de lo que imaginaba.
—Y espera.
—¿Hay más?
—Muchísimo más.
Pedri soltó un bufido resignado.
—Voy a morir de vergüenza.
Ferran le besó la punta de la nariz de nuevo.
—Sí.
Luego los labios.
—Pero va a ser conmigo.
Y, por alguna razón, a Pedri aquella le pareció la promesa más bonita que nadie le había hecho jamás.
—Voy a morir de vergüenza —volvió a decir, siendo un disco rayado.
Ferrán le besó la punta de la nariz.
—Sí.
Después una mejilla.
—De muchísima, muchísima vergüenza.
La otra.
—Y cada día un poquito más.
Pedri cerró los ojos, completamente sonrojado.
—Ferri...
—¿Qué?
—No puedes ser tan moñas.
Ferrán lo sorprende con esa expresión de absoluta satisfacción que solo tenía cuando quería desarmarlo.
—Puedo. Acabo de descubrir que mi novio se pone rojo cuando le digo cosas bonitas. ¿Tú de verdad esperabas que no fuera a aprovecharme?
Pedri soltó una risa avergonzada y escondió la cara otra vez contra su cuello.
—Eres insoportable.
—Y tú adorable.
—Cállate...
—No pienso hacerlo.
Le acarició el pelo con una delicadeza casi ridícula.
—He esperado demasiado para poder llamarte guapo sin tener que inventarme una excusa.
Pedri gimió dramáticamente.
—No puedo creer que sea así.
—Pues acostúmbrate rápido. —Pasó una mano por el pelo del otro, adorándolo—. Porque pienso recordarte todos los días lo bonito que eres. Todos. Sin excepción.
Pedri levantó la cabeza despacio, con las mejillas todavía encendidas. Intentó responder con alguna broma, con cualquier cosa que le permitiera recuperar un poco de dignidad, pero encontró ninguna, solo encontró a Ferrán mirándolo como si realmente fuera la persona más bonita del mundo.
Y aquello terminó de romper todas sus defensas.
Sonrió.
Esa sonrisa pequeña, tímida y completamente enamorada que Ferrán llevaba años soñando con que algún día fuera sólo para él.
—Te quiero mucho, ¿sabes?
Ferrán sintió que el corazón le daba un vuelco, pero se esforzó por mantener la entereza.
—Lo sé.
Se inclinó despacio, rozándole la frente con la suya.
—Pero me gusta escuchártelo.
Pedri soltó una risa bajita. Dios, no podía creer que ahora no pudiera dejar de reir y sonreir como un tonto adolescente enamorado.
—Pues acostúmbrate tú también. Porque pienso decírtelo todos los días.
La sonrisa de Ferrán se hizo todavía más grande.
—Trato hecho.
Y, sin dejar de mirarlo a los ojos, acortó la escasa distancia que todavía los separaba.
Esta vez el beso llegó sin nervios, sin dudas y sin miedo.
Fue lento.
Cálido.
Familiar de una forma que ninguno de los dos supo explicar.
En realidad, parecía que llevaran toda la vida aprendiendo a besarse a través de abrazos demasiado largos, manos que se buscaban sin querer y miradas que siempre habían dicho mucho más de lo que ellos se habían atrevido a admitir.
Cuando se separaron, ninguno de los dos abrió los ojos inmediatamente.
Simplemente permanecieron allí, sonriendo el uno contra los labios del otro.
Sin prisa.
Porque ya no había ningún sitio al que ir.
Ni ninguna despedida que temer.
Ferrán se quedaba.
En el Barcelona.
Y, por fin, también en el lugar al que llevaba años perteneciendo sin saberlo: Al lado de Pedri.
Pedri levantó la cabeza despacio. Las mejillas seguían ardiéndole, aunque ya no sabía si era por los piropos, por los besos o simplemente porque Ferran seguía mirándolo de aquella manera. Y entonces cometió el error de fijarse de verdad en él.
Había estado demasiado ocupado llorando, riéndose y sobreviviendo a una confesión que llevaba años creyendo imposible como para reparar en los detalles, en lo bien que le quedaba el corte de pelo que se había hecho, parecía un príncipe de cuento de Disney.
El muy imbécil estaba guapísimo.
Lo llevaba cayéndole sobre la frente de una forma completamente injusta, con algunos mechones escapándose hacia los lados después de doce horas de vuelo, y, en lugar de estar hecho un desastre, parecía sacado de una película.
Pedri frunció el fruncido.
Aquello era ofensivo.
—¿Qué? —preguntó Ferrán al ver cómo lo observaba tan fijamente.
Pedri negó despacio.
—No es justo.
—¿El qué?
—Tú.
Ferrán parpadeando, confundido.
—¿Yo qué?
Pedri soltó un suspiro dramático.
—¿Por qué te has dejado el pelo largo?
Ferrán se quedó unos segundos completamente perdido.
—...porque me apetecía.
—Pues no vuelvas a hacerlo.
—¿Eh?
—Es un problema.
Ferrán empezó a reír.
—¿Mi pelo es un problema?
—Muchísimo.
Pedri volvió a mirarlo de arriba abajo con una mezcla de resignación y absoluta fascinación.
—Pareces Flynn Rider.
Ferran soltó una carcajada.
—¿Flynn Rider?
—Sí.
—¿Ese es tu gran problema ahora mismo? ¿En serio?
—Mi gran problema es que ya eras demasiado guapo antes.
Se llevó una mano a la cara con un gesto de puro dramatismo.
—Y ahora encima te da por parecer un príncipe de Disney.
Eso es jugar sucio.
Ferran notó cómo el pecho se le llenaba de una ternura insoportable.
—¿Me estás diciendo que soy guapo?
Pedri abrió mucho los ojos.
Tardó aproximadamente medio segundo en darse cuenta de lo que acababa de decir.
—...No.
—Ah, ¿no?
—No.
—Pues juraría que sí.
Pedri notó cómo el calor volvía a subirle hasta las orejas.
—He dicho que... que...
Bufó, completamente derrotado.
—Joder, Ferri.
Ferrán se echó a reír.
Una de esas risas limpias, felices, que a Pedri siempre le habían parecido la cosa más bonita del mundo.
Le sujetó la cara entre las manos.
—¿Sabes qué pasa?
—¿Qué?
—Que tú también eres injusto.
Pedri frunció el fruncido.
—¿Yo?
—Sí. —Sonrió con una dulzura desarmante—. Porque llevas años siendo el chico más bonito que he visto en mi vida y nunca me habías dejado decírtelo.
Pedri dejó escapar un gemido de pura vergüenza.
— ¿Ves? Por esto no quería que fueras mi novio.
Ferran arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
—No.
—Y ¿por qué me has besado, entonces?
Pedri lo miró con toda la ternura del mundo, sin poder creerse que estuviera teniendo esa conversación de amebas con él, lo estaba desarmando completamente.
Pero, joder, lo quería tanto.
—Porque eres un romántico insoportable...
Se acercó el último centímetro que todavía los separaba.
—...y porque estás ridículamente guapo con ese pelo de Flynn Rider.
Ferran no pudo contener la sonrisa.
—Eso ha sonado sospechosamente parecido a un piropo.
Pedri resopló.
—Cállate y bésame.
—Eso sí que puedo hacerlo.
Y esta vez, cuando sus labios se encontraron, ninguno de los dos sintió que estaba empezando algo.
Solo tuvieron la maravillosa sensación de haber llegado, por fin, al lugar donde llevaban años intentando encontrar.
